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miércoles, 5 de diciembre de 2018




Fragmento del libro La biblioteca de los libros rechazados.

«Junto a ese hombre, que sabía escuchar puesto que sabía leer, era posible evadirse de una vida de autómata. Pero no hay prueba alguna de todo eso. Algo sí que es cierto: el entusiasmo y la pasión de Gourvec por su biblioteca nunca fueron menos. Recibía con una atención específica a todos los lectores, esforzándose por estar al tanto y crearles un itinerario personal entre los libros expuestos. Según él, de lo que se trataba no era de que nos guste leer o nos deje de gustar, sino más bien de saber cómo hallar el libro que nos corresponde. A todo el mundo le puede encantar leer si se cumple la condición de tener en las manos la novela adecuada, la que nos va a gustar, la que nos va a decir algo y que no podremos soltar. Para lograr ese objetivo había desarrollado, pues, un sistema que casi podía parecer paranormal: al mirar en detalle la apariencia física de un lector era capaz de deducir qué escritor necesitaba"

David Foenkinos (1974).
Escritor francés.

domingo, 2 de diciembre de 2018

«El Gran Canal y puente de Rialto, Venecia, vistos desde el norte» de Canaletto. Hacia 1740 - 1745. Óleo sobre lienzo. 54 x 79,4 cm. © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza en depósito en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza.


Escrito por Orhan Pamuk.

En Venecia a veces me siento como si hubiera vuelto a la infancia... Quizás debido a que he venido desde Estambul.

Porque en ésta mi tercera visita me he encontrado con muchas cosas y sentimientos que creía haber dejado atrás en el Estambul de mi infancia.

Por ejemplo, esa gaviota que, pacientemente, lleva horas sin moverse sobre la chimenea del tejado de enfrente mientras escribo mi artículo sentado a la mesa... También en mi infancia las gaviotas de Estambul me parecían criaturas eternamente inmóviles que esperaban algo impreciso, como las tortugas. Quizás porque cuando era niño mi reloj avanzaba con más morosidad y no soportaba la lentitud del mundo. Luego, al crecer, me di cuenta de que las gaviotas de Estambul se movían más y se volvían más impacientes y descaradas.

O el deseo de pintar que se agitaba dentro de mí... De los siete a los veintidós años estuve pintando y luego lo dejé; durante treinta y cinco años no toqué pinceles ni pinturas... Otra de las razones para que se despierte mi apetito por pintar es, por supuesto, que Venecia es la ciudad del mundo más pintada después de París. (En una de sus cartas Claude Monet se queja de no haber venido a esta ciudad en su juventud sino mucho más tarde.) Hace mucho que cada calle, cada puente, se grabaron como imágenes en nuestras mentes y al encontrarnos con esas imágenes conocidas se nos viene a la cabeza el cuadro correspondiente. Al ver por las calles a los ancianos del norte de Europa o norteamericanos (¿acaso debería decir occidentales?) con sus pantalones cortos que pacientemente vuelven a verter esos paisajes tan familiares en sus lienzos, o papeles si se trata de acuarelas, me entusiasmo como cuando en mi niñez me los encontraba en Estambul (aunque veía a escasos pintores por las calles de mi ciudad), me acerco por detrás sin hacerme notar a esos pintores aficionados absortos en su trabajo, observo lo que están haciendo y, como hacía de niño, intento comprender cuánto se parece el puente de la pintura al puente de la vida real.

Por supuesto, el verdadero placer infantil es ver desde un ángulo completamente distinto los edificios de la ciudad, sus plazas, sus grandes construcciones religiosas, sus torres, mientras se circula a toda velocidad por ella en un barquito. Otro aspecto divertido de esta costumbre, que en Estambul he perdido a causa de los puentes del Bósforo y de las dos amplias carreteras que envuelven sus orillas como un cordel que lo estrangulara, es poder curiosear desde fuera a los habitantes de las mansiones o palazzi sumidos en sus vidas cotidianas, desayunando, viendo la televisión o sentados sin hacer nada.


Aspecto de Estambul. Obra del pintor Fausto Zonaro.

Es evidente que lo que une con un poderoso sentimiento a Venecia con el Estambul de mi infancia es el efecto que tienen sobre nosotros las huellas del gran imperio que quedó atrás. Cuando era niño, todos los viejos caserones de madera herencia de los otomanos, las mansiones desconchadas del Bósforo y los monumentos a medio desplomarse nos proporcionaban una cierta amargura, un sentimiento local de melancolía que nos unía porque la ciudad era extremadamente pobre. En Venecia veo que los cuidados palazzi, que nos evocan las grandes cantidades de dinero gastadas en su restauración, la riqueza de la ciudad y las multitudes de turistas que vienen con la intención de divertirse y ser felices no dan la menor oportunidad a la melancolía.

La grandeza de Venecia no es triste, sino algo alegre y que alegra. A uno le gustaría ver, contemplar sin cesar esta asombrosa belleza y, en lugar de comprenderla como un hecho histórico, vivirla, revivirla. Aquí mi primer impulso no es comprender, aprender, ni siquiera descifrar y reflexionar, sino mirar, ver, contemplar...

Quien mejor expresó este sentimiento con respecto a Venecia fue Théophile Gautier, el novelista, poeta, crítico y autor de libros de viajes francés, que escribió uno de los volúmenes más brillantes que se han compuesto sobre Estambul (Constantinople, 1853). Gautier, que mientras estaba en Venecia escribió que se pasaba "catorce horas al día sólo contemplando la ciudad", una vez cumplidos los veinte años dejó de lado su gran sueño de infancia y juventud de convertirse en pintor, como me ocurrió a mí, y comenzó a escribir poesía y novela. Antes de quejarnos del turismo de masas, como tantos hacen en Venecia, antes de afirmar con toda razón que la población local se va reduciendo y que esto se ha convertido en un paisaje artificial, en un sueño antiguo, es conveniente precisar que realmente se trata de un lugar que, como hacía Gautier, merece ser contemplado catorce horas al día.

La filosofía analítica de la Edad Moderna, al relacionar el pensamiento con la palabra, despreció la vista como algo sentimental e infantil. En Venecia lo que me despierta la impresión de haber vuelto a la infancia no es sólo el parecido que establezco con el Estambul de mi niñez; vivir de nuevo de manera absoluta los placeres de mirar, de ver, de contemplar, es algo que también me recuerda mi infancia.

De niño a veces me aburrían tanto algunas clases en la escuela primaria y secundaria que no me bastaba con mirar por la ventana a las nubes de fuera, así que fantaseaba con que la clase se inundaba y pasaban barcos y botes por entre los bancos de los estudiantes y la tarima del profesor. La emoción que, con una especie de embriaguez, nos recorre a Gautier y a quienes son como yo al pasear por las calles de Venecia durante horas mirando los edificios, los puentes y los muros agrietados, debe de ser el resultado de encontrarnos con una fantasía de la infancia ya lejana lejos del aburrimiento de la vida moderna.

Publicado el 26 de julio de 2009 en El País.
Traducción de Rafael Carpintero.

sábado, 1 de diciembre de 2018

Pedro Salinas (1891-1951).
Poeta español.

Para vivir no quiero
islas, palacios, torres.
¡Qué alegría más alta:
vivir en los pronombres!

Quítate ya los trajes,
las señas, los retratos;
yo no te quiero así,
disfrazada de otra,
hija siempre de algo.
Te quiero pura, libre,
irreductible: tú.
Sé que cuando te llame
entre todas las gentes
del mundo,
sólo tú serás tú. 

Y cuando me preguntes
quién es el que te llama,
el que te quiere suya,
enterraré los nombres,
los rótulos, la historia.
Iré rompiendo todo
lo que encima me echaron
desde antes de nacer.
 
Y vuelto ya al anónimo
eterno del desnudo,
de la piedra, del mundo,
te diré:
«Yo te quiero, soy yo».

¡Les debo el nombre del autor de esta obra!

viernes, 30 de noviembre de 2018




Tomado de The School of Life.

Algunas de las razones por las que no somos, colectivamente, tan buenos en la amistad, es que no tenemos una idea clara de cómo podría ser un buen amigo.

Por lo tanto, puede valer la pena intentar elaborar una lista de un candidato ideal, para enfocar nuestros deseos y estimularnos a adquirir el tipo de personaje que nos gustaría encontrar en otros:


1. El amigo ideal sabe mostrar debilidad.

El amigo ideal no intenta demostrar cuán robustos y exitosos son; por el contrario, muy a menudo nos informan cosas incómodas y potencialmente embarazosas sobre ellos mismos. Muestran cuánto confían en nosotros al confesar fallas y tristezas que los abrirían a la posible humillación del mundo más allá. Nos ofrecen el don de su vulnerabilidad.


2. Están realmente interesados en nuestras penas y dificultades.

Y sin embargo, no están sorprendidos, ni siquiera sorprendidos, por las cosas extrañas y estúpidas que hemos hecho. No juzgan a nadie, no son severos ni críticos con nuestras debilidades porque se conocen a sí mismos lo suficientemente bien como para estar alertas a sus propios lados más extraños y con más problemas, y nos hacen el favor gracioso de asumir eso, detrás del escenario. Somos tan radicalmente imperfectos como ellos.


3. El amigo apropiado es tranquilizador.

No sólo adulan; entienden con qué facilidad perdemos la perspectiva, nos asustamos y subestimamos nuestra propia capacidad para hacer frente. Saben que tenemos zonas de fragilidad que deben tratarse con cuidado. A veces nos hacen reírnos de nosotros mismos, cuando por nuestra cuenta nos inclinamos a la autocompasión o la rabia.


4. Un verdadero amigo ayuda a construir nuestra auto-comprensión.

Hay tantas cosas que no comprendemos del todo acerca de quiénes somos. Nos ponemos agitados o a la defensiva y realmente no sabemos por qué. Nos resulta difícil precisar nuestros objetivos. Podríamos tener algunas opiniones firmes, pero puede ser difícil explicar realmente por qué estas ideas nos importan. El amigo correcto escucha y nos ayuda a juntar la mejor cuenta de nuestros temores y emociones.


5. Nos ayudan a pensar.

Más a menudo de lo que es cómodo de admitir, no sabemos lo que pensamos hasta que un amigo apropiado nos pide con cuidado que ampliemos un pensamiento, que expliquemos por qué estamos impresionados y que encontremos buenas respuestas a las posibles objeciones. Ven el potencial en lo que decimos cuando no podemos.


6. Nos ayudan a gustarnos a nosotros mismos.

El buen amigo nos quiere de una manera que no podemos fácilmente. Normalmente estamos atentos a nuestras propias deficiencias; es más obvio (desde nuestro punto de vista) lo que es decepcionante o frustrante para nosotros que lo que es atractivo o entrañable. Necesitamos un amigo porque podemos ser muy hostiles con nosotros mismos.

Tendemos a pensar que un verdadero amigo debe ser alguien con quien pasamos mucho tiempo. Pero, en realidad, el otro ideal se convierte en parte de nosotros: internalizamos quiénes son, cómo hablan, cómo sonríen, cómo se detienen o se entusiasman. Continúan habitando nuestro cerebro, incluso cuando no hemos estado en contacto por un tiempo o cuando están lejos. Siempre están con nosotros.


«No era más que un zorro semejante a cien mil otros.
Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo».
Antoine de Saint-Exupéry, El Principito.


sábado, 17 de noviembre de 2018



Fernando del Paso (1935-2018).
Escritor (¡y qué escritor!) mexicano.

Cuando yo me muera, allí está todo el año: tómalo. Cuando yo me muera, cómprate un calendario y por cada mes que todavía me quieras, deshoja la hoja, arráncala, arrójala. A enero, mándalo al cielo. A febrero, con mis camisas. Con marzo, envuelve una rosa. Y hazte con abril un barco que navegue despacio, hasta mayo. A junio dile que me salude a julio y mándalos a los dos por un embudo. Y con agosto, amada mía, cubre tus pechos para que se incendie el día. Cuando yo me muera, allí está septiembre: bésalo. Con octubre, haz un cometa y con noviembre, su cola. Y a diciembre deshójalo y jura que al mismo tiempo si me quieres, no me quieras, si me olvidas, no me olvides.

martes, 13 de noviembre de 2018



Es triste que el aire sea la
única cosa que compartimos.
No importa lo cerca que estemos,
siempre hay aire entre nosotros.

También es lindo que compartamos el aire.
No importa lo lejos que estemos,
el aire nos une.

Yoko Ono.
del catálogo de la galería Lisson '67. 

lunes, 12 de noviembre de 2018



Después
de la tormenta
salimos a juntar lluvia
antes de la evaporación
ponemos las gotas en fila
mirando hacia arriba
y las rociamos
una por una
con rayos
de sol 

rojos
   naranja
      amarillo
          verde
          cian
      violeta
y azul

¿les parecía fácil?
crear un arcoíris 
es un trabajo
de locos

Juan Lima (1944). Argentina.
Tomado del libro "Astronomía poética". 

sábado, 6 de octubre de 2018


Mary Oliver (1935, Ohio). Poeta estadounidense.
Desde que inicié Letranías siempre he cuidado que el contenido que comparto sea en español. Pero hoy quiero hacer una excepción, porque hay palabras, como las siguientes, que pierden su esencia con la traducción. «That little beast: a poem» de Mary Oliver forma parte de «Felicity» publicado en octubre del 2015.



That pretty little beast, a poem,
has a mind of its own.
Sometimes I want it to crave apples
but it wants red meat.
Sometimes I want to walk peacefully
on the shore
and it wants to take off all its clothes
and dive in.

Sometimes I want to use small words
and make them important
and it starts shouting the dictionary,
the opportunities.

Sometimes I want to sum up and give thanks,
putting things in order
and it starts dancing around the room
on its four furry legs, laughing
and calling me outrageous.

But sometimes, when I'm thinking about you,
and no doubt smiling,
it sits down quietly, one paw under its chin,
and just listens.

miércoles, 26 de septiembre de 2018



Karmelo C. Iribarren.
Poeta español.

Como el viento que encuentra
una rendija
y se cuela en la habitación
y lo desordena todo
libros
facturas
poemas
           así llega
en la vida
el amor.

Nada es igual a partir de entonces,
ese caos
es la felicidad.

Pero un día habrá que recoger.

Suerte si no te toca a ti.

viernes, 24 de agosto de 2018

Las sirenas (1874).
Del pintor alemán Wilhelm Kray (1828-1889). 


Manuel Tejada Loría*. Poeta yucateco.
Twitter: @eccetexas
Tomado del libro Inmóvil en el viento

Sextante

Voy a hablar de la altura de tu sonrisa.
De tu forma peculiar de estar en el mundo
como arrojada para que en ti florezca
algo más que vida, este verso.

(Tú creerás que lo mío es retórica
que mi verso es oficio
y que son los años que pesan sobre mí
lo que me hace escribir).

Pero yo voy a hablar de tu sonrisa y de su altura, 
porque he descubierto que en sus bordes
hay algo de estrella, de océano y de escama,
que hay marinos fumando su locura
al escucharte sonreír
y naufragios grabados en la cuenca lunar.

(Tú afirmarás que mi oficio es también
robar rosas, asimilar espinas, sorber
la tintura y el color de juventudes).

De tu sonrisa hablo con el sol atravesando
nubes pasajeras, cielos teñidos de luz.
Del rojo de tus labios a la noche
hay un paso que me haría caminar sobre
el agua, habitar las olas que distantes
mueven la barca del cuerpo absurdo.

(Tú afirmarás que por mis venas transita
la rabia y el desdén, la inverosímil lascivia
de horas pasadas, el trágico destino
de los puertos en cada marino roto).

Hay un oleaje en ti que trasforma el viento.
Existe en el aroma de tus imaginados pasos
la esencia irregular de tempestades, y
ante tu semidesnudez, naufrago o naufragio,

comprendo mi quebranto.

·:·  



* Con el poemario "Inmóvil en el viento", Manuel Tejada Loría ganó el Premio Internacional de Poesía "Ciudad de Mérida" 2016, otorgado por el Ayuntamiento de Mérida. La presentación será el viernes 24 de agosto de 2018 en el Centro Cultural José Martí, a las 20:00 horas. ¡Ahí estaremos! Da clic aquí para leer la charla que José Castillo Baeza tuvo con el poeta y que se publicó en el periódico Por Esto!



martes, 7 de agosto de 2018


Rubens, Adán y Eva (1628 - 1629). Copia de Tiziano, Vecellio di Gregorio.
 Óleo sobre lienzo, 238 x 184.5 cm. Museo del Prado.

De José María Merino (1941). Narrador español.

Aquella mañana empezamos a ver las cosas más claras: la complejidad del universo, la evolución de los seres vivos, que sobre un punto de apoyo se podría levantar el mundo, que era la tierra la que giraba alrededor del sol y no al contrario y, sobre todo, intuimos que la existencia es un misterio indescifrable. No habían pasado ni dos horas cuando llegó el guardia con la carta de desahucio: el casero había conseguido echarnos a la calle. Nos vinimos a este lugar tan frío, tuvimos hijos. Del resto saben ustedes mucho más que nosotros. El caso es que aquella mañana, en el desayuno, habíamos compartido una manzana.

viernes, 3 de agosto de 2018



Mario Benedetti, poeta uruguayo. 

¿Dónde empieza la boca? 
¿en el beso?
¿en el insulto?
¿en el mordisco?
¿en el grito?
¿en el bostezo?
¿en la sonrisa?
¿en el silbo?
¿en la amenaza?
¿en el gemido?

que te quede bien claro
donde acaba tu boca
ahí empieza la mía.

miércoles, 1 de agosto de 2018

Un caminador de la ciudad


Foto de Ariel Grinberg. Tomada de Clarín.


Por María Esther Vázquez.

Cuando Borges escribió «las calles de Buenos Aires ya son la entraña de mi alma» creo que se quedó corto, porque no sólo las calles sino los barrios, los diferentes lugares por los cuales caminó solo o acompañado en los atardeceres y en las noches, fueron formando la trama que hilo a hilo constituyó el mapa de su amor; del amor por su ciudad, por Buenos Aires.

La mención de Palermo, del barrio Sur o de Almagro podían emocionado hasta las lágrimas; un día encontró en un cuento de Manuel Peyrou esta frase: «Esa percanta de pollera florida que sabía esperarme en una esquina de la calle Nicaragua», y la mención de la calle Nicaragua le causó tal conmoción que no pudo seguir leyendo. (Sabemos que Nicaragua, Serrano, Paraguay, Gurruchaga circunscribían la manzana de su infancia donde en el verso imagina que allí se fundó Buenos Aires. Hoy, Serrano desde Nicaragua hasta Santa Fe se llama Borges). Todo Palermo era su barrio, pero no el Palermo actual, sino un Palermo pobre, de casas bajas de tres patios y zaguanes profundos, ventanas enrejadas, calles empedradas por cuyas vías traqueteaban los tranvías. Eran las calles vecinas del arroyo Maldonado todavía no entubado (la avenida Juan B. Justo de hoy), donde cada tanto, a lo lejos, un portón entornado con una luz amarilla al frente indicaba que detrás se abría un prostíbulo. Durante más de cuarenta años Borges caminó las noches de su ciudad.

En el actual Parque Las Heras se levantó desde 1877 —cuando ese sector era un suburbio total la Penitenciaría, y a toda esa parte de Palermo se la conocía como «la Tierra del Fuego» por asimilación a aquella otra cárcel, tanto o más terrible, la de Ushuaia. A finales de la década del cincuenta del siglo pasado fue demolida y sólo quedaron, como recuerdo, algunas viejas palmeras altísimas. Pero donde hoy se levantan suntuosos pisos de propiedad horizontal, en la juventud de Borges, setenta y ochenta años atrás, proliferaban los conventillos, donde vivían, hacinados, las mujeres, los hijos, los familiares de los presos y, en general, gente de mala vida, mezclada con los peones que trabajaban en los corralones de paredes de chapas. En la cortada de El Lazo, en Cabello y Salguero, en las dos primeras décadas del siglo XX, había salones de baile (galpones con techos de chapa) en los cuales por diez centavos se conseguía una compañera para bailar tango o milonga.

«Cuando llovía —contaba Borges— el ruido del agua sobre la chapa no dejaba oír el bandoneón de turno y uno bailaba de memoria».



Con Francisco Luis Bernárdez, amigo de los primeros años, salían a caminar la noche entera y en cada boliche que encontraban se tomaban una caña o una copa de guindado oriental, pero cuando empezaba a clarear y quizás para mitigar los efectos de los vapores etílicos, el amanecer los veía entrar en una Martona donde los esperaba un vaso de leche con vainillas o un submarino, que a Borges le encantaba, y en esa lechería, de pie y apoyados en el mostrador de mármol, se codeaban con los obreros que iban a su trabajo, mientras que ellos, que la posaban de «niños bien», volvían a dormir a sus casas respectivas.

En la época de la revista mural Prisma (diciembre de 1921 a marzo de 1922), casi recién llegado a Buenos Aires, Borges y sus jóvenes amigos poetas salían a pegar la revista en las paredes de Buenos Aires. Empezaban por Santa Fe, frente a la Plaza San Martín, hasta Callao, y seguían pegando cada diez metros hacia el sur por Entre Ríos y, al llegar a México, doblaban a la izquierda y su viaje terminaba en el número 564, donde brillaba la chapa de bronce de la antigua Biblioteca Nacional, que treinta y tantos años después sería el reino laberíntico de Borges. La recorrida y pegatina consiguiente se extendía por unos cinco kilómetros, itinerario que a veces, llevado por la nostalgia, Borges, ya ciego y tomado del brazo de un acompañante circunstancial, solía repetir. Tuvo la suerte de que, si bien físicamente habían cambiado los edificios o los demolieron o los abandonaron a la desidia, su ceguera le impedía advertir esos cambios. Todavía conservaban los antiguos nombres y en la penumbra grisácea en que pasaba sus días, volvía a ver inexistentes casas, rescatadas del pasado.

«Extraño tanto a Buenos Aires —escribió alguna vez desde Texas, en cuya universidad de Austin dictó clases de literatura varios meses— que hasta pienso en Plaza Once, uno de los lugares más feos de la ciudad, y ese pensamiento me llena de júbilo». Sin embargo, hubo una época en que esperaba con ansias los sábados porque cada sábado lo llevaba a La Perla del Once y en aquella confitería se encontraba con Macedonio Fernández.

Por esos años Macedonio vivía muy cerca de los Borges y nada le hubiera costado al joven escritor, todavía inclinado sobre el ultraísmo, encontrarse con Macedonio todas las veces que se le diera la gana. Pero no. Esperaba los sábados con verdadera ansiedad, con expectativa ilusionada, para darle a esa «cita con la inteligencia» todo el valor que tenía.

Hacia 1933 se agregó otro acompañante a sus marchas ciudadanas que casi siempre terminaban en los suburbios abiertos a la pampa, tan cerca todavía; se trataba de Pierre Drieu La Rochelle (ocho años mayor que Borges, pero cuyo aspecto adolescente lo hacía parecer menor). Drieu, invitado por Victoria Ocampo, había llegado a la Argentina a dar conferencias. Queda una carta de junio de ese año en que Borges le escribe a su cuñado Guillermo de Torre en España: «A Drieu La Rochelle (que es un muchachón tímido, taciturno y casi misteriosamente simpático) lo convidamos con un asado chacaritero de los que inauguró Ramón (Gómez de la Serna): achuras, el asado, vino de la Ribera, queso, dulce de membrillo, dos guitarreros entrerrianos, café y un payador. Nuestras reservas digestivas y auditivas creo que lo asombraron. Luego le presenté nuestro gomero de la Recoleta, que le pareció lo más lindo que había presenciado en Buenos Aires». Los asados en un restaurante de mala muerte del otro lado de la Chacarita fueron una costumbre que duró algunos años y siempre se hacían en honor de alguien o de un libro recién publicado. Borges arrastró a Drieu a sus nocturnos paseos ciudadanos. Vagaban juntos en el «inmenso laberinto rectilíneo» de la ciudad y después de horas de marchas desembocaban en el campo. Ya no hablaban atrapados por la inmensidad de la noche argentina poblada de estrellas.

Drieu escribiría después la experiencia: «Todos dormían, los cines estaban cerrados, las luces de los cafés parpadeaban en las noches. Mi poeta marchaba a grandes pasos locos. Él se paseaba entre su desesperanza y su amor porque él amaba esa desolación, pues de ella había hecho su alma». 



Algunas noches los acompañaba otro amigo de Borges y su primer traductor al francés, el parisino Néstor Ibarra, quien se acordaba de una madrugada en que muy tarde, llegaron a Puente Alsina, entonces un descampado. En el claroscuro del amanecer vieron pasar una caballada, recortada en el horizonte contra el cielo de la llanura vacía. Quizá fue en ese momento en que Drieu pronunció la otra famosa frase suya, tan racional y definitoria de la pampa: «Le vertige de l' horizontal» (el vértigo de lo horizontal). Borges borracho de amor y menos racional, gritó: «¡Es la patria, carajo!». (La otra frase más conocida de Drieu es: «Borges vaut le voyage»: Borges vale la pena el viaje).

Las caminatas de Borges por los arrabales lo llevaron algunas veces al Bajo de Belgrano, en la época en que estaban los studs con una peonada brava y cuchillera y algunos aguantaderos llenos de maleantes. En dos ocasiones Borges y compañía fueron palpados de armas por la policía, y despachados luego con un reproche que a menudo le gustaba recordar a nuestro escritor: «¡Cómo era posible que jóvenes caballeros decentes y finos anduvieran por esos andurriales!».

Una noche, por esos mismos andurriales y casi todos en copas, Néstor Ibarra, se insolentó con la policía y lo llevaron preso y pasó toda una noche en un calabozo. Borges y Ulyses Petit de Murat, compañeros de juerga, ante el aspecto amenazador de la policía que iba de a caballo y parecía quererles tirar el animal encima, dijeron que Ibarra era un compañero ocasional y que lo habían encontrado en un boliche. El mismo Ibarra cuenta en su libro «Borges et Borges», que en una ocasión que salieron juntos a «conocer» la noche, lo hizo caminar quince kilómetros en dos horas. Probablemente haya sido una exageración del francés, lo más probable es que hayan sido sólo diez o doce.

Mantuvo el hábito de las caminatas nocturnas a lo largo de casi cuarenta años. Recuerdo haber recorrido a su lado desde un restaurante, donde habíamos comido, que quedaba en la calle Rivadavia entre Florida y San Martín, hasta Barracas, en una de cuyas calles laterales cerca de Patagones encontramos, una noche de luna, en un sótano, una fragua, que se veía a través de unas grandes puertas ventanas sin vidrios. El ruido y el calor eran insoportables.

Al volver del Sur hacia el Centro no dejaba de pasar por Constitución y a grandes pasos, entre el hollín y el humo, recorría los puentes extendidos sobre las vías: «El primer puente de Constitución y a mis pies / fragor de trenes que tejían laberintos de hierro». La caminata seguía por el Bajo hasta la calle 25 de Mayo, donde quedaba del esqueleto de una antigua fábrica sólo una pared, la del frente, que ocupaba casi toda la extensión de la cuadra. En ella, curiosamente, subsistían unos ventanales cubiertos de hierros cruzados y vidrios, casi todos rajados y rotos, azules y colorados.

En la noche oscura y desierta, aquella pared, más oscura todavía, se alzaba amenazante como si fuera un resto de las ruinas de un castillo embrujado. Y Borges, que ya no veía pedía que le describiera esos raros «losanges» (así los llamaba) e imaginaba vaya a saber qué cosas. Era la una o las dos de la mañana y Buenos Aires, tan solitaria y tan segura entonces, le pertenecía por completo. Deseaba que lloviznara para que el misterio de la noche fuera total.
 
Hoy, que ya no queda nada de aquello y allí se alza un moderno, alto y aséptico edificio de oficinas con mucho brillos de ventanas y metales, prefiero no pasar por ahí y pienso que en algún sitio de algún infinito laberinto del tiempo estarán la negra pared la lluvia fina los losanges coloreados, recuperados, al fin, para Borges y quizás esperándolo. 



Texto publicado en la Revista Ñ. 

miércoles, 25 de julio de 2018



Por Addy Góngora Basterra.

I

Me deslumbra el sol que inunda la ciudad y pienso en el prodigio de su brillo. Mérida es una ciudad poderosamente iluminada. Esto no lo sabemos hasta que nos hace falta. He tenido la oportunidad de vivir en otra ciudad donde el otoño y el invierno están marcados por la naturaleza. Si algo eché de menos fue el fulgor de Mérida y, he de decirlo, este calorón que se nos echa al cuerpo de forma tan implacable que hasta parece una falta de respeto. Aquí el sol se desborda. Si esa luminosidad fuera líquida y tangible, viviríamos en casas flotantes y en vez de calles tendríamos canales, una Venecia transitada por góndolas solares. Me viene a la memoria un cuento de García Márquez, «La luz es como el agua» publicado en el libro «Doce cuentos peregrinos». Es la historia de los hermanos Totó y Joel que solapados por sus padres, «rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un chorro de luz dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota, y lo dejaron correr hasta que el nivel llego a cuatro palmos. Entonces cortaron la corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la casa». Si la luminosidad en la que vivimos sumergidos la pudiéramos meter a un costal como a un montón de hojas secas… ¡otro gallo cantaría!… ¿y qué cantaría ese gallo? Mientras lo imagino, alguien lo ha de estar inventando: los paneles solares son ya un paso.


II

Echo de menos una casa en la que viví. El patio tenía un señor árbol de caimito, un limonero, otro de naranja agria y una familia de cenzontles que cada mañana me obsequiaban lo mejor de su repertorio. La sombra y la armonía con la que esas ramas y esos cantos bañaban mi habitación, están bien instaladas en la nostalgia que siento de aquel año. Esto fue en el dos mil diez y hacía tanto calor como por estas fechas, sólo que no recuerdo haberlo sufrido como ahora. Quizá por el cobijo de los árboles toreando el sol. Recuerdo el espectáculo del follaje proyectando sombras en la pared, dando la ilusión de ser un cuadro en tinta china viviente movido a capricho por el aire. Me hipnotizaban la luz y sombras de las hojas, monedas colgantes trémulas en el reflejo. Gran parte de aquella habitación estaba rodeada por ventanas vestidas con persianas azul plumbago que solían rebanar, en tiras horizontales, la luz de la mañana. Extraño algunas veces ese privado edén cuyo olor a cítrico me despertaba a coro con los cenzontles.


III

Ahora vivo en el tercer piso de un edificio de departamentos. No tengo jardín ni árboles, pero si de vecino un terreno baldío que convoca diferentes especies de aves y a varios toloks mutantes. Además, la calle tiene una telaraña de cables que le encanta al plumaje. Se paran ahí y se la pasan cante y cante. He coqueteado con la idea de sembrar cuatro árboles en la explanada del frente para ofrecerles un hogar decente, contribuir al ambiente y de paso darnos a los que aquí vivimos un charco de sombra, porque cada vez que camino al estacionamiento me veo obligada a aguantar la respiración un instante para sumergirme en el vehículo sin ahogarme, tomar el timón-volante y navegar-transitar por calles de luz. En el final del cuento de García Márquez, Totó y Joel con sus compañeros de escuela hacen una fiesta y «habían abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el cuarto año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario se había ahogado en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana». Así andamos en esta Mérida iluminada, ahogados pero vivitos y coleando, tierra anegada por el sol que brilla para queja o regocijo, dándonos bendiciones como el chile habanero, cenotes y pitahayas, agua de chaya, jarana y el sudor en la frente de quien nos ama.


* Texto publicado en junio del 2016 en el Diario de Yucatán... ¡y el calor cada vez se intensifica! Cuidemos los árboles, protejamos lo que nos dan, nidos, sombra, frutos. Aquí van un par que he tomé recientemente:

¡Qué lindas son tus calles con árboles, Mérida!
Esta foto es del 4 de julio, en la Alcalá Martín.


Nos preceden y nos sobreviven, los árboles. Son nuestra sombra y nuestro paisaje.
Los semáforos y las caminatas no serían lo mismo sin ellos.
Esta foto es del 5 de julio, esquina de la iglesia de Chuburná.

viernes, 20 de julio de 2018

«Todos tenemos objetos que evocan momentos. No son adornos, son testimonios. Sabemos dónde los obtuvimos, cómo los trasladamos, la historia que resguardan. De mis tesoros predilectos: tres pequeñas piedras de mármol que salieron a mi paso en la cantera de #Macael. Tres piedras, tres hermanas, #TresComoFlans que caben en mi puño».

—@addyletranias en Instagram. 




El texto de la foto es de Carmen Villoro, poeta mexicana. 
Tomado del libro «Jugo de naranja».

miércoles, 11 de julio de 2018

Meira Delmar y Gabriel García Márquez.


Meira Delmar (1921 - 2009).
Poeta colombiana.

Un breve instante se cruzaron
tu mirada y la mía.

Y supe de repente
—no sé si tú también—
que en un tiempo
sin años ni relojes,
otro tiempo,
tus ojos y mis ojos
se habían encontrado,
y esto de ahora
no era más que un eco,
la ola que regresa,
atravesando mares,
hasta la antigua orilla.

miércoles, 23 de mayo de 2018

Llovía en Pamplona la tarde que me encontré a Hemingway en el Café Iruña.

1. Permanece enamorado.
2. Esfuérzate en escribir.
3. Mézclate con la vida.
4. Frecuenta escritores consagrados.
5. No pierdas tiempo.
6. Lee sin tregua.
7. Escucha música y mira pintura.
8. No intentes explicarte.
9. Sigue el impulso de tu corazón.
10. Calla: la palabra mata el instinto creador.

Ernest Hemingway (1899 - 1961).

miércoles, 9 de mayo de 2018



Fragmento de "El Zahir", de Jorge Luis Borges.

"Insomne, poseído, casi feliz, pensé que nada hay menos material que el dinero, ya que cualquier moneda (una moneda de veinte centavos, digamos) es, en rigor, un repertorio de futuros posibles. El dinero es abstracto, repetí, el dinero es tiempo futuro. Puede ser una tarde en las afueras, puede ser música de Brahms, puede ser mapas, puede ser ajedrez, puede ser café, puede ser las palabras de Epicteto, que enseñan el desprecio del oro; es un Proteo más versátil que el de la isla de Pharos. Es tiempo imprevisible, tiempo de Bergson, no duro tiempo del Islam o del Pórtico. Los deterministas niegan que haya en el mundo un solo hecho posible, id est un hecho que pudo acontecer; una moneda simboliza nuestro libre albedrío".


lunes, 16 de abril de 2018


«La vida es breve.
Aunque esta noche,
mirando tus ojos
en el Mediterráneo,
sea eterna».

—Robert Graves (1895-1985).
Escritor británico.

miércoles, 4 de abril de 2018


Pocas veces comparto algo en otro idioma que no sea español, pero el inicio de "A tale of two cities" de Charles Dickens lo amerita... se publicó en 1859 y bien aplica para nuestro tiempo:


"It was the best of times, it was the worst of times, it was the age of wisdom, it was the age of foolishness, it was the epoch of belief, it was the epoch of incredulity, it was the season of Light, it was the season of Darkness, it was the spring of hope, it was the winter of despair, we had everything before us, we had nothing before us, we were all going direct to Heaven, we were all going direct the other way—in short, the period was so far like the present period..."

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"Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época eran tan parecida a la actual..."

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Julia Mortera

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