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miércoles, 16 de septiembre de 2020



Ana Blandiana (1942).
Poeta Rumana.

Vamos, hablemos
acerca del país de donde venimos.
Yo vengo del verano,
es una patria frágil
a la que cualquier hoja,
cayendo, la puede extinguir.
Y el cielo está tan lleno de estrellas
que a veces cuelgan hasta el suelo,
y si te acercas, escuchas como la hierba
hace cosquillas a las estrellas que ríen,
y son tantas las flores,
que los ojos duelen
deslumbrados por el sol,
y los redondos soles cuelgan
de cada árbol;
de donde vengo yo,
sólo falta la muerte
y es tanta la felicidad
que es como para dormirse.

lunes, 7 de septiembre de 2020



Voy a rasgar
tus recuerdos
y como a piedras
de un dominio
viejo
los iré lanzando
al río
para que de rodar
se vuelvan canto.

María Soledad Ríos. 
Poeta venezolana.

jueves, 27 de agosto de 2020

«Manos de hombre tengo; manos 
para tomar, de las cosas que existen, 
lo que por hombre se me debe, 
y, por lo que yo debo, hacer algunas 
de las cosas que faltan». 


Rubén Bonifaz Nuño (1923-2013).
Poeta veracruzano.

Poema 15


No me ilusiono, admito, es de mi gusto,
que soy un hombre igual a todos.
Trabajo en algo, cobro
un sueldo insuficiente; me divierto
cuando puedo, o me aburro hasta morirme;
hablo, me callo a veces, pido
mi comida, y a ratos
quisiera ser feliz gloriosamente,
y hago el amor, o voy y vengo
sin nadie que me siga. Tengo un perro
y algunas cosas mías.
En general, no estoy conforme
ni me resigno. Quiero mi derecho,
de hombre común, a deshacerme
la frente contra el muro, a golpearme,
en plena lucidez, contra los ojos
cerrados de las puertas; o de plano
y porque sí, a treparme en una silla,
en cualquier calle, a lo mariachi,
y cantar las cosas que me placen.
También, monumental, hago mi juego
en serio con las gentes,
según las reglas, y reclamo
mis ganancias y pérdidas, y busco
la revancha, o perdono
por generoso o por flojera.
Manos de hombre tengo; manos
para tomar, de las cosas que existen,
lo que por hombre se me debe,
y, por lo que yo debo, hacer algunas
de las cosas que faltan.
Y reconozco que me importa
ser pobre, y que me humilla,
y que lo disimulo por orgullo.
Tú, compañero, cómplice que llevo
dentro de todos, junto a mí, lo sabes.
Hermano de trabajos que caminas
en hombres y mujeres, apretado
como la carne contra el hueso,
y vives, sudas y alborotas
en mí y conmigo y para mí y contigo.

jueves, 13 de agosto de 2020



«Lo mejor para las turbulencias del espíritu, es aprender. Es lo único que jamás se malogra. Puedes envejecer y temblar, anatómicamente hablando; puedes velar en las noches escuchando el desorden de tus venas, puede que te falte tu único amor y puedes perder tu dinero por causa de un monstruo; puedes ver el mundo que te rodea, devastado por locos peligrosos, o saber que tu honor es pisoteado en las cloacas de los espíritus más viles. Sólo se puede hacer una cosa en tales condiciones: aprender».

—Marguerite Yourcenar.

domingo, 9 de agosto de 2020

 Punto de vida

“Fire in a box” (2010) de Tanapol Kaewpring (1980).


Por Addy Góngora Basterra.

Desde el 2014 guardo en un disco duro la imagen "Fuego en caja". Buceando carpetas para rescatar un par de archivos, di con ella al inicio de esta semana que termina. La contemplé en el monitor de mi laptop con el mismo asombro de la primera vez. “¿Así es la vida?”, me cuestioné, “¿nos vivimos conteniendo?”, escribí hace seis años en un Word donde anoté algunos datos de Tanapol Kaewpring (1980), el fotógrafo tailandés que concibió esta serie llamada “Proyecto Caja”. No escribí más y hoy tengo curiosidad por lo que no seguí deshilvanando. ¿Cuál habrá sido la reacción inmediata de quien está leyendo tras ver esa imagen imposible?

Más que adorno o retrato, considero las fotografías que conforman “Proyecto Caja” como símbolos de meditación y cabinas de introspección. La serie consiste en cubos de cristal instalados en entornos reales. Dentro, hay furia de la naturaleza confinada, contenida sin poder expandirse. Es el caos y la belleza del orden, lo seguro por controlado, aquello que se torna en paisaje inofensivo por estar interno en una caja de vidrio: “Estas fuerzas de la naturaleza tienen la capacidad de un gran cambio, crecimiento y destrucción —dice la nota del curador de “Proyecto Caja”— y, sin embargo, aún pueden ser controladas por la humanidad. Incluso ellos tienen sus límites. Estos elementos combinados con su entorno representan aspectos de la libertad psicológica. Si somos capaces de pensar fuera de la caja, de romper el cristal que nos rodea, quizás podamos alcanzar la verdadera liberación y felicidad”.

Ha sido inevitable ver las noticias esta semana sin pensar en “Fuego en caja” y en un haiku cuyo autor ignoro: “¿Cómo cabías, oh incendio, en el pequeño vientre de la chispa?”. Me digo “¿Cómo cabías…?” al ver las imágenes del incendio lento que detonó la explosión masiva de Beirut, el descontrol del fuego en el mercado en Emiratos Árabes, el humo escapando por las ventanas del World Trade Center de Bruselas, la explosión en una fábrica de químicos en Wuhan y otra más ocurrida en Corea del Norte. Indago con miedo las noticias, leo titulares por encimita. “¿Cómo cabías…?” lejos de ser hoguera desarmada, encapsulada a orillas del mar.

También en el 2014, simultáneo al encuentro con Kaewpring, tuve el hallazgo de la palabra japonesa “hikikomori”. Significa alejarse y confinarse, refiriéndose a no salir de la habitación —en el caso de jóvenes que viven con sus padres— o de hogares verdaderamente pequeños —quienes viven solos—, acompañados por tecnología, televisión y videojuegos.

El psiquiatra japonés Tamaki Saito fue quien acuñó en 1998 este síndrome de aislamiento social que, para cifras de marzo del 2019, regía la vida de medio millón de personas, tan sólo en Japón. Saito explica que el “hikikomori” no es una enfermedad sino una situación en la que alguien no participa en actividades sociales durante un mínimo de seis meses y reconoce a los “hikikomori” como personas normales que se encuentran en una situación muy difícil. A casi cinco meses de vivir ermitañamente, en una situación… sí, difícil por incierta, con días en los que no tengo ganas de hablar con nadie por teléfono ni ver a nadie por Zoom, dependiente de tecnología, enganchada a alguna serie o distraída en el celular, a seis años de leer “hikikomori” por primera vez, su significado cobra sentido y me ayuda a comprender lo que en su momento no supe.

Cuantos, al vernos forzados a instalarnos indefinidamente dentro de una casa, sentimos la angustia del “hikikomori” porque, en nuestra mente —y resalto “en nuestra mente”—, la vida perdió sentido, creyendo que carecemos de valor porque dejamos de hacer o sentir lo que consideramos eje de nuestra identidad. Como catarinas a las que atrapó la vida bajo una capsulita de cristal, habrá que traspasar el vidrio mental que sentimos que nos limita, porque a diferencia de las cajas de Kaewpring las personas no somos herméticas al exterior. Somos, como esa lumbre, fuerza de la naturaleza contenida y aislada, con capacidad para decidir en el vientre de los impulsos —entre la chispa y el humo— qué ser con la combustión: si el fuego de una hoguera que alivia, cocina, alumbra y acompaña, o fuego de furia y devastación que arrasa violentamente con todo donde pasa.

Publicado en el Diario de Yucatán.

domingo, 2 de agosto de 2020

Punto de vida


Imagen tomada de la cuenta de Twitter del fotógrafo @ChemaMadoz

Por Addy Góngora Basterra.

I


Hará unos diez años que me enamoré de la obra de Chema Madoz (Madrid, 1958) al encontrar el blanco y negro de sus fotografías en un libro robusto e irresistible que no compré. No hay otro libro del que me haya arrepentido tanto… pero al avión o se subía ese hermosísimo armatoste o me subía yo. Me fascinaron sus fotografías que fusionan dos objetos ilógicos entre sí conformando un objeto obvio. Chema logra en sus imágenes lo que otro español, Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), consiguió con el lenguaje en sus “greguerías”, figuras poéticas como estas: “Las almejas son las castañuelas del mar” o “El agua se suelta el pelo en las cascadas”. Para mi consuelo, seguirlo en redes sociales ha calmado hambre y curiosidad por su creación.

Así encontré en Twitter, la semana pasada, una foto de la que no he quitado ojo ni pensamiento. Lo que vemos, ciertamente, es un reloj de pared que pronto marcará la una. Lo que cambia su significado es el elemento que Chema elige para el borde: rieles. Esa imagen es poesía visual que deleita la mente al poner lo cotidiano con algo extraordinario. Me resulta exquisita la caricia al intelecto, a la imaginación, porque me permite mirar desde otra perspectiva la realidad, encontrando inspirador lo que resulta desconcertante.

II


Tras la detonación de ideas generadas por ese reloj tan singular, recordé unas líneas que hace varios años subrayé en el libro “Fuegos” de la escritora Marguerite Yourcenar: “Por mucho que yo cambie mi destino no cambia. Cualquier figura puede inscribirse en el interior de un círculo”. Esa frase la compartí en el blog Letranías el 23 de enero del 2009, y la foto que elegí para acompañarla es de huellas descalzas en la arena, formando una rueda. Pies que se cierran en sí mismos como las poéticas vías que hallé.

Foto: @Solus-Veer Corbis.


Encuentro en el “reloj vía” que resignifica Chema, el tiempo circular; en el “destino redondo” de Marguerite, encuentro al ser circulando en el tiempo. Somos consecuencia de actos y decisiones; eso hace que nuestro destino pueda ir para un lado o para otro, porque uno va en la vía marcando sus propias huellas, dándole la vuelta al día en el reloj, dando en cada cumpleaños la vuelta al sol.

III


¿Y qué es vivir, sino dar de vueltas? Rondamos. Damos vueltas alrededor de algo, de alguien. Escribir también lo es. Se anda en círculos bordeando ideas, poniendo de cabeza el pensamiento como a un reloj de arena. Del mismo modo le he dado vueltas al reloj de Madoz desde que lo vi en Twitter, y así también no deja de darme vueltas Yourcenar desde que la leí, hará dos décadas. Porque eso es lo que siento en esta pandemia, tanto por lo que escucho en conversaciones como por lo que observo: muchos se sienten atrapados en el tiempo de cada día, transitando de la mañana a la noche en una vía que aparentemente no lleva a ningún lugar, que acaba donde termina. Más que el desplazamiento de un lugar a otro, el movimiento que descoloca es el que nos lleva al Yo.

Por eso me resulta interesante la hora que indica el reloj de Chema. Pronto el tren del tiempo marcará la una con sus urgentes manecillas. Dándole la vuelta al título de la columna del domingo pasado, convirtamos el 2020 + 1 en 2020 + Uno, trocando el #1 para darle entrada y alojamiento al Uno como ser. El camino de esas vías es el encuentro al yo, el difícil + Uno que solemos dejar de lado en la ecuación, tan acostumbrados a complacer, proveer y vivir en entornos donde primero están los otros.

Dará la una en esa figura que se inscribe al interior del círculo, inmersos sin escapatoria en la periferia que nos empuja a desesperarnos, buscarnos y encontrarnos, a vernos irrefrenablemente la cara en el espejo hasta el revelador instante donde encontremos, que en ese destino y aparente camino sin paraje, somos y hemos sido nuestro mejor andén.

Publicado en el Diario de Yucatán.

domingo, 26 de julio de 2020

Punto de vida
Ikee Rikako, nadadora japonesa.
Por Addy Góngora Basterra.

Nació en el año 2000, en un parto acontecido en agua. Con veinte años recién cumplidos, camina vestida de blanco, delgada y con cabello corto, al centro del imponente estadio olímpico de Tokyo. Es de noche y la oscuridad sería total si no fuera por la sutil lenguita de fuego que atesora una pequeña linterna. Es la llama olímpica. El silencio es impecable. No hay espectadores. Apenas un pequeño enjambre de periodistas y camarógrafos. Un reflector seguidor, de esos que acompañan en un charco de luz a los artistas cuando entran al escenario, alumbra los pasos de Ikee Rikako, la nadadora japonesa que el Comité Olímpico designó para dar un mensaje: el viernes 24 de julio debieron inaugurarse las olimpiadas… y ella salió a contar, en pocos minutos, parte de su historia para decirle al mundo, optimista y reconfortada, que a este 2020 se le agrega un +1 y que los juegos se aplazan para el próximo año.

Conmovida, observo y escucho a esta joven que ha encendido una antorcha poderosa con sus palabras. En vez de la emoción de cuerpos desfilando con banderas, atletas compitiendo por honor, equipos y países, dejando vigor en pistas, duelas, arenas, aguas y canchas; en vez del derroche de tecnología que probablemente hubiera sido la ceremonia de inauguración, lo que Tokyo prodiga este fin de semana es “una flama de esperanza brillando en la distancia para movernos hacia adelante, sin importar lo duro que sea”. Así lo pronunció en su discurso inspiradoramente Ikee, quien de febrero a diciembre de 2019 luchó en un hospital ferozmente contra la leucemia, logrando volver al agua el 17 de marzo de 2020. Por eso el símbolo de estos días es ella iluminando a cada paso la oscuridad en pos de la antorcha de sus sueños; una atleta enriquecida y vigorosa tras meses aislada y privada de piscinas durante 406 días. Si alguna atleta sabe lo que es poner cuerpo, mente, disciplina, amor, sacrificio y voluntad para competir, si alguna atleta sabe lo que ha implicado para tantos jóvenes haber perdido Tokyo 2020, es ella, mucho antes del covid.

—Los deportistas tendrán más tiempo para entrenar y prepararse —me dice Lichi, mi hermana, mientras conversamos de las olimpiadas pospuestas.

Tiene razón, aunque me duelen quienes estén en riesgo de sobrepasar la edad permitida para competir, quedándose con sueños de oro desvanecidos en el 2020. También pienso en atletas como Ikee, que ahora tendrán oportunidad de reintegrarse.

—Que el mundo se detenga no quiere decir que tú tengas que parar. El movimiento lo generas tú —agrega sabiamente, desde sus treinta y tantos años, mi hermana—. Mientras vivamos, somos capaces de reconstruirnos y ser una mejor versión de nosotras, como lo hizo ella a pesar de las adversidades.

Por eso me emociona ver a Ikee firme y apacible, diciéndole a un mundo convaleciente, amenazado y pleno de incertidumbre que, a pesar del diagnóstico, ella no se detuvo; como dijo Lichi, generó tenazmente su propio movimiento: “Aprendí mucho al enfermarme. Ahora sé dónde estoy parada, cómo debería vivir mi vida. Este será un gran punto de inflexión para el resto de la vida. Mi vida”, dijo hace unos días la promesa de Japón, especialista en estilo mariposa, quien con el poco sutil aleteo de esta metamorfosis posiblemente pueda competir ¡y ganar! en Tokyo 2021.

Una de las estampas de resistencia a la pandemia, será Ikee sosteniendo en la linterna su pequeña flama, porque es como si en ese acto dijera: “miren, esta es la esperanza, vamos a vivir y darlo todo por esto, este es el fuego por el que otros, como yo, nos movemos, ¿cuál es el tuyo?”. El denuedo de quien enfrenta una enfermedad nos recuerda que sí… que es poderoso creer en el futuro y en nuestra capacidad de rehabilitación. Que todos tenemos llamas que nos llaman a reconciliarnos con la vida.

Publicado en el Diario de Yucatán.

domingo, 19 de julio de 2020

Punto de vida

Foto de Cole Stivers.

Por Addy Góngora Basterra

I

Es el 17 de mayo de 2157. Margie (11 años) y Tommy (13 años) son amigos. Él le cuenta que encontró en el ático de su casa un libro —un libro de verdad, de papel, con palabras de imprenta, muy distinto a los telelibros del siglo XXII a los que están habituados— sobre un tema muy extraño: la escuela. “¿De la escuela? ¿qué se puede escribir sobre la escuela? Odio la escuela”, increpa Margie. “Porque no es una escuela como la nuestra, tontuela. Es una escuela como la de hace cientos de años”, responde Tommy, altivo. “De cualquier modo, tenían maestro”, continúa Margie. “Claro que tenían maestro, pero no era un maestro normal. Era un hombre”, añade él. “¿Un hombre? ¿Cómo puede un hombre ser maestro?”.

Lo anterior sucede en “Cuánto se divertían”, cuento del escritor Isaac Asimov (1920-1992), publicado en diciembre de 1951 en un periódico infantil. En el relato, vemos el fastidio de Margie, a quien no le queda más remedio que entrar a la habitación contigua a su dormitorio, donde el Maestro Automático se encuentra ya encendido y esperando. La niña suspira y piensa en las escuelas de siglos anteriores, “asistían todos los chicos del vecindario, se reían y gritaban en el patio, se sentaban juntos en el aula, regresaban a casa juntos al final del día. Aprendían las mismas cosas, así que podían ayudarse a hacer los deberes y hablar de ellos. Y los maestros eran personas (...) Margie pensaba que los niños debían de adorar la escuela en los viejos tiempos. Pensaba en cuánto se divertían”.

Recordé la historia de Asimov por los tintes de ciencia ficción que ha tomado la realidad que estamos viviendo y por lo que he visto que se comparte en redes sociales de estudiantes —desde kínder a universidad— graduándose vía Zoom; la recordé también por la disrupción en rutinas de incontables familias al permanecer juntos, en casa, con sus respectivas actividades, dependientes de la tecnología; la recordé por la manera como herramientas digitales, softwares y plataformas se han posicionando como hábitos que llegaron para quedarse.

II

Es el 16 de junio de 1904. Stephen Dedalus está dando clase de Historia en una escuela de Dublín que se estima costosa, de exclusiva educación para varones. Hace una pregunta cuya respuesta, como suele ocurrir, el alumno aludido ignora; otro estudiante, que sí la sabe, interrumpe: “Yo lo sé. Pregúnteme a mí, señor”. Entre contestaciones equivocadas, burlas de los compañeros y pensamientos del maestro, va pasando la sesión hasta que otro de los alumnos pide: “Cuéntenos un cuento, señor”, al que se suma otro compañero: “¡Oh, cuente, señor! Un cuento de fantasmas”. A pesar de la tentadora interrupción, Stephen continúa la clase, le pide a un estudiante que lea en voz alta para los demás, pronunciando con descalabro los versos que sigue con los ojos. Hasta que se acerca la hora de terminar y, entonces sí, Stephen pregunta: “¿Quién puede resolver una adivinanza”? La respuesta es un gallinero alborotado de niños guardando libros, el clic clic de lápices chocando, rumor de correas al cerrar maletines por la hebilla. “Pregúnteme a mí, señor”, dice el primero, “¡Oh, a mí, señor”, dice el segundo, “Una difícil, señor”, ¡pide el tercero! En eso estaban cuando se oye: “Hooooockeeeeeeey”. El dueño de esa voz golpea con un bastón la puerta del salón de clase, provocando una estampida al corredor, “se dispersaron, deslizándose de sus bancos, saltando sobre ellos. Al instante habían desaparecido”.

Esta escena, que a muchos de nosotros nos resulta familiar, ocurre al inicio de la titánica y cifrada novela de James Joyce, “Ulises”, publicada en febrero de 1922. Está presente la esencia del ámbito escolar: niños aburridos buscando salirse del tema, la identidad que da un equipo deportivo, la socialización entre compañeros, el vínculo con la autoridad que representa el maestro, la exquisitez de lo lúdico.

III

Es el 19 de julio de 2020 y las escuelas se encuentran en un punto de no retorno. La forma de educar, adquirir conocimientos y socializar cambiarán naturalmente: los acontecimientos que vivimos son oleaje impetuoso que empuja a una transformación. De la noche a la mañana, pasamos de 1904 a 2157. Nos saltamos 253 años de literatura en un fin de semana. ¿Qué alianzas y acuerdos debemos establecer para eficientizar, actualizar e innovar un sistema educativo que proponga nuevos paradigmas, acorde a los retos que ahora tenemos?

Si bien la solución inmediata apunta a un homeschooling improvisado y prolongando, es momento de renovar programas, bloques de horarios, involucrar habilidades blandas, creativas, privilegiar la alfabetización digital. Margie y Stephen son el espejo ante el cual mirarnos para reconocer que somos parte de la Historia que está teniendo una revolución en la forma de vivir. Para el paisaje laboral que se vislumbra con la Industria 4.0 son insuficientes y obsoletas las enseñanzas actuales. Se abrirán nuevas oportunidades para quien adapte y adopte saberes necesarios para desempeñar empleos que no imaginamos en el presente.

La pandemia del 2020 y la Industria 4.0 nos empujan a redefinir la educación y el trabajo. Para nuevos retos, necesitamos nueva visión y nuevas alianzas: el futuro tiene prisa.

Publicado en el Diario de Yucatán.

domingo, 12 de julio de 2020

Punto de vida



Por Addy Góngora Basterra.

I


En últimos días he recibido por WhatsApp fotos familiares que tienen entre dos y tres décadas. A uno de los remitentes le atribuyo el envío por la nostalgia de cumplir años y el consecuente impulso de hacer recuento de vida: mi prima Betina nos compartió fotos de lo que llamó “Mi instagram de los 90”, un álbum bien conservado y decoradito con palabras formadas con recortes de revista. Al segundo remitente, le adivino el envío como un acto irresistible al encontrar álbumes que atestiguan el pasado y una historia de amor.

Dentro de veinte años, ¿en dónde estará todo lo que hoy compartimos por redes y grupitos del Whats? Más allá de iCloud o un disco duro, ¿qué haremos en unas décadas para volver a esos instantes que hoy tenemos en el celular? ¿a dónde acudirá Betina cuando cumpla sesenta y tantos y quiera recordar?

Lo anterior me refiere a una conversación que escuché al sentarme junto a una familia, en un aeropuerto:

—¿Me muestras la foto de cuando aprendí a nadar? —le pide el niño a su papá.
—No la tengo, estaba en otro teléfono.
—¿Hace cuántos teléfonos fue eso? —preguntó el chiquillo.
—Hace dos —respondió con paciencia la mamá.
Hubo unos segundos de silencio.
—¿Y cuántos teléfonos faltan para ver a la abuela otra vez?

Me pareció simpático el chamaquito. No lo olvido porque escuchándolo me percaté que nuestros recuerdos se anidan en la incierta existencia del celular y que para algunos es una herramienta para medir el tiempo. Hubo eras donde incendios arrasaban la memoria; en nuestra era, la memoria corre peligro con la obsolescencia digital.

II

Suena varias veces seguidas mi celular, anunciando que entraron mensajes. Abro WhatsApp y es mi papá que ha compartido cuatro fotos. Me detengo en una. En la imagen hay una mujer joven, casi de perfil, que no mira a la cámara. Lleva el cabello corto, lentes oscuros, un suéter blanco abierto al centro dejando ver una blusa roja. Es mi madre. Hoy tengo más años que los que ella ostenta magnífica en ese click. El tiempo arrasa con nosotros cada vez que nos mira desde las fotografías.

En el poema «Edades», José Emilio Pacheco escribe: «Y entonces se descubre en un cajón olvidado / la foto de la abuela a los catorce años (…) ¿En dónde queda el tiempo, en dónde estamos? / Esa niña / que habita en el recuerdo como una anciana, / muerta hace medio siglo, / es en la foto nieta de su nieto, / la vida no vivida, el futuro total, / la juventud que siempre se renueva en los otros. / La historia no ha pasado por ese instante. / Aún no existen las guerras ni las catástrofes / y la palabra muerte es impensable».

Pienso entonces en la imagen de perfil que tiene una amiga desde hace un par de semanas. Está con su hermana mayor, ambas son unas niñas, y ella está sentada sobre el león de piedra del Parque Zoológico del Centenario. La foto tiene más de cincuenta años «y la palabra muerte es impensable» para ese par de hermanas que serán eternas en el instante sepia que las une en rasgos y pura sonrisa.

III

Hay fotos en las que podemos pasar minutos contemplando una cara, un lugar, un momento. Reflejan lo que almacenamos en el alma, lo que enmarcamos amorosamente en la memoria. Son lo que nos importa. Lo que amamos. Las hacemos grandes y las ponemos donde podamos verlas para acompañarnos siempre de ese fragmento de vida.

Por eso las fotografías son lugares para regresar. Son íntimos puntos de encuentro, relámpagos de segundos que anhelamos que permanezcan con fijador, sin desvanecerse, un rincón para regresar cuando se esté lejos, cuando los años hayan pasado, tablones que nos salven del naufragio en el inmenso, hambriento e implacable mar del tiempo.

Publicado en el Diario de Yucatán.

domingo, 5 de julio de 2020


Fotografía del Diario de Yucatán.

Por Addy Góngora Basterra.

Borboleta, papillon, butterfly, schmetterling… hasta para nombrar «mariposa» hay belleza en el idioma que se quiera pronunciar. ¿Qué las ha hecho gozar de tan buena aceptación humana entre tantos animalitos flotadores? ¿será el prodigio de sus alas, la variedad, el tamaño compacto e inasible, la inofensiva libertad de su aleteo? En su danza irregular garigolean el aire con una estela que, de poderse leer, se dibujaría como caligrafía árabe, porque estos lepidópteros son arte decorativo al vuelo.

De niña pensaba que a las mariposas no les gustan los aguaceros y que pasan volando en tropel, huyendo. Saqué mis inocentes deducciones porque, siempre que veía muchas, más tarde se caía el cielo. Varios años después «lo confirmé» desde mi salón de clases en la Universidad Modelo, cuando vi mariposas adornando la tarde. Las confundí con cenizas. Pensé que algo se quemaba y que el viento arrastraba pedazos de incendio. Pero no. Era la movediza estampa de una colonia de mariposas en estampida, lo supe cuando horas después se desató una tormenta. Entonces comprendí: las mariposas son el presagio de la lluvia.

Desde hace más de una semana he visto con fascinación cómo atraviesan calles, patios, avenidas y la feliz ventana de mi tercer piso que sirve como visor para el espectáculo de estos seres que parecen papelitos. Qué cosa tan bonita. No recuerdo algo similar. El otro día intenté contarlas… una, tres, cinco, nueve, doce, diecisiete. «A buena hora se aparecen», pensé, reconociendo su visita no como casualidad. Porque a seis meses de iniciar un impredecible dos mil veinte, las mariposas recuerdan lo inevitable: todo pasa, todo migra, todo se transforma. La naturaleza, como es poeta, nos lo dice a su manera: soy el aleteo sutil de la metamorfosis. Mientras «pasar hacen», pienso en la hermosura de su incontable trayecto horizontal —una, tres, cinco, nueve, doce, diecisiete— y traté de imaginar otro deleite del aire: ver la nieve cayendo vertical.

Aunque nunca he visto nevar, me imagino la caída de los copos como algo hipnótico. Sentí lo anterior hace unos días al ver una escena de la película “Victoria y Abdul”. La reina toma de la mano a su adorado Munshi, sabiendo que pronto morirá. En un perfecto y emocional punch cinematográfico, la naturaleza subraya lo evidente: Victoria ha entrado al crudo invierno de la vida y… empieza a nevarle encima. Creo que así nosotros, en este veranito inusitado, tenemos nuestro punch cinematográfico en la vida real… una migración nos atraviesa… ¿qué significado dar? Sincronización perfecta. A mitad de semana arrancó el segundo semestre, la segunda parte de un año que le marcará el tiempo al tiempo: ¿qué más necesitamos para darnos cuenta que estamos en tiempo de cambios?

Se dice que siempre experimentamos lo que sucede desde un «punto de vista», pero tal vez ahora tenemos la oportunidad de «ver y ser» desde un nuevo «punto de vida», reconociendo que en la migración de un semestre a otro se nos fueron quedando orugas. Se avecina la metamorfosis personal, lo más probable es que a muchos se nos presente como un proceso incómodo, absolutamente necesario y natural. La paradoja de nuestro tiempo es que el miedo que nos ha puesto frente a frente el covid-19 es a morirnos… pero… ¡hay tanta gente que tiene miedo de vivir lo que realmente quiere y necesita vivir!

Por eso, viendo a las mariposas, pienso que los desafíos de la metamorfosis están en reaprender a relacionarnos de una mejor manera con nosotros mismos, con nuestros cuerpos y con el mundo, con la naturaleza y, muy especialmente, con nuestra mente. Vivir lo que necesitamos y merecemos ser. Una pandemia —como tantas ha habido y como otras habrá— nos ha sacudido relaciones, empleos y familias, todo lo que considerábamos cierto y seguro: «Aquello que para la oruga es el fin del mundo, para el resto del mundo se llama mariposa», dicen que pensó Lao-Tse.

Borboleta, papillon, butterfly, schmetterling… esta migración nos refrenda una gran verdad: la vida se trata de movernos y avanzar… ¿a dónde? Hacia una mejor versión. Por eso las mariposas gozan de tan buena reputación, porque la historia de su vida —¿lo será la nuestra?— es la de una increíble y necesaria transformación.

Publicado en el Diario de Yucatán.

sábado, 30 de mayo de 2020



Por Addy Góngora Basterra.

El año pasado anduve coqueteando con suscribirme a Storytel, start-up sueca de audiolibros, algo así como el Netflix de la literatura. Bajé la app, busqué algunos títulos, vi de qué iba la cosa, escuché algunos tracks de prueba… y hasta ahí. Me ha tomado tiempo unirme a la tendencia de lectura en voz alta. Si lo he logrado es por mediación de los podcasts, que me han ido educando la atención auditiva mientras realizo otras actividades, principalmente correr.

Oyéndolos pensé la importancia de darnos tiempo para dejar que las palabras hagan algo en nosotros. Así como podemos darnos la experiencia de ir a un museo —¿cuándo fue la última vez que, en tu vida cotidiana, no en un viaje, te hiciste un espacio para visitar algún museo, ver lo que exhibe y enriquecerte con algo nuevo que luego recuerdes, lo has hecho alguna vez?— así también podemos considerar darnos la experiencia de escuchar con todos los sentidos, para luego saborearlo. Me parece que vamos olvidando cómo se hace, demasiados estímulos nos jalonean la atención, principalmente las constantes alertas del teléfono o vibraciones en la muñeca si tenemos SmartWatch con notificaciones activadas.

He tomado como reto la experiencia de “oír sin ver” y retener. He sido proclive a textos, a la palabra escrita, a los libros como objeto, me gusta subrayar, releer, marcar, sostener páginas encuadernadas que también puede ser un Kindle, no tengo pleito con los libros digitales y el famoso dispositivo de Amazon me resulta práctico y amable.

Desde marzo, mis hábitos cambiaron su estructura y las semanas me han puesto espacios y tiempos idóneos. Ahora que barro, trapeo, sacudo, vuelvo a barrer (¡la misteriosa reproducción del polvo!), un pelito por aquí, otro por allá (¿pero cómo puede ser si acabo de pasar la escoba?), que cocino, lavo, seco acomodo trastes; ahora que pongo la lavadora, cuelgo ropa, sábanas y manteles, limpio la puerta principal, los canales de los canceles, lavo el baño, sarricida aquí, sarricida acullá, riego las plantas, podo sus hojas; ahora que me corto las uñas, las limo, me depilo las cejas, ordeno los topers, los libros, la ropa, mi archivo personal, los cajones del escritorio, del buró, la despensa… ahora que aplico principios básicos de electricidad, que le medio hago a la plomería y estoy en casa como ama de tal y ama de mí, a media cantada con Spotify pensé… ¿y por qué no escuchar Storytel? Así que, tras concluir mi baile con la escoba (seriamente me pregunto si en Alemania los palos serán más largos… ¡qué dolor de espalda!) con repertorio esquizofrénico que va de Intocable a Maria Bethânia, Los Ángeles Azules, Ella Fitzgerald, Pepe Arévalo y sus mulatos (“Oye Salomé… ¡perdónala!”), ya bañadita y todavía sudando, con pinza de cejas en mano, me dispuse a experimentar mi primer audiolibro.

Bajé de nuevo Storytel, me registré y tomé la prueba gratuita por unos días. El libro elegido fue “Alegría” del español Manuel Vilas. Poco conozco al autor, no lo había leído y del libro tampoco sabía mucho, sólo que fue finalista del Premio Planeta 2019. Durante casi una semana intercalé momentos y quehaceres con la voz del narrador. Al principio fue una experiencia extraña, tuve la sensación de estar en algo en movimiento sin tener de dónde agarrarme ante el zarandeo y consecuente desequilibrio. Sentí la necesidad de controlar las palabras, la oralidad es una corriente que no cesa, a menos de que pongas el dedito encima de la pausa… pero si el dedito está al otro lado del cuarto tendiendo la cama, doblando ropa o con la fibra de platos enjabonada, pues no es posible. Así que entendiendo la virtud de lo que un audiolibro ofrece, me di a la tarea de escuchar y seguir el hilo sin el impulso cada treinta segundos de irme al stop.

La sorpresa del contenido es cómo el autor narra y entreteje su historia familiar con crónicas de viaje y proyecciones. Lo disfruté, mucho, porque me dio perspectivas y pensé en mi familia, en lo que sentirá mi padre por sus padres ya fuera de este mundo y tan dentro de él día con día, “la condición de huérfano es brutal”, dice Vilas Matas en una entrevista con El País al respecto del libro, “tú tienes una identidad como hijo. Eres el hijo de tu padre y de tu madre. Son quienes te dieron los apaños para organizarte la vida”. Pensé en lo que deben sentir las madres que llevan muchos días sin ver a sus hijos y en su inmensa alegría cuando suene el timbre y vean que ahí están queriendo verla… yendo sólo a eso, a verla. Pensé en la memoria familiar, que es fundamental saber nuestra historia más allá de recuerdos que suelen compartirse en navidades y velorios.

Pero lo que más me gustó fue identificar lo poderoso que resulta un autor sin máscaras. Cuando la identidad es legítima en lo que se narra, sacude vidas y repercute en la esfera de lo real, no se queda solamente atrapada en páginas. Hay historias que convocan a la acción, historias que convocan a la alegría. Vilas lo logra al hablar de su familia. En ciudades de España que visitó para presentar su libro, se acercaron a él personas que conocieron a su padre de joven, a cierto tío, con su novela despertó del letargo a ciertos primos, ex parejas, pasado dormido dado por perdido.

Aunque no retuve ninguna cita textual, sí tengo en la mente la voz del narrador con ciertas frases. Lo comparo a la experiencia de ver por la ventana del tren un paisaje escurridizo que después encuentras dentro de ti con toda su belleza. Sucede algo similar con el audiolibro. Las palabras se nos acomodan en alguna parte, en el íntimo e intransferible paisaje sonoro construido con el oído, ese apabullado, saturado, noble sentido que necesita tregua y caricias entre tanta alarma y demanda. Dicen que, al morir, nos aferramos a seguir oyendo la vida… que dejamos de oler, de respirar, de ver, de saborear, pero que aún con todo tardamos en dejar de oír. Ha de ser porque tenemos en el alma la resonancia de un paisaje que perdura, hecho de voces y buenas palabras, y que hasta el último momento necesitamos del lenguaje con toda su hermosura.

Publicado en el Diario de Yucatán.

lunes, 25 de mayo de 2020



Eduardo Casar (1952).
Poeta mexicano.

Cuando tú ya no existas
continuará lloviendo.

Durante algunos meses.

Hasta que la lluvia —inocente primero,
luego perpleja y luego desquiciada—
caiga en cuenta de que tú ya no estás,
de que ya no te moja y entonces para qué.

Detendrá su caída.

Regresará a los cielos
hasta volverlos negros,
apretados y hostiles para siempre.

jueves, 21 de mayo de 2020



Herbert. G. Lingren.

Hablo porque conozco mis necesidades,
dudo porque no conozco las tuyas.
Mis palabras vienen de mi experiencia de vida.
Tu entendimiento viene de la tuya.
Por eso, lo que yo digo, y lo que tu oyes,
puede no ser lo mismo.
Por lo que si tu escuchas cuidadosamente,
no sólo con tus oídos, sino también con tus ojos y tu corazón,
puede ser que logremos comunicarnos.


sábado, 16 de mayo de 2020

Imagen de Maret Hosemann.


Por Addy Góngora Basterra.

domingo, 10 de mayo de 2020


Por Addy Góngora Basterra.

I


En Hueyapan de Ocampo, hace muchos años, hubo un cañaveral del que obtuvo lo mejor Gabriel Caldelas, mi bisabuelo, quien dedicó su vida y trabajo al azúcar.
—Don Gabrielito —le dijo cierto día un cañero, habiéndose quitado el sombrero y parado en el umbral de la bodega adaptada como oficina, en el cañaveral.
—Buen día Arnaldo. Dígame qué puedo hacer por usted —respondió desde su lugar de trabajo don Gabriel.
—Pues verá usted, vengo a pedirle permiso para ausentarme unos días. Quiero llevar a mi señora a Acayucan, ya sabe, a las fiestas de la virgen.
—Caray Arnaldo, pues qué bien. ¿Cuándo quiere irse?
—Pues el fin de semana si se puede, patrón.
—No solamente le doy el permiso —respondió don Gabriel—. Le daré algo más.
Desdoblando un pañuelo de pana rojo que tenía a su costado, sacó un par de monedas de oro que puso sobre la palma de Arnaldo, que se abrió instintivamente cuando don Gabriel se acercó.
—Que sea un feliz viaje. Rezas por mí en la parroquia de San Martín Obispo.
—¡Que Dios lo bendiga don Gabriel, a usted y a toda su descendencia! —se fue diciendo Arnaldo, poniéndose el sombrero y apurando el paso.

Pasaron pocos días y el cañero volvió. Tras la jornada de trabajo, llegó al umbral de la oficina, sudoroso y, nuevamente, quitándose el sombrero.
—¡Arnaldo! Hombre, ¿pero cómo le fue? —preguntó al verlo el personaje que sólo conocí por sus leyendas. ¿Qué le pareció Acayucan, la parroquia, las fiestas a la virgen?
Y Arnaldo, aquel hombre que nunca había salido de Hueyapan de Ocampo, atinó a contestar:
—Ay don Gabrielito… ¡lo que ve el que vive!

II

En algún lugar de Tailandia —por cierto, uno de los mayores exportadores de azúcar a nivel mundial—, atravieso caminos que evocan Yucatán. La vida rural se parece, los árboles son los mismos. Plátano, tamarindo, mango, papaya, flor de mayo, flamboyán, lluvia de oro, palmeras de coco, tan lejos de mi tierra y la tierra tan cerca de mí con sus prodigios de sombra y semilla. Así transcurre la travesía hasta llegar al alojamiento de esa noche, frente al río Kwai. ¿Se puede ser indiferente al sonido del agua cuando se duerme cerca, sea mar, lago, río, cascada? El agua siempre está pasando. Nosotros y el tiempo, aunque parezcamos quietos, también. Así vi pasar troncos de bambú flotando sobre el agua; canoas de cola larga. El sol alto, coronando el río, fabrica brillos color espejo, destellos que están y no están, que se desbaratan sin llegar a ser reflejo. Las cañas de bambú son tan frondosas y altas, pero tan altas, que el peso las dobla sin quebrarse, jugando al sismógrafo en la seda del agua. Es hipnótica la corriente, inasible en su belleza, por eso la retengo en este párrafo, como si le hiciera un dique con la memoria, para volver a ese instante esbelto entre cañas, música de agua y bambú, privilegio recobrado de uterino sonido, dulce e inofensivo.


III

Entre otras cosas, viajar nos sirve para ver en otros sitios lo que pensamos único, para expandir lo que creemos que sabemos. Nadie es dueño de la tierra ni de sus especies. Es al revés, nosotros somos de la fauna, a ella nos debemos, a sus frutos de sol y tierra y agua, a sus raíces milenarias. Sobre la calle Juan María Gutiérrez, casi esquina con Lafinur, en Buenos Aires, hay un patio que forma parte del restaurante del Museo Evita. Ahí me encontré frente a frente con una ceibita, aún con espinas en su tronco; días después vi una ceiba adulta en la carretera a Luján.

—Palo borracho —pronunció mi amiga argentina, sintiendo tan suyo el árbol como yo a mi…
—Ceiba —agregué.
—Palo borracho —repitió.

¿De dónde me inventé que la ceiba, con sus frutos y su alarde de ramas, era única y exclusivamente de Yucatán y que no había otro lugar en el mundo donde pudiera darse, crecer y vivir felizmente? ¿por qué quise pensar eso? Los árboles también tienen familias y, por lo tanto, sus variantes en la especie. Viajar sirve para darse cuenta de que hay más verdad y más mundo de lo que nos cuenta una leyenda. Que hay otras palabras en otros lugares que nombran aquello que consideramos único. Propio. Excepcional. Porque el mundo es mucho más que nuestro capricho de exclusividad.


IV

Muy probablemente mi abuela Carmelina, hija de don Gabriel, en pocos días me diga por teléfono, desde Veracruz, que así no fue lo del ingenio azucarero. Dignificará lo poco que conozco de mi ignoto y fascinante bisabuelo, muy probablemente relatará historia y hazañas ocurridas cerca del río Hueyapan y posteriormente en Jalisco, en el ingenio de Tala. Porque ella —que en julio de 1953 tuvo en Acayucan uno de sus diez partos—, sí que ha visto y sí que ha vivido en el cotidiano viaje de existir. Como han visto y han vivido tantas y tantas abuelas que crecen como ceibas por el mundo, con nombres distintos y tan similares en sus formas de pararse en la tierra para dar nido y dar raíces.

Es buen tiempo para levantar el teléfono, escuchar una voz, esa voz y preguntar amorosa y auténticamente por troncos del árbol genealógico. Porque la memoria familiar es como esas varas de bambú en el río Kwai, dobladas por su carga, marcando a las generaciones que pasan. Me gusta pensar que lo mejor que puede pasarnos en estos días, es que tías y abuelos, hermanas y padres, primos y madres, abuelas y nietos —en sinfonía natural como el cañaveral cuando sopla el viento— se hablen y escuchen sus historias, expandiendo la belleza familiar en el horizonte de los recuerdos.

Publicado en el Diario de Yucatán.

sábado, 9 de mayo de 2020

Ilustración de Iveta Karpathyova.


Rebecca Solnit (1961). 
Escritora estadounidense.

Fragmento del libro "Esperanza en la oscuridad".

«La relación causa-efecto asume que la historia marcha hacia adelante, pero la historia no es ningún ejército. Es un cangrejo que avanza de lado, una gota de agua dulce que horada la piedra, un terremoto que rompe siglos de tensión. A veces una persona inspira un movimiento, o décadas después sus palabras lo hacen. A veces unas cuantas personas apasionadas cambian el mundo. A veces ponen en marcha un movimiento de masas y son millones quienes lo hacen. A veces una misma furia o un mismo ideal agita a estos millones de personas y el cambio nos sobreviene como si se tratara de un cambio de estación. Todas estas transformaciones tienen en común que su origen radica en la imaginación, en la esperanza. Tener esperanza es apostar. Apostar por el futuro, por tus deseos, por la posibilidad de que un corazón abierto y la incertidumbre son mejores que el pesimismo y la seguridad. Tener esperanza es peligroso, y, con todo, es lo contrario al miedo, puesto que vivir es arriesgar».


domingo, 3 de mayo de 2020



Por Addy Góngora Basterra.

I


Serena Williams nunca olvidará el sábado 7 de septiembre de 2019. Recordará cómo una canadiense de 19 años, incipiente leyenda en el tenis de mujeres, desplegó su talento deportivo en dos sets para coronarse en el US OPEN.

Aquel sábado fue evidente el desconcierto de quien acostumbra arrasar con sus rivales. Ansiedad y lenguaje corporal delataron lo que la mente anticipaba: la derrota. Serena desesperada. Ella parecía la novata y no Bianca Andreescu, quien jugó su primer Grand Slam y lo ganó: ¡el sueño de cuántas jóvenes empuñando una raqueta! Bianca construyó mentalmente ese momento desde los diez años, “algún día jugaré contra ella y podré vencerla”, pensaría posiblemente tras ver los partidos de la Williams. Con ferocidad, determinación y estrategia, lo logró.

II


He estado pensando en el futuro. Que las parejas se unen para forjar futuro; que invertimos en fondos de ahorro por seguridad para el futuro; que aceptamos trabajos por beneficios a futuro. Y sin embargo, a veces me parece que esa palabra «futuro» resbala por un tobogán laaaaaaaaaaaaaaaaaaargo y retorcido que se va lejos, muuuuuuuy lejos y ¡s p l a s h! , por allá queda hecho partículas a las que el tiempo da coherencia.

Pero siempre llega, y tal vez nunca como ahora habíamos sido tan conscientes de la importancia de tenerlo asegurado. Jugando con la idea me pregunté: «si el futuro fuera un objeto, ¿qué sería?». Me imaginé un ancla. Un ancla hacia adelante, algo que nos mantiene firmes y nos estructura, algo que sabemos que ahí está: un compromiso en la agenda, la compra de una propiedad, un viaje anheladísimo.

Entonces recordé cuando, hace unos años, un grupo de amigas tuvo un percance en el mar: el motor de la lancha donde paseaban se descompuso. Por la profundidad, el ancla no llegó al fondo y no tuvo donde atorarse. Estuvieron a la deriva, el viento cambió, veían cada vez más y más cerca el muelle de Progreso… hasta que se estrellaron contra los yacses. Descalzas y en traje de baño, a esas piedras deformes y astilladas saltaron una por una, valientemente aterradas, poniéndose a salvo con decisiones tomadas a tiempo. Con el golpe frenético el casco se cuarteó, inundó y se hundió. Hoy pienso al futuro como al ancla de esa lancha flotando sin ton ni son.

III


Horas le he dado vueltas a una frase que Virginia Woolf escribió en su diario: "El futuro es oscuro, que es lo mejor que puede ser el futuro, creo". Me desconcertó a primera lectura eso de “futuro oscuro” y creo entender por qué. Uno siempre espera que el futuro sea luminoso, brillante. Que esté ahí esperándonos, erguidito y educado, caballerosamente. Pero el futuro no existe. Por eso la incertidumbre dominante de las últimas semanas, porque no sabemos lo que va a pasar, porque lo que teníamos claro, ya no lo está —la fecha de la boda, el itinerio de vuelos, el pactado encuentro, la cumbre de negocios, la feria del libro, la rutina acostumbrada, los tantos proyectos— y de abrupta manera, esta década nos recuerda que el futuro es eso que todos los días —como individuos, como pareja, comunidad y nación— vamos imaginando y construyendo.

Tal vez la realidad quiere advertirnos que el futuro oscuro nos presenta oportunidades de creación y renovación, una oscuridad entendida como el espacio donde suceden hechos poderosos: de noche imaginamos, de noche hacemos el amor, de noche descansamos, de noche decidimos, de noche reconfiguramos.

Posiblemente, cuando amanezca, esa oscuridad nos habrá permitido reconocer que no queremos pasar más tiempo en el trabajo actual, que ni la S.A.P.I de C.V ni los posibles socios nos convienen, que nuestro matrimonio hace tiempo que dejo de serlo, que ese amor es impostergable y nos lo merecemos, que debemos darnos tiempo para lo que nos gusta, que nuestra casa, así como está, es el mejor lugar, que han sido absurdos los años sin reconciliación, que las decisiones de hoy cimientan la vida de mañana.

Si le entendí bien a Virginia Woolf, tiene razón: si ese futuro oscuro nos permite encontrar luz, puede ser el mejor futuro.

IV


Cuando recordé la entereza y confianza con la que Bianca Andreescu salió a la cancha, pensé una vez más en la gran metáfora de la vida que es el tenis. De aquella final, el aprendizaje fue reconocer que —si bien el juego de Andreescu fue exquisito—, Serena Williams se venció a sí misma mentalmente. Cuando el ancla de su talento y la fuerza innegable de su cuerpo no encontraron fondo y se sintieron a la deriva, cesó la seguridad y se hundió en el marcador que coronó a su oponente.

Cada quien sabrá cuál es su futuro oscuro y llevarlo a la cancha de su talento. Punto por punto y día por día, en los estadios de la vida nuestras decisiones fabrican lo que somos, exigiendo nuestra consciente y mejor jugada para con destreza forjar el porvenir.

Publicado en el Diario de Yucatán.

viernes, 1 de mayo de 2020




Isidoro Blaisten (1933-2004).
Escritor argentino.

Resulta que dos negros estaban dormidos en las laderas del Mississippi. Uno de los dos se desperezó, bostezó, suspiró y dijo:

—Cómo me gustaría tener un millón de sandías.

El otro negro preguntó:

—Rostus, si tuvieras un millón de sandías, ¿me darías la mitad?
—¡No!
—¿No? ¿No me darías un cuarto?
—No, no te daría un cuarto.
—Rostus, si tuvieras un millón de sandías, ¿no me darías diez sandías?
—No.
—¿No me darías siquiera una sandía? ¡A mi que soy tu amigo!
—Mira, Sam, si tuviera un millón de sandías, no te daría una sola raja siquiera, una sola tajada de sandía.
—Pero, ¿por qué, Rostus?
—Porque eres demasiado perezoso para soñar por ti mismo.

miércoles, 29 de abril de 2020

Me llevó meses volver a engancharme con una novela tras acabar esta de Amor Towles. A cinco meses de su lectura y estando #EnCasa, pienso en el conde escuchando música en su pequeña habitación, lleno del mundo que habita su mente. Este es mi personal homenaje al libro como objeto y a esos maravillosos lugares que llamamos libreros.

Por Addy Góngora Basterra.

I


«Esta historia es lo mejor de las personas», me dijo una amiga al darme un libro obeso para el standard. «Es lo que necesito», respondí, pues por esos días terminé las ocho temporadas de «Juego de Tronos». Aún me sentía aturdida como fascinada por los requiebros y personajes de la ficción que a tantos espectadores ha cautivado.

Es por eso que la segunda novela de Amor Towles (Boston, 1964) me cayó como antídoto para paliar sangre, violencia, fuego, traiciones y acero. Durante los días que me llevó leer «Un caballero en Moscú» (Salamandra, 2018), tuve la voyeur delicia de seguir los pensamientos, intimidad e integridad del Conde Rostov durante su obligada estancia en el Hotel Metropol de Moscú, al que un comité revolucionario lo recluyó en 1922 a modo de vitalicio arresto domiciliario.

Este libro, que leí en noviembre del año pasado, atrajo particularmente mi curiosidad por una línea de la contraportada: «así, a lo largo de más de tres décadas, el Conde verá pasar la vida confinado tras los inmesos ventanales del Metropol». Empecé a leer esa misma noche y pensé en lo dichosas que son algunas personas al saber darle la vuelta a infortunios, como lo hace magistralmente el protagonista. El Conde, tras una vida culta y distinguida, debe habituarse a un cuarto de hotel para luego trasladarse inesperadamente a una buhardilla de nueve metros cuadrados, despojado de varias de sus pertenencias más queridas… ¡para el resto de sus días! Así es como los lectores nos adentramos a su exquisita calidad humana y atestiguamos de qué manera libros, música, amigos verdaderos y su capacidad de adaptación hacen que su modesta habitación sea el mejor de los universos. De más está decir que con el #QuédateEnCasa he recordado en varios momentos la novela. El Conde estuvo ahí más de treinta años… ¡treinta años! viendo huéspedes y décadas pasar, acompañado —eso sí— por Chopin, Chaikovsky, Rachmaninov y, por supuesto, célebres novelas rusas.

II


El año pasado la puerta principal de mi departamento estaba de pena, le urgía mantenimiento: el sol de Yucatán le da de lleno. Así que vinieron los expertos a darle al bloque rectangular de cedro dignidad y porvenir.

Aprovechando la visita, le pedí al carpintero que le diera una manita de gato al librero, parte de la memoria e inventario nostálgico de mi familia. En él, tres hermanas aprendimos a leer y escribir, sumar y restar —sobretodo a sumar—, de amor y desamor.

Si los muebles tuvieran memoria, este sería uno de los que dan fe de cómo las niñas crecen y de todo lo que les pasa en el inter. Con tres cajones —uno para cada quien— esta belleza fue durante décadas nuestro escritorio de tareas y juguetero, por eso, en honor a los seres que ahí habitaron, conservo una vaquita de mi hermana menor que tras dar dos pasos decía muuuu y movía la cola. Basta mirarla para escuchar el muuuu que conjura el cuarto de infancia de tres hermanas, dos grandes espejos y una alfombra verde.

A los pocos días, cuando el carpintero regresó y vio el librero habitado por ejemplares de temas y tamaños diversos, le dio a títulos y autores un paseíto con los ojos.

—So-fo-cles —leyó en voz alta, partiendo en sílabas el nombre.

Volteó a verme, preguntando:

—¿Todos estos libros son porque necesita alimentarse?

—Sí —respondí con gran, pero gran sonrisa, reconociendo en su poética verdad el banquete que siempre encuentro en el buffet de papel empotrado a la pared.

III


En un video del Instituto Cervantes —como parte de la campaña «La libertad es una librería» con motivo del Día Internacional del Libro—, Joaquín Sabina mencionó que él, que es miedoso, no siente temor del confinamiento porque tiene muchos libros: «Los libros acaban con la soledad, hace muchísimos años que yo no estoy solo, desde que aprendí a leer».

Qué regocijo tener libros que, además de acompañarnos, nos alineen alma y esqueleto como el mejor de los quiroprácticos. Quien reconoce un buen poema o una buena historia, sabe a qué me refiero; cuando al dar la vuelta a la página sabes que, aunque la vida sigue aparentemente igual, tú nunca más lo serás. Porque algo distinto existe. Invisible e intangible hay cierto consuelo, cierta riqueza. Y uno entiende que si una historia cuenta y reúne lo peor del ser humano —la vida puede ser cruel—, habrá también una historia que cuente y reúna lo más sublime —la vida puede ser buena—, antídoto y veneno donde la creatividad equilibra y dignifica esta especie nuestra, ávida por consumir contenidos que, además de sumergirnos en otras vidas desde el sofá, nos generen remanso de paz.

Publicado en el Diario de Yucatán.

jueves, 23 de abril de 2020

El 23 de abril se conmemora el Día Internacional del Libro. Este es mi pequeño tributo a ese objeto maravilloso y único que nutre nuestras vidas.

Por Addy Góngora Basterra.

El año pasado la puerta principal de mi departamento estaba de pena, le urgía mantenimiento: el sol de Yucatán le da de lleno. Así que vinieron los expertos a darle al bloque rectangular de cedro dignidad y porvenir.

Aprovechando la visita, le pedí al carpintero que le diera una manita de gato al librero, parte de la memoria e inventario nostálgico de mi familia. En él, tres hermanas aprendimos a leer y escribir, sumar y restar —sobretodo a sumar—, de amor y desamor.

Si los muebles tuvieran memoria, este sería uno de los que dan fe de cómo las niñas crecen y de todo lo que les pasa en el inter. Con tres cajones —uno para cada quien— esta belleza fue durante décadas nuestro escritorio de tareas y juguetero, por eso, en honor a los seres que ahí habitaron, conservo una vaquita de mi hermana menor que tras dar dos pasos decía muuuu y movía la cola. Basta mirarla para escuchar el muuuu que conjura el cuarto de infancia de tres hermanas, dos grandes espejos y una alfombra verde.

A los pocos días, cuando el carpintero regresó y vio el librero habitado por ejemplares de temas y tamaños diversos, le dio a títulos y autores un paseíto con los ojos.

—So-fo-cles —leyó en voz alta, partiendo en sílabas el nombre.

Volteó a verme, preguntando:

—¿Todos estos libros son porque necesita alimentarse?

—Sí —respondí con gran, pero gran sonrisa, reconociendo en su poética verdad el banquete que siempre encuentro en el buffet de papel empotrado a la pared.

Addy Góngora Basterra

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