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miércoles, 23 de mayo de 2018

Llovía en Pamplona la tarde que me encontré a Hemingway en el Café Iruña.

1. Permanece enamorado.
2. Esfuérzate en escribir.
3. Mézclate con la vida.
4. Frecuenta escritores consagrados.
5. No pierdas tiempo.
6. Lee sin tregua.
7. Escucha música y mira pintura.
8. No intentes explicarte.
9. Sigue el impulso de tu corazón.
10. Calla: la palabra mata el instinto creador.

Ernest Hemingway (1899 - 1961).

miércoles, 9 de mayo de 2018



Fragmento de "El Zahir", de Jorge Luis Borges.

"Insomne, poseído, casi feliz, pensé que nada hay menos material que el dinero, ya que cualquier moneda (una moneda de veinte centavos, digamos) es, en rigor, un repertorio de futuros posibles. El dinero es abstracto, repetí, el dinero es tiempo futuro. Puede ser una tarde en las afueras, puede ser música de Brahms, puede ser mapas, puede ser ajedrez, puede ser café, puede ser las palabras de Epicteto, que enseñan el desprecio del oro; es un Proteo más versátil que el de la isla de Pharos. Es tiempo imprevisible, tiempo de Bergson, no duro tiempo del Islam o del Pórtico. Los deterministas niegan que haya en el mundo un solo hecho posible, id est un hecho que pudo acontecer; una moneda simboliza nuestro libre albedrío".


lunes, 16 de abril de 2018


«La vida es breve.
Aunque esta noche,
mirando tus ojos
en el Mediterráneo,
sea eterna».

—Robert Graves (1895-1985).
Escritor británico.

miércoles, 4 de abril de 2018


Pocas veces comparto algo en otro idioma que no sea español, pero el inicio de "A tale of two cities" de Charles Dickens lo amerita... se publicó en 1859 y bien aplica para nuestro tiempo:


"It was the best of times, it was the worst of times, it was the age of wisdom, it was the age of foolishness, it was the epoch of belief, it was the epoch of incredulity, it was the season of Light, it was the season of Darkness, it was the spring of hope, it was the winter of despair, we had everything before us, we had nothing before us, we were all going direct to Heaven, we were all going direct the other way—in short, the period was so far like the present period..."

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"Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época eran tan parecida a la actual..."

miércoles, 17 de enero de 2018


Hace un par de días compartimos el cuento "Romper el cerdito" de Etgar Keret. Hoy traemos el epílogo a esa historia que, si bien complementa el relato, también puede saborearse de manera independiente y comprender lo poderosa que resulta la escritura para la vida. 



Etgar Keret (1967). Israel.

Cuando tenía cinco años, un amigo de la familia que vivía en el extranjero vino de visita y trajo regalos para mi hermano, mi hermana y para mí. No recuerdo qué les obsequió a ellos, sólo sé que de los tres regalos envueltos, el mío era el más grande. Cuando le quité la envoltura y abrí la caja de cartón, encontré un sonriente cerdo rosa, hecho de porcelana.

Di las gracias de manera educada, pero he de reconocer que me encontraba algo decepcionado. ¿A qué se podía jugar con un cerdo de porcelana? Cuando el amigo de la familia vio mi expresión desilusionada, me explicó que era una alcancía. «Cada vez que quieras ahorrar —dijo extrayendo una moneda de su bolsillo—, deposita una moneda en la ranura de su espalda, y al final, todas esas monedas se habrán acumulado para juntar una cantidad importante de dinero». Me alegró saber que el cerdo sonriente tenía alguna utilidad práctica, pero mi felicidad se esfumó cuando me dijeron que la única forma para sacarle el dinero era rompiendo el pobre cerdo.

Recuerdo el momento en el que me percaté de que, al final, el inocente cerdo sería despedazado. Recuerdo cómo las lágrimas ascendieron por mi garganta, como había sucedido tantas veces antes, sin alcanzar a llegar a mis ojos. Recuerdo lo doloroso de darme cuenta de que el mundo no era tan justo como había prometido mi maestra de preescolar. Y recuerdo algo más: mirar directamente a los grandes ojos del cerdo y sentirme muy cercano a él. Era una cercanía que, en ese momento, no tenía manera de explicarme. Pero creo que ahora sí puedo: como el hijo de una madre que perdió a toda su familia en el Holocausto, y de un padre que sobrevivió a la guerra gracias a esconderse en un pequeño agujero subterráneo durante más de seiscientos días, supe desde muy temprana edad que mis padres ya habían sufrido lo suficiente en sus vidas, y que mi misión como niño era asegurarme de no traerles más desgracias, pues habían cumplido ya con creces su cuota. Por eso cada vez que la vida depositaba una moneda de dolor o de tristeza en mi corazón, sabía intuitivamente que debía ocultárselo a mis padres. Y así como con las monedas depositadas en la alcancía del cerdito, la tristeza continuará acumulándose por siempre en mi interior, y no podré compartirla hasta el día en que yo también me rompa en pedazos.

La alcancía del cerdito vivió una larga vida en mi cuarto. A lo largo de los años, cualquier persona que la alzara y la sacudiera podía escuchar sólo una moneda en su interior: era la moneda que le fue depositada el día que nos conocimos. Conforme seguí creciendo, continué tragándome mis lágrimas. Incluso ahora, más de cuarenta y cinco años después, aún no he aprendido a llorar, pero si alguien se tomara la molestia de alzarme y sacudirme, les prometo que no escucharían ni siquiera el repiqueteo de una sola moneda de tristeza. Porque desde muy temprano en la vida descubrí un truco que me ayuda a despojarme de todas las decepciones y miedos que se acumulan en mi interior sin necesidad de romperme en pedazos. El truco se llama escritura.

lunes, 15 de enero de 2018

Ilustración de David Polonsky.


De Etgar Keret (1967). Escritor israelí. 

Mi padre no accedió a comprarme un muñeco de Bart Simpson. Y eso que mi madre sí quería, pero mi padre no cedió y dijo que soy un caprichoso.

—¿Por qué se lo vamos a tener que comprar, eh? —le dijo a mi madre—. No tiene más que abrir la boca y tú ya te pones firme a sus órdenes.

Mi padre añadió que no tengo ningún respeto por el dinero, que si no aprendo a tenérselo ahora que soy pequeño, ¿cuándo voy a hacerlo? Los niños a los que les compran sin más muñecos de Bart Simpson se convierten de mayores en unos maleantes que roban en las tiendas porque se han acostumbrado a conseguir todo lo que se les antoja de la forma más fácil. Así es que en vez de un muñeco de Bart Simpson me compró un cerdito feísimo de cerámica con una ranura en el lomo, y ahora sí que me voy a criar siendo una persona de bien, ahora ya no me voy a convertir en un maleante.

Lo que tengo que hacer a partir de hoy, todas las mañanas, es tomarme una taza de cacao, aunque lo odio. El cacao con nata es un shekel; sin nata, medio shekel, pero si después de tomármelo voy directamente a vomitar, entonces no me dan nada. Las monedas se las voy echando al cerdito por el lomo, de manera que si lo sacudo hace ruido. Cuando en el cerdito haya tantas monedas que al sacudirlo no se oiga nada, entonces me regalarán un muñeco de Bart Simpson en patineta. Porque como dice mi padre, eso sí que es educar.

El caso es que el cerdito es muy lindo, tiene el hocico frío cuando uno se lo toca y, además, sonríe al meterle el shekel por el lomo, lo mismo que cuando sólo se le echa medio shekel, aunque lo mejor es que también sonríe cuando no se le echa nada. Además le he buscado un nombre, le he puesto Pesajson, como el hombre que tuvo nuestro buzón antes que nosotros, un buzón del que mi padre no consiguió arrancar la etiqueta. Pesajson no es como mis otros juguetes, es mucho más tranquilo, sin luces ni resortes, y sin pilas que le derramen su líquido por la cara. Lo único que hay que hacer es tenerlo vigilado para que no salte de la mesa.

—¡Pesajson, cuidado, que eres de cerámica! —le digo cuando me doy cuenta de que se ha agachado un poco y mira al suelo, y entonces él me sonríe y espera pacientemente a que yo lo baje.

Me encanta cuando sonríe; es sólo por él que me tomo el cacao con la nata todas las mañanas, para poderle echar el shekel por el lomo y ver que su sonrisa no cambia ni una pizca.

—Te quiero, Pesajson —le digo después—, y para ser sincero te diré que te quiero más que a papá y a mamá. Además, siempre te querré, pase lo que pase, aunque robes tiendas. ¡Pero si llegas a saltar de la mesa, pobre de ti!

Ayer vino mi padre, agarró a Pesajson y empezó a sacudirlo salvajemente boca abajo.

—Cuidado, papá —le dije—, a Pesajson le va a doler la panza. —Pero mi padre siguió como si nada.

—No hace ruido, ¿sabes lo que quiere decir eso, Yoavi? Que mañana vas a tener un Bart Simpson en patineta.

—¡Qué bien, papá! —le dije—. Un Bart Simpson en patineta, genial. Pero deja de sacudirlo, porque haces que se sienta mal.

Papá dejó a Pesajson en su sitio y fue a llamar a mi madre. Volvió al cabo de un minuto arrastrándola con una mano y agarrando un martillo con la otra.

—¿Ves cómo yo tenía razón? —le dijo a mi madre—, ahora sabrá valorar las cosas, ¿a que sí, Yoavi?

—Pues claro —le respondí—, claro que sí, pero ¿por qué un martillo?

—Es para ti —dijo mi padre mientras me lo entregaba—, pero ten cuidado.

—Pues claro que lo voy a tener —le respondí, porque la verdad es que así era, pero a los pocos minutos mi padre se impacientó y me espetó:

—¡Venga, rompe el cerdito de una vez!

—¿Qué? —exclamé yo—. ¿Romper a Pesajson?

—Sí, sí, a Pesajson —insistió mi padre—. Anda, venga, rómpelo. Te mereces ese Bart Simpson, te lo has ganado a pulso.

Pesajson me brindó la melancólica sonrisa de un cerdito de cerámica que sabe que ha llegado su fin. Al diablo con el Bart Simpson, ¿cómo iba a darle un martillazo en la cabeza a un amigo?

—No quiero un Simpson —dije, y le devolví el martillo a mi padre—, me basta con Pesajson.

—No lo has entendido —me aclaró entonces mi padre—, no pasa nada, así es como se aprende, ven, lo voy a romper yo. —Alzó el martillo mientras yo miraba los ojos desesperados de mi madre y luego la sonrisa fatigada de Pesajson, y entonces supe que todo dependía de mí, que si no hacía algo, Pesajson iba a morir.

—Papá —le dije sujetándolo de la pernera.

—¿Qué pasa, Yoavi? —me respondió con el martillo todavía en alto.

—Quiero un shekel más, por favor —le supliqué—, deja que le eche otro shekel, mañana, después del cacao, y entonces lo rompemos, mañana, lo prometo.

—¿Otro shekel? —sonrió mi padre, dejando el martillo sobre la mesa—. ¿Ves, mujer?, he conseguido que el niño tome conciencia.

—Eso, sí, conciencia —le dije—, mañana. — Y eso que las lágrimas ya me ahogaban la garganta.

Cuando ellos ya habían salido de la habitación abracé con mucha fuerza a Pesajson y di rienda suelta a mi llanto.

Pesajson no decía nada, sino que muy calladito temblaba entre mis brazos.

—No te preocupes —le susurré al oído—, te voy a salvar.

Por la noche me quedé esperando a que mi padre terminara de ver la tele en la sala y se fuera a dormir. Entonces me levanté sin hacer ruido y me escabullí con Pesajson por la galería.

Ilustración de David Polonsky.


Caminamos juntos muchísimo rato en medio de la oscuridad, hasta que llegamos a un campo lleno de ortigas.

—A los cerdos les encantan los campos —le dije a Pesajson mientras lo dejaba en el suelo—, especialmente los campos de ortigas. Vas a estar muy bien aquí.

Me quedé esperando una respuesta, pero Pesajson no dijo nada, y cuando le rocé el hocico como gesto de despedida, se limitó a clavar en mí su melancólica mirada. Sabía que nunca más volvería a verme.

Recomendada la edición de Sexto Piso

jueves, 21 de diciembre de 2017

Este cuento nos recuerda a las personas que, con detalles, nos han dicho que nos quieren... haciendo de la navidad un baúl de irremplazables emociones.

Por Federico Andahazi (1963).
Escritor argentino.

Recuerdo las navidades de mi infancia con esa grata nostalgia que dejan los deseos cumplidos. Cuando yo era chico vivíamos con mi madre en casa de mis abuelos. Mi abuelo, socialista y agnóstico intransigente, se resistía a celebrar toda ceremonia que tuviese un origen religioso. De manera que en mi casa no se festejaba la Navidad. El arbolito, los preparativos, los regalos, las compras de la víspera, eran parte de un mundo tan ajeno como anhelado. A través de la ventana de mi cuarto podía ver cómo, en el edificio de enfrente, cada departamento se iba poblando de luces y adornos, mientras mi casa permanecía como si nada sucediera. No era, sin embargo, una cena igual a la de todos los días; comíamos más tarde y, como por casualidad y aprovechando el feriado del día siguiente, esperábamos la medianoche. Entonces, cuando empezaban a tronar los petardos, salíamos al balcón para ver las luces de los fuegos artificiales que volaban por sobre la cúpula del Congreso. Iluminado por aquel destello multicolor, yo festejaba secreta y silenciosamente. No podía evitar querer ser parte de la fiesta, brindar como lo hacían mis vecinos y esperar sentado cerca del arbolito que dijeran mi nombre para recibir mi regalo. Así eran las navidades en casa, hasta que, en las fiestas previas a mi ingreso en la primaria, sucedió un hecho en apariencia intrascendente. Estábamos en el balcón viendo la repetida escena de los festejos en el departamento al otro lado de la calle Ayacucho, cuando, en el mismo momento en que yo me imaginaba abriendo el envoltorio de un paquete enorme, me encontré con la mirada severa de mi abuelo que, acodado en la baranda, parecía haber descubierto mis pensamientos. Ambos desviamos la vista con cierta incomodidad pero sin decir palabra. Creí ver en sus ojos el brillo del enojo. Nadie más fue testigo de aquel diálogo mudo.

Recuerdo que al día siguiente había ido a jugar a la pelota al garaje junto a mi casa, aprovechando que estaba cerrado. Cuando volví pude ver en un ángulo del living, un árbol de Navidad nevado, resplandeciente y decorado con luces que iluminaban todo el cuarto. Tardé en descubrir que, al pie, había un paquete envuelto con papel metálico rojo en cuya tarjeta estaba escrito mi nombre. Pero muchos años más demoré en entender lo que había significado para mi abuelo haber armado con sus propias manos aquel arbolito que apenas sobrepasaba mi estatura infantil y, sin embargo, me pareció el más grande del mundo.

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Este poema es para esos amores que duran más que el tiempo que pasaste junto a «ese alguien»...

Darío Jaramillo Agudelo (1947).
Poeta colombiano.

Podría perfectamente suprimirte de mi vida,
no contestar tus llamadas, no abrirte la puerta de la casa,
no pensarte, no desearte,
no buscarte en ningún lugar común y no volver a verte,
circular por calles por donde sé que no pasas,
eliminar de mi memoria cada instante que hemos compartido,
cada recuerdo de tu recuerdo,
olvidar tu cara hasta ser capaz de no reconocerte,
responder con evasivas cuando me pregunten por ti
y hacer como si no hubieras existido nunca.

Pero te amo.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

"Fotografiar es conferir importancia"
—Susan Sontag.

Por Addy Góngora Basterra.

Va de salida el 2017 que en el ámbito literario ha resonado por la conmemoración de los cien años del natalicio de Juan Rulfo (1917-1986). Por eso el Colectivo «Viva La Foto» organizó un concurso de fotoliteratura, convocando a traducir o representar en imágenes las palabras del autor jalisciense.

     La premiación —que contó con el apoyo de La Bodega del Fotógrafo— y exposición, realizada el lunes 11 de diciembre en el Foro Cultural Amaro, presentó las tres obras ganadoras, así como algunas de las participantes. Antes de recorrer la galería tuvimos espacio para hablar brevemente de Rulfo, leer algo suyo y hacer entrega de premios a los tres ganadores: Hugo Borges, Isaac Medina y Elizabeth Rodríguez.

     Si algo hay que agradecer son las invitaciones a compartir con otros el amor que uno tiene por ciertos libros y autores. Con Letranías como carta de presentación, acepté cuando me convocaron a leer algo del centenario homenajeado. La tentación —más que invitación— fue provocadora y ocasión ideal para compartir una crónica rulfiana de 1950, “Castillo de Teayo”, que así inicia: 


Un farol nos detiene. Un farol rojo que expande su luz y se balancea frente a nosotros. Sólo se ve el farol. La lluvia y la noche cierran la carretera. 
     —¿Qué quieren esos? ¿dónde estamos?
     El farol se acerca y alguien, allá en el fondo de la oscuridad, nos dice:
     —¡Bajen sus luces! ¡Favor! ¡Favor de hacerse a un lado!
     La lluvia golpea ahora más fuerte, en ráfagas blancas, mezcladas con neblina. Por la ventanilla abierta se asoma una cara extraña, como de cobre.
     —No se puede seguir más allá —dice—. Se ha derrumbado el paredón en Mata Obscura, no hay paso. Eso es todo. Pueden volverse a Poza Rica o quedarse aquí, como quieran.
     Es un soldado. Detrás de él está un rifle por el que escurre el agua en hilos brillantes.
     —¿Dónde estamos? ¿qué lugar es éste?

     Juan Rulfo pasó a la historia como gran fotógrafo y escritor porque fue un gran viajero. Con los sentidos afilados anduvo serpenteando carreteras y pueblos de México, de aquí para allá, siempre alerta, con cámara y lápiz en mano. Destreza de ajtsikbal: supo escuchar y recrear. Pero también supo ver, sutil mirada de artista para detener en el tiempo la luz filtrada entre ahuehuetes o el impasible cráter de un volcán.

     Si la escritura de Juan Rulfo es un caracol al que acercamos oídos para escuchar mexicanidad en palabras de tierra, piel y niebla, sus fotografías son instantes de vida rural entre ruido prehispánico y selva, paisaje yermo y silencio del México multicolor detenido inolvidablemente a blanco y negro. / AGB /.


Primer lugar. Fotografía de Hugo Borges. Dedicada al relato "El llano en llamas".

Mención honorífica. Fotografía de Isaac Medina. "Don Juan y Doloritas" inspirada en "Pedro Páramo". 

Fotografía de Elizabeth Rodríguez evocando el estilo fotográfico de Juan Rulfo "El viaje sin regreso". 

Olga Moguel durante dando la bienvenida al Foro Cultural Amaro y presentando la actividad del Colectivo "Viva La Foto". Foto de Victoria González Chablé.

Addy Góngora Basterra hablando de Juan Rulfo y de la crónica de viajes "Castillo de Teayo". Foto de Victoria González Chablé.

Organizadores del evento e Integrantes del Colectivo «Viva La Foto» con Isaac Medina. 

Una de las fotografías que formaron parte de la exposición y el fragmento de Juan Rulfo al que alude.

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La crónica "Castillo de Teayo" forma parte de la edición que RM publicó recientemente. Puedes conseguirlo en Librerías Gandhi. 

jueves, 7 de diciembre de 2017

La narrativa en "La Uruguaya" de Pedro Mairal es corriente impetuosa ante la que no puedes oponer resistencia: te lleva, te arrastra, te transporta. Por algo Mairal está considerado como autor imperdible de la literatura argentina contemporánea. Publicó su primera novela en 1998, "Una noche con Sabrina Love", con la que ganó el Premio Clarín Novela.

Para el 2018 está el proyecto de hacer película "La Uruguaya" con guión suyo, de Hernán Casciari y Christian Basilis. El mismo Mairal ha dicho que será —nada más y nada menos— que Jorge Drexler quien haga el tema 🎶.
Recomiendo su lectura 👌
Addy




Pedro Mairal (1970). Escritor argentino.
Fragmento de "La Uruguaya".

"Entonces escribí el mail que vos encontraste más tarde: 
     «Guerra, estoy yendo. ¿Podés a las 2?»
     Nunca dejaba mi correo abierto. Jamás. Era muy cuidadoso con eso. Me tranquilizaba sentir que había una parte de mi cerebro que no compartía con vos. Necesitaba mi cono de sombra, mi traba en la puerta, mi intimidad, aunque solo fuera para estar en silencio. Siempre me aterra esa cosa siamesa de las parejas: opinan lo mismo, comen lo mismo, se emborrachan a la par, como si compartieran el torrente sanguíneo. Debe haber un resultado químico de nivelación después de años de mantener esa coreografía constante. Mismo lugar, mismas rutinas, misma alimentación, vida sexual simultánea, estímulos idénticos, coincidencia en temperatura, nivel económico, temores, incentivos, caminatas, proyectos... ¿Qué monstruo bicéfalo se va creando así? Te volvés simétrico con el otro, los metabolismos se sincronizan, funcionás en espejo; un ser binario con un solo deseo. Y el hijo llega para envolver ese abrazo y sellarlos con un lazo eterno. Es pura asfixia la idea. 
     Digo «la idea» porque me parece que los dos luchamos contra eso a pesar de que la inercia nos fue llevando. Ya mi cuerpo no terminaba en la punta de mis dedos; continuaba en el tuyo. Un solo cuerpo. No hubo más Catalina ni más Lucas. Se pinchó el hermetismo, se fisuró: yo hablando dormido, vos leyéndome los mails... En algunas zonas del Caribe las parejas le ponen al hijo un nombre compuesto por los nombres de los padres. Si hubiéramos tenido una hija, se podría llamar Lucalina, por ejemplo, y Maiko podría llamarse Catalucas. Ése es el nombre del monstruo que éramos vos y yo cuando nos trasbasábamos en el otro. No me gusta esa idea del amor. Necesito un rincón privado. ¿Por qué miraste mis mails? ¿Estabas buscando algo para empezar la confrontación, para finalmente cantarme tus verdades? Yo nunca te revisé los mails. Ya sé que dejabas tu casilla siempre abierta, y eso me quitaba curiosidad, pero no se me ocurría ponerme a leer tus cosas". 

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Pedro Mairal · Fotografía tomada de Wikipedia.

sábado, 18 de noviembre de 2017



—La Guitarra—

Habrá un silencio verde
todo hecho de guitarras destrenzadas.

La guitarra es un pozo
con viento en vez de agua.

Gerardo Diego (1896-1987).
Poeta español.


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—Las seis cuerdas—

La guitarra,
hace llorar a los sueños.
El sollozo de las almas
perdidas,
se escapa por su boca redonda.
Y como la tarántula,
teje una gran estrella
para cazar suspiros,
que flotan en su negro
aljibe de madera.

Federico García Lorca (1898-1936).
Poeta español.

lunes, 13 de noviembre de 2017



Muhsin Al-Ramli (1967). 
Poeta iraquí.

Cuando está enferma, me dice:
estoy triste,
ven y siéntate al borde de la cama
toma mi mano y cántame
con tu voz cansada por el tabaco y el habla continua.
Estoy enferma, acércate
y cántame
una canción de niños de tu país
una canción de niños, con el acento de tu país.
Estoy enferma.
Cántame.

Tomado del libro «Pérdida ganadora».


martes, 7 de noviembre de 2017

Detalle de la escultura "Apolo y Dafne" de Bernini, realizada en mármol entre 1622 y 1625. Se encuentra en la Galería Borghese en Roma. 


Lisel Mueller (1924). Poeta estadounidense.

Esta no es una fantasía, es nuestra vida.
Somos los personajes
que invadieron la luna,
los que no pueden parar a las computadoras.
Somos los dioses capaces de deshacer
el mundo en siete jornadas.

Las dos manos se detienen al mediodía.
Estamos empezando a vivir para siempre
en mamelucos livianos, de aluminio,
con un número estampado en la espalda.
Sintonizamos nuestras palabras como música funcional.
Y nos escuchamos a través del agua.

El género está muerto. Inventen algo nuevo.
Inventen un hombre y una mujer
desnudos en un jardín,
inventen un hijo que va a salvar al mundo,
un hombre que se lleve a su padre
de una ciudad en llamas.
Inventen un carretel de hilo
que conduzca al héroe a un lugar seguro,
inventen una isla donde abandone
a la mujer que le salvó la vida
sin perder el sueño por esa traición.

Invéntennos como éramos
antes de que el cuerpo nos resplandeciera
y dejáramos de sangrar:
inventen a un pastor que mate a un gigante,
a una chica que se transforme en árbol,
a una mujer que se niegue a dejar atrás
el pasado y se vuelva una estatua de sal,
a un hermano que robe la primogenitura
y se convierta en el líder de una nación.
Inventen las lágrimas verdaderas, el amor imposible,
las palabras antiguas, pronunciadas despacio
y con dificultad, como los primeros pasos
que da un chico para atravesar una sala.

La traducción al español es de Sandra Toro.



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The end of Science Fiction


This is not fantasy, this is our life.
We are the characters
who have invaded the moon,
who cannot stop their computers.
We are the gods who can unmake
the world in seven days.

Both hands are stopped at noon.
We are beginning to live forever,
in lightweight, aluminum bodies
with numbers stamped on our backs.
We dial our words like Muzak.
We hear each other through water.

The genre is dead. Invent something new.
Invent a man and a woman
naked in a garden,
invent a child that will save the world,
a man who carries his father
out of a burning city.
Invent a spool of thread
that leads a hero to safety,
invent an island on which he abandons
the woman who saved his life
with no loss of sleep over his betrayal.

Invent us as we were
before our bodies glittered
and we stopped bleeding:
invent a shepherd who kills a giant,
a girl who grows into a tree,
a woman who refuses to turn
her back on the past and is changed to salt,
a boy who steals his brother's birthright
and becomes the head of a nation.
Invent real tears, hard love,
slow-spoken, ancient words,
difficult as a child's
first steps across a room.

miércoles, 25 de octubre de 2017



#Biografía

Así empieza el libro Picasso, creador y destructor*, biografía del célebre pintor español:

Nació muerto o eso creyeron. El niño que había dado a luz doña María Picasso de Ruiz, a las once y cuarto de la noche del 25 de octubre de 1881, no respiraba ni se movía. Tras inútiles esfuerzos para revivir al niño, la comadrona abandonó el cuerpo inanimado sobre una mesa y dedicó su atención a la madre. El marido de doña María, don José Ruiz, y los familiares que se habían congregado para ser testigos del nacimiento, lo dieron por muerto; pero no así don Salvador, el hermano más joven de don José y médico de gran habilidad y prestigio. Inclinándose sobre el niño, le sopló en la nariz humo del puro que estaba fumando, y allí donde la comadrona había fallado, el humo del tabaco tuvo éxito e hizo reaccionar al bebé. Así, el primer hijo varón de la familia Ruiz, al que le pondrían el nombre de Pablo, inició su vida «con una mueca y un grito de furia».



El 10 de noviembre fue bautizado en la parroquia de Santiago con los nombres de Pablo, por su difunto tío del mismo nombre; Diego, por su abuelo paterno y su tío mayor; José, por su padre; Francisco de Paula, por su abuelo materno; Juan Nepomuceno, por su padrino (abogado amigo de su padre), y María de los Remedios, por su madrina, que lo amamantó al mismo tiempo que a su primer hijo, ya que doña María, la madre de Pablo, no pudo criarlo por estar agotada psíquica y físicamente por el dramático parto. Los últimos nombres de la larguísima lista fueron Cipriano y «de la Santísima Trinidad», de acuerdo con la antigua costumbre de dejar el nombre más sagrado en último lugar, como si se dijera «es lo más lejos a lo que podemos llegar». La mayor parte de estos nombres no tuvieron más valor en su vida que el de aparecer en el Registro Civil de Málaga, y Picasso no usó nunca más nombre que el de Pablo, por el que fue universalmente conocido.

*Fragmento de «Yo, el Rey», capítulo I del libro “Picasso, creador y destructor” de Arianna Stassinopoulos Huffington. Ediciones Maeva-Lasser, 1988.




jueves, 19 de octubre de 2017


Estás buscando un libro para leer, ¿qué tal éste? 
A modo de seducción, compartimos estas líneas que escribió Sergio Ramírez sobre esta historia:

"El viaje del elefante salomón y su cornaca subhro desde Lisboa hasta Viena en el siglo dieciséis es un viaje hacia el olvido y hacia la muerte, el penúltimo de los libros de José Saramago, cuando él mismo se acercaba ya al fin de su viaje, el suyo propio y el de su imaginación. Una extravagancia caprichosa el exótico regalo que el rey Juan III de Portugal le hace a su primo el archiduque Maximiliano de Austria, que se convierte en sacrificio cuando salomón es obligado a marchar a pie por el largo camino hacia su destino final, y fatal, que es también el de subhro, dos destinos que no pueden separarse, uno al lomo del otro, condenados a desaparecer de los ojos humanos si no es porque esta espléndida novela los revive para siempre".

lunes, 2 de octubre de 2017



Elías Nandino (1900-1993). Poeta mexicano.
Fragmento del poema "Nocturno en llamas"

I


Antes de haber nacido, cuando apenas
en las galaxias era calofrío,
o sed en rotación por el vacío,
o sangre sin la cárcel de las venas;

antes de ser en túnica de arenas
un angustiado palpitar sombrío,
antes, mucho antes que este cuerpo mío
supiera de esperanzas y de penas:

ya buscaba tu nombre, tu semblante,
el disperso latir de tu vivencia,
tu mirada en las nubes esparcida;

porque, desde el asomo delirante
de mis instintos ciegos, tu existencia
era ya por mis ansias presentida.

III


¿Cuántas transmutaciones has pasado?
¿Cuántos siglos de luz, cuántos colores,
nebulosas, crepúsculos y flores
para llegar a ser, has transitado?

¿En qué constelaciones has brillado?
¿Después de cuántas muertes y dolores,
de huracanes, relámpagos y albores
la forma corporal has conquistado?

No puede concebir mi pensamiento
esa edad atmosférica que hicimos
en giratoria espera; mas yo siento

que milenios de lumbres anduvimos
esperanzados en el firmamento,
hasta unir este amor con que existimos.

jueves, 28 de septiembre de 2017



"El beso", hacia 1816-1817. Théodore Géricault.
Carboncillo, aguada y gouache sobre papel marrón . 20 x 27.4 cm
©Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid.

Rafael Alberti (1902 - 1999).
Poeta español.
… rumor de besos y batir de alas… 
—Gustavo Adolfo Bécquer.

También antes,
mucho antes de la rebelión de las sombras,
de que al mundo cayeran plumas incendiadas
y un pájaro pudiera ser muerto por un lirio.
Antes, antes que tú me preguntaras
el número y el sitio de mi cuerpo.
En la época del alma.
Cuando tú abriste en la frente sin corona, del cielo,
la primera dinastía del sueño.
Cuando tú, al mirarme en la nada,
inventaste la primera palabra.

Entonces, nuestro encuentro.

miércoles, 27 de septiembre de 2017



Luis García Montero (1958). 
Poeta español. 

Como la luz de un sueño,
que no raya en el mundo pero existe,
así he vivido yo,
iluminando
esa parte de ti que no conoces,
la vida que has llevado junto a mis pensamientos.

Y aunque tú no lo sepas, yo te he visto
cruzar la puerta sin decir que no,
pedirme un cenicero,
curiosear los libros,
responder al deseo de mis labios
con tus labios de whisky,
seguir mis pasos hasta el dormitorio.

También hemos hablado
en la cama, sin prisa, muchas tardes,
esta cama de amor que no conoces,
la misma que se queda
fría cuando te marchas.

Aunque tú no lo sepas te inventaba conmigo,
hicimos mil proyectos, paseamos
por todas las ciudades que te gustan,
recordamos canciones, elegimos renuncias,
aprendiendo los dos a convivir
entre la realidad y el pensamiento.

Espiada a la sombra de tu horario
o en la noche de un bar por mi sorpresa.
Así he vivido yo,
como la luz de un sueño
que no recuerdas cuando te despiertas.

lunes, 28 de agosto de 2017



Mihaï Beniuc (1907-1988).
Poeta rumano.

[Fragmento]

Mis canciones, sonoras caracolas,
sin mí se quedarán en el ribazo,
amarillas, azules, rojas, blancas,
las finas espirales agudas hacia arriba.
En algunas, quizás,
los cangrejos de blandas espaldas
se acurrucarán
dejando sus tijeras cortadoras afuera,
temiendo a las estrellas de mar.
Otras, sin embargo,
los niños, dando saltos en la arena,
las alzarán al sol, resplandecientes,
y tal vez
sobre una,
alguna niña
apoyará el oído
para escuchar el son profundo de lo eterno,
en tanto que el ardiente ímpetu del futuro,
de una orilla a la otra,
sobre los continentes,
tejerá sus canciones nuevas sobre las ondas.
¡Ay! Y yo no estaré allí
y de los agujeros de mis órbitas
se escurrirán grandes granos de oscuridad.
Pero las caracolas rojas, gualdas, azules,
que los niños harán danzar al sol,
brillarán más hermosas,
y una muchacha encantará su oído
con la sonora caracola
oyendo el porvenir.

[Versión de Rafael Alberti y María Teresa León]

jueves, 24 de agosto de 2017

Borges al pie de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires. Foto de Eduardo Comesaña.


En 1955, Jorge Luis Borges fue nombrado Director de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires. Para entonces, la ceguera se había apoderado de sus ojos. Por eso escribió los versos que hoy compartimos, conmemorando la fecha de su nacimiento, 24 de agosto de 1899. En una de las conferencias (1977) que recoge el libro "Siete noches", Borges cuenta al respecto lo siguiente: Poco a poco fui comprendiendo la extraña ironía de los hechos. Yo siempre me había imaginado el paraíso bajo la especie de una biblioteca. Ahí estaba yo. Era, de algún modo, el centro de novecientos mil volúmenes en diversos idiomas. Comprobé que apenas podía descifrar las carátulas y los lomos. Entonces escribí el «Poema de los dones». Y aquí están esos inolvidables diez cuartetos, magistrales y conmovedores endecasílabos:


Nadie rebaje a lágrima o reproche 
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.

De esta ciudad de libros hizo dueños
a unos ojos sin luz, que sólo pueden
leer en las bibliotecas de los sueños
los insensatos párrafos que ceden

las albas a su afán. En vano el día
les prodiga sus libros infinitos,
arduos como los arduos manuscritos
que perecieron en Alejandría.

De hambre y de sed (narra una historia griega)
muere un rey entre fuentes y jardines;
yo fatigo sin rumbo los confines
de esta alta y honda biblioteca ciega.

Enciclopedias, atlas, el Oriente
y el Occidente, siglos, dinastías,
símbolos, cosmos y cosmogonías
brindan los muros, pero inútilmente.

Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.

1968. Fotografía de Sara Facio · JLB en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires.


Algo, que ciertamente no se nombra
con la palabra azar, rige estas cosas;
otro ya recibió en otras borrosas
tardes los muchos libros y la sombra.

Al errar por las lentas galerías
suelo sentir con vago horror sagrado
que soy el otro, el muerto, que habrá dado
los mismos pasos en los mismos días.

¿Cuál de los dos escribe este poema
de un yo plural y de una sola sombra?
¿Qué importa la palabra que me nombra
si es indiviso y uno el anatema?

Groussac o Borges, miro este querido
mundo que se deforma y que se apaga
en una pálida ceniza vaga
que se parece al sueño y al olvido.

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Julia Mortera

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