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viernes, 24 de agosto de 2018

Las sirenas (1874).
Del pintor alemán Wilhelm Kray (1828-1889). 


Manuel Tejada Loría*. Poeta yucateco.
Twitter: @eccetexas
Tomado del libro Inmóvil en el viento

Sextante

Voy a hablar de la altura de tu sonrisa.
De tu forma peculiar de estar en el mundo
como arrojada para que en ti florezca
algo más que vida, este verso.

(Tú creerás que lo mío es retórica
que mi verso es oficio
y que son los años que pesan sobre mí
lo que me hace escribir).

Pero yo voy a hablar de tu sonrisa y de su altura, 
porque he descubierto que en sus bordes
hay algo de estrella, de océano y de escama,
que hay marinos fumando su locura
al escucharte sonreír
y naufragios grabados en la cuenca lunar.

(Tú afirmarás que mi oficio es también
robar rosas, asimilar espinas, sorber
la tintura y el color de juventudes).

De tu sonrisa hablo con el sol atravesando
nubes pasajeras, cielos teñidos de luz.
Del rojo de tus labios a la noche
hay un paso que me haría caminar sobre
el agua, habitar las olas que distantes
mueven la barca del cuerpo absurdo.

(Tú afirmarás que por mis venas transita
la rabia y el desdén, la inverosímil lascivia
de horas pasadas, el trágico destino
de los puertos en cada marino roto).

Hay un oleaje en ti que trasforma el viento.
Existe en el aroma de tus imaginados pasos
la esencia irregular de tempestades, y
ante tu semidesnudez, naufrago o naufragio,

comprendo mi quebranto.

·:·  



* Con el poemario "Inmóvil en el viento", Manuel Tejada Loría ganó el Premio Internacional de Poesía "Ciudad de Mérida" 2016, otorgado por el Ayuntamiento de Mérida. La presentación será el viernes 24 de agosto de 2018 en el Centro Cultural José Martí, a las 20:00 horas. ¡Ahí estaremos! Da clic aquí para leer la charla que José Castillo Baeza tuvo con el poeta y que se publicó en el periódico Por Esto!



martes, 7 de agosto de 2018


Rubens, Adán y Eva (1628 - 1629). Copia de Tiziano, Vecellio di Gregorio.
 Óleo sobre lienzo, 238 x 184.5 cm. Museo del Prado.

De José María Merino (1941). Narrador español.

Aquella mañana empezamos a ver las cosas más claras: la complejidad del universo, la evolución de los seres vivos, que sobre un punto de apoyo se podría levantar el mundo, que era la tierra la que giraba alrededor del sol y no al contrario y, sobre todo, intuimos que la existencia es un misterio indescifrable. No habían pasado ni dos horas cuando llegó el guardia con la carta de desahucio: el casero había conseguido echarnos a la calle. Nos vinimos a este lugar tan frío, tuvimos hijos. Del resto saben ustedes mucho más que nosotros. El caso es que aquella mañana, en el desayuno, habíamos compartido una manzana.

viernes, 3 de agosto de 2018



Mario Benedetti, poeta uruguayo. 

¿Dónde empieza la boca? 
¿en el beso?
¿en el insulto?
¿en el mordisco?
¿en el grito?
¿en el bostezo?
¿en la sonrisa?
¿en el silbo?
¿en la amenaza?
¿en el gemido?

que te quede bien claro
donde acaba tu boca
ahí empieza la mía.

miércoles, 1 de agosto de 2018

Un caminador de la ciudad


Foto de Ariel Grinberg. Tomada de Clarín.


Por María Esther Vázquez.

Cuando Borges escribió «las calles de Buenos Aires ya son la entraña de mi alma» creo que se quedó corto, porque no sólo las calles sino los barrios, los diferentes lugares por los cuales caminó solo o acompañado en los atardeceres y en las noches, fueron formando la trama que hilo a hilo constituyó el mapa de su amor; del amor por su ciudad, por Buenos Aires.

La mención de Palermo, del barrio Sur o de Almagro podían emocionado hasta las lágrimas; un día encontró en un cuento de Manuel Peyrou esta frase: «Esa percanta de pollera florida que sabía esperarme en una esquina de la calle Nicaragua», y la mención de la calle Nicaragua le causó tal conmoción que no pudo seguir leyendo. (Sabemos que Nicaragua, Serrano, Paraguay, Gurruchaga circunscribían la manzana de su infancia donde en el verso imagina que allí se fundó Buenos Aires. Hoy, Serrano desde Nicaragua hasta Santa Fe se llama Borges). Todo Palermo era su barrio, pero no el Palermo actual, sino un Palermo pobre, de casas bajas de tres patios y zaguanes profundos, ventanas enrejadas, calles empedradas por cuyas vías traqueteaban los tranvías. Eran las calles vecinas del arroyo Maldonado todavía no entubado (la avenida Juan B. Justo de hoy), donde cada tanto, a lo lejos, un portón entornado con una luz amarilla al frente indicaba que detrás se abría un prostíbulo. Durante más de cuarenta años Borges caminó las noches de su ciudad.

En el actual Parque Las Heras se levantó desde 1877 —cuando ese sector era un suburbio total la Penitenciaría, y a toda esa parte de Palermo se la conocía como «la Tierra del Fuego» por asimilación a aquella otra cárcel, tanto o más terrible, la de Ushuaia. A finales de la década del cincuenta del siglo pasado fue demolida y sólo quedaron, como recuerdo, algunas viejas palmeras altísimas. Pero donde hoy se levantan suntuosos pisos de propiedad horizontal, en la juventud de Borges, setenta y ochenta años atrás, proliferaban los conventillos, donde vivían, hacinados, las mujeres, los hijos, los familiares de los presos y, en general, gente de mala vida, mezclada con los peones que trabajaban en los corralones de paredes de chapas. En la cortada de El Lazo, en Cabello y Salguero, en las dos primeras décadas del siglo XX, había salones de baile (galpones con techos de chapa) en los cuales por diez centavos se conseguía una compañera para bailar tango o milonga.

«Cuando llovía —contaba Borges— el ruido del agua sobre la chapa no dejaba oír el bandoneón de turno y uno bailaba de memoria».



Con Francisco Luis Bernárdez, amigo de los primeros años, salían a caminar la noche entera y en cada boliche que encontraban se tomaban una caña o una copa de guindado oriental, pero cuando empezaba a clarear y quizás para mitigar los efectos de los vapores etílicos, el amanecer los veía entrar en una Martona donde los esperaba un vaso de leche con vainillas o un submarino, que a Borges le encantaba, y en esa lechería, de pie y apoyados en el mostrador de mármol, se codeaban con los obreros que iban a su trabajo, mientras que ellos, que la posaban de «niños bien», volvían a dormir a sus casas respectivas.

En la época de la revista mural Prisma (diciembre de 1921 a marzo de 1922), casi recién llegado a Buenos Aires, Borges y sus jóvenes amigos poetas salían a pegar la revista en las paredes de Buenos Aires. Empezaban por Santa Fe, frente a la Plaza San Martín, hasta Callao, y seguían pegando cada diez metros hacia el sur por Entre Ríos y, al llegar a México, doblaban a la izquierda y su viaje terminaba en el número 564, donde brillaba la chapa de bronce de la antigua Biblioteca Nacional, que treinta y tantos años después sería el reino laberíntico de Borges. La recorrida y pegatina consiguiente se extendía por unos cinco kilómetros, itinerario que a veces, llevado por la nostalgia, Borges, ya ciego y tomado del brazo de un acompañante circunstancial, solía repetir. Tuvo la suerte de que, si bien físicamente habían cambiado los edificios o los demolieron o los abandonaron a la desidia, su ceguera le impedía advertir esos cambios. Todavía conservaban los antiguos nombres y en la penumbra grisácea en que pasaba sus días, volvía a ver inexistentes casas, rescatadas del pasado.

«Extraño tanto a Buenos Aires —escribió alguna vez desde Texas, en cuya universidad de Austin dictó clases de literatura varios meses— que hasta pienso en Plaza Once, uno de los lugares más feos de la ciudad, y ese pensamiento me llena de júbilo». Sin embargo, hubo una época en que esperaba con ansias los sábados porque cada sábado lo llevaba a La Perla del Once y en aquella confitería se encontraba con Macedonio Fernández.

Por esos años Macedonio vivía muy cerca de los Borges y nada le hubiera costado al joven escritor, todavía inclinado sobre el ultraísmo, encontrarse con Macedonio todas las veces que se le diera la gana. Pero no. Esperaba los sábados con verdadera ansiedad, con expectativa ilusionada, para darle a esa «cita con la inteligencia» todo el valor que tenía.

Hacia 1933 se agregó otro acompañante a sus marchas ciudadanas que casi siempre terminaban en los suburbios abiertos a la pampa, tan cerca todavía; se trataba de Pierre Drieu La Rochelle (ocho años mayor que Borges, pero cuyo aspecto adolescente lo hacía parecer menor). Drieu, invitado por Victoria Ocampo, había llegado a la Argentina a dar conferencias. Queda una carta de junio de ese año en que Borges le escribe a su cuñado Guillermo de Torre en España: «A Drieu La Rochelle (que es un muchachón tímido, taciturno y casi misteriosamente simpático) lo convidamos con un asado chacaritero de los que inauguró Ramón (Gómez de la Serna): achuras, el asado, vino de la Ribera, queso, dulce de membrillo, dos guitarreros entrerrianos, café y un payador. Nuestras reservas digestivas y auditivas creo que lo asombraron. Luego le presenté nuestro gomero de la Recoleta, que le pareció lo más lindo que había presenciado en Buenos Aires». Los asados en un restaurante de mala muerte del otro lado de la Chacarita fueron una costumbre que duró algunos años y siempre se hacían en honor de alguien o de un libro recién publicado. Borges arrastró a Drieu a sus nocturnos paseos ciudadanos. Vagaban juntos en el «inmenso laberinto rectilíneo» de la ciudad y después de horas de marchas desembocaban en el campo. Ya no hablaban atrapados por la inmensidad de la noche argentina poblada de estrellas.

Drieu escribiría después la experiencia: «Todos dormían, los cines estaban cerrados, las luces de los cafés parpadeaban en las noches. Mi poeta marchaba a grandes pasos locos. Él se paseaba entre su desesperanza y su amor porque él amaba esa desolación, pues de ella había hecho su alma». 



Algunas noches los acompañaba otro amigo de Borges y su primer traductor al francés, el parisino Néstor Ibarra, quien se acordaba de una madrugada en que muy tarde, llegaron a Puente Alsina, entonces un descampado. En el claroscuro del amanecer vieron pasar una caballada, recortada en el horizonte contra el cielo de la llanura vacía. Quizá fue en ese momento en que Drieu pronunció la otra famosa frase suya, tan racional y definitoria de la pampa: «Le vertige de l' horizontal» (el vértigo de lo horizontal). Borges borracho de amor y menos racional, gritó: «¡Es la patria, carajo!». (La otra frase más conocida de Drieu es: «Borges vaut le voyage»: Borges vale la pena el viaje).

Las caminatas de Borges por los arrabales lo llevaron algunas veces al Bajo de Belgrano, en la época en que estaban los studs con una peonada brava y cuchillera y algunos aguantaderos llenos de maleantes. En dos ocasiones Borges y compañía fueron palpados de armas por la policía, y despachados luego con un reproche que a menudo le gustaba recordar a nuestro escritor: «¡Cómo era posible que jóvenes caballeros decentes y finos anduvieran por esos andurriales!».

Una noche, por esos mismos andurriales y casi todos en copas, Néstor Ibarra, se insolentó con la policía y lo llevaron preso y pasó toda una noche en un calabozo. Borges y Ulyses Petit de Murat, compañeros de juerga, ante el aspecto amenazador de la policía que iba de a caballo y parecía quererles tirar el animal encima, dijeron que Ibarra era un compañero ocasional y que lo habían encontrado en un boliche. El mismo Ibarra cuenta en su libro «Borges et Borges», que en una ocasión que salieron juntos a «conocer» la noche, lo hizo caminar quince kilómetros en dos horas. Probablemente haya sido una exageración del francés, lo más probable es que hayan sido sólo diez o doce.

Mantuvo el hábito de las caminatas nocturnas a lo largo de casi cuarenta años. Recuerdo haber recorrido a su lado desde un restaurante, donde habíamos comido, que quedaba en la calle Rivadavia entre Florida y San Martín, hasta Barracas, en una de cuyas calles laterales cerca de Patagones encontramos, una noche de luna, en un sótano, una fragua, que se veía a través de unas grandes puertas ventanas sin vidrios. El ruido y el calor eran insoportables.

Al volver del Sur hacia el Centro no dejaba de pasar por Constitución y a grandes pasos, entre el hollín y el humo, recorría los puentes extendidos sobre las vías: «El primer puente de Constitución y a mis pies / fragor de trenes que tejían laberintos de hierro». La caminata seguía por el Bajo hasta la calle 25 de Mayo, donde quedaba del esqueleto de una antigua fábrica sólo una pared, la del frente, que ocupaba casi toda la extensión de la cuadra. En ella, curiosamente, subsistían unos ventanales cubiertos de hierros cruzados y vidrios, casi todos rajados y rotos, azules y colorados.

En la noche oscura y desierta, aquella pared, más oscura todavía, se alzaba amenazante como si fuera un resto de las ruinas de un castillo embrujado. Y Borges, que ya no veía pedía que le describiera esos raros «losanges» (así los llamaba) e imaginaba vaya a saber qué cosas. Era la una o las dos de la mañana y Buenos Aires, tan solitaria y tan segura entonces, le pertenecía por completo. Deseaba que lloviznara para que el misterio de la noche fuera total.
 
Hoy, que ya no queda nada de aquello y allí se alza un moderno, alto y aséptico edificio de oficinas con mucho brillos de ventanas y metales, prefiero no pasar por ahí y pienso que en algún sitio de algún infinito laberinto del tiempo estarán la negra pared la lluvia fina los losanges coloreados, recuperados, al fin, para Borges y quizás esperándolo. 



Texto publicado en la Revista Ñ. 

miércoles, 25 de julio de 2018



Por Addy Góngora Basterra.

I

Me deslumbra el sol que inunda la ciudad y pienso en el prodigio de su brillo. Mérida es una ciudad poderosamente iluminada. Esto no lo sabemos hasta que nos hace falta. He tenido la oportunidad de vivir en otra ciudad donde el otoño y el invierno están marcados por la naturaleza. Si algo eché de menos fue el fulgor de Mérida y, he de decirlo, este calorón que se nos echa al cuerpo de forma tan implacable que hasta parece una falta de respeto. Aquí el sol se desborda. Si esa luminosidad fuera líquida y tangible, viviríamos en casas flotantes y en vez de calles tendríamos canales, una Venecia transitada por góndolas solares. Me viene a la memoria un cuento de García Márquez, «La luz es como el agua» publicado en el libro «Doce cuentos peregrinos». Es la historia de los hermanos Totó y Joel que solapados por sus padres, «rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un chorro de luz dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota, y lo dejaron correr hasta que el nivel llego a cuatro palmos. Entonces cortaron la corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la casa». Si la luminosidad en la que vivimos sumergidos la pudiéramos meter a un costal como a un montón de hojas secas… ¡otro gallo cantaría!… ¿y qué cantaría ese gallo? Mientras lo imagino, alguien lo ha de estar inventando: los paneles solares son ya un paso.


II

Echo de menos una casa en la que viví. El patio tenía un señor árbol de caimito, un limonero, otro de naranja agria y una familia de cenzontles que cada mañana me obsequiaban lo mejor de su repertorio. La sombra y la armonía con la que esas ramas y esos cantos bañaban mi habitación, están bien instaladas en la nostalgia que siento de aquel año. Esto fue en el dos mil diez y hacía tanto calor como por estas fechas, sólo que no recuerdo haberlo sufrido como ahora. Quizá por el cobijo de los árboles toreando el sol. Recuerdo el espectáculo del follaje proyectando sombras en la pared, dando la ilusión de ser un cuadro en tinta china viviente movido a capricho por el aire. Me hipnotizaban la luz y sombras de las hojas, monedas colgantes trémulas en el reflejo. Gran parte de aquella habitación estaba rodeada por ventanas vestidas con persianas azul plumbago que solían rebanar, en tiras horizontales, la luz de la mañana. Extraño algunas veces ese privado edén cuyo olor a cítrico me despertaba a coro con los cenzontles.


III

Ahora vivo en el tercer piso de un edificio de departamentos. No tengo jardín ni árboles, pero si de vecino un terreno baldío que convoca diferentes especies de aves y a varios toloks mutantes. Además, la calle tiene una telaraña de cables que le encanta al plumaje. Se paran ahí y se la pasan cante y cante. He coqueteado con la idea de sembrar cuatro árboles en la explanada del frente para ofrecerles un hogar decente, contribuir al ambiente y de paso darnos a los que aquí vivimos un charco de sombra, porque cada vez que camino al estacionamiento me veo obligada a aguantar la respiración un instante para sumergirme en el vehículo sin ahogarme, tomar el timón-volante y navegar-transitar por calles de luz. En el final del cuento de García Márquez, Totó y Joel con sus compañeros de escuela hacen una fiesta y «habían abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el cuarto año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario se había ahogado en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana». Así andamos en esta Mérida iluminada, ahogados pero vivitos y coleando, tierra anegada por el sol que brilla para queja o regocijo, dándonos bendiciones como el chile habanero, cenotes y pitahayas, agua de chaya, jarana y el sudor en la frente de quien nos ama.


* Texto publicado en junio del 2016 en el Diario de Yucatán... ¡y el calor cada vez se intensifica! Cuidemos los árboles, protejamos lo que nos dan, nidos, sombra, frutos. Aquí van un par que he tomé recientemente:

¡Qué lindas son tus calles con árboles, Mérida!
Esta foto es del 4 de julio, en la Alcalá Martín.


Nos preceden y nos sobreviven, los árboles. Son nuestra sombra y nuestro paisaje.
Los semáforos y las caminatas no serían lo mismo sin ellos.
Esta foto es del 5 de julio, esquina de la iglesia de Chuburná.

viernes, 20 de julio de 2018

«Todos tenemos objetos que evocan momentos. 
No son adornos, son testimonios. 
Sabemos donde los obtuvimos, cómo los trasladamos, la historia que resguardan. 

De mis tesoros predilectos: 
tres pequeñas piedras de mármol que salieron a mi paso en la cantera de #Macael. 

Tres piedras, tres hermanas, #TresComoFlans que caben en mi puño».

—@addyletranias en Instagram. 



El texto de la foto es de Carmen Villoro, poeta mexicana. 
Tomado del libro «Jugo de naranja».

miércoles, 11 de julio de 2018

Meira Delmar y Gabriel García Márquez.


Meira Delmar (1921 - 2009).
Poeta colombiana.

Un breve instante se cruzaron
tu mirada y la mía.

Y supe de repente
—no sé si tú también—
que en un tiempo
sin años ni relojes,
otro tiempo,
tus ojos y mis ojos
se habían encontrado,
y esto de ahora
no era más que un eco,
la ola que regresa,
atravesando mares,
hasta la antigua orilla.

miércoles, 23 de mayo de 2018

Llovía en Pamplona la tarde que me encontré a Hemingway en el Café Iruña.

1. Permanece enamorado.
2. Esfuérzate en escribir.
3. Mézclate con la vida.
4. Frecuenta escritores consagrados.
5. No pierdas tiempo.
6. Lee sin tregua.
7. Escucha música y mira pintura.
8. No intentes explicarte.
9. Sigue el impulso de tu corazón.
10. Calla: la palabra mata el instinto creador.

Ernest Hemingway (1899 - 1961).

miércoles, 9 de mayo de 2018



Fragmento de "El Zahir", de Jorge Luis Borges.

"Insomne, poseído, casi feliz, pensé que nada hay menos material que el dinero, ya que cualquier moneda (una moneda de veinte centavos, digamos) es, en rigor, un repertorio de futuros posibles. El dinero es abstracto, repetí, el dinero es tiempo futuro. Puede ser una tarde en las afueras, puede ser música de Brahms, puede ser mapas, puede ser ajedrez, puede ser café, puede ser las palabras de Epicteto, que enseñan el desprecio del oro; es un Proteo más versátil que el de la isla de Pharos. Es tiempo imprevisible, tiempo de Bergson, no duro tiempo del Islam o del Pórtico. Los deterministas niegan que haya en el mundo un solo hecho posible, id est un hecho que pudo acontecer; una moneda simboliza nuestro libre albedrío".


lunes, 16 de abril de 2018


«La vida es breve.
Aunque esta noche,
mirando tus ojos
en el Mediterráneo,
sea eterna».

—Robert Graves (1895-1985).
Escritor británico.

miércoles, 4 de abril de 2018


Pocas veces comparto algo en otro idioma que no sea español, pero el inicio de "A tale of two cities" de Charles Dickens lo amerita... se publicó en 1859 y bien aplica para nuestro tiempo:


"It was the best of times, it was the worst of times, it was the age of wisdom, it was the age of foolishness, it was the epoch of belief, it was the epoch of incredulity, it was the season of Light, it was the season of Darkness, it was the spring of hope, it was the winter of despair, we had everything before us, we had nothing before us, we were all going direct to Heaven, we were all going direct the other way—in short, the period was so far like the present period..."

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"Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época eran tan parecida a la actual..."

miércoles, 17 de enero de 2018


Hace un par de días compartimos el cuento "Romper el cerdito" de Etgar Keret. Hoy traemos el epílogo a esa historia que, si bien complementa el relato, también puede saborearse de manera independiente y comprender lo poderosa que resulta la escritura para la vida. 



Etgar Keret (1967). Israel.

Cuando tenía cinco años, un amigo de la familia que vivía en el extranjero vino de visita y trajo regalos para mi hermano, mi hermana y para mí. No recuerdo qué les obsequió a ellos, sólo sé que de los tres regalos envueltos, el mío era el más grande. Cuando le quité la envoltura y abrí la caja de cartón, encontré un sonriente cerdo rosa, hecho de porcelana.

Di las gracias de manera educada, pero he de reconocer que me encontraba algo decepcionado. ¿A qué se podía jugar con un cerdo de porcelana? Cuando el amigo de la familia vio mi expresión desilusionada, me explicó que era una alcancía. «Cada vez que quieras ahorrar —dijo extrayendo una moneda de su bolsillo—, deposita una moneda en la ranura de su espalda, y al final, todas esas monedas se habrán acumulado para juntar una cantidad importante de dinero». Me alegró saber que el cerdo sonriente tenía alguna utilidad práctica, pero mi felicidad se esfumó cuando me dijeron que la única forma para sacarle el dinero era rompiendo el pobre cerdo.

Recuerdo el momento en el que me percaté de que, al final, el inocente cerdo sería despedazado. Recuerdo cómo las lágrimas ascendieron por mi garganta, como había sucedido tantas veces antes, sin alcanzar a llegar a mis ojos. Recuerdo lo doloroso de darme cuenta de que el mundo no era tan justo como había prometido mi maestra de preescolar. Y recuerdo algo más: mirar directamente a los grandes ojos del cerdo y sentirme muy cercano a él. Era una cercanía que, en ese momento, no tenía manera de explicarme. Pero creo que ahora sí puedo: como el hijo de una madre que perdió a toda su familia en el Holocausto, y de un padre que sobrevivió a la guerra gracias a esconderse en un pequeño agujero subterráneo durante más de seiscientos días, supe desde muy temprana edad que mis padres ya habían sufrido lo suficiente en sus vidas, y que mi misión como niño era asegurarme de no traerles más desgracias, pues habían cumplido ya con creces su cuota. Por eso cada vez que la vida depositaba una moneda de dolor o de tristeza en mi corazón, sabía intuitivamente que debía ocultárselo a mis padres. Y así como con las monedas depositadas en la alcancía del cerdito, la tristeza continuará acumulándose por siempre en mi interior, y no podré compartirla hasta el día en que yo también me rompa en pedazos.

La alcancía del cerdito vivió una larga vida en mi cuarto. A lo largo de los años, cualquier persona que la alzara y la sacudiera podía escuchar sólo una moneda en su interior: era la moneda que le fue depositada el día que nos conocimos. Conforme seguí creciendo, continué tragándome mis lágrimas. Incluso ahora, más de cuarenta y cinco años después, aún no he aprendido a llorar, pero si alguien se tomara la molestia de alzarme y sacudirme, les prometo que no escucharían ni siquiera el repiqueteo de una sola moneda de tristeza. Porque desde muy temprano en la vida descubrí un truco que me ayuda a despojarme de todas las decepciones y miedos que se acumulan en mi interior sin necesidad de romperme en pedazos. El truco se llama escritura.

lunes, 15 de enero de 2018

Ilustración de David Polonsky.


De Etgar Keret (1967). Escritor israelí. 

Mi padre no accedió a comprarme un muñeco de Bart Simpson. Y eso que mi madre sí quería, pero mi padre no cedió y dijo que soy un caprichoso.

—¿Por qué se lo vamos a tener que comprar, eh? —le dijo a mi madre—. No tiene más que abrir la boca y tú ya te pones firme a sus órdenes.

Mi padre añadió que no tengo ningún respeto por el dinero, que si no aprendo a tenérselo ahora que soy pequeño, ¿cuándo voy a hacerlo? Los niños a los que les compran sin más muñecos de Bart Simpson se convierten de mayores en unos maleantes que roban en las tiendas porque se han acostumbrado a conseguir todo lo que se les antoja de la forma más fácil. Así es que en vez de un muñeco de Bart Simpson me compró un cerdito feísimo de cerámica con una ranura en el lomo, y ahora sí que me voy a criar siendo una persona de bien, ahora ya no me voy a convertir en un maleante.

Lo que tengo que hacer a partir de hoy, todas las mañanas, es tomarme una taza de cacao, aunque lo odio. El cacao con nata es un shekel; sin nata, medio shekel, pero si después de tomármelo voy directamente a vomitar, entonces no me dan nada. Las monedas se las voy echando al cerdito por el lomo, de manera que si lo sacudo hace ruido. Cuando en el cerdito haya tantas monedas que al sacudirlo no se oiga nada, entonces me regalarán un muñeco de Bart Simpson en patineta. Porque como dice mi padre, eso sí que es educar.

El caso es que el cerdito es muy lindo, tiene el hocico frío cuando uno se lo toca y, además, sonríe al meterle el shekel por el lomo, lo mismo que cuando sólo se le echa medio shekel, aunque lo mejor es que también sonríe cuando no se le echa nada. Además le he buscado un nombre, le he puesto Pesajson, como el hombre que tuvo nuestro buzón antes que nosotros, un buzón del que mi padre no consiguió arrancar la etiqueta. Pesajson no es como mis otros juguetes, es mucho más tranquilo, sin luces ni resortes, y sin pilas que le derramen su líquido por la cara. Lo único que hay que hacer es tenerlo vigilado para que no salte de la mesa.

—¡Pesajson, cuidado, que eres de cerámica! —le digo cuando me doy cuenta de que se ha agachado un poco y mira al suelo, y entonces él me sonríe y espera pacientemente a que yo lo baje.

Me encanta cuando sonríe; es sólo por él que me tomo el cacao con la nata todas las mañanas, para poderle echar el shekel por el lomo y ver que su sonrisa no cambia ni una pizca.

—Te quiero, Pesajson —le digo después—, y para ser sincero te diré que te quiero más que a papá y a mamá. Además, siempre te querré, pase lo que pase, aunque robes tiendas. ¡Pero si llegas a saltar de la mesa, pobre de ti!

Ayer vino mi padre, agarró a Pesajson y empezó a sacudirlo salvajemente boca abajo.

—Cuidado, papá —le dije—, a Pesajson le va a doler la panza. —Pero mi padre siguió como si nada.

—No hace ruido, ¿sabes lo que quiere decir eso, Yoavi? Que mañana vas a tener un Bart Simpson en patineta.

—¡Qué bien, papá! —le dije—. Un Bart Simpson en patineta, genial. Pero deja de sacudirlo, porque haces que se sienta mal.

Papá dejó a Pesajson en su sitio y fue a llamar a mi madre. Volvió al cabo de un minuto arrastrándola con una mano y agarrando un martillo con la otra.

—¿Ves cómo yo tenía razón? —le dijo a mi madre—, ahora sabrá valorar las cosas, ¿a que sí, Yoavi?

—Pues claro —le respondí—, claro que sí, pero ¿por qué un martillo?

—Es para ti —dijo mi padre mientras me lo entregaba—, pero ten cuidado.

—Pues claro que lo voy a tener —le respondí, porque la verdad es que así era, pero a los pocos minutos mi padre se impacientó y me espetó:

—¡Venga, rompe el cerdito de una vez!

—¿Qué? —exclamé yo—. ¿Romper a Pesajson?

—Sí, sí, a Pesajson —insistió mi padre—. Anda, venga, rómpelo. Te mereces ese Bart Simpson, te lo has ganado a pulso.

Pesajson me brindó la melancólica sonrisa de un cerdito de cerámica que sabe que ha llegado su fin. Al diablo con el Bart Simpson, ¿cómo iba a darle un martillazo en la cabeza a un amigo?

—No quiero un Simpson —dije, y le devolví el martillo a mi padre—, me basta con Pesajson.

—No lo has entendido —me aclaró entonces mi padre—, no pasa nada, así es como se aprende, ven, lo voy a romper yo. —Alzó el martillo mientras yo miraba los ojos desesperados de mi madre y luego la sonrisa fatigada de Pesajson, y entonces supe que todo dependía de mí, que si no hacía algo, Pesajson iba a morir.

—Papá —le dije sujetándolo de la pernera.

—¿Qué pasa, Yoavi? —me respondió con el martillo todavía en alto.

—Quiero un shekel más, por favor —le supliqué—, deja que le eche otro shekel, mañana, después del cacao, y entonces lo rompemos, mañana, lo prometo.

—¿Otro shekel? —sonrió mi padre, dejando el martillo sobre la mesa—. ¿Ves, mujer?, he conseguido que el niño tome conciencia.

—Eso, sí, conciencia —le dije—, mañana. — Y eso que las lágrimas ya me ahogaban la garganta.

Cuando ellos ya habían salido de la habitación abracé con mucha fuerza a Pesajson y di rienda suelta a mi llanto.

Pesajson no decía nada, sino que muy calladito temblaba entre mis brazos.

—No te preocupes —le susurré al oído—, te voy a salvar.

Por la noche me quedé esperando a que mi padre terminara de ver la tele en la sala y se fuera a dormir. Entonces me levanté sin hacer ruido y me escabullí con Pesajson por la galería.

Ilustración de David Polonsky.


Caminamos juntos muchísimo rato en medio de la oscuridad, hasta que llegamos a un campo lleno de ortigas.

—A los cerdos les encantan los campos —le dije a Pesajson mientras lo dejaba en el suelo—, especialmente los campos de ortigas. Vas a estar muy bien aquí.

Me quedé esperando una respuesta, pero Pesajson no dijo nada, y cuando le rocé el hocico como gesto de despedida, se limitó a clavar en mí su melancólica mirada. Sabía que nunca más volvería a verme.

Recomendada la edición de Sexto Piso

jueves, 21 de diciembre de 2017

Este cuento nos recuerda a las personas que, con detalles, nos han dicho que nos quieren... haciendo de la navidad un baúl de irremplazables emociones.

Por Federico Andahazi (1963).
Escritor argentino.

Recuerdo las navidades de mi infancia con esa grata nostalgia que dejan los deseos cumplidos. Cuando yo era chico vivíamos con mi madre en casa de mis abuelos. Mi abuelo, socialista y agnóstico intransigente, se resistía a celebrar toda ceremonia que tuviese un origen religioso. De manera que en mi casa no se festejaba la Navidad. El arbolito, los preparativos, los regalos, las compras de la víspera, eran parte de un mundo tan ajeno como anhelado. A través de la ventana de mi cuarto podía ver cómo, en el edificio de enfrente, cada departamento se iba poblando de luces y adornos, mientras mi casa permanecía como si nada sucediera. No era, sin embargo, una cena igual a la de todos los días; comíamos más tarde y, como por casualidad y aprovechando el feriado del día siguiente, esperábamos la medianoche. Entonces, cuando empezaban a tronar los petardos, salíamos al balcón para ver las luces de los fuegos artificiales que volaban por sobre la cúpula del Congreso. Iluminado por aquel destello multicolor, yo festejaba secreta y silenciosamente. No podía evitar querer ser parte de la fiesta, brindar como lo hacían mis vecinos y esperar sentado cerca del arbolito que dijeran mi nombre para recibir mi regalo. Así eran las navidades en casa, hasta que, en las fiestas previas a mi ingreso en la primaria, sucedió un hecho en apariencia intrascendente. Estábamos en el balcón viendo la repetida escena de los festejos en el departamento al otro lado de la calle Ayacucho, cuando, en el mismo momento en que yo me imaginaba abriendo el envoltorio de un paquete enorme, me encontré con la mirada severa de mi abuelo que, acodado en la baranda, parecía haber descubierto mis pensamientos. Ambos desviamos la vista con cierta incomodidad pero sin decir palabra. Creí ver en sus ojos el brillo del enojo. Nadie más fue testigo de aquel diálogo mudo.

Recuerdo que al día siguiente había ido a jugar a la pelota al garaje junto a mi casa, aprovechando que estaba cerrado. Cuando volví pude ver en un ángulo del living, un árbol de Navidad nevado, resplandeciente y decorado con luces que iluminaban todo el cuarto. Tardé en descubrir que, al pie, había un paquete envuelto con papel metálico rojo en cuya tarjeta estaba escrito mi nombre. Pero muchos años más demoré en entender lo que había significado para mi abuelo haber armado con sus propias manos aquel arbolito que apenas sobrepasaba mi estatura infantil y, sin embargo, me pareció el más grande del mundo.

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Este poema es para esos amores que duran más que el tiempo que pasaste junto a «ese alguien»...

Darío Jaramillo Agudelo (1947).
Poeta colombiano.

Podría perfectamente suprimirte de mi vida,
no contestar tus llamadas, no abrirte la puerta de la casa,
no pensarte, no desearte,
no buscarte en ningún lugar común y no volver a verte,
circular por calles por donde sé que no pasas,
eliminar de mi memoria cada instante que hemos compartido,
cada recuerdo de tu recuerdo,
olvidar tu cara hasta ser capaz de no reconocerte,
responder con evasivas cuando me pregunten por ti
y hacer como si no hubieras existido nunca.

Pero te amo.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

"Fotografiar es conferir importancia"
—Susan Sontag.

Por Addy Góngora Basterra.

Va de salida el 2017 que en el ámbito literario ha resonado por la conmemoración de los cien años del natalicio de Juan Rulfo (1917-1986). Por eso el Colectivo «Viva La Foto» organizó un concurso de fotoliteratura, convocando a traducir o representar en imágenes las palabras del autor jalisciense.

     La premiación —que contó con el apoyo de La Bodega del Fotógrafo— y exposición, realizada el lunes 11 de diciembre en el Foro Cultural Amaro, presentó las tres obras ganadoras, así como algunas de las participantes. Antes de recorrer la galería tuvimos espacio para hablar brevemente de Rulfo, leer algo suyo y hacer entrega de premios a los tres ganadores: Hugo Borges, Isaac Medina y Elizabeth Rodríguez.

     Si algo hay que agradecer son las invitaciones a compartir con otros el amor que uno tiene por ciertos libros y autores. Con Letranías como carta de presentación, acepté cuando me convocaron a leer algo del centenario homenajeado. La tentación —más que invitación— fue provocadora y ocasión ideal para compartir una crónica rulfiana de 1950, “Castillo de Teayo”, que así inicia: 


Un farol nos detiene. Un farol rojo que expande su luz y se balancea frente a nosotros. Sólo se ve el farol. La lluvia y la noche cierran la carretera. 
     —¿Qué quieren esos? ¿dónde estamos?
     El farol se acerca y alguien, allá en el fondo de la oscuridad, nos dice:
     —¡Bajen sus luces! ¡Favor! ¡Favor de hacerse a un lado!
     La lluvia golpea ahora más fuerte, en ráfagas blancas, mezcladas con neblina. Por la ventanilla abierta se asoma una cara extraña, como de cobre.
     —No se puede seguir más allá —dice—. Se ha derrumbado el paredón en Mata Obscura, no hay paso. Eso es todo. Pueden volverse a Poza Rica o quedarse aquí, como quieran.
     Es un soldado. Detrás de él está un rifle por el que escurre el agua en hilos brillantes.
     —¿Dónde estamos? ¿qué lugar es éste?

     Juan Rulfo pasó a la historia como gran fotógrafo y escritor porque fue un gran viajero. Con los sentidos afilados anduvo serpenteando carreteras y pueblos de México, de aquí para allá, siempre alerta, con cámara y lápiz en mano. Destreza de ajtsikbal: supo escuchar y recrear. Pero también supo ver, sutil mirada de artista para detener en el tiempo la luz filtrada entre ahuehuetes o el impasible cráter de un volcán.

     Si la escritura de Juan Rulfo es un caracol al que acercamos oídos para escuchar mexicanidad en palabras de tierra, piel y niebla, sus fotografías son instantes de vida rural entre ruido prehispánico y selva, paisaje yermo y silencio del México multicolor detenido inolvidablemente a blanco y negro. / AGB /.


Primer lugar. Fotografía de Hugo Borges. Dedicada al relato "El llano en llamas".

Mención honorífica. Fotografía de Isaac Medina. "Don Juan y Doloritas" inspirada en "Pedro Páramo". 

Fotografía de Elizabeth Rodríguez evocando el estilo fotográfico de Juan Rulfo "El viaje sin regreso". 

Olga Moguel durante dando la bienvenida al Foro Cultural Amaro y presentando la actividad del Colectivo "Viva La Foto". Foto de Victoria González Chablé.

Addy Góngora Basterra hablando de Juan Rulfo y de la crónica de viajes "Castillo de Teayo". Foto de Victoria González Chablé.

Organizadores del evento e Integrantes del Colectivo «Viva La Foto» con Isaac Medina. 

Una de las fotografías que formaron parte de la exposición y el fragmento de Juan Rulfo al que alude.

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La crónica "Castillo de Teayo" forma parte de la edición que RM publicó recientemente. Puedes conseguirlo en Librerías Gandhi. 

jueves, 7 de diciembre de 2017

La narrativa en "La Uruguaya" de Pedro Mairal es corriente impetuosa ante la que no puedes oponer resistencia: te lleva, te arrastra, te transporta. Por algo Mairal está considerado como autor imperdible de la literatura argentina contemporánea. Publicó su primera novela en 1998, "Una noche con Sabrina Love", con la que ganó el Premio Clarín Novela.

Para el 2018 está el proyecto de hacer película "La Uruguaya" con guión suyo, de Hernán Casciari y Christian Basilis. El mismo Mairal ha dicho que será —nada más y nada menos— que Jorge Drexler quien haga el tema 🎶.
Recomiendo su lectura 👌
Addy




Pedro Mairal (1970). Escritor argentino.
Fragmento de "La Uruguaya".

"Entonces escribí el mail que vos encontraste más tarde: 
     «Guerra, estoy yendo. ¿Podés a las 2?»
     Nunca dejaba mi correo abierto. Jamás. Era muy cuidadoso con eso. Me tranquilizaba sentir que había una parte de mi cerebro que no compartía con vos. Necesitaba mi cono de sombra, mi traba en la puerta, mi intimidad, aunque solo fuera para estar en silencio. Siempre me aterra esa cosa siamesa de las parejas: opinan lo mismo, comen lo mismo, se emborrachan a la par, como si compartieran el torrente sanguíneo. Debe haber un resultado químico de nivelación después de años de mantener esa coreografía constante. Mismo lugar, mismas rutinas, misma alimentación, vida sexual simultánea, estímulos idénticos, coincidencia en temperatura, nivel económico, temores, incentivos, caminatas, proyectos... ¿Qué monstruo bicéfalo se va creando así? Te volvés simétrico con el otro, los metabolismos se sincronizan, funcionás en espejo; un ser binario con un solo deseo. Y el hijo llega para envolver ese abrazo y sellarlos con un lazo eterno. Es pura asfixia la idea. 
     Digo «la idea» porque me parece que los dos luchamos contra eso a pesar de que la inercia nos fue llevando. Ya mi cuerpo no terminaba en la punta de mis dedos; continuaba en el tuyo. Un solo cuerpo. No hubo más Catalina ni más Lucas. Se pinchó el hermetismo, se fisuró: yo hablando dormido, vos leyéndome los mails... En algunas zonas del Caribe las parejas le ponen al hijo un nombre compuesto por los nombres de los padres. Si hubiéramos tenido una hija, se podría llamar Lucalina, por ejemplo, y Maiko podría llamarse Catalucas. Ése es el nombre del monstruo que éramos vos y yo cuando nos trasbasábamos en el otro. No me gusta esa idea del amor. Necesito un rincón privado. ¿Por qué miraste mis mails? ¿Estabas buscando algo para empezar la confrontación, para finalmente cantarme tus verdades? Yo nunca te revisé los mails. Ya sé que dejabas tu casilla siempre abierta, y eso me quitaba curiosidad, pero no se me ocurría ponerme a leer tus cosas". 

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Pedro Mairal · Fotografía tomada de Wikipedia.

sábado, 18 de noviembre de 2017



—La Guitarra—

Habrá un silencio verde
todo hecho de guitarras destrenzadas.

La guitarra es un pozo
con viento en vez de agua.

Gerardo Diego (1896-1987).
Poeta español.


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—Las seis cuerdas—

La guitarra,
hace llorar a los sueños.
El sollozo de las almas
perdidas,
se escapa por su boca redonda.
Y como la tarántula,
teje una gran estrella
para cazar suspiros,
que flotan en su negro
aljibe de madera.

Federico García Lorca (1898-1936).
Poeta español.

lunes, 13 de noviembre de 2017



Muhsin Al-Ramli (1967). 
Poeta iraquí.

Cuando está enferma, me dice:
estoy triste,
ven y siéntate al borde de la cama
toma mi mano y cántame
con tu voz cansada por el tabaco y el habla continua.
Estoy enferma, acércate
y cántame
una canción de niños de tu país
una canción de niños, con el acento de tu país.
Estoy enferma.
Cántame.

Tomado del libro «Pérdida ganadora».


martes, 7 de noviembre de 2017

Detalle de la escultura "Apolo y Dafne" de Bernini, realizada en mármol entre 1622 y 1625. Se encuentra en la Galería Borghese en Roma. 


Lisel Mueller (1924). Poeta estadounidense.

Esta no es una fantasía, es nuestra vida.
Somos los personajes
que invadieron la luna,
los que no pueden parar a las computadoras.
Somos los dioses capaces de deshacer
el mundo en siete jornadas.

Las dos manos se detienen al mediodía.
Estamos empezando a vivir para siempre
en mamelucos livianos, de aluminio,
con un número estampado en la espalda.
Sintonizamos nuestras palabras como música funcional.
Y nos escuchamos a través del agua.

El género está muerto. Inventen algo nuevo.
Inventen un hombre y una mujer
desnudos en un jardín,
inventen un hijo que va a salvar al mundo,
un hombre que se lleve a su padre
de una ciudad en llamas.
Inventen un carretel de hilo
que conduzca al héroe a un lugar seguro,
inventen una isla donde abandone
a la mujer que le salvó la vida
sin perder el sueño por esa traición.

Invéntennos como éramos
antes de que el cuerpo nos resplandeciera
y dejáramos de sangrar:
inventen a un pastor que mate a un gigante,
a una chica que se transforme en árbol,
a una mujer que se niegue a dejar atrás
el pasado y se vuelva una estatua de sal,
a un hermano que robe la primogenitura
y se convierta en el líder de una nación.
Inventen las lágrimas verdaderas, el amor imposible,
las palabras antiguas, pronunciadas despacio
y con dificultad, como los primeros pasos
que da un chico para atravesar una sala.

La traducción al español es de Sandra Toro.



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The end of Science Fiction


This is not fantasy, this is our life.
We are the characters
who have invaded the moon,
who cannot stop their computers.
We are the gods who can unmake
the world in seven days.

Both hands are stopped at noon.
We are beginning to live forever,
in lightweight, aluminum bodies
with numbers stamped on our backs.
We dial our words like Muzak.
We hear each other through water.

The genre is dead. Invent something new.
Invent a man and a woman
naked in a garden,
invent a child that will save the world,
a man who carries his father
out of a burning city.
Invent a spool of thread
that leads a hero to safety,
invent an island on which he abandons
the woman who saved his life
with no loss of sleep over his betrayal.

Invent us as we were
before our bodies glittered
and we stopped bleeding:
invent a shepherd who kills a giant,
a girl who grows into a tree,
a woman who refuses to turn
her back on the past and is changed to salt,
a boy who steals his brother's birthright
and becomes the head of a nation.
Invent real tears, hard love,
slow-spoken, ancient words,
difficult as a child's
first steps across a room.

Música

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Julia Mortera

Arte

Columnista