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miércoles, 30 de octubre de 2019


Amor Towles (1964).
Escritor norteamericano.

Fragmento del libro «Un caballero en Moscú».

Desde una edad muy temprana hemos de aprender a despedirnos de amigos y familiares. Les decimos adiós a nuestros padres y a nuestros hermanos en la estación; visitamos a nuestros primos, vamos a colegios, ingresamos en un regimiento; nos casamos o viajamos al extranjero. Tomar a un ser querido por los hombros y desearle buena suerte mientras nos consolamos pensando que no tardaremos en tener noticias suyas es algo que hacemos constantemente y que forma parte de la experiencia humana.

Sin embargo, no es muy probable que la experiencia nos enseñe a despedirnos de nuestros objetos más preciados. ¿Y si lo hiciera? No agradeceríamos la lección. Porque muchas veces acabamos por tomarles más cariño a nuestras posesiones favoritas que a nuestros amigos. Nos las llevamos de un sitio a otro, en ocasiones con un coste y una incomodidad considerables; les quitamos el polvo y abrillantamos sus superficies, regañamos a los niños cuando juegan con demasiada brusquedad cerca de ellas y permitimos que nuestros recuerdos les confieran cada vez más importancia. En este mismo armario, tendemos a recordar, me escondía de niño; esos candelabros de plata eran los que adornaban nuestra mesa en Nochebuena; fue con este pañuelo con el que una vez ella se enjugó las lágrimas, etcétera, etcétera. Incluso imaginamos que esas posesiones cuidadosamente conservadas podrían ofrecernos auténtico solaz ante la pérdida de un compañero.

Y sin embargo, es evidente que un objeto no es más que un objeto.

lunes, 28 de octubre de 2019

Lichi, mi hermana, corrió el domingo 27 de octubre el Maratón de Washington. Se preparó durante meses en la poco favorable temperatura de Yucatán, tierra plana, húmeda y mayormente sofocante. Bajo la lluvia de DC, ayer logró un tiempo de 4:21:49 en los 42 kilómetros, nada mal. 

Esta mañana nos ha compartido  por WhatsApp la crónica de su desafío físico y mental. Así como el escritor Haruki Murakami, novelista que corre, escribió en su libro "De qué hablo cuando hablo de correr" que la mayoría de lo que sé sobre la escritura lo he ido aprendiendo corriendo por la calle cada mañana. De un modo natural, físico y práctico. ¿En qué medida y hasta dónde debo forzarme? ¿cuánto descanso está justificado y cuánto es excesivo? ¿hasta dónde llega la adecuada coherencia y a partir de dónde empieza la mezquindad? ¿cuánto debo fijarme en el paisaje exterior y cuánto concentrarme profundamente en mi interior? ¿hasta qué punto debo creer firmemente en mi capacidad y hasta qué punto debo dudar de ella?, así Lichi encontró para la escritura de la vida un gran aprendizaje de sí misma en la carrera. Aquí lo comparte.





Por Liz Góngora Basterra (1983).


Domingo 27/10/2019

4.25 am.


Good morning Madame, this is the "wake up call" you asked for, Good luck today!

Abro los ojos, respiro profundo... y justo antes de poner los pies en el suelo tomo conciencia de lo que estoy a punto de hacer. Así que me tomo el tiempo de agradecerle a la vida por permitirme este momento, le agradezco a mi cuerpo por estar entero y completo, dispuesto a recibir el estrés físico al que lo someteré y para lo cual lo he preparado con mucha responsabilidad.

Y me agradezco a mí misma, sin importar qué pase a partir de ese momento, por no conformarme con la comodidad, por ser valiente como mis hermanas, por perseguir mis ideales hasta alcanzarlos como lo han hecho mis padres, por ser guerrera como mi entrenador —el mejor del mundo— y por elegir rodearme de todas las personas que tengo cerca y que me engrandecen, esas amistades que más bien son familia.

Respiro profundo nuevamente y entonces me deslizo de la alta cama del hotel como si fuera una resbaladilla... me dejo caer suavemente hasta que mis pies tocan el suelo, me conecto... y comienza el ritual.

Uniforme, desayuno, baño, reloj, cinturón, geles, pastillas de sal, vaselina —bendita vaselina—, gorra, audífonos, número, bandera, estiramientos... y mientras me estiro frente a la ventana que da a Washington DC me doy cuenta del tormentón que hay, del cual no creo librarme.

¡Lista! Llevo seis meses esperando esta mañana y aquí estoy. Bajo al Lobby, se abre la puerta del elevador y el mar de gente, todos compañeros corredores, llenan de energía el lugar. El ambiente se empieza a vivir, todos vamos por el mismo objetivo, con diferentes motivos... pero en este instante somos equipo, estamos juntos en esto.

Me subo al transporte que el hotel dispuso de forma gratuita para llevarnos al punto más cercano al inicio. Todos estamos cubiertos con bolsas de plástico, no importa quiénes somos, cómo nos vemos ni de qué país venimos. Es un ambiente de inclusión, de esos en los que da gusto estar. Aquí no importa la edad, el género, las preferencias, la nacionalidad, el peso, el look... ni siquiera tu marca importa... Entre 40,000 corredores en la línea de salida tú eres uno más y todos nos identificamos y nos respetamos por el simple hecho de estar aquí, de haber elegido esta batalla para superarla y crecer en el camino.

Betty Noell... deseo que algún día conozcan a personas como ella. Coincidimos llegando a la villa de corredores, donde iniciaría el maratón.

Betty & Lichi antes de correr.


Betty fue mi ángel de la guarda, representó a quienes de corazón me acompañaron en este proceso. Conocerla fue un regalo inesperado. Gracias a ella nunca estuve nerviosa, su compañía fue como si Mara estuviera ahí conmigo (como cuando estuvo en el maratón de Chicago), sus palabras fueron las que mi papá me habría dicho en ese momento, su abrazo fue el que mi mamá me hubiera dado, su entereza y energía eran las que Tere me hubiera inyectado, sus consejos y preocupación porque yo estuviera lista eran los que Calín me hubiera transmitido, su manera de saborear la lluvia en vez de sufrirla me hizo ver las cosas como las ve Addy, sencillas.

Nos despedimos llorando, emocionadas por la bellísima coincidencia y por lo que para cada una significaba este maratón.

7.58 am.


Despegué... con una sonrisa inmensa y con sensaciones extraordinarias, sintiéndome fuerte, segura, feliz... a pesar de la tormenta. Como debe ser en la vida. No se pueden cambiar muchas cosas pero sí se puede elegir cómo enfrentarlas.


Km 1 · km 30


Lluvia, llovizna, chubascos... viento. Lluvia, llovizna, chubascos, chubascoooossss... se cae el cielooooooooo... y así 30 kms.

Kilómetros de subidas que parecían cascadas y yo las combatía, bajadas que había que controlar para cuidar el paso y no resbalar. Kilómetros de esquivar charcos por precaución a que alguno fuera muy profundo, de esquivar gente, de mantenerse hidratada, de controlar la mente cuando el cuerpo me decía que estaba incómodo con la lluvia, kilómetros de evitar caer en lo que muchos caían: parar.
El ser humano es así, "si todos paran pues puedo parar también, ¿no?", pensaba, podría descansar un minuto y sacudirme de la tormenta para agarrar fuerza.

Pero mi mente y toda la gente que me conoce sabe que NO ENTRENE PARA PARAR, entrené para hacerlo bien. Así que rompí la barrera mental que me decía que parara y seguí, rebasé, me esforcé, me superé... y así llegué al km 30, sin dejar de correr.



Km 30 · km 38


Bajaba la intensidad de la lluvia y el recorrido era menos complejo, pero me esperaban unas cuantas subidas más, sobre todo cerca de la meta, así que a estas alturas fui precavida más que aguerrida; guardé energías para llegar entera al final. Pude disfrutar un poco más de la gente que, a pesar de la tormenta, salió a la calle para animarte. Y pensaba en mis amistades más cercanas (sé que no las tengo que mencionar, saben a quienes me refiero). Esas que durante cualquiera de mis tormentas han estado ahí para animarme, sonreírme, impulsarme, abrazarme y apoyarme incondicionalmente. Mi mejor recompensa en la vida es tener amistades que se alegran conmigo, que comparten tus retos y méritos como si fueran propios, los viven, los sufren, los lloran y los celebran contigo.

Km 38 · km 42

¡La hora de la verdad Lichi! "Cierra con todo, ya no queda nada"... escucho con el corazón las porras de mis seres queridos, a la distancia pero MUY cerca. "Venga Lali", "Ánimo Grillo", "Esooooo Thalía", "Tú puedeeeeeeeeedes Liz", "Ohanaaaaaaaa", "Esoooooooooo Basterraaaaaaaaaa", "Vamos Lichitaaaaaaaaaaaaaa, estamos contigo", "Bravooooo Lichi, nuestra campeona"... y lloro de emoción porque puedo sentir el apoyo, puedo escuchar sus voces, estoy más viva que nunca, empapada, cansada pero con MUCHA fuerza interna que termina haciendo que la recta final no cueste trabajo. Mis piernas responden. Me olvido del peso de mis tenis por el agua, veo la cuesta al final, esa que más de una persona me dijo que enfrentaría. Y la subo, aplaudo, me aplaudo... nunca lo había hecho, jamás lo había hecho... me aplaudí, me lo merezco.

Km 42 = Mile 26


Casualmente minutos antes de mi meta se detiene la lluvia y sale el sol. Regalazo de cierre.

4:21:49.


¡Misión cumplida! Marine Corps Marathon 2019. ENTERA, AGRADECIDA, SONRIENTE, ORGULLOSA.

Ha sido un reto sumamente enriquecedor. De principio a fin. Mi cuerpo está reaccionando de maravilla tras lo hecho ayer, porque también trabajé para una buena recuperación.

Correr es parte de mí, me da equilibrio, es mi tiempo conmigo. Me ayuda a superarme para ser mejor en todos los aspectos de mi vida. Me permite apreciar las cosas que a veces no valoramos, sentirme viva y entender la importancia de la salud.

Mis retos me han ayudado a confirmar la calidad humana que me rodea, los seres queridos que se preocupan y ocupan de mí. Sí, físicamente corrí sola, pero siempre —toda mi vida— he estado muy bien acompañada.

Familia: Son mi fuerza.
Calín: Eres el mejor entrenador y amigo.
Mara: Eres mi hermana.

Para quienes estuvieron al pendiente de mí mi más sincero agradecimiento, sepan que estoy muy feliz, llena de energía positiva.

Mi deseo para ti que te diste el tiempo para leerme es que enfrentes tus batallas con el corazón, nunca te rindas. Del tamaño que sea lo que tengas que superar, da un paso a la vez y te lo prometo, llegarás a tu meta y saldrá el sol...

viernes, 25 de octubre de 2019

Placa ubicada en la calle 51 del Centro Histórico de Mérida, Yucatán. La foto es de Alicia Ceballos, autora del texto que compartimos. Desde el 2005 ha visitado Mérida por largas temporadas.



En Mérida nunca me siento sola


Por Alicia Ceballos (1950).
Escritora cubano-venezolana.

Será…

porque las esquinas tienen nombre
y donde hay un nombre
hay una historia
y donde hay una historia
hay alguien que fue protagonista

porque cuando paso por las puertas
—abiertas y gigantes—
escucho voces, risas
y a veces mi propia historia
que en voz alta están narrando

porque siento que la ciudad se abre
para darme un espacio
en el «nosotros» de los pueblos ancestrales
porque en la convivencia hay besos y abrazos
porque es costumbre vivir cerca
siendo más pequeños los espacios personales

porque mi pared
es también la pared del otro
y entre todas sostienen
esta ciudad blanca de antaño

porque aceras irregulares me alertan
a estar verdaderamente despierta
—como en la vida he de estar—
porque si llego a caer
no falta un prójimo que me levante

porque la ciudad vibra en sus plazas
con bailes, música, alegría

por eso

en Mérida nunca me siento sola.


·:·:·:·:·:·:·:·:·

 

 Recientemente Alicia Ceballos publicó el libro «Luz de luna», el cual puedes encontrar en Amazon dando clic aquí.

martes, 22 de octubre de 2019


«Cielo de otoño»


En la época de mi bisabuela
todo lo que se necesitaba era una escoba
para ver lugares
y perseguir gansos en el cielo.


Charles Simic (1938).
Poeta serbio-estadounidense.


martes, 8 de octubre de 2019


Si bien Letranías es un blog dedicado a palabras en español, en esta ocasión queremos compartir a Mary Oliver sin traducción. Este es uno de esos poemas que alivian. Cada quien encontrará por qué en su lectura. Por eso lo consideremos imprescindible para la vida.

The gift


Mary Oliver (1935 - 2019).
Poeta estadounidense.

Be still, my soul, and steadfast.
Earth and heaven both are still watching
though time is draining from the clock
and your walk, that was confidente and quick,
has become slow.

So, be slow if you must, but let
the heart still play its true part.
Love still as once you loved, deeply
and without patience. Let God and the world
know you are grateful.
That the gift has been given.

Tomado del libro «Felicity».


lunes, 19 de agosto de 2019

El pintor ruso Anatoli Kaplan hizo este dibujo
que tituló «Edmond Jabès en París».


—La esperanza se encuentra en la siguiente página. No cierres el libro.
—He pasado todas las páginas del libro sin topar con la esperanza.
—La esperanza quizá sea el libro.

Edmond Jabès 
(El Cairo, 1912 – Francia, 1991).

viernes, 16 de agosto de 2019



Luis García Montero (1958).
Poeta español.

Nunca he tenido dioses
y tampoco sentí la despiadada
voluntad de los héroes.
Durante mucho tiempo estuvo libre
la silla de mi juez
y no esperé juicio
en el que rendir cuentas de mis días.

Decidido a vivir, busqué la sombra
capaz de recogerme en los veranos
y la hoguera dispuesta
a llevarse el invierno por delante.
Pasé noches de guardia y de silencio,
no tuve prisa,
dejé cruzar la rueda de los años.
Estaba convencido
de que existir no tiene trascendencia,
porque la luz es siempre fugitiva
sobre la oscuridad,
un resplandor en medio del vacío.

Y de pronto en el bosque se encendieron los árboles
de las miradas insistentes,
el mar tuvo labios de arena
igual que las palabras dichas en un rincón,
el viento abrió sus manos
y los hoteles sus habitaciones.
Parecía la tierra más desnuda,
porque la noche fue,
como el vacío,
un resplandor oscuro en medio de la luz.

Entonces comprendí que la inmortalidad
puede cobrarse por adelantado.
Una inmortalidad que no reside
en plazas con estatua,
en nubes religiosas
o en la plastificada vanidad literaria,
llena de halagos homicidas
y murmullos de cóctel.
Es otra mi razón. Que no me lea
quien no haya visto nunca conmoverse la tierra
en medio de un abrazo.

La copa de cristal
que pusiste al revés sobre la mesa,
guarda un tiempo de oro detenido.
Me basta con la vida para justificarme.
Y cuando me convoquen a declarar mis actos,
aunque sólo me escuche una silla vacía,
será firme mi voz.

No por lo que la muerte me prometa,
sino por todo aquello que no podrá quitarme.

domingo, 31 de marzo de 2019

Murakami: "Los novelistas pensamos con todo el cuerpo, y esa tarea requiere que el escritor use todas sus capacidades físicas por igual". 

Ando por estos días inmersa en las páginas del libro "De qué hablo cuando hablo de correr" de Haruki Murakami (Japón, 1949). Sabrán que los libros nos llegan cuando tienen que llegar. Lo que en él he encontrado coincide con la meta que me he puesto para abril: correr y escribir todos los días. Hay trechos interesantes y, mejor que eso, inspiradores. Dejo aquí un par de fragmentos que alientan y desafían:

"Soy consciente de que escribir novelas largas es básicamente una labor física. Tal vez el hecho de escribir sea, en sí mismo, una labor intelectual. Pero terminar de escribir un libro se parece más al trabajo físico. Por supuesto que, para escribir un libro, no es necesario levantar grandes pesos, ni correr muy rápido, ni volar muy alto. Por eso, la mayoría de la gente, que sólo ve el exterior, cree que el trabajo de novelista es una tranquila labor intelectual de despacho. Tal vez piensen que, con tal de tener la fuerza suficiente para poder levantar la taza de café, se pueden escribir novelas. Pero, si probaran de veras a hacerlo, estoy seguro de que enseguida me comprenderían y se darían cuenta de que escribir novelas no es un trabajo tan apacible. Es sentarse ante la mesa y concentrar todos tus sentidos en un solo punto, como si fuera un rayo láser, poner en marcha tu imaginación a partir de un horizonte vacío y crear historias, seleccionando una a una las palabras adecuadas y logrando mantener todos los flujos de la historia en el cauce por el que deben discurrir. Y para este tipo de labores se requiere una cantidad de energía a largo plazo mucho mayor de la que generalmente se cree. Y es que, aunque realmente el cuerpo no se mueva, en su interior está desarrollándose una frenética actividad que lo deja extenuado. Por supuesto, la que piensa es la cabeza, la mente. Pero los novelistas, envueltos en el ropaje de nuestras «historias», pensamos con todo el cuerpo, y esa tarea requiere que el escritor use —en muchos casos que abuse— todas sus capacidades físicas por igual. 

(...)

En mi caso, la mayoría de lo que sé sobre la escritura lo he ido aprendiendo corriendo por la calle cada mañana. De un modo natural, físico y práctico. ¿En qué medida y hasta dónde debo forzarme? ¿cuánto descanso está justificado y cuánto es excesivo? ¿hasta dónde llega la adecuada coherencia y a partir de dónde empieza la mezquindad? ¿cuánto debo fijarme en el paisaje exterior y cuánto concentrarme profundamente en mi interior? ¿hasta qué punto debo creer firmemente en mi capacidad y hasta qué punto debo dudar de ella? Tengo la impresión de que si, cuando decidí hacerme escritor, no se me hubiera ocurrido empezar a correr largas distancias, las obras que he escrito serían sin duda bastante diferentes". 

Tomado del libro De qué hablo cuando hablo de correr.

domingo, 17 de marzo de 2019

El arganero crece solamente en la parta suroeste de Marruecos.
Sus raíces pueden hundirse hasta treinta metros buscando agua. 


Lamiae El Amrani.
Poeta marroquí.

Ayer me desperté
empapada de alba
buscando mirarme en el reflejo de tus versos,
y sentirme como el humo
que bordea el cerco de tu nuevo sol.

Necesitaba volar como una pluma
para deslizarme sobre tu tierra sólida.

Ayer desperté para ahogarme en ti,
mi propia musa.
Fuerza que me embriaga,
que me ahoga con su aroma de primavera.
Ayer deseaba pasear por tus sentidos
morirme en tus manos,
y resucitar siendo un árbol de arganero
que da sombra a las esperanzas caídas.

Tomado del libro "Venas del desierto" (2018).


martes, 5 de marzo de 2019



De Alberto Blanco (1951).
Poeta mexicano.

IV


Todo mapa comienza con un viaje.
Pero, ¿todo viaje comienza con un mapa?

El mapa es al viaje lo que el mito es al lenguaje.

Los mapas, al principio, fueron relatos de viajes.
Después los mapas fueron paisajes al ras del horizonte: narraciones visuales.
Finalmente, vistas a vuelo de pájaro: poemas geográficos.

Un mapa es una manifestación artística del miedo a lo desconocido.

V


Ver la tierra desde arriba: arrogancia de un dios impostado.

Al principio los mapas de la tierra siempre fueron acompañados por los mapas del cielo.
Después los mapas se quedaron sin cielo.
De seguir las cosas como van, muy pronto los mapas se quedarán sin tierra.

La verdad que se puede decir no es la verdad.
Las palabras no son las cosas que designan.
Los mapas de la tierra no son la tierra.
Las cartas estelares no son el cielo.

Un punto es un pueblo.
Una línea es una carretera.
Una superficie coloreada es un país.
Un volumen debe ser un mapa de la historia.

VI


Mapas exteriores: geografías.
Mapas interiores: psicografía.
Las puertas son los sentidos.
Los límites son el cuerpo.

La moral que se deduce de los mapas tiene que ver con una idea de dominio o —en el mejor de los casos— con una idea de conservación.

Cuando se piensa en la relación directa que existe entre los mapas, las ganancias, las guerras de conquista y el dominio del tiempo, no se puede menos que pensar en el título de aquel poema de Stephen Spender:
Un cronómetro y un mapa de artillería.
Un mapa a la medida de la ambición de un hombre.
La ambición de un hombre a la medida de un sistema de referencias.

Todos los puntos de referencia en un mapa ven hacia afuera.

Tomado de:
Revista de la Universidad de México.
Núm. 838/839. Julio - Agosto de 2018.

jueves, 24 de enero de 2019

George Steiner, 2005.
© Peter Marlow/Magnum Photos

Fragmento de «La idea de Europa".
George Steiner (1929). Teórico francés.

Algunos elementos integrantes del pensamiento y la sensibilidad europeos son, en el sentido originario de la palabra, «pedestres». Su cadencia y su secuencia son las del caminante. En la filosofía y en la retórica griegas, los peripatéticos son, literalmente, los que viajan a pie de una polis a otra, aquellos cuyas enseñanzas son itinerantes. En la métrica y en las convenciones poéticas de Occidente, el «pie», el «compás», el enjambement [encabalgamiento] de versos o estrofas nos recuerda la estrecha intimidad que existe entre el cuerpo humano recorriendo la tierra y las artes de la imaginería. Buena parte de la teorización más incisiva es generada por el acto de caminar. El cotidiano Fussgang [paseo a pie] de Kant, su ruta, cronométricamente exacta, a través de Königsberg, llegó a ser legendario. Las meditaciones, los ritmos perceptivos de Rousseau son los del promeneur. Los largos paseos de Kierkegaard por Copenhague y sus suburbios resultaron ser un espectáculo público y objeto de caricatura. Pero son estos paseos, con sus desviaciones, sus repentinos cambios de rumbo y paso, lo que se refleja en las síncopas de su prosa. La de Charles Péguy es probablemente la más pulsante, la que más se ajusta a un redoble de tambor de literatura moderna. Las frases avanzan inexorables; sus conclusiones son remachadas a fondo por los taconazos de estos pesados zapatos y estas botas de infantería, emblemáticas de la visión de Péguy. De ahí el incomparable «himno de marcha» de su peregrinación a Chartres y de la oda que la celebra.

En una era americana, que es la del automóvil y el avión a reacción, apenas podemos imaginar las distancias que los maestros europeos recorrían y utilizaban para finalidades intelectuales y poéticas. Hölderlin va a pie desde Westfalia a Burdeos, ida y vuelta. El joven Wordsworth camina desde Calais hasta el Oberland de Berna, ida y vuelta. Coleridge, un individuo corpulento y con diversos achaques físicos, cubre de manera habitual entre treinta y cinco y cincuenta kilómetros per diem por terreno peligroso, montañoso, componiendo a un tiempo poesía o intrincados argumentos teológicos. y pensemos en el papel del wanderer [caminante] en algunos de los más grandes de nuestra música: en las fantasías y canciones de Schubert, en Mahler. Una vez más, la enigmática profecía de Benjamin acude a neustro recuerdo: en toda la alegoría y la leyenda europea, el mendigo que llama a la puerta, el mendigo que acaso sea un enviado de los dioses o un agente demoniaco disfrazado, viene andando.

La historia europea ha sido una historia de largas marchas.


Wanderlust, palabra alemana.
Es el deseo o impulso por viajar y explorar el mundo.


PS. El Fondo de Cultura Económica, en la Colección Centzontle, tiene una pequeña edición de «La idea de Europa" que les recomiendo. Tiene prólogo de Mario Vargas Llosa e introducción de Rob Riemen.

viernes, 11 de enero de 2019



Denise Levertov (Reino Unido, 1923 - 1997).

Todo aquello que por ser 
llama y canción, y concedernos alegría,
creímos que volveríamos a ser, a hacer, a visitar,
resulta que fue lo que fue
esa única vez. Cada iniciación
no es el comienzo
de una serie, de una construcción: lo maravilloso
                        aconteció en nuestra vida, nuestra historia
                        no se opaca con su ausencia: pero no
esperes volver a buscar más.
Lo que tenga que ser va a ser
único, como fue único aquello. Trata
de reconocer la próxima
canción por su aura en llamas como un
presente absoluto, como un ahora o nunca. 

miércoles, 5 de diciembre de 2018




Fragmento del libro La biblioteca de los libros rechazados.

«Junto a ese hombre, que sabía escuchar puesto que sabía leer, era posible evadirse de una vida de autómata. Pero no hay prueba alguna de todo eso. Algo sí que es cierto: el entusiasmo y la pasión de Gourvec por su biblioteca nunca fueron menos. Recibía con una atención específica a todos los lectores, esforzándose por estar al tanto y crearles un itinerario personal entre los libros expuestos. Según él, de lo que se trataba no era de que nos guste leer o nos deje de gustar, sino más bien de saber cómo hallar el libro que nos corresponde. A todo el mundo le puede encantar leer si se cumple la condición de tener en las manos la novela adecuada, la que nos va a gustar, la que nos va a decir algo y que no podremos soltar. Para lograr ese objetivo había desarrollado, pues, un sistema que casi podía parecer paranormal: al mirar en detalle la apariencia física de un lector era capaz de deducir qué escritor necesitaba"

David Foenkinos (1974).
Escritor francés.

domingo, 2 de diciembre de 2018

«El Gran Canal y puente de Rialto, Venecia, vistos desde el norte» de Canaletto. Hacia 1740 - 1745. Óleo sobre lienzo. 54 x 79,4 cm. © Colección Carmen Thyssen-Bornemisza en depósito en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza.


Escrito por Orhan Pamuk.

En Venecia a veces me siento como si hubiera vuelto a la infancia... Quizás debido a que he venido desde Estambul.

Porque en ésta mi tercera visita me he encontrado con muchas cosas y sentimientos que creía haber dejado atrás en el Estambul de mi infancia.

Por ejemplo, esa gaviota que, pacientemente, lleva horas sin moverse sobre la chimenea del tejado de enfrente mientras escribo mi artículo sentado a la mesa... También en mi infancia las gaviotas de Estambul me parecían criaturas eternamente inmóviles que esperaban algo impreciso, como las tortugas. Quizás porque cuando era niño mi reloj avanzaba con más morosidad y no soportaba la lentitud del mundo. Luego, al crecer, me di cuenta de que las gaviotas de Estambul se movían más y se volvían más impacientes y descaradas.

O el deseo de pintar que se agitaba dentro de mí... De los siete a los veintidós años estuve pintando y luego lo dejé; durante treinta y cinco años no toqué pinceles ni pinturas... Otra de las razones para que se despierte mi apetito por pintar es, por supuesto, que Venecia es la ciudad del mundo más pintada después de París. (En una de sus cartas Claude Monet se queja de no haber venido a esta ciudad en su juventud sino mucho más tarde.) Hace mucho que cada calle, cada puente, se grabaron como imágenes en nuestras mentes y al encontrarnos con esas imágenes conocidas se nos viene a la cabeza el cuadro correspondiente. Al ver por las calles a los ancianos del norte de Europa o norteamericanos (¿acaso debería decir occidentales?) con sus pantalones cortos que pacientemente vuelven a verter esos paisajes tan familiares en sus lienzos, o papeles si se trata de acuarelas, me entusiasmo como cuando en mi niñez me los encontraba en Estambul (aunque veía a escasos pintores por las calles de mi ciudad), me acerco por detrás sin hacerme notar a esos pintores aficionados absortos en su trabajo, observo lo que están haciendo y, como hacía de niño, intento comprender cuánto se parece el puente de la pintura al puente de la vida real.

Por supuesto, el verdadero placer infantil es ver desde un ángulo completamente distinto los edificios de la ciudad, sus plazas, sus grandes construcciones religiosas, sus torres, mientras se circula a toda velocidad por ella en un barquito. Otro aspecto divertido de esta costumbre, que en Estambul he perdido a causa de los puentes del Bósforo y de las dos amplias carreteras que envuelven sus orillas como un cordel que lo estrangulara, es poder curiosear desde fuera a los habitantes de las mansiones o palazzi sumidos en sus vidas cotidianas, desayunando, viendo la televisión o sentados sin hacer nada.


Aspecto de Estambul. Obra del pintor Fausto Zonaro.

Es evidente que lo que une con un poderoso sentimiento a Venecia con el Estambul de mi infancia es el efecto que tienen sobre nosotros las huellas del gran imperio que quedó atrás. Cuando era niño, todos los viejos caserones de madera herencia de los otomanos, las mansiones desconchadas del Bósforo y los monumentos a medio desplomarse nos proporcionaban una cierta amargura, un sentimiento local de melancolía que nos unía porque la ciudad era extremadamente pobre. En Venecia veo que los cuidados palazzi, que nos evocan las grandes cantidades de dinero gastadas en su restauración, la riqueza de la ciudad y las multitudes de turistas que vienen con la intención de divertirse y ser felices no dan la menor oportunidad a la melancolía.

La grandeza de Venecia no es triste, sino algo alegre y que alegra. A uno le gustaría ver, contemplar sin cesar esta asombrosa belleza y, en lugar de comprenderla como un hecho histórico, vivirla, revivirla. Aquí mi primer impulso no es comprender, aprender, ni siquiera descifrar y reflexionar, sino mirar, ver, contemplar...

Quien mejor expresó este sentimiento con respecto a Venecia fue Théophile Gautier, el novelista, poeta, crítico y autor de libros de viajes francés, que escribió uno de los volúmenes más brillantes que se han compuesto sobre Estambul (Constantinople, 1853). Gautier, que mientras estaba en Venecia escribió que se pasaba "catorce horas al día sólo contemplando la ciudad", una vez cumplidos los veinte años dejó de lado su gran sueño de infancia y juventud de convertirse en pintor, como me ocurrió a mí, y comenzó a escribir poesía y novela. Antes de quejarnos del turismo de masas, como tantos hacen en Venecia, antes de afirmar con toda razón que la población local se va reduciendo y que esto se ha convertido en un paisaje artificial, en un sueño antiguo, es conveniente precisar que realmente se trata de un lugar que, como hacía Gautier, merece ser contemplado catorce horas al día.

La filosofía analítica de la Edad Moderna, al relacionar el pensamiento con la palabra, despreció la vista como algo sentimental e infantil. En Venecia lo que me despierta la impresión de haber vuelto a la infancia no es sólo el parecido que establezco con el Estambul de mi niñez; vivir de nuevo de manera absoluta los placeres de mirar, de ver, de contemplar, es algo que también me recuerda mi infancia.

De niño a veces me aburrían tanto algunas clases en la escuela primaria y secundaria que no me bastaba con mirar por la ventana a las nubes de fuera, así que fantaseaba con que la clase se inundaba y pasaban barcos y botes por entre los bancos de los estudiantes y la tarima del profesor. La emoción que, con una especie de embriaguez, nos recorre a Gautier y a quienes son como yo al pasear por las calles de Venecia durante horas mirando los edificios, los puentes y los muros agrietados, debe de ser el resultado de encontrarnos con una fantasía de la infancia ya lejana lejos del aburrimiento de la vida moderna.

Publicado el 26 de julio de 2009 en El País.
Traducción de Rafael Carpintero.

sábado, 1 de diciembre de 2018

Pedro Salinas (1891-1951).
Poeta español.

Para vivir no quiero
islas, palacios, torres.
¡Qué alegría más alta:
vivir en los pronombres!

Quítate ya los trajes,
las señas, los retratos;
yo no te quiero así,
disfrazada de otra,
hija siempre de algo.
Te quiero pura, libre,
irreductible: tú.
Sé que cuando te llame
entre todas las gentes
del mundo,
sólo tú serás tú. 

Y cuando me preguntes
quién es el que te llama,
el que te quiere suya,
enterraré los nombres,
los rótulos, la historia.
Iré rompiendo todo
lo que encima me echaron
desde antes de nacer.
 
Y vuelto ya al anónimo
eterno del desnudo,
de la piedra, del mundo,
te diré:
«Yo te quiero, soy yo».

¡Les debo el nombre del autor de esta obra!

viernes, 30 de noviembre de 2018




Tomado de The School of Life.

Algunas de las razones por las que no somos, colectivamente, tan buenos en la amistad, es que no tenemos una idea clara de cómo podría ser un buen amigo.

Por lo tanto, puede valer la pena intentar elaborar una lista de un candidato ideal, para enfocar nuestros deseos y estimularnos a adquirir el tipo de personaje que nos gustaría encontrar en otros:


1. El amigo ideal sabe mostrar debilidad.

El amigo ideal no intenta demostrar cuán robustos y exitosos son; por el contrario, muy a menudo nos informan cosas incómodas y potencialmente embarazosas sobre ellos mismos. Muestran cuánto confían en nosotros al confesar fallas y tristezas que los abrirían a la posible humillación del mundo más allá. Nos ofrecen el don de su vulnerabilidad.


2. Están realmente interesados en nuestras penas y dificultades.

Y sin embargo, no están sorprendidos, ni siquiera sorprendidos, por las cosas extrañas y estúpidas que hemos hecho. No juzgan a nadie, no son severos ni críticos con nuestras debilidades porque se conocen a sí mismos lo suficientemente bien como para estar alertas a sus propios lados más extraños y con más problemas, y nos hacen el favor gracioso de asumir eso, detrás del escenario. Somos tan radicalmente imperfectos como ellos.


3. El amigo apropiado es tranquilizador.

No sólo adulan; entienden con qué facilidad perdemos la perspectiva, nos asustamos y subestimamos nuestra propia capacidad para hacer frente. Saben que tenemos zonas de fragilidad que deben tratarse con cuidado. A veces nos hacen reírnos de nosotros mismos, cuando por nuestra cuenta nos inclinamos a la autocompasión o la rabia.


4. Un verdadero amigo ayuda a construir nuestra auto-comprensión.

Hay tantas cosas que no comprendemos del todo acerca de quiénes somos. Nos ponemos agitados o a la defensiva y realmente no sabemos por qué. Nos resulta difícil precisar nuestros objetivos. Podríamos tener algunas opiniones firmes, pero puede ser difícil explicar realmente por qué estas ideas nos importan. El amigo correcto escucha y nos ayuda a juntar la mejor cuenta de nuestros temores y emociones.


5. Nos ayudan a pensar.

Más a menudo de lo que es cómodo de admitir, no sabemos lo que pensamos hasta que un amigo apropiado nos pide con cuidado que ampliemos un pensamiento, que expliquemos por qué estamos impresionados y que encontremos buenas respuestas a las posibles objeciones. Ven el potencial en lo que decimos cuando no podemos.


6. Nos ayudan a gustarnos a nosotros mismos.

El buen amigo nos quiere de una manera que no podemos fácilmente. Normalmente estamos atentos a nuestras propias deficiencias; es más obvio (desde nuestro punto de vista) lo que es decepcionante o frustrante para nosotros que lo que es atractivo o entrañable. Necesitamos un amigo porque podemos ser muy hostiles con nosotros mismos.

Tendemos a pensar que un verdadero amigo debe ser alguien con quien pasamos mucho tiempo. Pero, en realidad, el otro ideal se convierte en parte de nosotros: internalizamos quiénes son, cómo hablan, cómo sonríen, cómo se detienen o se entusiasman. Continúan habitando nuestro cerebro, incluso cuando no hemos estado en contacto por un tiempo o cuando están lejos. Siempre están con nosotros.


«No era más que un zorro semejante a cien mil otros.
Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo».
Antoine de Saint-Exupéry, El Principito.


sábado, 17 de noviembre de 2018



Fernando del Paso (1935-2018).
Escritor (¡y qué escritor!) mexicano.

Cuando yo me muera, allí está todo el año: tómalo. Cuando yo me muera, cómprate un calendario y por cada mes que todavía me quieras, deshoja la hoja, arráncala, arrójala. A enero, mándalo al cielo. A febrero, con mis camisas. Con marzo, envuelve una rosa. Y hazte con abril un barco que navegue despacio, hasta mayo. A junio dile que me salude a julio y mándalos a los dos por un embudo. Y con agosto, amada mía, cubre tus pechos para que se incendie el día. Cuando yo me muera, allí está septiembre: bésalo. Con octubre, haz un cometa y con noviembre, su cola. Y a diciembre deshójalo y jura que al mismo tiempo si me quieres, no me quieras, si me olvidas, no me olvides.

martes, 13 de noviembre de 2018



Es triste que el aire sea la
única cosa que compartimos.
No importa lo cerca que estemos,
siempre hay aire entre nosotros.

También es lindo que compartamos el aire.
No importa lo lejos que estemos,
el aire nos une.

Yoko Ono.
del catálogo de la galería Lisson '67. 

lunes, 12 de noviembre de 2018



Después
de la tormenta
salimos a juntar lluvia
antes de la evaporación
ponemos las gotas en fila
mirando hacia arriba
y las rociamos
una por una
con rayos
de sol 

rojos
   naranja
      amarillo
          verde
          cian
      violeta
y azul

¿les parecía fácil?
crear un arcoíris 
es un trabajo
de locos

Juan Lima (1944). Argentina.
Tomado del libro "Astronomía poética". 

sábado, 6 de octubre de 2018


Mary Oliver (1935, Ohio). Poeta estadounidense.
Desde que inicié Letranías siempre he cuidado que el contenido que comparto sea en español. Pero hoy quiero hacer una excepción, porque hay palabras, como las siguientes, que pierden su esencia con la traducción. «That little beast: a poem» de Mary Oliver forma parte de «Felicity» publicado en octubre del 2015.



That pretty little beast, a poem,
has a mind of its own.
Sometimes I want it to crave apples
but it wants red meat.
Sometimes I want to walk peacefully
on the shore
and it wants to take off all its clothes
and dive in.

Sometimes I want to use small words
and make them important
and it starts shouting the dictionary,
the opportunities.

Sometimes I want to sum up and give thanks,
putting things in order
and it starts dancing around the room
on its four furry legs, laughing
and calling me outrageous.

But sometimes, when I'm thinking about you,
and no doubt smiling,
it sits down quietly, one paw under its chin,
and just listens.

Addy Góngora Basterra

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Julia Mortera

Arte

Columnista