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martes, 13 de abril de 2021

Ahora



María Elena Walsh (1930-2011).
Poeta argentina.

Ahora como un ángel apareces
y me rodeas sin decirme nada.
Ángel que yo cuidara tantas veces
sin saberlo, callada.

En todo lo que miro permaneces
como el aire feliz de la mirada.
Me parezco a tu ausencia y te pareces
a mi resucitada.

Porque viniste cuando me moría
a devolverme a vivas caridades;
porque mi noche muda se hizo día

por gracia de tu voz iluminada,
en esta eternidad con que me invades
yo que no era, soy tu enamorada.

martes, 16 de marzo de 2021

Dudas y otras dudas




Luis García Montero (1958).
Poeta español

Dudas


Vas a ser un perdido.
No me importa.
Me parece más triste
no saber dónde estoy.


Otras dudas


Lo peor
no es perder la memoria,
sino que mi pasado
no se acuerde de mí. 

Tomado del libro "Vista cansada".

miércoles, 27 de enero de 2021

Civilización y barbarie

 

Foto de David Díaz.


Eduardo Galeano (1940 · 2015).
Escritor Uruguayo.

Mientras los dioses duermen, o se hacen los dormidos, la gente camina. Es día de mercado en este pueblo perdido a las afueras de Totonicapán, y hay mucho vaivén. Desde otras aldeas, llegan las mujeres, cargando bultos, por los senderos verdes. Ellas se encuentran en el mercado, hoy aquí o mañana allá, en este pueblo o en otro, como dientes que van hacia la boca, y charlando se van poniendo al día, lentamente, mientras venden, poquito a poco, alguna que otra cosa.

Una vieja señora despliega su paño en el suelo, y allí acuesta lo suyo: sahumerios de copal, tintes de añil y de cochinilla, algunos chiles bien picantes, hierbas de olor, un tarro de miel silvestre; una muñeca de trapo y un muñeco de barro pintado; fajas, cordones, cintas; collares de semillas, peines de hueso, espejitos...

Un turista, recién llegado a Guatemala, quiere comprarle todo.

Como ella no entiende, le dice con las manos: todo. Ella niega con la cabeza. Él insiste: tú me dices cuánto pides, yo te digo cuánto pago. Y repite: te compro todo. Habla cada vez más fuerte. Grita. Ella, estatua sentada, calla.

El turista, harto, se va. Piensa: Este país nunca va a llegar a nada.

Ella lo mira alejarse: Piensa: Mis cosas no quieren irse contigo.

Tomado del libro «Bocas del tiempo».


lunes, 11 de enero de 2021

Pido silencio



Pablo Neruda (1904-1973).
Poeta chileno.

Ahora me dejen tranquilo.
Ahora se acostumbren sin mí.

Yo voy a cerrar los ojos

Y sólo quiero cinco cosas,
cinco raíces preferidas.

Una es el amor sin fin.

Lo segundo es ver el otoño.
No puedo ser sin que las hojas
vuelen y vuelvan a la tierra.

Lo tercero es el grave invierno,
la lluvia que amé, la caricia
del fuego en el frío silvestre.

En cuarto lugar el verano
redondo como una sandía.

La quinta cosa son tus ojos,
Matilde mía, bienamada,
no quiero dormir sin tus ojos,
no quiero ser sin que me mires:
yo cambio la primavera
por que tú me sigas mirando.

Amigos, eso es cuanto quiero.
Es casi nada y casi todo.

Ahora si quieren se vayan.

He vivido tanto que un día
tendrán que olvidarme por fuerza,
borrándome de la pizarra:
mi corazón fue interminable.

Pero porque pido silencio
no crean que voy a morirme:
me pasa todo lo contrario:
sucede que voy a vivirme.

Sucede que soy y que sigo.

No será, pues, sino que adentro
de mí crecerán cereales,
primero los granos que rompen
la tierra para ver la luz,
pero la madre tierra es oscura:
y dentro de mí soy oscuro:
soy como un pozo en cuyas aguas
la noche deja sus estrellas
y sigue sola por el campo.

Se trata de que tanto he vivido
que quiero vivir otro tanto.

Nunca me sentí tan sonoro,
nunca he tenido tantos besos.

Ahora, como siempre, es temprano.
Vuela la luz con sus abejas.

Déjenme solo con el día.
Pido permiso para nacer.

miércoles, 6 de enero de 2021

Chichuán y la maga del pueblo

Sandra Nikolai ©.
Detalle de la serigrafía «Una tortillita, por favor», 2013.


Por Addy Góngora Basterra.


Fue la maga del pueblo quien le enseñó a Chichuán a montar bicicleta.

—¡Si aprendes, nunca se te olvida! —le gritó corriendo a su lado mientras Chichuán, con ocho años, el cabello despeinado y sin zapatos, intentaba sostener el equilibrio pedaleando.

Con un cortejo de perros, la maga y Chichuán andaban por el túnel de sombra provocado por la copa de los árboles. Era de mañana y ya hacía calor, el sol brillaba en los techos de guano, en el filo de las piedras y en la trenza del cabello negro de doña Erminda, que en ese momento rondaba el patio de su casa.

—¿Cuál de ustedes vendrá hoy a la mesa? —preguntó en tono bondadoso a las plantas de hierbabuena sembradas en cubetas.

Las había de diversas alturas, unas más frondosas que otras. Cerca de ellas había una pala mediana con la que Chichuán debía hacer pequeñas fosas en el patio para sembrar los árboles frutales que su abuela Erminda procuraba.

—Tendrá brazos fuertes —se decía la abuela para justificar su petición cuando veía los esfuerzos de Chichuán, quien apenas podía con la pala.

La maga, cuyos trucos no causaban asombro en nadie, corría atrás de Chichuán, que ya había logrado mantenerse en línea recta entre el camino inestable y empedrado, atravesando la cortina de ladridos que el coro de perros le lanzaba.

—¡Eso, eso, sigue, manténla firme!

Chichuán prodigaba la concentración de quien aprende algo nuevo, hasta que no supo librar la enorme raíz de un flamboyán que le hizo caer a tierra.

—¡AAAAAYYYYY! ¡Aaaaayyy! ¡mi pieee! —gritaba con desesperación y con media bicicleta encima.

Mientras tanto, tras haber visitado a las gallinas y pedirles permiso para llevarse cinco blanquillos, doña Erminda preparaba, en un comal de leña, tortillas hechas a mano. Pronto llegarían sus amores. Era el día de los Reyes Magos, Chichuán se había portado bien, merecía la ansiada bicicleta y sus siempre predilectos taquitos de huevo con hierbabuena.

—Abue, mi pie… —dijo Chichuán con palabras mojadas—. ¡Sálvame abue, sálvame!

La maga del pueblo puso cara de preocupación en un gesto solamente creíble para Chichuán. La corte de perros le movía la cola y le lamía los brazos, la cara, la rodilla, husmeando su cuerpo por los espacios que les dejaba libre la bicicleta.

—Ya veo —dijo la abuela—. Esto es muy grave. Muy grave. Tienes que cerrar los ojos para que la magia sea efectiva.

El pie descalzo de Chichuán estaba atorado en la cadena de la bicicleta.

—Tienes que ser muy valiente, esto va a doler mucho, mucho, pero este truco sí que nunca me falla. A la de tres. Una… dos…tres…

Con un movimiento ágil, la maga alzó la bicicleta con una mano y con la otra liberó como un pez de las redes el pie de Chichuán que inexplicablemente había quedado mordido por la cadena.

—Ya no quiero montar más bici hoy —pidió con ojos de clemencia.

—Pero al rato volvemos a intentarlo —sugirió la maga señalando con la mirada la bicicleta de medio uso que ella misma había pintado de verde limón, como pidió Chichuán.

—¡A desayunaaaaar! —gritó doña Erminda, sacando el cuerpo al portal de su casa—. ¡Huevos con hierbabuena y tortillas recién hechas!

Los perros salieron disparados y fueron los primeros en llegar a la casa. Uno a uno los saludó doña Erminda por sus nombres, sin dejarlos entrar. Maga y aprendiz se miraron decantando antojo, levantaron la bicicleta y rodándola se fueron bajo el túnel de flamboyanes. Sus espaldas se alejaron adornando el paisaje rural.

—¿A ti te enseñaron a montar bici o por arte de magia?

La maga del pueblo sonrió.

—Ese es el truco que mejor sale.