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domingo, 9 de agosto de 2020

De la chispa al humo: reacciones del fuego

 Punto de vida

“Fire in a box” (2010) de Tanapol Kaewpring (1980).


Por Addy Góngora Basterra.

Desde el 2014 guardo en un disco duro la imagen "Fuego en caja". Buceando carpetas para rescatar un par de archivos, di con ella al inicio de esta semana que termina. La contemplé en el monitor de mi laptop con el mismo asombro de la primera vez. “¿Así es la vida?”, me cuestioné, “¿nos vivimos conteniendo?”, escribí hace seis años en un Word donde anoté algunos datos de Tanapol Kaewpring (1980), el fotógrafo tailandés que concibió esta serie llamada “Proyecto Caja”. No escribí más y hoy tengo curiosidad por lo que no seguí deshilvanando. ¿Cuál habrá sido la reacción inmediata de quien está leyendo tras ver esa imagen imposible?

Más que adorno o retrato, considero las fotografías que conforman “Proyecto Caja” como símbolos de meditación y cabinas de introspección. La serie consiste en cubos de cristal instalados en entornos reales. Dentro, hay furia de la naturaleza confinada, contenida sin poder expandirse. Es el caos y la belleza del orden, lo seguro por controlado, aquello que se torna en paisaje inofensivo por estar interno en una caja de vidrio: “Estas fuerzas de la naturaleza tienen la capacidad de un gran cambio, crecimiento y destrucción —dice la nota del curador de “Proyecto Caja”— y, sin embargo, aún pueden ser controladas por la humanidad. Incluso ellos tienen sus límites. Estos elementos combinados con su entorno representan aspectos de la libertad psicológica. Si somos capaces de pensar fuera de la caja, de romper el cristal que nos rodea, quizás podamos alcanzar la verdadera liberación y felicidad”.

Ha sido inevitable ver las noticias esta semana sin pensar en “Fuego en caja” y en un haiku cuyo autor ignoro: “¿Cómo cabías, oh incendio, en el pequeño vientre de la chispa?”. Me digo “¿Cómo cabías…?” al ver las imágenes del incendio lento que detonó la explosión masiva de Beirut, el descontrol del fuego en el mercado en Emiratos Árabes, el humo escapando por las ventanas del World Trade Center de Bruselas, la explosión en una fábrica de químicos en Wuhan y otra más ocurrida en Corea del Norte. Indago con miedo las noticias, leo titulares por encimita. “¿Cómo cabías…?” lejos de ser hoguera desarmada, encapsulada a orillas del mar.

También en el 2014, simultáneo al encuentro con Kaewpring, tuve el hallazgo de la palabra japonesa “hikikomori”. Significa alejarse y confinarse, refiriéndose a no salir de la habitación —en el caso de jóvenes que viven con sus padres— o de hogares verdaderamente pequeños —quienes viven solos—, acompañados por tecnología, televisión y videojuegos.

El psiquiatra japonés Tamaki Saito fue quien acuñó en 1998 este síndrome de aislamiento social que, para cifras de marzo del 2019, regía la vida de medio millón de personas, tan sólo en Japón. Saito explica que el “hikikomori” no es una enfermedad sino una situación en la que alguien no participa en actividades sociales durante un mínimo de seis meses y reconoce a los “hikikomori” como personas normales que se encuentran en una situación muy difícil. A casi cinco meses de vivir ermitañamente, en una situación… sí, difícil por incierta, con días en los que no tengo ganas de hablar con nadie por teléfono ni ver a nadie por Zoom, dependiente de tecnología, enganchada a alguna serie o distraída en el celular, a seis años de leer “hikikomori” por primera vez, su significado cobra sentido y me ayuda a comprender lo que en su momento no supe.

Cuantos, al vernos forzados a instalarnos indefinidamente dentro de una casa, sentimos la angustia del “hikikomori” porque, en nuestra mente —y resalto “en nuestra mente”—, la vida perdió sentido, creyendo que carecemos de valor porque dejamos de hacer o sentir lo que consideramos eje de nuestra identidad. Como catarinas a las que atrapó la vida bajo una capsulita de cristal, habrá que traspasar el vidrio mental que sentimos que nos limita, porque a diferencia de las cajas de Kaewpring las personas no somos herméticas al exterior. Somos, como esa lumbre, fuerza de la naturaleza contenida y aislada, con capacidad para decidir en el vientre de los impulsos —entre la chispa y el humo— qué ser con la combustión: si el fuego de una hoguera que alivia, cocina, alumbra y acompaña, o fuego de furia y devastación que arrasa violentamente con todo donde pasa.

Publicado en el Diario de Yucatán.
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