MAS RECIENTE

Dropdown Menu

jueves, 27 de agosto de 2020

Poema 15

«Manos de hombre tengo; manos 
para tomar, de las cosas que existen, 
lo que por hombre se me debe, 
y, por lo que yo debo, hacer algunas 
de las cosas que faltan». 


Rubén Bonifaz Nuño (1923-2013).
Poeta veracruzano.

Poema 15


No me ilusiono, admito, es de mi gusto,
que soy un hombre igual a todos.
Trabajo en algo, cobro
un sueldo insuficiente; me divierto
cuando puedo, o me aburro hasta morirme;
hablo, me callo a veces, pido
mi comida, y a ratos
quisiera ser feliz gloriosamente,
y hago el amor, o voy y vengo
sin nadie que me siga. Tengo un perro
y algunas cosas mías.
En general, no estoy conforme
ni me resigno. Quiero mi derecho,
de hombre común, a deshacerme
la frente contra el muro, a golpearme,
en plena lucidez, contra los ojos
cerrados de las puertas; o de plano
y porque sí, a treparme en una silla,
en cualquier calle, a lo mariachi,
y cantar las cosas que me placen.
También, monumental, hago mi juego
en serio con las gentes,
según las reglas, y reclamo
mis ganancias y pérdidas, y busco
la revancha, o perdono
por generoso o por flojera.
Manos de hombre tengo; manos
para tomar, de las cosas que existen,
lo que por hombre se me debe,
y, por lo que yo debo, hacer algunas
de las cosas que faltan.
Y reconozco que me importa
ser pobre, y que me humilla,
y que lo disimulo por orgullo.
Tú, compañero, cómplice que llevo
dentro de todos, junto a mí, lo sabes.
Hermano de trabajos que caminas
en hombres y mujeres, apretado
como la carne contra el hueso,
y vives, sudas y alborotas
en mí y conmigo y para mí y contigo.

jueves, 13 de agosto de 2020

Aprender



«Lo mejor para las turbulencias del espíritu, es aprender. Es lo único que jamás se malogra. Puedes envejecer y temblar, anatómicamente hablando; puedes velar en las noches escuchando el desorden de tus venas, puede que te falte tu único amor y puedes perder tu dinero por causa de un monstruo; puedes ver el mundo que te rodea, devastado por locos peligrosos, o saber que tu honor es pisoteado en las cloacas de los espíritus más viles. Sólo se puede hacer una cosa en tales condiciones: aprender».

—Marguerite Yourcenar.

domingo, 9 de agosto de 2020

De la chispa al humo: reacciones del fuego

 Punto de vida

“Fire in a box” (2010) de Tanapol Kaewpring (1980).


Por Addy Góngora Basterra.

Desde el 2014 guardo en un disco duro la imagen "Fuego en caja". Buceando carpetas para rescatar un par de archivos, di con ella al inicio de esta semana que termina. La contemplé en el monitor de mi laptop con el mismo asombro de la primera vez. “¿Así es la vida?”, me cuestioné, “¿nos vivimos conteniendo?”, escribí hace seis años en un Word donde anoté algunos datos de Tanapol Kaewpring (1980), el fotógrafo tailandés que concibió esta serie llamada “Proyecto Caja”. No escribí más y hoy tengo curiosidad por lo que no seguí deshilvanando. ¿Cuál habrá sido la reacción inmediata de quien está leyendo tras ver esa imagen imposible?

Más que adorno o retrato, considero las fotografías que conforman “Proyecto Caja” como símbolos de meditación y cabinas de introspección. La serie consiste en cubos de cristal instalados en entornos reales. Dentro, hay furia de la naturaleza confinada, contenida sin poder expandirse. Es el caos y la belleza del orden, lo seguro por controlado, aquello que se torna en paisaje inofensivo por estar interno en una caja de vidrio: “Estas fuerzas de la naturaleza tienen la capacidad de un gran cambio, crecimiento y destrucción —dice la nota del curador de “Proyecto Caja”— y, sin embargo, aún pueden ser controladas por la humanidad. Incluso ellos tienen sus límites. Estos elementos combinados con su entorno representan aspectos de la libertad psicológica. Si somos capaces de pensar fuera de la caja, de romper el cristal que nos rodea, quizás podamos alcanzar la verdadera liberación y felicidad”.

Ha sido inevitable ver las noticias esta semana sin pensar en “Fuego en caja” y en un haiku cuyo autor ignoro: “¿Cómo cabías, oh incendio, en el pequeño vientre de la chispa?”. Me digo “¿Cómo cabías…?” al ver las imágenes del incendio lento que detonó la explosión masiva de Beirut, el descontrol del fuego en el mercado en Emiratos Árabes, el humo escapando por las ventanas del World Trade Center de Bruselas, la explosión en una fábrica de químicos en Wuhan y otra más ocurrida en Corea del Norte. Indago con miedo las noticias, leo titulares por encimita. “¿Cómo cabías…?” lejos de ser hoguera desarmada, encapsulada a orillas del mar.

También en el 2014, simultáneo al encuentro con Kaewpring, tuve el hallazgo de la palabra japonesa “hikikomori”. Significa alejarse y confinarse, refiriéndose a no salir de la habitación —en el caso de jóvenes que viven con sus padres— o de hogares verdaderamente pequeños —quienes viven solos—, acompañados por tecnología, televisión y videojuegos.

El psiquiatra japonés Tamaki Saito fue quien acuñó en 1998 este síndrome de aislamiento social que, para cifras de marzo del 2019, regía la vida de medio millón de personas, tan sólo en Japón. Saito explica que el “hikikomori” no es una enfermedad sino una situación en la que alguien no participa en actividades sociales durante un mínimo de seis meses y reconoce a los “hikikomori” como personas normales que se encuentran en una situación muy difícil. A casi cinco meses de vivir ermitañamente, en una situación… sí, difícil por incierta, con días en los que no tengo ganas de hablar con nadie por teléfono ni ver a nadie por Zoom, dependiente de tecnología, enganchada a alguna serie o distraída en el celular, a seis años de leer “hikikomori” por primera vez, su significado cobra sentido y me ayuda a comprender lo que en su momento no supe.

Cuantos, al vernos forzados a instalarnos indefinidamente dentro de una casa, sentimos la angustia del “hikikomori” porque, en nuestra mente —y resalto “en nuestra mente”—, la vida perdió sentido, creyendo que carecemos de valor porque dejamos de hacer o sentir lo que consideramos eje de nuestra identidad. Como catarinas a las que atrapó la vida bajo una capsulita de cristal, habrá que traspasar el vidrio mental que sentimos que nos limita, porque a diferencia de las cajas de Kaewpring las personas no somos herméticas al exterior. Somos, como esa lumbre, fuerza de la naturaleza contenida y aislada, con capacidad para decidir en el vientre de los impulsos —entre la chispa y el humo— qué ser con la combustión: si el fuego de una hoguera que alivia, cocina, alumbra y acompaña, o fuego de furia y devastación que arrasa violentamente con todo donde pasa.

Publicado en el Diario de Yucatán.

domingo, 2 de agosto de 2020

2020 + Uno: La hora de ser

Punto de vida


Imagen tomada de la cuenta de Twitter del fotógrafo @ChemaMadoz

Por Addy Góngora Basterra.

I


Hará unos diez años que me enamoré de la obra de Chema Madoz (Madrid, 1958) al encontrar el blanco y negro de sus fotografías en un libro robusto e irresistible que no compré. No hay otro libro del que me haya arrepentido tanto… pero al avión o se subía ese hermosísimo armatoste o me subía yo. Me fascinaron sus fotografías que fusionan dos objetos ilógicos entre sí conformando un objeto obvio. Chema logra en sus imágenes lo que otro español, Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), consiguió con el lenguaje en sus “greguerías”, figuras poéticas como estas: “Las almejas son las castañuelas del mar” o “El agua se suelta el pelo en las cascadas”. Para mi consuelo, seguirlo en redes sociales ha calmado hambre y curiosidad por su creación.

Así encontré en Twitter, la semana pasada, una foto de la que no he quitado ojo ni pensamiento. Lo que vemos, ciertamente, es un reloj de pared que pronto marcará la una. Lo que cambia su significado es el elemento que Chema elige para el borde: rieles. Esa imagen es poesía visual que deleita la mente al poner lo cotidiano con algo extraordinario. Me resulta exquisita la caricia al intelecto, a la imaginación, porque me permite mirar desde otra perspectiva la realidad, encontrando inspirador lo que resulta desconcertante.

II


Tras la detonación de ideas generadas por ese reloj tan singular, recordé unas líneas que hace varios años subrayé en el libro “Fuegos” de la escritora Marguerite Yourcenar: “Por mucho que yo cambie mi destino no cambia. Cualquier figura puede inscribirse en el interior de un círculo”. Esa frase la compartí en el blog Letranías el 23 de enero del 2009, y la foto que elegí para acompañarla es de huellas descalzas en la arena, formando una rueda. Pies que se cierran en sí mismos como las poéticas vías que hallé.

Foto: @Solus-Veer Corbis.


Encuentro en el “reloj vía” que resignifica Chema, el tiempo circular; en el “destino redondo” de Marguerite, encuentro al ser circulando en el tiempo. Somos consecuencia de actos y decisiones; eso hace que nuestro destino pueda ir para un lado o para otro, porque uno va en la vía marcando sus propias huellas, dándole la vuelta al día en el reloj, dando en cada cumpleaños la vuelta al sol.

III


¿Y qué es vivir, sino dar de vueltas? Rondamos. Damos vueltas alrededor de algo, de alguien. Escribir también lo es. Se anda en círculos bordeando ideas, poniendo de cabeza el pensamiento como a un reloj de arena. Del mismo modo le he dado vueltas al reloj de Madoz desde que lo vi en Twitter, y así también no deja de darme vueltas Yourcenar desde que la leí, hará dos décadas. Porque eso es lo que siento en esta pandemia, tanto por lo que escucho en conversaciones como por lo que observo: muchos se sienten atrapados en el tiempo de cada día, transitando de la mañana a la noche en una vía que aparentemente no lleva a ningún lugar, que acaba donde termina. Más que el desplazamiento de un lugar a otro, el movimiento que descoloca es el que nos lleva al Yo.

Por eso me resulta interesante la hora que indica el reloj de Chema. Pronto el tren del tiempo marcará la una con sus urgentes manecillas. Dándole la vuelta al título de la columna del domingo pasado, convirtamos el 2020 + 1 en 2020 + Uno, trocando el #1 para darle entrada y alojamiento al Uno como ser. El camino de esas vías es el encuentro al yo, el difícil + Uno que solemos dejar de lado en la ecuación, tan acostumbrados a complacer, proveer y vivir en entornos donde primero están los otros.

Dará la una en esa figura que se inscribe al interior del círculo, inmersos sin escapatoria en la periferia que nos empuja a desesperarnos, buscarnos y encontrarnos, a vernos irrefrenablemente la cara en el espejo hasta el revelador instante donde encontremos, que en ese destino y aparente camino sin paraje, somos y hemos sido nuestro mejor andén.

Publicado en el Diario de Yucatán.