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domingo, 26 de julio de 2020

2020+1: Imagina el mundo en un año

Punto de vida
Ikee Rikako, nadadora japonesa.
Por Addy Góngora Basterra.

Nació en el año 2000, en un parto acontecido en agua. Con veinte años recién cumplidos, camina vestida de blanco, delgada y con cabello corto, al centro del imponente estadio olímpico de Tokyo. Es de noche y la oscuridad sería total si no fuera por la sutil lenguita de fuego que atesora una pequeña linterna. Es la llama olímpica. El silencio es impecable. No hay espectadores. Apenas un pequeño enjambre de periodistas y camarógrafos. Un reflector seguidor, de esos que acompañan en un charco de luz a los artistas cuando entran al escenario, alumbra los pasos de Ikee Rikako, la nadadora japonesa que el Comité Olímpico designó para dar un mensaje: el viernes 24 de julio debieron inaugurarse las olimpiadas… y ella salió a contar, en pocos minutos, parte de su historia para decirle al mundo, optimista y reconfortada, que a este 2020 se le agrega un +1 y que los juegos se aplazan para el próximo año.

Conmovida, observo y escucho a esta joven que ha encendido una antorcha poderosa con sus palabras. En vez de la emoción de cuerpos desfilando con banderas, atletas compitiendo por honor, equipos y países, dejando vigor en pistas, duelas, arenas, aguas y canchas; en vez del derroche de tecnología que probablemente hubiera sido la ceremonia de inauguración, lo que Tokyo prodiga este fin de semana es “una flama de esperanza brillando en la distancia para movernos hacia adelante, sin importar lo duro que sea”. Así lo pronunció en su discurso inspiradoramente Ikee, quien de febrero a diciembre de 2019 luchó en un hospital ferozmente contra la leucemia, logrando volver al agua el 17 de marzo de 2020. Por eso el símbolo de estos días es ella iluminando a cada paso la oscuridad en pos de la antorcha de sus sueños; una atleta enriquecida y vigorosa tras meses aislada y privada de piscinas durante 406 días. Si alguna atleta sabe lo que es poner cuerpo, mente, disciplina, amor, sacrificio y voluntad para competir, si alguna atleta sabe lo que ha implicado para tantos jóvenes haber perdido Tokyo 2020, es ella, mucho antes del covid.

—Los deportistas tendrán más tiempo para entrenar y prepararse —me dice Lichi, mi hermana, mientras conversamos de las olimpiadas pospuestas.

Tiene razón, aunque me duelen quienes estén en riesgo de sobrepasar la edad permitida para competir, quedándose con sueños de oro desvanecidos en el 2020. También pienso en atletas como Ikee, que ahora tendrán oportunidad de reintegrarse.

—Que el mundo se detenga no quiere decir que tú tengas que parar. El movimiento lo generas tú —agrega sabiamente, desde sus treinta y tantos años, mi hermana—. Mientras vivamos, somos capaces de reconstruirnos y ser una mejor versión de nosotras, como lo hizo ella a pesar de las adversidades.

Por eso me emociona ver a Ikee firme y apacible, diciéndole a un mundo convaleciente, amenazado y pleno de incertidumbre que, a pesar del diagnóstico, ella no se detuvo; como dijo Lichi, generó tenazmente su propio movimiento: “Aprendí mucho al enfermarme. Ahora sé dónde estoy parada, cómo debería vivir mi vida. Este será un gran punto de inflexión para el resto de la vida. Mi vida”, dijo hace unos días la promesa de Japón, especialista en estilo mariposa, quien con el poco sutil aleteo de esta metamorfosis posiblemente pueda competir ¡y ganar! en Tokyo 2021.

Una de las estampas de resistencia a la pandemia, será Ikee sosteniendo en la linterna su pequeña flama, porque es como si en ese acto dijera: “miren, esta es la esperanza, vamos a vivir y darlo todo por esto, este es el fuego por el que otros, como yo, nos movemos, ¿cuál es el tuyo?”. El denuedo de quien enfrenta una enfermedad nos recuerda que sí… que es poderoso creer en el futuro y en nuestra capacidad de rehabilitación. Que todos tenemos llamas que nos llaman a reconciliarnos con la vida.

Publicado en el Diario de Yucatán.

domingo, 19 de julio de 2020

Un fin de semana de 253 años

Punto de vida

Foto de Cole Stivers.

Por Addy Góngora Basterra

I

Es el 17 de mayo de 2157. Margie (11 años) y Tommy (13 años) son amigos. Él le cuenta que encontró en el ático de su casa un libro —un libro de verdad, de papel, con palabras de imprenta, muy distinto a los telelibros del siglo XXII a los que están habituados— sobre un tema muy extraño: la escuela. “¿De la escuela? ¿qué se puede escribir sobre la escuela? Odio la escuela”, increpa Margie. “Porque no es una escuela como la nuestra, tontuela. Es una escuela como la de hace cientos de años”, responde Tommy, altivo. “De cualquier modo, tenían maestro”, continúa Margie. “Claro que tenían maestro, pero no era un maestro normal. Era un hombre”, añade él. “¿Un hombre? ¿Cómo puede un hombre ser maestro?”.

Lo anterior sucede en “Cuánto se divertían”, cuento del escritor Isaac Asimov (1920-1992), publicado en diciembre de 1951 en un periódico infantil. En el relato, vemos el fastidio de Margie, a quien no le queda más remedio que entrar a la habitación contigua a su dormitorio, donde el Maestro Automático se encuentra ya encendido y esperando. La niña suspira y piensa en las escuelas de siglos anteriores, “asistían todos los chicos del vecindario, se reían y gritaban en el patio, se sentaban juntos en el aula, regresaban a casa juntos al final del día. Aprendían las mismas cosas, así que podían ayudarse a hacer los deberes y hablar de ellos. Y los maestros eran personas (...) Margie pensaba que los niños debían de adorar la escuela en los viejos tiempos. Pensaba en cuánto se divertían”.

Recordé la historia de Asimov por los tintes de ciencia ficción que ha tomado la realidad que estamos viviendo y por lo que he visto que se comparte en redes sociales de estudiantes —desde kínder a universidad— graduándose vía Zoom; la recordé también por la disrupción en rutinas de incontables familias al permanecer juntos, en casa, con sus respectivas actividades, dependientes de la tecnología; la recordé por la manera como herramientas digitales, softwares y plataformas se han posicionando como hábitos que llegaron para quedarse.

II

Es el 16 de junio de 1904. Stephen Dedalus está dando clase de Historia en una escuela de Dublín que se estima costosa, de exclusiva educación para varones. Hace una pregunta cuya respuesta, como suele ocurrir, el alumno aludido ignora; otro estudiante, que sí la sabe, interrumpe: “Yo lo sé. Pregúnteme a mí, señor”. Entre contestaciones equivocadas, burlas de los compañeros y pensamientos del maestro, va pasando la sesión hasta que otro de los alumnos pide: “Cuéntenos un cuento, señor”, al que se suma otro compañero: “¡Oh, cuente, señor! Un cuento de fantasmas”. A pesar de la tentadora interrupción, Stephen continúa la clase, le pide a un estudiante que lea en voz alta para los demás, pronunciando con descalabro los versos que sigue con los ojos. Hasta que se acerca la hora de terminar y, entonces sí, Stephen pregunta: “¿Quién puede resolver una adivinanza”? La respuesta es un gallinero alborotado de niños guardando libros, el clic clic de lápices chocando, rumor de correas al cerrar maletines por la hebilla. “Pregúnteme a mí, señor”, dice el primero, “¡Oh, a mí, señor”, dice el segundo, “Una difícil, señor”, ¡pide el tercero! En eso estaban cuando se oye: “Hooooockeeeeeeey”. El dueño de esa voz golpea con un bastón la puerta del salón de clase, provocando una estampida al corredor, “se dispersaron, deslizándose de sus bancos, saltando sobre ellos. Al instante habían desaparecido”.

Esta escena, que a muchos de nosotros nos resulta familiar, ocurre al inicio de la titánica y cifrada novela de James Joyce, “Ulises”, publicada en febrero de 1922. Está presente la esencia del ámbito escolar: niños aburridos buscando salirse del tema, la identidad que da un equipo deportivo, la socialización entre compañeros, el vínculo con la autoridad que representa el maestro, la exquisitez de lo lúdico.

III

Es el 19 de julio de 2020 y las escuelas se encuentran en un punto de no retorno. La forma de educar, adquirir conocimientos y socializar cambiarán naturalmente: los acontecimientos que vivimos son oleaje impetuoso que empuja a una transformación. De la noche a la mañana, pasamos de 1904 a 2157. Nos saltamos 253 años de literatura en un fin de semana. ¿Qué alianzas y acuerdos debemos establecer para eficientizar, actualizar e innovar un sistema educativo que proponga nuevos paradigmas, acorde a los retos que ahora tenemos?

Si bien la solución inmediata apunta a un homeschooling improvisado y prolongando, es momento de renovar programas, bloques de horarios, involucrar habilidades blandas, creativas, privilegiar la alfabetización digital. Margie y Stephen son el espejo ante el cual mirarnos para reconocer que somos parte de la Historia que está teniendo una revolución en la forma de vivir. Para el paisaje laboral que se vislumbra con la Industria 4.0 son insuficientes y obsoletas las enseñanzas actuales. Se abrirán nuevas oportunidades para quien adapte y adopte saberes necesarios para desempeñar empleos que no imaginamos en el presente.

La pandemia del 2020 y la Industria 4.0 nos empujan a redefinir la educación y el trabajo. Para nuevos retos, necesitamos nueva visión y nuevas alianzas: el futuro tiene prisa.

Publicado en el Diario de Yucatán.

domingo, 12 de julio de 2020

Instantes donde se anida la memoria

Punto de vida



Por Addy Góngora Basterra.

I


En últimos días he recibido por WhatsApp fotos familiares que tienen entre dos y tres décadas. A uno de los remitentes le atribuyo el envío por la nostalgia de cumplir años y el consecuente impulso de hacer recuento de vida: mi prima Betina nos compartió fotos de lo que llamó “Mi instagram de los 90”, un álbum bien conservado y decoradito con palabras formadas con recortes de revista. Al segundo remitente, le adivino el envío como un acto irresistible al encontrar álbumes que atestiguan el pasado y una historia de amor.

Dentro de veinte años, ¿en dónde estará todo lo que hoy compartimos por redes y grupitos del Whats? Más allá de iCloud o un disco duro, ¿qué haremos en unas décadas para volver a esos instantes que hoy tenemos en el celular? ¿a dónde acudirá Betina cuando cumpla sesenta y tantos y quiera recordar?

Lo anterior me refiere a una conversación que escuché al sentarme junto a una familia, en un aeropuerto:

—¿Me muestras la foto de cuando aprendí a nadar? —le pide el niño a su papá.
—No la tengo, estaba en otro teléfono.
—¿Hace cuántos teléfonos fue eso? —preguntó el chiquillo.
—Hace dos —respondió con paciencia la mamá.
Hubo unos segundos de silencio.
—¿Y cuántos teléfonos faltan para ver a la abuela otra vez?

Me pareció simpático el chamaquito. No lo olvido porque escuchándolo me percaté que nuestros recuerdos se anidan en la incierta existencia del celular y que para algunos es una herramienta para medir el tiempo. Hubo eras donde incendios arrasaban la memoria; en nuestra era, la memoria corre peligro con la obsolescencia digital.

II

Suena varias veces seguidas mi celular, anunciando que entraron mensajes. Abro WhatsApp y es mi papá que ha compartido cuatro fotos. Me detengo en una. En la imagen hay una mujer joven, casi de perfil, que no mira a la cámara. Lleva el cabello corto, lentes oscuros, un suéter blanco abierto al centro dejando ver una blusa roja. Es mi madre. Hoy tengo más años que los que ella ostenta magnífica en ese click. El tiempo arrasa con nosotros cada vez que nos mira desde las fotografías.

En el poema «Edades», José Emilio Pacheco escribe: «Y entonces se descubre en un cajón olvidado / la foto de la abuela a los catorce años (…) ¿En dónde queda el tiempo, en dónde estamos? / Esa niña / que habita en el recuerdo como una anciana, / muerta hace medio siglo, / es en la foto nieta de su nieto, / la vida no vivida, el futuro total, / la juventud que siempre se renueva en los otros. / La historia no ha pasado por ese instante. / Aún no existen las guerras ni las catástrofes / y la palabra muerte es impensable».

Pienso entonces en la imagen de perfil que tiene una amiga desde hace un par de semanas. Está con su hermana mayor, ambas son unas niñas, y ella está sentada sobre el león de piedra del Parque Zoológico del Centenario. La foto tiene más de cincuenta años «y la palabra muerte es impensable» para ese par de hermanas que serán eternas en el instante sepia que las une en rasgos y pura sonrisa.

III

Hay fotos en las que podemos pasar minutos contemplando una cara, un lugar, un momento. Reflejan lo que almacenamos en el alma, lo que enmarcamos amorosamente en la memoria. Son lo que nos importa. Lo que amamos. Las hacemos grandes y las ponemos donde podamos verlas para acompañarnos siempre de ese fragmento de vida.

Por eso las fotografías son lugares para regresar. Son íntimos puntos de encuentro, relámpagos de segundos que anhelamos que permanezcan con fijador, sin desvanecerse, un rincón para regresar cuando se esté lejos, cuando los años hayan pasado, tablones que nos salven del naufragio en el inmenso, hambriento e implacable mar del tiempo.

Publicado en el Diario de Yucatán.

domingo, 5 de julio de 2020

El aleteo sutil de la metamorfosis


Fotografía del Diario de Yucatán.

Por Addy Góngora Basterra.

Borboleta, papillon, butterfly, schmetterling… hasta para nombrar «mariposa» hay belleza en el idioma que se quiera pronunciar. ¿Qué las ha hecho gozar de tan buena aceptación humana entre tantos animalitos flotadores? ¿será el prodigio de sus alas, la variedad, el tamaño compacto e inasible, la inofensiva libertad de su aleteo? En su danza irregular garigolean el aire con una estela que, de poderse leer, se dibujaría como caligrafía árabe, porque estos lepidópteros son arte decorativo al vuelo.

De niña pensaba que a las mariposas no les gustan los aguaceros y que pasan volando en tropel, huyendo. Saqué mis inocentes deducciones porque, siempre que veía muchas, más tarde se caía el cielo. Varios años después «lo confirmé» desde mi salón de clases en la Universidad Modelo, cuando vi mariposas adornando la tarde. Las confundí con cenizas. Pensé que algo se quemaba y que el viento arrastraba pedazos de incendio. Pero no. Era la movediza estampa de una colonia de mariposas en estampida, lo supe cuando horas después se desató una tormenta. Entonces comprendí: las mariposas son el presagio de la lluvia.

Desde hace más de una semana he visto con fascinación cómo atraviesan calles, patios, avenidas y la feliz ventana de mi tercer piso que sirve como visor para el espectáculo de estos seres que parecen papelitos. Qué cosa tan bonita. No recuerdo algo similar. El otro día intenté contarlas… una, tres, cinco, nueve, doce, diecisiete. «A buena hora se aparecen», pensé, reconociendo su visita no como casualidad. Porque a seis meses de iniciar un impredecible dos mil veinte, las mariposas recuerdan lo inevitable: todo pasa, todo migra, todo se transforma. La naturaleza, como es poeta, nos lo dice a su manera: soy el aleteo sutil de la metamorfosis. Mientras «pasar hacen», pienso en la hermosura de su incontable trayecto horizontal —una, tres, cinco, nueve, doce, diecisiete— y traté de imaginar otro deleite del aire: ver la nieve cayendo vertical.

Aunque nunca he visto nevar, me imagino la caída de los copos como algo hipnótico. Sentí lo anterior hace unos días al ver una escena de la película “Victoria y Abdul”. La reina toma de la mano a su adorado Munshi, sabiendo que pronto morirá. En un perfecto y emocional punch cinematográfico, la naturaleza subraya lo evidente: Victoria ha entrado al crudo invierno de la vida y… empieza a nevarle encima. Creo que así nosotros, en este veranito inusitado, tenemos nuestro punch cinematográfico en la vida real… una migración nos atraviesa… ¿qué significado dar? Sincronización perfecta. A mitad de semana arrancó el segundo semestre, la segunda parte de un año que le marcará el tiempo al tiempo: ¿qué más necesitamos para darnos cuenta que estamos en tiempo de cambios?

Se dice que siempre experimentamos lo que sucede desde un «punto de vista», pero tal vez ahora tenemos la oportunidad de «ver y ser» desde un nuevo «punto de vida», reconociendo que en la migración de un semestre a otro se nos fueron quedando orugas. Se avecina la metamorfosis personal, lo más probable es que a muchos se nos presente como un proceso incómodo, absolutamente necesario y natural. La paradoja de nuestro tiempo es que el miedo que nos ha puesto frente a frente el covid-19 es a morirnos… pero… ¡hay tanta gente que tiene miedo de vivir lo que realmente quiere y necesita vivir!

Por eso, viendo a las mariposas, pienso que los desafíos de la metamorfosis están en reaprender a relacionarnos de una mejor manera con nosotros mismos, con nuestros cuerpos y con el mundo, con la naturaleza y, muy especialmente, con nuestra mente. Vivir lo que necesitamos y merecemos ser. Una pandemia —como tantas ha habido y como otras habrá— nos ha sacudido relaciones, empleos y familias, todo lo que considerábamos cierto y seguro: «Aquello que para la oruga es el fin del mundo, para el resto del mundo se llama mariposa», dicen que pensó Lao-Tse.

Borboleta, papillon, butterfly, schmetterling… esta migración nos refrenda una gran verdad: la vida se trata de movernos y avanzar… ¿a dónde? Hacia una mejor versión. Por eso las mariposas gozan de tan buena reputación, porque la historia de su vida —¿lo será la nuestra?— es la de una increíble y necesaria transformación.

Publicado en el Diario de Yucatán.