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sábado, 30 de mayo de 2020

Paisajes sonoros



Por Addy Góngora Basterra.

El año pasado anduve coqueteando con suscribirme a Storytel, start-up sueca de audiolibros, algo así como el Netflix de la literatura. Bajé la app, busqué algunos títulos, vi de qué iba la cosa, escuché algunos tracks de prueba… y hasta ahí. Me ha tomado tiempo unirme a la tendencia de lectura en voz alta. Si lo he logrado es por mediación de los podcasts, que me han ido educando la atención auditiva mientras realizo otras actividades, principalmente correr.

Oyéndolos pensé la importancia de darnos tiempo para dejar que las palabras hagan algo en nosotros. Así como podemos darnos la experiencia de ir a un museo —¿cuándo fue la última vez que, en tu vida cotidiana, no en un viaje, te hiciste un espacio para visitar algún museo, ver lo que exhibe y enriquecerte con algo nuevo que luego recuerdes, lo has hecho alguna vez?— así también podemos considerar darnos la experiencia de escuchar con todos los sentidos, para luego saborearlo. Me parece que vamos olvidando cómo se hace, demasiados estímulos nos jalonean la atención, principalmente las constantes alertas del teléfono o vibraciones en la muñeca si tenemos SmartWatch con notificaciones activadas.

He tomado como reto la experiencia de “oír sin ver” y retener. He sido proclive a textos, a la palabra escrita, a los libros como objeto, me gusta subrayar, releer, marcar, sostener páginas encuadernadas que también puede ser un Kindle, no tengo pleito con los libros digitales y el famoso dispositivo de Amazon me resulta práctico y amable.

Desde marzo, mis hábitos cambiaron su estructura y las semanas me han puesto espacios y tiempos idóneos. Ahora que barro, trapeo, sacudo, vuelvo a barrer (¡la misteriosa reproducción del polvo!), un pelito por aquí, otro por allá (¿pero cómo puede ser si acabo de pasar la escoba?), que cocino, lavo, seco acomodo trastes; ahora que pongo la lavadora, cuelgo ropa, sábanas y manteles, limpio la puerta principal, los canales de los canceles, lavo el baño, sarricida aquí, sarricida acullá, riego las plantas, podo sus hojas; ahora que me corto las uñas, las limo, me depilo las cejas, ordeno los topers, los libros, la ropa, mi archivo personal, los cajones del escritorio, del buró, la despensa… ahora que aplico principios básicos de electricidad, que le medio hago a la plomería y estoy en casa como ama de tal y ama de mí, a media cantada con Spotify pensé… ¿y por qué no escuchar Storytel? Así que, tras concluir mi baile con la escoba (seriamente me pregunto si en Alemania los palos serán más largos… ¡qué dolor de espalda!) con repertorio esquizofrénico que va de Intocable a Maria Bethânia, Los Ángeles Azules, Ella Fitzgerald, Pepe Arévalo y sus mulatos (“Oye Salomé… ¡perdónala!”), ya bañadita y todavía sudando, con pinza de cejas en mano, me dispuse a experimentar mi primer audiolibro.

Bajé de nuevo Storytel, me registré y tomé la prueba gratuita por unos días. El libro elegido fue “Alegría” del español Manuel Vilas. Poco conozco al autor, no lo había leído y del libro tampoco sabía mucho, sólo que fue finalista del Premio Planeta 2019. Durante casi una semana intercalé momentos y quehaceres con la voz del narrador. Al principio fue una experiencia extraña, tuve la sensación de estar en algo en movimiento sin tener de dónde agarrarme ante el zarandeo y consecuente desequilibrio. Sentí la necesidad de controlar las palabras, la oralidad es una corriente que no cesa, a menos de que pongas el dedito encima de la pausa… pero si el dedito está al otro lado del cuarto tendiendo la cama, doblando ropa o con la fibra de platos enjabonada, pues no es posible. Así que entendiendo la virtud de lo que un audiolibro ofrece, me di a la tarea de escuchar y seguir el hilo sin el impulso cada treinta segundos de irme al stop.

La sorpresa del contenido es cómo el autor narra y entreteje su historia familiar con crónicas de viaje y proyecciones. Lo disfruté, mucho, porque me dio perspectivas y pensé en mi familia, en lo que sentirá mi padre por sus padres ya fuera de este mundo y tan dentro de él día con día, “la condición de huérfano es brutal”, dice Vilas Matas en una entrevista con El País al respecto del libro, “tú tienes una identidad como hijo. Eres el hijo de tu padre y de tu madre. Son quienes te dieron los apaños para organizarte la vida”. Pensé en lo que deben sentir las madres que llevan muchos días sin ver a sus hijos y en su inmensa alegría cuando suene el timbre y vean que ahí están queriendo verla… yendo sólo a eso, a verla. Pensé en la memoria familiar, que es fundamental saber nuestra historia más allá de recuerdos que suelen compartirse en navidades y velorios.

Pero lo que más me gustó fue identificar lo poderoso que resulta un autor sin máscaras. Cuando la identidad es legítima en lo que se narra, sacude vidas y repercute en la esfera de lo real, no se queda solamente atrapada en páginas. Hay historias que convocan a la acción, historias que convocan a la alegría. Vilas lo logra al hablar de su familia. En ciudades de España que visitó para presentar su libro, se acercaron a él personas que conocieron a su padre de joven, a cierto tío, con su novela despertó del letargo a ciertos primos, ex parejas, pasado dormido dado por perdido.

Aunque no retuve ninguna cita textual, sí tengo en la mente la voz del narrador con ciertas frases. Lo comparo a la experiencia de ver por la ventana del tren un paisaje escurridizo que después encuentras dentro de ti con toda su belleza. Sucede algo similar con el audiolibro. Las palabras se nos acomodan en alguna parte, en el íntimo e intransferible paisaje sonoro construido con el oído, ese apabullado, saturado, noble sentido que necesita tregua y caricias entre tanta alarma y demanda. Dicen que, al morir, nos aferramos a seguir oyendo la vida… que dejamos de oler, de respirar, de ver, de saborear, pero que aún con todo tardamos en dejar de oír. Ha de ser porque tenemos en el alma la resonancia de un paisaje que perdura, hecho de voces y buenas palabras, y que hasta el último momento necesitamos del lenguaje con toda su hermosura.

Publicado en el Diario de Yucatán.

lunes, 25 de mayo de 2020

Aunque suene improbable



Eduardo Casar (1952).
Poeta mexicano.

Cuando tú ya no existas
continuará lloviendo.

Durante algunos meses.

Hasta que la lluvia —inocente primero,
luego perpleja y luego desquiciada—
caiga en cuenta de que tú ya no estás,
de que ya no te moja y entonces para qué.

Detendrá su caída.

Regresará a los cielos
hasta volverlos negros,
apretados y hostiles para siempre.

jueves, 21 de mayo de 2020

La conversación



Herbert. G. Lingren.

Hablo porque conozco mis necesidades,
dudo porque no conozco las tuyas.
Mis palabras vienen de mi experiencia de vida.
Tu entendimiento viene de la tuya.
Por eso, lo que yo digo, y lo que tu oyes,
puede no ser lo mismo.
Por lo que si tu escuchas cuidadosamente,
no sólo con tus oídos, sino también con tus ojos y tu corazón,
puede ser que logremos comunicarnos.


sábado, 16 de mayo de 2020

Postales de la vida a la que volveremos

Imagen de Maret Hosemann.


Por Addy Góngora Basterra.

domingo, 10 de mayo de 2020

El bambú de la memoria


Por Addy Góngora Basterra.

I


En Hueyapan de Ocampo, hace muchos años, hubo un cañaveral del que obtuvo lo mejor Gabriel Caldelas, mi bisabuelo, quien dedicó su vida y trabajo al azúcar.
—Don Gabrielito —le dijo cierto día un cañero, habiéndose quitado el sombrero y parado en el umbral de la bodega adaptada como oficina, en el cañaveral.
—Buen día Arnaldo. Dígame qué puedo hacer por usted —respondió desde su lugar de trabajo don Gabriel.
—Pues verá usted, vengo a pedirle permiso para ausentarme unos días. Quiero llevar a mi señora a Acayucan, ya sabe, a las fiestas de la virgen.
—Caray Arnaldo, pues qué bien. ¿Cuándo quiere irse?
—Pues el fin de semana si se puede, patrón.
—No solamente le doy el permiso —respondió don Gabriel—. Le daré algo más.
Desdoblando un pañuelo de pana rojo que tenía a su costado, sacó un par de monedas de oro que puso sobre la palma de Arnaldo, que se abrió instintivamente cuando don Gabriel se acercó.
—Que sea un feliz viaje. Rezas por mí en la parroquia de San Martín Obispo.
—¡Que Dios lo bendiga don Gabriel, a usted y a toda su descendencia! —se fue diciendo Arnaldo, poniéndose el sombrero y apurando el paso.

Pasaron pocos días y el cañero volvió. Tras la jornada de trabajo, llegó al umbral de la oficina, sudoroso y, nuevamente, quitándose el sombrero.
—¡Arnaldo! Hombre, ¿pero cómo le fue? —preguntó al verlo el personaje que sólo conocí por sus leyendas. ¿Qué le pareció Acayucan, la parroquia, las fiestas a la virgen?
Y Arnaldo, aquel hombre que nunca había salido de Hueyapan de Ocampo, atinó a contestar:
—Ay don Gabrielito… ¡lo que ve el que vive!

II

En algún lugar de Tailandia —por cierto, uno de los mayores exportadores de azúcar a nivel mundial—, atravieso caminos que evocan Yucatán. La vida rural se parece, los árboles son los mismos. Plátano, tamarindo, mango, papaya, flor de mayo, flamboyán, lluvia de oro, palmeras de coco, tan lejos de mi tierra y la tierra tan cerca de mí con sus prodigios de sombra y semilla. Así transcurre la travesía hasta llegar al alojamiento de esa noche, frente al río Kwai. ¿Se puede ser indiferente al sonido del agua cuando se duerme cerca, sea mar, lago, río, cascada? El agua siempre está pasando. Nosotros y el tiempo, aunque parezcamos quietos, también. Así vi pasar troncos de bambú flotando sobre el agua; canoas de cola larga. El sol alto, coronando el río, fabrica brillos color espejo, destellos que están y no están, que se desbaratan sin llegar a ser reflejo. Las cañas de bambú son tan frondosas y altas, pero tan altas, que el peso las dobla sin quebrarse, jugando al sismógrafo en la seda del agua. Es hipnótica la corriente, inasible en su belleza, por eso la retengo en este párrafo, como si le hiciera un dique con la memoria, para volver a ese instante esbelto entre cañas, música de agua y bambú, privilegio recobrado de uterino sonido, dulce e inofensivo.


III

Entre otras cosas, viajar nos sirve para ver en otros sitios lo que pensamos único, para expandir lo que creemos que sabemos. Nadie es dueño de la tierra ni de sus especies. Es al revés, nosotros somos de la fauna, a ella nos debemos, a sus frutos de sol y tierra y agua, a sus raíces milenarias. Sobre la calle Juan María Gutiérrez, casi esquina con Lafinur, en Buenos Aires, hay un patio que forma parte del restaurante del Museo Evita. Ahí me encontré frente a frente con una ceibita, aún con espinas en su tronco; días después vi una ceiba adulta en la carretera a Luján.

—Palo borracho —pronunció mi amiga argentina, sintiendo tan suyo el árbol como yo a mi…
—Ceiba —agregué.
—Palo borracho —repitió.

¿De dónde me inventé que la ceiba, con sus frutos y su alarde de ramas, era única y exclusivamente de Yucatán y que no había otro lugar en el mundo donde pudiera darse, crecer y vivir felizmente? ¿por qué quise pensar eso? Los árboles también tienen familias y, por lo tanto, sus variantes en la especie. Viajar sirve para darse cuenta de que hay más verdad y más mundo de lo que nos cuenta una leyenda. Que hay otras palabras en otros lugares que nombran aquello que consideramos único. Propio. Excepcional. Porque el mundo es mucho más que nuestro capricho de exclusividad.


IV

Muy probablemente mi abuela Carmelina, hija de don Gabriel, en pocos días me diga por teléfono, desde Veracruz, que así no fue lo del ingenio azucarero. Dignificará lo poco que conozco de mi ignoto y fascinante bisabuelo, muy probablemente relatará historia y hazañas ocurridas cerca del río Hueyapan y posteriormente en Jalisco, en el ingenio de Tala. Porque ella —que en julio de 1953 tuvo en Acayucan uno de sus diez partos—, sí que ha visto y sí que ha vivido en el cotidiano viaje de existir. Como han visto y han vivido tantas y tantas abuelas que crecen como ceibas por el mundo, con nombres distintos y tan similares en sus formas de pararse en la tierra para dar nido y dar raíces.

Es buen tiempo para levantar el teléfono, escuchar una voz, esa voz y preguntar amorosa y auténticamente por troncos del árbol genealógico. Porque la memoria familiar es como esas varas de bambú en el río Kwai, dobladas por su carga, marcando a las generaciones que pasan. Me gusta pensar que lo mejor que puede pasarnos en estos días, es que tías y abuelos, hermanas y padres, primos y madres, abuelas y nietos —en sinfonía natural como el cañaveral cuando sopla el viento— se hablen y escuchen sus historias, expandiendo la belleza familiar en el horizonte de los recuerdos.

Publicado en el Diario de Yucatán.

sábado, 9 de mayo de 2020

La esperanza

Ilustración de Iveta Karpathyova.


Rebecca Solnit (1961). 
Escritora estadounidense.

Fragmento del libro "Esperanza en la oscuridad".

«La relación causa-efecto asume que la historia marcha hacia adelante, pero la historia no es ningún ejército. Es un cangrejo que avanza de lado, una gota de agua dulce que horada la piedra, un terremoto que rompe siglos de tensión. A veces una persona inspira un movimiento, o décadas después sus palabras lo hacen. A veces unas cuantas personas apasionadas cambian el mundo. A veces ponen en marcha un movimiento de masas y son millones quienes lo hacen. A veces una misma furia o un mismo ideal agita a estos millones de personas y el cambio nos sobreviene como si se tratara de un cambio de estación. Todas estas transformaciones tienen en común que su origen radica en la imaginación, en la esperanza. Tener esperanza es apostar. Apostar por el futuro, por tus deseos, por la posibilidad de que un corazón abierto y la incertidumbre son mejores que el pesimismo y la seguridad. Tener esperanza es peligroso, y, con todo, es lo contrario al miedo, puesto que vivir es arriesgar».


domingo, 3 de mayo de 2020

La fábrica del futuro



Por Addy Góngora Basterra.

I


Serena Williams nunca olvidará el sábado 7 de septiembre de 2019. Recordará cómo una canadiense de 19 años, incipiente leyenda en el tenis de mujeres, desplegó su talento deportivo en dos sets para coronarse en el US OPEN.

Aquel sábado fue evidente el desconcierto de quien acostumbra arrasar con sus rivales. Ansiedad y lenguaje corporal delataron lo que la mente anticipaba: la derrota. Serena desesperada. Ella parecía la novata y no Bianca Andreescu, quien jugó su primer Grand Slam y lo ganó: ¡el sueño de cuántas jóvenes empuñando una raqueta! Bianca construyó mentalmente ese momento desde los diez años, “algún día jugaré contra ella y podré vencerla”, pensaría posiblemente tras ver los partidos de la Williams. Con ferocidad, determinación y estrategia, lo logró.

II


He estado pensando en el futuro. Que las parejas se unen para forjar futuro; que invertimos en fondos de ahorro por seguridad para el futuro; que aceptamos trabajos por beneficios a futuro. Y sin embargo, a veces me parece que esa palabra «futuro» resbala por un tobogán laaaaaaaaaaaaaaaaaaargo y retorcido que se va lejos, muuuuuuuy lejos y ¡s p l a s h! , por allá queda hecho partículas a las que el tiempo da coherencia.

Pero siempre llega, y tal vez nunca como ahora habíamos sido tan conscientes de la importancia de tenerlo asegurado. Jugando con la idea me pregunté: «si el futuro fuera un objeto, ¿qué sería?». Me imaginé un ancla. Un ancla hacia adelante, algo que nos mantiene firmes y nos estructura, algo que sabemos que ahí está: un compromiso en la agenda, la compra de una propiedad, un viaje anheladísimo.

Entonces recordé cuando, hace unos años, un grupo de amigas tuvo un percance en el mar: el motor de la lancha donde paseaban se descompuso. Por la profundidad, el ancla no llegó al fondo y no tuvo donde atorarse. Estuvieron a la deriva, el viento cambió, veían cada vez más y más cerca el muelle de Progreso… hasta que se estrellaron contra los yacses. Descalzas y en traje de baño, a esas piedras deformes y astilladas saltaron una por una, valientemente aterradas, poniéndose a salvo con decisiones tomadas a tiempo. Con el golpe frenético el casco se cuarteó, inundó y se hundió. Hoy pienso al futuro como al ancla de esa lancha flotando sin ton ni son.

III


Horas le he dado vueltas a una frase que Virginia Woolf escribió en su diario: "El futuro es oscuro, que es lo mejor que puede ser el futuro, creo". Me desconcertó a primera lectura eso de “futuro oscuro” y creo entender por qué. Uno siempre espera que el futuro sea luminoso, brillante. Que esté ahí esperándonos, erguidito y educado, caballerosamente. Pero el futuro no existe. Por eso la incertidumbre dominante de las últimas semanas, porque no sabemos lo que va a pasar, porque lo que teníamos claro, ya no lo está —la fecha de la boda, el itinerio de vuelos, el pactado encuentro, la cumbre de negocios, la feria del libro, la rutina acostumbrada, los tantos proyectos— y de abrupta manera, esta década nos recuerda que el futuro es eso que todos los días —como individuos, como pareja, comunidad y nación— vamos imaginando y construyendo.

Tal vez la realidad quiere advertirnos que el futuro oscuro nos presenta oportunidades de creación y renovación, una oscuridad entendida como el espacio donde suceden hechos poderosos: de noche imaginamos, de noche hacemos el amor, de noche descansamos, de noche decidimos, de noche reconfiguramos.

Posiblemente, cuando amanezca, esa oscuridad nos habrá permitido reconocer que no queremos pasar más tiempo en el trabajo actual, que ni la S.A.P.I de C.V ni los posibles socios nos convienen, que nuestro matrimonio hace tiempo que dejo de serlo, que ese amor es impostergable y nos lo merecemos, que debemos darnos tiempo para lo que nos gusta, que nuestra casa, así como está, es el mejor lugar, que han sido absurdos los años sin reconciliación, que las decisiones de hoy cimientan la vida de mañana.

Si le entendí bien a Virginia Woolf, tiene razón: si ese futuro oscuro nos permite encontrar luz, puede ser el mejor futuro.

IV


Cuando recordé la entereza y confianza con la que Bianca Andreescu salió a la cancha, pensé una vez más en la gran metáfora de la vida que es el tenis. De aquella final, el aprendizaje fue reconocer que —si bien el juego de Andreescu fue exquisito—, Serena Williams se venció a sí misma mentalmente. Cuando el ancla de su talento y la fuerza innegable de su cuerpo no encontraron fondo y se sintieron a la deriva, cesó la seguridad y se hundió en el marcador que coronó a su oponente.

Cada quien sabrá cuál es su futuro oscuro y llevarlo a la cancha de su talento. Punto por punto y día por día, en los estadios de la vida nuestras decisiones fabrican lo que somos, exigiendo nuestra consciente y mejor jugada para con destreza forjar el porvenir.

Publicado en el Diario de Yucatán.

viernes, 1 de mayo de 2020

Un millón de sandías




Isidoro Blaisten (1933-2004).
Escritor argentino.

Resulta que dos negros estaban dormidos en las laderas del Mississippi. Uno de los dos se desperezó, bostezó, suspiró y dijo:

—Cómo me gustaría tener un millón de sandías.

El otro negro preguntó:

—Rostus, si tuvieras un millón de sandías, ¿me darías la mitad?
—¡No!
—¿No? ¿No me darías un cuarto?
—No, no te daría un cuarto.
—Rostus, si tuvieras un millón de sandías, ¿no me darías diez sandías?
—No.
—¿No me darías siquiera una sandía? ¡A mi que soy tu amigo!
—Mira, Sam, si tuviera un millón de sandías, no te daría una sola raja siquiera, una sola tajada de sandía.
—Pero, ¿por qué, Rostus?
—Porque eres demasiado perezoso para soñar por ti mismo.