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viernes, 17 de abril de 2020

Yo bailo

Foto de Nihal Demirci.

Por Mariana Moreno Arjona.

Son las 7:30 am y suena el despertador en mi celular. Semanas atrás la alarma estaba programada a las 5:30 am. Me levanto de un brinco, salgo al balcón de mi cuarto, observo los árboles que me rodean, reflejando el sol. Escucho a los pájaros, agradezco por un nuevo día.

—¡Buenos días! —le digo a mis hijos, recién bañada—. Están armando legos y no me hacen caso. Ahora que no van al colegio aprovechan la oportunidad para levantarse temprano y jugar… y jugar… y jugar. —¡Buenos días, hijos, que me volteen a ver! —les sonrío y le doy un beso a cada uno.

—Buenos días, mamá —responde Alesh moviendo su carita hacia mí, pero sin quitar los ojos de lo que está armando.

—Buenos días, mami —dice Esteban y me abraza.

—Voy a mi clase de ballet y después desayunamos —les anuncio.

No me pongo mallas, hay mucho calor y, al estar en mi casa, sólo uso leotardo y un short calentador. Me pongo mis zapatillas de media punta, un poco viejas; ya debía comprar unas nuevas, pero las tiendas están cerradas y lo estarán por tiempo indefinido. Así que ya lista y con chongo en la cabeza me dispongo a preparar el espacio.

Conecto la computadora, muevo la mesa, pesa un poco, así que lo hago por partes y tomo una silla café del comedor para que sea “mi barra”. Los primeros días hicimos únicamente ejercicios de la barra, pero conforme pasan los días completamos la clase y ahora hacemos todo el centro, así que necesito más espacio para poder bailar, por lo que decido hacer hoy mi clase entre la sala y el comedor.

Alex sí tiene que ir a la oficina, así que mientras espero el link para conectarnos a la clase, le preparo un licuado y un sándwich para llevar, claro, además del bicarbonato con limón, la vitamina c, los probióticos y el agua fría con aceite de romero, porque debemos fortalecer nuestro sistema inmunológico. ¡Todo un ritual!

—¡Adiós, niños… que tengas buen día, Mara, gracias por el desayuno!

Me da un beso en la frente y se va. Me estiro un poco. A las 8:30 se abre la clase. ¡Cómo la extraño!

—¡Listas chicas! Vamos a empezar con unos pliés —nos indica la maestra, dándole play a la música, que suena al otro lado de la computadora.

Todas nos emocionamos al vernos, aunque sea en la pantalla. Nos saludamos, nos sonreímos. Empezamos los ejercicios y se siente bien estirar el cuerpo, regresar a la rutina… bueno, inventar una nueva rutina. Es raro, diferente, pues en mi casa no tengo duela de madera ni barra fija. No hay espejos. Ya vamos en los ronds de jambe.

—¡Que lo disfruten! —dice la maestra desde la academia donde transmite la clase. —¡Báilenlo!—. A veces estamos tan concentradas en los ejercicios que olvidamos disfrutar. —Recuerden respirar, estiren bien las rodillas —nos corrige.

—¡Mamá! No encuentro el lego rojo que me falta, ¿me ayudas a buscarlo?

Cuando escucho sus vocecitas recuerdo que estoy en mi casa y no en la academia.

—¡Del otro lado, chicas! —nos indica la maestra.

Es mi lado favorito, tengo vista al jardín, los árboles se balancean con el viento, el sol brillante se refleja en las plantas, los pajaritos se acercan a tomar agua de la piscina y una que otra mariposa revolotea sobre la Flor de mayo blanca.

—Entonces no está tan mal —pienso—. No importa que no tenga una barra o que no tenga espejo, mi vista es muy bonita. Qué maravilla que la tecnología nos permita seguir y que, a pesar de las circunstancias, podamos bailar. No estoy en mi salón, pero la clase la da mi maestra y también están mis amigas bailarinas. No estoy en mi salón, pero sigo bailando.

—¡Mamá! ¿Me ayudas? Se atoraron estas piezas.

Ya van varias veces que me llaman los niños, aprovecho que están marcando el siguiente ejercicio y subo a verlos, rápidamente desarmo lo que necesitan, encuentro el lego rojo y armo una parte más. Bajo corriendo. Tomo agua fría.

La música de Paquita me dice que ya vamos en los battements frappés y recuerdo con cariño aquella función donde bailamos la Fantasía Española. Terminamos la barra con los grands battements y nos estiramos.

—Cada quien se estira como quiera. Hagan espacio, chicas, vamos al centro —dice la maestra.

Por la pantalla de la computadora se nos ve a todas moviendo sillas, mesas, todo aquello que nos permita hacer los ejercicios del centro cómodamente. Se siente bien. Hacemos unos saltos de calentamiento y terminamos con un vals. ¡Qué creatividad en cada ejercicio para hacer que no nos movamos tanto y podamos hacerlo cada una en el espacio que disponemos!

Al final de la clase vemos que estuvimos conectadas 27 bailarinas, algunas en la playa, otras en Mérida. Nos sonreímos nuevamente, nos despedimos. Ya puede empezar mi día, tengo muchas bendiciones y la felicidad de encontrar en mi casa un espacio que me llena el alma en cada paso. Al igual que yo, las demás siguieron la clase de ballet en su sala, otras en su balcón, en su terraza o en su cuarto. No podemos salir de casa, pero todas bailamos. No importa el escenario, todas bailamos.

Yo bailo.

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Además de bailarina, esposa y madre de familia, Mariana es la sexta de siete hijos y Asesora Profesional en Seguros y Responsabilidad Financiera.


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