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miércoles, 29 de abril de 2020

El mejor de los quiroprácticos

Me llevó meses volver a engancharme con una novela tras acabar esta de Amor Towles. A cinco meses de su lectura y estando #EnCasa, pienso en el conde escuchando música en su pequeña habitación, lleno del mundo que habita su mente. Este es mi personal homenaje al libro como objeto y a esos maravillosos lugares que llamamos libreros.

Por Addy Góngora Basterra.

I


«Esta historia es lo mejor de las personas», me dijo una amiga al darme un libro obeso para el standard. «Es lo que necesito», respondí, pues por esos días terminé las ocho temporadas de «Juego de Tronos». Aún me sentía aturdida como fascinada por los requiebros y personajes de la ficción que a tantos espectadores ha cautivado.

Es por eso que la segunda novela de Amor Towles (Boston, 1964) me cayó como antídoto para paliar sangre, violencia, fuego, traiciones y acero. Durante los días que me llevó leer «Un caballero en Moscú» (Salamandra, 2018), tuve la voyeur delicia de seguir los pensamientos, intimidad e integridad del Conde Rostov durante su obligada estancia en el Hotel Metropol de Moscú, al que un comité revolucionario lo recluyó en 1922 a modo de vitalicio arresto domiciliario.

Este libro, que leí en noviembre del año pasado, atrajo particularmente mi curiosidad por una línea de la contraportada: «así, a lo largo de más de tres décadas, el Conde verá pasar la vida confinado tras los inmesos ventanales del Metropol». Empecé a leer esa misma noche y pensé en lo dichosas que son algunas personas al saber darle la vuelta a infortunios, como lo hace magistralmente el protagonista. El Conde, tras una vida culta y distinguida, debe habituarse a un cuarto de hotel para luego trasladarse inesperadamente a una buhardilla de nueve metros cuadrados, despojado de varias de sus pertenencias más queridas… ¡para el resto de sus días! Así es como los lectores nos adentramos a su exquisita calidad humana y atestiguamos de qué manera libros, música, amigos verdaderos y su capacidad de adaptación hacen que su modesta habitación sea el mejor de los universos. De más está decir que con el #QuédateEnCasa he recordado en varios momentos la novela. El Conde estuvo ahí más de treinta años… ¡treinta años! viendo huéspedes y décadas pasar, acompañado —eso sí— por Chopin, Chaikovsky, Rachmaninov y, por supuesto, célebres novelas rusas.

II


El año pasado la puerta principal de mi departamento estaba de pena, le urgía mantenimiento: el sol de Yucatán le da de lleno. Así que vinieron los expertos a darle al bloque rectangular de cedro dignidad y porvenir.

Aprovechando la visita, le pedí al carpintero que le diera una manita de gato al librero, parte de la memoria e inventario nostálgico de mi familia. En él, tres hermanas aprendimos a leer y escribir, sumar y restar —sobretodo a sumar—, de amor y desamor.

Si los muebles tuvieran memoria, este sería uno de los que dan fe de cómo las niñas crecen y de todo lo que les pasa en el inter. Con tres cajones —uno para cada quien— esta belleza fue durante décadas nuestro escritorio de tareas y juguetero, por eso, en honor a los seres que ahí habitaron, conservo una vaquita de mi hermana menor que tras dar dos pasos decía muuuu y movía la cola. Basta mirarla para escuchar el muuuu que conjura el cuarto de infancia de tres hermanas, dos grandes espejos y una alfombra verde.

A los pocos días, cuando el carpintero regresó y vio el librero habitado por ejemplares de temas y tamaños diversos, le dio a títulos y autores un paseíto con los ojos.

—So-fo-cles —leyó en voz alta, partiendo en sílabas el nombre.

Volteó a verme, preguntando:

—¿Todos estos libros son porque necesita alimentarse?

—Sí —respondí con gran, pero gran sonrisa, reconociendo en su poética verdad el banquete que siempre encuentro en el buffet de papel empotrado a la pared.

III


En un video del Instituto Cervantes —como parte de la campaña «La libertad es una librería» con motivo del Día Internacional del Libro—, Joaquín Sabina mencionó que él, que es miedoso, no siente temor del confinamiento porque tiene muchos libros: «Los libros acaban con la soledad, hace muchísimos años que yo no estoy solo, desde que aprendí a leer».

Qué regocijo tener libros que, además de acompañarnos, nos alineen alma y esqueleto como el mejor de los quiroprácticos. Quien reconoce un buen poema o una buena historia, sabe a qué me refiero; cuando al dar la vuelta a la página sabes que, aunque la vida sigue aparentemente igual, tú nunca más lo serás. Porque algo distinto existe. Invisible e intangible hay cierto consuelo, cierta riqueza. Y uno entiende que si una historia cuenta y reúne lo peor del ser humano —la vida puede ser cruel—, habrá también una historia que cuente y reúna lo más sublime —la vida puede ser buena—, antídoto y veneno donde la creatividad equilibra y dignifica esta especie nuestra, ávida por consumir contenidos que, además de sumergirnos en otras vidas desde el sofá, nos generen remanso de paz.

Publicado en el Diario de Yucatán.

jueves, 23 de abril de 2020

El banquete

El 23 de abril se conmemora el Día Internacional del Libro. Este es mi pequeño tributo a ese objeto maravilloso y único que nutre nuestras vidas.

Por Addy Góngora Basterra.

El año pasado la puerta principal de mi departamento estaba de pena, le urgía mantenimiento: el sol de Yucatán le da de lleno. Así que vinieron los expertos a darle al bloque rectangular de cedro dignidad y porvenir.

Aprovechando la visita, le pedí al carpintero que le diera una manita de gato al librero, parte de la memoria e inventario nostálgico de mi familia. En él, tres hermanas aprendimos a leer y escribir, sumar y restar —sobretodo a sumar—, de amor y desamor.

Si los muebles tuvieran memoria, este sería uno de los que dan fe de cómo las niñas crecen y de todo lo que les pasa en el inter. Con tres cajones —uno para cada quien— esta belleza fue durante décadas nuestro escritorio de tareas y juguetero, por eso, en honor a los seres que ahí habitaron, conservo una vaquita de mi hermana menor que tras dar dos pasos decía muuuu y movía la cola. Basta mirarla para escuchar el muuuu que conjura el cuarto de infancia de tres hermanas, dos grandes espejos y una alfombra verde.

A los pocos días, cuando el carpintero regresó y vio el librero habitado por ejemplares de temas y tamaños diversos, le dio a títulos y autores un paseíto con los ojos.

—So-fo-cles —leyó en voz alta, partiendo en sílabas el nombre.

Volteó a verme, preguntando:

—¿Todos estos libros son porque necesita alimentarse?

—Sí —respondí con gran, pero gran sonrisa, reconociendo en su poética verdad el banquete que siempre encuentro en el buffet de papel empotrado a la pared.

martes, 21 de abril de 2020

Navidades en septiembre

Almudena Grandes durante una entrevista.
Foto: Jeosm.

Almudena Grandes. 
(Madrid, 1960).

Carlos abrió con su llave y en seguida se dio cuenta de que pasaba algo extraño.

—¿Abuela?

Desde que empezó la carrera, iba casi todos los días a comer a aquella casa antigua, tranquila, un tercer piso de suelos de tarima y muebles de madera con un largo pasillo que desembocaba en los balcones del salón, visillos con encajes y una orgía de geranios de todos los colores. Su dueña estaba a punto de cumplir ochenta años, pero no sólo se valía por sí misma. Él sabía mejor que nadie por cuántas mujeres valía, porque ninguna otra le mimaba tanto ni le cuidaba tan bien como ella.

—Abuela…

Al enfilar el pasillo, distinguió al fondo un resplandor absurdo, intermitente y coloreado, que no alcanzó a explicarse. Primero supuso que habrían colocado un neón en la fachada de alguna tienda de la acera de enfrente, pero eran las dos y media de la tarde de un día del otoño recién estrenado, aún templado, luminoso. Al precio que se había puesto la luz, nadie derrocharía electricidad en un anuncio a aquellas horas. Avanzó con cautela un paso, luego, otro, descubrió que el suelo del pasillo estaba sucio y empezó a asustarse de verdad. Definitivamente, allí pasaba algo raro. La suciedad, en cualquiera de sus variantes, era incompatible con la naturaleza de su abuela, y sin embargo, al agacharse, encontró un fragmento de algo blanco, un poco más allá, otro, y otro más. Parecían miguitas de pan, pero al apretarlos con la uña le parecieron virutas de poliuretano expandido, ese material que se usa para proteger los objetos en sus embalajes. Eso ya era demasiado y por eso la llamó a gritos, por tercera vez, por su propio nombre.

—¡Martina!

Siguió avanzado hasta que su nariz le obligó a detenerse. Martina, su abuela, estaba bastante sorda, pero seguía cocinando como los ángeles y en el recodo que llevaba a la cocina olía a cocido. Y no a un cocido corriente, como el que hacía su madre en la olla exprés, que los garbanzos siempre le salían duros y la patata desecha, sino al cocido de su abuela, el caldo aromatizado con hierbabuena, lo que tenía que estar blando, blando, lo que tenía que estar duro, duro, todo exquisito. Aquel delicioso perfume le tranquilizó antes de que tuviera tiempo de pensar que igual se había desmayado después de hacer la sopa, y corrió a la cocina para encontrarla desierta.

—¡Uy, hijo, qué susto me has dado! —tuvo que darse la vuelta para verla en la puerta, con una mano apoyada en el pecho—. Espera, que voy a enchufarme el aparato… —y sólo después de hurgarse en el oído, le abrió los brazos y fue hacia él—. ¿Cómo estás, cariño? ¿Qué tal las clases?

Definitivamente, allí pasaba algo raro. Por eso la llamó a gritos, por tercera vez, por su propio nombre

Carlos la abrazó y la besó muchas veces antes de confesarle que él sí que se había asustado, y mucho, porque en aquella casa pasaba algo raro. ¡Te has dado cuenta!, ella sonrió como una niña gamberra, ahora lo verás, pero de momento tienes que cerrar los ojos porque es una sorpresa…

Él obedeció de buena gana, paladeando aún la tranquilidad que había sucedido al miedo, y tendió la mano hacia su abuela para que le guiara como si volviera a tener cinco años.

—Ahora ya puedes mirar —también la obedeció en eso—. ¡Tachán!

Carlos vio el árbol de Navidad repleto de adornos, bolas, estrellas, angelitos, duendes, casitas y un centenar de luces encendidas parpadeando sin descanso entre la purpurina y el cristal. Entonces lo entendió todo, el resplandor al fondo del pasillo, el suelo sucio, el silencio de su abuela, pero eso no le tranquilizó. Ella se dio cuenta, y volvió a sonreír.

—No me he vuelto loca, ¿sabes? Sé de sobra que estamos en septiembre, tengo la cabeza perfectamente, no te asustes, pero… Tú sales, ¿no?, y entras, andas por la calle, te diviertes, pero yo… Yo estoy todo el día aquí, oyendo la radio, la televisión, y que no hay futuro, que no hay trabajo, que privatizan los hospitales, que me van a rebajar la pensión… Y si fuera joven no pasaría nada, porque para crisis, las que me he chupado yo, hijo mío. Pero nosotros podíamos, nosotros éramos fuertes, estábamos acostumbrados a sufrir, a emigrar, a pelear, y sin embargo, ahora… No te ofendas, pero ahora sois de una pasta más blanda, así que he pensado… ¿Qué podría hacer yo para animarme, para animarles a ellos? Y ya sé que parece una tontería, pero es que estoy harta de tristeza, Carlos, y todavía más harta de resignación.

Su nieto la miró, miró al árbol, volvió a mirarla.

—Feliz Navidad en septiembre, abuela.

Ella se echó a reír y le abrazó.

—Feliz Navidad.

Publicado aquí.

lunes, 20 de abril de 2020

Palabras que son flecha

Foto de @larah.c.v (Instagram).
Por Addy Góngora Basterra.

I


En Astorga alguien nos habló de Castrillo de los Polvazares. Nos dijeron que era un pueblo encantador, representativo de la comarca de Maragatería. Para llegar ahí, debíamos desviarnos de la ruta para llegar a nuestro destino del día, Rabanal del Camino. Añadir dos horas adicionales cuando llevas 27 días caminando y centenas de kilómetros en las piernas, no es cualquier cosa. Pero quisimos ir. Era de las experiencias que queríamos añadir al ya de por sí increíble Camino de Santiago. Y fuimos. Era domingo y era junio, el sol estaba implacable como suele serlo por esas fechas en la provincia de León, España.

El camino de asfalto que nos llevó al acceso del pueblo parecía diseñado a modo de set cinematográfico: fin de carretera negra que da inicio a histórico camino empedrado. La inolvidable paleta abigarrada en tonos sepia alardeaba en las piedras: café, ocre, anaranjado, beige, sepia, marrón. Todo en esos colores: la calle, las casas, las bancas adosadas a paredes. Piedra, el pueblo entero de piedra, casas arrieras con aleros en el tejado, casas de piedra con puertas y ventanas de madera robusta y vieja pintadas de colores, contrastando con el cielo claro y macetas con flores en portales y balcones.

Tras cruzar la frontera del asfalto al empedrado, nos saludó una señora mayor que parecía ir a algún mandado. Respondí cortésmente con mi español mexicano diciéndole lo bonito que me parecía la entrada al lugar. Sonrió, asintió, se fue. No volvimos a ver a nadie más ni hubo rastro de que alguien anduviera. Todo estaba cerrado: casas, albergues, tiendas, hostales, bares, iglesia. Sólo hallé a dos perros echados a la sombra de una pared. Nos vieron desinteresados, acostumbrados, supongo, a ver siempre a peregrinas.

De asombro íbamos en silencio, admirando. Como los perros, encontré una sombra, me quité la mochila para darle alivio a la espalda y me recosté sobre una banca tras descalzarme para darle respiro y frescura a los pies, héroes de la travesía. Desde esa perspectiva horizontal miré Castrillo de los Polvazares. A casi tres años puedo volver a ese momento. Sentir el calor, el descanso y la emoción de estar en lugar nuevo, preguntándome: ¿en dónde están todos?

II


«Posiblemente estoy viviendo esto por única vez en mi vida», suelo pensar cuando viajo. No tengo certeza de si volveré a tal o cual lugar aunque, ya lo sabemos, nadie se baña dos veces en el mismo río y, como parafrasea Luis García Montero, “Imprevisible amor de muchos años. Nadie besa dos veces a la misma mujer”. Es único y distinto cada beso como es único y distinto cada momento. De las últimas semanas, ¿realmente un día es gemelo del anterior? Si la respuesta es sí, ¿qué hace falta de nosotros para encontrar esos detalles que hacen únicos nuestros momentos a lo largo de cada día?

Movida por lo anterior, cambié la distribución de mi estudio y acomodé el escritorio de manera tal que puedo ver desde mi tercer piso la frondosa copa de varios árboles y, si me despierto a tiempo, el amanecer por entre el follaje. Cuando miro desde mi silla de escritorio, giratoria, por esa ventana — cuatro veces más grande que la de mi habitación — parece que no ha pasado nada en la ciudad ni en el ritmo de sus habitantes. En la copa de los árboles todo está normal… y hasta mejor. Si lo sabrán loros y pájaros, que andan muy cantarines últimamente… ¿o será el silencio de las calles y nuestra disposición sensorial que nos da la oportunidad de prestar atención a eso que siempre ha estado? Me parece que, el trasfondo de todo este asunto, es que nos está mostrando cómo respondemos emocionalmente a lo que sucede, tanto en lo personal como en lo familiar y colectivamente.

Hoy sé que esa respuesta emocional fue la que me permitió, aquel domingo en Castrillo de los Polvazares, en plena maragatería de León y Castilla, disfrutar la experiencia con todos los sentidos, desde lo ingrato y agotador hasta lo inimaginablemente positivo. Pude ponerme de muy mal humor porque lo que más deseaba era entrar a una casa arriera y beber un par de cañas, bálsamo indudable para el golpe del calor. Pero hice lo que estaba a mano: simplemente zafarme las botas, descansar el cuerpo, respirar tranquilamente y disfrutar ese paisaje empedrado, siendo consciente de presenciar un privilegio, quizá por única vez en mi vida.

III


Somos muchos los que necesitamos escribir lo que está pasando. Escribir ayuda a entender. Pero también, escribir nos permite llevar un registro que en unos años sea útil, como si las palabras de hoy fueran la caja de herramientas de mañana. Tal es lo que encuentro en experiencias como la del Camino de Santiago, donde acompañé emociones, hallazgos y aprendizajes en un cuaderno de notas.

Por eso, como una persona igual al resto, llena de incertidumbre, con planes, negocios, viajes y abrazos que se aplazan, elijo darme pausas para escribir y ordenar esa involuntaria respuesta emocional ante lo que sucede afuera. En mi calle vacía detengo el andar, me descalzo y relajo el cuerpo, me recuesto sobre la espalda del cuaderno y encuentro palabras que son marcas, como esas flechas amarillas en todas las rutas que llevan a Santiago de Compostela y que otros dejan para orientar a peregrinos que, entre tanto sendero, de pronto no saben por dónde continuar.

Las palabras son flechas amarillas que auxilian. Sea columna, poema o novela de ficción, es buen momento para reivindicar todas esas voces que al darnos buenas palabras nos ayudan, oh sí, a vivir mejor.

Publicado en el Diario de Yucatán.

viernes, 17 de abril de 2020

Yo bailo

Foto de Nihal Demirci.

Por Mariana Moreno Arjona.

Son las 7:30 am y suena el despertador en mi celular. Semanas atrás la alarma estaba programada a las 5:30 am. Me levanto de un brinco, salgo al balcón de mi cuarto, observo los árboles que me rodean, reflejando el sol. Escucho a los pájaros, agradezco por un nuevo día.

—¡Buenos días! —le digo a mis hijos, recién bañada—. Están armando legos y no me hacen caso. Ahora que no van al colegio aprovechan la oportunidad para levantarse temprano y jugar… y jugar… y jugar. —¡Buenos días, hijos, que me volteen a ver! —les sonrío y le doy un beso a cada uno.

—Buenos días, mamá —responde Alesh moviendo su carita hacia mí, pero sin quitar los ojos de lo que está armando.

—Buenos días, mami —dice Esteban y me abraza.

—Voy a mi clase de ballet y después desayunamos —les anuncio.

No me pongo mallas, hay mucho calor y, al estar en mi casa, sólo uso leotardo y un short calentador. Me pongo mis zapatillas de media punta, un poco viejas; ya debía comprar unas nuevas, pero las tiendas están cerradas y lo estarán por tiempo indefinido. Así que ya lista y con chongo en la cabeza me dispongo a preparar el espacio.

Conecto la computadora, muevo la mesa, pesa un poco, así que lo hago por partes y tomo una silla café del comedor para que sea “mi barra”. Los primeros días hicimos únicamente ejercicios de la barra, pero conforme pasan los días completamos la clase y ahora hacemos todo el centro, así que necesito más espacio para poder bailar, por lo que decido hacer hoy mi clase entre la sala y el comedor.

Alex sí tiene que ir a la oficina, así que mientras espero el link para conectarnos a la clase, le preparo un licuado y un sándwich para llevar, claro, además del bicarbonato con limón, la vitamina c, los probióticos y el agua fría con aceite de romero, porque debemos fortalecer nuestro sistema inmunológico. ¡Todo un ritual!

—¡Adiós, niños… que tengas buen día, Mara, gracias por el desayuno!

Me da un beso en la frente y se va. Me estiro un poco. A las 8:30 se abre la clase. ¡Cómo la extraño!

—¡Listas chicas! Vamos a empezar con unos pliés —nos indica la maestra, dándole play a la música, que suena al otro lado de la computadora.

Todas nos emocionamos al vernos, aunque sea en la pantalla. Nos saludamos, nos sonreímos. Empezamos los ejercicios y se siente bien estirar el cuerpo, regresar a la rutina… bueno, inventar una nueva rutina. Es raro, diferente, pues en mi casa no tengo duela de madera ni barra fija. No hay espejos. Ya vamos en los ronds de jambe.

—¡Que lo disfruten! —dice la maestra desde la academia donde transmite la clase. —¡Báilenlo!—. A veces estamos tan concentradas en los ejercicios que olvidamos disfrutar. —Recuerden respirar, estiren bien las rodillas —nos corrige.

—¡Mamá! No encuentro el lego rojo que me falta, ¿me ayudas a buscarlo?

Cuando escucho sus vocecitas recuerdo que estoy en mi casa y no en la academia.

—¡Del otro lado, chicas! —nos indica la maestra.

Es mi lado favorito, tengo vista al jardín, los árboles se balancean con el viento, el sol brillante se refleja en las plantas, los pajaritos se acercan a tomar agua de la piscina y una que otra mariposa revolotea sobre la Flor de mayo blanca.

—Entonces no está tan mal —pienso—. No importa que no tenga una barra o que no tenga espejo, mi vista es muy bonita. Qué maravilla que la tecnología nos permita seguir y que, a pesar de las circunstancias, podamos bailar. No estoy en mi salón, pero la clase la da mi maestra y también están mis amigas bailarinas. No estoy en mi salón, pero sigo bailando.

—¡Mamá! ¿Me ayudas? Se atoraron estas piezas.

Ya van varias veces que me llaman los niños, aprovecho que están marcando el siguiente ejercicio y subo a verlos, rápidamente desarmo lo que necesitan, encuentro el lego rojo y armo una parte más. Bajo corriendo. Tomo agua fría.

La música de Paquita me dice que ya vamos en los battements frappés y recuerdo con cariño aquella función donde bailamos la Fantasía Española. Terminamos la barra con los grands battements y nos estiramos.

—Cada quien se estira como quiera. Hagan espacio, chicas, vamos al centro —dice la maestra.

Por la pantalla de la computadora se nos ve a todas moviendo sillas, mesas, todo aquello que nos permita hacer los ejercicios del centro cómodamente. Se siente bien. Hacemos unos saltos de calentamiento y terminamos con un vals. ¡Qué creatividad en cada ejercicio para hacer que no nos movamos tanto y podamos hacerlo cada una en el espacio que disponemos!

Al final de la clase vemos que estuvimos conectadas 27 bailarinas, algunas en la playa, otras en Mérida. Nos sonreímos nuevamente, nos despedimos. Ya puede empezar mi día, tengo muchas bendiciones y la felicidad de encontrar en mi casa un espacio que me llena el alma en cada paso. Al igual que yo, las demás siguieron la clase de ballet en su sala, otras en su balcón, en su terraza o en su cuarto. No podemos salir de casa, pero todas bailamos. No importa el escenario, todas bailamos.

Yo bailo.

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Además de bailarina, esposa y madre de familia, Mariana es la sexta de siete hijos y Asesora Profesional en Seguros y Responsabilidad Financiera.


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sábado, 11 de abril de 2020

There’s no place like home

Foto de Thanos Pal.



Por Addy Góngora Basterra.

Pensémoslo así: nuestras vidas tendrán un antes y un después del dos mil veinte. A nivel global ni las ciudades ni los trabajos ni las relaciones volverán a ser lo que eran cuando la pandemia haya pasado. Porque pasará. Esto también pasará, dijo el sabio. Lo que estamos viviendo aparecerá en la línea del tiempo como tantas enfermedades que han azotado a la humanidad.

Hace quince años, justo por estos días de abril, me inicié en el aprendizaje de estar sola conmigo. Porque no es un don, es una fortaleza que se autoconstruye. Tenía 23 años, algunos días de haberlos cumplido y la ilusión de vivir en Argentina un tiempito mientras estudiaba una maestría en literatura. En Buenos Aires entendí lo que el poeta y cineasta ruso Andrei Tarkovsky mencionó en uno de sus discursos: «Cada persona necesita aprender desde la infancia cómo pasar tiempo con uno mismo». Experimenté algo parecido a esa «infancia», pasando mucho tiempo conmigo misma, very alone by myself on my own.

Hoy estoy en México con 38 años en el silencio de mi habitación, usando el tocador a modo de escritorio. Si levanto la mirada del cuaderno, me encuentro conmigo, duplicada en el espejo. Si bajo la mirada del espejo, me encuentro conmigo, duplicada en el cuaderno. Escribir es encontrarse, una ventana para mirarnos.

Fue así como escribiendo el otro día, pensé que este sacudón global es un colador que nos deja lo imprescindible. Del aislamiento social, ¿qué se rescata? La libertad de nuestra mente, tal vez, como también darnos cuenta que necesitamos muy poco, casi nada, de los bombardeos consumistas que nos caen por todos lados. En esa libertad de la mente y en lo que en abril del 2005 empecé a disfrutar — saber que cuento conmigo— algo ha sucedido en este mismo espacio donde escribo.

Vivo en un departamento que está en un tercer piso. En mi habitación, junto a la ventana, tengo un sillón de mimbre con almohadones azul rey donde me gusta sentarme en momentos aleatorios del día. No es una ventana muy grande y lo que veo no es ningún paisaje idílico; a decir verdad, es poco grato. Techos, domos y tinacos que se alegran por la copa inmensa de un mango, varias palmeras y otros árboles que adornan el vecindario. Veo maleza crecida en la planta baja, la pared descolorida de mi edificio, un terreno excavado y casi listo para la construcción de una torre de departamentos (pesadilla.com) y el terreno de un vecino que usa su espacio baldío para toda clase de objetos que desecha de su casa: puertas, blocks, piezas de baño, ladrillos, escombros, cubetas, láminas, mosquiteros.

Amo mi ventana, es de los lugares favoritos de mi departamento, porque lo que veo cuando estoy sentada ahí son los paisajes que tengo adentro. Paso largos momentos, a cualquier hora, viendo hacia afuera y paseando en mi interior, compartiendo con personas que me acompañan sin estar conmigo, me deleito saboreando algún hallazgo en internet y revisitando lugares donde disfruto estar, ya sea el último nivel de las gradas del estadio o dos asientos libres en la barra de un bar.

Como la gran mayoría de ustedes en estas semanas, siento angustia por las noches, me preocupa la gente que quiero, me siento responsable por cuidarme para cuidar a otros y, entre subidas y bajadas, preocupaciones por el presente e ilusiones por el futuro, disfruto pasar tiempo conmigo, plena, tranquila y sin pesar. Aunque hace semanas que no veo ni abrazo a mis amores, sin importar lo que esté tras la ventana sé que estaré bien porque mi paisaje interno es un lugar seguro para estar. Si algo en estos días puede valorarse es la salud mental que nos permite el gozo de pastorear por paisajes vastos de conversaciones previas, gente querida, lecturas, obras de arte y viajes; estoy sin salir de este tercer piso, sí, pero en total bienestar, pues en estos 38 años he invertido tiempo y dinero en creatividad, cultura e imaginación; hoy podemos reconocer el valor de ser terratenientes de hectáreas mentales que nos acompañen, fascinen y llenen de libertad. ¡Qué gran riqueza para estos tiempos!

Por eso, hace unos días cuando una amiga me pidió por WhatsApp que si encuentro el camino del bienestar, se lo dijera, no tardé mucho en hacerlo. La respuesta la tengo desde mi segunda infancia: «aprende a estar contigo misma». Ese es el camino, añadí. Todos tenemos ventanas… ¿pero tenemos el valor de vernos a través de ellas y estar en paz con nuestros paisajes internos? Qué gran desafío, porque nadie nos lo enseña. El mundo exterior importa, somos animalitos sociales, pero también importa y es necesario conocer lo que tenemos dentro, porque de ahí brota lo que somos.

La situación actual nos está dando el tiempo de poner en práctica lo que Tarkovsky consideró vital aprender en la niñez. No es casualidad que esa oportunidad nos caiga en esta era increíble por sus innovaciones tecnológicas, hiperconectada con lo inimaginable y cuya industria 4.0 se acelerará más que nunca… un siglo en el que, con todas sus bondades, nos es difícil pasar tiempo con nosotros mismos, en nuestras propias casas. ¿En qué hemos convertido el célebre Home sweet home más allá de un espacio íntimo para ver Netflix durante horas? ¿qué significado le damos al anhelo de Dorothy en el «Mago de Oz»? There´s no place like home, repetía con los ojos cerrados, chocando los talones con sus icónicos zapatos rojos.

There´s no place like home.

Por eso nuestras vidas tendrán un antes y un después del dos mil veinte. Por lo que cada quien enfrente al atreverse a mirar por sus ventanas, cuando el colador de la introspección ponga en evidencia lo valioso.

miércoles, 1 de abril de 2020

O my darling Clementine!


Fernando del Paso (1935-2018).
Escritor mexicano.

Fragmento de O my darling Clementine!
Capítulo 17 del libro «Palinuro de México».


Todas las tardes después de comer y mientras digería las veleidades inconclusas que aleteaban en su estómago, mamá Clementina dormía una siesta y mientras la dormía y rebuznaba en sueños no se movía una hoja, no zumbaba una mosca, no se reproducía una flor, no anclaba un transatlántico en el Océano Índico, no se arrastraba un gusano y el tiempo casi no se atrevía a pasar con tal de no hacer ruido y despertarla. Porque la siesta de mamá era sagrada, sagrada como un campanario o como los desperdicios de una letanía, y Palinuro trataba de no pensar en nada porque mamá le había dicho: no hagas ruido, duérmete conmigo y si no tienes sueño pon la mente en blanco y no pienses en nada.

(…)

Otra tarde, cuando se le aflojó el primer diente de leche, Palinuro descubrió que con sólo tocarlo con la lengua provocaba el dolor y con sólo dejar de tocarlo, el dolor desaparecía. Y aprendió así a disfrutar del dolor por el solo placer de exorcizarlo a voluntad.

(…)

Mamá, sin embargo, era mucho más importante y más querida que un diente de leche y cuando a Palinuro le dolía mamá Clementina, no había en el mundo nada más grande, nada más imperfecto, nada más desnudo que ese dolor.

(…)

A mamá le gustaba silbar las arias famosas como la plegaria de Orfeo, y lo hacía con las ventanas abiertas, de manera que todo el vecindario se enterara de la muerte de Eurídice. Entonces la canción que mamá silbaba se desbordó por los balcones y caminó a la sombra de los muros rojos del Palacio de la Inquisición entre los puestos de frutas y las casas de empeño, y la gente se detenía y se preguntaba de dónde venía esa canción, quién la estaba silbando: el carnicero se quedaba a punto de destazar una cola de buey, el saltimbanqui en el aire a la mitad de un salto inmortal; las sirenas de las fábricas dejaban de pitar y las vitrolas y las ambulancias se callaban mientras la canción seguía su camino y cruzaba las avenidas, daba vuelta en los callejones, espantaba a los peatones desprevenidos y paseaba en canoa por el lago del bosque, mientras la gente se detenía y se preguntaba y se maravillaba. Entonces mamá dejó de silbar y las ventanas se cerraron, las cortinas de papel de cobre se quedaron quietas, el alma de mamá se escapó por un hilo de saliva y Palinuro se hincó a su lado y lloró las navidades en que mamá encendía las velas del árbol y papá llegaba a la casa con una botella de brandy y el tío Esteban con bolsas de higos de Esmirna y pasas de Corinto y lloró sus primeros patines, las bodas de cristal, las fiestas de fin de año y los faroles chinos que iluminaban el corredor de la casa de sus abuelos, y lloró su escuela, y lloró las siestas…