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miércoles, 25 de julio de 2018

La ciudad de los ahogados



Por Addy Góngora Basterra.

I

Me deslumbra el sol que inunda la ciudad y pienso en el prodigio de su brillo. Mérida es una ciudad poderosamente iluminada. Esto no lo sabemos hasta que nos hace falta. He tenido la oportunidad de vivir en otra ciudad donde el otoño y el invierno están marcados por la naturaleza. Si algo eché de menos fue el fulgor de Mérida y, he de decirlo, este calorón que se nos echa al cuerpo de forma tan implacable que hasta parece una falta de respeto. Aquí el sol se desborda. Si esa luminosidad fuera líquida y tangible, viviríamos en casas flotantes y en vez de calles tendríamos canales, una Venecia transitada por góndolas solares. Me viene a la memoria un cuento de García Márquez, «La luz es como el agua» publicado en el libro «Doce cuentos peregrinos». Es la historia de los hermanos Totó y Joel que solapados por sus padres, «rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un chorro de luz dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota, y lo dejaron correr hasta que el nivel llego a cuatro palmos. Entonces cortaron la corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la casa». Si la luminosidad en la que vivimos sumergidos la pudiéramos meter a un costal como a un montón de hojas secas… ¡otro gallo cantaría!… ¿y qué cantaría ese gallo? Mientras lo imagino, alguien lo ha de estar inventando: los paneles solares son ya un paso.


II

Echo de menos una casa en la que viví. El patio tenía un señor árbol de caimito, un limonero, otro de naranja agria y una familia de cenzontles que cada mañana me obsequiaban lo mejor de su repertorio. La sombra y la armonía con la que esas ramas y esos cantos bañaban mi habitación, están bien instaladas en la nostalgia que siento de aquel año. Esto fue en el dos mil diez y hacía tanto calor como por estas fechas, sólo que no recuerdo haberlo sufrido como ahora. Quizá por el cobijo de los árboles toreando el sol. Recuerdo el espectáculo del follaje proyectando sombras en la pared, dando la ilusión de ser un cuadro en tinta china viviente movido a capricho por el aire. Me hipnotizaban la luz y sombras de las hojas, monedas colgantes trémulas en el reflejo. Gran parte de aquella habitación estaba rodeada por ventanas vestidas con persianas azul plumbago que solían rebanar, en tiras horizontales, la luz de la mañana. Extraño algunas veces ese privado edén cuyo olor a cítrico me despertaba a coro con los cenzontles.


III

Ahora vivo en el tercer piso de un edificio de departamentos. No tengo jardín ni árboles, pero si de vecino un terreno baldío que convoca diferentes especies de aves y a varios toloks mutantes. Además, la calle tiene una telaraña de cables que le encanta al plumaje. Se paran ahí y se la pasan cante y cante. He coqueteado con la idea de sembrar cuatro árboles en la explanada del frente para ofrecerles un hogar decente, contribuir al ambiente y de paso darnos a los que aquí vivimos un charco de sombra, porque cada vez que camino al estacionamiento me veo obligada a aguantar la respiración un instante para sumergirme en el vehículo sin ahogarme, tomar el timón-volante y navegar-transitar por calles de luz. En el final del cuento de García Márquez, Totó y Joel con sus compañeros de escuela hacen una fiesta y «habían abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el cuarto año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario se había ahogado en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana». Así andamos en esta Mérida iluminada, ahogados pero vivitos y coleando, tierra anegada por el sol que brilla para queja o regocijo, dándonos bendiciones como el chile habanero, cenotes y pitahayas, agua de chaya, jarana y el sudor en la frente de quien nos ama.


* Texto publicado en junio del 2016 en el Diario de Yucatán... ¡y el calor cada vez se intensifica! Cuidemos los árboles, protejamos lo que nos dan, nidos, sombra, frutos. Aquí van un par que he tomé recientemente:

¡Qué lindas son tus calles con árboles, Mérida!
Esta foto es del 4 de julio, en la Alcalá Martín.


Nos preceden y nos sobreviven, los árboles. Son nuestra sombra y nuestro paisaje.
Los semáforos y las caminatas no serían lo mismo sin ellos.
Esta foto es del 5 de julio, esquina de la iglesia de Chuburná.