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jueves, 21 de diciembre de 2017

Las navidades ajenas

Este cuento nos recuerda a las personas que, con detalles, nos han dicho que nos quieren... haciendo de la navidad un baúl de irremplazables emociones.

Por Federico Andahazi (1963).
Escritor argentino.

Recuerdo las navidades de mi infancia con esa grata nostalgia que dejan los deseos cumplidos. Cuando yo era chico vivíamos con mi madre en casa de mis abuelos. Mi abuelo, socialista y agnóstico intransigente, se resistía a celebrar toda ceremonia que tuviese un origen religioso. De manera que en mi casa no se festejaba la Navidad. El arbolito, los preparativos, los regalos, las compras de la víspera, eran parte de un mundo tan ajeno como anhelado. A través de la ventana de mi cuarto podía ver cómo, en el edificio de enfrente, cada departamento se iba poblando de luces y adornos, mientras mi casa permanecía como si nada sucediera. No era, sin embargo, una cena igual a la de todos los días; comíamos más tarde y, como por casualidad y aprovechando el feriado del día siguiente, esperábamos la medianoche. Entonces, cuando empezaban a tronar los petardos, salíamos al balcón para ver las luces de los fuegos artificiales que volaban por sobre la cúpula del Congreso. Iluminado por aquel destello multicolor, yo festejaba secreta y silenciosamente. No podía evitar querer ser parte de la fiesta, brindar como lo hacían mis vecinos y esperar sentado cerca del arbolito que dijeran mi nombre para recibir mi regalo. Así eran las navidades en casa, hasta que, en las fiestas previas a mi ingreso en la primaria, sucedió un hecho en apariencia intrascendente. Estábamos en el balcón viendo la repetida escena de los festejos en el departamento al otro lado de la calle Ayacucho, cuando, en el mismo momento en que yo me imaginaba abriendo el envoltorio de un paquete enorme, me encontré con la mirada severa de mi abuelo que, acodado en la baranda, parecía haber descubierto mis pensamientos. Ambos desviamos la vista con cierta incomodidad pero sin decir palabra. Creí ver en sus ojos el brillo del enojo. Nadie más fue testigo de aquel diálogo mudo.

Recuerdo que al día siguiente había ido a jugar a la pelota al garaje junto a mi casa, aprovechando que estaba cerrado. Cuando volví pude ver en un ángulo del living, un árbol de Navidad nevado, resplandeciente y decorado con luces que iluminaban todo el cuarto. Tardé en descubrir que, al pie, había un paquete envuelto con papel metálico rojo en cuya tarjeta estaba escrito mi nombre. Pero muchos años más demoré en entender lo que había significado para mi abuelo haber armado con sus propias manos aquel arbolito que apenas sobrepasaba mi estatura infantil y, sin embargo, me pareció el más grande del mundo.

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Poema de amor 2

Este poema es para esos amores que duran más que el tiempo que pasaste junto a «ese alguien»...

Darío Jaramillo Agudelo (1947).
Poeta colombiano.

Podría perfectamente suprimirte de mi vida,
no contestar tus llamadas, no abrirte la puerta de la casa,
no pensarte, no desearte,
no buscarte en ningún lugar común y no volver a verte,
circular por calles por donde sé que no pasas,
eliminar de mi memoria cada instante que hemos compartido,
cada recuerdo de tu recuerdo,
olvidar tu cara hasta ser capaz de no reconocerte,
responder con evasivas cuando me pregunten por ti
y hacer como si no hubieras existido nunca.

Pero te amo.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

¡Viva la foto!

"Fotografiar es conferir importancia"
—Susan Sontag.

Por Addy Góngora Basterra.

Va de salida el 2017 que en el ámbito literario ha resonado por la conmemoración de los cien años del natalicio de Juan Rulfo (1917-1986). Por eso el Colectivo «Viva La Foto» organizó un concurso de fotoliteratura, convocando a traducir o representar en imágenes las palabras del autor jalisciense.

     La premiación —que contó con el apoyo de La Bodega del Fotógrafo— y exposición, realizada el lunes 11 de diciembre en el Foro Cultural Amaro, presentó las tres obras ganadoras, así como algunas de las participantes. Antes de recorrer la galería tuvimos espacio para hablar brevemente de Rulfo, leer algo suyo y hacer entrega de premios a los tres ganadores: Hugo Borges, Isaac Medina y Elizabeth Rodríguez.

     Si algo hay que agradecer son las invitaciones a compartir con otros el amor que uno tiene por ciertos libros y autores. Con Letranías como carta de presentación, acepté cuando me convocaron a leer algo del centenario homenajeado. La tentación —más que invitación— fue provocadora y ocasión ideal para compartir una crónica rulfiana de 1950, “Castillo de Teayo”, que así inicia: 


Un farol nos detiene. Un farol rojo que expande su luz y se balancea frente a nosotros. Sólo se ve el farol. La lluvia y la noche cierran la carretera. 
     —¿Qué quieren esos? ¿dónde estamos?
     El farol se acerca y alguien, allá en el fondo de la oscuridad, nos dice:
     —¡Bajen sus luces! ¡Favor! ¡Favor de hacerse a un lado!
     La lluvia golpea ahora más fuerte, en ráfagas blancas, mezcladas con neblina. Por la ventanilla abierta se asoma una cara extraña, como de cobre.
     —No se puede seguir más allá —dice—. Se ha derrumbado el paredón en Mata Obscura, no hay paso. Eso es todo. Pueden volverse a Poza Rica o quedarse aquí, como quieran.
     Es un soldado. Detrás de él está un rifle por el que escurre el agua en hilos brillantes.
     —¿Dónde estamos? ¿qué lugar es éste?

     Juan Rulfo pasó a la historia como gran fotógrafo y escritor porque fue un gran viajero. Con los sentidos afilados anduvo serpenteando carreteras y pueblos de México, de aquí para allá, siempre alerta, con cámara y lápiz en mano. Destreza de ajtsikbal: supo escuchar y recrear. Pero también supo ver, sutil mirada de artista para detener en el tiempo la luz filtrada entre ahuehuetes o el impasible cráter de un volcán.

     Si la escritura de Juan Rulfo es un caracol al que acercamos oídos para escuchar mexicanidad en palabras de tierra, piel y niebla, sus fotografías son instantes de vida rural entre ruido prehispánico y selva, paisaje yermo y silencio del México multicolor detenido inolvidablemente a blanco y negro. / AGB /.


Primer lugar. Fotografía de Hugo Borges. Dedicada al relato "El llano en llamas".

Mención honorífica. Fotografía de Isaac Medina. "Don Juan y Doloritas" inspirada en "Pedro Páramo". 

Fotografía de Elizabeth Rodríguez evocando el estilo fotográfico de Juan Rulfo "El viaje sin regreso". 

Olga Moguel durante dando la bienvenida al Foro Cultural Amaro y presentando la actividad del Colectivo "Viva La Foto". Foto de Victoria González Chablé.

Addy Góngora Basterra hablando de Juan Rulfo y de la crónica de viajes "Castillo de Teayo". Foto de Victoria González Chablé.

Organizadores del evento e Integrantes del Colectivo «Viva La Foto» con Isaac Medina. 

Una de las fotografías que formaron parte de la exposición y el fragmento de Juan Rulfo al que alude.

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La crónica "Castillo de Teayo" forma parte de la edición que RM publicó recientemente. Puedes conseguirlo en Librerías Gandhi. 

jueves, 7 de diciembre de 2017

La Uruguaya

La narrativa en "La Uruguaya" de Pedro Mairal es corriente impetuosa ante la que no puedes oponer resistencia: te lleva, te arrastra, te transporta. Por algo Mairal está considerado como autor imperdible de la literatura argentina contemporánea. Publicó su primera novela en 1998, "Una noche con Sabrina Love", con la que ganó el Premio Clarín Novela.

Para el 2018 está el proyecto de hacer película "La Uruguaya" con guión suyo, de Hernán Casciari y Christian Basilis. El mismo Mairal ha dicho que será —nada más y nada menos— que Jorge Drexler quien haga el tema 🎶.
Recomiendo su lectura 👌
Addy




Pedro Mairal (1970). Escritor argentino.
Fragmento de "La Uruguaya".

"Entonces escribí el mail que vos encontraste más tarde: 
     «Guerra, estoy yendo. ¿Podés a las 2?»
     Nunca dejaba mi correo abierto. Jamás. Era muy cuidadoso con eso. Me tranquilizaba sentir que había una parte de mi cerebro que no compartía con vos. Necesitaba mi cono de sombra, mi traba en la puerta, mi intimidad, aunque solo fuera para estar en silencio. Siempre me aterra esa cosa siamesa de las parejas: opinan lo mismo, comen lo mismo, se emborrachan a la par, como si compartieran el torrente sanguíneo. Debe haber un resultado químico de nivelación después de años de mantener esa coreografía constante. Mismo lugar, mismas rutinas, misma alimentación, vida sexual simultánea, estímulos idénticos, coincidencia en temperatura, nivel económico, temores, incentivos, caminatas, proyectos... ¿Qué monstruo bicéfalo se va creando así? Te volvés simétrico con el otro, los metabolismos se sincronizan, funcionás en espejo; un ser binario con un solo deseo. Y el hijo llega para envolver ese abrazo y sellarlos con un lazo eterno. Es pura asfixia la idea. 
     Digo «la idea» porque me parece que los dos luchamos contra eso a pesar de que la inercia nos fue llevando. Ya mi cuerpo no terminaba en la punta de mis dedos; continuaba en el tuyo. Un solo cuerpo. No hubo más Catalina ni más Lucas. Se pinchó el hermetismo, se fisuró: yo hablando dormido, vos leyéndome los mails... En algunas zonas del Caribe las parejas le ponen al hijo un nombre compuesto por los nombres de los padres. Si hubiéramos tenido una hija, se podría llamar Lucalina, por ejemplo, y Maiko podría llamarse Catalucas. Ése es el nombre del monstruo que éramos vos y yo cuando nos trasbasábamos en el otro. No me gusta esa idea del amor. Necesito un rincón privado. ¿Por qué miraste mis mails? ¿Estabas buscando algo para empezar la confrontación, para finalmente cantarme tus verdades? Yo nunca te revisé los mails. Ya sé que dejabas tu casilla siempre abierta, y eso me quitaba curiosidad, pero no se me ocurría ponerme a leer tus cosas". 

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Pedro Mairal · Fotografía tomada de Wikipedia.