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viernes, 30 de diciembre de 2016

Un fin de año muy feliz

Ilustración de Emilio Amade.

Leonardo Padura. Escritor cubano. 
Publicado en elmundo.es

Nunca he disfrutado, como parece que disfruta la mayoría de las personas, de los días de Navidad y mucho menos, de la jornada de la Nochevieja y la espera del Año Nuevo. En realidad esa incapacidad mía no resulta demasiado rara si tenemos en cuenta que tampoco me interesa de un modo especial celebrar mi cumpleaños, que olvido los aniversarios de bodas (tengo dos, ambos con la misma mujer, mi mujer, pero esa es una larga historia que puedo contarles otro día), que detesto fechas como el Día de las Madres o el de los Padres pues me parecen una falacia comercial de las más hipócritas que puedan existir y porque suele ser la jornada en que los hijos... de su madre se hacen los que las quieren, a ellas y a todas las madres.

Por eso, cuando se acerca la Navidad trato de encerrarme lo más posible en mi caparazón: me concentro en mi trabajo y evito, en todas las medidas de lo posible, aceptar invitaciones de amigos. Y ni se me ocurre hacer invitaciones a mi casa.

Hubo una época en la que estas fechas festivas de fin de año me envolvían en sus alharacas con la fuerza de la tradición y la costumbre, y hasta llegué a participar alegremente de ellas. Creo que entonces todo tenía que ver con una tradición maltratada, pero preservada con encono por algunos y con la compulsión social por la que con facilidad uno se deja arrastrar en la adolescencia y la juventud.

Ahora habría que recordar que a finales de la década de 1960 la celebración de las Navidades fue postergada o eliminada en Cuba, no solo por ateísmo científico militante sino además porque en lugar de empeñarse en celebraciones y libaciones, se decidió que la gente debía dedicarse durante aquellas jornadas a los cortes de caña en los días en que más altos rendimientos de azúcar podían conseguirse. Por si fuera poco, junto a los símbolos navideños por esos tiempos también habían desaparecido los turrones y la cidra española que, unidos al cerdo asado, los frijoles negros y la yuca con mojo de naranjas agrias (no totalmente desaparecidos pero también esquivos) conformaban los elementos más característicos para alimentar la celebración. En mi casa, sin embargo, mis padres insistieron en festejar la Navidad y, por años, prepararon una cena de Nochebuena con lo que apareciera, montaron un nacimiento que se iba despoblando por falta de repuestos y adornaban un arbolito sintético que terminó sus largos días hecho polvo, y no precisamente enamorado.

Hubo al menos dos de aquellas navidades de mi adolescencia que las pasé lejos de la casa, en campamentos ubicados fuera de las ciudades a los que los estudiantes debíamos ir a realizar trabajos agrícolas con los que contribuir al desarrollo del país y a nuestra propia educación aprendiendo los rigores del trabajo manual, del esfuerzo proletario.

El hecho de que la Revolución cubana de 1959 hubiera triunfado justo el 1 de enero, de algún modo salvó la celebración nacional por la llegada del nuevo año, que se identificó con el júbilo por la fecha histórica. Aunque la gente no se deseaba ya «Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo», sino que la televisión y las vallas publicitarias solo daban vivas a la efeméride patriótica, con mis amigos de estudios pre y universitarios, durante aquella estricta década de 1970 participé en fiestas de despedida del año en las que bebíamos de todo lo que encontráramos, comíamos todo lo que podíamos y hacíamos (o al menos hacía yo) como que nos divertíamos mucho por el solo hecho de despedir un año y recibir otro: un cambio de fechas que casi siempre lo único que cambiaba era que nos aumentaba la cifra de años vividos y nos empujaba hacia una adultez, una madurez y un envejecimiento que entonces nos parecían remotos, casi ajenos. Y por eso celebrábamos.

Con el paso del tiempo varias cosas se modificaron en mi carácter y algunas en Cuba. A fines de los años 90, por ejemplo, cuando todavía vivíamos bajo los rigores de años de escaseces profundas, el Papa Juan Pablo II visitó la isla y, como señal de buena voluntad, el gobierno restituyó oficialmente el feriado de Navidad. Mientras, muchas de las gentes que habían cedido a la compulsión social de ignorar la festividad de origen religioso, habían comenzado a recuperarla en un tiempo en que un número notable de cubanos también había recuperado sus creencias místicas o se habían iniciado en ellas, como reacción ante la falta de otras expectativas. Así, regresaron las fiestas de Navidad y Año Nuevo, reaparecieron en las tiendas de venta en divisa los arbolitos con luces y bolas, que volvieron a engalanar las casas y aparecieron incluso en algunos lugares públicos. Mientras, los más viejos volvían a desearle a sus conocidos, amigos, familiares una «Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo», la frase típica de esas jornadas que, por años, había estado sumergida en las memorias.

Ese regreso de la celebración llegó en una época en la que ya a mí no me interesaba festejarla y durante la cual, por coincidencia histórica, inauguraba la posibilidad de comunicarme por correo electrónico y... se me llenó el buzón de entrada de felicitaciones que me veía obligado a responder. Cada uno de los mensajes navideños y de fin de año que recibo siempre me hace pensar cuánto de costumbre, compromiso, compulsión hay detrás de ellos y cuánto de verdadero júbilo festivo, fervor religioso, expectativas de futuro pueden encerrar. Y cuando los respondo lo hago como si bebiera una medicina de mal gusto: debo tomarla aunque no me agrade su sabor...

Quizás la conciencia de lo que significa el paso del tiempo que de modo sibilino me está empujando hacia la vejez, la aceleración con que vivo ahora el transcurso de los meses que me crea la impresión de que hace muy poco comencé el año que ya voy a despedir, y mi decisión de elegir divertirme solo con lo que en realidad me divierte, me provocan una reacción que se mueve entre el rechazo y la indiferencia por tales festividades. O tal vez todo se deba a que en Cuba nunca ha vuelto a recuperarse un verdadero espíritu navideño, pues ya se sabe que las tradiciones son muy delicadas y, como ciertos vinos, resisten mal los traslados, enclaustramientos y batuqueos.

Pero, curiosamente, de lo que no he logrado sustraerme es de la tonta costumbre de hacer planes y albergar deseos para el año siguiente. Suelo caer en la trampa de lo representativo (un cambio de calendarios) como si tuviera un valor real, un posible efecto concreto sobre la realidad y sobre mi voluntad. Por eso he pensado muchas veces, a lo largo de muchos fines de año, que al año siguiente, por ejemplo, dejaré de fumar, o que seré mejor esposo o amigo, o que no perderé mi tiempo viendo partidos de beisbol o fútbol. Cosas así. Porque, por supuesto, no tendría sentido que pensara en la posibilidad de cambiar mi auto que ya cumple veinte años pues es tan imposible como que desee ser hábil en los procedimientos digitales e informáticos: uno debe ser sincero consigo mismo, realista con sus posibilidades y capacidades. Sobre todo cuando un auto le podría costar 5, 7, 8 veces más que a otro habitante del planeta y cuando el cerebro en proceso de endurecimiento nunca será capaz de aprender si quiera a compactar un archivo.

Puesto a desear, sin embargo, y ya que andamos en fechas y ni yo mismo escapo de ciertas compulsiones por mucho que me proteja, creo que lo que más me gustaría, para el año próximo, es que el hecho de encontrar el yogurt que tomo en el desayuno deje de ser un desafío cotidiano. ¿Les parece poco? ¿Insignificante?... Pues vengan a recorrer La Habana en busca de yogures que, cuando aparecen, suelen ser caros, malos, con sabores como el de la medicina que antes citaba y, si de veras necesita del yogurt para desayunar, entonces sabrá de qué estoy hablando. Ahora mismo, si consiguiera un buen yogurt, aquí, en la esquina de mi casa, tendría un fin de año muy feliz y pensaría que me espera un próspero año nuevo.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

México, creo en ti

Izamal, Yucatán.
 Foto de Alfredo Martínez

Ricardo López Méndez (1903-1989).
Poeta mexicano.

México, creo en ti,
como en el vértice de un juramento.
Tú hueles a tragedia, tierra mía,
y sin embargo, ríes demasiado,
acaso porque sabes que la risa
es la envoltura de un dolor callado.

México, creo en ti,
sin que te represente en una forma
porque te llevo dentro, sin que sepa
lo que tú eres en mí; pero presiento
que mucho te pareces a mi alma
que sé que existe pero no la veo.

México, creo en ti,
en el vuelo sutil de tus canciones
que nacen porque sí, en la plegaria
que yo aprendí para llamarte Patria,
algo que es mío en mí como tu sombra
que se tiende con vida sobre el mapa.

México, creo en ti,
en forma tal, que tienes de mi amada
la promesa y el beso que son míos.
Sin que sepa por qué se me entregaron;
no sé si por ser bueno o por ser malo,
o porque del perdón nazca el milagro.

México, creo en ti,
sin preocuparme el oro de tu entraña;
es bastante la vida de tu barro
que refresca lo claro de las aguas,
en el jarro que llora por los poros,
la opresión de la carne de tu raza.

México, creo en ti,
porque creyendo te me vuelves ansia
y castidad y celo y esperanza.
Si yo conozco el cielo es por tu cielo,
si conozco el dolor es por tus lágrimas
que están en mí aprendiendo a ser lloradas.

México, creo en ti,
en tus cosechas de milagrería
que sólo son deseo en las palabras.
Te contagias de auroras que te cantan.
¡Y todo el bosque se te vuelve carne!
¡Y todo el hombre se te vuelve selva!

México, creo en ti,
porque escribes tu nombre con la X
que algo tiene de cruz y de calvario:
porque el águila brava de tu escudo
se divierte jugando a los “volados:
con la vida y, a veces, con la muerte.

México, creo en ti,
como creo en los clavos que te sangran:
en las espinas que hay en tu corona,
y en el mar que te aprieta la cintura
para que tomes en la forma humana
hechura de sirena en las espumas.

México, creo en ti,
porque si no creyera que eres mío
el propio corazón me lo gritara,
y te arrebataría con mis brazos
a todo intento de volverte ajeno,
¡sintiendo que a mí mismo me salvaba!

México, creo en ti,
porque eres el alto de mi marcha
y el punto de partida de mi impulso
¡mi credo, Patria, tiene que ser tuyo,
como la voz que salva
y como el ancla!


Ricardo López Méndez, nació un 7 de febrero en la ciudad de Izamal, Yucatán. 
Los músicos Ricardo Palmerín y Guty Cárdenas musicalizaron sus versos, entre ellos "Nunca". Como escritor, fue articulista de importantes periódicos mexicanos. El poema que compartimos es conocido como "Credo", sin duda el que más fama le ha dado. "El Vate", como lo llamó Antonio Mediz Bolio, murió en Morelos el 28 de diciembre de 1989.

martes, 20 de diciembre de 2016

Felicidad

Carl Sandburg (1878 - 1967).
Poeta Estadounidense.

Pedí a los profesores que enseñan el sentido de la vida
que me dijeran qué es la felicidad.
Fui a ver a los afamados ejecutivos que comandan el
trabajo de miles de hombres.
Todos menearon la cabeza y me sonrieron como si yo
tratase de engatusarlos.
Y un domingo por la tarde fui a pasear por la orilla del
río Des Plaines.
Y vi a un grupo de húngaros bajo los árboles, con sus
mujeres y sus hijos, un barril de cerveza y un
acordeón.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Yoga en el jardín


Marianne Kehoe.
Poeta estadounidense.


El azul eléctrico del cielo me acaricia mientras me recuesto
en mi estera para una sesión matutina de yoga en medio
        del jardín amurallado.
Las naranjas de piel verde se esconden en la densidad de las
hojas del árbol y sus sombras se acercan con cada cambio
        de postura.


Tres cotorros estridentes responden a mi saludo al sol
con verdes flashazos que tocan y caen como dardos
        sobre el muro.
Los insectos marchan hacia adelante para inspeccionar el
hule rosa de mi estera que interrumpe su travesía diaria
        desde el cactus hasta el estanque.


Como un cisne, me sumerjo y me balanceo, elevo mis ojos
hacia un punto en la pared que me llena de optimismo:
dos mechones de pasto han encontrado un sitio para crecer
en medio de una seca grieta en lo alto del muro anaranjado
        de cemento.


Tomado del libro "Sinfonía de la escarpa".
Publicado por SEDECULTA en el 2013.

domingo, 4 de diciembre de 2016

"Quema" de Ariadna Castellarnau

Alejandro Álvarez Nieves, Ariadna Castellarnau y Mayra Santos-Febres. Foto ©Letranías. El martes 29 de noviembre de 2016 en la #FILGuadalajara30 se presentó el Premio de las Américas 2016, convocado por el Festival de la Palabra en San Juan de Puerto Rico. La ganadora fue la novela "Quema" de la escritora española Ariadna Castellarnau. Al respecto, compartimos la siguiente reseña.
Por Alejandro Álvarez Nieves, Ph.D. (*)

En Quema, el mundo está al borde de la inexistencia, pero no sabemos por qué agoniza. Es un mundo familiar, de fácil reconocimiento, como el nuestro, un espacio a punto de la extinción. Se han acabado las religiones, la política, las ciudades, las ruralías. El ser humano se ha limitado a agotar lo poco que queda en resignarse a lo inevitable. Los espacios urbanos han sido saqueados, las ruinas son presa de la violencia, son centros de almacenamiento de conservas en las últimas, humanos escondidos en antiguos hoteles o casas de campo de familia, sociedades distópicas que basan su existencia en la disciplina por sobrevivir y en los defectos físicos, sólo para arañar algo de lo que queda. Ante la inminente muerte de la humanidad, la novela nos relata la historia de mujeres ante la ceniza. El mundo se ha quemado y lo que impera es el mal.

Quema es una novela breve dividida en relatos sucesivos que muy bien podrían funcionar por sí mismos, pero que, a su vez, componen una historia, una trenza de relatos en las que el tiempo está dislocado en una serie de personajes y contextos que nos llevan por un ambiente catastrófico: es como si todo el planeta se hubiera quemado. Así, la “quema” que da título a la novela puede funcionar en varios niveles. El primero es el más evidente: la naturaleza de un mal que catapulta el fin del mundo ha provocado que los personajes recurran al fuego para borrar de la mente aquel mundo recién caído. La quema como purga, como antídoto al recuerdo de lo doloroso. El instinto de supervivencia para recordar que se vive en el fin de los tiempos. Un segundo nivel de la quema es la que ya ha ocurrido, es como si la misma fibra del mundo que conocemos se haya quemado, y lo que nos presenta la autora es lo que queda: han ardido las religiones, la política, las sociedades, las telecomunicaciones, el comercio, las modas, todo se ha consumido en sí mismo en función de un mal que nunca se revela. Es como si el lector leyera los trozos del mundo que ha sobrevivido a la hoguera, pedazos que, a su vez, nos dan la sensación de que no se salvarán del crisol del fuego. Hay quizás un tercer nivel de quema en la novela que tiene que ver con su propia estructura. La novela es una serie de relatos que no siguen una secuencia lineal, sino que tiene varios disloques espacio-temporales, que la autora en laza de forma mínima con mucha maestría. En este sentido, el lector se enfrenta a un texto “quemado” desde el punto de vista metalingüístico, como si, de nuevo, los relatos fueran los pedazos sobrevivientes de la quema de la propia novela. Quizás esta dimensión del fuego abre un cuanto nivel, que se deriva directamente de esta última: el lenguaje. La economía de la prosa de Ariadna Castellarnau en Quema responde a una economía de la palabra absolutamente impecable, como si las propias palabras hayan sido reducidas y purificadas por el fuego. Así, la novela no se detiene en explicar ni en divulgar sobre las causas de la catástrofe humana, el merodear en busca de un porqué, sino que va directamente a presentarnos la situación límite: la exploración de diferentes dimensiones de la mujer ante el fin de la humanidad.


Aquí es que hallamos el valor de esta novela. En vez de reflexionar el apocalipsis inminente, la autora nos presenta los aspectos más cotidianos de la humanidad en espacios de verdadera desesperación ante la carencia. Mueve los personajes, los pone a actuar, a reaccionar, a tomar decisiones dentro de los contextos humanos más tradicionales: una mujer embarazada de una criatura en un mundo en que impera el hambre, una mujer que entrega a su hija con defectos físicos para sobrevivir, las parejas que se forman por la necesidad de compañía, una mujer que defiende su finca sin importar los grados de crueldad que ello suponga, una joven que vive con un hombre mucho mayor que ella cuya madre ha decidido ahogarse antes de enfrentar el fin del mundo, mujeres que queman en pilas rodas las pertenencias de sus hombres que han muerto. Todo ocurre sin más, el fuego no da espacio para reflexiones. Es el lector quien ha de aportarlas. Todos pululan entre fogatas, filas para comida, una isla helada, grupos de rezadores (los pocos que quedan y que piensan que el orden se reestablecerá), un grupo de “intachables” que parece intentar un nuevo orden, pero que son dominados por los imperfectos, un reino de personas con defectos físicos que parece dominarán lo que queda.


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El galardón distingue al mejor libro de narrativa publicado en español el año anterior, que esta edición coincide con que se trata de un debut literario.
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No quisiera cerrar esta reseña sin dejar en el tintero un aspecto que me parece fundamental. Aunque la novela claramente nos lleva por un mundo agonizante, Quema es una novela enfocada en la mujer. Es como si los hombres, su poder, su dominio, el estereotipo del varón, también se hayan quemado. Los pocos que quedan han perdido la hombría o el fuego les ha revelado su vulnerabilidad, como es el caso de la pareja de Rita; otros más bien se valoran por ser héroes deshumanizados, como en el caso de Rudo; otros son héroes en decadencia, como el Galés.

Las mujeres, sin embargo, son las verdaderas heroínas de esta historia. Rita sobrevive con una criatura que se mueve en su vientre en un mundo insostenible, está destinada a ser la madre del hambre si se quiere, y hará todo lo posible por sobrevivir. La reina de los imperfectos perdió la pierna mientras busca comida para su hija, pero ahora es la reina en un mundo en el que los desperfectos sociales reinarán el remanente de la humanidad. La hija a la que quieren dejar en el reino a cambio de vivir bien en la catástrofe se enoja con su madre y le exige que la deje entre los imperfectos. Lux, la dueña de la finca La Trigra, defiende su territorio como lo pudiera hacer cualquier terrateniente poderoso, como una felina sin el matiz sexual. Es la deshumanización total, la bestia, un rol poderoso que suele adjudicarse al varón. Las múltiples referencias a mujeres como animales —gallinitas, peces, monos, fieras— apunta a que la mujer también se asume animal al deshumanizarse. La amiga de Lux, Maia, ha llegado allí pues no puede soportar que las mujeres de su familia se remitan a quemar sus pertenencias, y las de sus maridos, y resignarse a lo que venga. La joven que vive en una isla con el Galés busca en la madre un espejo para la supervivencia hasta que este se hace añicos cuando ella se entera que el ahogamiento de su madre en el lago no fue un suicidio. En fin, la novela trastoca las dimensiones del rol social que asumen las mujeres en el mundo de hoy después de la quema, invierte y problematiza la cotidianidad de las mujeres, quizás incluso en las facetas de una sola mujer, que son todas a la vez.

No podemos dejar de pensar en Quema sin plantear una reflexión profunda de los espacios de la mujer en contextos catastróficos. ¿Qué hacen las mujeres cuando el mundo de los hombres se ha quemado? ¿Cuánto de ellas se quema con ese mundo? ¿Cuánto sobrevive? ¿Hay espacios para nuevos contextos femeninos? Los invito a leer Quema, Premio Las Américas 2016, para trazar la ruta a una respuesta.


Alejandro Álvarez Nieves, Ph.D.
Coordinador del Comité de Escritores
Salón Literario Libroamérica en Puerto Rico
Productores del Festival de la Palabra
comite.de.escritores.sllpr@gmail.com

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Sobre Ariadna Castellarnau (1979).


Es licenciada en letras, periodista y escritora. Nació en España pero está radicada en Buenos Aires. Escribe para Radar (Página 12) y el suplemento de cultura del diario Perfil. Sus cuentos han aparecido en las antologías Panorama Interzona (Interzona) y Extrema ficción (Antologías Traviesa). Quema es su primera novela. 

jueves, 1 de diciembre de 2016

Los Casados

La poeta nicaragüense Gioconda Belli en el Salón de la Poesía de la #FilGuadalajara30 el 29 de noviembre de 2016, acompañada por la poeta mexicana Carmen Villoro. 


Gioconda Belli (1948).
Poeta nicaragüense.

Los Casados

Nos lanzamos sin miramientos
al cotidiano oficio de querernos
al tiempo del lavabo y del cepillo
a la espuma del baño
a las noches de almohadas compartidas
al espejo común
en que la desnudez rasga sin compasión
los velos del misterio.
Pareja humana somos
cuerpos de luz y de estropicio
Bajo las sábanas huele el sexo, el sudor, lo ingerido,
y en la mañana a veces
el vino duerme rancio en la boca asomado a los besos.
Esto y mucho más sobrevivimos
aprendemos el gusto de lo usado y sabido
el consuelo del gesto adivinado
las mañas, la manera de acomodarnos en la cama
los ruidos, los ronquidos
el peso de los pasos cuando se va o se viene
el sigiloso celo con que cada uno labra su trinchera
y protege su pequeña ventana donde mirar la luna
sin ser visto
Redondo es el círculo de la intimidad
y asombroso el arsenal del amor
que con fallidas piedras
erige su castillo
y lo defiende.