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viernes, 30 de septiembre de 2016

Palomitas



Carmen Villoro. Poeta Mexicana. 
Tomado del libro "Jugo de naranja". 

Hacer palomitas es tu sortilegio preferido. Dos cucharadas de aceite hacen brillar el fondo de la olla donde esparces las semillas doradas. Sobre ellas viertes la sal como polvos mágicos. Con la olla a fuego lento, escuchas la primera explosión, seguida de una pirotecnia de juguete, tormenta de estallidos diminutos que poco a poco amaina. La destapas a punto de derramar su contenido de nubes pequeñísimas, el cielo aborregado que sirves en los platos y que, fugaz, se disuelve en tu boca como un sacramento cotidiano.

jueves, 29 de septiembre de 2016

De Amante

Rafael Cadenas. Poeta Venezolano. 
De "Amante", 1983. 


Watercolor eye by Midnightambiance | Devianart.com
Cuanto hiciste 
fue para propiciar 
el encuentro.

Aparta pues de ti 
la espera.

Ahora.

Sólo hay
aquí,
ya,
un aquí embriagado 
en un ya de oro.

Te encontrarás de bruces 
ante ella.

La vida a quemarropa. 
Por fin.
En tu cuerpo.

La flor inmediata, 
la única,
te esperó siempre.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

La poesía es un arma cargada de presente

José Díaz Cervera (1958). Poeta mexicano. Tomado del blog "La negrura secreta".

Porque es innecesaria, porque jamás podrá detener la bala de un sicario, porque es pobre, yo amo a la poesía.

No sé si por ella nuestros ojos ensayan la existencia de los astros; no sé si de sus manos podrán brotar alguna vez palomas y dientes de leche, pero yo amo a la poesía porque me la imagino una mujer de pies pequeños.

Porque viene manchada por el dolor humano, la poesía está preñada siempre por lo que no hemos dicho; yo la amo porque en ella las palabras tienen la fragancia de una cabellera de mujer que sonríe, a pesar de los rigores de un tiempo donde casi todo es basura y mezquindad.

Nadie pide un poema como se pide una manzana, pero todos damos alguna vez una palabra como se da un beso. Y un beso, en el fondo, es algo innecesario para la urgencia de unos ojos que se cierran; por eso la poesía es un arma cargada de presente: en ella está la vida que sueña, en ella está la vida que canta en un aquí constante, en un ahora perenne (como una gota de lluvia detenida en su ascenso hacia la nada).

¿En qué sustancia, en que sal, en qué lustrales humos la poesía aprendió a ser eternamente blanca, tan negra como una piedra hecha de agua, tan transparente como una cadera hecha de agua o tan oscura como un caracol hecho del eco de la voz del agua?

Nadie pide un poema como se pide un vaso de agua, pero todos bebemos en ella el canto de la lluvia.

Mas cuando nos han cancelado el pie derecho, cuando todo es espera, cal, pulmones rotos; cuando el día de mañana es una astilla en nuestros ojos, la poesía destila sus presencias diversas y emprende la suma capilar del tiempo que se resume en el instante, donde todo es un hoy en desamparo.

Nada tiene un principio; el pasado es un sueño; el futuro es una cortina negra que oculta nuestro abismo.

Por eso nadie pide un poema como se pide una sombrilla, nadie pide un poema como se piden unos pies o como se pide una taza de asombro para pasar la noche.

Yo amo a la poesía porque no la necesito; la amo por inútil; la amo, sobre todo, porque en su humildad, ella no necesita de los hombres.

Nadie pide un poema como se pide una mirada, pero todos alguna vez hemos dado una palabra como se da una grieta o como se da un espejo para el sueño o una gota de sangre para endulzar la tierra. Porque es innecesaria, porque jamás podrá detener la bala de un sicario, porque es vieja e inútil, porque es pobre, yo amo a la poesía.

martes, 27 de septiembre de 2016

9 años de Letranías

Es 27 de septiembre de 2016 y Letranías cumple nueve años.

Casi una década de compartir autores, fragmentos, sugerir libros, compartir poesía y relatos. Letranías primero fue un blog. Lo sigue siendo. Y lo será. Pero le ha sucedido una alquimia magnífica, humanizándola: Letranías ha dejado de ser palabra para convertirse en hábito, una forma de acompañar la vida, una cita en la agenda de una a dos horas por semana. Ahora Letranías son también las personas que integran los cursos de Historia del Arte y los grupos de lectura “Puro Cuento”. Letranías son las personas que escriben y nos confían sus obras en cada sesión de las Consultorías Editoriales y el taller de Carpintería Poética. Letranías son las empresas e instituciones que, a través de las Consultorías Creativas, buscan darle un giro a su forma de trabajar y de verse a sí mismos para innovar y ser parte de las tendencias actuales.

A la gente que lee, comparte y replica nuestras publicaciones; a quienes se han inscrito a cursos y talleres, a los que no se han ido, a los que vuelven, a los que están por llegar; a nuestros clientes que le han apostado al arte y literatura para generar cambios positivos; a las instituciones que nos han invitado a formar parte de sus proyectos y sus aulas; a todos aquellos que han confiado en nosotros: gracias.

El camino apenas empieza y hay tanta belleza...

Addy Góngora Basterra
Letranías | 9º Aniversario.

lunes, 26 de septiembre de 2016

El Japón que encontré en Australia


Banana Yoshimoto (1964). Escritora japonesa.
Tomado del libro "Un viaje llamado vida". (Satori, 2014).

Fui a Australia a fin de recopilar material para mi nueva obra Honeymoon. En realidad, había ideado para esta novela un argumento como si deambulase por Australia; sin embargo, mientras escribía, la situación interna de Japón se volvía cada vez más insoportable, y tal vez eso me hizo centrarme en elementos tales como los jardines y las vistas de Japón.

Creo que el viaje tiene sentido porque precisamente tenemos una vida diaria a la que regresar, excepto cuando uno parte por un largo tiempo. Como al final me centré en los aspectos de la vida cotidiana después del viaje, no llegué a aprovechar mis aventuras australianas en el desarrollo de la novela, pero mi estancia transcurrió en un lugar encantador.

Ya que se trataba de un pequeño alojamiento, no voy a entrar en detalles (se localiza fácilmente si se busca). Era un albergue de estilo japonés en las montañas cerca de Brisbane, donde hicimos noche. El propietario era un monje que se dedicaba a elaborar washi (1). Y su mujer preparaba deliciosos platos japoneses a los huéspedes. Estaba rodeado por un bosque de bananos donde había serpientes y sanguijuelas, un paisaje inimaginable en Japón; pero una vez dentro, era una vivienda japonesa en todos los aspectos. Aunque las habitaciones eran de estilo occidental, estaban decoradas con libros y caligrafías japoneses, de tal manera que me pareció encontrarme en un albergue de las montañas de Nagano o Yamanashi (2). Y, curiosamente, había un baño de madera de ciprés al aire libre que era muy de agradecer para descansar la vista y el cuerpo fatigados del agotador viaje. Mientras reposaba en el agua caliente en medio del aire limpio de las montañas, me llenó de una inmensa felicidad el hecho de ser japonesa. Hasta ese día, yo estaba en la habitación de un hotel y llevaba una vida totalmente distinta a la de Japón, y comía con tenedor y cuchillo, pero ese día en un baño al aire libre… no me parecía real. Sentí que mi cuerpo se relajaba. A fin de cuentas, comprendí que los japoneses tenemos una constitución para andar descalzos en casa, estirar el cuerpo en la bañera, y que nos sientan mejor los alimentos ligeros. Todo esto se entiende mejor cuando uno se encuentra en el extranjero.

Para ir de compras es obligado bajar de la montaña y llegar a la ciudad; cuidar de una plantación de bananos y extraer las fibras de los tallos para fabricar papel es muy laborioso, y la administración de la vivienda y el mantenimiento de la bañera también debe de resultar agotador. Sin embargo, al encontrarme con la cultura japonesa en medio de aquella naturaleza salvaje, aprecié su valor como nunca antes.

Y es que los japoneses poseen una sabiduría maravillosa para vivir en armonía con la naturaleza, al tiempo que no escatiman el trabajo para lograr el bienestar, y mantienen un gran espíritu y aman la belleza delicada. 

Los que vivían en esa casa tenían un rostro realmente lozano. Decidí que, si alguna vez vuelvo a Australia, regresaría a ese alojamiento al final del viaje para refrescarme física y mentalmente antes de volver a casa.

Otra cosa que me impresionó fue el bufé de fritura. En teoría, esa cocina debía ser coreana, pero estaba preparada un tanto al azar en todo, en cuanto a los ingredientes, el modo de cocinarlos y servirlos, por lo que resultaba divertida. Consistía en que los huéspedes se ponían en fila delante de una especie de bufé de ensaladas. Pero ese bufé no era de ensaladas, sino ¡de carne! Una variedad de carne congelada de pollo, cerdo, ternera y cordero cortada en finas lonchas y amontonada en sus respectivos recipientes, de los que cada uno tomaba la cantidad que quisiera. Las verduras estaban dispuestas de la misma manera, y se aliñaban después con diversos aderezos al gusto de cada cual, como sake, sal, salsa picante, salsa de soja, vinagre, pimienta molida y salsa inglesa. Por último, se llevaba ese plato a una enorme plancha redonda debajo de la cual el fuego crepitaba con vigor. Allí estaba un joven coreano saludable y fornido, que tras verter el aceite sobre la plancha, volcó bruscamente todo el contenido del plato sobre ella, lo salteó con una larga espátula de hierro haciéndolo chisporrotear, y con el espectáculo de darle la vuelta hábilmente al salteado lo devolvió al plato. Como se podía repetir las veces que se quisiera, me divertí tanto pensando en todas las combinaciones: cordero, brotes de soja y jengibre, y después pollo, repollo con sal y sake, que al final comí demasiado. Sin embargo, en esta ocasión también reparé del todo en que era japonesa. En comparación con los australianos que me rodeaban, mi aliño era sin duda auténticamente japonés.

(1)  Papel tradicional japonés.
(2) Son las prefecturas de la región de Chūbu, de la isla de Honshū en Japón, que es la cuna de las casas rurales por su geografía montañosa.