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sábado, 30 de julio de 2016

Arte Poética

"El poeta es un pequeño Dios"


Vicente Huidobro (1893–1948).
Poeta chileno.

Que el verso sea como una llave
que abra mil puertas.
Una hoja cae; algo pasa volando;
cuanto miren los ojos creado sea,
y el alma del oyente quede temblando.

Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra;
el adjetivo, cuando no da vida, mata.

Estamos en el ciclo de los nervios.
El músculo cuelga,
como recuerdo, en los museos;
mas no por eso tenemos menos fuerza:
el vigor verdadero
reside en la cabeza.

Por qué cantáis la rosa, ¡oh Poetas!
hacedla florecer en el poema;

Sólo para nosotros
viven todas las cosas bajo el Sol.

El Poeta es un pequeño Dios.

De "El espejo de Agua", 1916.

viernes, 29 de julio de 2016

Rolls Royce



Ben Clark (1984).
Poeta español.

Cuando cumplí los treinta me senté
a pensar en las cosas que quería.

Pensé en ti, en un futuro vago, en todo
lo que duerme detrás de la escritura.

Y después, es verdad, pensé en un Rolls
Royce Phantom, o en cualquier Rolls Royce (¿importa?)

y tuve la ilusión de tener uno
antes de morir.

Y con otra cerveza dije bueno,
con ir en uno

me doy por satisfecho. Me senté
y me propuse ir en un Rolls Royce

como objetivo único y legítimo.

Más tarde recordé su funeral.
El Rolls que nos llevó hasta el crematorio.

El perfecto silencio del motor;
cómo el coche aquel día no importaba.

jueves, 28 de julio de 2016

El legado de Don Luis

Don Luis (1920 – 2005)
Por Julia Mortera.

Siempre me ha gustado leer poesía. El deleite por los versos se lo debo a Don Luis, mi abuelo materno. No fue un abuelo que jugara conmigo en el jardín o que me cantara canciones para dormir. De hecho, no recuerdo haber ido a la playa con él, ni a la feria. Lo recuerdo más bien como un hombre trabajador, recto, preciso, estricto. Y aunque tampoco recuerdo que me contara chistes, su cariño por mí llegó por otra vía: por su admiración a la palabra escrita y su gusto por escucharme declamar en la sala de su casa. No vivíamos en la misma ciudad, así que durante el curso escolar me preparaba para plantarme frente a él y declamar los versos elegidos.

Con la solemnidad de un emperador, Don Luis se sentaba en el sillón de la sala. A una sola voz llamaba a quien estuviera en casa para decir: “Julita va a declamar. Venid”. Entonces llegaban algunos cuantos por gusto y otros resignados a escucharme. Era una niña, medía cerca de un metro de estatura, mis rodillas se tambaleaban de un lado a otro al encararlo, y siempre la primera letra del poema conservaba un eco de nerviosismo, pero era soltar la voz y comenzaba la función.

—De Rafael de León, “Profecía” —decía—. De Juan de Dios Peza, “Fusiles y muñecas”.

Don Luis cerraba los ojos y movía las manos como quien dirige una orquesta sinfónica. Cuando pronunciaba los versos más emotivos ceñía más la frente y apretaba con fuerza los ojos. Se emocionaba. Cuando llegaba al final del poema aplaudía y, si alguno de los otros asistentes celebraba con menor júbilo, hacía palmas más fuertes con mirada penetrante, hasta conseguir que en aquellos inviernos calurosos se avecinaran avalanchas de aplausos.

Nunca era suficiente. Al día siguiente se repetía la función con el mismo poema. Según el tiempo que tuviera, me pedía que volviera a empezar. Esos eran nuestros “juegos” entre nieta y abuelo. De aquel escenario improvisado surgió el amor entre un hombre honesto y una niña que creció queriendo las letras.

Por tales cimientos y por la presencia en mi vida de tan importante fan, siempre tuve un gusto por escribir con sentimiento, por no decir “vivir” con sentimiento. Hice también oratoria. Las mías y las de otros, y lo digo así porque ya para los años de instituto, más de tres me pagaban para que en el aula de “Redacción”, escribiera por ellos las oratorias finales del curso.

Por eso digo que siempre me ha gustado leer poemas, en voz baja y en voz alta. Fue la primera puerta que tomé hacia la literatura. Fue el legado de Don Luis para mí y para los míos. Por eso no sorprende que en la familia haya pasión por los libreros, por la filosofía, por la enseñanza, por la investigación, por la música, por la actuación. Hay vena artística. Hay respeto por las artes. Por Don Luis tenemos alma de Quijote.

Entre nosotros, la familia, podríamos debatir muchas cosas entorno a Don Luis y cómo vivió su vida. Pero, por lo menos yo, recurro a la figura de mi abuelo en aquellos episodios tan especiales para concluir, años después a su partida, que hay mucho fondo en su manera de quererme… mucho fondo en su manera de querernos y formarnos.

En todo el universo de palabras y poemas, hay unos versos de Pedro Garfias que en especial le digo hoy en voz alta:

“¿Quién derribará ese árbol
de Asturias, ya sin ramaje,
desnudo, seco, clavado
con su raíz entrañabale
que corre por toda España
crispándonos de coraje?”.

Hace meses que Don Luis ha vuelto a tener una presencia importante en mí, quizá porque estoy en el país que amó con tanta nostalgia a la distancia. Pienso que si me viera hoy, en donde estoy y con quien estoy, se sentiría tan orgulloso como lo hacía en aquel sillón que lo engrandecía.

Te encontraré en Asturias un día Don Luis, el amor por esa tierra es también tu legado.

· juliamortera74@gmail.com ·



jueves, 21 de julio de 2016

Cartas a una desconocida


Nicanor Parra (1914). Poeta chileno. 

Cuando pasen los años, cuando pasen
los años y el aire haya cavado un foso
entre tu alma y la mía; cuando pasen los años
y yo sólo sea un hombre que amó,
un ser que se detuvo un instante frente a tus labios,
un pobre hombre cansado de andar por los jardines,
¿dónde estarás tú? ¡Dónde
estarás, oh hija de mis besos!

miércoles, 20 de julio de 2016

La Historia según Pao Cheng

Salvador Elizondo (1932-2006).
Escritor Mexicano.

[El cuento que compartimos está tomado del libro Narda o el verano].

En un día de verano, hace más de tres mil quinientos años, el filósofo Pao Cheng se sentó a la orilla de un arroyo a adivinar su destino en el caparazón de una tortuga. El calor y el murmullo del agua pronto hicieron, sin embargo, vagar sus pensamientos y olvidándose poco a poco de las manchas del carey, Pao Cheng comenzó a inferir la historia del mundo a partir de ese momento. “Como las ondas de este arroyuelo, así corre el tiempo. Este pequeño cauce crece conforme fluye, pronto se convierte en un caudal hasta que desemboca en el mar, cruza el océano, asciende en forma de vapor hacia las nubes, vuelve a caer sobre la montaña con la lluvia y baja, finalmente, otra vez convertido en el mismo arroyo…”

Este era, más o menos, el curso de su pensamiento y así, después de haber intuido la redondez de la tierra, su movimiento en torno al sol, la traslación de los demás astros y la propia rotación de la galaxia y del mundo… “¡Bah! —exclamó— este modo de pensar me aleja de la Tierra de Han y de sus hombres que son el centro inamovible y el eje en torno al que giran todas la humanidades que en él habitan…” Y pensando nuevamente en el hombre, Pao Cheng pensó en la Historia. Desentrañó, como si estuvieran escritos en el caparazón de la tortuga, los grandes acontecimientos futuros, las guerras, las migraciones, las pestes y las epopeyas de todos los pueblos a lo largo de varios milenios. Ante los ojos de su imaginación caían las grandes naciones y nacían las pequeñas que después se hacían grandes y poderosas antes de ser abatidas a su vez. Surgieron también todas las razas y las ciudades habitadas por ellas que se alzaban un instante majestuosas y luego caían por tierra para confundirse con la ruina y la escoria de innumerables generaciones.

Una de estas ciudades entre todas las que existían en ese futuro imaginado por Pao Cheng llamó poderosamente su atención y su divagación se hizo más precisa en cuanto a los detalles que la componían, como si en ella estuviera encerrado un enigma relacionado con su persona. Aguzó su mirada interior y trató de penetrar en los resquicios de esa topografía increada. La fuerza de su imaginación era tal que se sentía caminar por sus calles, levantando la vista azorado ante la grandeza de las construcciones y la belleza de los monumentos. Largo rato paseó Pao Cheng por aquella ciudad mezclándose a los hombres ataviados con extrañas vestiduras y que hablaban una lengua lentísima, incomprensible, hasta que pronto se detuvo ante una casa en cuya fachada parecían estar inscritos los signos indescifrables de un misterio que lo atraía irresistiblemente. A través de una de las ventanas pudo vislumbrar a un hombre que estaba escribiendo. En ese mismo momento Pao Cheng sintió que allí se dirimía una cuestión que lo atañía íntimamente. Cerró los ojos y acariciándose la frente perlada de sudor con las puntas de sus dedos alargados trató de penetrar, con el pensamiento, en el interior de la habitación en la que el hombre estaba escribiendo.

Se elevó volando del pavimento y su imaginación traspuso el reborde de la ventana que estaba abierta y por la que se colaba una ráfaga fresca que hacía temblar las cuartillas, cubiertas de incomprensibles caracteres, que yacían sobre la mesa. Pao Cheng se acercó cautelosamente al hombre y miró por encima de sus hombros, conteniendo la respiración para que éste no notara su presencia. El hombre no lo hubiera notado pues parecía absorto en su tarea de cubrir aquellas hojas de papel con esos signos cuyo contenido todavía escapaba al entendimiento de Pao Cheng. De vez en cuando el hombre se detenía, miraba pensativo por la ventana, aspiraba un pequeño cilindro blanco y arrojaba una bocanada de humo azulado por la boca y por las narices; luego volvía a escribir. Pao Cheng miró las cuartillas terminadas que yacían en desorden sobre un extremo de la mesa y conforme pudo ir descifrando el significado de las palabras que estaban escritas en ellas, su rostro se fue nublando y un escalofrío de terror cruzó, como la reptación de una serpiente venenosa, el fondo de su cuerpo. ”Este hombre está escribiendo un cuento”, se dijo. Pao Cheng volvió a leer las palabras escritas sobre las cuartillas. “El cuento se llama La Historia según Pao Cheng y trata de un filósofo de la antigüedad que un día se sentó a la orilla de un arroyo y se puso a pensar en… ¡Luego yo soy un recuerdo de ese hombre y si ese hombre me olvida moriré…!” El hombre, no bien había escrito sobre el papel las palabras “…si ese hombre me olvida moriré”, se detuvo, volvió a aspirar el cigarrillo y mientras dejaba escapar el humo por la boca, su mirada se ensombreció como si ante él cruzara una nube cargada de lluvia. Comprendió, en ese momento, que se había condenado a sí mismo, para toda la eternidad, a seguir escribiendo la historia de Pao Cheng, pues si su personaje era olvidado y moría, él que no era más que un pensamiento de Pao Cheng, también desaparecería.

lunes, 11 de julio de 2016

¿Quién se apellida Góngora?

Retrato de Luis de Góngora hecho por Diego Velázquez en 1622.


Por Addy Góngora Basterra. 

—Góngora… ¿quién se apellida Góngora —preguntaban siempre mis profesores en la Maestría en Literatura al revisar la lista de estudiantes, buscando con la mirada al portador.
—Yo —respondía alzando la mano.
Y ojo, que decía “Yo” en mexicano y no “Sho” en argentino, lo que provocaba la siguiente pregunta.
—¿Y de dónde sos?
—Soy Mexicana —respondía con orgullo.
—¡Pues qué apeshido para estudiar literatura, Mexicana! —remataban.

Luis de Góngora y Argote nació el 11 de julio de 1561. Es una de las figuras más importantes del Siglo de Oro Español y para muchos de nosotros leerlo hoy en día podría resultar un desafío. El retrato suyo que comparto fue pintado en 1622 por, nada más y nada menos, que Diego Velázquez. Dos años antes a esta obra, Luis de Góngora escribió un soneto titulado “A un pintor flamenco, mientras pintaba su retrato”, en el que al final se lee:

“Los siglos que en sus hojas cuenta un roble,
árbol los cuenta sordo, tronco ciego;
quien más ve, quien más oye, menos dura”.

¿Difícil de entender, no? (y más si no puse el soneto completo) Pero a lo que estos versos se refieren, es que el retrato vivirá mucho más que él, pues la persona de carne y huesos, vive poco. Y así ha sido. Ese lienzo de Velázquez y la obra poética de Don Luis lo confirman, hoy que en el 2016 se celebran 455 años de su nacimiento.

Cómo emplear el tiempo



¿Cuántas horas al día están dedicadas al sexo, los amigos, las compras y algunas diversiones? El total, al menos para uno de los escritores italianos más prolíficos, arroja una cifra de espanto, que se obtiene con absoluto rigor matemático: menos de dos horas. Si así están las cosas, ¿qué tiempo le queda a la democracia o al tabaco?

Umberto Eco (1932 – 2016).
Escritor italiano.

Cuando telefoneo al dentista para pedir una cita y él me dice que no tiene ya ninguna hora libre para toda la semana siguiente, yo le creo. Es un profesional serio. Pero cuando alguien me invita a un congreso, a una mesa redonda, a dirigir una obra colectiva, a escribir un ensayo, o participar en un jurado, y yo le digo que no tengo tiempo, no me cree. “Vamos profesor”, dice, “una persona como usted se puede dar tiempo”. Evidentemente, nosotros los humanistas con frecuencia no somos considerados profesionales serios, somos unos gandules.

He hecho un cálculo. Invito a los colegas que desempeñan trabajos análogos a hacer también ellos la prueba y a que me digan si estoy en lo justo. En un año no bisiesto hay 8,760 horas. Ocho horas de sueño, una hora para levantarse y asearse, media hora para desnudarse y poner el agua mineral en la mesita de noche y no más de dos horas para las comidas, se nos van 4,170 horas. Dos horas para los desplazamientos por la ciudad hacen 730 horas.

Dando 3 clases semanales de 2 horas cada una y una tarde para recibir a los estudiantes, la Universidad me ocupa, durante las 20 semanas en que se condensa la enseñanza, 220 horas de labores didácticas, a las que añado 24 horas de exámenes, 12 de discusión de tesis, 78 entre reuniones y consejos varios. Considerando una media de 5 tesis anuales de 350 páginas cada una, cada página leída como mínimo 2 veces, antes y después de la revisión a una media de 3 minutos por página, llego a las 175 horas. Para los ejercicios, dado que muchos los revisan mis colaboradores, me limito a calcularles 4 por sesión de examen, 30 páginas cada una, 5 minutos por página entre lectura y discusión preliminar, y nos ponemos en las 60 horas. Sin calcular la investigación, llegamos a un total de 1,465 horas.

Dirijo una revista de semiótica, VS, que publica 3 números con un total de 300 páginas al ano. Sin calcular los manuscritos leídos y descartados, dedicando 10 minutos a cada página (valoración, revisión, pruebas) estamos en las 50 horas. Me ocupo de 2 colecciones relacionadas con mis intereses científicos, calculando 6 libros al año con un total de 1,800 páginas, a 10 minutos por página, son 300 horas. De mis textos traducidos, ensayos, libros, artículos, ponencias en congresos, considerando sólo las lenguas que puedo controlar, hago una media de 1,500 páginas anuales a 20 minutos por página (lectura, control a partir del original, discusión con el traductor, en persona, por teléfono o por carta), y sumamos otras 500 horas. Después están los escritos originales. Considerando también que no escriba un libro, entre ensayos, intervenciones en congresos, ponencias, esbozos para las clases, etcétera, se llega fácilmente a 300 páginas.

Calculemos que entre pensarlas, tomar notas, pasarlas a máquina, corregir, produzca como mínimo una página por hora, y suman 300 horas. “La rustina di Minerva”, siendo optimista, entre encontrar el argumento, tomar notas, consultar algún libro, escribirla, reducirla al formato necesario, enviarla o dictarla, me lleva 3 horas: multiplico por 52 semanas y me dan 156 horas (no calculo otros artículos excepcionales). Finalmente el correo, al que dedico, sin lograr despacharlo todo, 3 mañanas a la semana desde las 9 hasta la 1, me ocupa 624 horas.

He calculado que en 1987, aceptando solamente el 10% de las propuestas, y limitándome a reuniones estrictamente disciplinares, presentaciones de trabajos dirigidos por mí y por mis colaboradores, presencias imprescindibles (ceremonias académicas, reuniones convocadas por los Ministerios competentes), he totalizado 372 horas de presencia efectiva (no calculo los tiempos muertos).

Dado que muchos compromisos eran en el extranjero, he calculado 323 horas de desplazamientos. El cálculo tiene en cuenta que un viaje Milán-Roma lleva 4 horas entre taxi al aeropuerto, espera, viaje, taxi a Roma, instalación en el hotel y desplazamiento al lugar de reunión. Un viaje a Nueva York representa 12 horas.

El total que resulta es de 8,094 horas. Restadas a las 8,760 que tiene el año, da un resultado de 666 horas, esto es, una hora y 49 minutos al día que he dedicado a: sexo, relación con amigos y familiares, funerales, curas médicas, shopping, deporte y espectáculo. Como se ve, no he calculado el tiempo de lectura del material impreso (libros, artículos, historietas). Admitiendo que lo haya hecho durante los desplazamientos, en 323 horas, a 5 minutos por página (lectura pura y simple y anotaciones), he tenido la posibilidad de leer 3,876 páginas que corresponden a sólo 12.92 libros de 300 páginas cada uno. ¿Y el tabaco? A 60 cigarrillos al día, medio minuto entre coger el paquete, encender y apagar, son 182 horas. No las tengo. Tendré que dejar de fumar.

sábado, 9 de julio de 2016

De "Memorias de Adriano"

Marguerite Yourcenar.
Fragmento de “Memorias de Adriano”.

La palabra escrita me enseñó a escuchar la voz humana, un poco como las grandes actitudes inmóviles de las estatuas me enseñaron a apreciar los gestos. En cambio, y posteriormente, la vida me aclaró los libros.

Pero los escritores mienten, aun los más sinceros. Los menos hábiles, carentes de palabras y frases capaces de encerrarla, retienen una imagen pobre y chata de la vida; algunos, como Lucano, la cargan y abruman con una dignidad que no posee. Otros como Petronio, la aligeran, la convierten en una pelota hueca que rebota, fácil de recibir y lanzar en un universo sin peso. Los poetas nos transportan a un mundo más vasto o más hermoso, más ardiente o más dulce que el que nos ha sido dado, diferente de él y casi inhabitable en la práctica. Para estudiarla en toda su pureza, los filósofos hacen sufrir a la realidad casi las mismas transformaciones que el fuego o el mortero hacen sufrir a los cuerpos; en esos cristales o en esas cenizas nada parece subsistir de un ser o de un hecho tales como los conocimos. Los historiadores nos proponen sistemas demasiado completos del pasado, series de causas y efectos harto exactas y claras como para que hayan sido alguna vez verdaderas; refrenan esa dócil material muerta, y sé que aun a Plutarco se le escapará siempre Alejandro. Los narradores, los autores de fábulas milicias, hacen como los carniceros, exponen en su tabanco pedacitos de carne que las moscas aprecian. Mucho me costaría vivir en un mundo sin libros, pero la realidad no está en ellos, puesto que no cabe entera.