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sábado, 25 de junio de 2016

Las palabras

Pablo Neruda. Poeta chileno. 
Fragmento del libro “Confieso que he vivido”.

… todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan… me prosterno ante ellas… las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito… amo tanto las palabras… las inesperadas… las que glotonamente se esperan, se acechan, hasta que de pronto caen… vocablos amados… brillan como perlas de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… persigo algunas palabras… son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema… las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto… las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola…

Todo está en la palabra… una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció. Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces… son antiquísimas y recientísimas… viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada… qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos… estos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo… todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas… por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… pero a los bárbaros se les caían de la tierra de las barbas, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo… salimos ganando… se llevaron el oro y nos dejaron el oro… se lo llevaron todo y nos dejaron todo… nos dejaron las palabras.

viernes, 10 de junio de 2016

Escribir es mi Veracruz

Ernest Hemingway en Finca Vigía, Cuba. 1946
De Leonardo Padura. Escritor Cubano.
Fragmento del libro Adiós, Hemingway.

     —El dueño de las historias aquí eres tú, no yo.
     Él lo miró y otra vez se asombró de la oscuridad impoluta del pelo de Calixto.
     —Ese es el problema: tengo que contar historias, pero ya no puedo. Siempre tuve una bolsa llena de buenas historias y ahora ando con un saco vacío. Reescribo cosas viejas porque no se me ocurre nada. Estoy jodido, horriblemente jodido. Yo creía que la vejez era otra cosa. ¿Tú te sientes viejo?
     —A veces sí, muy viejo —confesó Calixto—. Pero lo que hago entonces es que me pongo a oír música mexicana y me acuerdo que siempre pensé que cuando fuera viejo volvería a Veracruz y viviría allí. Eso me ayuda.
     —¿Por qué Veracruz?
     —Fue el primer lugar fuera de Cuba que visité. Acá yo oía música mexicana, allá los mexicanos oyen música cubana, y las mujeres son hermosas y se come bien. Pero ya sé que no voy a volver a Veracruz, y me moriré aquí, de viejo, sin tomar un trago más.
     —Nunca me habías hablado de Veracruz.
     —Nunca habíamos hablado de la vejez.
     —Sí, es verdad —admitió él—. Pero siempre hay tiempo para volver a Veracruz… Bueno, mejor me voy a dormir.
     —¿Estás durmiendo bien?
     —Una mierda. Pero mañana quiero escribir. Aunque no se me ocurra nada, tengo que escribir. Me voy. Escribir es mi Veracruz.

Tusquets, 2006, pág. 119.

jueves, 9 de junio de 2016

¡Al agua patos!


Por Julia Mortera.

Érase una vez dos patitos de goma. Vivían en un país lleno de colores con más patitos de goma como ellos. Había patos azules, amarillos, rojos, verdes, negros, morados, rosas ¡de todos colores!
     En ese mundo con muchos jardines verdes de color intenso, lagos grandes con peces parlanchines, escuelas con libros que al abrirse cuentan su propia historia, restaurantes con platillos de toda clase de chocolates, ahí vivían felices Yelitou y Patitura.
     Yelitou era muy guapo y divertido, ¡un gran deportista! Era de la familia de los amarillos. Como pato amarillo, era muy sociable, así que no era extraño verlo rodeado de amigos.
     Un día, en una fiesta de hule, conoció a Patitura, una pata muy elegante y simpática. Era de la familia de los rosas y como pata rosa, era muy amigable y atenta, así que no era extraño verla en fiestas y en reuniones o ayudando a otros patos de distintos colores.
     Yelitou era un gran nadador, Patitura en cambio sentía un gran temor por el agua.

     —Te enseñaré a nadar si me dejas —dijo Yelitou en un atardecer color naranja.
     —Me da miedo —respondió Patitura con un poco de pena.
     —¿Cuándo se ha visto a un pato que no sepa nadar? Piensa distinto, pronto dejarás de temer. Confía en mí. Te ayudaré, estaré contigo.

     Patitura pensó en toooooodas esas cosas que se perdía por no saber nadar. Yelitou le había contado de lugares increíbles a los que solo se llega nadando. Así que a la mañana siguiente, sin pensarlo mucho más, se fue a buscar a su amigo y comenzó la instrucción.

     —¡Al agua patos! —gritó Yelitou con mucho entusiasmo.

     Patitura metió su alita, cerró los ojos, respiró profundo.

     —Soy una pata valiente —se dijo, metiéndose al agua.
     —La primera lección, Patitura, es que aprendas a flotar. Mantén tu cuerpo en el agua y echa el miedo a volar.

     Entonces Patitura abrió los ojos, miró a su maestro y se dijo:

     —Soy una pata valiente —y comenzó a flotar.

     Ese día Patitura flotó y flotó y flotó. Flotó tanto en el agua que dejó de sentir miedo, estaba segura y tranquila con la compañía de su amigo amarillo.

     Al día siguiente volvieron al lago.

     —¡Al agua patos! —gritó Yelitou con más entusiasmo.

     Patitura metió su alita con los ojos abiertos, entró al agua y comenzó a flotar.

     —La segunda lección, Patitura, es aprender a avanzar. Mantén tu cuerpo a flote, mueve tus patitas hacia adelante y hacia atrás, ¡nada!
     Patitura volvió a sentir miedo, para nadar en el agua necesitaba avanzar y ella no se había alejado hacia el lado hondo. Había flotado, sí, pero siempre cerca de la orilla y de Yelitou. Entonces se dijo:
     —Soy una pata valiente —e hizo lo que su amigo maestro le indicó.

     Movió su patita derecha hacia adelante, luego la izquierda, luego empezó a alternarlas y sin más empezó a nadar. Nadó y nadó y nadó. Nadó tanto que en vez de miedo sintió alegría, había descubierto en la profundidad, lejos de la orilla, peces pequeños y grandes que la saludaban desde el fondo del agua, salían a animarla, a saludarla, a decirle que era la pata rosa más bonita y más valiente que alguna vez había nadado en ese lugar.

     Volvieron por tercera vez y antes de que Yelitou gritara “Al agua patos”, Patitura ya estaba en el agua.

     —La tercera lección, Patitura, es navegar. Para ir lejos en el agua no sólo hay que flotar y nadar, sino también dirigir el camino, hasta el puerto al que quieras llegar. Así que tú dirás, ¿hacia dónde quieres nadar?
     Entonces Patitura tembló otra vez. Era el momento de la verdad, iba a ir a un lugar nuevo en el que quizá no habría patos de todos colores ni el mundo sería de hule, quizá en el camino habría lluvia o los peces no serían tan amigables como los de aquel lago. Entonces se dijo:

     —Soy una pata valiente —y diciéndole a su amigo, pidió— vamos al lugar en donde los niños hacen castillos de arena, en donde el agua es azul como el cielo, en donde hay otros patos y otras aves, en donde no hablan “cuac cuac”.

Yelitou y Patitura conociendo "La Sagrada Familia", Barcelona.
     Los dos amigos navegaron hacia aquel lugar de sueño y cuando lo recorrieron, decidieron ir a más y más lugares. Fueron los dos patos más felices recorriendo el mundo.
    
     Cuando volvieron a casa, tenían tantas historias y habían aprendido tanto, que quisieron que otros patos vieran lo mismo que ellos, querían enseñarle a navegar a los patos azules, verdes, rojos, negros, morados, amarillos, rosas, ¡de todos colores!
    
     Así Yelitou y Patitura abrieron su escuela de natación y navegación, la llamaron “Al agua patos”.
    
     ¡Y colorín colorado, este cuento de patos de hule, se ha terminado!

Mail: juliamortera74@gmail.com

martes, 7 de junio de 2016

Muerte de Clarice Lispector

Clarice Lispector, escritora brasileña.
(1920- 1977)

De Ferreira Gullar (1930).
Poeta brasileño.

Mientras te enterraban en el cementerio judío
de Caju
(el soterrado resplandor de tu mirada
resistiendo aún)
el taxi recorría conmigo la orilla de la Lagoa
en dirección a Botafogo
Y las piedras y las nubes y los árboles
en el viento
mostraban alegremente
que no dependen de nosotros.

viernes, 3 de junio de 2016

La luz es como el agua

Gabriel García Márquez. Escritor colombiano. 
Tomado del libro Doce cuentos peregrinos.

En Navidad los niños volvieron a pedir un bote de remos.

     —De acuerdo —dijo el papá, lo compraremos cuando volvamos a Cartagena.

Totó, de nueve años, y Joel, de siete, estaban más decididos de lo que sus padres creían.

     —No —dijeron a coro—. Nos hace falta ahora y aquí.
     —Para empezar —dijo la madre—, aquí no hay más aguas navegables que la que sale de la ducha.

Tanto ella como el esposo tenían razón. En la casa de Cartagena de Indias había un patio con un muelle sobre la bahía, y un refugio para dos yates grandes. En cambio aquí en Madrid vivían apretados en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. Pero al final ni él ni ella pudieron negarse, porque les habían prometido un bote de remos con su sextante y su brújula si se ganaban el laurel del tercer año de primaria, y se lo habían ganado. Así que el papá compró todo sin decirle nada a su esposa, que era la más reacia a pagar deudas de juego. Era un precioso bote de aluminio con un hilo dorado en la línea de flotación.

     —El bote está en el garaje —reveló el papá en el almuerzo—. El problema es que no hay cómo subirlo ni por el ascensor ni por la escalera, y en el garaje no hay más espacio disponible.

Sin embargo, la tarde del sábado siguiente los niños invitaron a sus condiscípulos para subir el bote por las escaleras, y lograron llevarlo hasta el cuarto de servicio.

     —Felicitaciones —les dijo el papá ¿ahora qué?
     —Ahora nada —dijeron los niños—. Lo único que queríamos era tener el bote en el cuarto, y ya está.

La noche del miércoles, como todos los miércoles, los padres se fueron al cine. Los niños, dueños y señores de la casa, cerraron puertas y ventanas, y rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un chorro de luz dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota, y lo dejaron correr hasta que el nivel llego a cuatro palmos. Entonces cortaron la corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la casa.

Esta aventura fabulosa fue el resultado de una ligereza mía cuando participaba en un seminario sobre la poesía de los utensilios domésticos. Totó me preguntó cómo era que la luz se encendía con sólo apretar un botón, y yo no tuve el valor de pensarlo dos veces.

     —La luz es como el agua —le contesté: uno abre el grifo, y sale.

De modo que siguieron navegando los miércoles en la noche, aprendiendo el manejo del sextante y la brújula, hasta que los padres regresaban del cine y los encontraban dormidos como ángeles de tierra firme. Meses después, ansiosos de ir más lejos, pidieron un equipo de pesca submarina. Con todo: máscaras, aletas, tanques y escopetas de aire comprimido.

     —Está mal que tengan en el cuarto de servicio un bote de remos que no les sirve para nada —dijo el padre—. Pero está peor que quieran tener además equipos de buceo.
     —¿Y si nos ganamos la gardenia de oro del primer semestre? —dijo Joel.
     —No —dijo la madre, asustada—. Ya no más.

El padre le reprochó su intransigencia.

     —Es que estos niños no se ganan ni un clavo por cumplir con su deber —dijo ella—, pero por un capricho son capaces de ganarse hasta la silla del maestro.

Los padres no dijeron al fin ni que sí ni que no. Pero Totó y Joel, que habían sido los últimos en los dos años anteriores, se ganaron en julio las dos gardenias de oro y el reconocimiento público del rector. Esa misma tarde, sin que hubieran vuelto a pedirlos, encontraron en el dormitorio los equipos de buzos en su empaque original. De modo que el miércoles siguiente, mientras los padres veían El último tango en París, llenaron el apartamento hasta la altura de dos brazas, bucearon como tiburones mansos por debajo de los muebles y las camas, y rescataron del fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la oscuridad.

En la premiación final los hermanos fueron aclamados como ejemplo para la escuela, y les dieron diplomas de excelencia. Esta vez no tuvieron que pedir nada, porque los padres les preguntaron qué querían. Ellos fueron tan razonables, que sólo quisieron una fiesta en casa para agasajar a los compañeros de curso.

El papá, a solas con su mujer, estaba radiante.

     —Es una prueba de madurez —dijo.
     —Dios te oiga —dijo la madre.

El miércoles siguiente, mientras los padres veían La Batalla de Argel , la gente que pasó por la Castellana vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio escondido entre los árboles. Salía por los balcones, se derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama.

Llamados de urgencia, los bomberos forzaron la puerta del quinto piso, y encontraron la casa rebosada de luz hasta el techo. El sofá y los sillones forrados en piel de leopardo flotaban en la sala a distintos niveles, entre las botellas del bar y el piano de cola y su mantón de Manila que aleteaba a media agua como una mantarraya de oro. Los utensilios domésticos, en la plenitud de su poesía, volaban con sus propias alas por el cielo de la cocina. Los instrumentos de la banda de guerra, que los niños usaban para bailar, flotaban al garete entre los peces de colores liberados de la pecera de mamá, que eran los únicos que flotaban vivos y felices en la vasta ciénaga iluminada. En el cuarto de baño flotaban los cepillos de dientes de todos, los preservativos de papá, los pomos de cremas y la dentadura de repuesto de mamá, y el televisor de la alcoba principal flotaba de costado, todavía encendido en el último episodio de la película de media noche prohibida para niños.

Al final del corredor, flotando entre dos aguas, Totó estaba sentado en la popa del bote, aferrado a los remos y con la máscara puesta, buscando el faro del puerto hasta donde le alcanzó el aire de los tanques, y Joel flotaba en la proa buscando todavía la altura de la estrella polar con el sextante, y flotaban por toda la casa sus treinta y siete compañeros de clase, eternizados en el instante de hacer pipí en la maceta de geranios, de cantar el himno de la escuela con la letra cambiada por versos de burla contra el rector, de beberse a escondidas un vaso de brandy de la botella de papá. Pues habían abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el cuarto año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario se había ahogado en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. En Madrid de España, una ciudad remota de veranos ardientes y vientos helados, sin mar ni río, y cuyos aborígenes de tierra firme nunca fueron maestros en la ciencia de navegar en la luz.

jueves, 2 de junio de 2016

Yuyú y sus polvos de hada

Por Julia Mortera.

Yuyú nació siendo una chispita en un pueblo pequeñito de algún rincón del mundo. Es un hada de verdad y tiene una magia muy especial. Es un hada distinta, pues no tiene alitas transparentes ni es tan chiquitita como el dedo meñique de tus manos. Yuyú se ve, más bien, ¡como te ves tú! Tiene dos ojos, una nariz, dos brazos, dos pies, un ombligo, dos oídos, ¿puedes ver como más es Yuyú?

Un día Yuyú vio a sus amigos los perros pelear con un gato. Estaban tan enfadados que casi no advirtieron que Yuyú pasaba por ahí. Al igual que a los niños como tú, a las hadas de verdad les gusta mucho bailar. Así que, en medio de la discusión Yuyú tomó su ipod, lo vinculó a un altavoz, puso una cumbia y comenzó a bailar. Movía sus piernitas de allá pá acá, sus hombros pá adelante y pá atrás, sus caderas pá arriba y pá abajo, y entre el “tilín tilín” liberó sus polvos de hada que lograron la atención de los perros y el gato. Miraban a Yuyú sorprendidos y dijeron, “qué buen ritmo”, “qué buena música".

Entonces se dieron cuenta de que compartían el gusto por el baile y la canción para ellos era la más alegre del mundo. Sin mucho pensar, se pusieron a bailar. Los polvos de hada de Yuyú pronto reunieron a más integrantes. Llegó el elefante y el ratón, la mariposa y la flor, era tan buena la música que vino hasta un tiburón y un caballito de mar. ¿Puedes escuchar el “tilín tilín” de aquel danzón?

Bailando con ese ritmo, que tú también sabes llevar, Yuyú llegó cantando a casa de sus tíos. Ellos eran adultos, profesionales con muchas responsabilidades, tenían un trabajo y también una familia. Se iban muy temprano y volvían al caer el sol. Como mucha emoción Yuyú se sentó a la mesa. Los tíos aún ocupados, hablaban en el móvil, escribían mensajes o leían correos. Pero como Yuyú los apreciaba tanto y se sentía tan feliz de verlos, con varios parpadeos —que tú sabes hacer también— y un “ji ji – ji ji” liberó sus polvos de hada y pronto tuvo su atención. “Ji ji – ji ji” tuve una fiesta hoy “ji ji – ji ji”, cuánta diversión. Entonces todos se miraron y rieron, se olvidaron de las llamadas, de los mensajes y los correos, compartieron un rico manjar y un helado al terminar.

Otro día, paseando con su característica alegría, con la que tú también sabes andar, Yuyú escuchó a un niño lamentándose, cerca del mar.

     —¿Qué pasa amigo mío? ¿Algo anda mal?
     —Se han enfadado conmigo por romper la tablet. Y ahora, ¿con qué vamos a jugar?

Yuyú mostró su sonrisa, “bling-bling” se escuchó sonar, y como las otras veces, echó sus polvos a volar.

     —Inventa un juego. Te voy a enseñar.
     —¿Qué dices? Yo no soy un hada, no puedo inventar.
     —Te diré un secreto, que a nadie podrás revelar. Tú también tienes magia para poder contagiar. ¡Mira toma esta piedra! ¡Juguemos a ver cuántos saltos puede hacer sobre el mar!

El niño y Yuyú comenzaron a hacer las rocas saltar. ¡Un salto! ¡Tres saltos! ¡Pequeños! ¡Más grandes! ¡Más largos! Y las piedras daban clavados, grandes chapuzones en el agua, una incluso rebotó hasta las nubes y se fue brincando hasta llegar al rincón del pueblito más pequeño del otro lado de mundo.

   
"Niños tirando piedras". 2011. Parnalú.
Óleo sobre tela. 80x90cm. Tomada de aquí.
—¿Y cuando no hayan piedras que quieran nadar? —dijo el niño. ¿Cuándo no hayan olas- trampolín? ¿Cuándo no esté tu magia? ¿Con qué voy a jugar con mis hermanos?
     —Tu magia de niño te ayudará. Quizá buscar un lápiz para dibujar o encontrar palitos para edificar u hojas de papel para hacer aviones volar. Los dos tenemos magia que llevamos dentro. Basta con mover tus hombros con un “tilín-tilín” o hablar con los adultos riendo en un “ji ji – ji ji”, o mostrar esa sonrisa que suena “bling bling”.

Entonces ambos rieron, liberando tantos polvos mágicos que un satélite especial lanzó la alerta de algo inusual.

Y así Yuyú se fue, dejando tras de sí polvos de hada, como lo hacen tantas hadas y tantos niños, esparciendo alegría hasta rincones de pueblos pequeñiiiiiitos, hasta las grandes ciudades y las tribus lejanas, haciendo brillar al mundo en el que a veces, si prestas atención, parece escucharse un “ji ji – ji ji”.