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jueves, 26 de mayo de 2016

Sobre la responsabilidad


Por Julia Mortera.

Hice trampa a los siete años. No recuerdo entender “hacer trampa” como un engaño, sino como un camino fácil para conseguir una buena calificación. Aunque era pequeña recuerdo que había enfermado el día que mis compañeras de salón tomaron el examen de inglés, y yo debía presentar la prueba días después. Esa mañana mi maestra, alta, delgada, con el cabello crespo y alborotado, me dejó el examen de inglés en mi pupitre, mientras calificaba la tarea de mis demás compañeras. Yo no había estudiado el vocabulario por disfrutar, en mi malestar de niña de siete años, de los dibujos de la televisión. Y así, mientras el salón era una sala de juegos de pareja, mientras Griselda —la maestra— se concentraba en calificar la tarea de mis compañeras, noté la ocasión perfecta para que, desde debajo de mi pupitre amarillo y dentro de mi cajón metálico en forma de canasta, deslizara la libreta de inglés del primer año salón “a”, que resguardaba el vocabulario entero de las partes de una casa. No podía haber mejor ocasión, así que abrí la libreta, la coloqué en mis piernas, y comencé a responder.

Recuerdo haber pensado “¡Qué fácil! No estudié y me sacaré un diez”. Estaba tan concentrada en copiar que no me di cuenta de nada de lo que pasaba a mí alrededor. De pronto, de la nada, dos puños golpearon mi pupitre y me tembló todo el cuerpo. Me sentí chiquitita y aterrorizada por el incidente, de la nada el bullicio de mis compañeras se apagó y la voz enardecida de mi maestra me dejó congelada. Griselda se había convertido en un monstruo de dos cabezas, con serpientes en el cabello rizado, casi tan alta como el techo. Con una voz grave que hacía eco en mis oídos, me gritaba. No recuerdo bien sus palabras porque solo podía verla enfurecida. Ni siquiera recuerdo haber visto a mis compañeras, solo me sentí minúscula frente a ella, avergonzada, asustada. La “Teacher Griselda” tomó de su bolsillo un bolígrafo, ¿por qué son siempre los de tinta roja los que amenazan con un castigo? —Eres una tramposa —gritaba. —¿Sabes lo que te mereces? ¡Un cero! —y sobre mi hoja de papel reciclado, trazaba con la fuerza de su furia, un óvalo perfecto.

Era la última clase del día. Y aún no se por qué, mi mamá apareció. Era maestra de inglés en preescolar en la misma institución. Tal vez quería cerciorarse de que pronto terminara para ir a casa. Como fuese, ver a mi madre enmarcada en el umbral del salón de clase, fue el peor de los castigos. Ahí estaba ella, no sé por qué, en el momento exacto en el que la autoridad de aquel salón me reñía por tramposa.

Mamá no me reprendió frente a la maestra ni frente a mis compañeras. Solamente me llevó a casa, en silencio. No recuerdo que haya dicho nada en la comida y tampoco recuerdo que mis hermanos estuvieran presentes. Quizá porque me sentí sola. Conforme fue avanzando la tarde recuerdo haber pensado: “¡Qué bien! Mamá me quiere tanto que no me castigará más”.

Debían de ser las seis o las siete. A esa hora solía llegar papá de trabajar. Como lo hace aún, suele cambiarse la ropa y recostarse a ver televisión. Minutos después, me mandaron llamar. Yo entré cabizbaja a resguardarme detrás de mamá, con cara de perro arrepentido y la cola enrollada como un cochino. Mamá, me sacó detrás suyo y me puso frente a ambos. Entonces, rompió el silencio: “Anda, dile a tu papá lo que ha pasado hoy”.

Entonces volvió el llanto y la vergüenza. Cuando tienes siete años, la máxima autoridad son tus padres, y saber que tenía que reconocer ante ellos que había hecho trampa, era más doloroso que quedarme sin ver dibujos durante un mes. No sé cómo les dije, pero recuerdo implorar por perdón como un preso a su reo. Aún puedo ver a mis padres recostados en la cama, con toda su atención en mí, que me escondía debajo de los gabinetes de madera de la esquina de aquella recámara. Fue el peor día de aquel año.

Papá, no me pegó. Mamá, no me gritó. Solo recuerdo que me preguntaron por qué había decidido hacer eso. No pude responderles porque no sabía cómo. Lo que sí recuerdo es que me dijeron algo así como que yo era una niña lista y que no necesitaba hacer trampa para conseguir una buena nota, que tenía que estudiar duro para demostrarme que yo podía conseguir la nota que quisiera, sin hacer trampa. Papá pregunto sobre mi próximo examen y me mando a estudiar. Era de “Historia de México” y de cómo se había fundado Tenochtitlán.

Volví, una semana después. Con un diez perfecto en tinta verde y una nota de felicitación de mi maestra. Mis padres no me hicieron una gran fiesta, ni me premiaron por ello, pero yo sentí una satisfacción que nunca ningún otro diez, me hizo sentir en la vida.

Y pienso, en torno a esta historia, en la gran lección de responsabilidad que mis padres me dieron a mis cortos siete años. Pienso, que con ese incidente me enseñaron a valorar el resultado de la consecuencia de mis actos, sin señalarme o decirme que una cosa estaba bien y otra mal, me sembraron el sentido de la conciencia y la confianza en que el resultado del trabajo duro es la satisfacción. Pienso en la marca que dejó en mí ese acontecimiento marcado por el silencio y en los medios que ellos siempre eligieron: escuchar y hablar, antes de gritar y ofender.

Desde mi pequeñez, en aquel rincón, me dieron voz, aún sintiendo miedo, y aún sabiendo que tendría consecuencias dolorosas. Aquel día busqué protección detrás de la falda de mi madre. Ella me sacó de allí indicándome que la mejor manera de salvaguardarme era forjar mi integridad. Mi padre, por su parte, cimentó en mí ese espíritu de lucha, que aún continuo edificando.

viernes, 13 de mayo de 2016

La noche boca abajo



[Relato finalista del Concurso “Quitarse esa cosquilla molesta del estómago: cuéntanos tu cuento favorito de Julio Cortázar”, como parte de la 2ª Serie de Conversatorios sobre Literatura, organizado por el Proyecto Utopía de Yucatán A.C. y Foro Amaro].

Mi nombre es Ricardo H. López Méndez, tengo 24 años, actualmente curso mi último grado de carrera y, más que participar en el concurso “Quitarse esa cosquilla molesta del estómago: cuéntanos tu cuento favorito de Julio Cortázar”, quiero tomar este espacio para contar algo personal, algo que de verdad quiero quitarme la cosquillita de mi estómago y, de paso, contarles por qué el cuento de “La noche boca arriba” es mi favorito de Don Julio.

Mis primeros contactos con Cortázar fueron en mis años de secundaria y siento que, gracias a ello, mi mente está muy contaminada con la maravillosa forma de ver la vida que plasma tan bien en sus cuentos. Y claro, digo “contaminada” en el buen sentido de la palabra, a veces siento que en el ámbito de mi carrera, tener como un pilar de tu forma de ser a Cortázar puede ser un tanto contraproducente.

Mi historia del por qué empieza una tarde de julio del 2015, alistándome para un largo periodo de clases, ya habitual en mis últimos años de carrera, viendo qué materias y maestros tocaban y pensando en cómo iba a hacer mi tarde.

Esa tarde era un tanto especial, ya que un día anterior me había comprado unos zapatos y pantalones nuevos, recién bañado y con mis libros en mi mochila, faltando media hora para las 4 de la tarde me dispuse a dejar mi casa y a sacar la motocicleta del rincón del pórtico, donde mi abuelo me había dicho que la dejara siempre para no estorbara la salida.

Ese día había un sol, de esos soles que te hacen recordar que estamos en Mérida y que no hay en otros lares. Como de costumbre coloqué la madera que me servía de bajada para sacarla y la deslice suavemente, pero con firmeza, para que no me ganara el peso. Ya había preparado mis guantes, mi casco y una chamarra de cuero, pero el calor era abrumador y pensé que ponerse una chamarra encima era declararle la guerra al bochorno, una guerra que no iba a ganar. Me despedí de mi abuela, me puse los guantes, el casco y encendí la moto, mi meta era salir al periférico ya que la distancia más corta entre dos puntos es la línea recta. Mi Facultad está relativamente cerca de la colonia Fidel Velázquez.

Viaje placentero, con pocos coches, solos los habituales y lentos camiones de carga de material para construcción que siempre pasaban por esas horas.

Ya cerca de la Facultad me topé con uno de estos camiones de carga, estaba justamente enfrente de mí en el carril derecho, pegado al acotamiento. Lentos como siempre, además de que los pequeños residuos que se desprenden de los materiales chocan contra la cara de uno. Manejando a unos 70 k/h decidí rebasarlo, observé los espejos retrovisores de mi izquierda y no vi nada en kilómetros. Incliné ligeramente mi cuerpo hacia la izquierda y acelerando me dispuse a rebasar. Estar en una motocicleta y rebasar uno de estos camiones siempre es fascinante, te pones a pensar en el tamaño de las llantas y que no quisieras quedar debajo de ellas.

De pronto, cual sexto sentido, como si supieras que algo anda mal, logré ver por el rabillo del ojo izquierdo que muy pegado a mí venia un camión de remolque verde, todo pasó demasiado rápido, entre el carril de en medio y el derecho pegado al acotamiento quedé entre los dos camiones. El camión remolque me alcanzó a rozar la cola de la motocicleta, sentí un golpe, un sacudón en la parte trasera de mi casco, en un instante estaba viendo ese cielo azul sin nubes característico de las tardes en Mérida, la motocicleta y yo nos barrimos unos cuantos kilómetros al frente. Solté el mando y dejé que la motocicleta siguiera, pero yo continúe en ese ejercicio de desaceleración, las rodillas por frente y la vista al cielo, sentía que no me podía detener. Intenté meter mis manos para frenarme, pero mis esfuerzos eran en vano, sentía el pavimento rozar mi piel y cómo el calor pasaba todo mi codo y antebrazo izquierdo.

Con miedo, sólo pude pensar en Cortázar y su cuento, y en la suerte que me deparaba. El remolque se detuvo un poco más delante de donde yo acabe, quizás la adrenalina del momento me hizo pararme de un salto, no sentía dolor alguno, ningún hueso roto, sólo el temblor incontrolable de mis piernas. El conductor del remolque se acercó a mí y me preguntó si estaba bien, yo le dije que sí, él sacó su celular y llamó a su aseguradora, logré controlarme y de mi boca solo salió:

–Deme chance, mi motocicleta no tiene seguro, es nueva. El chofer me preguntó si estaba seguro y si no estaba lastimado, le dije que no.

Caminé unos cuantos metros hacia donde estaba la moto, la levanté y traté de encenderla. Funcionaba, arrancó la maldita. Me subí en ella y continúe la poca distancia que me quedaba para llegar a mi Facultad, la brisa que generaba la velocidad me hizo darme cuenta que no estaba bien del todo, de pronto un ardor intenso, al más intenso que había sentido en mi vida, me acalambró mi brazo izquierdo. Aguanté el dolor hasta la siguiente gasera, ahí me di cuenta que la parte de mi antebrazo y una de arriba del codo estaban en rojo vivo, sin sangre, sólo el ardor y un rojo-blanquecino. Rápidamente entré a la tienda y compré vendas, las que me alcanzaron con el dinero de mi pantalón roto, erosionado por la fricción del asfalto que me había hecho un pequeño hueco por el cual se fue parte de mi dinero.

Llegué a mi Facultad y me fui al baño de la biblioteca. Como pude me quité la camisa, mis movimientos eran limitados y el dolor del roce de mi camisa con la herida era mucho dolor, pero no fue nada cuando pasé el agua caliente del grifo sobre la herida, tuve que morder mi camisa para evitar que otras personas me escucharan. Me puse las vendas y fui a mi primera clase, fueron las dos horas de clase más largas de mi vida, sentía el palpitar de la escarificación. Terminando el primer módulo me regresé a mi casa, el dolor continuaba y empeoraba.

Ya en casa, me metí a la regadera, lavé y desinfecté la herida, un ardor indescriptible.

Mis padres saben que mis heridas fueron de tomar mal una curva, que no subí el descaso de la motocicleta y que derrape.

Casi no dormí en toda la noche por el ardor y el calor, ese calor que te hace recordar que estás en Mérida. El sudor que se mezclaba con la materia y no dejaba de arder, toda la noche boca abajo, por mis heridas en mi antebrazo. No podía dejar de pensar en lo afortunado que fui, la ropa nueva, el periférico vacío, sin policías, con el suficiente dinero, con la biblioteca solitaria, sin ninguna pregunta en la escuela, sin nadie en la casa, sin morirme, y pensé, si este es el sueño y otra es la realidad, si soy el otro o el que quedó debajo de las gigantescas llantas.

No pude evitar pensar en Cortázar todo ese tiempo y que tal vez Cortázar escribió eso exclusivamente para mí, para aguantar el dolor, el ardor, en pensar con la cabeza fría, pero dejándome llevar por lo fantástico de la vida.

jueves, 12 de mayo de 2016

Viaje en la memoria

Por Julia Mortera


18º00'06.1", -92º56'29.9W

Miraba por el ventanal del restaurante. Otras personas esperaban ansiosas que algún comensal desocupara una mesa para aprovechar los jueves de sushi al 2x1. Ella contemplaba, con la mirada fija, las placas del Ford Focus color plata, numeración PAT 2824, estacionado en el cajón de enfrente del famoso restaurante de Villahermosa.

Algunos enfilados murmuraban maldiciones por su inercia. El restaurante atiborrado y ella inmóvil, con un vaso de agua a medio llenar, un plato con restos de arroz y cerca de veinte papelitos hechos minúsculas pelotas. Ella con los ojos clavados en el metal vial. ¡Cómo si pudiera escuchar las quejas! Aún si se lo dijeran de frente, los reclamos no lograrían sacarla de ahí.

Nadie podía moverla de la última vez que habló con él, algún noviembre. No se dijeron mucho. La armoniosa voz de una mujer interrumpía los silencios incómodos con avisos de llegadas y salidas. Cada sonar de las bocinas ponía a prueba la fuerza en sus rodillas... las de ella. Él... él sin duda la quería, pero debía partir hacia su superación, hacia la ambición de ser alguien y existir para siempre para otros, no para ella. Quería ser médico, lo supo desde siempre. Ella lo sabía... que se iría para no volver, como sabía que la voz armoniosa de aquella mujer sin más preámbulos anunciaría la única ruta a la ciudad reconocida por haber albergado a grandes personalidades de la ciencia, la filosofía, la política y la economía.

Se hizo el anuncio, se dijeron poco, un abrazo de minuto y medio cerró la relación de tres años y dos meses, millones de besos, una canción, cien lágrimas, tres viajes por el caribe, dos conciertos, mil noches de pasión, cinco regalos, dieciséis pleitos y un pato.

Pero ella —que heredó de su abuela materna ciertos talentos de la brujería y el don de predecir ciertas cosas— sabía que se iría. Desde que lo conoció. Casi bruja y de las buenas. Por eso también no lloró más que noventa y cinco minutos en su coche, con su pato. Como sabía de su partida, también sabía qué pasaría. Las brujas son peligrosas, tienen un tipo de marca, se tatúan en la piel de quienes aman. Su manera de besar, de escuchar, de mirar, de avanzar, las hacen permanecer en la memoria de las huellas dactilares, en los bordes de los orificios nasales, en las papilas gustativas, en lo más hondo del cuerpo. Por eso al minuto noventa y seis se secó las lágrimas y agradeció a la vida por haberlo conocido y por haberse impregnado en él infinitamente. Ella sabía que por más viajes que él hiciera, por más mujeres que conociera, por muchas canciones que escuchara, por vastos bailes que bailara, ella permanecería.

La longitud de la fila de aquel restaurante japonés había reducido. Un hombre delgado salió por la puerta izquierda, tomó las llaves de su bolsillo, oprimió un botón que encendió intermitentes luces amarillas en aquel Focus plateado, subió al auto, arrancó el motor, se echó en reversa y abandonó el cajón de estacionamiento de la Plaza Estrada.

Por primera vez en dos horas ella movió la cabeza, levantó la mano, llamó al camarero. Pagó la cuenta con un billete de $500, tomó su backpack y se perdió en la calle. Dejó en la mesa un dibujo, casi infantil, con círculos y palos, trazos de un niño y una niña interceptados por dos rectas que podrían ser las manos. Bajo él un 28, bajo ella un 24. A un lado, un papelito de galleta de la suerte, típica de los restaurantes japoneses. Decía: "Posee una fe optimista y confianza en la vida".

martes, 10 de mayo de 2016

Francisco Toledo


Fragmento de la entrevista “Francisco Toledo, ilustrador de mitos”.
Publicada en Revista Interjet #114, Mayo 2016.



Jan Martínez Ahrens.- Para recordar a los 43 estudiantes desaparecidos hizo papalotes con sus rostros y los puso a volar. ¿Por qué?
Francisco Toledo.- Fue un gesto que preparamos con los niños de la escuela. Hay una costumbre del sur: cuando llega el Día de Muertos se vuelan papalotes porque se cree que las almas bajan por el hilo y llegan a tierra para comer las ofrendas; luego, al terminar la fiesta, vuelven a volar. Como a los estudiantes de Ayotzinapa los habían buscado ya bajo tierra y en el agua, enviamos los papalotes a buscarlos al cielo.

(…)

JMA.- Si me permite, yo le digo una serie de palabras, y usted me dice lo que piensa.
FT.- De acuerdo.

JMA.- Rufino Tamayo.
FT.- Ah, me agarra desprevenido… diría sandías, pintaría sandías con él.

JMA.- París.
FT.- Soledad y encuentros importantes.

JMA.- Ciudad de México.
FT.- Peligros. La primera vez que fui, sufría una enfermedad que no podían curar en el pueblo. Y en esa época corría el rumor de que en la capital se raptaban niños y que luego aparecían en los tamales. Se decía que había que abrir el tamal con cuidado y ver qué carne contenía, porque a veces podías encontrar un dedito. La Ciudad de México me recuerda a un tamal y un dedito de niño.

lunes, 9 de mayo de 2016

Retrato de un viaje

Owen Merton. Pintor Neerlandés. 
"Desert Oasis", 1924. Acuarela.

Lamiae el Amrani, poeta marroquí. 

Y así nos encontramos
en un desierto de agua,
con torbellinos de agua,
donde sepultamos
nuestras lágrimas
y nuestros recuerdos pesados.
Allí bajo el agua
nos obligaron a dejarlos
para poder encontrar
el Oasis...
del que todo el mundo habla.

Tomado del libro "Tormenta de especias".

viernes, 6 de mayo de 2016

Alina Reyes, lindísima en su sastre gris


Por Karla Barajas Ramos.

[Relato finalista del Concurso “Quitarse esa cosquilla molesta del estómago: cuéntanos tu cuento favorito de Julio Cortázar”, como parte de la 2ª Serie de Conversatorios sobre Literatura, organizado por el Proyecto Utopía de Yucatán A.C. y Foro Amaro].

Soy una cronopia, amo “Discurso de un oso”, “Carta a una señorita en París”,  “Las manos que crecen”.  Desde su lectura, vigilo coladeras y la llave de agua en el baño para ver si se asomaba un oso, y mi garganta para verificar que no nazcan conejitos cuando tengo náuseas.

ConFinal del Juego” y “Lejana” me inundó la ternura por sus personajes, la tristeza. Un suspiro al evocar la historia de manera inconsciente mientras comía o caminaba. Me apropié del texto, me solidaricé con los personajes, con las mujeres en ellos. Entre ambos cuentos, “Lejanaes mi favorito.

Un buen cuento narra dos historias, dos tramas distintas. Al finalizar la lectura de éste no me sentí engañada, desde el título orgánico sabía el final, no lo veía gracias a la alternancia de discursos, al entorno, a los espacios físicos que sirvieron como distractores en mi primera lectura.

Como la narradora, quien escribe su vida en un diario, me encontraba releyendo, buscando claves: nombres, fechas,  con angustia, casi sintiendo la humedad en mis pies, el frío la agonía. Como si yo pudiese salvar a la protagonista con entender al cuento y decirle que ese cuerpo era suyo, que no gritara, que no se rindiera, que siguiera escribiendo páginas en el diario, sin importar si estaba soltera o casada.

El personaje central se me presentó a través de un retrato interno completo. Desde el inicio me revela con un anagrama que Alina Reyes, la reina, mujer con una vida social, pero no la dueña; es Lejana, una mendiga de Budapest. Una mendiga a la que le pegan y la ultrajan día y día, camina por un puente frío con nieve que rezuma. La harapienta mujer de pelo negro y lacio esperaba con algo fijo y ávido en la cara. Llegué a quererla por su dolor, por fugarse de su realidad.

Alina Reyes, como la lejana, la no reina en el anagrama es, o podría ser, una pupila de mala casa en Jujuy o sirvienta en Quetzaltenango; en cualquier lado lejos y no reina, pero dueña del cuerpo y del nombre. Y la reina, la que habita la mente de esta persona quien narra Alina Reyes, la reina, con una vida social, pero no la dueña, a la que golpea la soledad, en un principio.

La narración comienza el 12 de enero con Alina Reyes, una mujer amada, con vida social, culta, que en continuas fechas piensa en una joven que en Budapest es golpeada quizá por una madre furiosa, la soledad o un hombre. El 20 de enero mientras sirve a la señora Regules y al chico Rivas, Alina Reyes dice: “ahora estoy cruzando un puente helado, ahora la nieve me entra por los zapatos rotos. La siento más dueña de su infortunio, lejos y sola, pero dueña y con odio.

El 25 de enero nos revela: Y si Alina Reyes está loca. El 6 de abril, a través de un puente que es  el mediador, me retrata de manera física al personaje en dos dimensiones: a través de un narrador impersonal que es precisamente el puente, la unión y separación de ambas.

 Entonces me doy cuenta que el tiempo fue un distractor, la historia en realidad se desarrolló en la agonía de esa pobre mujer que creyó ayudarse inventándose otra versión de sí misma, en ese monólogo interior de Lejana: Yo aguanto desde aquí y creo que con eso la ayudo un poco.

            Alina Reyes tiene un nombre, un diario, mientras Lejana es sólo un nombre alegórico, lo importante es que Alina Reyes no es la reina del anagrama, sino la chica a la que quiero salvar.

La mediación es importante porque el personaje no nos puede decir todas las cosas. El puente no sólo es un lugar, sino un puente en el discurso que atraviesa la primera persona para convertirse en un narrador omnisciente. La clave para definir el punto de vista está en el puente. Siempre el puente, la transición.

“Lejana” me detuvo a pensar cómo fue construida esta historia, ¿por qué me rondaba en la cabeza? El metalenguaje que utiliza Julio Cortázar en este cuento me atormentó,  quien narraba la historia era Alina Reyes, la querida o a la que golpean. ¿Qué historia prevalecería? ¿Sería una mujer que se inventó a una chica agonizante en Budapest? ¿O una mujer congelándose en medio del puente?

Finalmente, sumergida en el tiempo de la historia, ese 6 de abril no fue la victoria de la reina sobre la adherencia maligna, vio que se había separado. Y ahí, con ese grito, se quedó Alina Reyes, la lejana. Y yo triste, pensando en la convención que formamos Julio Cortázar y yo lectora. En esa convención íntima, poco a poco descubro la verdad temida:

“A veces sé que tiene frío, que sufre, que le pegan. Puedo solamente odiarla tanto, aborrecer las manos que la tiran al suelo, también a ella, a ella todavía más porque le pegan, porque soy yo y le pegan.
(Cortázar, Julio.2011: 48).
Cuando la fantasía de la mujer del puente se hace insostenible y dice: Salí a buscar del puente, salí en busca mía. Me desespero y pienso no vayas, allá te pegan, allá la nieve te entra en los zapatos.  Quizás la agonía sobre el frío no pasará dentro de catorce años o quizás no serás una cifra en el cementerio de Santa Úrsula.

Es ese tono, que aparentemente inicia con serenidad y pasa de inmediato a la  desesperación a lo largo de la historia, el que me hace conmoverme, desesperarme; y a la vez es el tono que mantiene la tención dentro del cuento, que llega hasta la desesperación, al grito.

Al terminar mi lectura, no me importa la que otros tengan de ese cuento,  quería cambiar el final, calentar los pies de la chica, volver a leer la historia y fusionarlas. A veces la releo y pienso en Alina Reyes, lindísima en su sastre gris, como la única en el puente. A veces releo la historia y agradezco a Julio Cortázar por habérmela contado.

Cortázar, Julio. Cuentos Completos/1.Punto de lectura. México, 2011.

jueves, 5 de mayo de 2016

Escribir con rigor


Por Julia Mortera.

Rigor. Del latín rigor, rigoris (rigidez, inflexibilidad,  severidad, rigor y dirección recta de las cosas). 

Me apunté a un curso de escritura creativa en junio de 2013. La convocatoria había llegado de la Dirección de Cultura del Ayuntamiento de mi ciudad. Le di vueltas a la idea, tenía una libreta con textos que había escrito y pensé que era momento de sacarlos del cajón. José iba a impartir el curso. Saber que tendría como maestro a uno de los poetas más importantes de mi país fue un aliento importante para animarme a participar. Lo había conocido en la universidad y aunque no tuve el privilegio de que me diese clase, ocasionalmente cuando pasaba por los pasillos solía detenerme a escuchar por la ventana su cátedra. Disfrutaba de su dicción, de su claridad de ideas y del brillo de sus ojos, propios del poeta que es.

Seríamos unos diez participantes como máximo. Muchos, como yo, leerían en público por primera vez lo que escribían. En principio, no es fácil compartir lo que uno escribe, es una especie de striptease que destapa la mente y la expone a quien tenga ojos para leer. Cada uno leíamos en voz alta nuestros escritos, géneros de todo tipo: cuentos breves, reflexiones y poemas. José nos escuchaba con paciencia y nos guiaba a la revisión. Como poeta, nos empujaba a indagar en el lenguaje, en los sinónimos, en el ritmo y en el ejercicio de la metáfora. Como maestro, nos ayudó a despojarnos de nuestros miedos, trabajó en nuestra confianza, nos exigió.

Recuerdo particularmente una sesión. José detuvo mi lectura para revisar un párrafo que le restaba fuerza a mi narrativa. Estábamos en un pequeño salón de un edificio antiguo, rodeados de estantes de metal, de afiches de eventos literarios y de cientos de nombres de escritores y títulos de libros. José empezó a hablarnos como solía hacerlo, con ritmo, entonación, credibilidad y sobretodo, pasión. Con su alma de poeta nos dio una de las más bonitas lecciones que he recibido: “Hay que escribir con rigor”. Lo decía con tal fuerza que le temblaban los puños de las manos, con tal convicción que su mirada lograba penetrar al mismo tiempo en cada uno de nosotros, con tal elocuencia que de los estantes parecían escucharse gritos victoriosos de cientos de escritores, como si estuviéramos justo en medio del Coliseo romano. “Hay que escribir con rigor”. Lo afirmaba como un principio, como una ley que debe salvaguardar quien profesa el oficio de ser escritor, como una sentencia que exige disciplina en el ejercicio de la creación literaria.

Cuido más lo que escribo desde entonces. Le dedico el tiempo que se merece. Procuro la economía de las palabras. Me detengo en la respiración. En la puntuación. Soy más autocrítica. Me exijo. Desde entonces aprecio más lo que leo. Ahora mismo leo una novela histórica que con el paso de las hojas cautiva mi asombro. Pienso en su autor, en las horas ¡y horas! que habrá dedicado a crear semejante pieza literaria... ¡qué manera de plasmar imágenes mentales! ¡cuánta claridad de pensamiento! ¡qué capacidad de emocionar!

“Hay que escribir con rigor” y cuando recuerdo aquel salón con libros empolvados, a mis compañeros al principio temerosos de quien pueda decir “escribes muy mal”, pienso en mi maestro José, en sus puños cerrados y en la firmeza de su mirada. ¿Quién mejor que él podría saber del rigor? De lo difícil que es ganarse la vida al ser poeta en un mundo que poco reconocimiento aporta al oficio de escribir, o bien, poco hace por generar el hábito de la lectura por placer. Sólo su excesiva y escrupulosa severidad por la palabra constante, lo han podido hacer merecedor de llamarse “poeta” y también “maestro”. Procuro escribir con rigor y lo digo así porque sé que me queda mucho por recorrer. No puede haber condescendencia o flexibilidad cuando se sabe con firmeza lo que uno es o a lo que quiere llegar. No hay cabida para la conformidad o mediocridad.

Siempre estaré agradecida con José Díaz Cervera, especialmente por tan importante lección de vida. No es que pretenda restarle importancia al contexto en el que recibí tal enseñanza, simplemente la entiendo como un común denominador que impera en quienes consiguen la excelencia. Con el rigor que escribe un Premio Nobel, entrena un atleta olímpico, baila una “prima bailarina”, crea sinfonías un músico, erige monumentos un arquitecto u ofrece descanso un carpintero. Quizá sea apropiado pensar que hay que vivir con rigor y aunque es cierto que no hay una línea recta que conduzca al éxito o a la felicidad, la perseverancia conlleva al reconocimiento del mérito que —a veces reconocido por muchos y a veces no— nos da a las personas la plenitud que engrandece nuestro espíritu y que nunca conocerá el ego.

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