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viernes, 13 de mayo de 2016

La noche boca abajo



[Relato finalista del Concurso “Quitarse esa cosquilla molesta del estómago: cuéntanos tu cuento favorito de Julio Cortázar”, como parte de la 2ª Serie de Conversatorios sobre Literatura, organizado por el Proyecto Utopía de Yucatán A.C. y Foro Amaro].

Mi nombre es Ricardo H. López Méndez, tengo 24 años, actualmente curso mi último grado de carrera y, más que participar en el concurso “Quitarse esa cosquilla molesta del estómago: cuéntanos tu cuento favorito de Julio Cortázar”, quiero tomar este espacio para contar algo personal, algo que de verdad quiero quitarme la cosquillita de mi estómago y, de paso, contarles por qué el cuento de “La noche boca arriba” es mi favorito de Don Julio.

Mis primeros contactos con Cortázar fueron en mis años de secundaria y siento que, gracias a ello, mi mente está muy contaminada con la maravillosa forma de ver la vida que plasma tan bien en sus cuentos. Y claro, digo “contaminada” en el buen sentido de la palabra, a veces siento que en el ámbito de mi carrera, tener como un pilar de tu forma de ser a Cortázar puede ser un tanto contraproducente.

Mi historia del por qué empieza una tarde de julio del 2015, alistándome para un largo periodo de clases, ya habitual en mis últimos años de carrera, viendo qué materias y maestros tocaban y pensando en cómo iba a hacer mi tarde.

Esa tarde era un tanto especial, ya que un día anterior me había comprado unos zapatos y pantalones nuevos, recién bañado y con mis libros en mi mochila, faltando media hora para las 4 de la tarde me dispuse a dejar mi casa y a sacar la motocicleta del rincón del pórtico, donde mi abuelo me había dicho que la dejara siempre para no estorbara la salida.

Ese día había un sol, de esos soles que te hacen recordar que estamos en Mérida y que no hay en otros lares. Como de costumbre coloqué la madera que me servía de bajada para sacarla y la deslice suavemente, pero con firmeza, para que no me ganara el peso. Ya había preparado mis guantes, mi casco y una chamarra de cuero, pero el calor era abrumador y pensé que ponerse una chamarra encima era declararle la guerra al bochorno, una guerra que no iba a ganar. Me despedí de mi abuela, me puse los guantes, el casco y encendí la moto, mi meta era salir al periférico ya que la distancia más corta entre dos puntos es la línea recta. Mi Facultad está relativamente cerca de la colonia Fidel Velázquez.

Viaje placentero, con pocos coches, solos los habituales y lentos camiones de carga de material para construcción que siempre pasaban por esas horas.

Ya cerca de la Facultad me topé con uno de estos camiones de carga, estaba justamente enfrente de mí en el carril derecho, pegado al acotamiento. Lentos como siempre, además de que los pequeños residuos que se desprenden de los materiales chocan contra la cara de uno. Manejando a unos 70 k/h decidí rebasarlo, observé los espejos retrovisores de mi izquierda y no vi nada en kilómetros. Incliné ligeramente mi cuerpo hacia la izquierda y acelerando me dispuse a rebasar. Estar en una motocicleta y rebasar uno de estos camiones siempre es fascinante, te pones a pensar en el tamaño de las llantas y que no quisieras quedar debajo de ellas.

De pronto, cual sexto sentido, como si supieras que algo anda mal, logré ver por el rabillo del ojo izquierdo que muy pegado a mí venia un camión de remolque verde, todo pasó demasiado rápido, entre el carril de en medio y el derecho pegado al acotamiento quedé entre los dos camiones. El camión remolque me alcanzó a rozar la cola de la motocicleta, sentí un golpe, un sacudón en la parte trasera de mi casco, en un instante estaba viendo ese cielo azul sin nubes característico de las tardes en Mérida, la motocicleta y yo nos barrimos unos cuantos kilómetros al frente. Solté el mando y dejé que la motocicleta siguiera, pero yo continúe en ese ejercicio de desaceleración, las rodillas por frente y la vista al cielo, sentía que no me podía detener. Intenté meter mis manos para frenarme, pero mis esfuerzos eran en vano, sentía el pavimento rozar mi piel y cómo el calor pasaba todo mi codo y antebrazo izquierdo.

Con miedo, sólo pude pensar en Cortázar y su cuento, y en la suerte que me deparaba. El remolque se detuvo un poco más delante de donde yo acabe, quizás la adrenalina del momento me hizo pararme de un salto, no sentía dolor alguno, ningún hueso roto, sólo el temblor incontrolable de mis piernas. El conductor del remolque se acercó a mí y me preguntó si estaba bien, yo le dije que sí, él sacó su celular y llamó a su aseguradora, logré controlarme y de mi boca solo salió:

–Deme chance, mi motocicleta no tiene seguro, es nueva. El chofer me preguntó si estaba seguro y si no estaba lastimado, le dije que no.

Caminé unos cuantos metros hacia donde estaba la moto, la levanté y traté de encenderla. Funcionaba, arrancó la maldita. Me subí en ella y continúe la poca distancia que me quedaba para llegar a mi Facultad, la brisa que generaba la velocidad me hizo darme cuenta que no estaba bien del todo, de pronto un ardor intenso, al más intenso que había sentido en mi vida, me acalambró mi brazo izquierdo. Aguanté el dolor hasta la siguiente gasera, ahí me di cuenta que la parte de mi antebrazo y una de arriba del codo estaban en rojo vivo, sin sangre, sólo el ardor y un rojo-blanquecino. Rápidamente entré a la tienda y compré vendas, las que me alcanzaron con el dinero de mi pantalón roto, erosionado por la fricción del asfalto que me había hecho un pequeño hueco por el cual se fue parte de mi dinero.

Llegué a mi Facultad y me fui al baño de la biblioteca. Como pude me quité la camisa, mis movimientos eran limitados y el dolor del roce de mi camisa con la herida era mucho dolor, pero no fue nada cuando pasé el agua caliente del grifo sobre la herida, tuve que morder mi camisa para evitar que otras personas me escucharan. Me puse las vendas y fui a mi primera clase, fueron las dos horas de clase más largas de mi vida, sentía el palpitar de la escarificación. Terminando el primer módulo me regresé a mi casa, el dolor continuaba y empeoraba.

Ya en casa, me metí a la regadera, lavé y desinfecté la herida, un ardor indescriptible.

Mis padres saben que mis heridas fueron de tomar mal una curva, que no subí el descaso de la motocicleta y que derrape.

Casi no dormí en toda la noche por el ardor y el calor, ese calor que te hace recordar que estás en Mérida. El sudor que se mezclaba con la materia y no dejaba de arder, toda la noche boca abajo, por mis heridas en mi antebrazo. No podía dejar de pensar en lo afortunado que fui, la ropa nueva, el periférico vacío, sin policías, con el suficiente dinero, con la biblioteca solitaria, sin ninguna pregunta en la escuela, sin nadie en la casa, sin morirme, y pensé, si este es el sueño y otra es la realidad, si soy el otro o el que quedó debajo de las gigantescas llantas.

No pude evitar pensar en Cortázar todo ese tiempo y que tal vez Cortázar escribió eso exclusivamente para mí, para aguantar el dolor, el ardor, en pensar con la cabeza fría, pero dejándome llevar por lo fantástico de la vida.

jueves, 12 de mayo de 2016

Viaje en la memoria

Por Julia Mortera


18º00'06.1", -92º56'29.9W

Miraba por el ventanal del restaurante. Otras personas esperaban ansiosas que algún comensal desocupara una mesa para aprovechar los jueves de sushi al 2x1. Ella contemplaba, con la mirada fija, las placas del Ford Focus color plata, numeración PAT 2824, estacionado en el cajón de enfrente del famoso restaurante de Villahermosa.

Algunos enfilados murmuraban maldiciones por su inercia. El restaurante atiborrado y ella inmóvil, con un vaso de agua a medio llenar, un plato con restos de arroz y cerca de veinte papelitos hechos minúsculas pelotas. Ella con los ojos clavados en el metal vial. ¡Cómo si pudiera escuchar las quejas! Aún si se lo dijeran de frente, los reclamos no lograrían sacarla de ahí.

Nadie podía moverla de la última vez que habló con él, algún noviembre. No se dijeron mucho. La armoniosa voz de una mujer interrumpía los silencios incómodos con avisos de llegadas y salidas. Cada sonar de las bocinas ponía a prueba la fuerza en sus rodillas... las de ella. Él... él sin duda la quería, pero debía partir hacia su superación, hacia la ambición de ser alguien y existir para siempre para otros, no para ella. Quería ser médico, lo supo desde siempre. Ella lo sabía... que se iría para no volver, como sabía que la voz armoniosa de aquella mujer sin más preámbulos anunciaría la única ruta a la ciudad reconocida por haber albergado a grandes personalidades de la ciencia, la filosofía, la política y la economía.

Se hizo el anuncio, se dijeron poco, un abrazo de minuto y medio cerró la relación de tres años y dos meses, millones de besos, una canción, cien lágrimas, tres viajes por el caribe, dos conciertos, mil noches de pasión, cinco regalos, dieciséis pleitos y un pato.

Pero ella —que heredó de su abuela materna ciertos talentos de la brujería y el don de predecir ciertas cosas— sabía que se iría. Desde que lo conoció. Casi bruja y de las buenas. Por eso también no lloró más que noventa y cinco minutos en su coche, con su pato. Como sabía de su partida, también sabía qué pasaría. Las brujas son peligrosas, tienen un tipo de marca, se tatúan en la piel de quienes aman. Su manera de besar, de escuchar, de mirar, de avanzar, las hacen permanecer en la memoria de las huellas dactilares, en los bordes de los orificios nasales, en las papilas gustativas, en lo más hondo del cuerpo. Por eso al minuto noventa y seis se secó las lágrimas y agradeció a la vida por haberlo conocido y por haberse impregnado en él infinitamente. Ella sabía que por más viajes que él hiciera, por más mujeres que conociera, por muchas canciones que escuchara, por vastos bailes que bailara, ella permanecería.

La longitud de la fila de aquel restaurante japonés había reducido. Un hombre delgado salió por la puerta izquierda, tomó las llaves de su bolsillo, oprimió un botón que encendió intermitentes luces amarillas en aquel Focus plateado, subió al auto, arrancó el motor, se echó en reversa y abandonó el cajón de estacionamiento de la Plaza Estrada.

Por primera vez en dos horas ella movió la cabeza, levantó la mano, llamó al camarero. Pagó la cuenta con un billete de $500, tomó su backpack y se perdió en la calle. Dejó en la mesa un dibujo, casi infantil, con círculos y palos, trazos de un niño y una niña interceptados por dos rectas que podrían ser las manos. Bajo él un 28, bajo ella un 24. A un lado, un papelito de galleta de la suerte, típica de los restaurantes japoneses. Decía: "Posee una fe optimista y confianza en la vida".

martes, 10 de mayo de 2016

Francisco Toledo


Fragmento de la entrevista “Francisco Toledo, ilustrador de mitos”.
Publicada en Revista Interjet #114, Mayo 2016.



Jan Martínez Ahrens.- Para recordar a los 43 estudiantes desaparecidos hizo papalotes con sus rostros y los puso a volar. ¿Por qué?
Francisco Toledo.- Fue un gesto que preparamos con los niños de la escuela. Hay una costumbre del sur: cuando llega el Día de Muertos se vuelan papalotes porque se cree que las almas bajan por el hilo y llegan a tierra para comer las ofrendas; luego, al terminar la fiesta, vuelven a volar. Como a los estudiantes de Ayotzinapa los habían buscado ya bajo tierra y en el agua, enviamos los papalotes a buscarlos al cielo.

(…)

JMA.- Si me permite, yo le digo una serie de palabras, y usted me dice lo que piensa.
FT.- De acuerdo.

JMA.- Rufino Tamayo.
FT.- Ah, me agarra desprevenido… diría sandías, pintaría sandías con él.

JMA.- París.
FT.- Soledad y encuentros importantes.

JMA.- Ciudad de México.
FT.- Peligros. La primera vez que fui, sufría una enfermedad que no podían curar en el pueblo. Y en esa época corría el rumor de que en la capital se raptaban niños y que luego aparecían en los tamales. Se decía que había que abrir el tamal con cuidado y ver qué carne contenía, porque a veces podías encontrar un dedito. La Ciudad de México me recuerda a un tamal y un dedito de niño.

lunes, 9 de mayo de 2016

Retrato de un viaje

Owen Merton. Pintor Neerlandés. 
"Desert Oasis", 1924. Acuarela.

Lamiae el Amrani, poeta marroquí. 

Y así nos encontramos
en un desierto de agua,
con torbellinos de agua,
donde sepultamos
nuestras lágrimas
y nuestros recuerdos pesados.
Allí bajo el agua
nos obligaron a dejarlos
para poder encontrar
el Oasis...
del que todo el mundo habla.

Tomado del libro "Tormenta de especias".