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jueves, 24 de marzo de 2016

La última cena

Un jueves santo hace muchos, muchos años...

"La última cena". 1495–1498
4.6 x 8.8 metros.
Leonardo Da Vinci.

Cuando dijo estas palabras, Jesús se turbó en su interior y declaró: «En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me entregará». Los discípulos se miraban unos a otros, sin saber de quién hablaba.

Evangelio según San Juan


"La última cena". 1592-1594
3.65 x 5.68 metros.
Tintoretto.


miércoles, 23 de marzo de 2016

Borges y el agua de chía

Octavio Paz y Jorge Luis Borges.
Foto: Paulina Lavista.

Desde el D.F. esto le escribe Octavio Paz a su amigo español Pere Gimferrer en una carta fechada el 10 de julio de 1985:

"No sé si te conté que mientras estuve en Buenos Aires vi muchas veces a Borges. Hablar con él —o más bien: oírlo— es pasearse por los corredores de su memoria. Sus recuerdos son casi siempre librescos, incluso cuando habla de gente que trató, como Lugones, o de la que fue amigo, como Reyes. Pero esa literatura se vuelve vida en su conversación. Letras vividas. Oír el relato de una de sus lecturas es como oír el relato de una aventura o una expedición. Marie José le dijo a María Kodama, la amiga y guía de Borges, que nosotros nos hospedábamos siempre en un hotelito de Nueva York. Pues bien, hace unos días, de regreso de Oslo, estábamos en un saloncito del hotel con un amigo cuando se presentaron María y Borges. Naturalmente inscribimos nuestro encuentro en el espacio mágico de las afinidades y las correspondencias —Blake y Swedenborg. En el curso de la conversación Borges recitó, como es su costumbre cuando habla con mexicanos, unos versos de López Velarde: «Suave patria, vendedora de chía, / He de raptarte en la cuaresma opaca... » De pronto, me preguntó si la chía era una bebida popular. Asentí pero cometí la estupidez de decirle que no era un refresco únicamente mexicano. Mi respuesta lo sorprendió. Mi confusión se debe a que antes, en México, se vendían los refrescos de chía y de horchata en los mismos lugares, en enormes vasijas de vidrio. Como la horchata es valenciana, pensé que la chía también se bebía en España. En el avión de regreso a México, al recordar mi conversación con Borges, descubrí mi error y temblé".

martes, 22 de marzo de 2016

Los tres astronautas


Resultará una rareza, tanto como una joya, que los lectores que conocen a Umberto Eco (1932-2016) como académico o autor de obras monumentales como "El nombre de la rosa" o "Balduino" encuentren este cuento que escribió para niños hace varias décadas. Y a pesar del tiempo, la historia no ha perdido vigencia ni vislumbra en ninguno de sus bordes fecha de caducidad. "Los tres astronautas", que en 1973 publicó Ediciones de la Flor, se acompaña con ilustraciones del argentino Juan Marchesi (1943), historia que a continuación compartimos.

"Los tres astronautas"


Era una vez la Tierra.

Era una vez Marte.

Estaban muy lejos el uno de la otra, en medio del cielo, y alrededor había millones de planetas y de galaxias.

Los hombres que estaban sobre la Tierra querían llegar a Marte y a los otros planetas; ¡pero estaban tan lejos! 

Sin embargo, trataron de conseguirlo. Primero lanzaron satélites que giraban alrededor de la Tierra durante dos días y volvían a bajar.

Después, lanzaron cohetes que daban algunas vueltas alrededor de la Tierra, pero, en vez de volver a bajar, al final escapaban de la atracción terrestre y partían hacia el espacio infinito.

Al principio, pusieron perros en los cohetes: pero los perros no sabían hablar y por la radio del cohete transmitían solo "guau, guau". Y los hombres no entendían qué habían visto y adónde habían llegado.

Por fin, encontraron hombres valientes que quisieron trabajar de astronautas.

El astronauta se llama así porque parte a explorar los astros que están en el espacio infinito, con los planetas, las galaxias y todo lo que hay alrededor. Los astronautas partían sin saber si podían regresar. Querían conquistar las estrellas, de modo que un día todos pudieran viajar de un planeta a otro, porque la Tierra se había vuelto demasiado chica y los hombres eran cada día más.

Una linda mañana, partieron de la Tierra, de tres lugares distintos, tres cohetes.

En el primero iba un estadounidense que silbaba muy contento una canción de jazz.

En el segundo iba un ruso, que cantaba con voz profunda "Volga, Volga".

En el tercero iba un negro que sonreía feliz con dientes muy blancos sobre la cara negra.

En esa época los habitantes de África, libres por fin, habían probado que como los blancos podían construir, casas, máquinas y, naturalmente, astronaves.

Cada uno de los tres deseaba ser el primero en llegar a Marte: el norteamericano, en realidad, no quería al ruso y el ruso al norteamericano, porque el norteamericano para decir "buenos días" decía How do you do y el ruso decía zdravchmite.


Así, no se entendían y creían que eran diferentes.

Además, ninguno de los dos quería al negro porque tenía un color distinto.

Por eso no se entendían.

Como los tres eran muy valientes, llegaron a Marte casi al mismo tiempo. Descendieron de sus astronaves con el casco y el traje espacial. Y se encontraron con un paisaje maravilloso y extraño: el terreno estaba surcado por largos canales llenos de agua de color verde esmeralda. Había árboles azules y pajaritos nunca vistos, con plumas de rarísimo color.

En el horizonte se veían montañas rojas que despedían misteriosos fulgores.

Los astronautas miraban el paisaje, se miraban entre sí y se mantenían separados, desconfiando el uno del otro.

Cuando llegó la noche se hizo un extraño silencio alrededor. La Tierra brillaba en el cielo como si fuera una estrella lejana.

Los astronautas se sentían tristes y perdidos, y el norteamericano, en medio de la oscuridad, llamó a su mamá.

Dijo: "Mamie". 

Y el ruso dijo: "Mama" 

Y el negro dijo: "Mbamba"

Pero enseguida entendieron que estaban diciendo lo mismo y que tenían los mismos sentimientos. Entonces se sonrieron, se acercaron, encendieron juntos una linda fogatita, y cada uno cantó las canciones de su país. Con esto recobraron el coraje y, esperando la mañana, aprendieron a conocerse.

Por fin llegó la mañana y hacía mucho frío. De repente, de un bosquecito salió un marciano. ¡Era realmente horrible verlo! Todo verde, tenía dos antenas en lugar de orejas, una trompa y seis brazos.

Los miró y dijo: "grrrrr".

En su idioma quería decir: "¡Madre mía! ¿quiénes son estos seres tan horribles?".

Pero los terráqueos no lo entendieron y creyeron que ése era un grito de guerra.

Era tan distinto a ellos que no podían entenderlo y amarlo.

Enseguida se pusieron de acuerdo y se declararon contra él.

Frente a ese monstruo sus pequeñas diferencias desaparecían. ¿Qué importaba que uno tuviera la piel negra y los otros la tuvieran blanca?

Entendieron que los tres eran seres humanos.

El otro no. Era demasiado feo y los terráqueos pensaban que era tan feo que debía ser malo.

Por eso decidieron matarlo con sus desintegradores atómicos.

Pero de repente, en el gran hielo de la mañana, un pajarito marciano, que evidentemente se había escapado del nido, cayó al suelo temblando de frío y de miedo.

Piaba desesperado, más o menos como un pájaro terráqueo. Daba mucha pena. El norteamericano, el ruso y el negro lo miraron y no supieron contener una lágrima de compasión. 

Y en ese momento ocurrió un hecho que no esperaban. También el marciano se acercó al pajarito, lo miró, y dejó escapar dos columnas de humo de su trompa. Y los terráqueos, entonces; comprendieron que el marciano estaba llorando. A su modo, como lo hacen los marcianos.

Luego vieron que se inclinaba sobre el pajarito y lo levantaba entre sus seis brazos tratando de darle calor.

El negro que en sus tiempos había sido perseguido por su piel negra sabía cómo eran las cosas. Se volvió hacia sus dos amigos terráqueos: 

–¿Entendieron? –dijo–. ¡Creíamos que este monstruo era diferente a nosotros y, en cambio, también él ama los animales, sabe conmoverse, tiene corazón y, sin duda, cerebro también! ¿Todavía creen que tenemos que matarlo?

Se sintieron avergonzados ante esa pregunta.


Los terráqueos ya habían entendido la lección: no es suficiente que dos criaturas sean diferentes para que deban ser enemigas.
Por eso se aproximaron al marciano y le tendieron la mano.

Y él, que tenía seis manos, estrechó de una sola vez las de ellos tres, mientras con las que tenía libres hacía gestos de saludo.

Y señalando con el dedo la Tierra, ahí abajo en el cielo, hizo entender que quería hacer conocer a los demás habitantes y estudiar junto a ellos la forma de fundar una gran república espacial en la que todos estuvieran de acuerdo y se quisieran.

Los terráqueos dijeron que sí muy contentos.

Y para festejar el acontecimiento le ofrecieron un cigarrillo. El marciano muy feliz se lo metió en la nariz y empezó a fumar. Pero ya los terráqueos no se escandalizaban más.

Habían entendido que en la Tierra como en los otros planetas, cada uno tiene sus propias costumbres y que sólo es cuestión de comprenderse entre todos.

lunes, 21 de marzo de 2016

Gibran Kahlil Gibran


Gibran Kahlil Gibran (1883-1931).
Poeta libanés.

"Y los sacerdotes y las sacerdotisas le decían:
No dejes que nos separen las olas del mar, y que los años que has vivido entre nosotros se transformen tan sólo en un recuerdo.
Has convivido con nosotros como un espíritu, y tu sombra ha sido como una luz sobre nuestros rostros.
Mucho te hemos amado, mas nuestro amor no puede expresarse con palabras, y ha estado cubierto con velos.
Pero ahora viene a llamarte y se yergue revelado ante ti:
Y siempre ha pasado que el amor no conoce su propia profundidad hasta la hora de la separación".

Fragmento de "El arribo de la nieve".
Tomado del libro "El Profeta".