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jueves, 31 de marzo de 2016

Latitudes


Por Julia Mortera (*)

I: Alonso de Ávila #100 (19.165937, -96.125370).

Es de mañana pero parece de noche. Tres niñas pequeñas duermen profundo y sueñan entre sábanas y muñecas. En serie están recostadas en un Chevrolet color azul cielo, modelo 1982 entre maletas, pañales y música alegre. Don Luis y Doña Carmelina ayudan entre lágrimas a optimizar el espacio de las maletas, intentan prolongar la despedida. El viaje de más de mil kilómetros debe comenzar y con él, la espera para volverse a ver en vacaciones. Es otoño y el verano aún se ve lejano.

El joven padre de familia se despide de sus suegros agradecido, con la promesa de cuidados para su hija y sus tres pequeñas nietas. Es hora. Hija y madre se abrazan debajo de un árbol de almendros, el mismo que las acompañó en travesuras de hermanos, juegos de vecinos y noches de cortejo. Hija y padre se miran y se agradecen mutuamente en silenciosa mirada. Una de las diez hijas se va de casa, sabe que ha recibido lo necesario.

Entre lágrimas y te quieros, sube al auto, mueve las manos alto, de derecha a izquierda, y graba la silueta de sus padres mientras poco a poco se aleja de la casa número 100 de la calle Alonso de Ávila.

Rubén conduce tomando con firmeza la mano de su esposa. Cree entender lo mucho que extrañará a su familia, comprende la despedida pero es mayor su entusiasmo por la tierra nueva y por las promesas de buena ventura. Los cinco, emprenden camino hacia una ciudad blanca, de destacada popularidad por ser una provincia familiar con playa cercana y mejores oportunidades.

II: Tinto de Verano (20.632612, -87.069306).



Isabelle es una chica linda de piel blanca. A las seis de la tarde se viste de negro para tomar el bus que la lleva a su trabajo. Tiene un acento curioso, se escucha y se ve extranjera. Con una sonrisa distinguida sirve como mesera en un restaurante japonés, en un lugar de playa de importante popularidad en el caribe.

En un español que aún no logra dominar, recomienda a una pareja los platillos más pedidos.

—De tomar, ¿qué les sirvo?
—Un tinto de verano —dice la chica con seguridad.

Isabelle no entiende qué es “un tinto de verano”. Con inocencia y amabilidad, propone consultar si lo tienen disponible.

—No te apures. Seguro que lo tienes, pero mejor traéme una copa de vino tinto de la casa, un sprite cero con un vaso con hielo. Te mostraré qué es un tinto de verano y cómo se prepara —dijo de nuevo la comensal.

Isabelle sirvió las bebidas y más tarde sirvió los platos recomendados. Entre tanto la pareja de clientes se preguntaba qué podría estar haciendo una chica tan linda, sirviendo de camarera en un lugar tan lejos de su casa.

—Perdona, ¿de dónde eres? —preguntó el chico.
—Soy de Noruega, de Oslo, la capital del país.
—Conozco —dijo el chico. Una de las ciudades con mejor calidad de vida. Puedo preguntar, ¿qué te trae por aquí?

Y con la misma delicadeza con que levantaba las copas de la mesa, Isabelle sonrió con la misma distinción, y con voz alegre dijo: “El amor”.

III: Eleonora (36.808438, -2.571793).



Se fue hace diecisiete años. Su padre, conservador como se suele ser en un país como el suyo, no bajó a decir adiós. No aprobaba entonces que su hija se fuera a vivir con su novio, cuatro mil kilómetros lejos de casa, sin haber conseguido el sacramento del matrimonio. Y es que, en ocasiones, los padres por no estar de acuerdo con las decisiones de los hijos (en especial a cierta edad), más que por convicciones personales, sino por convencionalismos sociales, suelen tomar acciones que no tienen vuelta a atrás. Le dolió. A él, aunque nunca lo dijo; a ella, aunque no la detuvo. Sabía entonces, como sabe ahora, que cuando menos se busca la aprobación de los demás, se está más cerca de la felicidad.

Llegó, enamorada, a un lugar nuevo, a un idioma desconocido, a hacerse más humana, más ciudadana del mundo. Llegó a saberse más fuerte, a descubrirse menos dependiente, a sorprenderse de su capacidad para sobreponerse a las dificultades. Se envolvió en los quehaceres, se adaptó al ritmo de trabajo, extrañó su hogar, le cerraron puertas, pero a ella, por su jovial manera de ser, el mundo se le abrió de par en par. Sin darse cuenta, echó raíces, en aquel país distinto al suyo, lejano a sus familiares, que aún hoy no le aprueban haberse ido con un hombre que ya no está más con ella.

Eleonora llegó a su vida cuatro años después de haber dejado Lituania. Con ella llegó una nueva manera de mirarse a sí misma, una búsqueda hacia oportunidades que pudieran abrir una brecha mayor para ambas. Eleonora llegó para ser su motor, para reafirmarle que su vida está en dónde esté ella, aún cuando sabe que un día su hija irá por su cuenta. Ninguna de las dos teme a migrar hacia nuevos horizontes, ambas son conscientes de que el vivir implica un constante movimiento por diferentes latitudes, lugares, personas, trabajos, amistades, estudios. Se ha ocupado de enseñarle a su Eleonora con el ejemplo, a ser congruente con sus sentimientos, a ser responsable, y a exigirse a sí misma para ser una mujer íntegra, capaz y que sobretodo, sepa disfrutar de lo bueno de la vida, como ella también lo hace.

Ingeborga baila, verla es un deleite. Los dedos de sus manos acarician la brisa del mar con el ritmo emblemático de una tierra que hoy es tan suya, como la de cualquier otro andaluz. ¿Es rumba o es Flamenco? Se dice que el movimiento de las manos difiere según uno u otro ritmo. Si las manos van hacia adentro, “recogiendo”, es rumba. Si las manos van hacia afuera, ”liberando”, es flamenco. Pero ella mueve sus delgados y finos dedos contra y a favor del viento, para ella no hay rigor, ni en el baile ni el vaivén de la vida. Baila en estilo libre. Quien la viera pensaría que siempre la ha pasado bien y que nunca ha tenido malos ratos, pero ella sabe que solo hay algo que logra sacarte de la cama en los días grises, y que empuja a salir adelante… el amor, nos mueve, y para ella el amor es Eleonora.


IV: “Ve a ser feliz” (20.934013, -89.663045).


Papá es la persona más alegre que conozco. Por él disfruto de la vida un poco más de lo normal. Hace que como adulta me sienta perfectamente cómoda al jugar luchitas como si tuviera seis años. Su voz sostenida y decidida ha dado vida a cientos de personajes de cuentos, y en ocasiones con firmeza, ha servido para indicar una mejor dirección.

Siempre en los aeropuertos hay una cinta que divide a los que se van de los que se quedan. Suele estar unos veinte metros antes del control de seguridad, y justo en medio una puerta de cristal corrediza.

Debo abordar en unos minutos y junto con mamá y mi hermana, me despide de la ciudad en la que disfruté vivir los últimos 31 años. A voz quebrada me sonríe y sube sus dos dedos pulgares hacia arriba. Yo lo miro y lo guardo en mi memoria. Estira sus brazos, encoge los codos y con fuerza los empuja hacia adelante, con los dedos aún más erguidos. Caen varias lágrimas que rompen en la sonrisa que desde que recuerdo me ha regalado. Pareciera que el movimiento de sus brazos le dan la fuerza para exclamar: “¡Ve a ser feliz!”.

Papá lo entiende. Sabe que él y mamá me han dado lo necesario. Sabe, como ella, que me toca seguir sin su cercanía física, y sabe, lo que será tener que esperar en invierno a que llegue el verano.

V: Vuelo 2525 (50º Norte, 40º Oeste).


Lates a prisa corazón, el tic tac del reloj acelera el ritmo. Corazón valiente, ¿a qué le temes? Las pulsaciones se aceleran como los kilómetros se recorren. No puedes detener lo que está destinado a ser.

Una grieta se abre corazón, pero no te quiebras, corazón de hierro, ¡te desbordas de amor! ¿Cuántas pequeñas venas se abrirán en tu latir? Fisuras que cuelan el aire, aire que respira nostalgia. ¿De dónde eres corazón?


Lates con cada paso, con cada persona. Un poquito muere para dar vida otra vez. Incansable, decidido, alegre corazón. Cada latitud que has recorrido te ha ensanchado, cada emoción ha marcado un ciclo. ¡Crece corazón! ¡Sigue latiendo!

Corazón viajero, sigue el camino, lo deseaste desde hace tiempo.

Mira optimista la nueva experiencia y lleva latiendo en ti el corazón de los tuyos, los que te hicieron latir primero y los que como hoy te impulsan a seguir lejos.

Lates, corazón, en paz y sin prisas. Sabes que no estás solo, sabes que aunque el ritmo cambie, no habrá arritmia. Certeros latidos, corazón, el viento está a tu favor.


(*) Julia Mortera · juliamortera74@gmail.com
Nació en un lugar de mar, en un día de tormenta, el 1 de marzo de 1974. Ama la música y la libertad. Aprecia el valor de las palabras y el ruido del silencio. Su nombre significa "fuerte de raíz". Viaja. A distancias cortas y distancias largas. Disfruta del olor a libro recién impreso y café recién hecho. Le gustan las flores, la espontaneidad de los niños pequeños, los muelles, el violín (aunque no lo práctica), las sonrisas sinceras y los pajaritos. Defiende la vida y la comparte en lo que escribe. Cree en la posibilidad de cambio y la voluntad de las personas.

martes, 29 de marzo de 2016

Las máquina de escritura de Bellatin y Zambra

Mario Bellatin con su Stylus

Por Edmundo Paz Soldán (29 de marzo de 1967).
Escritor Boliviano.

Hace un año y medio invité a Mario Bellatin a un encuentro literario en Cornell. Una mala combinación de vuelos lo tuvo seis horas en el aeropuerto de Newark. A la llegada a Ithaca le pedí disculpas y le dije que ese era el problema de vivir en un pueblo “centralmente aislado”, pero él respondió, radiante, que ese tiempo había sido fundamental para terminar su nueva novela, El hombre dinero. La estaba escribiendo en su iPhone, en el programa Notas. Me reí; yo no podía escribir ni emails largos en el iPhone. ¿Cómo, entonces, toda una novela? Mario sacó un stylus alargado de metal reluciente, apoyó el iPhone contra su antebrazo, y me pidió que le dictara frases. Dije lo primero que pasó por mi cabeza, y él escribió con una velocidad que me convirtió a su causa. “Perdía mucho tiempo antes”, comentó, “descubrir el iPhone ha sido una bendición. Ahora podré escribir unas tres novelas al año”. Meses después la novela fue publicada. Tenía más de cien páginas, todas escritas en el iPhone.

Es fácil descartar este proyecto como una más de las performances originales a las que nos tiene acostumbrados este escritor que alguna vez armó un congreso de dobles de escritores y planeó la escritura de una de sus novelas como la traducción de un libro inexistente. Detrás de la performance, sin embargo, hay algo fundamental: Bellatin pone en el centro del debate la relación de la literatura con la materialidad de la escritura. Los nuevos medios, las nuevas tecnologías, no son transparentes: influyen en la escritura y en la forma de percibir las cosas. Lo sabía Nietzche, que fue uno de los primeros en adoptar la máquina de escribir para su escritura y su estilo se volvió más aforístico: “Nuestros instrumentos de escritura están funcionando en nuestro pensamiento”, dijo al respecto. Lo sabía la vanguardia, que le sacó partido a los juegos tipográficos producidos con máquinas de escribir: solo hay que pensar en los ideogramas de Apollinaire y en las “Japonerías de estío” de Huidobro. Y lo saben hoy, entre otros, escritores como Bellatin y Alejandro Zambra, que están reflexionando sobre el impacto de los nuevos instrumentos de escritura.

En “Mis documentos”, el narrador de Zambra ensaya una resistencia al computador; se aferra a la escritura a mano y tiene nostalgia de la máquina de escribir. El computador, sin embargo, gana la partida, y el cuento termina con una escena en la que asistimos al proceso final de la escritura del texto que estamos leyendo: “Releo, cambio frases, preciso nombres… Corto y pego, agrando la letra, cambio la tipografía, el interlineado. Pienso en cerrar este archivo y dejarlo para siempre en la carpeta Mis documentos”. Cortar y pegar es, de hecho, según Zambra, la base de la escritura contemporánea: “Es innegable”, señala en su ensayo “Cuaderno, archivo, libro”, “que los procesadores de textos sistematizaron la lógica del montaje… hasta en los textos más conservadores se adivina el montaje: incluso si se niega toda fragmentariedad, incluso si, como hace Jonathan Franzen, se imita el paradigma clásico, el texto le debe más a la estética de las vanguardias históricas que al modelo del realismo decimonónico”.

Los nuevos medios ya no son, como sugería McLuhan, extensiones del hombre, sino que operan desde adentro. Se nos han metido en la cabeza. Por eso, escribir en un celular le resulta a Bellatin tan “natural” e “íntimo” como escribir a mano, y Zambra sugiere acertadamente que la lógica vanguardista del procesador de palabras está incluso en los escritores menos vanguardistas. Estamos muy lejos de los tiempos en que se creía que escribir a máquina despersonalizaba.

Tomado del blog "Río Fugitivo" de Edmundo Paz Soldán.
Publicado en La Tercera, 16 de febrero 2015.

lunes, 28 de marzo de 2016

Reflexiones de un escritor

Discurso de Mario Vargas Llosa, pronunciado el 6 de julio de 2015 al recibir el Doctor Honoris causa por la Universidad de Salamanca.


Fotografía de Daniel Mordzinski.

Excmo. Rector Magnífico de la Universidad de Salamanca 
Excmos. Señores Profesores
Señoras y señores:

Permítanme ante todo agradecer a la Universidad de Salamanca por honrarme con este Doctorado Honoris Causa que me incorpora de manera simbólica a sus claustros. Es para mí una enorme responsabilidad intelectual formar parte de la universidad en activo más antigua de España, en cuyas aulas han impartido o recibido clases personajes de mi más honda admiración, como Azorín, Góngora o Unamuno.

Para intentar corresponder a la generosidad que han tenido conmigo, voy a ofrecerles unas reflexiones sobre mi vocación de escritor, pues es gracias a ella que hoy tengo la suerte de estar nuevamente en esta tierra.

Mis experiencias de escritor, por supuesto, apuntan a un mundo muy amplio que voy a tratar de resumir respondiendo a tres preguntas que me figuro todos los lectores de novela y de literatura en general se han formulado alguna vez: ¿Por qué se escribe literatura?, ¿cómo se escribe una novela? y ¿para qué sirve la literatura?


¿Por qué se escribe literatura?


Ésa es una pregunta que me he formulado yo también muchas veces. Creo que como todo escritor, mi vocación es lo mejor que tengo y que escribir es una actividad maravillosa, exaltante, difícil desde luego y a veces dolorosa, pero al mismo tiempo una de esas actividades en las que uno encuentra su propia satisfacción; una actividad que en sí misma constituye ya una recompensa para quien siente la necesidad o urgencia de escribir.

He reflexionado muchas veces sobre el origen de esta vocación. ¿Qué puede llevar a una mujer o a un hombre a dedicar su vida a crear realidades, mundos, con ese instrumento tan fugaz, evanescente, que es la palabra? ¿Por qué dedicar tanto esfuerzo, tanto tiempo a crear esas ilusiones si vivimos en un mundo que es tan rico, tan diverso, tan vasto, que ninguno de nosotros, ni siquiera los que llevan una vida aventurera y extraordinaria pueden realmente agotar?

Pareciera que si nos dedicamos a crear esos mundos rivales del real, de la realidad verdadera, que son las ficciones, es porque el mundo real de alguna manera no nos basta, no acaba de aplacar nuestros apetitos, nuestros sueños. Hay entre la persona que escribe y el mundo en el que vive una cierta incompatibilidad o entredicho, una cesura, un abismo que trata de llenar ficticiamente con un mundo que de alguna manera completa, extiende la realidad objetiva. Creo que esta respuesta acerca a la verdad pero al mismo tiempo es muy vaga y general.

Las razones por las que una persona está en entredicho con el mundo, siente que el mundo es insuficiente, que hay un desajuste entre lo que él quisiera que el 
mundo fuera y lo que el mundo en realidad es, son infinitas. Uno puede sentirse en rebeldía con la realidad por razones generosas, porque hay mucha injusticia a su alrededor y eso lo subleva; o por razones egoístas, porque una persona tiene apetitos o fantasías que la sociedad en la que vive rechaza, condena y sanciona y eso hace de él también un rebelde, alguien en guerra con la vida verdadera. Las razones pueden ser conscientes, pero la mayoría de las veces son inconscientes. En todo caso creo que si hay un elemento común entre quienes han escrito ficciones a lo largo de los siglos y en las diferentes culturas, es esa insatisfacción de la realidad, del mundo real. Ése es el acicate o impulso que está detrás de la vocación literaria.

En mi caso creo que el punto de arranque de mi vocación fue la lectura. Yo aprendí a leer a los cinco años y siempre digo que es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Yo recuerdo como algo extraordinario lo que significó para mí leer mis primeros libros de aventuras, esa posibilidad de trasladarme a través de la ilusión que la ficción inoculaba en mí a otros tiempos, de protagonizar hechos extraordinarios, de poder realmente desplazarme en el espacio y en el tiempo, viviendo no sólo mi propia vida sino la vida de esos héroes, de esos personajes de destinos sobresalientes o insólitos, pues significó literalmente el ser muchas personas a la vez gracias a la ficción y tener un cúmulo de experiencias que de otra manera jamás hubiera podido tener.

Creo que ése fue el punto de arranque de una necesidad o apetito que poco a poco se fue manifestando también, además de en la lectura, en la escritura. Y recuerdo muy bien que las primeras cosas que escribí, jugando como el niño que era, fueron enmiendas o continuaciones de las historias que leía y a las que les cambiaba los finales, cuando se terminaban demasiado pronto las alargaba, las continuaba, y ésa fue la primera manifestación que yo recuerde de mi vocación.

No sé si ése es el caso de muchos escritores, no sé si en algunos escritores la vocación es algo consciente desde un principio; en mi caso desde luego no lo fue; yo leía y comencé a escribir desde que era un niño, pero jamás se me hubiera pasado por la cabeza entonces que esa actividad podía llegar a ser no sólo una vocación sino una ocupación que tomara todo mi tiempo y mi energía. En esa época, cuando yo era niño, un escritor era una persona excéntrica, una persona que no parecía compatible con el mundo práctico, real, de tal manera que no se me pasaba por la cabeza que algún día llegaría a ser un escritor, o sólo un escritor, y organizaba mi vida imaginariamente, de una manera muy distinta, pensando que en el futuro sería marino, o sería abogado o sería periodista, y al mismo tiempo leía y escribía poemas o cuentos sin darme cuenta de que realmente esa actividad se iba convirtiendo en algo más importante cada vez, algo que hacía con más placer que otras cosas.

Fue en mis años universitarios cuando realmente comprendí que lo que yo hubiera querido ser en la vida era escritor, y al mismo tiempo seguía pensando que era imposible ser un escritor si uno quería tener una vida medianamente decorosa. Un escritor parecía algo incomestible, que condenaba a quien asumía semejante vocación a una vida de marginal, y entonces viví lo que me imagino han vivido no sólo en América Latina sino en muchas partes del mundo todos los jóvenes que descubren una vocación literaria y sienten al mismo tiempo una terrible inseguridad sobre la manera de asumirla.

Casi al mismo tiempo que descubrí que mi vocación era la literatura, creo haber comprendido que la literatura, una vocación hermosísima, exigía un compromiso total; que la literatura no podía ser una actividad de días feriados, un hobby, algo a lo que uno dedicaba los restos de una vida consagrada a otros menesteres, porque el tipo de literatura que resultaba de ese ejercicio transitorio era necesariamente una literatura pobre. Eso no me lo dijo nadie, eso no lo leí, eso lo sentí desde un comienzo.

Creo que lo que me ayudó a comprender esa necesidad de compromiso total con la literatura fue la enorme dificultad que tuve siempre para escribir. A mí no me ocurrió lo que a otros escritores que descubren que tienen facilidad. Yo tenía la pasión, pero no la facilidad. Escribir el texto más pequeño y la historia más simple me costaba un esfuerzo considerable y me exigía escribir, reescribir, romper, rehacer, empezar muchas veces una historia hasta que tomaba una forma persuasiva. Creo que esa inversión de esfuerzo y energía que estaba detrás de cada texto que escribía, me hizo intuir desde un principio que la única manera como yo podría llegar a ser escritor, sería si organizaba realmente mi vida en función de la literatura, y no como habían hecho otros escritores de mi país, que hacían de la literatura una actividad de domingos y de días feriados.

Es una decisión que tomé, me acuerdo, muy claramente en el año 1958: ya había escrito cuentos, ya había colaborado en muchas revistas, pero hasta entonces mi vida estaba como fracturada por esa duda. Decidí que iba a organizar mi vida en función de la literatura, que si tenía que ganármela con trabajos fuera de la literatura, no iba a permitir nunca que esos trabajos me tomaran la mayor parte de mi tiempo ni de mi energía.

A partir de 1958 tomé esa decisión y creo que fue realmente muy importante porque me permitió escribir mi primera novela.


¿Cómo se escribe una novela?

A un escritor le preguntan inevitablemente cada vez que alguien se interesa por su trabajo: ¿De dónde saca usted sus temas? ¿Por qué escribe usted sobre estas cosas y no sobre otras? ¿Y luego cómo hace una vez que tiene un tema? ¿Cuál es su método de trabajo? ¿Tiene usted ciertas manías? ¿Es usted disciplinado o es usted un inspirado que escribe por raptos de iluminación, de ilusión?
Pues yo les voy a contar cuál es mi caso, precisando que es mi caso y que conozco muchos otros escritores que escriben de manera muy diferente y que no coinciden para nada con mi propia experiencia en la gestación de una historia.

Lo que he aprendido escribiendo ficciones desde que era un adolescente es que en verdad nunca elijo los temas; los temas me eligen a mí: escribo sobre ciertas cosas porque me han ocurrido ciertas experiencias. Es la parte más misteriosa y hasta algo inquietante de la creación literaria. Uno conoce cientos y miles de personas en la vida y, sin embargo, hay algunas que dejan una impresión indeleble en la memoria. Uno protagoniza o es testigo de cientos de miles de sucesos a lo largo de su vida, pero hay algunos que perduran en la memoria con una fuerza que no decae sino que se mantiene, y a veces se acrecienta con el paso del tiempo. Hay ciertos episodios que nos refieren o que se leen y dejan esa marca en la memoria; luego, con el paso del tiempo, esas imágenes se van convirtiendo de una manera inconsciente, no deliberada, en el origen de un fantaseo. De pronto me doy cuenta de que llevo mucho tiempo fantaseando en torno a algún recuerdo y que he construido ya de alguna manera distraída, casi inconsciente, como un embrión de historia, a veces ni siquiera un embrión de historia sino una situación, un personaje, un clima en torno a ese recuerdo que por razones siempre oscuras para mí, se ha convertido en un estímulo de creación.

Quizás un ejemplo resulte más ilustrativo de lo que quiero decir: yo leí una vez, yendo en un colectivo de Miraflores al centro de Lima, en un periódico, un pequeño suelto sobre un accidente que había ocurrido en un pueblecito de la sierra donde se decía que un perro había emasculado a un niño recién nacido. Bueno, no sé si semanas o meses después, me encontré con que esa pequeña nota fugaz, leída en un periódico, yo la tenía muy viva en la memoria y que llevaba mucho tiempo fantaseando lo que sería la vida de ese niño cuando ese niño creciera. Daba vueltas y vueltas a esa idea. Esa herida experimentada por esa criatura, a diferencia de las otras heridas, en lugar de cerrarse con el tiempo iba a abrirse. La verdadera tragedia iba a manifestarse cuando ese niño fuera un adolescente y un hombre. Así me encontré con que había construido ya una historia.

Esa historia de pronto tuvo para mí una importancia extraordinaria; hacía mucho tiempo que tenía entre la cantidad de proyectos que estoy siempre barajando y cuya mayor parte quedan en el camino un proyecto que nunca había podido completar, que era escribir una historia sobre mi barrio. El barrio era ese grupo de muchachos y muchachas que se reunían en la esquina, que compartían todos los ritos de la adolescencia: el fútbol, las fiestas, los primeros cigarrillos, los enamoramientos, esa especie de familia paralela... Una experiencia que yo recordaba con una enorme añoranza porque para mí había sido entrañable, riquísima. Sobre ella quería escribir una historia y nunca había podido materializarla porque algo faltaba. Y, de
pronto, cuando me encontré que tenía el esqueleto, encontré que ya tenía la columna vertebral: un joven que en la infancia ha sufrido un accidente como el de la noticia periodística que leí. La historia del barrio debería girar en torno a este personaje, a este protagonista. ¿Por qué? No lo sé pero sentí eso clarísimamente. Así nació una de mis ficciones: “Los cachorros”. Es un relato, una novela corta o un cuento largo.

Todas las novelas, cuentos, obras de teatro que he escrito han tenido un origen similar. Algo me ocurrió que me marcó de tal manera, que no pude evitar escribir una historia a partir de esa experiencia. Por ejemplo, un día leí un libro que me dejó hechizado. Es una de las experiencias más ricas que he tenido como lector. “Os Sertôes”, de Euclides Da Cunha, un libro que debería ser obligatorio para quienes quieran entender lo que es América Latina y lo que no es América Latina. Quienes lo han leído saben que es un libro curioso porque es un libro en cierta forma hermafrodita: es historia, es sociología, es narrativa. No es una novela, pero se lee como se leen las grandes novelas. Es un intento de explicar un hecho histórico trágico brasileño: la guerra civil de Canudos, una guerra que estalló varios años después de establecida la República, varios años después de la caída de la Monarquía. Su causa fue una rebelión de campesinos del nordeste en contra de la República a la que los campesinos identificaron con el diablo. Esto generó un mal entendido histórico en el que la ideología jugó un papel fundamental. Obnubiló las conciencias y el conocimiento de los brasileños más lúcidos, de toda la inteligencia brasileña que era la que estaba tras la constitución de la República y movilizó todo el Brasil occidentalizado y moderno en contra de estos campesinos que creían estar luchando contra el diablo. Los republicanos inmediatamente interpretaron que los campesinos eran instrumentos de una conspiración antirrepublicana en la que participaban los señores feudales e Inglaterra.

Se trataba de un doble mal entendido: republicanos que luchaban contra unos conspiradores extranjeros y contra una plutocracia o aristocracia nacional, y unos campesinos que creían estar realmente luchando por Dios y contra el diablo. Esto provoca una guerra civil que deja cuarenta mil muertos y el propio Euclides Da Cunha, que participó en el bando de los republicanos más fanáticos escribió unos artículos en los que con la mejor fe del mundo daba pruebas, por ejemplo, de la presencia de oficiales británicos entre los yagunzos, entre los campesinos. Sin embargo, después de la matanza fue uno de esos raros intelectuales capaz de hacer una autocrítica y decir: "¿Cómo hemos podido engañarnos de esa manera, causar semejante tragedia sobre una ficción, sobre un mito?". Para dar una respuesta a esa pregunta, escribió ese libro maravilloso que es “Os Sertôes”, en el que, utilizando todas las ciencias sociales que estaban a su alcance, trata de explicar lo que ocurrió. Bueno, yo leí ese libro con deslumbramiento, en un momento además en el que yo vivía una crisis de tipo ideológico muy serio. Había perdido las ilusiones, el entusiasmo por una causa, había entrado en un período de depresión y autocrítica muy profunda y estaba sufriendo una enorme inseguridad y desconcierto ideológico, filosófico y político. Este libro, además, me llenó la memoria de personajes, como el líder mesiánico Conselheiro, un hombre humilde, analfabeto, que había sido capaz de ilusionar, de embarcar a toda una región del Brasil que se hizo matar por él y a la que convenció realmente de que luchar contra la Monarquía era luchar por Dios y contra el diablo.

La fuerza de estas imágenes fue tal, que durante mucho tiempo yo no podía pensar en otra cosa, y de pronto decidí que tenía que escribir una novela sobre esta historia. Algo había ocurrido, como en el caso de ese suelto leído así, muy fugazmente, en un colectivo entre Lima y Miraflores, leyendo este ensayo que junto a mi propia historia, mi historia secreta, una historia de la que no era yo enteramente consciente, me catapultó literalmente a escribir “La guerra del fin del mundo”.

Por eso digo que las novelas que yo he escrito tienen unos temas que en cierta forma me han sido impuestos por la experiencia, por una experiencia que seguramente afecta un núcleo básico que está allí, sumergido en la parte más oscura de mi personalidad y que es, como es el caso de muchos escritores, la fuente de la vocación y de la inspiración. Ésa es la primera comprobación que he hecho respecto a mi propio trabajo, respecto a cómo escribo: los temas me son impuestos por una realidad.

Nunca se me ha ocurrido vivir deliberadamente una experiencia a fin de poder escribir sobre ella aunque hay escritores que lo hacen pero en mi caso nunca ha sido así, incluso basta que alguien me diga que tiene un tema muy bonito para que escriba sobre él, para que yo sienta que todo mi ser cierra puertas y ventanas y decide no escribir nunca sobre ese tema. Es como si esa recomendación generosa fuera una especie de violación de una intimidad secreta en la que realmente se gestan, prescindiendo de mi ser consciente, los temas de mis novelas.
Cuando comienzo a escribir una historia, en realidad esta historia ya está en movimiento, ya está gestándose, ha dejado de ser una nebulosa y comienza a tener forma aun sin saberlo yo mismo conscientemente. De tal manera que, exagerando un poco, podría decir que la parte consciente en la que realmente trabajo con la mayor lucidez posible, con la razón y con el conocimiento, no es en la elaboración de los temas, sino fundamentalmente en la forma en que esos temas van a cuajar y materializarse. Así sí tengo la sensación de ser totalmente responsable: alguien que elige las palabras, la escritura que conviene a esa historia, y las técnicas.

Aunque los profesores de literatura pueden elaborar hasta el infinito sobre las modalidades de la técnica, creo que básicamente las técnicas de una ficción se reducen a dos problemas básicos que tiene que resolver un escritor: el del narrador y el del tiempo.

En primer lugar hay que preguntarse quién cuenta la historia. ¿La cuenta alguien que está dentro de la historia? ¿Un narrador implicado, un narrador personaje que vive la historia con los demás personajes, o la cuenta un narrador omnisciente y ajeno a la historia, alguien que va como ordenándola como un Dios padre desde afuera? ¿La cuentan muchos narradores o un narrador omnisciente y muchos narradores implicados? Ése es un problema técnico fundamental que hay que resolver, porque aunque no lo parezca, el personaje principal de toda historia es siempre el narrador que cuenta la historia, y el narrador no es nunca el autor. El narrador es un personaje que crea el autor incluso en aquellas novelas en que el autor aparece con nombre y apellidos propios. Por ejemplo, en una novela mía que se llama “La tía Julia y el escribidor”, aparece un Varguitas, y muchos lectores creen que ese Varguitas soy yo de pies a cabeza. Y no, ese Varguitas es un personaje de la historia, aunque usurpe mi nombre y también algunas de mis experiencias biográficas.

El otro problema técnico fundamental que tiene que resolver el escritor es el del tiempo. El tiempo en una novela no es nunca el tiempo cronológico, el tiempo real, el tiempo en el que estamos inmersos que nos va socavando y nos va deshaciendo poco a poco en una ficción. El tiempo es también una ficción, una ficción sutil, una construcción artificial de la que dependen como del narrador los fracasos y los aciertos de la historia.

Desde luego que un escritor no tiene que plantearse eso de una manera teórica. Hay grandes novelistas que se reirían a carcajadas de mí si me estuvieran escuchando. Dirían que jamás en su vida han pensado en el problema del narrador ni en el problema del tiempo, que han querido contar una historia y han sentido que la mejor manera de contarla era así, y eso desde luego es cierto, pero eso quiere decir simplemente que ese novelista resolvía ese problema del narrador y del tiempo de una manera intuitiva, no de una manera racional y consciente.

¿Por qué elegir una manera de contar una historia y descartar otras? Hay infinitas maneras de contar una historia. Una misma historia se podría contar de decenas o cientos de maneras diferentes, pero hay una, indudablemente, que es la mejor manera de contarla. ¿Qué quiere decir la mejor manera de contarla? La manera más persuasiva, la manera que puede aprovechar mejor las vivencias implícitas en esos personajes, en esa situación, en el ambiente que la historia refiere. ¿Cómo sabe cuál es? Tampoco se puede responder racionalmente a esta pregunta. Por lo menos yo no puedo, pero sí sé exactamente cuando la manera que he elegido no funciona: cuando la historia contada de ese modo, desde esa perspectiva, desde esa distancia, desde ese tiempo, está siendo como desperdiciada, empobrecida. Ésa es una intuición de la que yo tengo una seguridad casi absoluta, y llego a la fórmula que me parece la más aceptable a través de la eliminación, es decir, a través de correcciones, de rehacer, de romper.

Desde luego, no es el caso de otros escritores. Yo recuerdo mi sorpresa y mi deslumbramiento cuando vi que Cortázar había escrito “Rayuela” sin corregir una sola página, un libro que tiene una construcción tan compleja, una estructura que es tan elaborada, que da la impresión de un enorme trabajo de carpintería. En verdad, la escribió sentándose a la máquina cada día sin saber de qué iba a escribir, y prácticamente envió al editor esa primera versión, ese borrador que fue la versión definitiva de la novela. A mí me deslumbró. Recuerdo que conversé con él y le dije que para mí era absolutamente imposible porque la primera versión de una historia en mi caso era un magma, un caos incomprensible, y me dijo: "Lo que puede ocurrir es que simplemente yo hago el trabajo que tú haces materialmente, yo lo hago subjetiva e inconscientemente. Quizás, cuando yo me siento a escribir un cuento o una novela ya he hecho secretamente en la conciencia todas las versiones necesarias y he eliminado todo lo que había que eliminar, y lo que sale en realidad es una versión definitiva".

En mi caso no ocurre nunca así. Es una elaboración que va tomando forma por eliminación y por eso digo también que lo que me gusta realmente no es escribir sino reescribir, que más que un escritor soy un “reescritor”.

Es muy interesante la manera con que la elección de la forma va dando consistencia y visibilidad a la historia. Quizás por lo que llevo dicho, a algunos de ustedes les puede haber parecido que es un proceso que tiene una cronología, que primero uno construye la historia en la cabeza y luego se sienta a escribirla. Pero no. Cuando yo me siento a escribir, lo que tengo es una nebulosa más o menos organizada en trayectorias. Hay unos personajes que van de aquí a allá, cuyos caminos se cruzan, pero todo es todavía muy difuso, muy vago, y lo va a seguir siendo hasta que yo termine la novela, escriba la última palabra y le ponga el punto final. Esa historia va tomando consistencia en la medida en que se materializa en una forma dada, en unas palabras y en una organización temporal.
Es fascinante cómo en ese proceso, la ficción se va alimentando de toda la experiencia vivida. En todas las novelas que he escrito me ha ocurrido lo mismo. Al principio, esa historia está distante, es una historia fría. Tengo la impresión de que al escribirla hago un trabajo más bien mecánico, tengo que imponerme unos horarios, forzándome a mí mismo. Pero luego, a medida que consigo avanzar en el borrador, y tengo una primera versión caótica, realmente magmática, allí hay un fenómeno que ocurre, y es que empiezo a sentir poco a poco que ese mundo me va canibalizando, utilizando todo lo que me ocurre, nutriéndose de otros recuerdos, atrayendo por asociación, por contraste, por semejanza, otras imágenes y llega un momento que es realmente fascinante, porque a pesar de haberlo vivido muchas veces me sigue inquietando, en el que yo tengo la sensación de que todo lo que hago las veinticuatro horas del día, es decir, incluso cuando duermo, está totalmente aprovechado por la obra que voy a escribir .

Cuando llega ese estado, es cuando realmente siento que todos los esfuerzos están justificados, que es el mayor premio que la literatura puede dar. Esa sensación de que hay un mundo que ha comenzado ya a manifestarse, a vivir por sí mismo, y que tiene una fuerza de atracción sobre mi propia persona que me lleva a entregarme enteramente a él y que me tiene en cierta forma esclavizado. Son palabras que naturalmente pueden parecer grandilocuentes, pero expresan una realidad muy cierta. Creo que esto lo vive todo aquél que ha llevado una tarea creativa y que es testigo de una vida que brota y de la cual uno es parcialmente responsable; aquél que ha conseguido movilizar fuerzas, energías, posiciones o ideas, todo lo que llevaba almacenado.

Otra comprobación que para mí ha sido siempre interesantísima, es que rara vez coincide la visión que uno tiene de la historia que ha escrito, con la que tienen los lectores. Por más lucidez que uno tenga respecto de lo que ha querido hacer, siempre se lleva sorpresas y yo me las he llevado en todas las novelas que he escrito.
La primera sorpresa la recuerdo muy bien. En mi primera novela, “La ciudad y los perros”, hay la muerte de un cadete, en una escuela militar, una muerte de autoría misteriosa.

Yo había tenido muchas dudas mientras escribía la novela, sobre si este joven había sido asesinado por un compañero o su muerte debía ser casual. Pero no conseguía tener una idea clara. Así que dejé esa historia en la ambigüedad. Pero conversando con un crítico, Roger Callois, un magnífico crítico, dicho sea de paso, uno de los primeros europeos en hablar de la poesía y la novela del boom latinoamericano, él me habló de “La ciudad y los perros” de una manera que me sorprendió totalmente. Me dijo: "El asesinato de ese muchacho que lleva a cabo el Jaguar es para mí una de las cosas más interesantes de su libro". "Pero si el Jaguar no asesina al cadete", le respondí. "Claro que es el asesino, no hay ninguna duda. Usted no se ha dado cuenta, pero es clarísimo. El Jaguar es una persona que necesita recobrar un liderazgo perdido sobre sus compañeros. Él es el caudillo, el matón. De alguna manera se realiza con esa jerarquía. Entonces, ¿cómo recuperar el liderazgo? Con un hecho de sangre. Sólo él pudo haber sido el asesino". Fue tan persuasivo que me lo creí. Ahora yo sostengo que el Jaguar es el asesino del esclavo.

Recuerdo el caso de otro crítico que escribió sobre “Conversación en La Catedral”. Era un ensayo tan elocuente que cuando me preguntan sobre mi interpretación de la novela, doy la de este crítico. Él sostenía que en “Conversación en La Catedral”, lo que yo quería mostrar es la profunda corrupción que vive la sociedad peruana a partir del poder político, de esa dictadura que es una fuente de putrefacción que va contaminando el resto de la sociedad. 

Hasta allí sí coincidía con lo que yo tenía en mente cuando escribí la novela. Pero otro de sus argumentos y además daba ejemplos era que lo interesante es la materialización formal de esa idea: que cada vez que la historia se acerca al eje del poder político, al dictador, el lenguaje se vuelve sucio, no sólo porque aparecen palabrotas, sino porque incluso hasta la sintaxis se descompone, se deteriora, y hay una deformación a nivel del lenguaje. De esta manera se denuncia la naturaleza profundamente abyecta del poder político. Jamás se me había pasado por la mente semejante cosa, y sin embargo, esa lectura era tan persuasiva, que me convenció.
Cuando uno escribe, no sólo proyecta la parte consciente de uno mismo sino la parte oscura de su personalidad. Uno escribe con ideas, pero también escribe con sus instintos, con sus emociones, con sus pasiones, y con esos materiales encerrados en el fondo del subconsciente. En el proceso de la creación precisamente esos estados que los románticos llamaban inspiración, y que podrían llamarse excitación o sobreexcitación, comparecen a la hora de escribir y dejan también una huella. Eso explica por qué lo que uno quiere decir no coincide siempre con los lectores. Pero eso no invalida su interpretación, simplemente pone de manifiesto la ceguera que a veces tiene el escritor frente a lo que hace. Ustedes conocen la célebre carta de Flaubert al abogado que lo defendió cuando su novela Madame Bovary fue llevada a los tribunales por inmoral. En esa carta decía: "...no entiendo cómo me pueden juzgar por la novela si la moral es clarísima. Es una novela que muestra las consecuencias negativas que tiene la mala literatura en una muchacha de provincias".

¿Para qué sirve la literatura?
Ésta es una pregunta que no sólo se formulan los enemigos de la literatura y los lectores, sino también los escritores. Cuando era joven, cuando descubrí mi vocación de escritor, era la época del existencialismo, los años de la literatura comprometida. Todos estábamos de acuerdo en que la literatura servía. Algunos pensaban que servía como una manifestación de militancia política; por ejemplo, los comunistas que creían en el realismo socialista como un arma de combate de la revolución mundial, y que a través de la literatura, se podía explicar lo que era la lucha de clases.

Pero la literatura comprometida tenía otra opción más sutil, más rica, mucho más convincente, que esbozó Sartre en su ensayo "¿Qué es la literatura?", y que, creo, marcó profundamente a muchos los escritores de mi generación. A mí desde luego me inculcó una visión de la literatura que, a pesar de haberme distanciado mucho de las ideas de Sartre desde entonces, todavía tengo presente. La idea de Sartre es que la literatura no puede escapar de ninguna manera a su tiempo y que la literatura no es ni puede ser un mero entretenimiento. La literatura es una forma de acción, las palabras son actos la célebre frase de Sartre y a través de la literatura, uno influye en la vida de otros y en la historia. No de una manera determinante, premeditada, con efectos políticos más o menos inmediatos, como creían los partidarios del realismo socialista. Pero sí de una manera indirecta, formando unas conciencias que están detrás de unas conductas. De tal manera que, indirectamente, la literatura sirve, contribuye a la acción en el seno de la sociedad.

Esas ideas estuvieron muy arraigadas en América, en Europa y en el mundo entero en los años 60. A partir de los 70 comenzaron a ser revisadas y creo que hoy muy pocas personas en el mundo las comparten. Han salido muchas ideas sobre lo que es la literatura, pero lo que flota en el ambiente es que la literatura sirve para algo o, si no, no se explica que todavía sigamos leyendo historias. No creo que sea una actividad sin consecuencias cuya única razón sea hacer pasar un buen rato a las personas.

El entretenimiento está muy bien. No hay que sentirse desmoralizado si la literatura sólo sirve para entretener. No obstante estoy convencido de que la literatura tiene efectos en la vida. Pero esos efectos no se pueden premeditar. No hay manera de que el autor planifique lo que escribe para que su libro tenga determinadas consecuencias en la realidad.

Un pueblo contaminado de ficciones es más difícil de esclavizar que un pueblo aliterario o inculto. La literatura es enormemente útil porque es una fuente de insatisfacción permanente; crea ciudadanos descontentos, inconformes.

Nos hace a veces más infelices, pero también nos hace muchísimo más libres.

El producto audiovisual no puede sustituir esa función de la literatura. Me gusta mucho el cine, veo dos o tres películas por semana, pero estoy convencido de que las ficciones cinematográficas de ninguna manera tienen ese corolario lento, retardado, que posee la literatura en el sentido de sensibilizarme respecto a lo que son las deficiencias de la realidad y hacerme sentir la importancia de la libertad. Creo que por allí podemos responder para qué sirve la literatura. Sirve para entretener, desde luego. No hay nada más entretenido que un poema o una gran novela, pero ese entretenimiento no es efímero. Deja una marca secreta y profunda en la sensibilidad y en la imaginación.

jueves, 24 de marzo de 2016

La última cena

Un jueves santo hace muchos, muchos años...

"La última cena". 1495–1498
4.6 x 8.8 metros.
Leonardo Da Vinci.

Cuando dijo estas palabras, Jesús se turbó en su interior y declaró: «En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me entregará». Los discípulos se miraban unos a otros, sin saber de quién hablaba.

Evangelio según San Juan


"La última cena". 1592-1594
3.65 x 5.68 metros.
Tintoretto.


miércoles, 23 de marzo de 2016

Borges y el agua de chía

Octavio Paz y Jorge Luis Borges.
Foto: Paulina Lavista.

Desde el D.F. esto le escribe Octavio Paz a su amigo español Pere Gimferrer en una carta fechada el 10 de julio de 1985:

"No sé si te conté que mientras estuve en Buenos Aires vi muchas veces a Borges. Hablar con él —o más bien: oírlo— es pasearse por los corredores de su memoria. Sus recuerdos son casi siempre librescos, incluso cuando habla de gente que trató, como Lugones, o de la que fue amigo, como Reyes. Pero esa literatura se vuelve vida en su conversación. Letras vividas. Oír el relato de una de sus lecturas es como oír el relato de una aventura o una expedición. Marie José le dijo a María Kodama, la amiga y guía de Borges, que nosotros nos hospedábamos siempre en un hotelito de Nueva York. Pues bien, hace unos días, de regreso de Oslo, estábamos en un saloncito del hotel con un amigo cuando se presentaron María y Borges. Naturalmente inscribimos nuestro encuentro en el espacio mágico de las afinidades y las correspondencias —Blake y Swedenborg. En el curso de la conversación Borges recitó, como es su costumbre cuando habla con mexicanos, unos versos de López Velarde: «Suave patria, vendedora de chía, / He de raptarte en la cuaresma opaca... » De pronto, me preguntó si la chía era una bebida popular. Asentí pero cometí la estupidez de decirle que no era un refresco únicamente mexicano. Mi respuesta lo sorprendió. Mi confusión se debe a que antes, en México, se vendían los refrescos de chía y de horchata en los mismos lugares, en enormes vasijas de vidrio. Como la horchata es valenciana, pensé que la chía también se bebía en España. En el avión de regreso a México, al recordar mi conversación con Borges, descubrí mi error y temblé".

martes, 22 de marzo de 2016

Los tres astronautas


Resultará una rareza, tanto como una joya, que los lectores que conocen a Umberto Eco (1932-2016) como académico o autor de obras monumentales como "El nombre de la rosa" o "Balduino" encuentren este cuento que escribió para niños hace varias décadas. Y a pesar del tiempo, la historia no ha perdido vigencia ni vislumbra en ninguno de sus bordes fecha de caducidad. "Los tres astronautas", que en 1973 publicó Ediciones de la Flor, se acompaña con ilustraciones del argentino Juan Marchesi (1943), historia que a continuación compartimos.

"Los tres astronautas"


Era una vez la Tierra.

Era una vez Marte.

Estaban muy lejos el uno de la otra, en medio del cielo, y alrededor había millones de planetas y de galaxias.

Los hombres que estaban sobre la Tierra querían llegar a Marte y a los otros planetas; ¡pero estaban tan lejos! 

Sin embargo, trataron de conseguirlo. Primero lanzaron satélites que giraban alrededor de la Tierra durante dos días y volvían a bajar.

Después, lanzaron cohetes que daban algunas vueltas alrededor de la Tierra, pero, en vez de volver a bajar, al final escapaban de la atracción terrestre y partían hacia el espacio infinito.

Al principio, pusieron perros en los cohetes: pero los perros no sabían hablar y por la radio del cohete transmitían solo "guau, guau". Y los hombres no entendían qué habían visto y adónde habían llegado.

Por fin, encontraron hombres valientes que quisieron trabajar de astronautas.

El astronauta se llama así porque parte a explorar los astros que están en el espacio infinito, con los planetas, las galaxias y todo lo que hay alrededor. Los astronautas partían sin saber si podían regresar. Querían conquistar las estrellas, de modo que un día todos pudieran viajar de un planeta a otro, porque la Tierra se había vuelto demasiado chica y los hombres eran cada día más.

Una linda mañana, partieron de la Tierra, de tres lugares distintos, tres cohetes.

En el primero iba un estadounidense que silbaba muy contento una canción de jazz.

En el segundo iba un ruso, que cantaba con voz profunda "Volga, Volga".

En el tercero iba un negro que sonreía feliz con dientes muy blancos sobre la cara negra.

En esa época los habitantes de África, libres por fin, habían probado que como los blancos podían construir, casas, máquinas y, naturalmente, astronaves.

Cada uno de los tres deseaba ser el primero en llegar a Marte: el norteamericano, en realidad, no quería al ruso y el ruso al norteamericano, porque el norteamericano para decir "buenos días" decía How do you do y el ruso decía zdravchmite.


Así, no se entendían y creían que eran diferentes.

Además, ninguno de los dos quería al negro porque tenía un color distinto.

Por eso no se entendían.

Como los tres eran muy valientes, llegaron a Marte casi al mismo tiempo. Descendieron de sus astronaves con el casco y el traje espacial. Y se encontraron con un paisaje maravilloso y extraño: el terreno estaba surcado por largos canales llenos de agua de color verde esmeralda. Había árboles azules y pajaritos nunca vistos, con plumas de rarísimo color.

En el horizonte se veían montañas rojas que despedían misteriosos fulgores.

Los astronautas miraban el paisaje, se miraban entre sí y se mantenían separados, desconfiando el uno del otro.

Cuando llegó la noche se hizo un extraño silencio alrededor. La Tierra brillaba en el cielo como si fuera una estrella lejana.

Los astronautas se sentían tristes y perdidos, y el norteamericano, en medio de la oscuridad, llamó a su mamá.

Dijo: "Mamie". 

Y el ruso dijo: "Mama" 

Y el negro dijo: "Mbamba"

Pero enseguida entendieron que estaban diciendo lo mismo y que tenían los mismos sentimientos. Entonces se sonrieron, se acercaron, encendieron juntos una linda fogatita, y cada uno cantó las canciones de su país. Con esto recobraron el coraje y, esperando la mañana, aprendieron a conocerse.

Por fin llegó la mañana y hacía mucho frío. De repente, de un bosquecito salió un marciano. ¡Era realmente horrible verlo! Todo verde, tenía dos antenas en lugar de orejas, una trompa y seis brazos.

Los miró y dijo: "grrrrr".

En su idioma quería decir: "¡Madre mía! ¿quiénes son estos seres tan horribles?".

Pero los terráqueos no lo entendieron y creyeron que ése era un grito de guerra.

Era tan distinto a ellos que no podían entenderlo y amarlo.

Enseguida se pusieron de acuerdo y se declararon contra él.

Frente a ese monstruo sus pequeñas diferencias desaparecían. ¿Qué importaba que uno tuviera la piel negra y los otros la tuvieran blanca?

Entendieron que los tres eran seres humanos.

El otro no. Era demasiado feo y los terráqueos pensaban que era tan feo que debía ser malo.

Por eso decidieron matarlo con sus desintegradores atómicos.

Pero de repente, en el gran hielo de la mañana, un pajarito marciano, que evidentemente se había escapado del nido, cayó al suelo temblando de frío y de miedo.

Piaba desesperado, más o menos como un pájaro terráqueo. Daba mucha pena. El norteamericano, el ruso y el negro lo miraron y no supieron contener una lágrima de compasión. 

Y en ese momento ocurrió un hecho que no esperaban. También el marciano se acercó al pajarito, lo miró, y dejó escapar dos columnas de humo de su trompa. Y los terráqueos, entonces; comprendieron que el marciano estaba llorando. A su modo, como lo hacen los marcianos.

Luego vieron que se inclinaba sobre el pajarito y lo levantaba entre sus seis brazos tratando de darle calor.

El negro que en sus tiempos había sido perseguido por su piel negra sabía cómo eran las cosas. Se volvió hacia sus dos amigos terráqueos: 

–¿Entendieron? –dijo–. ¡Creíamos que este monstruo era diferente a nosotros y, en cambio, también él ama los animales, sabe conmoverse, tiene corazón y, sin duda, cerebro también! ¿Todavía creen que tenemos que matarlo?

Se sintieron avergonzados ante esa pregunta.


Los terráqueos ya habían entendido la lección: no es suficiente que dos criaturas sean diferentes para que deban ser enemigas.
Por eso se aproximaron al marciano y le tendieron la mano.

Y él, que tenía seis manos, estrechó de una sola vez las de ellos tres, mientras con las que tenía libres hacía gestos de saludo.

Y señalando con el dedo la Tierra, ahí abajo en el cielo, hizo entender que quería hacer conocer a los demás habitantes y estudiar junto a ellos la forma de fundar una gran república espacial en la que todos estuvieran de acuerdo y se quisieran.

Los terráqueos dijeron que sí muy contentos.

Y para festejar el acontecimiento le ofrecieron un cigarrillo. El marciano muy feliz se lo metió en la nariz y empezó a fumar. Pero ya los terráqueos no se escandalizaban más.

Habían entendido que en la Tierra como en los otros planetas, cada uno tiene sus propias costumbres y que sólo es cuestión de comprenderse entre todos.

lunes, 21 de marzo de 2016

Gibran Kahlil Gibran


Gibran Kahlil Gibran (1883-1931).
Poeta libanés.

"Y los sacerdotes y las sacerdotisas le decían:
No dejes que nos separen las olas del mar, y que los años que has vivido entre nosotros se transformen tan sólo en un recuerdo.
Has convivido con nosotros como un espíritu, y tu sombra ha sido como una luz sobre nuestros rostros.
Mucho te hemos amado, mas nuestro amor no puede expresarse con palabras, y ha estado cubierto con velos.
Pero ahora viene a llamarte y se yergue revelado ante ti:
Y siempre ha pasado que el amor no conoce su propia profundidad hasta la hora de la separación".

Fragmento de "El arribo de la nieve".
Tomado del libro "El Profeta".

sábado, 19 de marzo de 2016

Tú tienes lo que busco

Jaime Sabines. Poeta chiapaneco.
(25 de marzo de 1926 - 19 de marzo de 1999)
Fotografía de Roberto Portillo.

Tú tienes lo que busco, lo que deseo, lo que amo,
tú lo tienes.
El puño de mi corazón está golpeando, llamando.
Te agradezco a los cuentos,
doy gracias a tu madre y a tu padre,
y a la muerte que no te ha visto.
Te agradezco al aire.
Eres esbelta como el trigo,
frágil como la línea de tu cuerpo.
Nunca he amado a una mujer delgada
pero tú has enamorado mis manos,
ataste mi deseo,
cogiste mis ojos como dos peces.
Por eso estoy a tu puerta, esperando.


Jaime Sabines.

viernes, 18 de marzo de 2016

Ángeles

La vida cotidiana es poesía al filtrarse en la escritura de Carmen Villoro (México, 1958). Leerla es redescubrir los objetos y aprender una nueva forma de mirar. Van los siguientes versos que también pudieron titularse "Oda a los Albañiles" como muestra de lo que es la escritura de esta magnífica autora mexicana y cuya lectura recomiendo ampliamente.


De Carmen Villoro.

Sus pies apenas tocan los andamios,
sus brazos se apoyan en latas de pintura
vacías y ligeras,
su fuerza se desplaza
sobre delgadas tablas que cruzan el abismo.
No saben que son dioses,
que edifican destinos
y que la mezcla en sus manos
fecunda los espacios
y hace crecer las sombras.
Son ángeles de piedra,
tallas de polvo,
gárgolas cuya sangre
pone en movimiento las fachadas
y vuelve los deseos góticos posibles.
Sus objetos sagrados descansan en el suelo:
un radio, unos zapatos, un refresco.
Por la tarde descienden,
guardan sus alas rotas
y el edificio en construcción
mira crecer su soledad
desangelado y gris.

martes, 15 de marzo de 2016

Cuando los ratones se daban la gran vida


Por Francisco Hinojosa*

En el tiempo en que la luna era roja y los árboles daban todo el año flores y frutas, todos los animales de la tierra eran del mismo tamaño. 
Fue un ratón el que descubrió el secreto: un día encontró una tripita que salía de la pata de un león. Le quitó la tapa y… 
El león empezó a desinflarse. Luego buscó la pata de una abeja y también encontró la tripita. Y la empezó a inflar e inflar e inflar…
Pasaban entonces cosas muy raras: las hormigas podían cargar más hojas, pero no cabían en sus agujeros, los changos no podían subirse a los árboles ni comer plátanos. 
Las moscas eran tan pesadas que no podían volar. 
El gato no perseguía a los ratones. Y a los cocodrilos nadie les tenía miedo. 
Los ratones eran los únicos que se daban la gran vida. 
El elefante era el encargado de servir el queso. El oso polar les cortaba el pelo y los bigotes. 
Los caracoles hacían ricos pasteles. Los lobos tiraban los trineos. Y el gato los divertía con sus bailes. Pasaron así muchos años, hasta que un buen día el búho descubrió la tirita en la pata de una hormiga. Le quitó la tapa y… 
La hormiga se hizo chiquita, chiquita, y pudo volver a su agujero. Entonces el búho les dijo a todos el secreto. Así la jirafa fue con el camello y lo empezó a inflar e inflar e inflar…
Hasta que el camello se hizo más grande que los árboles. 
—No me infles tanto, ya no te puedo ver —le gritó a la jirafa.
Todos los animales volvieron a ser como antes: la araña ya podía tejer su tela, las mariposas volar, el tigre saltar de los árboles y el hipopótamo volver a su casa. 

Desde entonces los ratones dejaron de ser los amos de la tierra. Y los animales vivieron muy contentos. 

* Nació en la Ciudad de México, en 1954. Es poeta, narrador y editor. Estudió la carrera de Lengua y literatura hispánica en la Universidad Nacional Autónoma de México. Una gran parte de su obra ha sido dedicada a los niños y jóvenes. Ha impartido talleres de literatura infantil en diversos países y es uno de los autores más destacados de literatura infantil y juvenil en lengua española. Ha sido traducido al inglés y portugués.

viernes, 11 de marzo de 2016

Astor Piazzolla



Un 11 de marzo nació en Mar del Plata Astor Piazzolla (1921-1992), bandoneonista que revolucionó el Tango. Hoy cumpliría 95 años. Piezas como "Oblivion", "Las cuatro estaciones" o "Adiós Nonino" forman parte del soundtrack de la vida de quienes hemos tenido el placer de acompañarnos de su música. Entre las personas que influenciaron su carrera figura Nadia Boulanger (Francia, 1887-1979) pianista, Directora de Orquesta y Maestra de Maestros, de quién él comentó lo siguiente en una ocasión:
Nadia Boulanger me hizo estudiar durante 18 meses que me sirvieron como si hubieran sido 18 años. Ella me enseñó a creer en Astor Piazzolla, en que mi música no era tan mala como yo creía. Yo pensaba que era una basura porque tocaba tangos en un cabaret y resulta que yo tenía una cosa que se llama estilo. Sentí una especie de liberación del tanguero vergonzante que era yo. Me liberé de golpe y dije: "Bueno, tendré que seguir con esta música, entonces".

Astor Piazzolla con Nadia Boulanger.
Fotografía tomada por Dedé Wolff, primera esposa de Astor.
Piazzolla comenta en el libro de Natalio Gorin "Astor Piazzolla: A manera de memorias" (Alba Editorial, 2003), lo siguiente:

Cuando la conocí, Nadia estaba por cumplir 75 años. Vivía en un departamento muy grande, tenía un órgano enorme, un piano de cola, en las paredes colgaban fotos dedicadas de Igor Stravinsky, André Gide, Paul Valéry y André Malraux. Era una mujer muy agradable. A las cinco de la tarde entraba la mucama con una bandeja que tenía los elementos para el té con masitas, pero la dejaba sobre una mesa: el té lo servía Nadia. Fue como estudiar con mi mamá. 
La volví a ver 20 años después en el Conservatorio Fontainebleau, estaba casi ciega pero su oído musical, a pesar de su edad, seguía siendo perfecto. Me acerqué, le tomé la mano y le dije: "Hello, mademoieselle Boulanger". Me reconoció por la voz y me contestó enseguida: "Hello mi querido Astor, lo felicito, ahora es muy famoso". Siempre la recuerdo con mucha cariño”. 
Y es que éste argentino es, verdaderamente, uno de los prodigios que ha tenido la historia de la música. Escucharlo siempre es una experiencia que nos enriquece. Por eso, disfrutemos esta grabación del Festival Internacional de Jazz de Montreal.


Y por último, comparto esta foto histórica y memorable. En ella vemos a Mercedes Sosa sentada en el suelo y recargada en el sofá mientras escucha atenta las palabras de Piazzolla. Se sabe que esa noche él al bandoneón interpretó "Los mareados" y ella lo acompañó con su eterna e inquebrantable voz.

Astor Piazzolla y Mercedes Sosa en un encuentro en París durante el exilio.



jueves, 10 de marzo de 2016

El mal fotógrafo

Juan Villoro (1956). Escritor Mexicano.
Fotografía: Vasco Szinetar.

En el panorama de la literatura actual, Juan Villoro es uno de los escritores más activos y, sobre todo, ¡leídos! tanto por público juvenil como adulto. En marzo de 2016 recibirá el Premio "Excelencia en las Letras José Emilio Pacheco" que otorga la Universidad Autónoma de Yucatán, la Feria Internacional de la Lectura Yucatán (FILEY) y la Asociación UC-Mexicanistas en reconocimiento a la trayectoria literaria de autores nacidos en México.

En ediciones anteriores, el Premio le ha sido otorgado a: 

2013.- José Emilio Pacheco.
2014.- Elena Poniatowska.
2015.- Fernando del Paso.

En una conversación, Sara Poot-Herrera me comentó que el jurado esté integrado por tres académicos y dos escritores; este año lo conforman Victoria Borsò, Hernán Lara Zavala, Max Parra, Cristina Rivera Garza y Jacobo Sefamí. 

La FILEY, que se inaugurará el sábado 12 de marzo, traerá a la ciudad autores que recomiendo escuchar de viva voz, ya sea en las presentaciones de libro, actividades como la del lunes 14 de marzo a las 20:30 horas con Juan Villoro en el Centro Cultural Olimpo o en el Congreso Internacional "Lo busco lo busco y no lo busco. De búsquedas y encuentros en la cultura mexicana" que iniciará el miércoles 16 de marzo en el Centro de Convenciones Siglo XXI en Mérida.

Complementando lo anterior, comparto este cuento de Juan Villoro que probablemente sea la historia de muchas familias... espejo de infancia de quienes han crecido con un padre ausente. 


El mal Fotógrafo



Juan Villoro.

Recuerdo a mi padre alejarse del grupo donde se servía limonada. En las playas o los jardines, siempre tenía algún motivo para apartarse de nosotros, como si los niños causáramos insolación y tuviese que buscar sombra en otra parte.

Puedo ver su cara recortada en el quicio de una puerta, fumando con desgano, con la rutina parda del adicto que hace mucho dejó de disfrutar el vicio. Nunca se quitaba la corbata. Para él las vacaciones eran el momento en que se manchaba la corbata y no le importaba. Sólo se ponía otra al volver al trabajo.

Supongo que nunca se adaptó a nosotros. Nos tomaba en cuenta con la calmosa dedicación con que alguien deja caer gotas azules en un acuario.

También el verdadero sol lo molestaba. Le sacaba pecas en los antebrazos, cubiertos de vellos rojizos. No era un hombre de intemperie. Lo único que disfrutaba de las vacaciones era el trayecto, las muchas horas a bordo del coche. Entonces cantaba una canción sobre un caballo de carreras. Aunque el caballo perdía siempre, su voz sonaba feliz y libre. Una voz hecha para el camino.

Distanciarse estaba en su carácter. Nunca lo vimos tomar una fotografía, pero las fotos que encontramos muchos años después deben ser suyas. Estuvo suficientemente cerca y suficientemente lejos de nosotros para retratarnos. Lo imagino con una de esas cámaras que se colgaban del hombro y tenían estuche de cuero.

Las fotos recogen jardines olvidados y casas donde tal vez dormimos una noche, en camino a otra parte. Entonces éramos más rubios, más blancos, más antiguos. Una época pálida, antes de que la fotografía a color se volviera enfática. A mi padre le iban bien esos tonos indecisos, donde un coche azul parecía más gris de lo que era.

Nadie guardó las fotos en un álbum, tal vez porque eran malas, tal vez porque pertenecían a una época que se volvió complicado recordar.

En las tomas aparecen objetos que sólo a mi padre le hubiera interesado retratar. Las bancas, los postes de luz, los tejados, los coches –sobre todo los coches– sobreviven mejor que nosotros. Ciertas fotos oblicuas o movidas parecen tomadas desde un auto en movimiento.

El dato final y decisivo para asociarlas con mi padre es que después no hubo otras. Una tarde subió a su Studebaker y no volvimos a saber de él.

Las fotografías aparecieron en un desván, dentro de una maleta con correas, estampada con nombres de hoteles a los que no fuimos nosotros. Supongo que las dejó ahí para que lo conociéramos de otro modo, para que supiéramos lo mal fotógrafo que había sido, cuán frágil era su pulso, la falta de concentración que determinaba su mirada. Un detective a sueldo hubiera hecho mejor trabajo.

¿Es posible que el autor de las fotografías sea otro? No lo creo. La torpeza, el desapego, la atención vacilante son una firma clara.

De mi padre sabemos lo peor: huyó; fuimos la molestia que quiso evitarse. Las fotos confirman su dificultad para vernos. Curiosamente, también muestran que lo intentó. Con la obstinación del mediocre, reiteró su fracaso sin que eso llegara a ser dramático. Nunca supimos que sufriera. Ni siquiera supimos que fotografiaba.

Hubo un tiempo en que vivimos con un fotógrafo invisible. Nos espiaba sin que ganáramos color. Que alguien incapaz de enfocar nos mirara así, revela un esfuerzo peculiar, una forma secreta del tesón. Mi padre buscaba algo extraviado o que nunca estuvo ahí. No dio con su objetivo, pero no dejó de recargar la cámara. Sus ojos, que no estaban hechos para vernos, querían vernos.

Las fotos, desastrosas, inservibles, fueron tomadas por un inepto que insistía.

Una tarde subió al Studebaker. Supongo que cantó su canción del caballo, una y otra vez, hasta que en un recodo solitario ganó, al fin, una carrera.

Publicado en diciembre de 2008 en la revista Letras Libres.

Consulta el programa completo de la FILEY 2016 dando clic aquí

martes, 8 de marzo de 2016

¡Tiemblen, dragones!

A partir de ahora todos los martes compartiré Literatura Infantil para que leamos con los niños que amamos y que están ávidos de historias. Ocho años después de haber iniciado Letranías me doy cuenta de que es un sector al que no había involucrado en mis publicaciones... todo gracias al grupo de lectura "Puro Cuento" que empecé en enero con niños de 5 a 12 años de edad. Es fascinante compartir con ellos palabras y creatividad, no importa si no saben leer... ¡la riqueza está en imaginar! Éste es uno de los cuentos que leímos juntos y del que posteriormente conversamos y opinamos. Fue exquisito: los niños son fuente de sabiduría. La versión en español del cuento "¡Tiemblen, dragones!" que hoy comparto, está tomado del libro "Cuéntame lecturas para todos los días" (Editorial Castillo, 2009), antologado por Francisco Hinojosa.



Historia: Robert Munsch.
Ilustraciones: Michael Martchenko.

Elizabeth era una hermosa princesa. Vivía en un castillo enorme y tenía muchos vestidos elegantes. Además pronto se casaría con su novio, el príncipe Ronaldo.
Por desgracia, un dragón destruyó su castillo, quemó todos sus vestidos y se llevó al príncipe Ronaldo. Elizabeth decidió ir tras el dragón para rescatar a su novio. pero antes necesitaba encontrar que ponerse. Buscó por todos lados y lo único que encontró fue una bolsa de papel. Elizabeth se la puso y partió en busca del dragón.

Fue muy fácil seguirlo. Sólo tuvo que seguir su rastro por los bosques quemados.
Después de un largo rato, Elizabeth llegó a una cueva con una gran puerta y un aldabón enorme. Elizabeth tomó el aldabón y tocó tres veces: ¡BANG, BANG, BANG!

El dragón asomó la nariz por la puerta y dijo:
—¡Vaya! ¡Una princesa! Me encanta comer princesas, pero hoy ya me comí un castillo entero. Soy un dragón muy ocupado. Regresa mañana.

Azotó la puerta tan fuerte, que Elizabeth por poco se queda sin nariz. Elizabeth tomó el aldabón y llamó de nuevo a la puerta: ¡BANG, BANG, BANG!

El dragón se asomó una vez más y dijo:



—Ya te dije que te fueras. Me encanta comer princesas, pero hoy ya me comí un castillo entero. Soy un dragón muy ocupado. Regresa mañana.
—¡Espera! —exclamó Elizabeth—. ¿Es cierto que eres el dragón más listo y feroz del mundo entero?
—Sí— dijo el dragón.
—¿Es cierto —preguntó Elizabeth— que puedes quemar hasta diez bosques con tu aliento de fuego?
—Desde luego —contestó.
El dragón tomó una gran bocanada de aire y lanzó tanto fuego, que quemó otros cien bosques.
El dragón no tenía fuego ni para asar una salchicha. Elizabeth dijo:
—Oye dragón, ¿es cierto que puedes volar alrededor del mundo en tan solo diez segundos?
—Por supuesto— le contestó.
El dragón tomó vuelo, dio un gran brinco y se elevó por los aires. Dio la vuelta al mundo en solo diez segundos. El dragón regresó muy cansado, pero Elizabeth gritó:
—¡Fantástico! ¡Hazlo otra vez!
El dragón se elevó de nuevo por los aires y dio la vuelta al mundo en tan solo veinte segundos. Cuando regresó, estaba tan cansado que se acostó en el piso y se quedó profundamente dormido.
Elizabeth se acercó al dragón y le susurró suavemente:
—Oye, dragón...
Pero el dragón no se movió ni un poquito. Elizabeth levantó la oreja del dragón y metió su cabeza dentro. Entonces gritó tan fuere como pudo:
—¡OYE DRAGÓN!


El dragón estaba tan cansado que ni se inmutó. Elizabeth pasó por encima de dragón y abrió la puerta de la cueva. Ahí estaba el príncipe Ronaldo. Cuando la vio, el príncipe dijo:

—¡Elizabeth! ¡Estás hecha un desastre! Hueles a ceniza, tu pelo es un asco y vienes vestida sólo con una vieja y sucia bolsa de papel. Ni pienses que te dejaré rescatarme en esas fachas. Regresa cuando parezcas una princesa de verdad.


—Ronaldo —respondió Elizabeth—, tu ropa es muy elegante y estás muy bien peinado. Pareces un verdadero príncipe, pero en realidad eres un patán.

Después de todo, Elizabeth y Ronaldo no se casaron.