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jueves, 5 de mayo de 2016

Escribir con rigor


Por Julia Mortera.

Rigor. Del latín rigor, rigoris (rigidez, inflexibilidad,  severidad, rigor y dirección recta de las cosas). 

Me apunté a un curso de escritura creativa en junio de 2013. La convocatoria había llegado de la Dirección de Cultura del Ayuntamiento de mi ciudad. Le di vueltas a la idea, tenía una libreta con textos que había escrito y pensé que era momento de sacarlos del cajón. José iba a impartir el curso. Saber que tendría como maestro a uno de los poetas más importantes de mi país fue un aliento importante para animarme a participar. Lo había conocido en la universidad y aunque no tuve el privilegio de que me diese clase, ocasionalmente cuando pasaba por los pasillos solía detenerme a escuchar por la ventana su cátedra. Disfrutaba de su dicción, de su claridad de ideas y del brillo de sus ojos, propios del poeta que es.

Seríamos unos diez participantes como máximo. Muchos, como yo, leerían en público por primera vez lo que escribían. En principio, no es fácil compartir lo que uno escribe, es una especie de striptease que destapa la mente y la expone a quien tenga ojos para leer. Cada uno leíamos en voz alta nuestros escritos, géneros de todo tipo: cuentos breves, reflexiones y poemas. José nos escuchaba con paciencia y nos guiaba a la revisión. Como poeta, nos empujaba a indagar en el lenguaje, en los sinónimos, en el ritmo y en el ejercicio de la metáfora. Como maestro, nos ayudó a despojarnos de nuestros miedos, trabajó en nuestra confianza, nos exigió.

Recuerdo particularmente una sesión. José detuvo mi lectura para revisar un párrafo que le restaba fuerza a mi narrativa. Estábamos en un pequeño salón de un edificio antiguo, rodeados de estantes de metal, de afiches de eventos literarios y de cientos de nombres de escritores y títulos de libros. José empezó a hablarnos como solía hacerlo, con ritmo, entonación, credibilidad y sobretodo, pasión. Con su alma de poeta nos dio una de las más bonitas lecciones que he recibido: “Hay que escribir con rigor”. Lo decía con tal fuerza que le temblaban los puños de las manos, con tal convicción que su mirada lograba penetrar al mismo tiempo en cada uno de nosotros, con tal elocuencia que de los estantes parecían escucharse gritos victoriosos de cientos de escritores, como si estuviéramos justo en medio del Coliseo romano. “Hay que escribir con rigor”. Lo afirmaba como un principio, como una ley que debe salvaguardar quien profesa el oficio de ser escritor, como una sentencia que exige disciplina en el ejercicio de la creación literaria.

Cuido más lo que escribo desde entonces. Le dedico el tiempo que se merece. Procuro la economía de las palabras. Me detengo en la respiración. En la puntuación. Soy más autocrítica. Me exijo. Desde entonces aprecio más lo que leo. Ahora mismo leo una novela histórica que con el paso de las hojas cautiva mi asombro. Pienso en su autor, en las horas ¡y horas! que habrá dedicado a crear semejante pieza literaria... ¡qué manera de plasmar imágenes mentales! ¡cuánta claridad de pensamiento! ¡qué capacidad de emocionar!

“Hay que escribir con rigor” y cuando recuerdo aquel salón con libros empolvados, a mis compañeros al principio temerosos de quien pueda decir “escribes muy mal”, pienso en mi maestro José, en sus puños cerrados y en la firmeza de su mirada. ¿Quién mejor que él podría saber del rigor? De lo difícil que es ganarse la vida al ser poeta en un mundo que poco reconocimiento aporta al oficio de escribir, o bien, poco hace por generar el hábito de la lectura por placer. Sólo su excesiva y escrupulosa severidad por la palabra constante, lo han podido hacer merecedor de llamarse “poeta” y también “maestro”. Procuro escribir con rigor y lo digo así porque sé que me queda mucho por recorrer. No puede haber condescendencia o flexibilidad cuando se sabe con firmeza lo que uno es o a lo que quiere llegar. No hay cabida para la conformidad o mediocridad.

Siempre estaré agradecida con José Díaz Cervera, especialmente por tan importante lección de vida. No es que pretenda restarle importancia al contexto en el que recibí tal enseñanza, simplemente la entiendo como un común denominador que impera en quienes consiguen la excelencia. Con el rigor que escribe un Premio Nobel, entrena un atleta olímpico, baila una “prima bailarina”, crea sinfonías un músico, erige monumentos un arquitecto u ofrece descanso un carpintero. Quizá sea apropiado pensar que hay que vivir con rigor y aunque es cierto que no hay una línea recta que conduzca al éxito o a la felicidad, la perseverancia conlleva al reconocimiento del mérito que —a veces reconocido por muchos y a veces no— nos da a las personas la plenitud que engrandece nuestro espíritu y que nunca conocerá el ego.

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