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lunes, 25 de abril de 2016

Después del almuerzo

Julio Cortázar (1914-1984). Escritor argentino.
Cuento tomado del libro "Final del juego" (1964).

Después del almuerzo yo hubiera querido quedarme en mi cuarto leyendo, pero papá y mamá vinieron casi en seguida a decirme que esa tarde tenía que llevarlo de paseo.

Lo primero que contesté fue que no, que lo llevara otro, que por favor me dejaran estudiar en mi cuarto. Iba a decirles otras cosas, explicarles por qué no me gustaba tener que salir con él, pero papá dio un paso adelante y se puso a mirarme en esa forma que no puedo resistir, me clava los ojos y yo siento que se me van entrando cada vez más hondo en la cara, hasta que estoy a punto de gritar y tengo que darme vuelta y contestar que sí, que claro, en seguida. Mamá en esos casos no dice nada y no me mira, pero se queda un poco atrás con las dos manos juntas, y yo le veo el pelo gris que le cae sobre la frente y tengo que darme vuelta y contestar que sí, que claro, en seguida. Entonces se fueron sin decir nada más y yo empecé a vestirme, con el único consuelo de que iba a estrenar unos zapatos amarillos que brillaban y brillaban.

Cuando salí de mi cuarto eran las dos, y tía Encarnación dijo que podía ir a buscarlo a la pieza del fondo, donde siempre le gusta meterse por la tarde. Tía Encarnación debía darse cuenta de que yo estaba desesperado por tener que salir con él, porque me pasó la mano por la cabeza y después se agachó y me dio un beso en la frente. Sentí que me ponía algo en el bolsillo.

—Para que te compres alguna cosa —me dijo al oído—. Y no te olvides de darle un poco, es preferible.

Yo la besé en la mejilla, más contento, y pasé delante de la puerta de la sala donde estaban papá y mamá jugando a las damas. Creo que les dije hasta luego, alguna cosa así, y después saqué el billete de cinco pesos para alisarlo bien y guardarlo en mi cartera donde ya había otro billete de un peso y monedas.

Lo encontré en un rincón del cuarto, lo agarré lo mejor que pude y salimos por el patio hasta la puerta que daba al jardín de adelante. Una o dos veces sentí la tentación de soltarlo, volver adentro y decirles a papá y mamá que él no quería venir conmigo, pero estaba seguro de que acabarían por traerlo y obligarme a ir con él hasta la puerta de calle. Nunca me habían pedido que lo llevara al centro, era injusto que me lo pidieran porque sabían muy bien que la única vez que me habían obligado a pasearlo por la vereda había ocurrido esa cosa horrible con el gato de los Álvarez. Me parecía estar viendo todavía la cara del vigilante hablando con papá en la puerta, y después papá sirviendo dos vasos de caña, y mamá llorando en su cuarto. Era injusto que me lo pidieran.

Por la mañana había llovido y las veredas de Buenos Aires están cada vez más rotas, apenas se puede andar sin meter los pies en algún charco. Yo hacía lo posible para cruzar por las partes más secas y no mojarme los zapatos nuevos, pero en seguida vi que a él le gustaba meterse en el agua, y tuve que tironear con todas mis fuerzas para obligarlo a ir de mi lado. A pesar de eso consiguió acercarse a un sitio donde había una baldosa un poco más hundida que las otras, y cuando me di cuenta ya estaba completamente empapado y tenía hojas secas por todas partes. Tuve que pararme, limpiarlo, y todo el tiempo sentía que los vecinos estaban mirando desde los jardines, sin decir nada pero mirando. No quiero mentir, en realidad no me importaba tanto que nos miraran (que lo miraran a él, y a mí que lo llevaba de paseo); lo peor era estar ahí parado, con un pañuelo que se iba mojando y llenando de manchas de barro y pedazos de hojas secas, teniendo que sujetarlo al mismo tiempo para que no volviera a acercarse al charco. Además yo estoy acostumbrado a andar por las calles con las manos en los bolsillos del pantalón, silbando o mascando chicle, o leyendo las historietas mientras con la parte de abajo de los ojos voy adivinando las baldosas de las veredas que conozco perfectamente desde mi casa hasta el tranvía, de modo que sé cuándo paso delante de la casa de la Tita o cuándo voy a llegar a la esquina de Carabobo. Y ahora no podía hacer nada de eso y el pañuelo me empezaba a mojar el forro del bolsillo y sentía la humedad en la pierna, era como para no creer en tanta mala suerte junta.

A esa hora el tranvía viene bastante vacío, y yo rogaba que pudiéramos sentarnos en el mismo asiento, poniéndolo a él del lado de la ventanilla para que molestara menos. No es que se mueva demasiado, pero a la gente le molesta lo mismo y yo comprendo. Por eso me afligí al subir, porque el tranvía estaba casi lleno y no había ningún asiento doble desocupado. El viaje era demasiado largo para quedarnos en la plataforma, el guarda me hubiera mandado que me sentara y lo pusiera en alguna parte; así que lo hice entrar en seguida y lo llevé hasta un asiento del medio donde una señora ocupaba el lado de la ventanilla. Lo mejor hubiera sido sentarse detrás de él para vigilarlo, pero el tranvía estaba lleno y tuve que seguir adelante y sentarme bastante más lejos. Los pasajeros no se fijaban mucho, a esa hora la gente va haciendo la digestión y está medio dormida con los barquinazos del tranvía. Lo malo fue que el guarda se paró al lado del asiento donde yo lo había instalado, golpeando con una moneda en el fierro de la máquina de los boletos, y yo tuve que darme vuelta y hacerle señas de que viniera a cobrarme a mí, mostrándole la plata para que comprendiera que tenía que darme dos boletos, pero el guarda era uno de esos chinazos que están viendo las cosas y no quieren entender, dale con la moneda golpeando contra la máquina. Me tuve que levantar (y ahora dos o tres pasajeros me miraban) y acercarme al otro asiento. «Dos boletos», le dije. Cortó uno, me miró un momento, y después me alcanzó el boleto y miró para abajo, medio de reojo. «Dos, por favor», repetí, seguro de que todo el tranvía ya estaba enterado. El chinazo cortó el otro boleto y me lo dio, iba a decirme algo pero yo le alcancé la plata y me volví en dos trancos a mi asiento, sin mirar para atrás. Lo peor era que a cada momento tenía que darme vuelta para ver si seguía quieto en el asiento de atrás, y con eso iba llamando la atención de algunos pasajeros. Primero decidí que sólo me daría vuelta al pasar cada esquina, pero las cuadras me parecían terriblemente largas y a cada momento tenía miedo de oír alguna exclamación o un grito, como cuando el gato de los Álvarez. Entonces me puse a contar hasta diez, igual que en las peleas, y eso venía a ser más o menos media cuadra. Al llegar a diez me daba vuelta disimuladamente, por ejemplo arreglándome el cuello de la camisa o metiendo la mano en el bolsillo del saco, cualquier cosa que diera la impresión de un tic nervioso o algo así.

Como a las ocho cuadras no sé por qué me pareció que la señora que iba del lado de la ventanilla se iba a bajar. Eso era lo peor, porque le iba a decir algo para que la dejara pasar, y cuando él no se diera cuenta o no quisiera darse cuenta, a lo mejor la señora se enojaba y quería pasar a la fuerza, pero yo sabía lo que iba a ocurrir en ese caso y estaba con los nervios de punta, de manera que empecé a mirar para atrás antes de llegar a cada esquina, y en una de esas me pareció que la señora estaba ya a punto de levantarse, y hubiera jurado que le decía algo porque miraba de su lado y yo creo que movía la boca. Justo en ese momento una vieja gorda se levantó de uno de los asientos cerca del mío y empezó a andar por el pasillo, y yo iba detrás queriendo empujarla, darle una patada en las piernas para que se apurara y me dejara llegar al asiento donde la señora había agarrado una canasta o algo en el suelo y ya se levantaba para salir. Al final creo que la empujé, la oí que protestaba, no sé cómo llegué al lado del asiento y conseguí sacarlo a tiempo para que la señora pudiera bajarse en la esquina. Entonces lo puse contra la ventanilla y me senté a su lado, tan feliz aunque cuatro o cinco idiotas me estuvieran mirando desde los asientos de adelante y desde la plataforma donde a lo mejor el chinazo les había dicho alguna cosa.

Ya andábamos por el Once, y afuera se veía un sol precioso y las calles estaban secas. A esa hora si yo hubiera viajado solo me habría largado del tranvía para seguir a pie hasta el centro, para mí no es nada ir a pie desde el Once a Plaza de Mayo, una vez que me tomé el tiempo le puse justo treinta y dos minutos, claro que corriendo de a ratos y sobre todo al final. Pero ahora en cambio tenía que ocuparme de la ventanilla, que un día alguien había contado que era capaz de abrir de golpe la ventanilla y tirarse afuera, nada más que por el gusto de hacerlo, como tantos otros gustos que nadie se explicaba. Una o dos veces me pareció que estaba a punto de levantar la ventanilla, y tuve que pasar el brazo por detrás y sujetarla por el marco. A lo mejor eran cosas mías, tampoco quiero asegurar que estuviera por levantar la ventanilla y tirarse. Por ejemplo, cuando lo del inspector me olvidé completamente del asunto y sin embargo no se tiró. El inspector era un tipo alto y flaco que apareció por la plataforma delantera y se puso a marcar los boletos con ese aire amable que tienen algunos inspectores. Cuando llegó a mi asiento le alcancé los dos boletos y él marcó uno, miró para abajo, después miró el otro boleto, lo fue a marcar y se quedó con el boleto metido en la ranura de la pinza, y todo el tiempo yo rogaba que lo marcara de una vez y me lo devolviera, me parecía que la gente del tranvía nos estaba mirando cada vez más. Al final lo marcó encogiéndose de hombros, me devolvió los dos boletos, y en la plataforma de atrás oí que alguien soltaba una carcajada, pero naturalmente no quise darme vuelta, volví a pasar el brazo y sujeté la ventanilla, haciendo como que no veía más al inspector y a todos los otros. En Sarmiento y Libertad se empezó a bajar la gente, y cuando llegamos a Florida ya no había casi nadie. Esperé hasta San Martín y lo hice salir por la plataforma delantera, porque no quería pasar al lado del chinazo que a lo mejor me decía alguna cosa.

A mí me gusta mucho la Plaza de Mayo, cuando me hablan del centro pienso en seguida en la Plaza de Mayo. Me gusta por las palomas, por la Casa de Gobierno y porque trae tantos recuerdos de historia, de las bombas que cayeron cuando hubo revolución, y los caudillos que habían dicho que iban a atar sus caballos en la Pirámide. Hay maniseros y tipos que venden cosas, en seguida se encuentra un banco vacío y si uno quiere puede seguir un poco más y al rato llega al puerto y ve los barcos y los guinches. Por eso pensé que lo mejor era llevarlo a la Plaza de Mayo, lejos de los autos y los colectivos, y sentarnos un rato ahí hasta que fuera hora de ir volviendo a casa. Pero cuando bajamos del tranvía y empezamos a andar por San Martín sentí como un mareo, de golpe me daba cuenta de que me había cansado terriblemente, casi una hora de viaje y todo el tiempo teniendo que mirar hacia atrás, hacerme el que no veía que nos estaban mirando, y después el guarda con los boletos, y la señora que se iba a bajar, y el inspector. Me hubiera gustado tanto poder entrar en una lechería y pedir un helado o un vaso de leche, pero estaba seguro de que no iba a poder, que me iba a arrepentir si lo hacía entrar en un local cualquiera donde la gente estaría sentada y tendría más tiempo para mirarnos. En la calle la gente se cruza y cada uno sigue viaje, sobre todo en San Martín que está lleno de bancos y oficinas y todo el mundo anda apurado con portafolios debajo del brazo. Así que seguimos hasta la esquina de Cangallo, y entonces cuando íbamos pasando delante de las vidrieras de Peuser que estaban llenas de tinteros y cosas preciosas, sentí que él no quería seguir, se hacía cada vez más pesado y por más que yo tiraba (tratando de no llamar la atención) casi no podía caminar y al final tuve que pararme delante de la última vidriera, haciéndome el que miraba los juegos de escritorio repujados en cuero. A lo mejor estaba un poco cansado, a lo mejor no era un capricho. Total, estar ahí parados no tenía nada de malo, pero igual no me gustaba porque la gente que pasaba tenía más tiempo para fijarse, y dos o tres veces me di cuenta de que alguien le hacía algún comentario a otro, o se pegaban con el codo para llamarse la atención. Al final no pude más y lo agarré otra vez, haciéndome el que caminaba con naturalidad, pero cada paso me costaba como en esos sueños en que uno tiene unos zapatos que pesan toneladas y apenas puede despegarse del suelo. A la larga conseguí que se le pasara el capricho de quedarse ahí parado, y seguimos por San Martín hasta la esquina de la Plaza de Mayo. Ahora la cosa era cruzar, porque a él no le gusta cruzar una calle. Es capaz de abrir la ventanilla del tranvía y tirarse, pero no le gusta cruzar la calle. Lo malo es que para llegar a la Plaza de Mayo hay que cruzar siempre alguna calle con mucho tráfico, en Cangallo y Bartolomé Mitre no había sido tan difícil, pero ahora yo estaba a punto de renunciar, me pesaba terriblemente en la mano, y dos veces que el tráfico se paró y los que estaban a nuestro lado en el cordón de la vereda empezaron a cruzar la calle, me di cuenta de que no íbamos a poder llegar al otro lado porque se plantaría justo en la mitad, y entonces preferí seguir esperando hasta que se decidiera. Y claro, el del puesto de revistas de la esquina ya estaba mirando cada vez más, y le decía algo a un pibe de mi edad que hacía muecas y le contestaba qué sé yo, y los autos seguían pasando y se paraban y volvían a pasar, y nosotros ahí plantados. En una de esas se iba a acercar el vigilante, eso era lo peor que nos podía suceder porque los vigilantes son muy buenos y por eso meten la pata, se ponen a hacer preguntas, averiguan si uno anda perdido, y de golpe a él le puede dar uno de sus caprichos y yo no sé en lo que termina la cosa. Cuanto más pensaba más me afligía, y al final tuve miedo de veras, casi como ganas de vomitar, lo juro, y en un momento en que paró el tráfico lo agarré bien y cerré los ojos y tiré para adelante doblándome casi en dos, y cuando estuvimos en la Plaza lo solté, seguí dando unos pasos solo, y después volví para atrás y hubiera querido que se muriera, que ya estuviera muerto, o que papá y mamá estuvieran muertos, y yo también al fin y al cabo, que todos estuvieran muertos y enterrados menos tía Encarnación.

Pero esas cosas se pasan en seguida, vimos que había un banco muy lindo completamente vacío, y yo lo sujeté sin tironearlo y fuimos a ponernos en ese banco y a mirar las palomas que por suerte no se dejan acabar como los gatos. Compré manises y caramelos, le fui dando de las dos cosas y estábamos bastante bien con ese sol que hay por la tarde en la Plaza de Mayo y la gente que va de un lado a otro. Yo no sé en qué momento me vino la idea de abandonarlo ahí; lo único que me acuerdo es que estaba pelándole un maní y pensando al mismo tiempo que si me hacía el que iba a tirarles algo a las palomas que andaban más lejos, sería facilísimo dar la vuelta a la pirámide y perderlo de vista. Me parece que en ese momento no pensaba en volver a casa ni en la cara de papá y mamá, porque si lo hubiera pensado no habría hecho esa pavada. Debe ser muy difícil abarcar todo al mismo tiempo como hacen los sabios y los historiadores, yo pensé solamente que lo podía abandonar ahí y andar solo por el centro con las manos en los bolsillos, y comprarme una revista o entrar a tomar un helado en alguna parte antes de volver a casa. Le seguí dando manises un rato pero ya estaba decidido, y en una de esas me hice el que me levantaba para estirar las piernas y vi que no le importaba si seguía a su lado o me iba a darle manises a las palomas. Les empecé a tirar lo que me quedaba, y las palomas me andaban por todos lados, hasta que se me acabó el maní y se cansaron. Desde la otra punta de la plaza apenas se veía el banco; fue cosa de un momento cruzar a la Casa Rosada donde siempre hay dos granaderos de guardia, y por el costado me largué hasta el Paseo Colón, esa calle donde mamá dice que no deben ir los niños solos. Ya por costumbre me daba vuelta a cada momento pero era imposible que me siguiera, lo más que quería estar haciendo sería revolcarse alrededor del banco hasta que se acercara alguna señora de la beneficencia o algún vigilante.

No me acuerdo muy bien de lo que pasó en ese rato en que yo andaba por el Paseo Colón que es una avenida como cualquier otra. En una de esas yo estaba sentado en una vidriera baja de una casa de importaciones y exportaciones, y entonces me empezó a doler el estómago, no como cuando uno tiene que ir en seguida al baño, era más arriba, en el estómago verdadero, como si se me retorciera poco a poco; y yo quería respirar y me costaba, entonces tenía que quedarme quieto y esperar que se pasara el calambre, y delante de mí se veía como una mancha verde y puntitos que bailaban, y la cara de papá, al final era solamente la cara de papá porque yo había cerrado los ojos, me parece, y en medio de la mancha verde estaba la cara de papá. Al rato pude respirar mejor, y unos muchachos me miraron un momento y uno le dijo al otro que yo estaba descompuesto, pero yo moví la cabeza y dije que no era nada, que siempre me daban calambres, pero se me pasaban en seguida. Uno dijo que si yo quería que fuera a buscar un vaso de agua, y el otro me aconsejó que me secara la frente porque estaba sudando. Yo me sonreí y dije que ya estaba bien, y me puse a caminar para que se fueran y me dejaran solo. Era cierto que estaba sudando porque me caía el agua por las cejas y una gota salada me entró en un ojo, y entonces saqué el pañuelo y me lo pasé por la cara y sentí un arañazo en el labio, y cuando miré era una hoja seca pegada en el pañuelo que me había arañado la boca.

No sé cuánto tardé en llegar otra vez a la Plaza de Mayo. A la mitad de la subida me caí, pero volví a levantarme antes que nadie se diera cuenta, y crucé a la carrera entre todos los autos que pasaban por delante de la Casa Rosada. Desde lejos vi que no se había movido del banco, pero seguí corriendo y corriendo hasta llegar al banco, y me tiré como muerto mientras las palomas salían volando asustadas y la gente se daba vuelta con ese aire que toman para mirar a los chicos que corren, como si fuera un pecado. Después de un rato lo limpié un poco y dije que teníamos que volver a casa. Lo dije para oírme yo mismo y sentirme todavía más contento, porque con él lo único que servía era agarrarlo bien y llevarlo, las palabras no las escuchaba o se hacía el que no las escuchaba. Por suerte esta vez no se encaprichó al cruzar las calles, y el tranvía estaba casi vacío al comienzo del recorrido, así que lo puse en el primer asiento y me senté al lado y no me di vuelta ni una sola vez en todo el viaje, ni siquiera al bajarnos: la última cuadra la hicimos muy despacio, él queriendo meterse en los charcos y yo luchando para que pasara por las baldosas secas. Pero no me importaba, no me importaba nada. Pensaba todo el tiempo: «Lo abandoné», lo miraba y pensaba: «Lo abandoné», y aunque no me había olvidado del Paseo Colón me sentía tan bien, casi orgulloso. A lo mejor otra vez... No era fácil, pero a lo mejor... Quién sabe con qué ojos me mirarían papá y mamá cuando me vieran llegar con él de la mano. Claro que estarían contentos de que yo lo hubiera llevado a pasear al centro, los padres siempre están contentos de esas cosas; pero no sé por qué en ese momento se me daba por pensar que también a veces papá y mamá sacaban el pañuelo para secarse, y que también en el pañuelo había una hoja seca que les lastimaba la cara.

FIN

domingo, 24 de abril de 2016

Cuando el amor es droga


De Cristina Peri Rossi (Uruguay, 1941)
Fragmento de la novela “Solitario de amor”.

Alguien se acerca y me saluda. No recuerdo su nombre ni su profesión. Mis recuerdos, ajenos a Aída, anteriores a mi amor por Aída, están envueltos en una nebulosa, como si vinieran de otro mundo. (Soy yo, en realidad, el que vive en una isla, solitario y desconocido: mi amor por Aída es una isla fuera del tiempo y del espacio.)
        —¿Tú por aquí? —me dice el desconocido—. Creí que te habías ido de la ciudad.
        (Verdaderamente: habito otro mundo, sin dirección, sin mapa, sin señales de identificación.)
        —Te equivocas —le digo—. Sigo viviendo en esta ciudad. Pero estoy muy ocupado.
        (Soy un hombre muy ocupado que no hace nada en todo el día. No tengo tiempo, pero mi empleo del tiempo no produce objetos, ni dinero, ni obras: es, por tanto, un tiempo imaginario, para la sociedad en que vivimos, una sociedad desamorada. Toda mi energía se consume en amar a Aída, en imaginar a Aída, en esperar a Aída.)
        —Cuando un hombre empieza a leer el diario —le digo a Raúl—, es que ya se ha desenamorado.
        A los hombres normales, que no aman, les produce escándalo la vida del enamorado. En efecto: no hace nada. Sin embargo, si se pudiera medir su energía intelectual, la energía de su imaginación y la de su sensibilidad, posiblemente sería el hombre que más hace.
        —El amor es una toxicomanía —dice Raúl.
        Me dejo intoxicar por Aída. Anda es mi droga y las dosis de Aída que necesito son cada vez mayores. Como el adicto, el mono de Aída me produce una ansiedad incontrolable. Hablo solo, bebo demasiado, fumo demasiado, pero estas otras drogas no reemplazan a la única droga que deseo. El mono me hace perder los automatismos, me distancia de todos los objetos, me vuelve extraño de la realidad. Obsesionado por Aída, olvido cualquier cosa que no tenga que ver con ella: de pronto, la cafetera eléctrica se convierte en un aparato complejo y desconocido, que no sé hacer funcionar. Como un animal monstruoso, está compuesta por diversas partes cuyo engarce ignoro, y me es indescifrable. Las piezas tienen una estructura hostil y no sé ni su orden ni su combinación. Lo mismo me ocurre con la ropa: he esperado todo el día, sin hacer nada, el momento ansiado de encontrarme con Aída, pero ahora, que debo vestirme, no sé qué camisa elegir, no encuentro los zapatos, el pantalón me parece manchado. Finalmente, ante el temor de llegar tarde, me pongo una chaqueta cualquiera y el pantalón de otro traje. Salgo rápidamente, pero a mitad del camino me asalta la sospecha de que llevo calcetines diferentes o de que tengo el pulóver al revés. Enseguida, sospecho que he olvidado cerrar la puerta de mi apartamento, o que he dejado el gas encendido. Deseo regresar, pero a la vez no quiero llegar tarde a casa de Aída, a quien la impuntualidad exaspera. Continúo, entonces, el viaje bajo la sensación de una catástrofe: mi apartamento seguramente arderá, o será desvalijado, pero prefiero esa catástrofe a la de hacer esperar a Aída (quien, por lo demás, escucharía mis explicaciones con suspicacia, dispuesta, siempre, a hallarme culpable de alguna falta hacia ella). Ni siquiera la presencia de Aída sirve para hacer desaparecer por completo mi ansiedad. Aplacado, sólo aplacado un poco por su presencia, traslado mi obsesión a sus gestos, a sus palabras: observo su mirada, y si se aleja de mí, me angustia, me siento traicionado. Lo mismo me ocurre con la conversación: los intentos de Aída de hablar de temas generales, o de pedir mi opinión acerca de un conflicto político, encuentran a un conversador distante, desestimulado, poco activo: sólo quiero hablar de mi amor hacia ella y de su amor hacia mi. (Pero el hecho de que no me hables del amor que sientes hacia mi me parece una prueba irrefutable de tu falta de amor. ¿Cómo es posible hablar de otra cosa que no sea del ser amado? A la vez, me siento atrapado en una alternativa imposible de resolver: si no consigo hablar con cierto entusiasmo, inteligencia o interés de algo diferente a mi amor por ti, te irritas y eso pone en peligro tu amor, pero a la vez, si te hablo de algo diferente a mi amor por ti, siento que lo traiciono, que participo del mundo, que me integro, de alguna manera, a la hora de cuerdos desenamorados.)

sábado, 23 de abril de 2016

Discurso íntegro de Fernando del Paso al recibir el #PremioCervantes

"El domingo 3 de agosto de 2014, en la página editorial del Diario de Yucatán, se publicó un artículo que titulé “El imperio narrativo de Fernando del Paso”. En él escribí: “¿cómo es posible que no le hayan dado a Fernando del Paso el Premio Nobel ni el Premio Cervantes?”. Lo recuerdo y sonrío, porque este sábado 23 de abril de 2016, en Alcalá de Henares, del Paso recibirá de manos del Rey Felipe VI de España el Premio Cervantes 2015 en reconocimiento a su trayectoria como escritor. Estoy tan feliz por él que hasta parece que fuera mi abuelito. Espero con ansias su discurso y, en una de esas, la próxima noticia de que sea Premio Nobel de Literatura. Las palabras son conjuro. Quedan aquí escritas. Veamos que dice el futuro".

Lo anterior es un fragmento de un texto publicado el 23 de abril de 2016 en el Diario de Yucatán que se puede leer dando clic aquí. Lo que hoy quiero compartir es el... discurso íntegro de Fernando del Paso al recibir el #PremioCervantes, el cual tomo prestado de la página de Cultura de El País:

Momento en el que el escritor mexicano Fernando del Paso recibe de manos del rey Felipe VI de España el Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes 2015, en Alcalá de Henares.

Majestades, Señor Presidente del Gobierno, Señor Ministro de Educación, Cultura y Deporte, Señor Rector de la Universidad de Alcalá, Señora Presidenta de la Comunidad de Madrid, Señor Alcalde de esta ciudad, autoridades estatales, autonómicas, locales y académicas, querida esposa –oíslo– e hijos, queridos parientes y amigos que me acompañan, queridos todos, Señoras y Señores:

La del alba sería, cuando timbró el teléfono de mi casa y yo pensé que si no era una tragedia la que me iban a anunciar, sería la malobra de un rufián que deseaba perturbar mis buenas relaciones con Morfeo, o quizás el mago Frestón. Pero no fue así, por ventura: era mi hija Paulina quien desde Los Cabos, Baja California, me anunciaba haberse enterado que me habían otorgado este premio, lo cual colmome de dicha pese a que desde ese instante las múltiples llamadas telefónicas que recibí por parte de amigos, parientes y periodistas, incluyendo los de España, para ratificar la gran nueva, no me dejaron volver a pegar el ojo. Yo, ni tardo ni perezoso acometí de inmediato la empresa de despertar a cuanto amigo y pariente tengo para informarles lo que me habían comunicado.

En marzo del año pasado, cuando tuve el honor de recibir en la ciudad mexicana de Mérida el Premio José Emilio Pacheco a la Excelencia Literaria, hice un discurso que causó cierto revuelo. Sé muy bien que esas palabras despertaron una gran expectativa en lo que se refiere a las palabras que hoy pronuncio en España. Las cosas no han cambiado en México sino para empeorar, continúan los atracos, las extorsiones, los secuestros, las desapariciones, los feminicidios, la discriminación, lo abusos de poder, la corrupción, la impunidad y el cinismo. Criticar a mi país en un país extranjero me da vergüenza. Pues bien, me trago esa vergüenza y aprovecho este foro internacional para denunciar a los cuatro vientos la aprobación en el Estado de México de la bautizada como Ley Atenco, una ley opresora que habilita a la policía a apresar e incluso a disparar en manifestaciones y reuniones públicas a quienes atenten, según su criterio, contra la seguridad, el orden público, la integridad, la vida y los bienes, tanto públicos como de las personas. Subrayo: es a criterio de la autoridad, no necesariamente presente, que se permite tal medida extrema. Esto pareciera tan solo el principio de un estado totalitario que no podemos permitir. No denunciarlo, eso sí que me daría aún más vergüenza.

Quizá debí haber comenzado este discurso de otra forma y decirles que yo nací en el ámbito de la lengua castellana el 1º de abril de 1935 en la ciudad de México. “Felicidades señora, es un niño”, dicen que dijo el médico que estaba exhausto de maniobrar una y otra vez con los fórceps, antes de ponerme no de patitas sino de orejitas en el mundo y quién al ver por primera vez mis entonces diminutos órganos reproductores, coligió con gran perspicacia que yo era un varón, rollizo no, pero tampoco escuálido: yo no quería nacer y a veces todavía pienso que no quiero nacer.

Me cuentan que lloré un poco y ¡Oh, maravilla! lloré en castellano: y es que desde hace 81 años y 22 días, cuando lloro, lloro en castellano; cuando me río, incluso a carcajadas, me río en castellano y cuando bostezo, toso y estornudo, bostezo, toso y estornudo en castellano. Eso no es todo: también hablo, leo y escribo en castellano.

Pancho y Ramona, el Príncipe Valiente, Lorenzo y Pepita, Tarzán y Mandrake, fueron mis primeros personajes favoritos, y yo no podía esperar a que mi padre despertara para que me leyera las historietas dominicales a colores, de modo que me di prisa en aprender a leer en la pre-primaria en la que me inscribieron mis padres, dirigida por dos señoritas que no eran monjas pero sí muy católicas y tan malandrines que me daban con grandes bríos y denuedo reglazos en la mano izquierda –yo soy zurdo– cuando intentaba escribir con ella, sin obtener su objetivo: no soy ambidiestro, soy ambisiniestro. Más tarde mi mano izquierda se dedicó a dibujar y fue así como se vengó de la derecha. Pero aprendí a leer con los dos ojos, y con los dos ojos y entre los rugidos de los leones me las vi con don Quijote de La Mancha. En efecto, un hermano de mi padre que tenía una gran biblioteca virgen –nadie la leía: compraba los libros por metro–, me invitó a pasar quince días en su casa, muy cercana al zoológico, desde donde se escuchaban a distintas horas del día los estentóreos rugidos de los leones y yo me dije: ¿leoncitos a mí? y me zambullí en la literatura de los clásicos castellanos: desde entonces estoy familiarizado con todos ellos: Tirso de Molina, Lope de Vega, Garcilaso, Góngora, el Arcipreste de Hita, Quevedo, Baltasar Gracián y varios otros. Fue allí también, en la casa de mi tío donde me enfrenté con Don Quijote en desigual y descomunal batalla: él, las más de las veces jinete en Rocinante o a horcajadas en Clavileño y yo, en miserable situación pedestre. No obstante mi Señor y Sancho Panza estaban ilustrados por Gustave Doré y eso me sirvió de báculo. Salí de su lectura muy enriquecido y muy contento de haber aprendido que la literatura y el humor podían hacer buenas migas. De esto colegí que también los discursos y el humor podían llevarse.

Foto de Javier Lizon / Reuters.
De ahí continué leyendo, apasionado, a numerosos y muy buenos escritores españoles. Antonio Montaña Nariño, un escritor colombiano ya fallecido, entró a la agencia de publicidad donde yo trabajaba y me presentó a su amigo, el hispano-mexicano José de la Colina. Pronto ellos se transformaron en mis primeros mentores literarios y me dieron a conocer a Benito Pérez Galdós, Ramón Menéndez Pidal, Ramón Gómez de la Serna, Ramón María del Valle Inclán, Antonio y Manuel Machado, Rafael Alberti y otros autores que me hicieron enamorarme profundamente de la lengua. En aquél entonces yo me regocijaba mucho leyendo a estilistas como Gabriel Miró. Antonio y José me dieron también a conocer a Joyce, Faulkner, Dos Passos, Erskine Caldwell, Julien Green, Marcel Schwob y otros muchos grandes autores de las literaturas anglosajona y francesa.

También desde luego a excelentes escritores españoles como Rafael Sánchez Ferlosio, Juan José Armas Marcelo, Juan Marsé, los hermanos Goytisolo, Fernando Savater, Camilo José Cela, Javier Marías, Arturo Pérez- Reverte y a quién detonó toda mi vocación literaria: el poeta Miguel Hernández, autor de "El rayo que no cesa".

Recuerdo que hace algunos años en una universidad francesa, cuando comencé a dar una lista de los escritores que según yo me habían influido, una persona del público señaló que yo no había mencionado a ningún escritor español y me dijo que cómo era posible. Yo le contesté: los españoles no me han influido, a los españoles los traigo en la sangre, y agregué a la enumeración aquellos latinoamericanos que son parte de mis lecturas más importantes y por lo tanto de mi vida como Borges, Onetti, Carpentier, Lezama Lima, Cortázar, Asturias, Vargas Llosa, García Márquez, Neruda, Huidobro, Gallegos, Guimarães Rosa y César Vallejo y entre los mexicanos Juan Rulfo, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Mariano Azuela, Martín Luis Guzmán, sin olvidar a Fernández de Lizardi y a nuestra amada monja Sor Juana Inés de la Cruz.

Los maravillosos sonetos de Miguel Hernández me motivaron a escribir Sonetos de lo diario, publicados por Juan José Arreola en “Cuadernos del Unicornio” en 1958. Pero en realidad mi primera incursión en el mundo castellano tuvo lugar cuando era yo muy peque: “Nano Papo quiee cuca pan quiquía”, que mi madre interpretaba fielmente: “Nano Papo” era: “Fernando del Paso”, “quiee cuca pan quiquía” quería decir “quiere azúcar pan y mantequilla”. Algunas tías malhumoradas, pronosticaron que yo no iba a dar pie con bola con el lenguaje. Se equivocaron de palmo a palmo. Poco después, al parecer insatisfecho con el eufemismo familiar que se le asignaba a los glúteos, los llamé “las guinguingas” y pronto este neologismo fue adoptado por toda la familia. La publicación de los Sonetos me sirvió para conocer a Arreola y a Juan Rulfo, quien sabía todo lo que había que saber sobre novela mexicana, española, rusa, inglesa, italiana, alemana, y, en fin, sobre novela mundial. Comencé entonces a escribir "José Trigo", un libro reflejo de mi obsesión por el lenguaje, mi fascinación por la mitología náhuatl y que obedecía a tantos otros propósitos, que lo transformaron casi en un despropósito. Pero ahí está, tan campante, a sus 50 años de edad: fue publicado en 1966. Seguí después con "Palinuro de México", una especie de autobiografía inventada, una recreación literaria de mi vida como niño y adolescente, conjugada en varios tiempos verbales: lo que fui, lo que yo creí que era, lo que no fui, lo que hubiera sido, lo que sería, etc. Y después vino "Noticias del Imperio", la novela sobre los emperadores Maximiliano y Carlota en la que me propuse darle a la documentación el papel de la tortuga y a la imaginación el de Aquiles. Desde muy peque el melodrama de estos dos personajes, el saber que habíamos tenido en México un emperador austriaco de largas barbas rubias al que fusilamos en la ciudad de Querétaro y una emperatriz belga que vivió, loca, hasta 1927, cuando Lindbergh cruzó el Atlántico en avión, me había fascinado. Por supuesto, en cuanto ganó Aquiles la novela quedó terminada. He escrito también libros de poesía, libros para niños y dos obras de teatro. Una de ellas que he soñado que algún día se represente o se lleve a escena en este país: "La muerte se va a Granada", sobre el asesinato de Federico García Lorca.



Toda mi vida ha continuado la riña entre mi mano izquierda y mi mano derecha. Ninguna de las dos ha triunfado y esto ha significado para mí un conflicto muy profundo. Sin embargo mi mano derecha se ha impuesto, no sé si soy escritor, pero sé que no soy pintor, nunca he dejado de escribir para dibujar y siempre he dejado de dibujar para escribir.

Sin embargo la lucha más prolongada que he sostenido en la vida ha sido contra mi propia salud. Desde que era muy peque y me operaron de algo que se llama “adenoides” hasta el momento actual, en que supero las secuelas, largas y dolorosas, de dos series de infartos al cerebro de carácter isquémico, he estado cuando menos quince veces en el quirófano: por una apendicitis, por dos hernias, dos tumores benignos, un desgarre en el corazón, un stent en la arteria femoral superficial de la pierna derecha, otro en la arteria coronaria izquierda, dos oclusiones intestinales y entre otras cosas dos operaciones de las que llaman “a corazón abierto”. Además de recurrentes ataques de gota y una fractura del tobillo derecho. Tan mal he estado en los últimos tiempos que cuando alguien me vio me dijo: “pero hombre, ¿así va usted a ir a España?” y yo le contesté: “yo a España voy así sea en camilla de propulsión a chorro o en avión de ruedas”.

¿Dije antes que "todavía pienso que no quiero nacer"? ¡Pamplinas! Fue una bravuconada. La vida ha sido bastante cuata conmigo. Quise escribir y escribí. Nunca escribí para ganar premios, pero ya ven ustedes, aquí estoy. Quise casarme con Socorro y me casé con ella. Quisimos tener hijos y tuvimos hijos. Quisimos tener nietos y tuvimos nietos. Y desde hace unos dos años tenemos una bisnieta: Cora Kate McDougal del Paso. Espero que algún día sus padres le recuerden que su bisabuelo le deseó que ella agradezca haber venido al mundo a compartir la vida con todos nosotros, aunque no sé en que lengua lo hará, puesto que nació en la tierra de James Joyce, Irlanda, y parece destinada a vivir en ese país. También desde aquí le mando mil besos a nuestra otra casi bisnieta, Ximena, a quien le digo casi bisnieta porque es la nieta de un casi nuestro hijo, Arturo. Hay más, les voy a contar una historia. Seré breve, es la misma historia que conté en la Caja de las Letras: Hace mucho tiempo el joven poeta mexicano tabasqueño, José Carlos Becerra, obtuvo una beca Guggenheim y con ella se fue a Londres con el propósito de comprar un automóvil con el cual recorrer toda Europa. Una madrugada, camino a Bríndisi, en Italia, no se sabe qué sucedió: tal vez se quedó dormido al volante, el caso es que se desbarrancó y se mató. Yo llegué también con mi beca Guggenheim a Londres pocos meses después y me alojé en la casa del mismo amigo mutuo, Alberto Díaz Lastra, en donde él se había alojado. Allí, José Carlos olvidó una camisa que yo heredé. Desde entonces, cada vez que yo sentía pereza de escribir, desánimo o escepticismo, me ponía la camisa y comenzaba a trabajar. Consideré que yo tenía un deber hacia aquellos artistas, hombres y mujeres, cuya muerte prematura les impidió decir lo que tenían que decir. Por eso esa camisa tiene tanta importancia en mi vida. Depositarla en la Caja de las Letras no significa que no vuelva yo a escribir: la magnificencia e importancia del Premio de Literatura Española Cervantes, me obliga moralmente a hacerlo y así lo haré: me pondré la camisa, así sea metafóricamente, una y otra vez, hasta que se acabe (no la camisa sino mi vida).

Pero no vine aquí para contar mi vida y mis obras, ni para comentar mis penas. Tampoco a hablar de las guinguingas de nadie, ni siquiera de las de Don Quijote, aturdidas y compungidas como debieron estar, tras tantas tan tremendas tundas que le propinaron durante su azarosa profesión caballeril. Vine y estoy aquí hoy, 23 de abril de 2016, en el que se conmemora el aniversario número 400 de la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra, discurso en ristre y con los colores de España en el pecho, muy cerca del corazón, para agradecer: a sus majestades los Reyes de España Felipe VI y doña Letizia, por su muy generosa hospitalidad; por su hospitalidad también a la ciudad de Alcalá de Henares, a su Alcalde, y al Rector de esta Universidad; al Ministerio de Educación, Cultura y Deporte así como al Instituto Cervantes; al jurado del Premio Cervantes por su decisión, riesgosa diría yo, en la medida en que juzgó como tal a mi literatura. Agradezco también a mis amigos y familiares presentes, a oíslo Socorro y a mis hijos: Fernando que descanse en paz, a Alejandro, Adriana y Paulina el gran apoyo que me han dado toda la vida. Socorro: perdóname si alguna vez te hice daño: te pido perdón en público. Asimismo y profundamente a la Providencia, a la casualidad o a la causalidad el haberme hecho súbdito de la lengua castellana, a mi país México y a mis padres por haberme dado este lenguaje y sobre todo, gracias a ti, España, mil gracias.

Por cierto, también sueño en español.

Vale.

Fernando del Paso


viernes, 22 de abril de 2016

Un conejo, dos conejos, tres conejos…

Ilustración del argentino Poly Bernatene (1972).
"Carta a una señorita en París"

Cuando siento que voy a vomitar un conejito me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejillo de chocolate pero blanco y enteramente un conejito. Me lo pongo en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocico contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado. El conejito alza del todo sus orejas, envuelve un trébol tierno con un veloz molinete del hocico, y yo sé que puedo dejarlo e irme, continuar por un tiempo una vida no distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas. 
Julio Cortázar.
Fragmento del cuento "Carta a una señorita en París".

Relato finalista del Concurso “Quitarse esa cosquilla molesta del estómago: cuéntanos tu cuento favorito de Julio Cortázar”, como parte de la 2ª Serie de Conversatorios sobre Literatura, organizado por el Proyecto Utopía de Yucatán A.C. y Foro Amaro.

Un conejo, dos conejos, tres conejos…


Por Andrea del Socorro Cauich Chan.

Quizás tendría unos doce años cuando tuve mi primer encuentro con un texto de Julio Cortázar, venía impreso en un viejo libro de texto que mis hermanos habían tenido la suerte de llevar en las clases de primaria, era breve, dos párrafos de extensión si acaso pero encerraba en él todo un entramado que a mi corta edad no había vislumbrado del todo. Ese texto era “El diario a diario”. Aprovecho para traer a colación dicho cuento so pretexto para hablar del que es mi preferido, porque al igual que el diario del cuento metamorfoseándose con cada lectura y relectura, en cada espacio en el que está, con cada contacto, así ha sido mi paso por la narrativa cortazariana. Durante la secundaria y prepa hice el casi icónico repaso por “Casa tomada”, “Continuidad de los parques”, “La noche boca arriba” y uno que otro cuento quizás no tan conocido como “Las manos que crecen”, “Áxolotl” o “Llama el teléfono, Delia” y con cada lectura no podía quedar más que maravillada por lo que ahí se contaba.

Fue hasta varios años después que me topé con el que sería mi cuento cortazariano por excelencia, quizá ya rondaba los veinte, pero no sería hasta un año después que podría decir, no sin cierta reserva, que quizás al fin había logrado vislumbrar algo más allá del plano narrativo del texto, algo que se contaba sin ser contado del todo y que terminó por atraparme ─o quizás solo son desvaríos de una pobre loca─ a ese cuento. Cuando leí por primera vez “Carta a una señorita en París” me había quedado prendida de la idea fantástica de vomitar conejitos: blancos, perfectos y muy pequeños ─y es que a quién pueden no gustarle esas criaturitas dotadas de ternura desde la misma concepción de la idea─, la cereza del pastel: una carta que no sería entregada.

Pero volvamos a los conejitos que uno se queda encandilado con esos animalitos en el cuento a donde vienen a sacudir el perfecto orden que parece haber en el departamento: rompen cosas, roen la madera del armario, llegan uno tras otro a irrumpir en ese espacio que no es el propio del protagonista, escritor, cabe recalcar y una se pone a pensar en si acaso esos conejitos no serán un algo más, suerte de metáfora para otra cosa. Siendo escritor el protagonista solo se me viene a la mente que esos conejitos podrían llegar a ser aquello que se tiene que contar ─el hecho de contar algo como Cortázar explicaría también en “Las babas del diablo”, uno tiene que contar las cosas y es que somos lo que contamos─, aquello que debemos decir aunque no se quiera y cuyo control muchas veces está fuera de nuestro alcance: aquello que hay que vomitar (y espero se perdone la expresión) y permitirle tener una vida propia, tal como Julio hace con sus obras, bajo la mirada suspicaz de un ama de llaves.

Conforme se hace la lectura uno puede sentir que está en la narración aunque sabemos que la carta tiene un destinatario, Andrée, y es que ese es parte del encanto en muchas de las narraciones de Cortázar: uno deja de ser Horacio mirando los cuadros y puede ser Lucía nadando en los ríos metafísicos, uno puede jugar a la rayuela, escuchar jazz, beber mate o esconder a los conejos con sus personajes. Plus el final del cuento cuando los conejitos (ya no tan pequeños después de alimentarse de las cosas en el departamento) llegan a ser 10 y todo parece haber llegado a su término hasta que la irrupción de un onceavo desencadena una masacre: diez, número perfecto, once, el inicio de un nuevo ciclo que nunca tendría fin.

Y es que es posible (muy seguro quizás) que todos tengamos conejitos, no sé, en el estómago o a mitad de la garganta; en la maceta que está en la ventana, en el balcón o encerrados mientras roen la madera de un armario, esperando el momento perfecto para poder salir, para que luchemos con ellos y contra ellos, para cambiarnos aquello que llamamos orden y al que tanto nos aferramos.

PD. Sí, he mencionado otras historias del autor a propósito. Son mis propios conejos.

jueves, 21 de abril de 2016

Confía en el tiempo

"La persistencia de la memoria", 1931.
Salvador Dalí. Pintor español.
Óleo sobre lienzo. 24 x 33 cm.
Museo de Arte Moderno de Nueva York.


Para mi Tita Otilia.

Confía en el tiempo que te ha dado la vida para vivirla. No te inquietes por su paso. Recuerda cuando no pensabas que jugar era divertido; solamente lo sentías. Cuando te encontrabas cantando en el cole o estudiando química sin saber para qué podría servirte en la vida.

Confía en el tiempo cuando te enamores por primera vez o, por lo menos, creas que así es. Cuando dediques y te dediquen canciones y poemas; cuando te encuentres nostálgico porque acabó la ilusión. Confía en que es el tiempo enseñándote a sentir, después de todo, "el tiempo cura las heridas" y cuando menos lo esperes te descubrirás capaz de empezar de nuevo y volver a amar.

Confía en el tiempo cuando salgas con los amigos y sigan los mismos pasos de baile; cuando discutan por defender puntos de vista opuestos, cuando te metas en problemas o te emborraches o te vayas de pinta o no llegues de la fiesta a la hora indicada. Confía en ese espíritu de rebeldía que si bien se calmará, nunca dejará de estar latente en ti.

Confía en el tiempo cuando inicies un nuevo trabajo y no sepas qué hacer, cuando pienses que no das la talla, incluso cuando estés por darte por vencido, dale "tiempo al tiempo", continúa en ello, te forjará en la difícil profesión de ser constante para cualquiera que sea el oficio que decidas ejercer.

Confía en el tiempo cuando no sepas por qué todo te pasa a ti, cuando te compares con otros o te midas por estereotipos; cuando te pienses solo en el mundo o cuando en la vida encuentres la muerte o no quieras pedir ayuda y dudes y te cuestiones... confía que "al mal tiempo buena cara" y que está bien pedir ayuda. No temas confrontarte ni exigirte: que sea tu motor para no pasar demasiado tiempo en lamentarte.

Confía en el tiempo, porque el único riesgo que corres es no percatarte que te pertenece y que tú lo haces. Por eso, cuando te encuentres con un escritorio lleno de papeles, cuando te despiertes muy temprano y te vayas a dormir sin un descanso de trabajo, cuando por asistir a una cita de negocios te pierdas la fiesta de cumpleaños u olvides el aniversario o te encuentras de mal humor con los que más te quieren o tengas constantes malestares físicos, advierte el tiempo que estás dejando pasar, haciendo a un lado la oportunidad de vivir. Peligrosa sentencia es decir "no tengo tiempo". Mal augurio para tu bienestar emocional y tu sinceridad hacia otros. No pongas en una frase el desinterés por los tuyos o por las actividades que te hacen mejor.

"Ya se me hizo tarde. ¡Me voy, me voy, me voy! ¿Lo ves? ¿Lo ves? ¡Ya son más de las tres! ¡Me voy, me voy! ¿Qué tal? ¡Adiós! ¡Me voy, me voy, me voy! ¡No, no, no, no, no, no, no, yo ya me voy! ¡Si me hablan ya no estoy! ¡Me voy, me voy! ¿Qué tal? ¡Adiós! ¡Me voy, me voy, me voy!
De "Alicia en el país de las Maravillas" de Lewis Carroll. 

Confía en el tiempo y cuando las horas pasen lentas pon ideas alegres en ellas. No inviertas en malos pensamientos, lucha contra ellos, pues te atan. No te sientas superior, no aniquiles con palabras hirientes a tus propios sueños ni a los de otros. Trabaja en el tiempo que demanda la paciencia, te llevará a decir la palabra adecuada, en el momento preciso, a la persona indicada. Incluso te dará sabiduría para reconocer cuándo es mejor elegir el silencio, tan necesario para escuchar.

Confía en el tiempo y no lo pienses como la suma de las horas que acumulan días que se vuelven años y te caen encima. Piénsalo como el espacio incierto que tienes para darle valor a tu existencia. Recíbelo jovial, en paz, en armonía. No lo pretendas eterno, no lo atribuyas superfluo.


Confía en el tiempo y dalo a los demás. Lleva a tus hijos al parque, visita a los abuelos, juega cartas con las amigas, ofrece un vaso de agua al caminante desconocido, festeja a los niños de la casa-hogar, riega las plantas, escribe y lee cuentos, escucha música, contempla el atardecer, ve a la cantina, ayuda al herido, paga el billete de un concierto. Cuando lo hagas sonríe y, sobretodo, agradece a Dios o a Buda o a la tierra o al nombre que hayas decidido darle a ese ser que sin duda existe y hace sentir tu espíritu pleno.

Por eso, si alguna vez te encuentras con "todo el tiempo del mundo", procura hacer que valga. Llama para decir "Te quiero", anda por caminos desconocidos, corre sin prisas, inscríbete a un curso, siente la vida. Porque cuando te encuentres solo un día en algún lugar del mundo, entenderás que te ha dado todo lo que has querido y sabrás que siempre has tenido "el tiempo del mundo" para hacer que valga cada minuto. En serio, aunque a veces no lo entiendas, aunque duela, aunque amenace o exija más de ti, confía en el tiempo que te ha dado la vida para vivirla.

miércoles, 20 de abril de 2016

En la biblioteca

Biblioteca José Vasconcelos en la ciudad de México.  La imagen es una parodia de la obra "El caminante sobre el mar de nubes" del pintor alemán Caspar David Friedrich.

Luis Rogelio Nogueras (1944-1985).
Poeta cubano.

Levantas la vista del libro, abandonando por un instante
los teoremas, y me miras.
Me miras, pero no me ves.
Tus ojos
recorren el salón repleto de lectores esta vulgar mañana
de un martes.
Esperas a alguien.
Eso se adivina en la forma en que muerdes el lápiz, en cómo cruzas
y descruzas las piernas, en el ansia con que vuelves la cara una
y otra vez hacia la puerta mientras te arreglas el pelo.
Esperas.
Y, al fin, él llega. Camina hacia ti. Se sienta. Tu corazón late más
de prisa.
Te quedas un segundo sin aliento.
Y todo (lectores, bibliotecarios, y hasta los libros, y aún el polvo
acumulado sobre los incunables) desaparece
Y fugazmente —tan fugazmente— toma tus manos, y tus ojos y sus
ojos se miran hasta el fondo de las jóvenes y puras vidas.
Y ahí permanecerán, libres en el viento de esa edad que les
pertenece por entero.
Sinceramente, hermanos menores, les deseo los más hermosos
teoremas de amor.

martes, 19 de abril de 2016

¡Estela, grita muy fuerte!

La literatura es aliada de la vida y muchas veces suele decirnos a la cara lo que no nos atrevemos a decirnos a nosotros mismos... o lo que resulta difícil hablar con alguien más. El cuento que hoy comparto aborda un temazo: abuso sexual infantil. Si nosotros como adultos somos vulnerables a un sin fin de situaciones desagradables, a cuántos no están expuestos los niños. Este relato escrito por Isabel Olid e ilustrado por Martina Vanda aborda el tema de una manera sutil para compartirlo con niños que forman parte de nuestras querencias. El libro puede conseguirse por internet en el portal de Amazon. ¡Suerte en su búsqueda!

Addy

¡Estela, grita muy fuerte!


Por Isabel Olid y Martina Vanda.

A Estela le gustan muchas cosas. Le gusta jugar con el agua de la bañera e imaginarse que es un delfín que se vuelve pequeño, pequeño y se mete de un brinco por el ducto de la ducha y corre por todas las cañerías de la casa, hasta que su papá, que está fregando los platos en la cocina, abre la llave del fregadero y el delfín tiene que volver a convertirse en Estela para no caerse dentro de la sartén sucia que tiene entre las manos su papá.

También le gusta jugar con sus amigos en la escuela. Tiene muchos amigos: Guille, Bruna, Brai, Ana, María... pero su amiga más amiga es Lucía. Con Lucía puede jugar a un millón de cosas. Lástima que tenga tanto genio.

Hoy, por ejemplo, cuando en la hora de la lectura, Estela coge un libro precioso con peces fantásticos de color lila, que es su color preferido, Lucía se enfada porque ella también quiere leerlo y empieza a pellizcarle los brazos y las piernas. Estela, que no sabe qué hacer, se pone a llorar bajito y se imagina que es un pájaro de color naranja que vuela hacia arriba, arriba y trepa hasta el techo y ya no la pellizcan más.


Y cuando deja de notar las uñas afiladas de Lucía, abre los ojos y se mira las manos para ver si se han convertido en alas, imaginándose que al final ha logrado transformarse en pájaro y ha escapado. Pero no. Es Conchita, la maestra, que ha separado a las niñas y que riñe a Lucía por su mal carácter incontrolable.

—Pero Estela, cariño, ¿por qué no has dicho nada? Te ha dejado llena de marcas...
—Es que... no sabía qué hacer.

Estela se encoge de hombros y mira a Lucía, que ya pone cara de arrepentida.

—¿Verdad que no te gusta que te peguen? —le pregunta Conchita, y Estela dice que no con la cabeza. —Pues cuando alguien te hace algo que no te gusta, tienes que decirle que pare. Y si no para, entonces GRITAS muy fuerte hasta que vengan a ayudarte. No tienes que dejar que te hagan tanto daño.

—Y tú, Lucía, aprende a pedir las cosas. No puede ser que por culpa de tu mal genio le hagas daño a tu mejor amiga. Venga, dale un beso y pídele perdón.


A Estela le gusta su pelo, oscuro y larguísimo. A veces se imagina que su pelo es un vestido mágico que la protege del mundo y la hace más fuerte. Pero cuando su madre la peina después del baño, se da cuenta de que, en realidad, sólo es pelo y que cuesta mucho desenredarlo. Sus padres siempre la amenazan con que si se queja le cortarán la melena, y por eso ella nunca dice nada. Pero esta vez, cuando mamá le hace daño con el peine, Estela piensa en lo que le ha aconsejado Conchita y dice:

—Mamá, ¿me puedes peinar más suave? Es que me estás haciendo daño.
Mamá se sorprende un poco, porque Estela no se ha quejado nunca, pero le da un beso y le dice:
—Claro, preciosa, iré con más cuidado. Si vuelvo a hacerte daño, me avisas, ¿de acuerdo?

Estela está contenta, ¡el truco de Conchita funciona!

Otra cosa que le gusta mucho a Estela es ir a comer a casa de los abuelos los domingos, porque la abuela siempre le hace tortilla de patatas con croquetas, que es su plato preferido. En cambio, en casa, sus padres nunca tienen tiempo de pasarse tanto rato en la cocina. Hasta hace poco, también le gustaba jugar con el tío Anselmo, que le hacía trucos de magia con las cartas y le contaba cuentos divertidos, pero últimamente ha empezado a hacer cosas raras y ya no le gusta nada. La encierra con él en la habitación mientras los mayores hablan en el comedor, le quita la ropa y le hace unas cosquillas muy raras por todo el cuerpo, incluso por sitios tan escondidos que ni siquiera ella conoce.


Cuando le pasa eso, se imagina que es una nube de azúcar que se escapa por la ventana y vuela sobre el mar, que un viento muy suave la empuja otra vez hacia casa y la hace entrar por el balcón del comedor y ahí se convierte en una gotita de lluvia que cae sobre la mejilla de mamá y le da un beso muy dulce.

La primera vez que el tío Anselmo lo hizo, cuando ella le preguntó por qué le quitaba la ropa, él le dijo que era su sobrina preferida y que la quería mucho, y que ese juego era el juego más secreto de todos. Como Estela era la sobrina a quien más quería, debía hacerle caso y guardarle el secreto.

Estela no acababa de entender aquel juego tan desagradable, porque se supone que los juegos tienen que ser divertidos, pero no quería que el tío Anselmo se enfadara por su culpa, así que se callaba y se aguantaba.


Pero este domingo, cuando su tío empieza a tocarla por todo el cuerpo, Estela nota como el asco la recorre de los pies a la cabeza, recuerda otra vez el consejo de Conchita y cómo mamá le hizo caso al peinarla, y le dice:

—Tío Anselmo, lo que me haces no me gusta nada. Déjame en paz.

El tío Anselmo no le hace caso y Estela nota cómo de dentro le sale un grito enorme.
Un grito tan fuerte que se escapa por la ventana y viaja mar adentro,
resuena por China y por Australia,
y se unen los pingüinos del Polo Sur y las jirafas de África.
Y entonces, toda ella se convierte en el grito,
y nota cómo tiemblan las hojas de los árboles de la selva,
cómo los caracoles esconden sus cuerpos,
cómo los perros corren a esconderse debajo de las camas
y todas las nubes se ponen a llover.


Entonces tío Anselmo le arregla el vestido con rapidez y se asoman por la puerta mamá y papá, los abuelos, la tía Carla y el tío Jaime y hasta la prima Miriam.

—¿Qué ha pasado? —preguntan todos a la vez.

El tío Anselmo, que de golpe se ha puesto pálido como la leche, dice:

—No, nada, estábamos jugando.

Estela lo mira y dice:

—Sí, pero a un juego que no me gusta.

Y corre hacia mamá, que la coge en brazos y le da un beso muy tierno.

Tiene muchas cosas que contarle a su mamá, pero lo hará mañana.

Hoy solo tiene ganas de abrazarla.

Link al libro digital dando clic aquí.

lunes, 18 de abril de 2016

De la máscara

Ilustración de Eliseo Diego hecha por su hijo Constante Alejandro de Diego García Marruz, mejor conocido como Rapi. 

Mi nombre es Eliseo Diego. Soy, de oficio, poeta, es decir: un pobre diablo a quien no le queda más remedio que escribir en renglones cortos que se llaman versos. Y lo hago no por vanidad o por el deseo de brillar, o qué sé yo, sino por necesidad, porque no me queda más remedio que escribir estas cosas que se llaman poemas.

Eliseo Diego (1920-1994).
Poeta cubano.

¡Ayayayay! Hay que velar la velada. El Tío Pedro y la Tía Águeda, su mujer, están sentados en un rincón, mientras su hija Consuelito baila por alguna parte. Una cinta de colores vivos desciende hasta la ancha nariz del Tío Pedro y lo incomoda. Al tío se le ha muerto, por la tarde, una muela.

Las máscaras de risas rígidas pasan saludando con sus vocecillas mecánicas. "¿Cuál es Consuelito —piensa el Tío Pedro—, Consuelito disfrazada de madama?" A las doce de la noche fallece el carnaval, se quitan las máscaras, se dan los premios. El Tío Pedro podrá irse en paz a llorar su pérdida, que siente, en los huesos de la quijada, como una irreparable y dolorosa ausencia.

¿Cómo ha sucedido? La cinta de colores, desprendida, se la ha enredado amorosamente en la calma. Hay un corro en torno suyo de gentes que llevan, como si dijésemos, sus caras en las manos, que gritan y ríen en un rabioso regocijo. De la selva de brazos que gesticulan se desprende, agudo, incisivo, un índice que señala inflexible al Tío Pedro. Una voz insegura dice lentamente: "veamos la cara del triunfador, quítese la horrorosa máscara". Y unas pinzas suaves tiran, tiran poderosamente de la desnuda nariz del Tío Pedro. Sudoroso, helado, el Tío Pedro sabe que es inútil, que nadie podrá arrancarle jamás la horrorosa máscara.

Tomado del libro "Cuentos elegidos".
Editorial Letras Cubanas, 1995. 

domingo, 17 de abril de 2016

El último beso de Gabo

Gabriel García Márquez

Tras dos años sin García Márquez, su ausencia se siente como un relámpago de frío entre sus amigos.


El autor de Cien años de soledad murió el 17 de abril de 2014 en México.  Lo evocan Juan Gossaín, escritor, periodista, uno de sus más grandes amigos, y su hermano menor, Jaime, que ahora trabaja en la gerencia de la Fundación Nuevo Periodismo que fundó Gabo. Estos monólogos fueron recogidos por Juan Cruz en Cartagena de Indias.

Tomado de El País.


Juan Gossaín: "En sus libros hay vida y recuerdos"

"¿Sabes qué extraño de Gabo? Que era un factor de unificación de los amigos viejos. Uno no sabe eso cuando los amigos están vivos. Estaba aquí, lo veías, y cuando no estaba también lo veías en los amigos que seguían en Cartagena, pero cuando él venía esto parecía una caja de música, él nos ponía a hablar. Y muerto Gabo es como si nos hubiéramos muerto todos. Yo no he vuelto a ver a los viejos amigos, ni siquiera tengo la pulsión de decir 'voy a llamar a este o al otro'; se fueron todos porque se fue Gabo, es como si nos hubiéramos ido todos con Gabo, eso es lo que más extraño, lo que más me llega…".

“¿Y cómo era? Yo llevo luchando con la gente contra una imagen de Gabo que yo sé que existe, que él buscó sin proponérselo. Es la del arrogante. Y desde que lo conocí, cuando yo tenía 14 años, aquí, en Cartagena, sé que eso no es petulancia ni soberbia: sé que es timidez ante los extraños. Gabo se retraía y la gente lo tomaba como que se distanciaba. Pero cuando estaba solo con los amigos entonces era un bromista. ¿Sabes qué le encantaba? Recordar viejas historias, '¿sabes aquella de cuando en 1959 iba Cepeda Zamudio por las calles de Barranquilla, y apareció una mujer, una putica de la calle…?'… ¡Era feliz! Le gustaba tomar el pelo a los amigos, ponerles apodos. Le gustaba recordar, eso es lo que le gustaba. Se encontraba contigo y te saludaba como si no te hubiera visto en siglos. '¡Ven acá! ¿Cómo era aquel cuento de cuando tú y yo íbamos por el centro de Cartagena…?' Ese hombre era una evocación permanente".

“Yo lo conocí en la puerta de un teatro. Era el primer festival de cine de Cartagena. Él estaba con Ripstein, Lucha Villa, los mexicanos. Ponían la película que hizo con Ripstein, Tiempo de morir. Y en la pantalla dice Juan Sayago el nombre de mi pueblo, San Bernardo del Viento. ¡Di un respingo! Al salir del teatro había un señor con la pierna puesta contra la pared. Era García Márquez. Le pregunté por qué había puesto el nombre de mi pueblo. Elemental, me dijo, 'porque es bonito'. Medio siglo más tarde estábamos almorzando aquí, ya él era un mito, íntimo de reyes y ministros… Entonces le volví a preguntar por qué había puesto en Tiempo de morir el nombre de mi pueblo. Saltó de la silla y me dijo: '¡Otra vez la misma pregunta de aquel día en la puerta del teatro!' ¡Y de nuevo me reprodujo aquella historia de medio siglo atrás! La verdadera gracia de Gabo es que se acordaba de ese y también de todos los episodios de su infancia para poderlos reconstruir y para que fueran alimento de su ternura".

“Por eso creo que el genio de Gabo es el mejor homenaje que la conciencia humana ha hecho al recuerdo, a la evocación. Y no basta con recordar: lo recordaba por el gusto de recordarlo absolutamente todo; y para los detalles nos usaba a los amigos… Por eso desde la primera página del primer libro a la última del último libro lo que hay es una vida, la vida de García Márquez: su pueblo, sus casas, sus amigos, sus parientes, la gente que conoció, la gente que estimó; es decir, recuerdos. Lo único que García Márquez necesitaba para ser un genio era recordarlo y contarlo bien. A eso le ayudó el lenguaje del Caribe. No bastaba con recordar, claro, faltaba esa música, y faltaba quien le ayudara a recordar. Por eso buscaba incansablemente a los amigos. Era el lenguaje de donde ocurrieron las cosas. Por eso suena Gabo a Caribe. Redescubrió el sentimiento, el valor de esta música. El Caribe es el hombre universal que soñaba Aristóteles. El hombre de todos los hombres está en el Caribe. Necesitaba a alguien que echara el cuento y nadie lo contó mejor que García Márquez. La literatura de Gabo en el fondo no es sino la historia mejor contada del Caribe.

“Y, claro, estaba lo que le dio el periodismo. Buscó la fuente siempre, el origen, y eso le sirvió para la ficción y para la realidad. Le dio la exactitud…, pero le sirvió también, en la ficción, para convencer a la gente de que lo que decía era realidad aunque inventara las cifras… Que el lector le crea: esa ambición, y esa manera de lograr la creencia del lector, se la dio el periodismo. El periodismo y el lenguaje de la gente. Por eso, cuando la gente le preguntaba de dónde viene su estilo, él decía: 'De mi abuela'. Ah, y la música, que le vino del origen guajiro de sus antepasados. La brujería, la magia, las leyendas indígenas, las tradiciones… Juan Luis Cebrián publicó hace años un libro en el que estamos Gabo y yo, él tenía 45 años y todo el éxito, y yo era un principiante de 21 en El Espectador… Ahí es donde él dijo aquello que luego quedó canonizado: 'Cien años de soledad es un vallenato de 350 páginas…' Y cuando salió El amor en los tiempos del cólera, aquel memorión me dijo: '¿Te acuerdas de lo que te dije hace años? ¡Pues esta novela es un bolero!".

“¿La última pregunta? No se la hice. Vino a Cartagena, ya estaba enfermo. Preguntó por mí, y me acerqué, trató de hablarme y yo me agaché, era en un almuerzo… Me miró, no dijo nada, me agarró la mano y me la besó. Yo sé que quiso decirme que como había tanta bulla no podíamos hacernos cuentos, y eso fue lo último, un beso en la mano. A los seis meses se murió el amigo más entrañable que he tenido”.

Jaime García Márquez: “El no hacía realismo mágico, sino cosas mágicas”

“A mí a veces me da un poco de pudor tener que contar de Gabito… Pero cada día voy sabiendo más de él, no sólo por mí, sino por lo que me dicen. Tú dices que Nelson Noches, su amigo de Aracataca, decía que Gabo se le aparecía por las noches a jugar al ajedrez. Si Gabito no jugaba al ajedrez... Pero si él estuviera aquí me diría 'Ven acá, Jaime, ¿y tú por qué dices que yo no juego al ajedrez?' Él se inventaba mucho, pero mucho estaba aquí, en Cartagena o en la casa de Aracataca, donde nació, lo que pasa es que a la gente le dio por decir que era realismo mágico. ¡Gabo no echaba nunca una mentira, todo lo que cuenta es verdad, nosotros lo vimos! Un día me citó en Barranquilla, y yo me fui perdiendo por esos caminos, hasta que llegué a un cruce y le pregunté a un hombre si iba por el camino correcto. ¡El hombre era Gabito! Con él pasaban cosas mágicas, pero no era realismo mágico, ¡pasaba! Lo que pasa es que él personifica eso de que la realidad supera la ficción, mérito del Caribe.

“Lo que pasa es que nosotros no sabemos convertir todo eso en literatura. Y él agarró los cuentos de la madre, de la abuela, esta cultura, ¡Cien años de soledad es verdad! Él me dijo un día: 'Jaime, todo lo que yo cuento es verdad'. Lo asistía la magia, es cierto; con lo que le sucede a todas las personas él hizo cuentos. Puso de moda nuestras palabras y parecía que estaba inventándolas… Nosotros no parábamos de hablar, en casa, en la calle, es la vida caribe, y Gabito escuchaba. Para él un rincón guapo era una charla en familia. Él era el escuchante feliz… Era un esponja para conseguir información, y tenía una memoria privilegiada.

“Fue mi padrino. Según Gabito, fui seismesino. Era un renacuajo que se iba a morir. Hay tantas historias… Por ejemplo, El coronel no tiene quien le escriba… Ese coronel es mi abuelo, definitivamente. Se pasó toda la vida peleando por una pensión vitalicia… ¿Te acuerdas de lo que dice al final del cuento, ese conflicto sobre matar el gallo y la pregunta de su señora, qué comemos mañana? Y el coronel responde '¡Mierda!', ese es mi abuelo. Esa es una metáfora de la historia de mi abuelo esperando la pensión que llega".

“¿Qué cómo es la vida aquí sin Gabito? No lo puedo explicar, y no lo puedo explicar porque es un sentimiento que aún no he superado. Estoy visitando a un primo que es psiquiatra. Me dice mi primo: 'La única manera de que tú superes esta situación es llorando. Haz el ejercicio, llora. Si lo retienes eso te hace daño'. Pero es un problema que no me pasa sólo a mí. Pero es que si yo lloro se nota más, porque soy el hermanito menor de Gabo. Pues eso es: es un dolor que no acaba, pero es un dolor contradictorio porque me siento orgulloso de que ese hermano de uno haya logrado lo que él obsesivamente buscó. Yo puedo durar días hablando de Gabito. Gabito era la música y no podemos vivir sin música”.

sábado, 16 de abril de 2016

Inscripción sobre una puerta

Foto de Andrei Stoichescu.
"Puerta en Corund Harghita, Rumania", 2013. 


Tudor Arghezi (1880 -1967).
Poeta Rumano.

Cuando partas, que la buena suerte te acompañe
como un anillo brillando en tu mano derecha.
No has de vacilar, ni dudar, ni entristecerte.
Anda rectamente y vence a la tempestad.

Cuando regreses, camina ligero, sonríe y canta.
Deja olvidada toda tu pena en el umbral,
pues tu estirpe ha de serte querida siempre
y tu casa ha de serte siempre sagrada.

Clic aquí para leer una breve antología de Tudor Arghezi.

viernes, 15 de abril de 2016

¿Cuál es mi cuento preferido de Julio?




Relato escrito por Otto Cuauhtémoc Castillo González, ganador del Concurso “Quitarse esa cosquilla molesta del estómago: cuéntanos tu cuento favorito de Julio Cortázar”, como parte de la 2ª Serie de Conversatorios sobre Literatura, organizado por el Proyecto Utopía de Yucatán A.C. y Foro Amaro.

Otto Cuauhtémoc Castillo González, ganador del concurso. La premiación se realizó el martes 12 de marzo de 2016 al finalizar el "Homenaje a Julio Cortázar" como parte de la 2ª Serie de Conversatorios sobre Literatura.



¿Cuál es mi cuento preferido de Julio? Es una pregunta realmente difícil de responder, como si preguntaran qué gota de agua es mi preferida de la lluvia que hubo en la mañana. La obra de Julio me ha marcado, ha dejado cicatriz en mí. Esa pregunta, “¿Cuál es tu cuento favorito de Julio?”, es para pasmarse; me dejó “lobotomizado”. Aunque luego de pensarlo, hay ciertos cuentos que están más impregnados en mí ser, entre ellos La salud de los enfermos, Axolotl, De la simetría interplanetaria y Deshoras. Pero tal vez el cuento que me ha dejado una huella más profunda, una incertidumbre que no se quitaba ni con agua, fue Después del almuerzo.

Gracias a ese cuento siento que pude vislumbrar aquello que los artistas persiguen durante toda su vida: el otro lado. Cuando terminé de leer ese cuento, yo ya era un Otto distinto al que lo había iniciado. Tanta mezcolanza, tantos colores, aromas y sueños pude captar en las líneas de Después del almuerzo que sólo de pensarlo me dan escalofríos. Las primera líneas están talladas en mi memoria: “Después del almuerzo yo hubiera querida quedarme en mi cuarto leyendo, pero papá y mamá vinieron casi enseguida a decirme que esa tarde tenía que llevarlo de paseo”.  He hablado con varias personas sobre dicho relato y algunas me dijeron que El Paseado[1] es un perro o una  cucaracha gigante, e inclusive hubo un muchacho que me dijo que era un Xenomorfo de Ridley (No es broma, ¡un Xenomorfo!) yo lo identifiqué simplemente como el hermano menor del protagonista; tal vez eso fue lo que me causó más ruido, identificar a los personajes con mi propia familia. Luego de leer la primera parte del cuento, uno siente que es cierto, nuestros padres (todos los padres) son unos tiranos, que eso que llamamos familia es en realidad una pequeña comunidad esclavista; no lo niego, desde el principio sentía una aversión terrible contra los padres de nuestro protagonista. “[…] Pero papá dio un paso adelante y se puso a mirarme en esa forma que no puedo resistir, me clava los ojos y yo siento que se me van entrando cada vez más hondo en la cara, hasta que estoy a punto de gritar […] Mamá en esos casos no dice nada y no me mira, pero se queda un poco hacia atrás con las dos manos juntas” Sentía en carne propia la pesadumbre de nuestro protagonista, me daban ganas de abrazarlo.

Por cierto, hay que resaltar que el niño sólo siente en este punto cariño y empatía hacia su tía Encarnación, quien le demuestra afecto ante el orden “despreciable” que dictan los padres. Sin más, nuestro protagonista de brazos cruzados, con los dientes a punto de romperse de tanta presión que ejercen, acata la orden con el único consuelo de que este paseo significaría estrenar sus zapatos amarillos que, como dos soles, brillan y brillan. Sin embargo, el desastre se hace presente ya que aquel día había llovido y era difícil caminar sin meter los pies en algún charco. Nuestro protagonista comienza su periplo de una forma húmedamente mala y continua con el agobiante viaje en el tranvía que toman para llegar al centro de la ciudad. Es importante puntualizar que nuestro niño siente gran preocupación ya que no puede sentarse, debido a la multitud de asientos ocupados, a lado de El Paseado. Acto seguido, cuando al fin logra sentarse a su lado siente temor ante la posibilidad de que El Paseado decida abrir la ventanilla y saltar. El vertiginoso viaje en el tranvía termina, están cerca de su destino.

¿Cuántas veces no estamos bajo la lupa de los juzgadores ocasionales? ¿Cuántas veces no somos parte acusada de un juicio que tiene como cabecillas a los transeúntes descarados? “Y todo el tiempo sentía que los vecinos estaban mirando desde los jardines, sin decir nada pero mirando” A pesar de que nuestro pequeño protagonista asegura que las miradas de juzgamiento no le molestan para nada, hay que precisar que durante todo el relato describe con incomodidad el acoso ocular al que se ve sometido él y El Paseado, dejando en claro el sofocamiento que experimentaba durante todo su recorrido. “Total estar ahí parados no tenía nada de malo, pero igual no me gustaba porque la gente que pasaba tenía más tiempo para fijarse, y dos o tres veces me di cuenta de que alguien le hacía algún comentario a otro, o se pegaban con el codo para llamarse la atención”.

Cuando es momento de cruzar la calle para llegar a la Plaza de Mayo,[2]  nuestro  niño piensa que El Paseado puede tener un capricho y quedarse en medio del asfalto sin querer moverse, por lo que decide esperar hasta que éste tenga ganas, por iniciativa propia, de cruzar la calle; nuevamente el niño se ve perturbado por las miradas, ahora la del vendedor del puesto de revistas de la esquina. Todos los elementos, todas las piezas las juntó Julio para mostrarnos que en este punto el niño explotará de un momento a otro, inexorablemente. “Tuve miedo de veras, así como ganas de vomitar, lo juro.” Cuando finalmente lograr sortear la calle y llegar a Plaza de Mayo, el protagonista cansado decide soltar a El Paseado,[3] momento en que el protagonista manifiesta su sentir mientras se va alejando de él: “Hubiera querido que se muriera, que ya estuviera muerto, o que papá y mamá estuvieran muertos, y yo también al fin y al cabo, que todos estuvieran muertos y enterrados menos tía Encarnación”.

Plaza de Mayo. Buenos Aires, Argentina.

 Estos sentimientos, esta evocación nihilista pasa rápidamente y decide que tanto él como El Paseado deberían sentarse en un banco de la plaza a mirar palomas que no se dejan como los gatos (El Paseado junto con el gato de los Álvarez protagonizó un incidente, donde me gusta imaginarme que el felino terminó siendo el desayuno de nuestro incomprendido ser ignoto[4]). Mientras comen manises y caramelos sentado en la banca, nuestro protagonista idea de forma sencilla, casi sin pensarlo -los crímenes más atroces se cometen casi siempre sin pensarlo-, abandonarlo en la banca con las palomas, cosa que hace. Ya solo, nuestro protagonista va retornando a casa pero sabe que llegar a casa sin El Paseado significa una tunda por parte de sus papas, por lo que idea pasar a divertirse a algunos lugares antes de regresar a casa. De esta forma, en las cercanías de la Casa Rosada, se voltea instintivamente para cerciorarse que El Paseado no le ha seguido, al constatar aquello el niño se lo imagina revolcándose alrededor del banco donde abandonó a nuestro ignoto amigo. En este punto del relato es cuanto sentí una completa aberración hacia el niño ¿Qué culpa tenía El Paseado para que lo abandonara ahí, solo con las palomas?
            
             Cerca de Paseo Colón, nuestro niño protagonista parece estar sofocado de verdad, le cuesta respirar, su estómago le duele y suda copiosamente, ve imágenes como puntos verdes y en esos puntos el rostro de papá. Nuestro protagonista parece que se va desmayar, decide secarse el sudor de la cara con un pañuelo que le termina arañando la cara por una hoja seca que tenía pegada; aquél rasguño significó el detonante. Regresó corriendo a buscar a El Paseado, ignoto ser que no se movió de su lugar en el banco donde fue abandonado mientras contemplaba palomas. Al llegar hasta él, el niño cayó rendido de cansancio y “la gente se da la vuelta con ese aire que toman para mirar a los chichos que corren, como si fuera un pecado”. Le dijo al abandonado que era hora de volver a cara. El retorno no fue problemático como la ida; nuestro niño ya no sentía preocupación alguna: “Y el tranvía estaba casi vacío al comienzo del recorrido así que lo puse en el primer asiento y me senté a su lado y no me di vuelta ni una vez en todo el viaje, ni siquiera al bajarnos: la última cuadra la hicimos muy despacio, él queriendo meterse en los charcos y yo luchando para que pasara por las baldosas secas. Pero no me importaba, no me importaba nada”. Notamos la catarsis del niño. Aquella rabia que sentía desaparece con el retorno a casa, y el niño comprende a sus padres que ahora no parecen tiranos, piensa que a veces sacaban un pañuelo que también les lastimaba la cara. El héroe que salvo el día, al niño, a los padres y a cada transeúnte juzgador, fue El Paseado.

Después del almuerzo, significa para mí eso: un pañuelo con una hoja seca pegada que lastima la cara al secarse, una bofetada de realidad por medio de una dosis de lo fantástico. ¿No todos nos lastimamos el rostro, de cuando en cuando, con esa hoja seca que llamamos realidad? Ahora sí, con lo que les he contado se me ha quitado esa cosquilla molesta del estómago.




[1]  Así me refiero al personaje al que el protagonista tiene que acompañar y que Julio nunca aclara (característica del relato fantástico) qué es.
[2] Lugar céntrico preferido de nuestro pequeño protagonista.
[3] Sí, soltar. Es decir, lo llevaba amarrado ¡Llevaba amarrado a su hermanito! N. de A.: Recordar que yo vínculo a El Paseado con el hermanito del protagonista.
[4] Es divertido imaginar esa situación, figúrese qué canija era el hambre de El Paseado para desayunarse al gato de los Álvarez.