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viernes, 30 de diciembre de 2016

Un fin de año muy feliz

Ilustración de Emilio Amade.

Leonardo Padura. Escritor cubano. 
Publicado en elmundo.es

Nunca he disfrutado, como parece que disfruta la mayoría de las personas, de los días de Navidad y mucho menos, de la jornada de la Nochevieja y la espera del Año Nuevo. En realidad esa incapacidad mía no resulta demasiado rara si tenemos en cuenta que tampoco me interesa de un modo especial celebrar mi cumpleaños, que olvido los aniversarios de bodas (tengo dos, ambos con la misma mujer, mi mujer, pero esa es una larga historia que puedo contarles otro día), que detesto fechas como el Día de las Madres o el de los Padres pues me parecen una falacia comercial de las más hipócritas que puedan existir y porque suele ser la jornada en que los hijos... de su madre se hacen los que las quieren, a ellas y a todas las madres.

Por eso, cuando se acerca la Navidad trato de encerrarme lo más posible en mi caparazón: me concentro en mi trabajo y evito, en todas las medidas de lo posible, aceptar invitaciones de amigos. Y ni se me ocurre hacer invitaciones a mi casa.

Hubo una época en la que estas fechas festivas de fin de año me envolvían en sus alharacas con la fuerza de la tradición y la costumbre, y hasta llegué a participar alegremente de ellas. Creo que entonces todo tenía que ver con una tradición maltratada, pero preservada con encono por algunos y con la compulsión social por la que con facilidad uno se deja arrastrar en la adolescencia y la juventud.

Ahora habría que recordar que a finales de la década de 1960 la celebración de las Navidades fue postergada o eliminada en Cuba, no solo por ateísmo científico militante sino además porque en lugar de empeñarse en celebraciones y libaciones, se decidió que la gente debía dedicarse durante aquellas jornadas a los cortes de caña en los días en que más altos rendimientos de azúcar podían conseguirse. Por si fuera poco, junto a los símbolos navideños por esos tiempos también habían desaparecido los turrones y la cidra española que, unidos al cerdo asado, los frijoles negros y la yuca con mojo de naranjas agrias (no totalmente desaparecidos pero también esquivos) conformaban los elementos más característicos para alimentar la celebración. En mi casa, sin embargo, mis padres insistieron en festejar la Navidad y, por años, prepararon una cena de Nochebuena con lo que apareciera, montaron un nacimiento que se iba despoblando por falta de repuestos y adornaban un arbolito sintético que terminó sus largos días hecho polvo, y no precisamente enamorado.

Hubo al menos dos de aquellas navidades de mi adolescencia que las pasé lejos de la casa, en campamentos ubicados fuera de las ciudades a los que los estudiantes debíamos ir a realizar trabajos agrícolas con los que contribuir al desarrollo del país y a nuestra propia educación aprendiendo los rigores del trabajo manual, del esfuerzo proletario.

El hecho de que la Revolución cubana de 1959 hubiera triunfado justo el 1 de enero, de algún modo salvó la celebración nacional por la llegada del nuevo año, que se identificó con el júbilo por la fecha histórica. Aunque la gente no se deseaba ya «Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo», sino que la televisión y las vallas publicitarias solo daban vivas a la efeméride patriótica, con mis amigos de estudios pre y universitarios, durante aquella estricta década de 1970 participé en fiestas de despedida del año en las que bebíamos de todo lo que encontráramos, comíamos todo lo que podíamos y hacíamos (o al menos hacía yo) como que nos divertíamos mucho por el solo hecho de despedir un año y recibir otro: un cambio de fechas que casi siempre lo único que cambiaba era que nos aumentaba la cifra de años vividos y nos empujaba hacia una adultez, una madurez y un envejecimiento que entonces nos parecían remotos, casi ajenos. Y por eso celebrábamos.

Con el paso del tiempo varias cosas se modificaron en mi carácter y algunas en Cuba. A fines de los años 90, por ejemplo, cuando todavía vivíamos bajo los rigores de años de escaseces profundas, el Papa Juan Pablo II visitó la isla y, como señal de buena voluntad, el gobierno restituyó oficialmente el feriado de Navidad. Mientras, muchas de las gentes que habían cedido a la compulsión social de ignorar la festividad de origen religioso, habían comenzado a recuperarla en un tiempo en que un número notable de cubanos también había recuperado sus creencias místicas o se habían iniciado en ellas, como reacción ante la falta de otras expectativas. Así, regresaron las fiestas de Navidad y Año Nuevo, reaparecieron en las tiendas de venta en divisa los arbolitos con luces y bolas, que volvieron a engalanar las casas y aparecieron incluso en algunos lugares públicos. Mientras, los más viejos volvían a desearle a sus conocidos, amigos, familiares una «Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo», la frase típica de esas jornadas que, por años, había estado sumergida en las memorias.

Ese regreso de la celebración llegó en una época en la que ya a mí no me interesaba festejarla y durante la cual, por coincidencia histórica, inauguraba la posibilidad de comunicarme por correo electrónico y... se me llenó el buzón de entrada de felicitaciones que me veía obligado a responder. Cada uno de los mensajes navideños y de fin de año que recibo siempre me hace pensar cuánto de costumbre, compromiso, compulsión hay detrás de ellos y cuánto de verdadero júbilo festivo, fervor religioso, expectativas de futuro pueden encerrar. Y cuando los respondo lo hago como si bebiera una medicina de mal gusto: debo tomarla aunque no me agrade su sabor...

Quizás la conciencia de lo que significa el paso del tiempo que de modo sibilino me está empujando hacia la vejez, la aceleración con que vivo ahora el transcurso de los meses que me crea la impresión de que hace muy poco comencé el año que ya voy a despedir, y mi decisión de elegir divertirme solo con lo que en realidad me divierte, me provocan una reacción que se mueve entre el rechazo y la indiferencia por tales festividades. O tal vez todo se deba a que en Cuba nunca ha vuelto a recuperarse un verdadero espíritu navideño, pues ya se sabe que las tradiciones son muy delicadas y, como ciertos vinos, resisten mal los traslados, enclaustramientos y batuqueos.

Pero, curiosamente, de lo que no he logrado sustraerme es de la tonta costumbre de hacer planes y albergar deseos para el año siguiente. Suelo caer en la trampa de lo representativo (un cambio de calendarios) como si tuviera un valor real, un posible efecto concreto sobre la realidad y sobre mi voluntad. Por eso he pensado muchas veces, a lo largo de muchos fines de año, que al año siguiente, por ejemplo, dejaré de fumar, o que seré mejor esposo o amigo, o que no perderé mi tiempo viendo partidos de beisbol o fútbol. Cosas así. Porque, por supuesto, no tendría sentido que pensara en la posibilidad de cambiar mi auto que ya cumple veinte años pues es tan imposible como que desee ser hábil en los procedimientos digitales e informáticos: uno debe ser sincero consigo mismo, realista con sus posibilidades y capacidades. Sobre todo cuando un auto le podría costar 5, 7, 8 veces más que a otro habitante del planeta y cuando el cerebro en proceso de endurecimiento nunca será capaz de aprender si quiera a compactar un archivo.

Puesto a desear, sin embargo, y ya que andamos en fechas y ni yo mismo escapo de ciertas compulsiones por mucho que me proteja, creo que lo que más me gustaría, para el año próximo, es que el hecho de encontrar el yogurt que tomo en el desayuno deje de ser un desafío cotidiano. ¿Les parece poco? ¿Insignificante?... Pues vengan a recorrer La Habana en busca de yogures que, cuando aparecen, suelen ser caros, malos, con sabores como el de la medicina que antes citaba y, si de veras necesita del yogurt para desayunar, entonces sabrá de qué estoy hablando. Ahora mismo, si consiguiera un buen yogurt, aquí, en la esquina de mi casa, tendría un fin de año muy feliz y pensaría que me espera un próspero año nuevo.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

México, creo en ti

Izamal, Yucatán.
 Foto de Alfredo Martínez

Ricardo López Méndez (1903-1989).
Poeta mexicano.

México, creo en ti,
como en el vértice de un juramento.
Tú hueles a tragedia, tierra mía,
y sin embargo, ríes demasiado,
acaso porque sabes que la risa
es la envoltura de un dolor callado.

México, creo en ti,
sin que te represente en una forma
porque te llevo dentro, sin que sepa
lo que tú eres en mí; pero presiento
que mucho te pareces a mi alma
que sé que existe pero no la veo.

México, creo en ti,
en el vuelo sutil de tus canciones
que nacen porque sí, en la plegaria
que yo aprendí para llamarte Patria,
algo que es mío en mí como tu sombra
que se tiende con vida sobre el mapa.

México, creo en ti,
en forma tal, que tienes de mi amada
la promesa y el beso que son míos.
Sin que sepa por qué se me entregaron;
no sé si por ser bueno o por ser malo,
o porque del perdón nazca el milagro.

México, creo en ti,
sin preocuparme el oro de tu entraña;
es bastante la vida de tu barro
que refresca lo claro de las aguas,
en el jarro que llora por los poros,
la opresión de la carne de tu raza.

México, creo en ti,
porque creyendo te me vuelves ansia
y castidad y celo y esperanza.
Si yo conozco el cielo es por tu cielo,
si conozco el dolor es por tus lágrimas
que están en mí aprendiendo a ser lloradas.

México, creo en ti,
en tus cosechas de milagrería
que sólo son deseo en las palabras.
Te contagias de auroras que te cantan.
¡Y todo el bosque se te vuelve carne!
¡Y todo el hombre se te vuelve selva!

México, creo en ti,
porque escribes tu nombre con la X
que algo tiene de cruz y de calvario:
porque el águila brava de tu escudo
se divierte jugando a los “volados:
con la vida y, a veces, con la muerte.

México, creo en ti,
como creo en los clavos que te sangran:
en las espinas que hay en tu corona,
y en el mar que te aprieta la cintura
para que tomes en la forma humana
hechura de sirena en las espumas.

México, creo en ti,
porque si no creyera que eres mío
el propio corazón me lo gritara,
y te arrebataría con mis brazos
a todo intento de volverte ajeno,
¡sintiendo que a mí mismo me salvaba!

México, creo en ti,
porque eres el alto de mi marcha
y el punto de partida de mi impulso
¡mi credo, Patria, tiene que ser tuyo,
como la voz que salva
y como el ancla!


Ricardo López Méndez, nació un 7 de febrero en la ciudad de Izamal, Yucatán. 
Los músicos Ricardo Palmerín y Guty Cárdenas musicalizaron sus versos, entre ellos "Nunca". Como escritor, fue articulista de importantes periódicos mexicanos. El poema que compartimos es conocido como "Credo", sin duda el que más fama le ha dado. "El Vate", como lo llamó Antonio Mediz Bolio, murió en Morelos el 28 de diciembre de 1989.

martes, 20 de diciembre de 2016

Felicidad

Carl Sandburg (1878 - 1967).
Poeta Estadounidense.

Pedí a los profesores que enseñan el sentido de la vida
que me dijeran qué es la felicidad.
Fui a ver a los afamados ejecutivos que comandan el
trabajo de miles de hombres.
Todos menearon la cabeza y me sonrieron como si yo
tratase de engatusarlos.
Y un domingo por la tarde fui a pasear por la orilla del
río Des Plaines.
Y vi a un grupo de húngaros bajo los árboles, con sus
mujeres y sus hijos, un barril de cerveza y un
acordeón.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Yoga en el jardín


Marianne Kehoe.
Poeta estadounidense.


El azul eléctrico del cielo me acaricia mientras me recuesto
en mi estera para una sesión matutina de yoga en medio
        del jardín amurallado.
Las naranjas de piel verde se esconden en la densidad de las
hojas del árbol y sus sombras se acercan con cada cambio
        de postura.


Tres cotorros estridentes responden a mi saludo al sol
con verdes flashazos que tocan y caen como dardos
        sobre el muro.
Los insectos marchan hacia adelante para inspeccionar el
hule rosa de mi estera que interrumpe su travesía diaria
        desde el cactus hasta el estanque.


Como un cisne, me sumerjo y me balanceo, elevo mis ojos
hacia un punto en la pared que me llena de optimismo:
dos mechones de pasto han encontrado un sitio para crecer
en medio de una seca grieta en lo alto del muro anaranjado
        de cemento.


Tomado del libro "Sinfonía de la escarpa".
Publicado por SEDECULTA en el 2013.

domingo, 4 de diciembre de 2016

"Quema" de Ariadna Castellarnau

Alejandro Álvarez Nieves, Ariadna Castellarnau y Mayra Santos-Febres. Foto ©Letranías. El martes 29 de noviembre de 2016 en la #FILGuadalajara30 se presentó el Premio de las Américas 2016, convocado por el Festival de la Palabra en San Juan de Puerto Rico. La ganadora fue la novela "Quema" de la escritora española Ariadna Castellarnau. Al respecto, compartimos la siguiente reseña.
Por Alejandro Álvarez Nieves, Ph.D. (*)

En Quema, el mundo está al borde de la inexistencia, pero no sabemos por qué agoniza. Es un mundo familiar, de fácil reconocimiento, como el nuestro, un espacio a punto de la extinción. Se han acabado las religiones, la política, las ciudades, las ruralías. El ser humano se ha limitado a agotar lo poco que queda en resignarse a lo inevitable. Los espacios urbanos han sido saqueados, las ruinas son presa de la violencia, son centros de almacenamiento de conservas en las últimas, humanos escondidos en antiguos hoteles o casas de campo de familia, sociedades distópicas que basan su existencia en la disciplina por sobrevivir y en los defectos físicos, sólo para arañar algo de lo que queda. Ante la inminente muerte de la humanidad, la novela nos relata la historia de mujeres ante la ceniza. El mundo se ha quemado y lo que impera es el mal.

Quema es una novela breve dividida en relatos sucesivos que muy bien podrían funcionar por sí mismos, pero que, a su vez, componen una historia, una trenza de relatos en las que el tiempo está dislocado en una serie de personajes y contextos que nos llevan por un ambiente catastrófico: es como si todo el planeta se hubiera quemado. Así, la “quema” que da título a la novela puede funcionar en varios niveles. El primero es el más evidente: la naturaleza de un mal que catapulta el fin del mundo ha provocado que los personajes recurran al fuego para borrar de la mente aquel mundo recién caído. La quema como purga, como antídoto al recuerdo de lo doloroso. El instinto de supervivencia para recordar que se vive en el fin de los tiempos. Un segundo nivel de la quema es la que ya ha ocurrido, es como si la misma fibra del mundo que conocemos se haya quemado, y lo que nos presenta la autora es lo que queda: han ardido las religiones, la política, las sociedades, las telecomunicaciones, el comercio, las modas, todo se ha consumido en sí mismo en función de un mal que nunca se revela. Es como si el lector leyera los trozos del mundo que ha sobrevivido a la hoguera, pedazos que, a su vez, nos dan la sensación de que no se salvarán del crisol del fuego. Hay quizás un tercer nivel de quema en la novela que tiene que ver con su propia estructura. La novela es una serie de relatos que no siguen una secuencia lineal, sino que tiene varios disloques espacio-temporales, que la autora en laza de forma mínima con mucha maestría. En este sentido, el lector se enfrenta a un texto “quemado” desde el punto de vista metalingüístico, como si, de nuevo, los relatos fueran los pedazos sobrevivientes de la quema de la propia novela. Quizás esta dimensión del fuego abre un cuanto nivel, que se deriva directamente de esta última: el lenguaje. La economía de la prosa de Ariadna Castellarnau en Quema responde a una economía de la palabra absolutamente impecable, como si las propias palabras hayan sido reducidas y purificadas por el fuego. Así, la novela no se detiene en explicar ni en divulgar sobre las causas de la catástrofe humana, el merodear en busca de un porqué, sino que va directamente a presentarnos la situación límite: la exploración de diferentes dimensiones de la mujer ante el fin de la humanidad.


Aquí es que hallamos el valor de esta novela. En vez de reflexionar el apocalipsis inminente, la autora nos presenta los aspectos más cotidianos de la humanidad en espacios de verdadera desesperación ante la carencia. Mueve los personajes, los pone a actuar, a reaccionar, a tomar decisiones dentro de los contextos humanos más tradicionales: una mujer embarazada de una criatura en un mundo en que impera el hambre, una mujer que entrega a su hija con defectos físicos para sobrevivir, las parejas que se forman por la necesidad de compañía, una mujer que defiende su finca sin importar los grados de crueldad que ello suponga, una joven que vive con un hombre mucho mayor que ella cuya madre ha decidido ahogarse antes de enfrentar el fin del mundo, mujeres que queman en pilas rodas las pertenencias de sus hombres que han muerto. Todo ocurre sin más, el fuego no da espacio para reflexiones. Es el lector quien ha de aportarlas. Todos pululan entre fogatas, filas para comida, una isla helada, grupos de rezadores (los pocos que quedan y que piensan que el orden se reestablecerá), un grupo de “intachables” que parece intentar un nuevo orden, pero que son dominados por los imperfectos, un reino de personas con defectos físicos que parece dominarán lo que queda.


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El galardón distingue al mejor libro de narrativa publicado en español el año anterior, que esta edición coincide con que se trata de un debut literario.
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No quisiera cerrar esta reseña sin dejar en el tintero un aspecto que me parece fundamental. Aunque la novela claramente nos lleva por un mundo agonizante, Quema es una novela enfocada en la mujer. Es como si los hombres, su poder, su dominio, el estereotipo del varón, también se hayan quemado. Los pocos que quedan han perdido la hombría o el fuego les ha revelado su vulnerabilidad, como es el caso de la pareja de Rita; otros más bien se valoran por ser héroes deshumanizados, como en el caso de Rudo; otros son héroes en decadencia, como el Galés.

Las mujeres, sin embargo, son las verdaderas heroínas de esta historia. Rita sobrevive con una criatura que se mueve en su vientre en un mundo insostenible, está destinada a ser la madre del hambre si se quiere, y hará todo lo posible por sobrevivir. La reina de los imperfectos perdió la pierna mientras busca comida para su hija, pero ahora es la reina en un mundo en el que los desperfectos sociales reinarán el remanente de la humanidad. La hija a la que quieren dejar en el reino a cambio de vivir bien en la catástrofe se enoja con su madre y le exige que la deje entre los imperfectos. Lux, la dueña de la finca La Trigra, defiende su territorio como lo pudiera hacer cualquier terrateniente poderoso, como una felina sin el matiz sexual. Es la deshumanización total, la bestia, un rol poderoso que suele adjudicarse al varón. Las múltiples referencias a mujeres como animales —gallinitas, peces, monos, fieras— apunta a que la mujer también se asume animal al deshumanizarse. La amiga de Lux, Maia, ha llegado allí pues no puede soportar que las mujeres de su familia se remitan a quemar sus pertenencias, y las de sus maridos, y resignarse a lo que venga. La joven que vive en una isla con el Galés busca en la madre un espejo para la supervivencia hasta que este se hace añicos cuando ella se entera que el ahogamiento de su madre en el lago no fue un suicidio. En fin, la novela trastoca las dimensiones del rol social que asumen las mujeres en el mundo de hoy después de la quema, invierte y problematiza la cotidianidad de las mujeres, quizás incluso en las facetas de una sola mujer, que son todas a la vez.

No podemos dejar de pensar en Quema sin plantear una reflexión profunda de los espacios de la mujer en contextos catastróficos. ¿Qué hacen las mujeres cuando el mundo de los hombres se ha quemado? ¿Cuánto de ellas se quema con ese mundo? ¿Cuánto sobrevive? ¿Hay espacios para nuevos contextos femeninos? Los invito a leer Quema, Premio Las Américas 2016, para trazar la ruta a una respuesta.


Alejandro Álvarez Nieves, Ph.D.
Coordinador del Comité de Escritores
Salón Literario Libroamérica en Puerto Rico
Productores del Festival de la Palabra
comite.de.escritores.sllpr@gmail.com

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Sobre Ariadna Castellarnau (1979).


Es licenciada en letras, periodista y escritora. Nació en España pero está radicada en Buenos Aires. Escribe para Radar (Página 12) y el suplemento de cultura del diario Perfil. Sus cuentos han aparecido en las antologías Panorama Interzona (Interzona) y Extrema ficción (Antologías Traviesa). Quema es su primera novela. 

jueves, 1 de diciembre de 2016

Los Casados

La poeta nicaragüense Gioconda Belli en el Salón de la Poesía de la #FilGuadalajara30 el 29 de noviembre de 2016, acompañada por la poeta mexicana Carmen Villoro. 


Gioconda Belli (1948).
Poeta nicaragüense.

Los Casados

Nos lanzamos sin miramientos
al cotidiano oficio de querernos
al tiempo del lavabo y del cepillo
a la espuma del baño
a las noches de almohadas compartidas
al espejo común
en que la desnudez rasga sin compasión
los velos del misterio.
Pareja humana somos
cuerpos de luz y de estropicio
Bajo las sábanas huele el sexo, el sudor, lo ingerido,
y en la mañana a veces
el vino duerme rancio en la boca asomado a los besos.
Esto y mucho más sobrevivimos
aprendemos el gusto de lo usado y sabido
el consuelo del gesto adivinado
las mañas, la manera de acomodarnos en la cama
los ruidos, los ronquidos
el peso de los pasos cuando se va o se viene
el sigiloso celo con que cada uno labra su trinchera
y protege su pequeña ventana donde mirar la luna
sin ser visto
Redondo es el círculo de la intimidad
y asombroso el arsenal del amor
que con fallidas piedras
erige su castillo
y lo defiende.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Discurso de Norman Manea

Foto: ©FIL/Bernardo de Niz.


Discurso del escritor rumano Norman Manea en la ceremonia de entrega del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, durante la inauguración de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2016, el sábado 26 de noviembre.

Estimado Señor Presidente, apreciado Jurado, amantes de la literatura, señoras y señores:

“Vengo de una región donde vivían personas y libros”, dijo un gran poeta del exilio. Estas palabras podrían haber sido dichas también en sus respectivos exilios por Joyce o Nabokov, Dante o Victor Hugo, Thomas Mann o Czeslaw Milosz, o por Solyenitzin, Joseph Brodsky o Bashevis Singer. Fueron pronunciadas de hecho por Paul Celan, el más importante poeta en lengua alemana del siglo XX, nacido en mi cosmopolita Bucovina, que se suicidó durante su exilio en París. Me atrevo a repetirlas yo también hoy, en esta festiva celebración de la creatividad, como un homenaje a los escritores de ayer y hoy, obligados a abandonar su país y su lengua materna, sin olvidar no obstante las raíces lingüísticas y espirituales de su biografía y bibliografía.

Bucovina tomó su nombre de la palabra latina “Buk” y es representada por los hayedos Silvae Vaginales que le dieron fama. Impresionado por la singular belleza de la región, el emperador austriaco decidió en 1775 incluirla en su imperio. Bucovina fue reconocida como provincia con estatuto propio y también con parlamento propio —Dieta— con una representación democrática de las minorías, rumanos, polacos, judíos, ucranianos, algo no muy frecuente en la época. Después de la Segunda Guerra Mundial, en 1918, Bucovina volvió a Rumanía, y durante la Segunda Guerra Mundial el norte fue ocupado por la Unión Soviética. La capital Cernauti llegó a ser el ucraniano Chernivtzi después de haber sido el austriaco Czernowitz. Esta migración de la pertenencia se refleja también en la de la población: hoy se encuentran a menudo en internet mensajes de Australia y Estados Unidos, Alemania, Israel y América Latina, a través de los que bucovinos exiliados en todo el mundo intentan establecer vínculos y recuerdos, incluidas recetas de cocina, del pasado una vez compartido. Hoy Bucovina se divide entre su parte norte, ucraniana, y su parte sur, rumana, con la capital en Suceava, donde nací y pasé mi infancia.

La presencia de Rumanía aquí y ahora no es sólo un feliz azar. La lengua rumana es una lengua latina, traída por los romanos que llegaron al Danubio y a los Cárpatos desde el primer siglo después de Cristo. El propio nombre de “rumano”, derivado de la palabra latina “Romanus”, se refiere al único pueblo latinófono en una zona de muchas mezclas étnicas y lingüísticas. “Los latinos del Este”, populous romanus, remite a la etnicidad romana, y lingua latina a la latinidad lingüística, en la variante neolatina de la Edad Media. El poeta Ovidio, exiliado a Tomis, a orillas del Mar Negro, dijo que había llegado a comprender la lengua de los “bárbaros” geto-dacos del sur de la Romania, con los cuales había sido forzado a vivir. Después de seis años de convivencia parece que compuso un elogio al emperador en la lengua local.

Como única lengua latina en un gran territorio eslavo, la lengua rumana tuvo que enfrentar muchas presiones internas y externas que tendían a diversificar y desviar sus opciones y sus valencias; la raíz latina resistió heroicamente a las tensiones. La psique rumana estuvo sin embargo dividida por la conjunción contradictoria entre la lengua latina como vínculo con Occidente, la Europa Occidental (Roma, París, Madrid) y la religión cristiana ortodoxa del Este (Rusia y Grecia). Una relación compleja y más de una vez conflictiva, pero que añadía matices originales, sorprendentes y creadores al tesoro espiritual central, enriquecido por estas alianzas imprevisibles y fascinantes. No menos estimulante fue también la pertenencia a la Europa Central del antiguo Imperio Habsbúrgico, a través de Transilvania y Bucovina, zonas multiculturales efervescentes y elevadas.

Como otras provincias rumanas, mi Bucovina natal significa no sólo las ricas premisas lingüísticas y librescas de un paisaje espléndido, sino también un estimulante híbrido cultural, de una gran originalidad. Los extraordinarios monasterios rumanos, monumentos Unesco, con sus frescos de más de 500 años de antigüedad, el viejo cementerio judío de Siret, el también monumento Unesco, más impresionante desde un punto de vista estético que el viejo cementerio judío de Praga, son sólo dos ejemplos, de los muchos posibles, de una herencia multicultural en la que tampoco pueden faltar el poeta nacional rumano Mihai Eminescu y el compositor George Enescu, el poeta yiddish Itzik Manger, el inolvidable Abraham Goldfaden, el fundador del primer teatro judío del mundo, el escritor alemán Gregor von Rezzori, los poetas alemano-judíos Paul Celan y Rose Auslander, los escritores israelíes de lengua hebrea Aharon Appelfeld, Dan Pagis y Yoel Hoffman. No por casualidad esta zona fue llamada “la placenta de la literatura” y Cernauti tuvo la fama de una nueva Jerusalén cultural, la “Jerusalén del río Prut” pero también, según el gran poeta polaco Zbigniew Herbert, “la última Alejandría de Europa”.

La historia de Rumanía y de Bucovina está trágicamente marcada por el horror del Holocausto, cuando toda la población judía de Bucovina fue deportada por el gobierno pro nazi y antisemita de Rumanía a los campos de exterminio de Transnistria, y los bucovinos que se hallaban bajo la provisoria administración húngara de Transilvania, a Auschwitz.

La mañana del 9 de octubre de 1941, después de que el Gran Monstruo de la cruz gamada había declarado la guerra, fui incluido entre los enemigos de la humanidad y expulsado, junto con la familia y los demás condenados del mismo origen, en el vagón de ganado que nos iba a llevar al otro lado del Stix, llamado Nistru, al apocalipsis. En el camino sin fin la masa de desesperados se lamentaba entre heces y oraciones —una primera y esencial lección sobre vida y horror—. El campo fue un continuo ejercicio de deshumanización, humillaciones y salvajadas, donde reinaba la incertidumbre: no podías estar seguro de que en el próximo momento no se decidía el final del juego de la muerte. La relación entre cautivos estaba dominada por el espanto y el hambre, la enfermedad y las tumbas; la solidaridad estaba vencida por los instintos primarios de la supervivencia a toda costa. La relación con los guardianes evolucionaba desde el terror a la corrupción, y de nuevo al terror y a la muerte; la corrupción probaba, en aquel siniestro experimento del crimen, los eventuales efectos salvadores. Fue mi primer exilio, mi primera iniciación en la pesadilla siempre repetida del odio del hombre hacia el hombre. Sobre este largo episodio criminal, el alcalde cristiano de Cernauti, Adriana Popovici, uno de los pocos oficiales rumanos que se opusieron a la deportación, escribió: “Como atravesando los milenios, un trágico destino unió la esclavitud babilónica y el infierno del hambre, la enfermedad y la muerte de Transnistria”.

El regreso al lugar del que fuimos echados fue para mí una mágica resurrección; descubrí de nuevo la maravilla de la banalidad, la comida y el calor, la escuela, la amistad, los libros. Me sería difícil olvidar el día de 19 de julio de 1945, cuando cumplía la solemne edad de nueve años y recibí como regalo un libro de cuentos del gran cuentista rumano Ion Creanga. Fui hechizado al instante por la lengua de la ficción, tan diferente de la de la calle o de la ruidosa retórica política del momento y deseé con desesperación ser aceptado por la familia de los hacedores de libros y evasiones librescas.

Mi primer texto fue lo que Roland Barthes llamaría “un discurso amoroso”, destinado a una compañera de clase, de coletas rubias y ojos azules, que me seguía en el catálogo: Manea Norman, Norman Bronya. El poema fue leído una espléndida tarde de otoño, en el bosquecillo de hayas en las afueras de la ciudad, delante de la musa indiferente y de un grupo de púberes admiradores. Siguieron otras producciones líricas pueriles, más vehementes y políticas, dedicadas a la Revolución mundial, al padre de los pueblos que vigilaba en Kremlin y al feliz futuro de la humanidad.

En la primavera de 1944, cuando el Ejército Rojo nos liberó del campo, no se nos permitió el regreso a Rumanía, así que seguí el primer curso en lengua rusa antes de volver, en abril de 1945, al lugar de donde fuimos expulsados. La readaptación significó una corta y feliz transición, rápidamente terminada por la dictadura estalinista que devastaba el país y a la gente, instaurando la propiedad del estado sobre los principales medios de producción, cultura y educación, imprentas, terrenos deportivos y casi cualquier forma de asociación.

La necesidad de ficción del adolescente que no había sido alimentado a tiempo con cuentos llevó a la atracción hacia la Utopía. El cándido niño con la corbata roja de pionero y después el activo joven con carné rojo benefició sin embargo a los 16 años de la terapia del sentido común, un drástico despertar del aturdimiento, la separación definitiva del dogma totalitario de la “felicidad obligatoria”. Al final del instituto estaba por completo curado de la ceguera, pero encadenado a una nueva quimera, la literatura, que hasta hoy me ha tenido cautivo.

En el así llamado periodo de “apertura” aparecieron mis primeros volúmenes de prosa, que acentuaron la desconfianza de la Autoridad hacia el solitario sospechoso que yo era. El comunismo rumano fue una parodia burlesca basada en complicidades y cinismo, oportunismo y terror, vigilancia y desconfianza, y la difícil transición hacia una sociedad democrática sufrió y todavía está sufriendo las reminiscencias de este convulso y degenerado periodo. Antes de abandonar Rumanía, que en 1986 se encontraba ya en caída libre hacia el abismo, intenté un experimento pueril. Entré en una librería y pedí un ejemplar del Manifiesto del Partido Comunista de los patriarcas Marx y Engels. La vendedora se quedó de piedra durante unos minutos, convencida de que se encontraba delante de un provocador, un deficiente mental, o ambas cosas. Después preguntó: “¿Qué ha dicho? ¿El manifiesto? ¿Del Partido? No tenemos eso… Tenemos los discursos del camarada Ceausescu. 20 volúmenes”. Me mostró la espléndida serie encuadernada en piel roja que nadie compraba. Lo que quedó después de 40 años de dogmatismo y corrupción es la más extraordinaria colección de bromas y anécdotas insólitas sobre la jaula donde se podía ver, en el patio de la cárcel, nuestro circo totalitario, pero también el archivo con los cautivos asesinados o inválidos para toda la vida, e igualmente las medallas, los premios, los actos de enriquecimiento y gloria de la casta dirigente.

La caída del comunismo europeo me encontró muy lejos, pero exaltado por el cambio inesperado. Sin embargo, fui y sigo siendo escéptico con respecto a los nuevos eslóganes sobre la muerte de la ideología y el comienzo de la armonía universal. Mientras exista la humanidad existirán ideas e ideologías, conflictos y rebeliones, el ciclo de proyectos de la radicalización del futuro no se detiene en cualquier fase prometedora. Quise también volver a Rumanía cuando el fantasma del comunismo se alejaba, pero la rapidez con la que los retratos oficiales del Partido fueron reemplazados por los de la derecha nacionalista de medio siglo atrás me convenció a preferir la apatía y la indecisión.

El destino me legitimó al fin y al cabo como escritor de la actualidad, entendida como exilio planetario, que viví por etapas en el exilio fascista de mi infancia, después en el exilio interior de la dictadura comunista y al final en el exilio global del libre mercado, con la doctrina mercantil de compraventa de cualquier cosa, en cualquier lado y en cualquier momento. En mi escritura se aliaron la experiencia biográfica de la exclusión y la opresión con la alegría libresca de la literatura, sobre todo la literatura de Europa Central y Europa del Este, como testimonio espiritual de primer rango de la vulnerabilidad, la melancolía y las ambigüedades de la existencia. Mi página tiene la cicatriz de los traumas pero también la firmeza de la resistencia a ellos. La tragedia tiene como inmediata consecuencia estética el cliché, el peligro astuto y populista en contra de la auténtica creatividad. Fui siempre muy circunspecto frente a los riesgos de la canonización, la oficialización y la comercialización, la vulgarización del sufrimiento y la manipulación ideológica. No por casualidad la primera monografía escrita sobre mí tiene como título La estética, una este-ética. Aproveché en la escritura, todo lo que pude, la autoironía y el espíritu moral judaico, la movilidad cultural rumana, los efectos cartesianos y cosmopolitas del pensamiento occidental, la fisura moderna en el arte como apertura hacia la innovación y el experimento.

Thomas Mann nos advertía hace tiempo de que “la libertad es más complicada que la tiranía”. Los que vivieron las complicaciones sangrientas de la dictadura saben que la transición de una sociedad cerrada y militarizada a una sociedad libre, demócrata y competitiva puede hacer equiparables hoy las no pocas y nada delicadas complicaciones de la libertad con las de la patología generada por la dictadura. Creo que podemos decir que, a pesar de la crisis de valores en la que estamos inmersos son preferibles la imperfección y la inestabilidad de la libertad a una autocracia perfecta, opaca y glacial.

El mundo de hoy enfrenta no sólo las contradicciones de una modernidad rápida y rápidamente cambiante, sino también las nuevas contradicciones y los nuevos conflictos de la actualidad: la energía revanchista de Rusia, el desarrollo dinámico de China, las crecientes migraciones desde Oriente y África hacia Europa, la oscuridad belicosa y glacial de Corea del Norte e Irán, la rutina cada vez más rebatida de los principios democráticos en muchas partes del mundo incluidos los Estados Unidos. Necesitamos más que nunca lucidez y coraje, solidaridad y sabiduría. Y, me atrevo a decir, el consejo de la página escrita que inspiró en tiempos difíciles a nuestros antepasados.

¿Dónde podemos encontrar el lugar de la cultura y la literatura bajo el asalto de la vulgaridad, el comercialismo y las maniobras políticas del mundo contemporáneo? Recordé el bloqueo de Leningrado o Petrogrado o San Petersburgo, como quieran, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los cautivos comían ratones y gatos y perros y basura; no se podían defender del frío y las enfermedades, pero sobrevivieron, como iban a testimoniar, leyendo a la luz del candil y las velas a Tolstoi y Dostoievski en las viejas ediciones usadas de sus viviendas. No tenían entonces ni internet, ni Facebook, ni los juegos de azar y sexo de la sociedad de consumo, ni las parodias transmitidas por televisión de las elecciones americanas o el frenesí de la olimpiada brasileña.

Creo que nuestro encuentro espiritual de hoy honra la heroica fidelidad a los valores de la lectura como el más duradero amigo de los solitarios del mundo, un apoyo fiel en tiempos difíciles, una fuente de energía y coraje, de vitalidad intelectual y pura y simplemente de vitalidad.

Hoy en Guadalajara disfruto de un importante reencuentro. En enero de 1990 participé en Ciudad de México en la primera y más amplia conferencia internacional dedicada a la libertad, junto con los más importantes representantes de la disidencia anti-comunista de Europa del Este y la intelectualidad occidental. Un encuentro de una elevada vibración espiritual y profundo compromiso cívico. Entonces y ahora, en México, fui rejuvenecido por la amistad y la hospitalidad y el humor de los anfitriones, por la energía y la jovialidad latina, la fidelidad a los altos valores del humanismo. Y el año pasado, en el centenario de Octavio Paz, pude convencerme de nuevo de la preocupación de la nación mexicana —tantas veces puesta a prueba por agresiones de todo tipo en contra de la paz y el progreso del país— por la cultura y la educación de la nueva generación, reflejada también por la edición amplia y gratuita para alumnos con ocasión de este evento internacional.

Mis libros tratan, espero, el enfrentamiento entre la individualidad y la agresión de la Historia, la fe en la belleza, el bien y la verdad de la creación, la estimulante simbiosis entre Atenas y Jerusalén en el pensamiento europeo, la herencia activa de la literatura centroeuropea en la construcción de la modernidad. Son premisas importantes para mi biografía y mi bibliografía.

México, aunque geográficamente lejano del enclave de mi evolución, es un vecino espiritual cercano a mi corazón. El hecho de que su país dedique inteligencia y tesón a los ideales humanistas en la perpetuación de la cultura es un hondo motivo de admiración.

Estoy profundamente agradecido y doy las gracias por el honor que con tanta emoción y alegría tuve aquí entre ustedes.

viernes, 18 de noviembre de 2016

La zarpa

"Las Viejas o El Tiempo" (1810-1812) de Francisco de Goya. Óleo sobre lienzo. 181 x 125 cm. Palais des Beaux-Arts de Lille. Lille, Francia.

De José Emilio Pacheco (1939-2014). Escritor mexicano.
Tomado del libro "El principio del placer".

Padre, las cosas que habrá oído en el confesionario y aquí en la sacristía… Claro, usted es joven, es hombre y le será difícil entenderme. De verdad, créame, no sabe cuánto me apena quitarle el tiempo con mis problemas, pero a quién si no a usted puedo confiarme ¿verdad?

No sé cómo empezar. Es decir, ¿cómo se llama el pecado de alegrarse del mal ajeno? Todos lo cometemos ¿no es cierto? Fíjese usted cuando hay un accidente, un crimen, un incendio, la alegría que sienten los demás al ver que no fue para ellos alguna de las desdichas que hay en el mundo…
Bueno, verá, usted no es de aquí, Padre; usted no conoció a México cuando era una ciudad chica, preciosa, muy cómoda, no la monstruosidad tan terrible de ahora. Entonces una nacía y moría en la misma colonia sin cambiarse nunca de barrio. Una era de San Rafael, de Santa María, de la Roma. Había cosas que ya jamás habrá…

Perdone, le estoy quitando el tiempo. Es que no tengo con quién hablar y cuando hablo… Ay, Padre, si supiera, qué pena, nunca me había atrevido a contarle esto a nadie, ni a usted; pero ya estoy aquí y después me sentiré más tranquila.

Mire, Rosalba y yo nacimos en edificios de la misma cuadra y con pocos meses de diferencia. Nuestras madres eran muy amigas. Nos llevaban juntas a la Alameda, juntas nos enseñaron a hablar y a caminar… Mi primer recuerdo de Rosalba es de cuando entramos en la escuela de parvulitos. Desde entonces ella fue la más linda, la más graciosa, la más inteligente. Le caía bien a todos, era buena con todos. En primaria y secundaria lo mismo: la mejor alumna, la que llevaba la bandera, la que salía bailando, actuando o recitando en todos los festivales de la escuela. Y no le costaba trabajo estudiar, le bastaba oír una vez algo para aprendérselo de memoria.

Ay Padre ¿por qué las cosas estarán tan mal repartidas?, por qué a Rosalba le tocó todo lo bueno y a mí todo lo malo? Fea, bruta, gorda, pesada, antipática, grosera, malgeniosa, en fin…

Ya se imaginará usted lo que nos pasó al entrar en la Preparatoria cuando casi ninguna llegaba hasta esos estudios. Todos querían ser novios de Rosalba; a mí ni quién me echara un lazo, nadie se iba a fijar en la amiga fea de la muchacha guapa.

En un periodiquito estudiantil publicaron –sin firma, pero yo sé quién fue y no se lo voy a perdonar nunca aunque ahora sea muy famoso y muy importante–: “Dicen las malas lenguas de la Prepa que Rosalba anda por todas partes con Zenobia para que el contraste haga resplandecer aún más su belleza extraordinaria, única, incomparable”.

Qué injusticia ¿no cree? Nadie escoge su cara y si una nace fea por fuera la gente se la arregla para que también se vaya haciendo fea por dentro.

A los quince años, Padre, ya estaba amargada, odiaba a mi mejor amiga y no podía demostrarlo porque ella era siempre amable, buena, cariñosa, y cuando me quejaba de mi fealdad me decía: “Pero qué tonta, cómo puedes creerte fea con esos ojos y esa sonrisa tan bonita que tienes”.

Era sólo la juventud, Padre. A esa edad no hay nadie que no tenga una gracia. Mi mamá se había dado cuenta desde mucho antes y trataba de consolarme diciendo cuánto sufren las mujeres hermosas y qué fácilmente se pierden…

Aún no terminábamos la prepa – yo quería estudiar leyes; ser abogada, aunque entonces daba risa que una mujer anduviera metida en trabajos de hombre – cuando Rosalba se casó con un muchacho bien de la colonia Juárez al que había conocido en una kermés.

Mientras ella se fue a vivir a la avenida Chapultepec en una casa preciosa que hace tiempo tiraron, yo me quedé arrumbada en el mismo departamento donde nací, en las calles de Pino. Para entonces mi mamá ya había muerto, mi padre estaba ciego por sus vicios de juventud y mi hermano era un borracho que tocaba la guitarra, hacía canciones y quería ser rico y famoso como Agustín Lara…

Tanta ilusión que tuve y ya ve, me vi obligada a trabajar desde muy chica, en “El Palacio de Hierro” primero y luego de secretaria en Hacienda y Crédito Público, cuando murió mi padre y al poco tiempo mataron a mi hermano en un pleito de cantina…

Rosalba, claro, me invitó a su casa pero nunca fui. Pasó mucho tiempo y un día llegó a la sección de ropa íntima donde yo trabajaba y me saludó como si nada, como si no hubiéramos dejado de vernos, y me presentó a su nuevo esposo, un extranjero que apenas entendía el español.

Estaba, aunque no lo crea, más linda y elegante, en plenitud como suele decirse. Me sentí tan mal, Padre, que me hubiese gustado verla caer muerta a mis pies. Y lo peor, lo más doloroso, era que Rosalba seguía tan amable, tan sencilla de trato como siempre.

Le dije que la visitaría en su nueva casa, ahora en Las Lomas. No lo hice nunca. Por las noches rogaba a Dios no volver a encontrármela. Todas nuestras amigas se habían casado y comenzaban a irse de Santa María. Las que se quedaron ya estaban gordas, llenas de hijos, con maridos que les gritaban y les pegaban y se iban de juerga con mujeres de ésas.

Para vivir así, Padre, mejor no casarse. Y no me casé aunque oportunidades no me faltaron, pues para todo hay gustos y siempre por más amolados que estemos viene alguien a nuestra espalda recogiendo lo que tiramos ¿verdad?

Se fueron los años y ya sería época de Alemán o Ruiz Cortines cuando una noche en que estaba esperando mi camión en el centro y llovía a mares la vi en su gran automóvil, con chofer de uniforme y toda la cosa. Hubo un alto, Rosalba me descubrió entre la gente y me invitó a subir.
Rosalba se había casado por cuarta vez, aunque parezca increíble, y a pesar de tanto tiempo, gracias a sus esmeros, seguía siendo la misma: su cara fresca de muchacha, sus ojos verdes, sus hoyuelos, sus dientes perfectos…

Me reclamó que no la buscara nunca, aunque ella me mandaba cada año tarjetas de Navidad, y me dijo que el próximo domingo no me escapaba, mandaría por mí al chofer para llevarme a almorzar a su casa.

Cuando llegamos, por cortesía la invité a pasar. Y aceptó, Padre, imagínese, aceptó. Ya se figurará la pena que me dio mostrarle mi departamento a ella que vivía entre tantos lujos y comodidades. Por limpio y arreglado que lo tuviera aquello seguía siendo el cuchitril que conoció Rosalba cuando andaba también de pobretona. Todo tan viejo y miserable que me dieron ganas de llorar de humillación, celos y rabia.

Rosalba se puso triste. Hicimos recuerdos de cuando éramos niñas. Por eso, Padre, y fíjese en quién se lo dice, no debiéramos envidiar a nadie, porque nadie se escapa de algo, de cualquier cosa mala. Rosalba no podía tener hijos y los hombres la ilusionaban un ratito para luego decepcionarla y hacerla buscar otro nuevo. Imagínese, tantos y tantos que la rodeaban, que la asediaron siempre, lo mismo en Santa María que en esos lugares ricos y elegantes que conoció después…

Bueno, se quedó poco tiempo; iba a una fiesta y tenía que vestirse. El domingo se presentó el chofer. Lo espié por la ventana y no le abrí. Qué iba a hacer yo, la fea, la quedada, la solterona, la empleadilla, en ese ambiente de riqueza. Para qué exponerme a ser comparada otra vez con Rosalba. No seré nadie pero tengo mi orgullo, Padre.

Ay, ese encuentro se me grabó en el alma. No podía ir yo al cine, ver la televisión, hojear revistas porque siempre veía mujeres hermosas con los mismos rasgos de Rosalba. Así, cuando en mi trabajo me tocaba atender a una muchacha que se le pareciera en algo, la trataba mal, le inventaba dificultades, buscaba formas de humillarla delante de los otros empleados para sentir que me vengaba de Rosalba.

Usted me preguntará, Padre, qué me hizo Rosalba. Nada, lo que se llama nada. Eso era lo peor y lo que más furia me daba. Es decir, siempre fue buena y cariñosa conmigo; pero me hundió, me arruinó la vida, sólo por ser, por existir, tan bonita, tan rica, tan todo…

Yo sé lo que es estar en el infierno, Padre. Y sin embargo no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague. Eso último que le conté, ese encuentro, pasó hace veinte años o más, no puedo acordarme…

Pero hoy, Padre, esta mañana, la vi en la esquina de Madero y Palma, de lejos primero, luego muy de cerca. No puede imaginarse, Padre: ese cuerpo maravilloso, esa cara, esas piernas, esos ojos, ese pelo color caoba, se perdieron para siempre en un barril de manteca, bolsas, arrugas, papadas, manchas, várices, canas, maquillajes, colorete, rímel, pestañas postizas…

Me apresuré a besarla y abrazarla, Padre. Se había acabado ya todo lo que nos separó. No importaba lo de antes y ya nunca más seríamos una la fea y otra la bonita. Ahora por fin Rosalba y yo somos iguales. Ahora la vejez nos ha hecho iguales.

jueves, 17 de noviembre de 2016

El jardín del Emperador

Considerada poeta imaginista, le concedieron póstumamente el Premio Pulitzer.

Amy Lowell (1874-1925).
Poeta estadounidense.

Una vez, en el sofocante calor de pleno verano,
un Emperador hizo que las montañas en miniatura de su jardín
fueran cubiertas con seda blanca,
así coronadas,
parecían refrescar sus ojos
con el resplandor de la nieve.

De "El jardín de Sevenels".
Traducción de Marta Porpetta.
Torremozas, Madrid 2007.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

La última cena



La última cena

El conde me ha invitado a su castillo. Naturalmente yo llevaré la bebida

Ángel García Galiano (1961). Escritor español.
@angelgaliano

martes, 8 de noviembre de 2016

El celular

Ernesto Cardenal es, desde el 2010, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.


Ernesto Cardenal (1925).
Poeta nicaragüense.

Hablas en tu celular
y hablas y hablas
y ríes en tu celular
sin saber cómo se hizo
y menos cómo funciona
pero qué importa eso
            lo grave es que no sabes
             como yo tampoco sabía
             que muchos mueren en el Congo
                    miles y miles
                     por ese celular
                     mueren en el Congo
en sus montañas hay coltán
                    (además de oro y diamantes)
usado para los condensadores
de los teléfonos celulares
                    por el control de los minerales
                     corporaciones multinacionales
                     hacen esa guerra inacabable
                     5 millones de muertos en 15 años
y no quieren que se sepa
                           país de inmensa riqueza
                             con población pobrísima
80% de las reservas mundiales
del coltán están en el Congo
yace el coltán desde hace años
tres mil millones de años
            Nokia, Motorola, Compak, Sony
                    compran el coltán
            también el Pentágono y también
             la corporación del New York Times
y no quieren que se sepa
ni quieren que se pare la guerra
para seguir agarrando el coltán
niños de 7 a 10 años extraen el coltán
                    porque sus pequeños cuerpos
                     caben en los pequeños huecos
            por 25 centavos al día
y mueren montones de niños
por el polvo del coltán
o martillando la piedra
que les cae encima
                    también The New Yor Times
             que no quiere que se sepa
              y así es que no se sabe
             ese crimen organizado
             de multinacionales
                    la Biblia identifica
                      justicia y verdad
y el amor y la verdad
la importancia pues de la verdad
            que nos hará libres
también la verdad del coltán
coltán dentro de tu celular
en el que hablas y hablas
                   
y ríes en tu celular.


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60 cosas que no sabías de Ernesto Cardenal

domingo, 6 de noviembre de 2016

La camisa del escritor



Fragmento del discurso de Fernando del Paso al recibir el Premio Cervantes.

La vida ha sido bastante cuata conmigo.

Hace mucho tiempo el joven poeta mexicano tabasqueño, José Carlos Becerra, obtuvo una beca Guggenheim y con ella se fue a Londres con el propósito de comprar un automóvil con el cual recorrer toda Europa. Una madrugada, camino a Bríndisi, en Italia, no se sabe qué sucedió: tal vez se quedó dormido al volante, el caso es que se desbarrancó y se mató. Yo llegué también con mi beca Guggenheim a Londres pocos meses después y me alojé en la casa del mismo amigo mutuo, Alberto Díaz Lastra, en donde él se había alojado. Allí, José Carlos olvidó una camisa que yo heredé. Desde entonces, cada vez que yo sentía pereza de escribir, desánimo o escepticismo, me ponía la camisa y comenzaba a trabajar. Consideré que yo tenía un deber hacia aquellos artistas, hombres y mujeres, cuya muerte prematura les impidió decir lo que tenían que decir. Por eso esa camisa tiene tanta importancia en mi vida. Depositarla en la Caja de las Letras no significa que no vuelva yo a escribir: la magnificencia e importancia del Premio de Literatura Española Cervantes, me obliga moralmente a hacerlo y así lo haré: me pondré la camisa, así sea metafóricamente, una y otra vez, hasta que se acabe (no la camisa sino mi vida).

jueves, 3 de noviembre de 2016

Katherine Mansfield

Katherine Mansfield (1888-1923). Escritora neozelandesa. 

Katherine Mansfield amaba la música y quiso dedicar su vida al cello; su padre no lo permitió. En cambio, si pasó gran parte de su tiempo escribiendo; sus cuentos son referente en el género y es considerada una de las mejores tejedoras de relatos en lengua inglesa. En septiembre de 2016, Gatopardo Ediciones publicó el libro del crítico literario italiano Pietro Citati titulado "La vida breve de Katherine Mansfield", quien enferma de tuberculosis murió a los 34 años. Luchó por su salud y escribió sobre el dolor físico en sus Diarios, de donde hemos tomado el siguiente fragmento: 

Bueno, Katherine, ¿qué entiendes por salud? ¿Y para qué la quieres?

Contestación: por salud entiendo la capacidad de vivir una vida completa, adulta, viva, activa, en estrecho contacto con lo que quiero, la tierra y sus maravillas: el mar, el sol. Todo lo que entendemos cuando decimos el mundo exterior. Quiero penetrar en él, ser parte de él, vivir en él, aprender de él, perder todo lo que es superficial y adquirido en mí, volverme un ser humano consciente y sincero. Al comprenderme a mí misma, quiero comprender a los demás. Quiero realizar todo lo que soy capaz de ser para poder ser (y aquí me he parado, he esperado inútilmente, una sola expresión dice lo que hay que decir) una hija del sol. Si uno habla del deseo de ayudar a los demás, de llevar una luz y otras aspiraciones semejantes, parece que uno mienta. Que baste esto. Ser una hija del sol.

Y luego quisiera trabajar. ¿En qué? Quisiera vivir de manera que me fuera posible trabajar con mis manos, mi corazón y mí cerebro. Quisiera tener un jardín, una casita, hierba, animales, libros, cuadros, música. Y de todo esto sacar lo que quiero escribir, expresar todas estas cosas. (Aunque tomara como personajes a cocheros de fiacre. Esto no importa.)

Pero la vida, la vida cálida, anhelante, viva, tener raíces en la vida, aprender, desear, saber, sentir, pensar, actuar. Nada que sea menos que esto es lo que quiero. A esto es a lo que tengo que tratar de llegar.

Estas páginas las he escrito para mí. Ahora voy a correr el riesgo de enviarlas a J... que haga lo que quiera con ellas. Así verá cuánto le quiero.

Y cuando digo: «tengo miedo», esta palabra no te tiene que inquietar, corazón mío. Todos tenemos miedo cuando estamos en casa del médico en una sala de espera. Sin embargo tenemos que pasar por ella, y en la sangre fría que consigue tener el que se queda reside toda la ayuda que nos podemos dar mutuamente...

Todo esto suena muy serio y arduo. Mas ahora que he luchado cuerpo a cuerpo con estos sentimientos ya no me parecen tal. Me siento feliz, en el fondo, muy en el fondo. Todo está bien.

·     ·     ·

Leer sus cuentos es la mejor forma de conocer su visión de la vida y su enorme legado a la literatura.  También sugerimos –aunque aún no lo hemos leído– el libro que mencionamos líneas arriba:




miércoles, 2 de noviembre de 2016

Canica



Por Addy Góngora Basterra.

Tu nombre se repite una y otra vez, golpe de martillo en mi pared. Te has venido atornillando cada día. Todos mis espacios se han impregnado de ti, olor que persigue y atrae. Por las mañanas, especialmente domingo o días festivos, el escándalo de saberte en mi vida me saca del sueño, en oleadas las sábanas me empujan de la cama, porque en tu cuerpo convergen mis mareas, todos los caminos me llevan a ti.

Y siempre, ante todo, está tu nombre como antídoto y guarida. Juego con él –perfecta canica–, lo voy rodando, rodando, lo veo de principio a fin, recorro su geografía y ahí va la caniquita haciendo ruido, seduciendo mi atención, motivando mi escritura. La acomodo en el dedo índice, con el dedo gordo la empujo y pium sale disparada, le pega a otras canicas y salen disparadas como al inicio de un juego de billar, siendo mi canica la que se impone entre las demás.

Cada noche es regocijo dormir cobijada a la sombra de tu nombre, ese que me llama a atravesar la ciudad, el que pronuncio en silencio de alcoba, sueño posible, verdad que es pan de cada día al despertar.

martes, 1 de noviembre de 2016

La calaca

"Adelita" de José Guadalupe Posada.
Hugo Gutiérrez Vega (1934-2015).
Poeta mexicano.

En la danza
el cordel, la gritería;
de azúcar es tu hueso
y en tu frente
la burla de la vida.
La carcajada reina en el mercado
con curvada alegría;
la flor de la casa de los muertos,
el duro cempasúchitl,
decora las cazuelas de la ofrenda;
las mujeres lloran embozadas
—en este sitio hay que ocultar las lágrimas,
sólo se admite el pálido sollozo,
el discreto aletear de las entrañas—
y el macho grita en su guitarra oscura
las coplas retadoras:
¿"en qué quedamos pelona,
me llevas o no me llevas"?
Los cerros inclinan la cabeza
y alguien dice en la noche creciente:
"viene la muerte cantando
detrás de la nopalera".
La luna de noviembre es un gran cráneo
y el país entero llora de risa.

lunes, 31 de octubre de 2016

The fantastic flying books of Mr. Morris Lessmore



Nuestro amor por libros e historias, nuestro gusto por leer y escribir, es lo que nos hace pensar que este cortometraje es de lo más bonito que hemos visto últimamente:


The fantastic flying books of Mr. Morris Lessmore

Ganó en el 2011 el Premio Oscar como mejor cortometraje animado. ¿Cómo puede ser que hayan pasado tantos años sin conocerlo? La vida tiene sus momentos y todo llega cuando tiene que llegar. El guión es de William Joyce, quien dirigió el corto acompañado de Brandon Oldenburg.

Compartimos unos minutos de hermosura para despedir octubre.

martes, 25 de octubre de 2016

Fuimos, pero hoy somos

De Angélica Balado. Compositora mexicana.

Fuimos-Simbióticos,
ensamblados,
encajados,
correspondientes

Pero---Afectados,
deseados,
envanecidos,
desobedientes

Hoy---Separados,
difuminados,
esparcidos,
dolientes

Somos-- Sobrevivientes.

Nacida en Tekax, Angélica Balado es cantante y compositora, sus canciones son un referente de la música contemporánea de Yucatán.  Es conductora del programa de radio "Cantares", el cual los invitamos a escuchar todos los jueves a las 16:00 por XHYUC 92.9 FM. Hoy les compartimos, de su autoría, estas líneas que no son canción; son ejercicio poético sin nexos ni preposiciones, una gema bella y extraña para quienes conocemos sus letras. Su última producción discográfica lleva el título de "Mestiza". 

sábado, 15 de octubre de 2016

#BobDylan #NobelPrize #OhSurprise



Por Addy Góngora Basterra | @letranias

Sargón, rey de Acad en la antigua Mesopotamia, tuvo una hija a la que llamó Enheduanna, quien escribió himnos, crónicas y poesía que además de estar plasmada en tablillas de arcilla —los sumerios habían inventado la escritura cuneiforme— estaba destinada a cantarse. Enheduanna es de los primeros nombres de mujer de los que se tienen registro y la primera persona escritora de la Historia. He pensado en ella las últimas horas recordando que en el origen de la lírica, estuvo la música. Por eso responder preguntas como ¿se merece Bob Dylan el Nobel de Literatura? ¿por qué se lo dan ahora y no se lo dieron antes? ¿cuáles son los criterios? van más allá de lo que quien esto escribe pueda argumentar y opinar. ¿Quién soy yo para decir si se lo merece o no?

Amo las canciones. Y si por algo me gustan, es por las letras, por lo que dicen acompañadas de buena música. Concha Buika y Joan Manuel Serrat son tan poetas como Ángel González y Cristina Peri Rossi. Me sé las letras de canciones de Adriana Calcanhotto, Chico Buarque, Angélica Balado y Armando Manzanero como ya quisiera saberme de memoria la poesía de Carilda Oliver Labra, José Luis Peixoto, Carmen Villoro y Luis García Montero por más que las leo y releo. ¿La memoria de cuántos de nosotros está entretejida con letras de canciones?

Hace unos años escribí un poema que me exigió algo diferente. Nunca había sentido ese impulso. Así que abracé mi guitarra y todavía no sé ni como esas palabras que estaban en tinta azul en una hoja en blanco, se volvieron música. Quizá fue el mismo impulso que en otro tiempo sintieron Enheduanna, los juglares medievales, Chabuca Granda y actualmente Natalia Lafourcade. Las canciones, a diferencia de la poesía, se comparten como en pocas ocasiones ocurre con los versos, a no ser por genios como Serrat que ha puesto a generaciones a cantar a Machado, “yo amo los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles, como pompas de jabón”… ¿cómo decirlo ahora sin cantarlo? Los poemas musicalizados son modo eficiente de echar a rodar de boca en boca la poesía: Federico García Lorca, Pablo Neruda y Jaime Sabines son ejemplo de ello. Las voces de Ana Belén, Pedro Guerra, Malena Durán y David Haro nos dan una manera diferente de apreciar la poesía, como también lo hizo Eugenia León con “Fuensanta” de Ramón López Velarde, o el trovador cubano Frank Delgado con exquisitas musicalizaciones de poemas de Renael González Batista. Incluso, el poeta argentino Oliverio Girondo hizo una versión discográfica de “En la Masmédula”, libro publicado en Buenos Aires en 1954. ¿Por qué lo hizo? Porque estaba convencido de que la poesía era también para escucharse, no solamente para leerse, rompiendo así con lo convencional.

Nos sorprende la noticia de Dylan porque quiebra el esquema al que estamos habituados, tal como está sucediendo en todos los ámbitos de la vida. Vivimos la era del desconcierto. Un Presidente propone que se firme la Paz y se vota para que no se apruebe. Que si el Brexit, que si Trump, que si marchas contra el amor, que si la corrupción, que le den a #BobDylan el #NobelPrize… #OhSurprise. El nombramiento de Dylan ha provocado disrupción, porque si bien hay muchos felices, a unos les hizo pensar que era una broma y a otros nos hizo perder el equilibrio y releer la noticia… “¿Es en serio”?, pensamos, porque el resultado ha sido un quiebre inesperado. ¿Cuántas veces las decisiones de otros nos dejan con el ojo cuadrado? La Academia Sueca, prestigiosa y seria, longeva y fidedigna, ha roto sus paradigmas para premiar a un juglar posmoderno. ¿Cual hubiera sido mi reacción si el Nobel se lo hubieran dado a Chico Buarque o Joaquín Sabina? Ambos, para mí, son tremendos poetas y ahora candidatos al Nobel de Literatura, cómo no. Les tengo amor del bueno, forman parte de mi vida cotidiana. Y no solamente eso: saben de literatura. Escriben en serio. ¿Qué sé de Bob Dylan? Nada. Lo único que recuerdo es una escena de la película “Dangerous minds” en la que Michelle Pfeiffer le enseña poesía a sus alumnos con la canción “ Hey, Mr. Tambourine Man, play a song for me”. No se me ha ocurrido escuchar sus canciones ni tampoco leer sus letras, quizá porque pertenezco a la generación de otros compositores que han marcado mi vida como Bob Dylan marcó la vida de algunas amigas. Ayer una de ellas me dijo por WhatsApp: “Este hombre canta desde mi preadolescencia… lo bailé, lo suspiré y me enamoré, quizá es testigo de mi primer beso, uf… buscaré sus letras, seguro me dará nostalgia y viviré su ritmo”.

En el 2014, cuando supe que el escritor francés Patrick Modiano había ganado el Premio Nobel —me era un total desconocido— publiqué un artículo en el que escribí: “Qué bien. Algo nuevo el día de hoy por conocer”. En ese texto también me preguntaba lo mismo que ahora, para qué sirve un Premio Nobel de Literatura y lo que ocurre en el común de los mortales cuando ese nombre se anuncia. No había leído a Patrick Modiano como tampoco había leído a Svetlana Aleksiévich, Alice Munro, Mo Yan, y para qué hacer la lista larga si al único que conocía de diez años para acá es a Mario Vargas Llosa. Aunque la polémica de Dylan está en el ambiente, la distinción que hace la academia sueca nos dice lo que ya sabemos: hay canciones que son poesía. Y eso, en estos tiempos, es un bien, algo digno de llevarse en la memoria.

Publicado en el Diario de Yucatán.

viernes, 14 de octubre de 2016

Ring ring

Víctor Roura (1955).
Escritor mexicano.

Acabo de marcar su número telefónico. No está o no contesta. Uno no sabe cuándo la gente va a estar disponible. Yo quisiera jamás contestar cuando me llaman, dejar que suene interminablemente el molesto sonido de su timbre. Dejar que suene, aunque la llamada se repita una y otra vez. Porque cuando quiero oír su voz, ella no está del otro lado del auricular. A veces, es cierto, nos hace falta una voz. A veces nos hace falta una palabra. Una maldita palabra. Y así estamos, esperándola. Llega algunas veces, tal vez, pero no de la boca de quien deseamos oírla. Cuando estamos inmersos en una persona, las demás permanecen como fantasmas: nos merodean, pero no nos hacen nada. Quizás, por lo mismo, dejamos pasar a alguien que pudo ser importante en nuestra vida. Cómo saberlo, cómo saberlo.

Tomado del libro "La música irremediablemente termina".

jueves, 13 de octubre de 2016

El oficio del poeta

Bob Dylan (Estados Unidos, 1941).

Despertar con la noticia de que Bob Dylan (Estados Unidos, 1941) es el Premio Nobel de Literatura 2016 ha sorprendido  a más de tres y la polémica is blowin´ in the wind.

Hoy compartimos este fragmento de "Orlando", novela de Virginia Woolf (1882 - 1941), publicada en 1928, para pensar lo que es el oficio del poeta, añadiendo la musicalidad que sitúa a Dylan como juglar de la posmodernidad, "por haber creado nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción estadounidense", como dijo la Academia Sueca.

"... porque si el oído es la antecámara del alma, la poesía puede corromper más seguramente que la lujuria o la pólvora. Por consiguiente, el oficio del poeta es el más elevado de todos, prosiguió. Sus palabras alcanzan donde los otros quedan cortos. Una simple canción de Shakespeare ha hecho más por los pobres y los malvados que todos los predicadores y filántropos de la tierra. No hay devoción, no hay tiempo, que se puedan considerar excesivos, cuando se trata de que el vehículo de nuestro mensaje desfigure un poco menos lo que lleva. Debemos modelar nuestras palabras hasta que se ajusten minuciosamente a los que pensamos. Los pensamientos son divinos, etc."

Traducción de Jorge Luis Borges.

lunes, 10 de octubre de 2016

Nacimiento

Imagen tomada de muyinteresante.es
Vicente Battista (1940).
Escritor argentino.

Los antropólogos de la Universidad de Duke, en los Estados Unidos, estiman que el hombre de Neanderthal, que habitó la tierra hace más de cuatrocientos mil años, poseía el don de la palabra. Esta novedad podría contestar una pregunta que hasta hoy no tenía respuesta.

Para encontrar esa respuesta habrá que retroceder hasta una tribu de Neanderthal, una noche en especial. Los hombres y mujeres están alrededor del fuego, buscan calor y celebran el fin de otra jornada. A la mañana de ese mismo día, los hombres habían partido de caza en busca de alimentos. Las mujeres, en tanto, cuidaban a sus críos. Ahora que el sol ya se fue, es tiempo de descanso y de contar las experiencias del día. Cada hombre dice cómo atrapó a la presa que perseguía. No sabe mentir.

Pero para uno de estos hombres la caza había sido un fracaso. Cuando llega su turno, no tiene proezas para contar. Entonces decide inventarlas. Miente una cacería imposible. Lo hace con tal perfección que transforma esa mentira en una historia bella y apasionante. Todos piden que la repita. Aquella noche, sin saberlo, ese anónimo hombre de Neanderthal acababa de inventar la literatura.

viernes, 7 de octubre de 2016

Miguel Hernández

"Satélite de ti, no hago otra cosa,
si no es una labor de recordarte".



Miguel Hernández. (1910-1942).
Poeta español.

Ser onda, oficio, niña, es de tu pelo,
nacida ya para el marero oficio;
ser graciosa y morena tu ejercicio
y tu virtud más ejemplar ser cielo.

¡Niña!, cuando tu pelo va de vuelo,
dando del viento claro un negro indicio,
enmienda de marfil y de artificio
ser de tu capilar borrasca anhelo.

No tienes más quehacer que ser hermosa,
ni tengo más festejo que mirarte,
alrededor girando de tu esfera.

Satélite de ti, no hago otra cosa,
si no es una labor de recordarte.
-¡Date presa de amor, mi carcelera!

martes, 4 de octubre de 2016

El Adivino

Frank Delgado. (Pinar del Río, 1960).
Del trovador cubano Frank Delgado es la canción que hoy comparto en la voz de Ivette Cepeda, también cubana.

¡Hermoso arreglo!

"Cuéntame...
qué hay detrás del estrecho
y los barcos maltrechos
por el vendaval,
dime si hay un país,
un matiz con un capital,
dime si ahí no cantan
canciones lejanas..."


lunes, 3 de octubre de 2016

El brasileño que se enamoró de Arabia


Malba Tahan es seudónimo del escritor brasileño Julio César de Mello y Souza.
Nació en Río de Janeiro en mayo de 1895 y murió en Recife el 18 de junio de 1974.
Siendo un niño, leyó "Las mil y una noches" y se enamoró de la cultura árabe.
Su personaje Beremiz Samir es un deleite por conocer en el libro "El hombre que calculaba", imprescindible para quienes sientan debilidad por las matemáticas. El cuento que compartimos forma parte de él y se llama...

El problema de los camellos


Hacía pocas horas que viajábamos sin detenemos cuando nos ocurrió una aventura digna de ser relatada, en la que mi compañero Beremiz, con gran talento, puso en práctica sus habilidades de eximio cultivador del Álgebra.

Cerca de un viejo albergue de caravanas medio abandonado, vimos tres que discutían acaloradamente junto a un hato de camellos.

Entre gritos e improperios, en plena discusión, braceando como posesos, se oían exclamaciones:

—¡Que no puede ser!
—¡Es un robo!
—¡Pues yo no estoy de acuerdo!

El inteligente Beremiz procuró informarse de lo que discutían:

—Somos hermanos, explicó el más viejo, y recibimos como herencia esos 35 camellos. Según la voluntad expresa de mi padre, me corresponde la mitad; a mi hermano Hamed Namir una tercera parte; y a Harim, el más joven, sólo la novena parte. No sabemos, sin embargo, cómo efectuar la partición y a cada reparto propuesto por uno de nosotros sigue la negativa de los otros dos. Ninguna de las particiones ensayadas hasta el momento nos ha ofrecido un resultado aceptable. Si la mitad de 35 es 17 y medio, si la tercera parte y también la novena de dicha cantidad tampoco son exactas ¿cómo proceder a tal partición?

—Muy sencillo, dijo Beremiz. Yo me comprometo a hacer con justicia ese reparto, mas antes permítanme que una a esos 35 camellos de la herencia este espléndido animal que nos trajo aquí en buena hora.

En este, punto intervine en la cuestión.

—¿Cómo voy a permitir semejante locura?¿Cómo vamos a seguir el viaje si nos quedamos sin el camello?

—No te preocupes, bagdalí, me dijo en voz baja Beremiz. Sé muy bien lo que estoy haciendo. Cédeme tu camello y verás a qué conclusión llegamos.

Y tal fue el tono de seguridad con que lo dijo que le entregué sin el menor titubeo mi bello jamal, que, inmediatamente, pasó a incrementar la cáfila que debía ser repartida entre los tres herederos.

—Amigos míos, dijo, voy a hacer la división justa y exacta de los camellos, que como ahora ven son 36.
Y volviéndose hacia el más viejo de los hermanos, habló así:

—Tendrías que recibir, amigo mío, la mitad de 35; esto es: 17 y medio. Pues bien. Recibirás la mitad de 36 y, por tanto, 18. Nada tienes que reclamar puesto que sales ganando con esta división.

Y dirigiéndose al segundo heredero, continuó:

—Y tú, Hamed, tendrías que recibir un tercio de 35, es decir 11 y poco más. Recibirás un tercio de 36; esto es, 12. No podrás protestar, pues también tú sales ganando en la división.

Y por fin dijo al más joven:
—Y tú, joven Harim Namur, según la última voluntad de tu padre, tendrías que recibir una novena parte de 35, o sea, 3 camellos y parte del otro. Sin embargo, te daré la novena parte de 36 o sea, 4. Tu ganancia será también notable y bien podrás agradecerme el resultado.

Y concluyó con la mayor seguridad:

—Por esta ventajosa división que a todos ha favorecido, corresponden 18 camellos al primero; 12 al segundo y 4 al tercero, lo que da un resultado (18 + 12 + 4) de 34 camellos. De los 36 camellos sobran por tanto dos. Uno, como saben, pertenece al bagdal, mi amigo y compañero; otro es justo que me corresponda, por haber resuelto a satisfacción de todos el complicado problema de la herencia.

—Eres inteligente, extranjero, exclamó el más viejo de los tres hermanos. Y aceptamos tu división con la seguridad de que fue hecha con justicia y equidad.

Y el astuto Beremiz tomó posesión de uno de los más bellos jamares del hato. Y me dijo, entregándome por la rienda el animal que me pertenecía:

—Ahora podrás, querido amigo, continuar el viaje en tu camello, manso y seguro. Tengo otro para mi especial servicio.

Y seguimos camino hacia Bagdad.