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jueves, 27 de agosto de 2015

El río de los sueños

De Gustavo Sainz (1940-2015).
Escritor mexicano.




Yo, por ejemplo, misántropo, hosco, jorobado, pudrible, inocuo exhibicionista, inmodesto, siempre desabrido o descortés o gris o tímido según lo torpe de la metáfora, a veces erotómano, y por si fuera poco, mexicano, duermo poco y mal desde hace muchos meses, en posiciones fetales, bajo gruesas cobijas, sábanas blancas o listadas, una manta eléctrica o al aire libre, según el clima, pero eso sí, ferozmente abrazado a mi esposa, a flote sobre el río de los sueños.


Tomado de "El libro de la imaginación". Fondo de Cultura Económica.

martes, 25 de agosto de 2015

Unas palabras de Rufino Tamayo

Pintura mexicana es la que se hace en México o la que se hace donde sea por mexicanos. Nuestro pueblo tiene bastante tradición artística para que en él surjan muchas tendencias artísticas. Es necesario que surjan. Yo, personalmente, seguiré con mi tendencia, porque estimo que la poesía es necesaria en la pintura, lo mismo que en la vida.

Rufino Tamayo

El Gimnasta. 1988.

lunes, 24 de agosto de 2015

La chancla de hule

Carmen Villoro (1958). Poeta mexicana.

La cubrirá la arena;
una oleada de mar la arrojará al abismo.
Mas, qué puedo yo hacer por esta chancla,
no tiene par, no es mía,
nada tiene que hacer en esta playa,
tampoco en otra parte encontrará su sitio.
Pero algo me detiene junto a ella.
Si hay hombres que se sienten seguros junto al mar,
si en la selva o el monte recuperan
la biología perdida
o el correr milenario de su sangre
se escucha nuevamente junto a un río,
hay otros que se sienten confortados,
nos sentimos,
por una llanta vieja o un paraguas.
Seres cuyo paisaje
de alcantarillas y de elevadores
nos da el sosiego que a otros
el halo de la luna les otorga.
Siento junto a esta chancla
lo que sentí otras veces
cuando al dejar la oscuridad del campo
su silencio,
el valle abierto,
la carretera larga como el tiempo,
la ciudad con sus luces
se presentó a mi amparo.
Nada menos humano
que un hule que no sirve
pero en ella se encuentra quizá todo:
la huella de unos pies,
la intimidad de un baño,
el olor de una toalla,
el miedo que a la muerte le tenemos.
“El hombre y sus objetos” he de pensar un rato;
a mis manos regresarán la pala y la cubeta
con las que hace treinta años cavé un foso
que el mar llenó de pronto,
la camiseta roja, la diadema,
el sombrero de paja en la silla de lona
donde quedó marcado para esfumarse pronto
la silueta húmeda de un cuerpo.

Y todo por la chancla
que alguien olvidó
sobre la arena.