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viernes, 29 de mayo de 2015

Amanda Arruti

Pintora española licenciada en Bellas Artes por la Universidad de Bilbao, Amanda Arruti radica en Mérida, Yucatán., desde enero del 2015. 

Las obras que a continuación presentamos son una muestra de su trabajo. Con respecto a las citas siguientes, son de Ester Prieto Ustio:

Mermaid I. Amanda Arruti.

Aparte de poseer un magnífico estudio de la anatomía femenina y un buen trazo dibujístico, las “sirenas” de Amanda destacan por la fuerza que adquiere su colorido, aplicado en soportes como la madera o el papel, permitiendo crear atmósferas envolventes que nos trasladan dentro del medio acuático, pudiendo sentir el chapoteo de las brazadas al nadar, la levedad del cuerpo o el frescor al sumergir la cabeza dentro del agua.


Mermaid IV. Amanda Arruti.

El género que más ha desarrollado y en el que más cómoda se encuentra es el retrato, ya que el rostro humano le tiene totalmente cautivada por toda la información que aporta sobre un individuo y la posibilidad que ofrece para descubrir sus sentimientos más profundos. Siguiendo con el concepto de los grandes retratistas de la historia, Amanda desarrolla una gran trabajo introspectivo, buscando en el interior del ser y confiriendo una gran carga expresiva a la mirada. 
Tiene como artistas de referencia a Lucian Freud y a Magdalena Lamri, ambos grandes expertos en este género pictórico y muy capaces de desvelar la vulnerabilidad del ser humano a través de su representación figurativa.

"Ray". Amanda Arruti.


Conoce más sobre Amanda Arruti y su producción en el siguiente enlace: 
publicado en Canal Patrimonio.

miércoles, 27 de mayo de 2015

Mi Buenos Aires querido




Por Addy Góngora Basterra.

Hace diez años estaba a pocas horas de llegar a vivir a Buenos Aires.

¿Cómo podía imaginar lo que me deparaba la estancia en esa ciudad fascinante? Es inolvidable aquel último sábado de mayo cuando vi, entre la neblina de la mañana, la ciudad por primera vez.

Estaba ansiosa por devorarme las calles que me engulleron en sus noches y cafés, vidrieras con libros, parques con lagos y jacarandas, música que aún me acompaña, copas y copas de vino. No conocía a nadie cuando llegué; no me esperaba ningún familiar ni amigos. La ciudad era un acertijo, virgen totalmente a mi memoria, sin referencias ni recuerdos. Salir a caminar era mi juego favorito.

Una década después me miro en fotografías de esos días y me pregunto: ¿quién eras? ¿quién eres? Estoy, en varias fotografías, con el suéter verde que me compré con dinero que me regaló, poco antes de dejar México, una amiga de mi madre. Eran 20 dólares; el suéter costó el equivalente a 17. Le he sacado todo el jugo y sigue manteniendo su verdor. Aún viaja conmigo a donde voy. Buenos Aires, buenos hilos, como buenos fueron también los que me tejió el destino para acercarme a personas entrañables. Llegué sin conocer a nadie, repito, pero con cuánto amor de tanta gente que ahí conocí volví -cuatro años después- a mi país.

De todas las personas que quise en Argentina, sólo he vuelto a reencontrarme con una: Marily. Casi cinco años después a habernos despedido nos encontramos, en octubre pasado, en el DF. Es increíble lo que se puede sentir cuando se vuelve a estar con alguien a quien se ha dejado de ver por meses o años: al encontrarme con ella, fue como si un lustro no hubiera pasado. Como si de pronto algo se hubiera pausado. Sólo porque la extraño, porque el calendario marca los días que transcurren, porque hemos cumplido años y sus nietas han crecido, sé que el tiempo ha pasado. La magia de la amistad dilata el tiempo de vivir.

Tengo un sueño recurrente: que regreso a Buenos Aires y no veo a mis amigos. No sé cuántas veces, en todo este tiempo, he despertado con la sensación de habérmelos perdido… y con el alivio de saber que no fue cierto, que no me los perdí, que he estado en Mérida, que cuando vaya, ahí estarán todos: Caty, Carol, Ariel, Lucca, Liliana, Marily, Luis Ángel, Ileana, Noé, Fernando, tal vez Mariela. Sé también que Celina y Rafael no estarán, tampoco Nesrin ni Alondra, Martha y Carlos Jaime, Sonia y Tomás. Me gusta pensar que Fê posiblemente irá.

Fê vive en São Paulo. La conocí en una cena a la que nos invitó un chico alemán que ella conoció en la Universidad y yo en la Biblioteca Nacional, ahí donde a Borges “Dios, con magnífica ironía, le concedió a la vez los libros y la noche”. El amiguito alemán se llamaba Bernhard. Lo nombro en pasado porque le perdí la pista. Era estudiante de Teología. Y pues sí, fue un intermediario divino porque gracias a él conocí a Fê. Siempre se lo agradeceré. Donde quiera que estés: Dankeshen. A los pocos minutos de conocerme, Bernhard me dijo que el fin de semana organizaría una cena con amigos y que si no tenía compromiso, estaba invitada. No le dije que sí, pero le di mi email y poco después me envío la invitación formal preguntándome cuál era mi comida favorita. No me acuerdo qué le respondí. Me gustan mucho tantas delicias. Lo que sí recuerdo es que durante días estuve pensando si ir o no ir, por más cordial que hubiera sido, no dejaba de ser un desconocido.

Finalmente llegó el viernes. Fui. Justo cuando estaba en el elevador, a pocos segundos de llegar a su puerta, sentí miedo. “¿Qué tal si es una trampa?, pensé ¿Qué clase de amigos tendrá? ¡A nadie le avisé a dónde iba, ni el nombre del susodicho, ni la dirección ni nada! “¿Cómo me van a encontrar?”, pensaba. Se me ocurrieron todas las calamidades que seguramente piensan los padres cuando los hijos salen.

Llegué a la puerta tratando de lucir una sonrisa despreocupada. Cuando Bernhard abrió, vi cómo una chica que estaba al fondo de la estancia alzó la cabeza buscando la mirada de quien estaba a punto de cruzar el umbral. Fernanda. Cuando la vi, cuando nos vimos, nos sentimos a salvo, porque en la mirada de Fê habita bondad y dulzura; quizá por eso es tan buena fotógrafa. Ambas habíamos pensado lo mismo justo antes de llegar. Me acerqué a ella y, por más que intento no logro recordar a nadie más. Sólo registro que de los presentes no había nacionalidad duplicada. Esa noche empezó nuestra amistad que hasta la fecha nos acompaña a pesar de no habernos vuelto a ver desde semana santa del dos mil nueve.

Cada amistad en Buenos Aires es una historia. Como cada historia es, también, cada lugar en el que viví. Las contaré. Me las narraré para salvarlas, para recuperar lo que los años van dejando atrás. Y de todas ellas, de todas las casas, la historia más increíble es la de la calle Olleros, cercana a la avenida Federico Lacroze y Cabildo.

La casa a la que llegué a vivir el sábado 28 de mayo del 2005. Diez años atrás.

martes, 26 de mayo de 2015

Celos

Anaïs Nin fotografiada por Carl van Vechten.

Tomado del diario de Anaïs Nin. 
Febrero de 1937.

"Todo el mundo tiene celos. Algunos lo admiten, otros no. Es una perversión tener celos del pasado porque el pasado está generalmente compuesto de cenizas. Pero en el artista el pasado sobrevive de otra forma, y comprendo a los que sienten celos del pasado de un artista. Se convierte en un monumento. Si se examina el pasado de la gente, en la mayor parte de los casos se encuentra un cementerio muy bien dispuesto, y una urna con ceniza. Pero si se examina el pasado de un artista se encuentran monumentos elevados a su perpetuidad, un libro, una estatua, una pintura, una sinfonía, un poema".

Clic aquí para otro fragmento.

lunes, 25 de mayo de 2015

El derecho a leer en voz alta

El siguiente fragmento pertenece al libro "Como una novela"
de Daniel Pennac, escritor francés nacido en Marruecos.


Yo le pregunto:
—¿Te leían historias en voz alta cuando eras pequeña?

Ella me contesta:
—Jamás. Mi padre viajaba con mucha frecuencia y mi madre estaba demasiado ocupada.

Yo le pregunto:
—Entonces, ¿de dónde te viene ese gusto por la lectura en voz alta?

Ella me contesta:
—De la escuela.

Contento de oír que alguien reconoce un mérito a la escuela, exclamo, lleno de alegría.
—¡Ah! ¿Lo ves?

Ella me dice:
—En absoluto. En la escuela nos prohibían la lectura en voz alta. La lectura silenciosa ya era el credo de la época. Directo del ojo al cerebro... pero, de vuelta en casa, lo releía todo en voz alta.

—¿Por qué?
—Para maravillarme. Las palabras pronunciadas comenzaban a existir fuera de mí, vivían realmente. Y, además, me parecía que era un acto de amor. Que era el amor mismo. Siempre he tenido la impresión de que el amor al libro pasa por el amor a secas. Acostaba a mis muñecas en mi cama, en mi sitio, y yo les leía. A veces me dormía a sus pies, sobre la alfombra.

¡Extraña desaparición la de la lectura en voz alta! ¿Qué habría pensado de esto
Dostoievski? ¿Y Flaubert? ¿Ya no tenemos derecho a meternos las palabras en la boca antes de clavárnoslas en la cabeza?¿Ya no hay oído? ¿Ya no hay música? ¿Ya no hay saliva? ¿Las palabras ya no tienen sabor? ¡Y qué más! (…) ¡Venid a soplar en nuestros libros! ¡Nuestras palabras necesitan cuerpos! ¡Nuestros libros necesitan vida!

(…)

El hombre que lee en viva voz se expone absolutamente a los ojos que lo escuchan. Si lee realmente, si pone en ello su saber controlando su placer, si su lectura es un acto de simpatía tanto para el auditorio como para el texto y su autor, si consigue hacer entender la necesidad de escribir despertando nuestras más oscuras necesidades de comprender, entonces los libros se abren de par en par, y la multitud de los que se creían excluidos de la lectura se precipita detrás de él.


Lee otro fragmento aquí.