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viernes, 27 de marzo de 2015

Ciento doce


Xavier Villaurrutia. Poeta mexicano.

(27 de marzo de 1903 - Diciembre de 1950).

Fragmento de Nocturno en que nada se oye.

"Y en el juego angustioso de un espejo frente a otro
cae mi voz
y mi voz que madura
y mi voz quemadura
y mi bosque madura
y mi voz quema dura
como el hielo de vidrio
como el grito de hielo
aquí en el caracol de la oreja
el latido de un mar en el que no sé nada
en el que no se nada"

viernes, 20 de marzo de 2015

La casa de Asterión

Teseo y el Minotauro
Mosaico romano conservado en el Museo del Bardo, en Túnez.

De Jorge Luis Borges.

Y la reina dio a luz un hijo que se llamó Asterión.
Apolodoro: Biblioteca, III,I

Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito)1 están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la Tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el Sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo; aunque mi modestia lo quiera.

El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro porque las noches y los días son largos.

Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos). Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya veras cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.

No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce (son infinitos) los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce (son infinitos) los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado Sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el Sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.

Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que, alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?

El Sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.

—¿Lo creerás, Ariadna? —dijo Teseo—. El minotauro apenas se defendió.

FIN

1. El original dice catorce, pero sobran motivos para inferir que en boca de Asterión, ese adjetivo numeral vale por infinitos.


domingo, 15 de marzo de 2015

La mirada prodigiosa del #StreetArt




Por Addy Góngora Basterra

¿Por qué hay quien, en una pared descascarada, puede ver a un jinete montado en un caballo de rodeo… o en el barandal de una escalera a una bailarina de ballet haciendo estiramientos? ¿Por qué unos ven algo que aparentemente es tan evidente y otros no vemos nada más que un muro desmoronándose y una barra de metal para apoyar la mano? Siempre pienso en lo anterior cuando veo alguna obra de Arte Urbano, la creatividad que conlleva y la forma en la que se apropia de espacios muertos para embellecerlos.

En México, el colectivo Lapiztola tiene su escenario en calles de Oaxaca. Una cosa es vandalismo y otra cosa es lo que hace éste grupo. Con graffiti y stencils han resignificado cualquier superficie posible de intervenirse artísticamente. Nos recuerdan que para la hermosura basta imaginar y saber combinar blanco y negro. En diferentes partes del mundo, quienes han enarbolado el #StreetArt como forma de expresión pública, son también poetas visuales: nos regalan metáforas. Pienso, por ejemplo, en el artista británico Banksy y su famoso stencil donde un globo —en forma de corazón— se le escapa a una niña. Ella estira la mano. No lo alcanza. Sólo observa como el globo se aleja. Yo también lo miro y pienso en el poema “Papalote” de la campechana Briceida Cuevas Cob: “El recuerdo / es un papalote./ Poco a poco lo sueltas,/ disfrutando su vuelo./ En lo más alto / se rompe el hilo de tu memoria / y te sientas a presenciar / cómo lo posee la distancia.” ¿Qué se le está yendo a esa niña cuando se le va el globo? ¿Qué se me va a mí y qué siento, a quién siento? ¿Qué se te va a ti, qué y a quién sientes? Cada quien tendrá una respuesta diferente y le atribuirá significado. Esa es la riqueza del arte y la delicia de volverlo urbano: vamos caminando o al volante cuando de pronto una imagen nos distrae y… nos hace pensar, reflexionar, recordar. Ahí, a media calle, en esquinas y rincones de ciudad, al aire libre, a nuestro alcance. Es cierto que no todos tenemos talento para ser artistas y crear en un tris tras una obra —como es el caso del Arte Urbano, que al ser ilegal debe realizarse rápido—, pero lo que sí es cierto es que todos tenemos emociones, somos susceptibles a las mareas del amor. Nos apasionamos y comprometemos, pero la vida con sus vueltas nos sorprende y descubrimos que nos han dejado de amar ¡ay! Digo esto porque es ¿gracias? al torbellino de la vida que no solamente “miramos” una obra: la sentimos. La vivimos. La adoptamos. “Dime cómo amas y te diré quién eres”, escribe Dominique Simonnett en el prólogo de su libro “La más bella historia del amor”. Uf. ¿Quién seré? ¿Quién serás? ¿Quiénes somos? Todo eso he pensado al ver a la niña observando el globo que se le ha ido de las manos.

¿Qué hay que tener tras los párpados para soñar imágenes, por qué unos ven lo que ven? ¿Por qué a unos se les ocurre y a otros no? ¿Dónde se obtiene ese aderezo de creatividad que unos llevan mágicamente en la mirada, logrando ver belleza donde aparentemente no hay nada? ¿Cómo se aprende a mirar distinto? ¿Basta con prestar atención a los detalles mezclando creatividad y talento? ¿Qué tuvo que ocurrir para que Joshua Allen Harris, por ejemplo, viera un oso polar o un perro en una bolsa de basura? Éste chico logra esculturas efímeras con bolsas atadas a las rejillas del metro en Nueva York. Como la falda de Marilyn Monroe, éstas se elevan al paso del tren con los vientos que provoca, formando figuras.

Paredes, papeles, objetos, todo está lleno de seres esperando surgir de la imaginación de alguien. Así como en las cuevas de Altamira los artistas del Paleolítico Superior usaron los relieves de las piedras para darle profundidad a los bisontes, así hoy, alrededor del mundo, hombres y mujeres aprovechan relieves sociales y políticos en fragmentos de ciudad para cambiar la perspectiva de una superficie pero, fundamentalmente, la perspectiva de nuestra humanidad.

@letranias

martes, 10 de marzo de 2015

Pero a todo se sonríe por ti



De Pedro Salinas. 
Poeta español.

¡Pastora de milagros!
¿Lo sobrenatural
nació quizá contigo?
Tu vida
maneja los prodigios
tan tuyamente como
el color de tus ojos,
o tu voz, o tu risa.
Y lo maravilloso
parece
tu costumbre, el quehacer
fácil de cada día.
Las sorpresas del mundo,
lanzadas desde lejos
sobre ti, como olas,
en mansa espuma blanca
a los pies se te quiebran,
dóciles, esperadas.
Lo imprevisto se quita,
al verte su antifaz
de noche o de misterio,
se rinde:
tú ya lo conocías.
Andando de tu mano,
¡qué fáciles las cimas!
Alto se está contigo,
tú me elevas, sin nada,
tan sólo con vivir
y dejar que te viva.
Tus pasos más sencillos
en ascensión acaban.
Y en altura se vive
sin sentir la fatiga
de haber subido. Tú
le quitas
al trabajo, al afán,
su gran color de pena.
Y en descensos alegres,
se sube, si tú guías,
la inmensa
cuesta arriba del mundo.
Cuando tu ser en proa,
-velocísimo viento-
atraviesa la vida,
se les cae a las ramas
de lo que deseamos
los esfuerzos que cuestan,
el precio de la dicha,
como las hojas secas,
y te alfombran el paso.
Y yo sé que quererte
es convertir los días,
las horas, en peligros,
en llamas. Pero a todo
se sonríe por ti.
Porque vas sorteando
nuestra vida entre azares
ardientes, entre muertes,
tan inocentemente,
tan fuera del pecado,
que nos parece un juego
con las cosas más puras.
Tan sencilla queriéndome,
que a veces se me olvida
que vivo de milagro
el amor fabuloso
que al cargar sobre ti
ingrávido se torna.
Y como lo redimes
de sangre, o de tormento,
por fuerza de tu pecho,
con corazón de magia,
se siente la ilusión
de que nada nos cuesta
nada.
Que el hecho más sencillo,
el primero y el último
del mundo, fue querernos.

Tomado del libro "Razón de amor", 1936.

sábado, 7 de marzo de 2015

Qué hemos hecho de nuestra patria

Discurso pronunciado por Fernando del Paso el sábado 7 de marzo de 2015 
al recibir el premio “Excelencia en las Letras José Emilio Pacheco” 
en la ceremonia de inauguración de la Feria Internacional de la Lectura Yucatán.


Su fulgor abstracto
“No amo mi patria.
es inasible.”

Así dice uno de los poemas más hermosos y valientes que conozco, su autor es José Emilio Pacheco. En seguida el poeta agrega:

“Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente, puertos, bosques, desiertos, fortalezas,
una ciudad deshecha, gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
y tres o cuatro ríos.”

En esta ocasión, en la que vengo aquí, a Mérida, a aceptar y recoger un premio literario que lleva tu nombre, José Emilio, quiero aprovecharla para decirte algunas cosas, a ti que fuiste mi amigo y mi colega durante tantos años y sobre todo que fuiste un gran poeta por mí admirado, mi querido vate.

Quiero decirte que yo también amé a tu manera a esa patria de los cuantos bosques y ríos y de la ciudad monstruosa que fue tu cuna y la mía.

Quiero decirte lo que tú ya sabes: que hoy también me duele hasta el alma que nuestra patria chica, nuestra patria suave, parece desmoronarse y volver a ser la patria mitotera, la patria revoltosa y salvaje de los libros de historia.

Quiero decirte que a los casi 80 años de edad me da pena aprender los nombres de los pueblos mexicanos que nunca aprendí en la escuela y que hoy me sé sólo cuando en ellos ocurre una tremenda injusticia; sólo cuando en ellos corre la sangre: Chenalhó, Ayotzinapa, Tlatlaya, Petaquillas…. ¡Qué pena, sí, qué vergüenza que sólo aprendamos su nombre cuando pasan a nuestra historia como pueblos bañados por la tragedia!

¡Qué pena también, que aprendamos cuando estamos viejos que los rarámuris o los triques mazatecas, son los nombres de pueblos mexicanos que nunca nos habían contado, y que sólo conocimos por la vez primera cuando fueron víctimas de un abuso o de un despojo por parte de compañías extranjeras o por parte de nuestras propias autoridades!

Parece mentira, José Emilio, que hayan pasado tantos años y todavía no hemos aprendido a no mancillar ese fulgor abstracto que alimentaba nuestra pasión por la patria.

¡Qué pena, sí, qué vergüenza!

Querido José Emilio: no me preguntes cómo pasa el tiempo; hace poco más de un año que te fuiste y no tuve oportunidad de hablar contigo de tantas cosas como hubiera querido. He sido un mal lector de tu obra y me arrepiento. Pero ahora estoy dispuesto a llenar este vacío con el recuerdo de tus palabras, de tu presencia y de tu lucidez. Nunca como hoy día me pregunto qué hicimos, José Emilio, de nuestra patria, a qué horas y cuándo se nos escapó de las manos esa patria dulce que tanto trabajo les costó a otros construir y sostener. ¡Ay, José Emilio! Sí, dime cuándo empezamos a olvidar que la patria no es una posesión de unos cuantos, que la patria pertenece a todos sus hijos por igual: no sólo a aquellos que la cantamos y que estamos muy orgullosos de hacerlo: también a aquellos que la sufren en silencio.

Tú mismo lo dijiste: los pobres, tarde o temprano ellos, en masa, heredarán la tierra. Tú nos invitaste a admirar su paciencia. Pero… ¿hasta cuando José Emilio, hasta cuando? Ese día no parece llegar nunca: el Apocalipsis, como tú dices, todavía tiene que dar paso a varios comerciales y el centauro y el unicornio no han resucitado aún.

Cuando me enteré que había sido honrado con el premio que lleva tu nombre, José Emilio, una andanada de recuerdos se me vino encima. Éramos muy jóvenes y teníamos toda la vida por delante y toda la patria también… ¿pero qué patria dime, la de nuestros padres, la de nuestros abuelos o la sola patria nuestra?

Éramos jóvenes, sí, y teníamos una enorme responsabilidad que cumplir: la de cuidar el patrimonio que habíamos heredado y cuya integridad se ha visto amenazada tantas veces. Dime, José Emilio: ¿cumplimos? Hoy que el país sufre de tanta corrupción y crimen, ¿basta con la denuncia pasiva? ¿basta con contar y cantar los hechos para hacer triunfar la justicia? ¿Es ético aceptar premios por nuestra obra y limitarnos a agradecerlos en público, como lo hago en estos momentos? No lo sé. Pero vale la pena plantear si nuestra posición sirve para algo.

“Algo se está quebrando en todas partes”, decías en uno de tus poemas. Algo, sí, mi corazón ante todo lo que sucede a nuestro alrededor, y se quiebran mis palabras, ¡Ay, José Emilio yo no sé para qué me meto en estos bretes, si bastaría acudir aquí y aceptar el premio! Pero no puedo quedarme callado ante tantas cosas que se nos han quebrado. ¿Qué se hizo del México post-68? ¿Qué proyecto de país tenemos ahora…? ¿Qué proyecto tienen quienes dicen gobernarlo? Me permito citarte una vez más, “conozco tu país —decía el gringo— pasé una noche en Tijuana /éstas son las palabras que me sé de tu idioma: /puta, ladrón, auxilio, me robaron”. ¿En qué se diferencian estas palabras de “político, autoridad, socorro, me extorsionaron”?

¡Ay, José Emilio!: ¿Qué hemos hecho de nuestra patria impecable y diamantina. Insisto José Emilio: no me preguntes cómo pasa el tiempo. Lo que te puedo y quiero decir ahora es que estoy viejo y enfermo, pero no he perdido la lucidez: sé quién soy, quién fuiste y sé lo que estoy haciendo y lo que estoy diciendo. Lo único que no sé es en qué país estoy viviendo. Pero conozco el olor de la corrupción; dime José Emilio: ¿A qué horas, cuándo, permitimos que México se corrompiera hasta los huesos? ¿A qué hora nuestro país se deshizo en nuestras manos para ser víctima del crimen organizado, el narcotráfico y la violencia?

¡Ay, José Emilio! ¿De qué nos sirve recoger aquí y allá premios y reconocimientos mientras nuestro país se desprestigia ante los ojos del mundo…. mientras México se mexicaniza para estar de acuerdo con sus películas y las más negras de sus leyendas?

¡Ay, José Emilio! ¿Qué vamos a hacer, qué se puede hacer con veintitrés mil desaparecidos en unos cuantos años? ¿O son veintitrés mil cuarenta y tres?

¡Ay, José Emilio! No sé qué más decirte. No sabes qué triste estoy. Acepto el premio que tiene tu nombre, porque sé que se me da de buena fe, no sin antes subrayar que lo más importante en la vida no es recibir galardones –aunque se merezcan- sino denunciar las injusticias que nos rodean.

Te hablo José Emilio, desde luego en español, la lengua que nos fue impuesta a sangre y fuego por los conquistadores, y que ahora es tan tuya y mía, como lo es de cualquier habitante de España misma, pero creo que también es una vergüenza que tengamos que vivir muchos años para enterarnos de la existencia de más de sesenta lenguas en nuestro territorio, por ejemplo el wixárica o kickapoo, cada vez que el grupo indígena que habla una de esas lenguas, sea víctima de un despojo, de un ultraje a la sacralidad de su territorio, o cuando el río o los ríos que lo sustentan se vean contaminados por una empresa minera o por la irresponsabilidad de las autoridades, o por la fracturación  salvaje en busca de petróleo o gas shale que amenaza con consumir millones de litros de sus reservas acuáticas.

No me queda José Emilio sino despedirme y para ello utilizaré la segunda lengua que se habla en esta hermosa ciudad anfitriona de Mérida, el maya:

Nib óolal José Emilio nib óolal ti’tuláakale’ex kexi’ kak ilikba’ex u láak juntéen le ken ktia’alinte’ex México  tuka’atéehe’

Gracias, José Emilio y gracias a todos ustedes, espero que nos encontremos una vez más cuando nuestro país sea de nuevo nuestro.

Y por si acaso mis palabras no hayan sido suficientemente explosivas, termino con una auténtica bomba: “En la esquina de un estanque/ había un sapo/ lo quise agarrar/ pero se me escapo.”

Gracias.

Fernando del Paso. 
Sábado 7 de marzo de 2015. 
Mérida, Yucatán.

viernes, 6 de marzo de 2015

Testigo

jueves, 5 de marzo de 2015

A secas

"A secas"

miércoles, 4 de marzo de 2015

Lo que miro

"Flor del desierto"

La silla del patio

martes, 3 de marzo de 2015

El cielo de mi-tu calle




El tiempo: adjetivo, verbo y sustantivo



Siempre creí que el tiempo era sólo un sustantivo, algo que designaba una realidad concreta o abstracta. Y de pronto, tras leer el siguiente cuento del libro “Historias de Cronopios y de Famas” de Julio Cortázar, toma una perspectiva sorprendente, ¡juguemos con ella!:

PREÁMBULO A LAS INSTRUCCIONES PARA DAR CUERDA AL RELOJ

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia a comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.


La idea de medir el tiempo es tal vez uno de los grandes consensos que tenemos los seres humanos, aunque el cómo y cuándo no sea exactamente el mismo.

Para unos vivimos en el año 2015; para otros en el 4713. En el calendario chino el año puede tener doce o trece meses y entre 353 y 385 días; para nosotros el año tiene doce meses y 365 o 366 días. Para los mayas el tiempo se cuenta en ciclos de trece meses de veinte días cada uno, haciendo 260 días un año. Así, unos vivimos en el d.C. cuando otros han vivido en el a.C.

¡Vaya perspectiva!

Aún en estas distintas concepciones el tiempo nos construye. Es a través de él que la vida tiene un comienzo y un final –para algunos la verdadera vida empieza después de la muerte y para otros más sólo reencarnamos– la dota de ciclos, etapas, momentos y secuelas a corto y largo plazo.

Si el concepto de tiempo nos construye en ¿qué nos convierte?

El sustantivo tiempo no es inocente, es una palabra a la que le hemos dado más propiedades de las que le “corresponden”. No es un sustantivo neutral que sólo se refiere a algo; define el principio y el fin de las cosas, lo que es pasado y lo que es presente; además tiene efectos sobre nosotros si actúa como “adjetivo” o como “verbo”.

Como adjetivo, el tiempo nos califica; nos hace viejos o jóvenes, también nos vuelve puntuales, irresponsables, inconformes, resignados y obsesivos. Además, es una manera de juzgar lo que hacemos señalando lo que es correcto y lo que es incorrecto –por ejemplo cuando algo sucede en el momento adecuado– dicta lo que es real porque es duradero y permanece, y lo que es banal porque es efímero.

Como verbo, nos pone en acción, ya que nos hace apresurar o retrasar decisiones a fin de cuidarlo –carpe diem– cuando tomamos conciencia de la vida y la muerte; nos hace comprar, ahorrar, asegurar, proyectar para proteger el futuro; cuando algo ocurre a destiempo nos hace detenernos y reflexionar; cuando sentimos que el tiempo se nos va, hacemos lo correcto estudiando, pagando, y a veces teniendo hijos.

El tiempo es tan relativo –¡el tiempo dirá!– como categórico –¡aquí y ahora!–; es tan cruel –¡se acabó tu tiempo!– como divertido –¡hay más tiempo que vida!– Pero ya sea como sustantivo, verbo o adjetivo, el tiempo nos configura a vivir en el momento adecuado con las tareas precisas y las acciones esperadas.

¡Ya ni decir del tiempo como adverbio! Pues entonces nos hará buscar inútilmente, soñar intensamente y tal vez amar desesperadamente.

¿Te has parado en la línea del meridiano de Greenwich jugando a estar en el pasado y en el presente o en el presente y el futuro, dependiendo de cómo lo quieras mirar?

@DoraAyora

REFERENCIA

Códices mexicanos disponibles en internet

El Instituto Nacional de Antropología e Historia celebra sus 75 años con un museo virtual que permite descargar los bellos y escasos códices aztecas, mayas y mixtecos.




Hasta el momento, han recibido más de treinta mil visitas y seis mil descargas de códices, el más exitoso entre ellos el Códice Boturini o Tira de la Peregrinación, uno de los más antiguos que se conservan, de época prehispánica, junto al Códice Colombino.
Los códices, la herramienta de los pueblos indígenas –principalmente aztecas, mayas y mixtecos– para preservar y transmitir conocimiento, elaborados con dibujos y letras sobre superficies vegetales o animales –papel del árbol amate o piel de venado, sobre todo– siguieron siendo después de la conquista fundamentales para dar a conocer la cosmovisión y las costumbres del mundo prehispánico, de ahí que la muestra se extienda hasta el siglo XVIII –época de la copia del Códice Florentino, cuyo original es del siglo XVI.

Lee + aquí.


Fuente: ABC.es



domingo, 1 de marzo de 2015

¡Se consolida Letranías como página de autor!



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