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sábado, 7 de marzo de 2015

Qué hemos hecho de nuestra patria

Discurso pronunciado por Fernando del Paso el sábado 7 de marzo de 2015 
al recibir el premio “Excelencia en las Letras José Emilio Pacheco” 
en la ceremonia de inauguración de la Feria Internacional de la Lectura Yucatán.


Su fulgor abstracto
“No amo mi patria.
es inasible.”

Así dice uno de los poemas más hermosos y valientes que conozco, su autor es José Emilio Pacheco. En seguida el poeta agrega:

“Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente, puertos, bosques, desiertos, fortalezas,
una ciudad deshecha, gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
y tres o cuatro ríos.”

En esta ocasión, en la que vengo aquí, a Mérida, a aceptar y recoger un premio literario que lleva tu nombre, José Emilio, quiero aprovecharla para decirte algunas cosas, a ti que fuiste mi amigo y mi colega durante tantos años y sobre todo que fuiste un gran poeta por mí admirado, mi querido vate.

Quiero decirte que yo también amé a tu manera a esa patria de los cuantos bosques y ríos y de la ciudad monstruosa que fue tu cuna y la mía.

Quiero decirte lo que tú ya sabes: que hoy también me duele hasta el alma que nuestra patria chica, nuestra patria suave, parece desmoronarse y volver a ser la patria mitotera, la patria revoltosa y salvaje de los libros de historia.

Quiero decirte que a los casi 80 años de edad me da pena aprender los nombres de los pueblos mexicanos que nunca aprendí en la escuela y que hoy me sé sólo cuando en ellos ocurre una tremenda injusticia; sólo cuando en ellos corre la sangre: Chenalhó, Ayotzinapa, Tlatlaya, Petaquillas…. ¡Qué pena, sí, qué vergüenza que sólo aprendamos su nombre cuando pasan a nuestra historia como pueblos bañados por la tragedia!

¡Qué pena también, que aprendamos cuando estamos viejos que los rarámuris o los triques mazatecas, son los nombres de pueblos mexicanos que nunca nos habían contado, y que sólo conocimos por la vez primera cuando fueron víctimas de un abuso o de un despojo por parte de compañías extranjeras o por parte de nuestras propias autoridades!

Parece mentira, José Emilio, que hayan pasado tantos años y todavía no hemos aprendido a no mancillar ese fulgor abstracto que alimentaba nuestra pasión por la patria.

¡Qué pena, sí, qué vergüenza!

Querido José Emilio: no me preguntes cómo pasa el tiempo; hace poco más de un año que te fuiste y no tuve oportunidad de hablar contigo de tantas cosas como hubiera querido. He sido un mal lector de tu obra y me arrepiento. Pero ahora estoy dispuesto a llenar este vacío con el recuerdo de tus palabras, de tu presencia y de tu lucidez. Nunca como hoy día me pregunto qué hicimos, José Emilio, de nuestra patria, a qué horas y cuándo se nos escapó de las manos esa patria dulce que tanto trabajo les costó a otros construir y sostener. ¡Ay, José Emilio! Sí, dime cuándo empezamos a olvidar que la patria no es una posesión de unos cuantos, que la patria pertenece a todos sus hijos por igual: no sólo a aquellos que la cantamos y que estamos muy orgullosos de hacerlo: también a aquellos que la sufren en silencio.

Tú mismo lo dijiste: los pobres, tarde o temprano ellos, en masa, heredarán la tierra. Tú nos invitaste a admirar su paciencia. Pero… ¿hasta cuando José Emilio, hasta cuando? Ese día no parece llegar nunca: el Apocalipsis, como tú dices, todavía tiene que dar paso a varios comerciales y el centauro y el unicornio no han resucitado aún.

Cuando me enteré que había sido honrado con el premio que lleva tu nombre, José Emilio, una andanada de recuerdos se me vino encima. Éramos muy jóvenes y teníamos toda la vida por delante y toda la patria también… ¿pero qué patria dime, la de nuestros padres, la de nuestros abuelos o la sola patria nuestra?

Éramos jóvenes, sí, y teníamos una enorme responsabilidad que cumplir: la de cuidar el patrimonio que habíamos heredado y cuya integridad se ha visto amenazada tantas veces. Dime, José Emilio: ¿cumplimos? Hoy que el país sufre de tanta corrupción y crimen, ¿basta con la denuncia pasiva? ¿basta con contar y cantar los hechos para hacer triunfar la justicia? ¿Es ético aceptar premios por nuestra obra y limitarnos a agradecerlos en público, como lo hago en estos momentos? No lo sé. Pero vale la pena plantear si nuestra posición sirve para algo.

“Algo se está quebrando en todas partes”, decías en uno de tus poemas. Algo, sí, mi corazón ante todo lo que sucede a nuestro alrededor, y se quiebran mis palabras, ¡Ay, José Emilio yo no sé para qué me meto en estos bretes, si bastaría acudir aquí y aceptar el premio! Pero no puedo quedarme callado ante tantas cosas que se nos han quebrado. ¿Qué se hizo del México post-68? ¿Qué proyecto de país tenemos ahora…? ¿Qué proyecto tienen quienes dicen gobernarlo? Me permito citarte una vez más, “conozco tu país —decía el gringo— pasé una noche en Tijuana /éstas son las palabras que me sé de tu idioma: /puta, ladrón, auxilio, me robaron”. ¿En qué se diferencian estas palabras de “político, autoridad, socorro, me extorsionaron”?

¡Ay, José Emilio!: ¿Qué hemos hecho de nuestra patria impecable y diamantina. Insisto José Emilio: no me preguntes cómo pasa el tiempo. Lo que te puedo y quiero decir ahora es que estoy viejo y enfermo, pero no he perdido la lucidez: sé quién soy, quién fuiste y sé lo que estoy haciendo y lo que estoy diciendo. Lo único que no sé es en qué país estoy viviendo. Pero conozco el olor de la corrupción; dime José Emilio: ¿A qué horas, cuándo, permitimos que México se corrompiera hasta los huesos? ¿A qué hora nuestro país se deshizo en nuestras manos para ser víctima del crimen organizado, el narcotráfico y la violencia?

¡Ay, José Emilio! ¿De qué nos sirve recoger aquí y allá premios y reconocimientos mientras nuestro país se desprestigia ante los ojos del mundo…. mientras México se mexicaniza para estar de acuerdo con sus películas y las más negras de sus leyendas?

¡Ay, José Emilio! ¿Qué vamos a hacer, qué se puede hacer con veintitrés mil desaparecidos en unos cuantos años? ¿O son veintitrés mil cuarenta y tres?

¡Ay, José Emilio! No sé qué más decirte. No sabes qué triste estoy. Acepto el premio que tiene tu nombre, porque sé que se me da de buena fe, no sin antes subrayar que lo más importante en la vida no es recibir galardones –aunque se merezcan- sino denunciar las injusticias que nos rodean.

Te hablo José Emilio, desde luego en español, la lengua que nos fue impuesta a sangre y fuego por los conquistadores, y que ahora es tan tuya y mía, como lo es de cualquier habitante de España misma, pero creo que también es una vergüenza que tengamos que vivir muchos años para enterarnos de la existencia de más de sesenta lenguas en nuestro territorio, por ejemplo el wixárica o kickapoo, cada vez que el grupo indígena que habla una de esas lenguas, sea víctima de un despojo, de un ultraje a la sacralidad de su territorio, o cuando el río o los ríos que lo sustentan se vean contaminados por una empresa minera o por la irresponsabilidad de las autoridades, o por la fracturación  salvaje en busca de petróleo o gas shale que amenaza con consumir millones de litros de sus reservas acuáticas.

No me queda José Emilio sino despedirme y para ello utilizaré la segunda lengua que se habla en esta hermosa ciudad anfitriona de Mérida, el maya:

Nib óolal José Emilio nib óolal ti’tuláakale’ex kexi’ kak ilikba’ex u láak juntéen le ken ktia’alinte’ex México  tuka’atéehe’

Gracias, José Emilio y gracias a todos ustedes, espero que nos encontremos una vez más cuando nuestro país sea de nuevo nuestro.

Y por si acaso mis palabras no hayan sido suficientemente explosivas, termino con una auténtica bomba: “En la esquina de un estanque/ había un sapo/ lo quise agarrar/ pero se me escapo.”

Gracias.

Fernando del Paso. 
Sábado 7 de marzo de 2015. 
Mérida, Yucatán.

viernes, 6 de marzo de 2015

Testigo

jueves, 5 de marzo de 2015

A secas

"A secas"

miércoles, 4 de marzo de 2015

Lo que miro

"Flor del desierto"

La silla del patio

martes, 3 de marzo de 2015

El cielo de mi-tu calle




El tiempo: adjetivo, verbo y sustantivo



Siempre creí que el tiempo era sólo un sustantivo, algo que designaba una realidad concreta o abstracta. Y de pronto, tras leer el siguiente cuento del libro “Historias de Cronopios y de Famas” de Julio Cortázar, toma una perspectiva sorprendente, ¡juguemos con ella!:

PREÁMBULO A LAS INSTRUCCIONES PARA DAR CUERDA AL RELOJ

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia a comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.


La idea de medir el tiempo es tal vez uno de los grandes consensos que tenemos los seres humanos, aunque el cómo y cuándo no sea exactamente el mismo.

Para unos vivimos en el año 2015; para otros en el 4713. En el calendario chino el año puede tener doce o trece meses y entre 353 y 385 días; para nosotros el año tiene doce meses y 365 o 366 días. Para los mayas el tiempo se cuenta en ciclos de trece meses de veinte días cada uno, haciendo 260 días un año. Así, unos vivimos en el d.C. cuando otros han vivido en el a.C.

¡Vaya perspectiva!

Aún en estas distintas concepciones el tiempo nos construye. Es a través de él que la vida tiene un comienzo y un final –para algunos la verdadera vida empieza después de la muerte y para otros más sólo reencarnamos– la dota de ciclos, etapas, momentos y secuelas a corto y largo plazo.

Si el concepto de tiempo nos construye en ¿qué nos convierte?

El sustantivo tiempo no es inocente, es una palabra a la que le hemos dado más propiedades de las que le “corresponden”. No es un sustantivo neutral que sólo se refiere a algo; define el principio y el fin de las cosas, lo que es pasado y lo que es presente; además tiene efectos sobre nosotros si actúa como “adjetivo” o como “verbo”.

Como adjetivo, el tiempo nos califica; nos hace viejos o jóvenes, también nos vuelve puntuales, irresponsables, inconformes, resignados y obsesivos. Además, es una manera de juzgar lo que hacemos señalando lo que es correcto y lo que es incorrecto –por ejemplo cuando algo sucede en el momento adecuado– dicta lo que es real porque es duradero y permanece, y lo que es banal porque es efímero.

Como verbo, nos pone en acción, ya que nos hace apresurar o retrasar decisiones a fin de cuidarlo –carpe diem– cuando tomamos conciencia de la vida y la muerte; nos hace comprar, ahorrar, asegurar, proyectar para proteger el futuro; cuando algo ocurre a destiempo nos hace detenernos y reflexionar; cuando sentimos que el tiempo se nos va, hacemos lo correcto estudiando, pagando, y a veces teniendo hijos.

El tiempo es tan relativo –¡el tiempo dirá!– como categórico –¡aquí y ahora!–; es tan cruel –¡se acabó tu tiempo!– como divertido –¡hay más tiempo que vida!– Pero ya sea como sustantivo, verbo o adjetivo, el tiempo nos configura a vivir en el momento adecuado con las tareas precisas y las acciones esperadas.

¡Ya ni decir del tiempo como adverbio! Pues entonces nos hará buscar inútilmente, soñar intensamente y tal vez amar desesperadamente.

¿Te has parado en la línea del meridiano de Greenwich jugando a estar en el pasado y en el presente o en el presente y el futuro, dependiendo de cómo lo quieras mirar?

@DoraAyora

REFERENCIA

Códices mexicanos disponibles en internet

El Instituto Nacional de Antropología e Historia celebra sus 75 años con un museo virtual que permite descargar los bellos y escasos códices aztecas, mayas y mixtecos.




Hasta el momento, han recibido más de treinta mil visitas y seis mil descargas de códices, el más exitoso entre ellos el Códice Boturini o Tira de la Peregrinación, uno de los más antiguos que se conservan, de época prehispánica, junto al Códice Colombino.
Los códices, la herramienta de los pueblos indígenas –principalmente aztecas, mayas y mixtecos– para preservar y transmitir conocimiento, elaborados con dibujos y letras sobre superficies vegetales o animales –papel del árbol amate o piel de venado, sobre todo– siguieron siendo después de la conquista fundamentales para dar a conocer la cosmovisión y las costumbres del mundo prehispánico, de ahí que la muestra se extienda hasta el siglo XVIII –época de la copia del Códice Florentino, cuyo original es del siglo XVI.

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Fuente: ABC.es



domingo, 1 de marzo de 2015

¡Se consolida Letranías como página de autor!



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