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lunes, 23 de noviembre de 2015

Percebes o lechugas o taburetes

Alguien a quien no le interesa leer es alguien a quien le trae sin cuidado saber por qué está en el mundo.


Por Javier Marías (1951). Escritor español. 
Publicado el 27 de marzo de 2015 en El País.



El titular no podía ser más triste para quienes pasamos ratos magníficos en esos establecimientos: “Cada día cierran dos librerías en España”. El reportaje de Winston Manrique incrementaba la desolación: en 2014 se abrieron 226, pero se cerraron 912, sobre todo de pequeño y mediano tamaño. Las ventas han descendido un 18% en tres años, pasándose de una facturación global de 870 millones a una de 707. La primera reacción, optimista por necesidad, es pensar que bueno, que quizá la gente compra los libros en las grandes superficies, o en formato electrónico, aunque aquí ya sabemos que los españoles son adictos a la piratería, es decir, al robo. Nadie que piratee contenidos culturales debería tener derecho a indignarse ni escandalizarse por el latrocinio a gran escala de políticos y empresarios. “¡Chorizos de mierda!”, exclaman muchos individuos al leer o ver las noticias, mientras con un dedo hacen clic para choricear su serie favorita, o una película, o una canción, o una novela. “Quiero leerla sin pagar un céntimo”, se dicen. O a veces ni eso: “Quiero tenerla, aunque no vaya a leerla; quiero tenerla sin soltar una perra: la cultura debería ser gratis”.

Pero el reportaje recordaba otro dato: el 55% no lee nunca o sólo a veces. Y un buen porcentaje de esa gente no buscaba pretextos (“Me falta tiempo”), sino que admitía con desparpajo: “No me gusta o no me interesa”. Alguien a quien no le gusta o no le interesa leer es alguien, por fuerza, a quien le trae sin cuidado saber por qué está en el mundo y por qué diablos hay mundo; por qué hay algo en vez de nada, que sería lo más lógico y sencillo; qué ha pasado en la tierra antes de que él llegara y qué puede pasar tras su desaparición; cómo es que él ha nacido mientras tantos otros no lo hicieron o se malograron antes de poder leer nada; por qué, si vive, ha de morir algún día; qué han creído los hombres que puede haber tras la muerte, si es que hay algo; cómo se formó el universo y por qué la raza humana ha perdurado pese a las guerras, hambrunas y plagas; por qué pensamos, por qué sentimos y somos capaces de analizar y describir esos sentimientos, en vez de limitarnos a experimentarlos.


A ese individuo no le provoca la menor curiosidad que exista el lenguaje y haya alcanzado una precisión y una sutileza tan extraordinarias como para poder nombrarlo todo, desde la pieza más minúscula de un instrumento hasta el más volátil estado de ánimo; tampoco que haya innumerables lenguas en lugar de una sola, común a todos, como sería también lo más lógico y sencillo; no le importa en absoluto la historia, es decir, por qué las cosas y los países son como son y no de otro modo; ni la ciencia, ni los descubrimientos, ni las exploraciones y la infinita variedad del planeta; no le interesa la geografía, ni siquiera saber dónde está cada continente; si es creyente, le trae al fresco enterarse de por qué cree en el dios en que cree, o por qué obedece determinadas leyes y mandamientos, y no otros distintos. Es un primitivo en todos los sentidos de la palabra: acepta estar en el mundo que le ha tocado en suerte como un animal –tipo gallina–, y pasar por la tierra como un leño, sin intentar comprender nada de nada. Come, juega y folla si puede, más o menos es todo.
Tal vez haya hoy muchas personas que crean que cualquier cosa la averiguarán en Internet, que ahí están los datos. Pero “ahí” están equivocados a menudo, y además sólo suele haber eso, datos someros y superficiales. Es en los libros donde los misterios se cuentan, se muestran, se explican en la medida de lo posible, donde uno los ve desarrollarse e iluminarse, se trate de un hallazgo científico, del curso de una batalla o de las especulaciones de las mentes más sabias. Es en ellos donde uno encuentra la prosa y el verso más elevados y perfeccionados, son ellos los que ayudan a comprender, o a vislumbrar lo incomprensible. Son los que permiten vivir lo que está sepultado por siglos, como La caída de Constantinopla 1453 del historiador Steven Runciman, que nos hace seguir con apasionamiento y zozobra unos hechos cuyo final ya conocemos y que además no nos conciernen. Y son los que nos dan a conocer no sólo lo que ha sucedido, sino también lo que no, que con frecuencia se nos aparece como más vívido y verdadero que lo acaecido. Al que no le gusta o interesa leer jamás le llegará la emoción de enfrascarse en El Conde de Montecristo o en Historia de dos ciudades, por mencionar dos obras que no serán las mejores, pero se cuentan entre las más absorbentes desde hace más de siglo y medio. Tampoco sabrá qué pensaron y dijeron Montaigne y Shakespeare, Platón y Proust, Eliot, Rilke y tantos otros. No sentirá ninguna curiosidad por tantos acontecimientos que la provocan en cuanto uno se entera de ellos, como los relatados por Simon Leys en Los náufragos del “Batavia”, allá en el lejanísimo 1629. De hecho ignora que casi todo resulta interesante y aun hipnotizante, cuando se sumerge uno en las páginas afortunadas. Es sorprendente –y también muy deprimente– que un 55% de nuestros compatriotas estén dispuestos a pasar por la vida como si fueran percebes; o quizá ni eso: una lechuga; o ni siquiera: un taburete.

sábado, 14 de noviembre de 2015

Sobre el Islam

Mezquita de Damasco. Siria.

Deseo que las personas con quienes he compartido mi amor y admiración por el Arte Islámico los últimos días en clase de Historia del Arte, recuerden lo que conversamos: los musulmanes son gente que ama, respeta al otro y procura la paz. Que el Islam es bondad, hermosura, fe, talento en arquitectura, poesía y caligrafía. Deseo que recuerden que la palabra “Califato” usada hace siglos, por ejemplo, para designar a los Omeyas de Damasco o Córdoba, es actualmente empleada por un grupo terrorista que se autoproclamó con ese nombre y que representa a un porcentaje mínimo de quienes creen en Alá. Es importante conocer, leer y no quedarnos con una visión occidental, porque el mundo es mucho más de lo que creemos, conocemos y consideramos como única verdad. Porque de otro modo, generalizar un estereotipo diría que todos los colombianos y mexicanos somos narcos y que todos los estadounidenses son drogadictos y asesinos en las escuelas. Por eso insisto e insistiré siempre en lo siguiente: el arte, la literatura, la poesía y la historia no son hobbie ni recreación, son faro que nos recuerda en donde está la orilla entre la confusión que vive el mundo. Como hoy.
Addy Góngora Basterra. 

La selva colorida

Fernando del Paso y Juan Villoro en la FIL Guadalajara.
Por Juan Villoro.
Publicado en Reforma.com

Conocí a Fernando del Paso cuando era diplomático en París y admiré que extendiera su estética a la ropa: traje de tres piezas, calcetines rojos y una corbata que parecía diseñada por Joan Miró. En materia de gastronomía también privilegiaba las mezclas audaces y lograba que no fueran contradictorias. Con la complicidad de Socorro, su compañera de vida, convirtió sus emociones en guisos y las registró en un libro destinado a recibir el redundante adjetivo de "sabroso": Douceur et passion de la cuisine mexicaine.

Un amigo que lo visitó en los años setenta, cuando trabajaba en la BBC de Londres, se sorprendió al verlo dibujar con las dos manos al mismo tiempo. Durante una pausa en las grabaciones, el escritor que sobrevivía como guionista llenó una página de plantas, túneles, sombreros de copa y seres imaginarios que transmitían una inconfundible felicidad.

La obra narrativa de Del Paso parece creada de ese modo: un tapiz concebido con nítido detalle y con la originalidad de quien, disponiendo del virtuosismo de la mano derecha, también se da el lujo de usar la izquierda.

Los méritos del dibujante se han colado a una copiosa narrativa que le debe mucho a los atributos visuales. Además, estamos ante un artista de la "larga duración". Como Thomas Mann, Del Paso no se contenta con echar un primer vistazo. Su método de trabajo recuerda al de los antiguos balleneros que zarpaban durante siete años y regresaban a puerto convertidos en otras personas. Fue el tiempo que le llevó escribir su primera novela, José Trigo. Ubicada en el barrio ferrocarrilero de Nonoalco, esta singular pieza narrativa tiene como protagonista absoluto al lenguaje. El autor que había velado sus primeras armas en Sonetos de lo diario demostró ser aún más poeta en prosa.

Fiel a su estrategia de entender el texto como un sitio al que se emigra, tardó doce años en publicar su siguiente novela, la excepcional Palinuro de México. Visión a un tiempo descarnada y humorística del país, metáfora del 68, lección de anatomía, viaje por las islas de la publicidad, indeleble estampa de la Plaza de Santo Domingo, esta obra inagotable es, ante todo, una enciclopedia viva del idioma. Como en José Trigo, el lenguaje se celebra a sí mismo, pero aquí lo hace con singular desmadre.

La erudición de Del Paso nunca ha dejado de estar al servicio de las tramas y los personajes. Para conocer la conducta de una flor es capaz de leer una biblioteca de botánica. Lo importante es que oculta sus lecturas y cultiva la planta entre sus páginas para que arroje su inconfundible aroma. Eso sí: jamás se conforma con una planta. Creador compulsivo, necesita una serie, un linaje, una genealogía. Su obra ha crecido como una selva tan exuberante, rítmica y colorida que parece regada por Carlos Pellicer.


El jueves 12 de noviembre de 2015, en el grupo de lectura "Puro Cuento" que coordina Addy Góngora Basterra, leímos un fragmento de la novela "Palinuro de México", porque esa es la mejor manera de celebrar el premio que en abril recibirá Del Paso en Alcalá de Henares.

En Palinuro de México diserta acerca del cuerpo humano con la destreza del alumno de medicina que memorizó el Testut y en Noticias del Imperio recrea los tiempos de Maximiliano de Habsburgo en el país donde creyó que era bienvenido. Ninguno de estos libros podría haberse escrito sin un complejo andamiaje de conocimientos, pero no los leemos como triunfos de la pedagogía sino como ilusiones de vida.

Es difícil que un prosista de aliento poético se resista al monólogo interior, donde la asociación libre de ideas se guía por la entonación y las emociones, sin atender a las exigencias de la anécdota. Noticias del Imperio es, ante todo, la voz de Carlota, la "loca de la casa", pariente lejana de Molly Bloom.

Después de tres titánicas novelas, Del Paso escribió una divertida pieza policiaca, Linda 67, y una crónica de excepcional generosidad: Memoria y olvido. Vida de Juan José Arreola. Dotado de un talento verbal inaudito, el autor de Confabulario hacía literatura instantánea que a veces quedaba en la mente de sus escuchas y otras se disipaba con el viento. Cautivo de la televisión, Arreola comenzó a pasar más tiempo ante las cámaras que ante la página. Su prodigiosa obra parecía agotada hasta que Del Paso entró en escena y pidió que le contara su azarosa vida. El resultado fue una obra maestra del testimonio.

Por lo que llevo dicho, resulta obvio que estamos ante un personaje de temple cervantino, al que le sobran motivos para convertir la más parda realidad en desaforada invención. Por si quedaran dudas, Del Paso dedicó un libro ejemplar al fundador de la literatura moderna: Viaje alrededor de El Quijote.

Con justicia poética, el inventor de selvas acaba de ser distinguido con el Premio Cervantes.

lunes, 9 de noviembre de 2015

En medio de la noche



De José Batlló (1939).

Poeta español.

En medio de la noche
te desvelas
y adivinas mi rostro dormido.
Apoyas tu boca sobre mi frente,
dejas, como al descuido,
tu mano sobre mi pecho,
hasta que nuestros latidos se acompasan. 

En medio de la noche, 
hostil y oscura, 
me guardas,
estremeciéndote a cada
movimiento que hago,
hasta que, femenina y desvalida,
te quedas soñando
como un ángel cansado.

Por la mañana
tengo una alegría que me vive
todo el día, que me asiste
todo el día, sin saber
a qué se debe,
por qué nace.

domingo, 8 de noviembre de 2015

Golpe

Las familias de las 3.200 víctimas entre muertos y desaparecidos que se atribuye a la etapa de mayor represión de la dictadura de Pinochet entre 1973 y 1978 han conmemorado así el 40º aniversario del golpe en el Parque por la Paz de Santiago. (IVAN ALVARADO/Reuters).

Mamá, dijo el niño, ¿qué es un golpe? Algo que duele muchísimo y deja amoratado el lugar donde te dio. El niño fue hasta la puerta de casa. Todo el país que le cupo en la mirada tenía un tinte violáceo.

Pía Barros (1956). 
Escritora chilena.