MAS RECIENTE

Dropdown Menu

viernes, 29 de mayo de 2015

Amanda Arruti

Pintora española licenciada en Bellas Artes por la Universidad de Bilbao, Amanda Arruti radica en Mérida, Yucatán., desde enero del 2015. 

Las obras que a continuación presentamos son una muestra de su trabajo. Con respecto a las citas siguientes, son de Ester Prieto Ustio:

Mermaid I. Amanda Arruti.

Aparte de poseer un magnífico estudio de la anatomía femenina y un buen trazo dibujístico, las “sirenas” de Amanda destacan por la fuerza que adquiere su colorido, aplicado en soportes como la madera o el papel, permitiendo crear atmósferas envolventes que nos trasladan dentro del medio acuático, pudiendo sentir el chapoteo de las brazadas al nadar, la levedad del cuerpo o el frescor al sumergir la cabeza dentro del agua.


Mermaid IV. Amanda Arruti.

El género que más ha desarrollado y en el que más cómoda se encuentra es el retrato, ya que el rostro humano le tiene totalmente cautivada por toda la información que aporta sobre un individuo y la posibilidad que ofrece para descubrir sus sentimientos más profundos. Siguiendo con el concepto de los grandes retratistas de la historia, Amanda desarrolla una gran trabajo introspectivo, buscando en el interior del ser y confiriendo una gran carga expresiva a la mirada. 
Tiene como artistas de referencia a Lucian Freud y a Magdalena Lamri, ambos grandes expertos en este género pictórico y muy capaces de desvelar la vulnerabilidad del ser humano a través de su representación figurativa.

"Ray". Amanda Arruti.


Conoce más sobre Amanda Arruti y su producción en el siguiente enlace: 
publicado en Canal Patrimonio.

miércoles, 27 de mayo de 2015

Mi Buenos Aires querido




Por Addy Góngora Basterra.

Hace diez años estaba a pocas horas de llegar a vivir a Buenos Aires.

¿Cómo podía imaginar lo que me deparaba la estancia en esa ciudad fascinante? Es inolvidable aquel último sábado de mayo cuando vi, entre la neblina de la mañana, la ciudad por primera vez.

Estaba ansiosa por devorarme las calles que me engulleron en sus noches y cafés, vidrieras con libros, parques con lagos y jacarandas, música que aún me acompaña, copas y copas de vino. No conocía a nadie cuando llegué; no me esperaba ningún familiar ni amigos. La ciudad era un acertijo, virgen totalmente a mi memoria, sin referencias ni recuerdos. Salir a caminar era mi juego favorito.

Una década después me miro en fotografías de esos días y me pregunto: ¿quién eras? ¿quién eres? Estoy, en varias fotografías, con el suéter verde que me compré con dinero que me regaló, poco antes de dejar México, una amiga de mi madre. Eran 20 dólares; el suéter costó el equivalente a 17. Le he sacado todo el jugo y sigue manteniendo su verdor. Aún viaja conmigo a donde voy. Buenos Aires, buenos hilos, como buenos fueron también los que me tejió el destino para acercarme a personas entrañables. Llegué sin conocer a nadie, repito, pero con cuánto amor de tanta gente que ahí conocí volví -cuatro años después- a mi país.

De todas las personas que quise en Argentina, sólo he vuelto a reencontrarme con una: Marily. Casi cinco años después a habernos despedido nos encontramos, en octubre pasado, en el DF. Es increíble lo que se puede sentir cuando se vuelve a estar con alguien a quien se ha dejado de ver por meses o años: al encontrarme con ella, fue como si un lustro no hubiera pasado. Como si de pronto algo se hubiera pausado. Sólo porque la extraño, porque el calendario marca los días que transcurren, porque hemos cumplido años y sus nietas han crecido, sé que el tiempo ha pasado. La magia de la amistad dilata el tiempo de vivir.

Tengo un sueño recurrente: que regreso a Buenos Aires y no veo a mis amigos. No sé cuántas veces, en todo este tiempo, he despertado con la sensación de habérmelos perdido… y con el alivio de saber que no fue cierto, que no me los perdí, que he estado en Mérida, que cuando vaya, ahí estarán todos: Caty, Carol, Ariel, Lucca, Liliana, Marily, Luis Ángel, Ileana, Noé, Fernando, tal vez Mariela. Sé también que Celina y Rafael no estarán, tampoco Nesrin ni Alondra, Martha y Carlos Jaime, Sonia y Tomás. Me gusta pensar que Fê posiblemente irá.

Fê vive en São Paulo. La conocí en una cena a la que nos invitó un chico alemán que ella conoció en la Universidad y yo en la Biblioteca Nacional, ahí donde a Borges “Dios, con magnífica ironía, le concedió a la vez los libros y la noche”. El amiguito alemán se llamaba Bernhard. Lo nombro en pasado porque le perdí la pista. Era estudiante de Teología. Y pues sí, fue un intermediario divino porque gracias a él conocí a Fê. Siempre se lo agradeceré. Donde quiera que estés: Dankeshen. A los pocos minutos de conocerme, Bernhard me dijo que el fin de semana organizaría una cena con amigos y que si no tenía compromiso, estaba invitada. No le dije que sí, pero le di mi email y poco después me envío la invitación formal preguntándome cuál era mi comida favorita. No me acuerdo qué le respondí. Me gustan mucho tantas delicias. Lo que sí recuerdo es que durante días estuve pensando si ir o no ir, por más cordial que hubiera sido, no dejaba de ser un desconocido.

Finalmente llegó el viernes. Fui. Justo cuando estaba en el elevador, a pocos segundos de llegar a su puerta, sentí miedo. “¿Qué tal si es una trampa?, pensé ¿Qué clase de amigos tendrá? ¡A nadie le avisé a dónde iba, ni el nombre del susodicho, ni la dirección ni nada! “¿Cómo me van a encontrar?”, pensaba. Se me ocurrieron todas las calamidades que seguramente piensan los padres cuando los hijos salen.

Llegué a la puerta tratando de lucir una sonrisa despreocupada. Cuando Bernhard abrió, vi cómo una chica que estaba al fondo de la estancia alzó la cabeza buscando la mirada de quien estaba a punto de cruzar el umbral. Fernanda. Cuando la vi, cuando nos vimos, nos sentimos a salvo, porque en la mirada de Fê habita bondad y dulzura; quizá por eso es tan buena fotógrafa. Ambas habíamos pensado lo mismo justo antes de llegar. Me acerqué a ella y, por más que intento no logro recordar a nadie más. Sólo registro que de los presentes no había nacionalidad duplicada. Esa noche empezó nuestra amistad que hasta la fecha nos acompaña a pesar de no habernos vuelto a ver desde semana santa del dos mil nueve.

Cada amistad en Buenos Aires es una historia. Como cada historia es, también, cada lugar en el que viví. Las contaré. Me las narraré para salvarlas, para recuperar lo que los años van dejando atrás. Y de todas ellas, de todas las casas, la historia más increíble es la de la calle Olleros, cercana a la avenida Federico Lacroze y Cabildo.

La casa a la que llegué a vivir el sábado 28 de mayo del 2005. Diez años atrás.

martes, 26 de mayo de 2015

Celos

Anaïs Nin fotografiada por Carl van Vechten.

Tomado del diario de Anaïs Nin. 
Febrero de 1937.

"Todo el mundo tiene celos. Algunos lo admiten, otros no. Es una perversión tener celos del pasado porque el pasado está generalmente compuesto de cenizas. Pero en el artista el pasado sobrevive de otra forma, y comprendo a los que sienten celos del pasado de un artista. Se convierte en un monumento. Si se examina el pasado de la gente, en la mayor parte de los casos se encuentra un cementerio muy bien dispuesto, y una urna con ceniza. Pero si se examina el pasado de un artista se encuentran monumentos elevados a su perpetuidad, un libro, una estatua, una pintura, una sinfonía, un poema".

Clic aquí para otro fragmento.

lunes, 25 de mayo de 2015

El derecho a leer en voz alta

El siguiente fragmento pertenece al libro "Como una novela"
de Daniel Pennac, escritor francés nacido en Marruecos.


Yo le pregunto:
—¿Te leían historias en voz alta cuando eras pequeña?

Ella me contesta:
—Jamás. Mi padre viajaba con mucha frecuencia y mi madre estaba demasiado ocupada.

Yo le pregunto:
—Entonces, ¿de dónde te viene ese gusto por la lectura en voz alta?

Ella me contesta:
—De la escuela.

Contento de oír que alguien reconoce un mérito a la escuela, exclamo, lleno de alegría.
—¡Ah! ¿Lo ves?

Ella me dice:
—En absoluto. En la escuela nos prohibían la lectura en voz alta. La lectura silenciosa ya era el credo de la época. Directo del ojo al cerebro... pero, de vuelta en casa, lo releía todo en voz alta.

—¿Por qué?
—Para maravillarme. Las palabras pronunciadas comenzaban a existir fuera de mí, vivían realmente. Y, además, me parecía que era un acto de amor. Que era el amor mismo. Siempre he tenido la impresión de que el amor al libro pasa por el amor a secas. Acostaba a mis muñecas en mi cama, en mi sitio, y yo les leía. A veces me dormía a sus pies, sobre la alfombra.

¡Extraña desaparición la de la lectura en voz alta! ¿Qué habría pensado de esto
Dostoievski? ¿Y Flaubert? ¿Ya no tenemos derecho a meternos las palabras en la boca antes de clavárnoslas en la cabeza?¿Ya no hay oído? ¿Ya no hay música? ¿Ya no hay saliva? ¿Las palabras ya no tienen sabor? ¡Y qué más! (…) ¡Venid a soplar en nuestros libros! ¡Nuestras palabras necesitan cuerpos! ¡Nuestros libros necesitan vida!

(…)

El hombre que lee en viva voz se expone absolutamente a los ojos que lo escuchan. Si lee realmente, si pone en ello su saber controlando su placer, si su lectura es un acto de simpatía tanto para el auditorio como para el texto y su autor, si consigue hacer entender la necesidad de escribir despertando nuestras más oscuras necesidades de comprender, entonces los libros se abren de par en par, y la multitud de los que se creían excluidos de la lectura se precipita detrás de él.


Lee otro fragmento aquí.

sábado, 23 de mayo de 2015

El paraíso recobrado en la lectura




Por Addy Góngora Basterra.
Publicado en el Diario de Yucatán.

Leer no es divertido. Pero qué bien la pasa uno. Digo esto pensando en la campaña en pro de la lectura donde veinte minutos al día se proponen con el slogan “Diviértete leyendo”. Cuando veo algo alusivo a lo anterior, no puedo evitar pensar en lo que es para mí ser lectora. Leer, en ocasiones, me resulta doloroso y triste: me confronta con la realidad. Pero también ha sido una herramienta para encarar la vida de una mejor manera. Por eso estoy en deuda con las personas que me han enseñado a leer. Con esto no me refiero solamente a conocer el abecedario. Me refiero a haber aprendido a disfrutar literatura, a gozarla tanto como para querer compartirla con otros; también me refiero a leer música, ese otro lenguaje del que estamos hechos. Relatos y sonidos, voces y mitos, inventos para explicar el concierto que es la vida entre tanto desconcierto.


Fernando del Paso

¿Cómo ha sido para mí leer a este magnífico autor? Lo resumo de la siguiente manera: desde hace varios años deseé la oportunidad de hablar con él. ¿Para qué? Para darle las gracias por Palinuro y Estefanía, por Maximiliano y Carlota, por todos sus personajes y párrafos inigualables. Había querido agradecerle su manera de contar la Historia y enseñarme con eso a saborear el lenguaje. En marzo pasado pude expresarle mi amor por su escritura. Le agradecí las palabras que me ha aportado, la extravagancia de sus corbatas y el chaleco con rombos y virtudes mágicas del primo Walter. Le dije: “Ventrílocuo de corazón, gracias por tantas páginas y por la elegancia en cada uno de tus trajes”.

Mili del Abecedario

Mili Alcocer: ¿cuántas mujeres sabemos leer porque nos lo enseñaste en primaria? Hay detalles que no recuerdo de mi infancia, pero sí recuerdo aquellos días en los que fui feliz aprendiendo a identificar palabras. Leer es descubrir la realidad de los sonidos: la inesperada virtud de la ignorancia al ser niño. Sin cerrar los ojos puedo verme —con seis años— en aquel salón de clase con sillas naranjas. Recuerdo las hojas rayadas donde tracé mis primeras letras. ¿Cómo puedo agradecerte, Mili, que me enseñaras lo que hoy enarbolo como elección de vida? Con el mayor sentimiento de gratitud que alguien pueda tener: gracias por enseñarme a escribir y leer.

Carmita del Piano

Carmita de Palma: ¿cuántas ventanas, cuántas rendijas colarán melodías que enseñaste al piano negro de cola en tu esquina de la colonia Buenavista? Maestra de música que aprendí a querer con trece años: mis manos tienen memoria. Algún hechizo especial habita las yemas que al contacto de las teclas, se acuerdan. Me enseñaste a leer partituras, a entenderlas, a descifrarlas con paciencia, nota por nota, primero una mano y luego la otra. Aprendí que sentir es algo que no se enseña, que se aprende con experiencias. Me dijiste que la música siempre fue tu compañera. No lo olvido. A tu lado, hombro con hombro, descifré a Chopin, una canción de Disney, Erik Satie y “The heart ask pleasure first”. Ahora, gracias a ti, puedo hacer sonar “Sueño de amor” de Liszt y “Milonga del Ángel” de Piazzolla. Gracias por compartirme lo más importante, tenías razón: la música nunca me ha dejado sola.


Paraíso recobrado

Los seres humanos estamos conformados por vivencias que tenemos con los otros. “Soy porque somos”, pregona la filosofía africana “Ubuntu”. Escribir y publicar, componer y hacer sonar, es algo parecido. Leer, aunque la mayoría de las veces sea un acto individual, es un fenómeno colectivo: nos refleja en episodios que quizá ya hemos perdido. Ese es su prodigio. Que nunca nos falten escritores y compositores que con partituras y libros nos salven del olvido. 

@letranias

jueves, 21 de mayo de 2015

La mirada exquisita de Gert Weilgelt

Recuerden ese nombre: Gert Weilgelt.

Así se llama el autor de las siguientes fotografías.
Si ya de por sí la danza es una invitación para admirar lo que un cuerpo en movimiento es capaz de hacer, estas imágenes nos proponen una forma diferente de admirarla en la quietud del instante.

Gert Weilgelt, al finalizar su carrera como bailarín, estudió fotografía y así ha mantenido cercanía con el mundo de la danza, sus amigos y los escenarios. Su mirada es exquisita, como lo refleja en la colección "Absolut Pina" sobre la inolvidable Pina Bausch, cuyas coreografías son algo parecido a la magia. 

Hay un breve comentario sobre ella publicado en otra entrada del blog. Pueden leerlo dando clic aquí, conocer algunos aspectos de su vida y ver el tráiler de la película "Pina" de Wim Wenders.

Pero hablábamos de Gert Weilgelt y sus fotografías, que felizmente aquí comparto. @letranias | AGB.







"Si pudiera decirte lo que se siente, 
no valdría la pena bailarlo".
Isadora Duncan

martes, 19 de mayo de 2015

A Rafael Alberti

"Barcos y peces"
Acuarela de Rafael Alberti (1902-1999). 

Poeta y pintor español.

De Joaquín Sabina. 

Si digo Rafael digo torero.
Si digo cal naufrago en tu bahía.
Cabello de ángel, gorro marinero.
Si digo barcos nombro tu poesía.

Si digo Alberti digo Garcilaso,
Federico, la casa de las flores,
“No pasarán”, Trastévere, Picasso.
Si digo Rafael digo Dolores.

Si digo luto digo que no quiero.
Si digo Juan me abrazo al Panadero
del pan azul de la melancolía.

Si digo octubre mato a tu asesino.
Si se va Rafael se muere el vino
del bar del Puerto de Santa María.

lunes, 18 de mayo de 2015

Mejor es levantarse

Fayad Jamís.
Poeta mexicano.
Mejor es levantarse

Si no puedes dormir levántate y navega.
Si aún no sabes morir sigue aprendiendo a amar.
La madrugada no cierra tu mundo: afuera hay estrellas,
hospitales, enormes maquinarias que no duermen.
Afuera están tu sopa, el almacén que nutre tus sentidos
el viento de tu ciudad. Levántate y enciende
las turbinas de tu alma, no te canses de caminar
por todas partes, anota las últimas inmundicias
que le quedaron a tu tierra, pues todo se transforma
y ya no tendrás ojos para el horror abolido.

Levántate y multiplica las ventanas, escupe en el rostro
de los incrédulos: para ellos todo verdor no es más que herrumbre.
Dispara tu lengua de vencedor, no sólo esperes la mesa tranquila
mientras en otros sitios del mundo chillan los asesinos.

Si no puede soñar golpea los baúles polvorientos.
Si aún no sabes vivir no enseñes a vivir en vano.
Tritura la realidad, rómpete los zapatos auscultando las calles,
no des limosnas. Levántate y ayuda al mundo a despertar.

Fayad Jamís. Poeta mexicano.

miércoles, 13 de mayo de 2015

Idilio

Idilio
Frederick Lord Leighton (1830-1896).
Pintor -y a veces escultor- británico. 

domingo, 10 de mayo de 2015

Comida: delicia de la vida




Huevos con chaya servidos en Flores Café.
(Calle 16 entre av. Colón y calle 23.
Col García Ginerés, Mérida) 



Por Addy Góngora Basterra.

La comida en mi familia es un ritual. Por esa misma razón, la cocina es mucho más que un laboratorio de delicias: es punto de reunión. Ahí nos encontramos y conversamos, nos reímos a carcajadas, nos contamos lo acontecido en la semana. Usamos mucho más la mesa de ahí que la del comedor. Han habido ocasiones en las que hay hasta doble fila de asientos. ¿Por qué elegimos quedarnos apretados en vez de ir al comedor, que está a un paso? Pues no lo sé, pero ahí nos gusta estar a todos. Si las lozas, las puertas de la alacena y el cuadro de alcatraces que Tere pintó hablaran, la de historias y anécdotas que contarían. Ese espacio ha sido testigo familiar por más de veinte años de antojos y dietas, amigos y fiestas, secretos y noticiones, olores y tentaciones.

Si bien comer me hace feliz, mucho más feliz me hace saber qué voy a comer. Cuando mis hermanas y yo estábamos en edad escolar, la primera pregunta que hacíamos al subirnos al coche era… “Mamá, ¿qué hay de comer?” Ahora, en diferentes momentos del día llamamos de nuestras oficinas para preguntarle qué cocinó… sólo por curiosidad, aún cuando no podamos ir. —¿Por qué se lo preguntamos? —me he cuestionado varias veces. Como respuesta, obtengo un recuerdo: de niñas, mi madre nos repetía constantemente un refrán cada vez que nos sentábamos a la mesa, más en son de juego que de regaño: “El que come y canta, loco se levanta”. ¿Cuántas veces habremos estado cantando con el plato enfrente, entre bocado y bocado? La respuesta se pierde en la niebla de los años, pero lo que no me es difícil intuir es que cantábamos de placer: desde pequeñas tenemos devoción por su comida.

Otra debilidad es cuando me invitan con anticipación a una fiesta y me dan un adelanto del menú. Todo el tiempo me la paso pensando “el sábado es cumpleaños de Chacatín y habrá tacos de mariscos”. La idea se me derrite en el antojo hasta el día del festejo y sueño con el camarón empanizado acostado en el taquito.

Algo similar me ocurrió la semana pasada. Quedé en reunirme con unas compañeras para hacer un trabajo en equipo. Una de ellas, Amanda, sugirió un lugar. —Vayamos a Café Flores —dijo. Venden unos chilaquiles deliciosos y es bonito el lugar—. Desde que oí “chilaquiles” en mi corazoncito brotaron trianguilitos de tortillas cronchi con salsa verde y queso en tiritas… chilaquiles… chilaquiles… me repetía una vocecita. Lo que imaginé fue superado por la realidad: exquisita comida, pero sobretodo hermoso lugar. Amanda tenía razón: me encantó Flores Café y no sólo por el buen sabor, sino por lo que hallé en la decoración: todo está rodeado de objetos poéticos, versos, arte. A pocas calles del Parque de las Américas está el pequeño oasis al que me refiero: buen café y buen gusto. Y cómo son las cosas: Diana, una chica que fue mi alumna, es quien decoró los espacios. El café es de su familia. Triple alegría: los platos, el sitio y que tras un lugar tan bello esté alguien que conozco. Lleva abierto unos meses, vale la pena conocerlo y apoyarlo: hay poesía escrita en las paredes, una máquina de escribir en un rincón, una maletita con hojas secas, objetos que podrían ser obsoletos han cobrado nueva vida, palabras escritas en el espejo del baño, croissants, café de olla, buena atención, árboles, piscina de agua quieta, un espacio poco habitual entre la avenida Colón y la calle 23 en la García Ginerés, sobre la calle 16. Quizá parte del encanto es que es una cocina familiar. Sobrina, tío, hija, hermana. Hay cosas que no tienen precio y que merecen procurarse, como lo es el calor de hogar en un pequeño restaurante.

Sabor. Saber. Dos debilidades que toman forma en palabras que me gusta vivir. Por eso disfruto tanto botanear y conversar, comer y leer, beber café y ser alumna. De diferente manera ambas palabras me nutren y —como en la cancioncita aquella de la Macarena—, le dan a mi cuerpo alegría y cosa buena… ¡ajay!

miércoles, 6 de mayo de 2015

El hábito de contar

Por Dora A. Ayora Talavera
Publicado en Quinientos25

Uno adquiere hábitos en la vida y no se da cuenta cómo ni cuándo ya los hizo suyos. Hábitos que no necesariamente tienen una utilidad práctica, pero los tenemos. Yo por ejemplo he desarrollado la habilidad de contar cosas. A veces como pasatiempo, por curiosidad y otras con fines netamente investigativos.

Cuento cosas donde quiera que vaya, mientras manejo por ejemplo, puedo contar “volchos amarillos” o camionetas del mismo color. Nunca había notado cuánta gente tiene un coche como el mío, hasta que los conté.

Cuando viajo, es un entretenimiento muy interesante averiguar cuántas filas tiene el avión o el camión, y cuántos vagones un tren. Cuántas maletas son de la misma marca que la mía y cuántas hay del mismo color.

En los edificios es increíble el número de ventanas que podemos encontrar, cuántas están cerradas y cuántas abiertas, las que tienen cortinas, las luces encendidas o adornos pegados que puedes disfrutar.

Al ir a un congreso puedes maravillarte de cuántas nacionalidades podemos coincidir en un mismo evento, de cuántos continentes venimos y cuántos idiomas distintos hablamos, además de la cuenta común sobre cuántos hombres y mujeres somos.

Las largas esperas en las salas son motivo perfecto para contar focos, lámparas, tipos de sillas y número de personas que transitan por esos pasillos y espacios. También para contar el número de palabras, letras repetidas que están en folletos y anuncios publicitarios que se encuentra dentro de mi campo visual, valga reconocer que últimamente le he notado un poco disminuido.

He contado cuántos miembros tiene el coro, la orquesta y los espectadores que coincidimos para escuchar la Novena Sinfonía Coral de Beethoven, así como el número de bailarinas que hay en el Lago de los Cisnes y el número de personas que van con abrigo de color al teatro.

En clase, mientras los estudiantes trabajan, cuento cuántos de ellos usan pantalón, short o falda de mezclilla y cuántos de estos son de otro tipo de tela. Contabilizo cuántos llevan chancletas, tenis y zapatos formales. Si predomina algún color de blusa o playera, cuántos son estampados y de color liso.

Aunque disfruto contar cosas, los buenos modales me indican que nunca debo contar cuántos tacos se come alguien o cuántas cervezas se toma, ¡eso es de muy mal gusto!

He hecho cuentas muy tristes, de cuando dices adiós y sabes que ese adiós lleva incrustado el tiempo… un año, doce meses, 52 semanas, 365 días, 8760 horas, 525600 minutos, y que multiplicado por 3, 4 o 5 se vuelven tu existencia.

También cuento cosas de la vida. Ya llevo 17 años contabilizando cada 15 de abril, la primera vez que mi hija Ana se paró sola en su cama. Contabilizo los años de mis cirugías, de mi uña perdida, de la piedra de mi riñón, de la muerte de mi padre y el accidente de mi madre; del cobro de mi primer cheque y por supuesto, del aniversario de mi camioneta.

Hace poco más de tres años empecé mi propia cuenta, así, solo porque quise, desde el 4 diciembre de 2011 cuento los días. Cada mañana en mi libreta de notas pongo la fecha y el número de día que es, llevo contabilizados 1248 días, puedo decir que son de felicidad, pues están llenos de una conciencia especial sobre mi vida, de mi alegría y deseo de estar bien.

Contar cosas es totalmente inútil, pero me entretiene. Me asombra lo que descubro y me maravilla que siempre hay algo nuevo que contabilizar. Entonces contar es una manera de decir quién eres, a dónde has ido, qué has visto; los números y las cuentas se vuelven testigos de tu vida y es eso lo que convierte un hábito inútil en un registro de ti, y entonces contar con números se vuelve una manera de confesar, de narrar numéricamente, es un conteo nada inocente de quien eres.

Por mi parte quiero seguir contando, llenar libretas enteras de números para tener un registro cuantificado de lo que vivo, para relatarme en cifras y narrarme en dígitos.

@DoraAyora es Doctora en Filosofía, terapeuta y docente.

lunes, 4 de mayo de 2015

Recuerdos


Del poeta persa Shamsuddin Hafiz. 

¿Qué cosa más amable para el corazón que el recuerdo de palabras de amor?
Bajo el domo redondo de este cuarto aun creo oír sus ecos, pero el vino de rubíes que he bebido no es sino un agua amarga.
Absuelve a mi corazón, que desde siempre y para siempre está embriagado de tu belleza.
El narciso se muere envidiando tus ojos. No ha sabido encontrar la magia de tu mirada y sus pétalos están mustios.
El pintor quedó tan maravillado de tu belleza, que en todas partes, en puertas y paredes, dejó su recuerdo.
El corazón de Hafiz vino un día a jugar con tus trenzas. 
Mas cuando quiso irse sintió que estaba en ellas ya para siempre preso.

De "Los Gazales de Hafiz"
Colección “Visor de Poesía”. 1981.
Traducción: Enrique Fernández Latour.