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sábado, 18 de abril de 2015

Una habitación para lo anhelado

Vincent Van Gogh. "El dormitorio en Arlés". 1889.

Por Addy Góngora Basterra.
Publicado en el Diario de Yucatán.

I

Una de las descripciones más bellas que he escuchado de la palabra “Saudade” es la que dio Camané, cantante de fados, cuando en rueda de prensa alguien le preguntó sobre la nostalgia portuguesa: “Saudade es la tristeza que te hace sonreír, la alegría que te hace chorar”, dijo en portuñol. Su respuesta se me instaló en la memoria con la misma facilidad que el gesto plácido que me brotó tras escucharlo. Sencilla, clara y hermosa forma de explicar una palabra que existe para cantarse y sentirse.

II

La casa donde una amiga pasó feliz infancia fue demolida hace algunos años. Siempre he querido decirle que cuando transito por la calle que llevaba a su entrada, se me inunda el corazón de nostalgia. ¿Qué sentirá ella? ¿Vuelve, en su memoria, a la habitación que compartía con su hermana mayor? En estos días de calor, ¿se sumerge en la piscina que tan felices tornaba nuestras tardes tras la escuela? ¿le contará a sus hijos de ese lugar que hoy sólo existe en quienes lo recordamos y en fotografías?

III

Alguien con quien quise compartir la vida no está más conmigo. Saudade por lo que tuvimos. Sé que ha vuelto amar, como también sé lo que nos acompañará por siempre. Palabras y momentos que fueron sólo nuestros. Abrazos, besos y canciones; amistades en común, perros y habitaciones. Hemos dejado de ser plural, no estamos, no somos ni nos vemos, pero en solaz, privada e imaginada reunión, ¡ay! con cuántos buenos recuerdos nos queremos.

IV

Sólo en fotografías —y en sueños—puedo volver a ver al padre de mi madre y a la madre de mi padre. O quizá, también, en ciertas calles de Veracruz, en la música que me enseñaron, en el sabor de las castañas y al comerme a cucharadas una guanábana. Irremediablemente siempre vuelvo a ellos, porque pocos amores son comparables al que se tienen abuelos y nietos.

V

“El dormitorio en Arlés” de Vincent Van Gogh se me ha vuelto un amuleto. —¿Quién y cuándo ocupa esa cama y esas sillas? —me pregunto, desde hace unos días, al ver la obra con una mirada diferente a como anteriormente la había observado. Esa habitación es ahora el espacio imaginario donde me reúno con todo aquello que es saudade en mi vida. Es oasis para aquello que existe en lo que me invento, dimensión paralela a lo que ocurre en la vida real. Por eso me conmuevo con el siguiente poema titulado “Aunque tú no lo sepas” del poeta español Luis García Montero:

Como la luz de un sueño,
que no raya en el mundo pero existe,
así he vivido yo,
iluminando
esa parte de ti que no conoces,
la vida que has llevado junto a mis pensamientos.

Y aunque tú no lo sepas, yo te he visto
cruzar la puerta sin decir que no,
pedirme un cenicero,
curiosear los libros,
responder al deseo de mis labios
con tus labios de whisky,
seguir mis pasos hasta el dormitorio.

También hemos hablado
en la cama, sin prisa, muchas tardes,
esta cama de amor que no conoces,
la misma que se queda
fría cuando te marchas.

Aunque tú no lo sepas te inventaba conmigo,
hicimos mil proyectos,
paseamos por todas las ciudades que te gustan,
recordamos canciones, elegimos renuncias,
aprendiendo los dos a convivir
entre la realidad y el pensamiento.

Espiada a la sombra de tu horario
o en la noche de un bar por mi sorpresa.
Así he vivido yo,
como la luz de un sueño
que no recuerdas cuando te despiertas.

VI

Un lugar debe existir para perdurar lo amado y perdido. En esa alcoba sencilla, sobre esa cama pequeña y en esas sillas, quizá ocurran abrazos y reencuentros, conversaciones, juegos y buenos momentos. Es el lugar donde imaginariamente una nieta duerme arrullada con canciones por su abuela o donde dos amantes —en paz y a salvo de miradas ajenas—se abrazan diciéndolo todo en silencio largo. Un refugio para lo extraviado y lo intangible en este mundo tan material y tan lleno de tanto… donde a veces, lo único anhelado, es un pequeño paraíso para recobrar lo que físicamente no está a nuestro lado.
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