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domingo, 1 de febrero de 2015

#porquesiempreesfugazlamaravilla

Primeros brotes de un Maculí en el
estacionamiento de la Universidad Marista (Mérida, Yuc).
Enero 2015.

Escrito por Addy Góngora Basterra.
@letranias

Jo´ kab. Maculí. Tabebuia rosea. Así se llama el árbol que por estos días adorna —con rosados estallidos en flor— patios, esquinas, calles, parques y avenidas. Mérida presume la transformación de las semillas… ¿quién más los mira y se fascina? Flores rosas en racimos nos alegran el alma, las pupilas, nos distraen por momentos del tráfico y la prisa. ¿Habrá alguien indiferente a su belleza? La naturaleza, en sincronía perfecta, es una maravilla.

El Maculí es una sirena vegetal que canta en todo su color. Cuenta “La Odisea” que Ulises sólo resistió el canto de las sirenas sin arrojarse a las aguas porque estaba atado al mástil. Nosotros llevamos el cinturón de seguridad cuando vamos al volante; atados a nuestros asientos llevamos pendientes que resolver, hijos que apresuran el trayecto, responsabilidades que no pueden esperar, besos urgentes de besos. Y no nos bajamos, aunque queramos, a ver el árbol. Dejamos pasar momentos que no vuelven.
Maculí en flor en Colombia.

Pero ahí, tras el cinturón de seguridad, con seguridad puedo decir que quienes miran ese árbol no pueden evitar un pensamiento de hermosura: “Vi un árbol precioso”, escribe alguien por whatsapp... o quizá se lo diga al llegar a casa a quien ama… o lo publique en Facebook con todo y foto… o lo comparta en twitter… o lo publique en un periódico: ¡Vi un árbol precioso! Y nos llevamos en la memoria —como se lleva un olor, el estribillo de una canción, un nombre amado— el prodigio rosa que, con paciencia de años, nos comparte en dosis de florida belleza, el árbol.  

El árbol. Las últimas semanas he estado pensando en estos seres antiguos, monumentales, testigos de generaciones familiares, porque un rectángulo de cedro, desde hace dos semanas, protege del exterior mi departamento: ¿cuándo iba yo a imaginarme que la felicidad podía ser una puerta nueva con buzón integrado, también de madera? Los carpinteros son magos. Merecen toda mi admiración, quizá porque soy incapaz de crear algo con forma decente ni con plastilina. Tras dos días de trabajo, cuando el carpintero se fue, me acerqué a la puerta con el olfalto. Ah… ese bendito olor. Coloqué la palma de mi mano sobre ella, la deslice, acariciándola… y entonces pensé que algún día, hace no tanto tiempo, esta puerta que hoy tengo en mi departamento, fue un árbol. Un cedro frondoso y alto. 
Cedro del Líbano.
Foto tomada de internet.

¿Habrá tenido nidos? ¿Cuántas lluvias fueron necesarias para su estatura? ¿A quién habrá cobijado con su sombra? ¿habrá sido “el árbol” de alguien? ¿Estaré dañando al planeta por haber encargado una puerta de cedro y no de acero? En vez de pensarlo por el lado trágico, lo pienso por el lado privilegiado: ¿en dónde habrá crecido? ¿habrá venido, como gente que quiero, de Líbano? ¿de Turquía? ¿Marruecos? ¿el Himalaya? ¿o Yaxcabá? ¿será originario de algún lugar del interior del estado de Yucatán?

La otra tarde llegué de trabajar y vi cómo el sol le daba de lleno; el cedro que ahora es puerta, a modo de escudo, le daba el pecho totalmente haciéndole frente. Pensé en su vida anterior, en todas las ocasiones que se nutrió del sol, en las raíces que lo conectaron a la tierra, en el aire que movió sus ramas… y entonces imaginé si los árboles podrían soñar y fantasear con otras vidas; si alguna vez el cedro pensó que cuidaría a una muchacha, si alguna vez pensó que sería un buzón de concurso donde recibir cartas —escritas con amor y nostalgia— en lugares que están al otro lado del mar. Pensé en las mesas y cajones, en clósets, respaldos y tocadores, objetos que viven con nosotros que alguna vez fueron del aire, de la luz, de la tierra.

Fotografía de enero del 2013.
Árbol que está a un costado del
asta de la bandera en Liverpool.
Mérida, Yucatán.
¿No es maravilloso que de algo tan pequeño, como lo es una semilla, haya salido tanto tronco, tantas hojas, tanta flor que primero da sombra y luego alfombra? ¿Quién llenó de primaveras este enero? ¿Quién nos querrá tanto, como la tierra y el aire a cada Maculí en flor, para sacar lo mejor de nosotros, logrando en nuestras ramas hipnótico esplendor?
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