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sábado, 8 de febrero de 2014

Buena química: Walter y Marie

Jesse Pinkman y Walter White,
personajes de la serie "Breaking bad",
protagonizados por Aaron Paul y Bryan Cranston.

Escrito por Addy Góngora Basterra.
Editorial del Diario de Yucatán.

Walter White y Marie Curie, o lo que es decir, la serie de televisión “Breaking Bad” creada por el estadounidense Vince Gilligan y el libro “La ridícula idea de no volver a verte” de la escritora española Rosa Montero, han despertado mi pasión por lo que fue pesadilla en la secundaria: la Química.

Todo empezó un domingo en el que Lichi, mi hermana, se quedó sin internet. Llegó a mi casa buscando aires con “wi-fi” para entrar a “Netflix” y calmar su ansiedad por “Breaking Bad”, “TV show” que yo ni siquiera sabía que existía. “¿De qué se trata tu serie?”, le pregunté. A lo que respondió: “De un maestro de química en secundaria al que le diagnostican cáncer y decide ponerse a cocinar metanfetamina con un exalumno para reunir dinero y dejárselo a su familia”. Me lo dijo así, de un tirón. La acompañé un par de capítulos y sin darme cuenta ya estaba enganchada a la historia como sólo me había pasado con “Lost”: Ay de nos con las historias seriadas y dosificadas por temporadas.

Por esos días me habían obsequiado “La ridícula idea de no volver a verte”, el último libro de Rosa Montero: “La santa de este libro es Marie Curie. Siempre me resultó una mujer fascinante, cosa que por otra parte le ocurre a casi todo el mundo, porque es un personaje anómalo y romántico que parece más grande que la vida. Una polaca espectacular que fue capaz de ganar dos premios Nobel, uno de Física en 1903 junto con su marido, Pierre Curie; y otro de Química en 1911, en solitario”. Leí encantada las páginas que me develaron a Marie Curie. Entreverando, hallé también a Rosa Montero con la cabeza, el corazón y la escritura plagada por Pablo, su pareja, quien enfermó y murió de cáncer. Leer su libro no sólo me despertó auténtico interés por la química, también ha potenciado mi amor por la vida y por las personas con las que comparto diariamente. Leer el libro me ha hecho valorar momentos y comprender aún mejor a quienes han perdido a personas amadas.

Yo, que sólo recuerdo la palabra CHON como truco para no olvidar al Carbono, Hidrógeno, Oxígeno y Nitrógeno, estoy deslumbrada al mirar la Química desde otro lugar gracias a la serie que me presentó mi hermana y al libro que me regaló un amigo. Mirar a Walter White —Heisenberg pa’ los cuates— literalmente desquiciado al descubrir su talento para producir su famosa metanfetamina azul, me hace imaginar la euforia de Marie Curie —esa mujer que dicen que apenas sonreía— por la luminosidad de los frascos que protegía celosamente como lo que eran: milagros brillando en cristal.

Breaking Bad” y “La ridícula idea de no volver a verte” —además de narrar magníficamente el proceso de transformación de las personas y lo poderoso que puede ser el trabajo en pareja (Walt&Jesse - Pierre&Marie)— son una enseñanza, porque no hay que desdeñar las habilidades de las personas ni minimizar el alcance que puede lograr el trabajo y la pasión de cada quien. Nunca sabemos lo que puede haber tras un maestro de química, tras una persona enferma o tras una mujer que apenas sonríe.

“Es la química, no física, magnífica lírica mística, la habilidad lingüística y calidad olímpica” lo que impulsa la evolución, nos llena de asombro y nos hace permanecer, horas y horas, atrapados en un relato. Pensar que la chispa de la atracción por alguien o por algo puede presentarse en cualquier momento es andar con una especie de amuleto. Porque así como tenemos “buena química” con las personas la tenemos también con las historias y la forma en la que están contadas, nos hacen clic y las volvemos parte de nuestra vida. Pero llega el día en el que terminan: se acaba la serie: se acaba el libro… así como también se acaba el amor. Y entonces, cuando desconcertados nos preguntamos… ¿ahora qué sigue? La vida nos sorprende… porque siempre nos pone otra serie, otro libro. Y otro amor.

jueves, 6 de febrero de 2014

Qué soy y qué quiero

Para un autorretrato inexistente


Gustav Klimt
14 de julio de 1862 - 6 de febrero de 1918


Sé pintar y dibujar. Yo mismo me lo creo, y también otras personas dicen que se lo creen. Pero no estoy seguro de que sea cierto. Sin embargo, hay dos cosas que sí son seguras:

1. No existe ningún autorretrato mío. No me interesa mi propia persona como “motivo del cuadro”, sino más bien otras personas, sobre todo femeninas; aunque me interesan más otros fenómenos. Estoy convencido de que como persona no soy especialmente interesante. Nada hay en mí de especial. Soy un pintor que pinta un día sí y otro también, de la mañana a la noche. Cuadros figurativos y paisajes, raramente retratos.

2. La palabra, sea hablada o escrita, no es mi fuerte, y mucho menos si tengo que hablar sobre mí mismo o sobre mi trabajo. Hasta cuando me veo obligado a escribir una simple carta experimento angustia y sensación de mareo.

Por estas razones, habrá que renunciar a un autorretrato artístico o literario de mi persona. Cosa que tampoco es como para afligirse. Quien quiera saber algo sobre mí –como artista, que es lo único digno de atención– deberá contemplar atentamente mis cuadros e intentar inferir de ellos qué soy y qué quiero.

Gustav Klimt

Tomado de: http://www.march.es/arte/madrid/exposiciones/klimt/klimt.asp

miércoles, 5 de febrero de 2014

Violetas para Violeta

Lo dijo Violeta Parra,
hermana de Nicanor,
por suerte tengo guitarra
y sin presumir de voz,
si me invitan a una farra
cuenten con mi corazón.
Joaquín Sabina



"Violetas para Violeta"
Así se llama la canción de Joaquín Sabina que esta noche comparto para recordar, en el aniversario de su muerte, a la cantautora chilena Violeta Parra... que además fue la primera artista latinoamericana en exponer individualmente en el Museo del Louvre: click aquí para ir al video.

domingo, 2 de febrero de 2014

El lápiz de don Fernando


Fernando Castro Pacheco, Abril 2013.
Fotografía de Kelly Rae Weime.


Escrito por Addy Góngora Basterra.

No recuerdo cómo fue que empecé a coleccionar lápices ni cuándo algunas personas que saben mi afición empezaron a regalármelos. Tengo lápices de museos, librerías, festivales e instituciones; de sitios que son Patrimonio de la Humanidad, lápices sin punta, sin usar, pero también y estos son mis favoritoslápices de personas, madera reducida en tamaño por el uso, por bocetos, cartas de amor, anotaciones en cuadernos, en pentagramas, sumas y restas, garabatos, cotidianidad. Aunque están revueltos entre sí, apretujados dentro un mate de calabaza, identifico perfectamente de dónde es cada uno o al puño de quien pertenecieron. 

Tomo uno de ellos y lo pongo junto a mí mientras escribo. Tal vez sea el más pequeño de todos los que tengo. Lo miro como quien se detiene a mirar una fotografía, reconociendo en ese objeto los detalles del rostro de la persona que una tarde de mayo me lo dio. Es un lápiz azul que de tan pequeño cabe en la palma de mi mano. Está afilado, con la punta triangular tal cómo estaba al momento que Fernando Castro Pacheco lo tomó para obsequiármelo. No puedo evitar recordarlo en estas fechas, porque el 26 de enero este pintor magnífico habría cumplido 96 años.

En dos ocasiones platiqué con él sobre todo lo que se nos ocurriera: el erotismo en el cine, la música de Piazzolla, las cuevas de Altamira, Siqueiros y el Muralismo, su relación con Blanca Sol y de si yo tenía novio; su opinión sobre la globalización, el machismo de los hombres, la inspiración, la literatura y los años en los que fue Director de La Esmeralda. Lo recuerdo con alegría, con emoción y con la certeza de que era un ser humano sin tiempo. Es decir, si bien su cuerpo cumplió con la ley de la vida, envejecer, su mente, sus ideas, sus razones, sus pasiones estuvieron siempre al día. Por eso hablar con él fue una delicia, porque en sus palabras se manifestaba la experiencia, lo anecdótico, la pasión, el amor, el talento, la jovialidad, la franqueza, la genialidad y, sobretodo, el respeto y la humildad. 

El domingo pasado fui al Palacio de Gobierno de Yucatán para reencontrarme con sus murales. Al ver su obra, pensé dos cosas. La primera: la estatura de don Fernando versus la obra ahí colocada. Imaginar al hombre imaginando frente a un lienzo siempre me ha resultado fascinante. La segunda: su voz. Sus palabras me guiaron y me ayudaron a ver lo pintado a través de sus ojos. Cito un fragmento de nuestra última conversación que es ahora una diálogo transcrito que ojalá pronto pueda publicar completo. Contó don Fernando: Cuando se decidió a hacer el Salón de la Historia de Yucatán, me puse a leer la historia escrita por los historiadores liberales, por los historiadores conservadores y de ahí decidir los momentos desde el punto de vista plástico, visual, los momentos históricos trascendentes en la historia de Yucatán. Pronto advertí que lo que sucedió aquí ha sucedido en otras partes. Por ejemplo, cuando proyecté y pensé en el mural de La guerra de castas, tú ves ahí a los hombres combatiendo, no ves al enemigo. No es un cuadro de batalla. Los hombres están luchando, están defendiendo a sus mujeres, a los niños, su casa, su caserío, su tierra. Están defendiendo su condición de ser. Y esto es lo mismo que sucedió en Vietnam. Cuando tú trasciendes lo local hacia más allá, entonces es cuando tú le das, creo yo, una resonancia humana y eterna. La lucha del hombre por su tierra. Por sus mujeres. Por su pueblo

Fernando Castro Pacheco, Abril 2013.
Fotografía de Kelly Rae Weime.

Si hay algo que roce la eternidad es el arte. A través de él se perdura el deseo, el poder, la queja, el amor, la historia. Pensar que de las lecturas de don Fernando salieron esas obras que hoy admiramos cuando él ya no está, reafirma el lugar del arte y los libros como instrumentos de placer y poder que acompañan nuestras vidas, sobreviviéndonos. Así que miro el lápiz, lo devuelvo a donde ha estado los últimos meses y lo acomodo con cuidado, como quien decide conservar la velita de un pastel que alumbró los deseos de un cumpleaños.

@letranias
AGB | 2014

Publicado en el Diario de Yucatán.