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sábado, 20 de septiembre de 2014

Ragazzo

Trastevere. Roma.
Fotografía de Time E. White.


Del poeta cubano Nelson Simón (Pinar del Río, 1965).
Tomado de Círculo de Poesía.

La palabra ragazzo, no tiene traducción:
lo aprendí bajo la luz intensa del verano de Roma,
aún fascinado por el mármol piadoso
de la fuente de Trevi; mientras recorría,
—invisible y absorto— Piazza Venezia.

Perdido en la conversación sin sentido
que sostienen los turistas; cansado
de admirar los estragos del tiempo
que hace polvo la carne y silencio la piedra,
me senté en un banco
a ver cómo la tarde descendía hacia el Trastevere.
Con ella, envuelta en sus pañales, iba mi alma,
y alguna ilusión vana como el país del que había llegado.
(Por entonces había comprendido que la isla
siempre habrá de dolernos como un cardo, que, pobre,
se enquista en nuestro pecho).

La palabra ragazzo, no tiene traducción:
no la busquéis en vano en los diccionarios,
no preguntéis por su significado ni en las plazas más nobles,
ni en las sórdidas tabernas donde el humo del tabaco
y el olor de la cerveza, se entrecruzan como un cisne invisible
que te empuja hacia la tentación.
Los sensuales muchachos de La Habana,
abiertamente tristes como sus playas,
nunca podrán ser nombrados con la palabra ragazzi.
Los alegres chicos de Andalucía, con labios
que se ofrecen cual carnosas olivas,
nunca van a reír con la dulce perversidad
de un ragazzo. Los modernos jóvenes de Nueva York,
con sus músculos perfectos como el acero que sostiene a su ciudad,
no pueden abrazar con esa pasión antigua,
mezcla de sangre
y lirio tostado por el sol mediterráneo,
que arrastran los ragazzi.

Piazza Venezia, Roma, Italy
Perspectiva de la Piazza Venezia

El ragazzo se sentó a mi lado en el sencillo banco de Piazza Venezia,
y la ciudad de Roma, hasta entonces sólo esplendor de ruinas y de sueños,
fue otra de repente. Tuvo el misterio y el glamour
que yo había imaginado para ella.
Habló y apenas pude comprender,
al extender su mano, firme como los puentes que atravesamos,
que me invitaba a andar,
cuando junto a la tarde descendimos hasta el Trastevere.
Vimos pasar los botes y algún pájaro gris, cual fantasmas románticos.
Sentimos en nosotros el aroma culpable de los hombres
que antes se habían amado junto a las calmas aguas.
Nunca dejé su mano. Nunca dijo su nombre ni quise preguntarle.
Pudo llamarse Adriano, Fabrizzio, Giuseppe, o Giuliano:
nombres que siempre dejarían su música en el esmalte de mis dientes.
Su perfil me acompaña aún como las imágenes de esos jarrones
que he visto en los museos. Su boca me sigue recordando
la luna atada sobre el Trastévere. Su pelo descuidado,
su cuerpo perfecto y dispuesto
solo pueden caber en esa palabra intraducible: ragazzo.
Yo aprendí aquella tarde lo que ya Pasolini
había visto en los pepillos romanos,
lo que le hacía vivir, cada noche, al borde del abismo,
siempre dentro del puño pálido y seductor de la muerte.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Solicitud de empleo

Todos estos antecedentes
animan a solicitar
que me permitas ocuparme
en derrumbar sobre tus manos
la dulzura que pongo inútilmente
sobre manteles de confiterías.


María Elena Walsh

María Elena Walsh, 1971.
Durante la filmación de "Juguemos en el mundo".
Fotografía de Sara Facio.

He militado largamente 
en oscurísimos recintos
de donde traigo una batalla
que no se termina nunca.
Estoy en guerra casi todo el tiempo
y espero que me gane una paloma.

La verdad es que también sirvo 
para desordenarlo todo.
Con qué cuidado precipito
plantillas en la primavera,
y alterando sensatos equilibrios
me dan lo mismo números que grillos.

No faltaría a la modestia
si dijera que siempre estuve
muy dotada para el olvido.
Guardo volúmenes de ausencia,
antologías de temblor marchito,
catálogos de deudas y neblinas.

He trabajado anteriormente
en invisibles oficinas
llenas de crisis apilada
y documentos vegetales,
donde los pájaros me habilitaron
con un diploma de mirarlos siempre.

Diré también para abreviar
que estudio lágrimas modernas
y pienso publicar un libro
de suspiros cuando me muera,
y que tengo por todo patrimonio
un montón de relámpago vigente

Todos estos antecedentes
Animan a solicitar
que me permitas ocuparme
en derrumbar sobre tus manos
la dulzura que pongo inútilmente
sobre manteles de confiterías.

Quiero por fin tener empleo
de suavísima permanencia
adentro de tu corazón,
coser con lágrimas y arrimo
toda fatalidad que te amenace
con botones caídos o desgracias.

Quiero servirte de costumbre
y que utilices lo que soy
para fundar una sonrisa
o ceremonias con pañuelos,
o para siempre, o para lo que quieras,
desde un copo de nieve hasta el amor.


María Elena Walsh, 1930-2011.
Poeta y compositora argentina. 


sábado, 6 de septiembre de 2014

El papel del wifi, tablets y celulares en la lectura

Vivir sin leer es peligroso, obliga a conformarse con la vida.

Michel Houellebecq



Escrito por Addy Góngora Basterra | @letranias

Cada vez que estoy en un avión, alguna sucursal bancaria o en cualquier lugar donde se nos pide apagar celulares y tablets, me invade una privada alegría porque nadie me pide que “apague” ni cierre el libro que estoy leyendo.

Recientemente, tras buscar en la web imágenes de gente lectora, me sorprendió la cantidad de fotografías de personas con la mirada anclada en dispositivos electrónicos: niños leyendo en iPads, jóvenes mirando un celular, adultos tras un Kindle. No había notado, hasta ese momento, cuánto tiempo pasamos diariamente mirando una pantalla que sostenemos con la mano. Porque eso es lo que hacemos: pasamos horas leyendo noticias, enlaces a artículos, cartelitos y citas que nos llegan por WhatsApp, actualizaciones de Facebook y Twitter, comentarios, emails, mensajes de texto, todo lo que se nos pasee por los ojos. Leemos… ¿pero qué leemos?

Como todos sabemos, hasta hace poco los teléfonos móviles no tenían la variedad de aplicaciones que ahora son parte de nuestra comodidad, disfrute y solaz. Hoy tabletas y celulares nos alegran y resultan imprescindible compañía: nos conectan, informan, distraen, nos hacen reír; nos enseñan, auxilian, facilitan y ocupan primera fila en todo lo que hacemos. Lámpara de Aladino de la posmodernidad: basta digitar el código de seguridad para liberar al genio.

Con la vorágine del wifi leemos más aunque no nos percatemos y las estadísticas digan lo contrario. Cuando digo leer, no me refiero a escanear el alud de redes sociales. Pienso, por ejemplo, en el pasado martes 26 de agosto que se conmemoraron cien años del natalicio de Julio Cortázar, escritor argentino. Facebook y Twitter se inundaron con su nombre, imágenes y enlaces a su obra. Probablemente muchos que no lo conocían ese día leyeron algo suyo al tropezarse con una cita en un “tweet” o en el muro del “feis” de un amigo. Las redes sociales son útil y sutil anzuelo en la difusión de la lectura. No es descabellado pensar que alguna de las miles de personas que orbita en ellas y muerde la carnada de la literatura: a) busca el libro en google books b) Compra un ejemplar en alguna librería de la ciudad c) Se lo pide prestado a alguien d) Cae a algún blog donde puede seguir leyendo e) Descarga el libro de amazon.com  f) Lo solicita en préstamo en alguna biblioteca g) Baja el archivo en pdf h) ¿El león cree que todos son de su misma condición? 

El próximo 27 de septiembre el blog letranias.com cumplirá siete años de ser escenario de lectura virtual. Los fragmentos de cuentos, novelas, obras de teatro, poemas y textos diversos que ahí he compartido se han leído a través del correo electrónico, enlaces de redes sociales y visitas al blog desde una computadora, una tableta o un celular. El papel de Letranías es acercar a las personas al papel de los libros ¿cómo? haciendo llegar pequeñas dosis a quienes muchas veces no saben que son lectores ¿por qué? porque no sabían qué leer o dónde encontrar algo que les guste. Es como todo en la vida: uno va descubriendo sabores, melodías y personas que adopta para mayor disfrute. 

El gusto por la lectura es tan placentero como lo es para algunos escribir; empuñar una pluma azul turquesa, trazar caligrafía en tinta negra; después teclear esas palabras con manos que también tocan el piano, acomodarlas en el monitor y enviarlas por correo electrónico para verlas publicadas en papel, aquí, en esta página editorial, donde este fin de semana ¡qué rápido se van los días! llevo ya un año publicando Letranías. ¡Gracias por permitirme este espacio! Gracias a los lectores que con café disfrutan la edición impresa en la mañana, a los lectores virtuales tras una computadora y a los que deslizan —con leves caricias— yemas y ojos por la pantalla. @letranias

Publicado en el Diario de Yucatán.