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lunes, 26 de mayo de 2014

La danza de los libros en mudanzas


Por Addy Góngora Basterra.
@letranias

Érase una vez, por la hacienda Petcanché, una casa de una planta con un ciprés al frente y ventanas de pestaña. Érase otra vez una casa en Las Américas donde una mascota canina se me echaba encima al verme entrar; había también una tortuga que comía de mi mano, una terraza techada con un pequeño jardín que en vez de césped tenía piedras blancas con macetas y flores magenta. Érase también, en la Emiliano Zapata Norte, una casa color mamey con un árbol de caimito y de naranja agria, un patio donde algunas noches sonaron guitarras y un cajón flamenco, el canto camaleónico de los cenzontles, la lluvia entre el follaje. Había también una bugambilia bicolor, un limonero con las hojas hechas taco y un gran tolok devorador de flores de ornato. A ese patio daban las ventanas de mi cuarto, donde aprendí a despertarme con el olfato al sentir en las mañanas el olor a cítrico, intenso en ese horario. Hago este recuento de hogares porque es la cuarta vez en cinco años que me cambio de casa, porque el ir y venir de las mudanzas ha sido una marea que me renueva. En cada sitio he sido feliz: quise querer y me quisieron, intenté domesticar a un perro, escribí las únicas canciones que he compuesto; las canté, las compartí. A veces, haciendo cualquier cosa, las tarareo.

Mi nómada forma de habitar una casa pagando renta mes a mes y firmando contratos en mi búsqueda por encontrar un lugar cómodo, se volverá sedentaria ahora que una oportunidad imprevisible me ofrece un cambio. Así que me despido de la colonia Alemán. Me voy a un piso alto donde por ahora tendré una cocina sin estufa, atardeceres al filo de pupilas, un librero nuevo y a mi hermana por vecina.

Quien lo ha vivido lo sabe: cambiarse de casa es una suerte de inventario. Nos damos cuenta de lo que tenemos pero también nos damos cuenta de todo lo que no sabíamos que teníamos. Organizar la mudanza es remover el alma del lugar que vivimos, es elegir qué se conserva y qué no, qué se puede regalar y a quién, desechar para mejorar tras decidir con qué queremos entrar al nuevo espacio.

De entre todo, hay algo de lo que jamás he querido deshacerme y que cuido tanto como las copas de vino y la vajilla, algo que es para mí la parte predilecta de las mudanzas: mis libros, mis cuadernos, bitácora de mi vida. Aunque parezca un proceso rápido, guardar libros es lo que más me entretiene: me pongo a hojearlos, leo fragmentos, subrayados, anoto algo, los separo… y se vuelve el cuento de nunca acabar. Termino guardando la mitad de los libros porque aparto una cantidad considerable que quiero releer. Esta vez fue mi papá quien me ayudó a guardarlos. Qué bueno que fue así, porque si lo hubiera hecho yo ahí seguiría: Gracias papá.

Hay personas para quienes los libros son familia. Soy de esas, pues me agrada la compañía de mis entrañables seres vivos de tinta y papel. La literatura, como la música, es parte del espíritu que enriquece los lugares que habito. Por eso conservo en casa de mis padres la pequeña biblioteca que empecé a formar poco antes de entrar a la universidad. Porque sé que ahí donde estén mis libros, estará mi hogar.

@letranias

sábado, 10 de mayo de 2014

Un poema de Marosa di Giorgio



Árbol de magnolias, 
te conocí el día primero de mi infancia, 
a lo lejos te confundes con la abuela, de cerca, eres el aparador 
de donde ella sacaba el almíbar y las tazas. 
De ti bajaron los ladrones; 
Melchor, Gaspar y Baltasar; 
de ti bajaban los pastores y los gatos; 
los pastores, enamorados como gatos, 
los gatos, serios como hombres, con sus bigotes y sus ojos de enamorados 
esclava negra sosteniendo criaturitas, inmóviles, nacaradas. 
Virgen María de velo negro, 
de velo blanco, allá en el patio. 
Eres la abuela, eres mamá, eres Marosa, todo eres, 
con tu eterna 
juventud, tu vejez eterna, 
niña de Comunión, niña de novia, 
niña de muerte. 
De ti sacaban las estrellas como tazas, 
las tazas como estrellas. 
Estuvo oculto en tus ramos el Libro del Destino. 
Te has quedado lejos, te has ido lejos. 
Pero, voy retrocediendo hacia ti, 
voy avanzando hacia ti. 
Te veré en el cielo. 
No puede ser la eternidad sin ti.


Marosa Di Giorgio | Uruguaya (1934 - 2004).
Poema tomado de "Los papeles salvajes".

sábado, 3 de mayo de 2014

Radiografía creativa de Julio Cortázar



Escrito por Addy Góngora Basterra
Publicado en el Diario de Yucatán

Tardíamente recibí como regalo de cumpleaños “Clases de Literatura” de Julio Cortázar, libro de 312 páginas que contiene la transcripción de un curso que el escritor argentino dictó en la Universidad de California en Berkeley durante octubre y noviembre de 1980.

El obsequio fue, a su vez, un reencuentro, porque Julio Cortázar fue de mis primeros amores y tenía mucho tiempo sin leerlo. Fue él quien me enamoró, hace 16 años, del mundo fantástico de la literatura con su escritura; con sus historias me fue enseñando a ver la realidad de una manera diferente, me inyectó curiosidad y aprendí mucho queriendo saber más de lo que en sus páginas encontraba;  incluso, durante años, mi cuenta de correo fue maga_18@hotmail.com en honor a su inolvidable personaje de “Rayuela”.

“Clases de Literatura” es un libro que puede leer cualquier persona, no hay que ser ningún experto ni erudito. Incluso me parece una magnífica entrada a la literatura cortazariana, no es necesario haber leído algo del autor para entenderlo. Por eso la lectura es tan ágil, porque es como si el tío conversador de la familia nos deleitara con anécdotas.

Lo interesante es que, a pesar de tener como escenario un salón universitario, la oralidad de Julio Cortázar es pura maestría con lenguaje exquisito y sin aires académicos. Dicho en otras palabras: es un experto en su oficio, no solamente para escribir sino también para expresarse en voz alta. Y lo mejor de todo es que hace referencia a obras propias y de autores que para él son ejemplares, por lo que el libro, sí así lo pretendiera quien leyera, sería algo parecido a la mecánica lúdica de “Rayuela”, sólo que en vez de saltar las páginas saltaríamos a un cuento de Jorge Luis Borges o del estadounidense Ambrose Bierce, a documentarnos mejor sobre la Teoría de la Relatividad de Einstein e incluso querríamos escuchar al saxofonista Charlie Parker tanto como a Thelonius Monk y Earl Hines, pianistas de jazz. Después de todo… ¿no es eso lo que —se supone— incita un salón de clases? Ahondar en los temas que se tratan, investigar, conocer, aprender. Trato de imaginar al grupo de estudiantes frente al creador de carne y huesos… ¡qué afortunados fueron! Recordemos que hacia 1980 Julio Cortázar, con 66 años de edad, era un escritor consagrado.

Somos muchos los que hemos pasado momentos felices ante la prosa de Julio Cortázar tanto en cuentos y novelas como en su poesía, pero leerlo/escucharlo es sin duda una delicia, algo novedoso para los que tanto disfrutamos la escritura de este gigante —medía casi dos metros de altura— que utilizó los signos de puntuación como latidos en párrafos y frases.


Julio Cortázar
1914 - 1984


En este 2014 en el que se conmemoran cien años del natalicio y treinta años de la muerte de este inigualable creador argentino, es una feliz revelación encontrar su voz en las charlas recopiladas en “Clases de Literatura” (Alfaguara, 2013). Quienes puedan acceder al libro tendrán entre las manos una máquina del tiempo; se transportarán al salón de clase en California, treinta y tantos años después, para escuchar cómo uno de los más grandes autores de América Latina llevó a la máquina de escribir experiencias de la vida cotidiana a través de temas diversos como el cuento fantástico y el realismo, el humor, la música, el jazz, el erotismo, lo lúdico y los cronopios, siendo estas páginas la radiografía creativa de Julio Cortázar, una joya para todo aquel que viva la literatura no como una obligación académica, sino como un privilegio de la humanidad.

@letranias