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viernes, 6 de diciembre de 2013

Persistencia del olvido

Fotografía de Bruno Ehrs.

Felipe Benítez Reyes
Poeta español nacido en 1960.

Recuerdo una ciudad como recuerdo un cuerpo.

Caía ya la luz sobre las calles
ya caía en tu cuerpo
—en un hotel oscuro, o en no sé
qué habitación sin muebles de no sé
qué ciudad— la luz agonizante
de velas encendidas.

Un temblor
de velas, o un temblor de árboles,
en el otoño sucedía —no lo sé—
en la ciudad que no recuerdo
—ya esa desmemoriada sensación
de haber estado allí, ignoro adónde,
con alguien que no sé,
quizás en la ciudad que siempre olvido.

Tal vez era la lluvia: mi pasado
ocupa un escenario de calles desoladas.
Sin duda era la lluvia golpeando
los cristales de un taxi, con alguien a mi lado,
con alguien que ha perdido
sus rasgos con el tiempo.

O era yo
—no lo sé—, tal vez yo mismo
reflejado en cristales mojados por la lluvia.
Quizás era en verano, no recuerdo,
y era otra ciudad la que ahora olvido.
Una ciudad con bares junto al mar,
donde tú nunca estabas.

No sé bien
qué ciudad era aquélla en que la luz
tenía la apariencia de una flor abrasada,
pero tus manos frías estaban en mis manos,
tal vez en algún cine con palcos de oro viejo,
en su caliente oscuridad.

Una ciudad
se vive como un cuerpo,
se olvida como él.

Posiblemente
ahora evoco ciudades que existieron
al lado de esos cuerpos que existieron
en ciudades que existen tal vez en el olvido.
Que deben existir, pero no sé.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Algo tiene el aire de noviembre que enamora

Escrito por Addy Góngora Basterra
Publicado en el Diario de Yucatán.

I

Las páginas adelgazadas de mi agenda me anuncian la fugacidad de este año impar.

—Se fue Noviembre —pienso en voz alta.
Me escucha una de mis compañeras de trabajo, Azucena Vargas, cuyo escritorio está cerca del mío.
—Nunca más regresa un día —dice sin mirarme continuando de manera automática la frase.

Me le quedo viendo sin que ella lo sepa, porque está sentada de espaldas a mí. Después miro las páginas de mi agenda 2013. Barajo una de sus esquinas. En tres segundos hago transcurrir por mi mano derecha todo el año en un brevísimo aleteo de papel. Tomo de mi escritorio el cuaderno verde que en la portada tiene un mandala. Escribo las palabras de Azucena: “Nunca más regresa un día”. En seguida, en otro lugar de la página, anoto: “Se fue Noviembre. Me quedas tú. Dúrame mucho”.

II

Cuántos noviembres se han ido, noviembres que ya no son, personas que estuvieron ya no están, queda de ellas el recuerdo del recuerdo, nombres que no tendrán olvido. Y sin embargo, de algún modo, están presentes en cada vuelco del corazón, en fechas indelebles, en la brizna de la tarde y el color del amanecer; en una carta a puño y letra, en una fotografía, el estribillo de una canción y el círculo perfecto de un anillo. Pero no todo es pérdida y nostalgia en Noviembre, también es ilusión y renovación, mes de encuentros y pasión. Y si no lo creen, pregúntele a los nacidos bajo el signo de Escorpión.

III

Algo tiene el aire de noviembre que enamora.

Ha de ser por el ambiente otoñal del hemisferio norte. Algo se nos desprende, se desvanece, nos dice adiós para transformarse en algo diferente. Hojas de árbol que caen. Días del año que no vuelven. Algo se fragua y no es un final, sino un comienzo que tiene como pista de despegue los treinta y un días de diciembre.

Lo digo porque lo siento: algo tiene el aire de noviembre que enamora. Pero no es cualquier amor. No. Porque uno puede enamorarse y vivir en el idilio de pensar en el otro sin que el sujeto del delirio lo sepa. Ahí anda uno, como alma en pena, sin tregua ni cuartel suspirando por quien ni lo sospecha. Los amores de noviembre tienen un brillo distinto, un sabor pacífico, el milagro que a todos debería ocurrirnos: amor correspondido.

Tal vez sea el ambiente decembrino que se anuncia en esquinas, árboles y en la ropa que por estas fechas usamos. Quizá sea porque anochece más temprano y las estrellas atestiguan más horas nuestros pasos. No sé a qué se deba… pero tal vez haya quien sí lo sepa y esté de acuerdo conmigo cuando digo que algo tiene el aire de noviembre que enamora. Alguien que tenga o haya tenido la urgencia por vivir todo lo que no se pudo en otros meses, esa prisa misteriosa que se instala en emociones, afanes y deseos, aquello innombrable que se apodera de la voluntad y nos hace mejores personas, par y complemento. En este mes, penúltimo peldaño, algo tiene el aire de noviembre que enamora: triquiñuela del calendario que nos deja lo mejor para el final del año.