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sábado, 26 de octubre de 2013

De viajes, migraciones y nostalgias

Le Grand Van Ghogh.
De la serie "Les Voyageurs"
del escultor francés Bruno Catalono (1960).


Escrito por Addy Góngora Basterra.
Publicado en el Diario de Yucatán.


Para Pachi y sus papás

I

Pachi aún no ha cumplido un año de edad y ya ha estado en tres países distintos. Nació en España y es hijo de padre colombiano y madre mexicana. A él le gusta bailar; a ella le gusta leer. Y viceversa. Ambos se atreven a crecer y a desafiar lo que otros temen. Jóvenes y valientes, amigos entrañables que quiero y echo de menos todos los días, como si se hubieran ido ayer. 
Me pregunto qué conversaré con Pachi cuando podamos platicar. Sus ideas, su realidad e imaginación están conformadas por diversidad. Lo digo con certeza porque conozco a sus padres y porque sé lo que pueden ofrecerle en enseñanzas y experiencias, pero también porque son peregrinos de cosas buenas. Dos personas que a millas de su mundo de confort se encontraron, se hicieron amigos y se quisieron; se abrazaron, se enamoraron y decidieron unir sus diferencias y culturas. Son una pareja con un hijo pequeño que no le teme a maletas ni equipaje, a romper esquemas para construir un presente en otra tierra. Y recomenzar.

II

Las entradas te marcan. Eso me enseñaron Pedro Lewin y Estela Guzmán Ayala una noche vuelta madrugada en su casa, mientras hablábamos de viajes, migraciones y nostalgias. Las entradas te marcan. Esas cuatro palabras estuvieron presentes cada día de los meses vueltos años que pasé en Argentina, geografía de la que soy eterna enamorada. 
Al llegar ahí solamente tenía conmigo una maleta gigante con ropa, libros queridos y una guitarra. Entré a otro país llevando equipaje muy pesado. Yo sola no podía con él. Aunque la patria, el amor, la familia y la añoranza no se empacan, aquello pesaba como si todo lo anterior ahí se resguardara. Cuando el momento de volver definitivamente a México llegó, había aprendido a viajar ligera. Y así volví… pero llena de todo lo que las personas que quise y conocí me dieron. Eso es exactamente lo que menciona Rosa Beltrán al referirse a los aeropuertos “Siempre se dan cuenta de lo que traigo. En cambio, nunca son capaces de ver lo que me llevo”.
III

Van Gogh sostiene una maleta con la mano izquierda. Está en marcha, dando un paso al frente, detenido en bronce para siempre. Por la ubicación que tiene la escultura a la que me refiero, pareciera que el mar y cielo de Francia han borrado su cuerpo. Esta obra, forjada en bronce por Bruno Catalono (Francia, 1960) como parte de la serie “Les Voyageurs”, nos hace parpadear como quien se aclara la vista, a modo de quien ajusta el lente de una cámara fotográfica. Lo que uno encuentra en la escultura, por paradójico que se lea, es lo que no está: el arte de la ausencia donde lo que nos admira y sorprende es la carencia. 
“Los Viajeros” de Catalono lucen incompletos, parecen devorados por algo, como si un hachazo invisible hubiera eliminado parte del torso, desconectándolos de sí mismos. Lo interesante es el objeto que cumple la función de nexo para el bulto escultórico: una maleta. Estos seres de metal tienen un aire de migrantes o exiliados, personas que al dejar atrás una parte de sí mismos van tomando la forma del lugar por donde pasan. Gente de viento, gente de agua, gente que se adapta, camaleones del tiempo y de las circunstancias. Gente llevándose a sí misma, gente llevando —tal vez— lo único que tiene: un cuerpo para reinventar, un hijo, un sombrero, una pareja, una guitarra, personas que van reconfigurándose a pedazos, obras de arte y vida hechas paso a paso. 
Por eso, la primera vez que vi las esculturas de Bruno Catalono, me vi a mí misma aferrada a las asas de mis valijas, tal como ahora imagino a Pachi con sus papás, viajando de un continente a otro, solos con su amor y sus maletas, viajeros incansables migrando al porvenir, con las esperanzas puestas en todas las promesas que están por vivir. 


Esculturas de Bruno Catalono en Letranías: 

viernes, 25 de octubre de 2013

Nunca hablar de amor fue tan sencillo


Escrito por Addy Góngora Basterra
Publicado en Nexos Cultura.

Hubo mucho calor el día que la ciudad amaneció cobijada por neblina. Relatos vueltos leyenda han inmortalizado esa mañana en la que todo parecía un espejismo: las personas, el asfalto, las palabras. Palabras que se derretían. Palabras que tan pronto empezaban a gotear se evaporaban tras ser dichas.

Tanto, pero tanto era el calor, tan implacable el sol, que vocales y consonantes encharcaron calles y avenidas llenando de vapor gentil el aire a respirar. Inolvidablemente, las fosas nasales aspiraron voces, pasiones, nomenclaturas; entraron por la nariz piropos, reclamos, halagos; órdenes de jefes y de restaurant; mentiras, bienvenidas, cantos, rezos y vocablos; palabras que sólo cobraron significado y sentido al revelarse al olfato.De tanto respirar lo nunca antes respirado, los cuerpos se hincharon de lenguaje dando de qué hablar según el modo de caminar, delatándose en cada paso y cada abrazo.

Entonces ocurrió lo inesperado, lo imposible, lo soñado: del abecedario evaporado y del bochorno incontenible empezó una lluvia inolvidable e increíble, porque cada palabra fue cobrando forma al caer el agua. Por la ciudad se desplegó una cortina de letras como si la tarde fuera una película con subtítulos verticales, espectáculo de palabras que apenas duraban un instante.

La gente miró por las ventanas y salió a las calles a leer lo que pasaba; letra por gota, gota por letra, todos encontraron palabras que les faltaban, nombres amados que en rumor de agua la lluvia pronunciaba.

Todos recobraron algo querido. Esa lluvia devolvió lo extrañado y perdido,como si el destino obsequiara cierta bonanza a todo aquel que la necesitara, a través de lo leído.

La voz corrió, escurrió y ocurrió que buenas palabras lavaron paredes, escalones y pupilas; tejas, espaldas y avenidas; terrazas, talones y mejillas. No hubo quien no leyera la lluvia de aquella tarde en la que tanto calor desbarató palabras frías; tarde en la que sólo pudieron decirse palabras cálidas, palabras en deshielo.

Por eso nadie olvida aquel aguacero.

Porque nunca hablar de amor fue tan sencillo ni sincero.

jueves, 24 de octubre de 2013

No basta


«La literatura, como el arte en general, es la demostración de que la vida no basta»

—Fernando Pessoa (1888 - 1935).
Poeta portugués.

martes, 22 de octubre de 2013

Aplastamiento de las gotas

Fotografía de Stephen Maka.

Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelta majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol. Pero las hay que se suicidan y se entregan en seguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.

Julio Cortázar
Escritor argentino.

lunes, 21 de octubre de 2013

Migrante de mí misma

Aztecas migrando al valle de México.
Fotografía de © Gianni Dagli Orti
Por Rosa Beltrán
Publicado en La Jornada Semanal
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Uno. Recuerdo una mujer joven, de unos treinta y cinco años, montada en la parte de atrás de una motocicleta, abrazada a un hombre. Está peinada con una cola de caballo y me dice adiós con la mano. El hombre es su amante. Ella se va con él de México a Guatemala. Yo los observo, pensando en la palabra amante; la conozco en teoría pero no en la práctica. Tengo catorce años; la última imagen de esa mujer es la cola de caballo agitándose al viento. Una vez que los veo partir entro en mi casa y me ocupo de revisar las tareas de mis hermanos. A veces, pienso en la mujer que se fue. Esa mujer es mi madre.

Dos. Cuando el otro se va ¿uno inmigra o emigra? Mi padre se había ido ya de la casa y con su partida se acabó la migra. Siendo muy niños mis hermanos y yo, cada vez que hacíamos un estropicio, mi mamá nos decía: “ya verán cuando llegue su papá”. Él entraba a la casa chiflando tan campante y de pronto, al ver la expresión de mi madre, abandonaba su gesto despreocupado y fruncía el ceño. Se convertía en la migra. Hacía reclamos sobre lo que introducíamos en el hogar. Por qué traes (el mal ejemplo, una mala nota, pleitos, majaderías, un gato recogido en la calle), qué sé yo, las posibilidades eran infinitas. Nosotros, en cambio, nunca le reclamamos lo que se llevó. Por ejemplo, a nosotros mismos. Los que éramos, antes de su partida.

Tres. A veces, me da migraña. Al cruzar los aeropuertos, por ejemplo. Tanto revisar maletas, bolsas, portafolios, zapatos, cuerpos a través del arco magnético. Siempre se dan cuenta de lo que traigo. En cambio, nunca son capaces de ver lo que me llevo. Porque es un hecho, cuando regreso nunca soy la misma. Lo veo claramente en las fotografías.

Lo que estoy haciendo aquí es comprobar hasta qué punto están muertas esas otras que me habitan. Me doy cuenta de que lo están y no. Y es que todos somos migrantes de nosotros mismos.

Rosa Beltrán, escritora mexicana.