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sábado, 14 de septiembre de 2013

Los latidos de la humanidad

Hay un lugar en Buenos Aires que se llama “La Viruta”,
sitio fascinante para quienes amamos bailar. Y ver bailar (...)
La pista de baile era un mar y toda esa gente bailando un cardumen
llevado por la marea musical, un espectáculo sonoro y visual
que me regocijaba el alma...
@letranias


Fotografía tomada de www.lavirutatango.com

Addy Góngora Basterra (*)
Publicado en el Diario de Yucatán .

Hay sonidos de los que no podemos escapar, escuchamos de manera inevitable lo que nos rodea: el motor del coche del vecino, ladridos, conversaciones de mesas contiguas, alertas de celulares; hay sonidos a los que nos acostumbramos, como la estela que deja el tren cuando pasa, el repiquetear de la lluvia, el rumor motorizado de avenidas, las aspas del ventilador, el murmullo de una conversación. o sonidos peregrinos, como la fronda de los árboles cuando los mueve el viento y el canto de pájaros que vuelan cada tarde hacia ellos.

A diferencia de los ojos, no podemos bloquear voluntariamente la audición ni cubrirnos los oídos como nos cobijamos la mirada con los párpados. Hasta que se inventaron los audífonos en los que nos sumergimos, sonoros paraísos artificiales siempre a mano; nos metemos en ellos y oímos lo que elegimos escuchar, dejando fuera de nuestro alcance los sonidos ambientales.

Hay un lugar en Buenos Aires que se llama “La Viruta”, sitio fascinante para quienes amamos bailar.

Y ver bailar.

Cuando uno pasa por la calle no se imagina lo que hay en el subsuelo, porque el lugar al que me refiero es algo así como un gran sótano adaptado para salón de baile donde no solamente bailan profesionales, también hay clases para los que quieran aprender tango, milonga, salsa y rock&roll. Me gustaba ir ahí, sentarme y observar el espectáculo de la música moviendo cuerpos abrazados.

Recuerdo una ocasión en la que miré con detalle el movimiento de los pies de quienes bailaban tango. Como es un lugar cerrado, no fue difícil percibir el sonido que brotaba de la fricción de los zapatos con el piso. ¿Cómo no había percibido algo tan obvio? Supongo que al centrar mi atención auditiva en escuchar la música de la Orquesta, descartaba todo lo demás. ¿Cuántos sonidos descubriríamos si le prestáramos atención a lo que está ahí, tan evidente, pero que distraemos con algo diferente?

Mirar el movimiento de los pies fue asomarme al tango por una rendija que no conocía, una perspectiva diferente para disfrutar, porque me di cuenta que el sonido de los zapatos al deslizarse evocaba al oleaje. La pista de baile era un mar y toda esa gente bailando un cardumen llevado por la marea musical, un espectáculo sonoro y visual que me regocijaba el alma. Mi soledad de muchacha extranjera se alegraba al ver girar a las parejas que más de una ocasión fueron hipnótico motivo de desvelo.

Qué importante es escuchar, qué significativos pueden ser los sonidos. Por eso después de ciertas canciones algo en nosotros no vuelve a ser lo de antes. La música nos cambia la vida. A través de ella podemos llegar a donde no logramos llegar con las manos, tocamos de manera diferente a las personas a través de lo que se interpreta en un instrumento y a través de lo que cantamos.

Pensaba en eso el viernes pasado durante el concierto inaugural de la Vigésima Temporada de la Orquesta Sinfónica de Yucatán (OSY). Me sentí feliz escuchando. La música que no tiene letra dice lo que sentimos por dentro cuando la escuchamos, incluso lo que no sabemos nombrar, aquello que nos deja absortos de belleza, aquello que nos conmueve, que nos anuda la garganta y nos barniza la mirada. ¿Qué es para mí el Danzón no. 2? Veracruz, la tierra donde nací. ¿Qué significa para mí Moncayo? Patria musical: mi sangre mexicana es la trompeta con sordina del Huapango.

Hay pasiones que se contagian y la música es una de ellas, quizá por eso al pianista yucateco Manuel Escalante —invitado de la OSY— le llovieron los aplausos la semana pasada. Mientras tocaba el piano me enamoraba de la vida y fue una de las ocasiones en las que he querido bendecir y agradecer el poder escuchar.

Nuestra capacidad para saborear con el oído todo aquello que suena en la polifonía diaria es un privilegio, como también lo es poder acercarnos a la música a través de los audífonos, lupa de los sonidos, estetoscopio del mundo contemporáneo con el que oímos, nota por nota, los latidos de la humanidad.- Mérida, Yucatán.

(*) Licenciada en Letras Hispánicas y Profesora de Historia del Arte.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Cleopatra

... tu andar por la alcoba
llevando la desnudez como un manto que te fuera debido.
En tus manos también está esa señal de poder,
ese aire que las sirve y obedece
cuando defines las cosas
y les indicas su lugar en el mundo.

Álvaro Mutis
Poeta Colombiano


Cleopatra en la fachada del Museo Egipcio en El Cairo.
Fue la última reina  de Egipto, perteneciente a la Dinastía Ptolemaica,
también conocida como la Dinastía Lágida.

HIJA ERES DE LOS LÁGIDAS

Álvaro Mutis, poeta colombiano.

Tomado del libro “Summa de Maqroll el Gaviero: Poesía Reunida”.

Hija eres de los Lágidas.
Lo proclaman la submarina definición de tu rostro,
tu piel salpicada por el mar en las escolleras,
tu andar por la alcoba
llevando la desnudez como un manto que te fuera debido.
En tus manos también está esa señal de poder,
ese aire que las sirve y obedece
cuando defines las cosas
y les indicas su lugar en el mundo.
En un recodo de los años,
de nuevo, intacto,
sin haber rozado siquiera
las arenas del tiempo,
ese aroma que escoltaba tu juventud
y te señalaba ya como auténtica heredera
del linaje de los Lágidas.
Me pregunto cómo has hecho
para vencer el cotidiano uso
del tiempo y de la muerte.
Tal vez éste sea el signo cierto
de tu origen, de tu condición de heredera
del fugaz Reino del Delta.
Cuando mis brazos se alcen
para recibir a la muerte,
tú estarás allí, de nuevo, intacta,
porque así serás siempre,
porque hija eres del linaje de los Lágidas.


Para saber más sobre los Lágidas, click aquí

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Once de septiembre


Memorial al 11 de septiembre en Nueva York



Cristina Peri Rossi
Poeta Uruguaya.

El once de septiembre del dos mil uno
mientras las Torres Gemelas caían,
yo estaba haciendo el amor.
El once de septiembre del año dos mil uno
a las tres de la tarde, hora de España,
un avión se estrellaba en Nueva York,
y yo gozaba haciendo el amor.
Los agoreros hablaban del fin de una civilización
pero yo hacía el amor.
Los apocalípticos pronosticaban la guerra santa,
pero yo fornicaba hasta morir
—si hay que morir, que sea de exaltación—.
El once de septiembre del año dos mil uno
un segundo avión se precipitó sobre Nueva York
en el momento justo en que yo caía sobre ti
como un cuerpo lanzado desde el espacio
me precipitaba sobre tus nalgas
nadaba entre tus zumos
aterrizaba en tus entrañas
y vísceras cualesquiera.
Y mientras otro avión volaba sobre Washington
con propósitos siniestros
yo hacía el amor en tierra
—cuatro de la tarde, hora de España—
devoraba tus pechos tu pubis tus flancos
hurí que la vida me ha concedido
sin necesidad de matar a nadie.
Nos amábamos tierna apasionadamente
en el Edén de la cama
—territorio sin banderas, sin fronteras,
sin límites, geografía de sueños,
isla robada a la cotidianidad, a los mapas
al patriarcado y a los derechos hereditarios—
sin escuchar la radio
ni el televisor
sin oír a los vecinos
escuchando sólo nuestros ayes
pero habíamos olvidado apagar el móvil
ese apéndice ortopédico.
Cuando sonó, alguien me dijo: Nueva York se cae
ha comenzado la guerra santa
y yo, babeante de tus zumos interiores
no le hice el menor caso,
desconecté el móvil
miles de muertos, alcancé a oír,
pero yo estaba bien viva,
muy viva fornicando.
“¿Qué ha sido?”, preguntaste,
los senos colgando como ubres hinchadas.
“Creo que Nueva York se hunde”, murmuré,
comiéndome tu lóbulo derecho.
“Es una pena”, contestaste
mientras me chupabas succionabas
mis labios inferiores.
Y no encendimos el televisor
ni la radio el resto del día,
de modo que no tendremos nada que contar
a nuestros descendientes
cuando nos pregunten
qué estábamos haciendo
el once de septiembre del año dos mil uno,
cuando las Torres Gemelas se derrumbaron sobre Nueva York.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Peeping Tom

A veces me pregunto qué habrá sido de ti.
Y si ahora en tus noches junto a un cuerpo
vuelve la vieja escena
y todavía espías nuestros besos.

Jaime Gil de Biedma


¿Quién se resiste a ser espía del instante al que se aproxima 
el mármol que quiere ser beso? 
@letranias

Detalle de "Cupido y Psique".
Escultura en mármol de Antonio Cánova.
Se encuentra en el Museo del Louvre.
Fotografía © Lynn Goldsmith.


Peeping Tom

Jaime Gil de Biedma

Poeta Español (1929 - 1990).

Ojos de solitario, muchachito atónito
que sorprendí mirándonos
en aquel pinarcillo, junto a la Facultad de Letras,
hace más de once años,

al ir a separarme,
todavía atontado de saliva y de arena,
después de revolcarnos los dos medio vestidos,
felices como bestias.

Te recuerdo, es curioso
con qué reconcentrada intensidad de símbolo,
va unido a aquella historia,
mi primera experiencia de amor correspondido.

A veces me pregunto qué habrá sido de ti.
Y si ahora en tus noches junto a un cuerpo
vuelve la vieja escena
y todavía espías nuestros besos.

Así me vuelve a mí desde el pasado,
como un grito inconexo,
la imagen de tus ojos. Expresión
de mi propio deseo.