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viernes, 18 de enero de 2013

¿Por qué nos gusta ver leer?

Fotografía de Steve McCurry´s 

... la cara de un lector es una suerte de ventana al mundo creado por el libro.

Por Cristian Vázquez
Tomado de Letras Libres


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¿Por qué nos gusta ver leer? Iba a formular la pregunta de otra manera: ¿Por qué a quienes nos gusta leer también nos gusta ver leer? Un fragmento de No leer, el libro de crónicas literarias de Alejandro Zambra, me disuadió: “Hay belleza, para nosotros, en la imagen del lector solitario. Recuerdo a un compañero de curso que iba en las tardes a la Biblioteca Nacional no para leer sino para mirar a los demás leyendo. A él, de hecho, no le gustaba leer, y usaba los libros solamente como antifaces para mirar sin ser visto”.

Quiere decir que el placer de ver leer no es exclusivo de los lectores. ¿A quiénes incluye el “nosotros” al que alude Zambra? Intuyo que a “nosotros, los voyeristas”. Todos los lectores somos, por definición, voyeurs, pero no somos los únicos, por supuesto. “Voyeur: persona que disfruta contemplando actitudes íntimas o eróticas de otros”, dice la RAE.

Zambra completa la imagen explicando que su compañero “de vez en cuando bosquejaba en su croquera [bloc de apuntes] los gestos de los lectores, de las lectoras fundamentalmente, pues le parecía que una mujer bella se veía todavía más bella cuando leía”. Todo esto nos remite indefectiblemente a esa frasecita tan de moda: Reading is sexy. ¿Leer es sexy? ¿De verdad? ¿Será que la definición de la RAE se aplica y cambia el nexo disyuntivo por el (nunca más apropiado) copulativo, o sea, que la lectura es una actitud íntima y erótica?

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La idea de que leer es sexy viene de la mano de una hermana mayor: Smart is the new sexy (algo así como que ser inteligente es la nueva característica de la sensualidad). Esta frase fue incluso utilizada como eslogan por la Newspaper Association of America para la promoción de la lectura de periódicos en Estados Unidos. Ahora bien, como siempre que una afirmación se repite tanto hasta convertirse en una frase hecha, conviene detenerse a analizar cuánto hay de cierto en ella.

Podemos estar de acuerdo con el compañero de Zambra en que las personas bellas cuando leen se ven más bellas aún. Es decir, que la lectura realza el atractivo. Pero la inteligencia sigue siendo la inteligencia y lo sexy sigue siendo lo sexy. Aunque la mona lea muchos libros, mona se queda.

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Underground New York Public Library (UNYPL) es un proyecto de Ourit Ben-Haïm, una chica marroquí que vive en Nueva York. Se trata de un espacio multiredes sociales (Tumblr, Facebook, Twitter) que reúne fotos de gente anónima que lee en los andenes o el interior de los vagones del metro neoyorkino. “Estoy fascinada por ver cómo nos aplicamos a los relatos y los textos —dice Ben-Haïm—. Al hacerlo, damos forma a quienes entendemos que somos”.

Esta explicación suena mucho más convincente: la fascinación de la que habla Ben-Haïm tiene más sentido. Sobre todo para quienes sí leemos. Porque nos gusta ver leer no solo a personas bellas, sino a toda clase de gente: mujeres y hombres, jóvenes y viejos, gordos y flacos, blancos y negros. Puede que Marilyn Monroe o Paul Newman sean sexies leyendo el Ulises o el New York Times, pero no necesitan de la lectura para serlo. Lo que nos gusta de una persona que lee es verla sumida en un mundo extraño, que no tiene nada que ver con el entorno que la rodea, mundo del que apenas podemos obtener mínimos indicios a través de su cara, sus expresiones, sus microgestos. Es decir, la cara de un lector es una suerte de ventana al mundo creado por el libro. Mejor dicho: el mundo creado por la conexión entre el libro y él.

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A quienes leemos, además, nos gusta saber qué se lee a nuestro alrededor. A veces nos sorprende o incluso nos emociona descubrir que tal persona está metida en tal libro. Y si no los descubrimos, nos carcome la curiosidad: cada viernes, UNYPL postea la imagen de alguien que lee un libro cuyo título y autor no se alcanzan a ver. Ben-Haïm pide a la comunidad de Tumblr que la ayude a determinar qué libro es. Y siempre, siempre la comunidad responde.

Eduardo Berti apunta que, además, “al ver a alguien con una obra que leímos nos tienta, por ejemplo, evaluar si ha alcanzado ya esa escena que nuestra memoria atesora tal vez algo trastocada”. Nos da ganas de interrumpirlo, de tocarle el hombro para preguntarle: “¿Y? ¿Qué tal?”.

Quizá la primera descripción de la fascinación que ejerce la imagen de un lector es la que detalló San Agustín en el siglo IV, asombrado por el ejercicio silencioso en una época en que todas las lecturas eran en voz alta: “Cuando Ambrosio leía, pasaba la vista sobre las páginas penetrando su alma, en el sentido, sin proferir una palabra ni mover la lengua. Muchas veces […] lo vimos leer calladamente y nunca de otro modo…”. Hoy, cuando lo normal es leer en silencio, Alejandro Zambra destaca el placer opuesto, “el momento repentino en que alguien deletrea o repite un pasaje en voz baja, como descubriendo los sonidos que duermen en la página, como queriendo memorizar, de una vez, los versos o las escenas preferidas”.

En cualquier caso, en voz alta o en silencio, en el metro o en cualquier otra parte, seguiremos gozando al observar con fascinación y placer a la gente que lee. Salvo que vayamos leyendo, claro, en cuyo caso nos convertiremos nosotros mismos en objetos de la fascinación y el placer ajenos. Aunque —si todo va bien— eso no tendrá importancia: iremos demasiado metidos en nuestro mundo como para darnos cuenta.


Cristian Vázquez
Buenos Aires, 1978.

Periodista y escritor. Ha publicado la novela breve
Támesis y otros cuentos (Universidad de La Plata, 2007)
y el libro de cuentos Partidas (Bubok, 2009).

miércoles, 16 de enero de 2013

Maculí en flor

Maculí en flor


Por Addy Góngora Basterra. 

Ayer salí del banco y me subí al coche pensando en contar dinero. Di la vuelta y frente a mi surgió el deseo de contar la rosa seducción de un maculí en flor.

Detuve el auto. Me bajé.

De estar sentada en la silla acojinada del banco esperando mi turno en ventanilla, me fui a sentar a los tablones de un banco verde bajo el árbol, sin nada que esperar y con mucho por disfrutar, porque la tarde estaba hermosa y porque la banca y yo estábamos solas.

Me senté y miré hacia arriba, flores rosas en racimos me alegraron las pupilas; olvidé la prisa. Vi a gente pasar; tras el cristal de sus vehículos algunos miraban el árbol. Pocos pueden ser indiferentes a su belleza. Mientras veía la copa desde abajo, pensé en cómo sería la ciudad y él ánimo de quienes la habitamos si hubiera más árboles como éste en banquetas y avenidas. En cómo la vida sería distinta si tuviéramos más cuidado, si no podáramos por mero capricho, si amorosamente procuráramos. Creo que seríamos un poco más felices con la alegría gratuita de la vegetación: la naturaleza puede ser un espectáculo.

El Maculí es una sirena vegetal que canta en todo su color. Cuenta “La Odisea” que Ulises sólo resistió el canto de las sirenas sin arrojarse a las aguas porque estaba atado al mástil. Nosotros llevamos el cinturón de seguridad cuando vamos al volante; atados a nuestros asientos llevamos prisa o dinero por entregar o hijos que apresuran el trayecto o responsabilidades que no pueden esperar o besos urgentes de besos. Y no nos bajamos. Y dejamos pasar de largo un momento que no vuelve.  

Pero ahí, tras el cinturón de seguridad, con seguridad puedo decir que quienes miran ese árbol no pueden evitar un pensamiento de hermosura: “Vi un árbol precioso”, tal vez escriba un conductor por mensaje de texto... o se lo diga por la tarde a su amor… o lo publique en Facebook con todo y foto… o lo mande por email… o lo escriba en un blog: Vi un árbol precioso.  

Y nos llevamos en la memoria —como se lleva un olor, el estribillo de una canción, un nombre amado repetidamente pronunciado— esos pétalos que luego son alfombra…  el estallido rosa que, con paciencia de años, nos comparte en dosis de florida belleza,  el árbol.  

Mi vecino...

hoy llueve mucho, mucho,
y pareciera que están lavando el mundo
mi vecino de al lado mira la lluvia
y piensa escribir una carta de amor/
una carta a la mujer que vive con él
y le cocina y le lava la ropa y hace el amor con él
y se parece a su sombra/
mi vecino nunca le dice palabras de amor a la
mujer/
entra a la casa por la ventana y no por la puerta/
por una puerta se entra a muchos sitios/
al trabajo, al cuartel, a la cárcel,
a todos los edificios del mundo/ pero no al mundo/
ni a una mujer/ni al alma/
es decir/a ese cajón o nave o lluvia que llamamos así/
como hoy/que llueve mucho/
y me cuesta escribir la palabra amor/
porque el amor es una cosa y la palabra amor es otra cosa/
y sólo el alma sabe dónde las dos se encuentran/
y cuándo/y cómo/
pero el alma qué puede explicar/
por eso mi vecino tiene tormentas en la boca/
palabras que naufragan/
palabras que no saben que hay sol porque nacen y
mueren la misma noche en que amó/
y dejan cartas en el pensamiento que él nunca
escribirá/
como el silencio que hay entre dos rosas/
o como yo/que escribo palabras para volver
a mi vecino que mira la lluvia/
a la lluvia/

a mi corazón desterrado/

Juan Gelman, poeta argentino.

Y hoy está en Mérida.

Anoche, cuando lo escuché leer en voz alta, recordé el acento de mis amigos en Buenos Aires, las conversaciones, las botellas de vino, los umbrales donde nos abrazamos, los reencuentros prometidos.

Hoy miércoles 16 de enero, a las 20:00 horas, Gelman presentará un libro en el auditorio "Dr. Silvio Zavala Vallado" del Centro Cultural Olimpo. Desde hace unos días se pasea por las calles de la ciudad pues es uno de los invitados y protagonistas del "Mérida Fest".

Ayer en la noche leyó este poema que comparto deseando que llegue a muchos, como también deseo que muchas personas detengan la mirada, unos instantes, en los versos escritos en una barda que está en Prolongación Montejo, cerca del semáforo donde está el Seven Eleven de Villas La Hacienda. Un poeta y una cómplice se han asociado para llevar a las calles algo más que publicidad y campañas políticas: literatura, poesía, palabras vivas.