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jueves, 31 de enero de 2013

Unicornio marino: el Narval

Por Nevia Leonor Pérez Aguilar 
Estudiante de Biología Marina 
Universidad Autónoma de Yucatán

¿Han escuchado del  narval? Yo lo conocí de una forma nada original: viendo documentales en Discovery Channel. Me llamó la atención por la infantil —pero no despreciable— razón de que su nombre comienza con “N”, igual que el mío.

Se trata de una ballena que vive en aguas árticas —de hecho, más al Norte que cualquier otro cetáceo— donde forma grupos bastante unidos de poco más de veinte individuos del mismo sexo o de la misma clase de edad. En el verano estos pequeños grupos se juntan y forman agregaciones de varios cientos de individuos. Los machos llegan a medir hasta 4.7 metros y las hembras, 4.2. Los adultos tienen motas negras en el dorso pero el vientre es blanco; los individuos viejos se tornan cada vez más blancos —no pude evitar pensar en las canas de mi abuelo—. 

No tienen aleta dorsal sino una cresta carnosa en la mitad posterior de la espalda —no pude evitar pensar en la cresta de los gallos—. En el verano se alimentan de bacalao ártico (Arctogadusglacialis) y bacalao polar (Boreogadussaida) —no pude evitar pensar en el bacalao a la vizcaína de navidad— pero en poca cantidad; durante el invierno se atiborran de Reinhardtiushippoglossoides, no conozco su nombre común, pero es una especie de lenguado con mucho más contenido lipídico —mucho más grasosa— que el bacalao; comen calamares del género Gonatus todo el año. Durante el verano las orcas (Orcinus orca) se alimentan de narvales y cuando llega el invierno los osos polares (Ursusmaritimus) usan el mar congelado como plataforma para alcanzar los narvales y sacarlos del agua para tener una buena charla con ellos… bueno, en realidad para matarlos y comerlos… pero tenía que escribirlo.

(Nota para Nevia: Debo evitar pensar cosas que no vienen al caso).

Y bueno, aquí termina el primer párrafo de datos generales —muy generales— sobre el narval, ahora hablaré sobre su característica más notable y única: su “cuerno” de hasta tres metros de longitud. A propósito, si quieren pueden saltarse los nombres científicos cuando lean, pero yo siento que es una obligación biológica ponerlos, así que tendrán que disculparme.

 Se piensa que el narval es el animal detrás de la leyenda del unicornio. Desde la Edad media, comerciantes y químicos conspiraron para mantener la existencia del narval en secreto, mientras vendían “cuernos de unicornio” a un precio muy alto pues se suponía tenía propiedades curativas. Herman Melville, en su magnífico y gran —¡gran!— libro de 1851, Moby Dick —¿y cuál si no? — escribe:


Por ciertos antiguos escritores claustrales he sabido que este mismo cuerno de unicornio marino se consideraba en épocas pasadas como el gran antídoto contra el veneno, y que, en cuanto tal, los preparados hechos de él alcanzaban precios inmensos. También se destilaba en sales volátiles para damas que se desmayaban, del mismo modo que los cuernos de ciervo se elaboran como amoníaco. Originalmente se consideraba en sí mismo como objeto de gran curiosidad.

Así es como los narvales fueron percibidos en la civilización occidental hasta el siglo XVII cuando aparecieron las primeras descripciones de un pez-monstruo marino.

La verdad es que el “cuerno” es un diente, el canino izquierdo de la mandíbula superior que atraviesa el labio y sigue creciendo; eso de un colmillo que atraviesa el labio puede llevar a algunos a pensar en vampiros mutantes, pero les aseguro que el narval es un cetáceo y no chupará su sangre. Hay una gran variedad en la forma y dimensiones de este diente, algunos son bastante rectos y otros tienen la forma de un sacacorchos; algunos son delgados y frágiles, mientras otros son cortos y gruesos.

En 1758, Linneo —el apasionado-por-el-orden y clasificador-de-plantitas—, usó el nombre científico Monodonmonoceros para la ballena con un diente y un cuerno. Me gusta su nombre científico, es de los fáciles de recordar; también me gusta porque se parece al nombre científico con que me acabo de bautizar: Monocromáticusmonosilábicus. He aquí la explicación: 1) mi pelo y mis ojos son del mismo color: café, café y 2) no soy habladora sino todo lo contrario, tengo desgarradoras historias de bulliyng de la secundaria por causa de esta característica mía, pero regresemos al narval antes de que pueda recordar más.

Ya he aclarado que se trata de un diente, pero no necesitamos ser dentistas para tener curiosidad y preguntar: ¿cómo así?, bueno, seis pares de papilas dentales maxilares y dos pares de papilas dentales mandibulares están presentes en los embriones de los narvales  pero sólo dos pares maxilares persisten y se desarrollan. De estas, los dos dientes anteriores se elongan. Los otros dos dientes permanecen vestigiales. En los machos, el izquierdo de los dos dientes elongados crece (en espiral hacia la izquierda) y sobresale a través del hueso maxilar y la piel del rostro de la ballena… y el resultado es una pieza natural bella, magnífica, asombrosa… y de misteriosa utilidad.

¿Para qué sirve el colmillo del narval? A mí me estorbaría un diente retorcido que sobresale de mi boca pero al parecer a los narvales no ¿por qué?





En Moby Dick—recuerden, escrito en 1851—, hay un capítulo que se llama Cetología, y yo creo que es una gema, dice cosas extrañas, como que las ballenas son peces pero creo que eso contribuye a su encanto; bueno, en este capítulo Melville—¿o debería llamarlo Ismael? — describe muchas ballenas, desde delfines hasta el cachalote, y por supuesto pasa por el narval… y por supuestísimo habla de su colmillo: 

Pero —el colmillo— se encuentra sólo en el lado izquierdo, lo que produce un desagradable efecto, dando a su poseedor un aspecto análogo al de un zurdo inhábil. Sería difícil responder a qué propósito exactoresponde este cuerno o lanza de marfil. No parece usarse como la de hoja de pez-espada o pez-aguja, aunque algunos marineros me dicen que el narval lo emplea como una badila revolviendo el fondo del mar en busca de alimento. Charley Coffin decía que se usaba como rompehielos, pues el narval, al subir a la superficie del mar polar y encontrarlo cubierto de hielo, mete el cuerno para arriba y se abre paso. Pero no se puede demostrar que sea correcta ninguna de esas hipótesis. Mi propia opinión es que, de cualquier modo que este cuerno unilateral sea usado por el narval, de cualquier modo que sea, le resultaría muy conveniente como plegadera para leer folletos.

Literatura más reciente (1981) y sin licencia poética, dice que parece improbable que sirva para alimentarse pues la mayoría de las hembras no tienen colmillos y sobreviven bien; más bien podría servir para que los machos peleen como un modo de establecer su dominancia en la jerarquía social. Los machos pelean de forma no agresiva debajo o arriba de la superficie del agua; el sonido de los colmillos chocando es como el de dos bastones de madera que son golpeados el uno con el otro.

Una hipótesis más nueva (2005) dice que es un órgano sensorial. Se descubrieron  diez millones de pequeñas conexiones nerviosas que van desde el nervio central del colmillo hasta su superficie exterior. Aunque se ve rígido y duro, el colmillo es como una membrana con una superficie extremadamente sensible, capaz de detectar cambios en la temperatura, presión del agua y también gradientes de partículas, ésta última característica les permite conocer la salinidad del agua, lo que podría ayudarlas a sobrevivir en su ambiente Ártico, pudiendo reconocer las características del agua apropiadas para los peces que comen. Estas conexiones sensoriales también proveen habilidad táctil. Al frotar sus colmillos los machos deben experimentar una sensación única.

Pero esto rompe las reglas del desarrollo normal, después de todo ¿porqué se expondrían al  frío ambiente ártico esos millones de caminos sensoriales que conectan al sistema nervioso?

Estas ballenas son misteriosas y sólo una cosa es segura: no padecen sensibilidad dental.

Larga vida-no-en-cautiverio al narval.



Sobre la autora: 

Me llamo Nevia Leonor Pérez Aguilar  y nunca ideé un pseudónimo convincente. Nací en Mérida en el año de gracia de 1991 y estudio Biología Marina en la Universidad Autónoma de Yucatán. Odio que lo definido entre en la definición pero no odio las definiciones negativas. Tengo un hermoso gato, quien siente por mí un auténtico amor por conveniencia.


El texto "Unicornio marino: El Narval" fue publicado en el número 15 de la revista Al Pie de la Letra de la Escuela de Humanidades de la Universidad Modelo.  
¿Te gustaría publicar? Escríbenos a alpiedelaletraum@gmail.com 

miércoles, 30 de enero de 2013

ü

Pingüino es una palabra atacada por las moscas. 


Ramón Gómez de la Serna

lunes, 28 de enero de 2013

Recordando a Martí

(La Habana, Cuba, 28 de enero de 1853 – Dos Ríos, Cuba, 19 de mayo de 1895)



Cerca de la estatua de Martí en el Parque Central de La Habana,
se yerguen veintiocho palmas reales en alusión al día del natalicio de este cubano inolvidable, en enero de 1853.

Fragmento de Tres héroes.


Cuentan que un viajero llegó un día a Caracas al anochecer, y sin sacudirse el polvo del camino, no preguntó dónde se comía ni se dormía, sino cómo se iba a donde estaba la estatua de Bolívar. Y cuentan que el viajero, solo con los árboles altos y olorosos de la plaza, lloraba frente a la estatua, que parecía que se movía, como un padre cuando se le acerca un hijo. El viajero hizo bien, pues todos los americanos deben querer a Bolívar como a un padre. A Bolívar, y a todos los que pelearon como él, porque la América fuese del hombre americano. A todos: al héroe famoso y al último soldado, que es un héroe desconocido. Hasta hermosos de cuerpo se vuelven los hombres que pelean por ver libre a su patria.

Libertad es el derecho que todo hombre tiene a ser honrado, y a pensar y a hablar sin hipocresía. En América no se podía ser honrado, ni pensar ni hablar. Un hombre que oculta lo que piensa o no se atreve a decir lo que piensa no es un hombre honrado. Un hombre que obedece a un mal gobierno, sin trabajar para que el gobierno sea bueno, no es un hombre honrado. Un hombre que se conforma con obedecer a leyes injustas, y permiten que pisen el país en que nació, los hombres que se lo maltratan, no es un hombre honrado. El niño, desde que puede pensar, debe pensar en todo lo que ve, debe padecer por todos los que no pueden vivir en honradez, debe trabajar porque puedan ser honrados todos los hombres, y debe ser un hombre honrado. El niño que no piensa en lo que sucede a su alrededor y se contenta con vivir, sin saber si vive honradamente, es como un hombre que vive del trabajo de un bribón y está en camino de ser bribón. Hay hombres que son peores que las bestias, porque las bestias necesitan ser libres para vivir dichosas; el elefante no quiere tener hijos cuando vive preso, la llama del Perú se echa en la tierra y se muere, cuando el indio le habla con rudeza o le pone más carga de la que puede soportar. El hombre debe ser, por lo menos, tan decoroso como la llama y el elefante. En América se vivía antes de la libertad, como la llama que tiene mucha carga encima. Era necesario quitarse la carga, o morir. 

Hay hombres que viven contentos aunque vivan sin decoro. Hay otros que padecen como en agonía cuando ven que los hombres viven sin decoro a su alrededor. En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, así como ha de haber cierta cantidad de luz. Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Esos son los que se rebelan con fuerza terrible contra los que les roban a los pueblos su libertad, que es robarles a los hombres su decoro. En esos hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana. Esos hombres son sagrados. Estos tres hombres son sagrados: Bolívar, de Venezuela; San Martín, del Río de la Plata; Hidalgo, de México. Se les deben perdonar sus errores, porque el bien que hicieron fue más que sus faltas. Los hombres no pueden ser más perfectos que el sol. El sol quema con la misma luz con que calienta. El sol tiene manchas. Los desagradecidos no hablan más que de las manchas. Los agradecidos hablan de la luz.

Bolívar era pequeño de cuerpo. Los ojos le relampagueaban y las palabras se le salían de los labios. Parecía como si estuviera esperando siempre la hora de montar a caballo. Era su país, su país oprimido que le pesaba en el corazón y no le dejaba vivir en paz. La América entera estaba como despertando. Un hombre solo no vale nunca más que un pueblo entero; pero hay hombres que no se cansan, cuando su pueblo se cansa, y que se deciden a la guerra antes que los pueblos, porque no tienen que consultar a nadie más que a sí mismos, y los pueblos tienen muchos hombres y no pueden consultarse tan pronto. Ese fue el mérito de Bolívar, que no se cansó de pelear por la libertad de Venezuela, cuando parecía que Venezuela se cansaba. Lo habían derrotado los españoles, lo habían echado del país. El se fue a una isla, a ver su tierra de cerca, a pensar en su tierra.

Un negro generoso lo ayudó cuando ya no lo quería ayudar nadie. Volvió un día a pelear con trescientos héroes, con los trescientos libertadores. Libertó a Venezuela. Libertó a la Nueva Granada. Libertó al Ecuador. Libertó al Perú. Fundó una nación nueva, la nación de Bolivia. Ganó batallas sublimes con soldados descalzos y medio desnudos. Todo se estremecía y se llenaba de luz a su alrededor. Los generales peleaban a su lado con valor sobrenatural. Era un ejército de jóvenes. Jamás se peleó tanto, ni se peleó mejor en el mundo por la libertad. Bolívar no defendió con tanto fuego el derecho de los hombres de gobernarse por sí mismos, como el derecho de América a ser libre. Los envidiosos exageraron sus defectos. Bolívar murió de pesar del corazón, más que de mal del cuerpo, en la casa de un español, en Santa Marta. Murió pobre, y dejó una familia de pueblos.

Tomado de: José Martí, Obras Escogidas en Tres Tomos, Tomo II, Editora Política, La Habana, 1980.


Para leer el fragmento que le dedica a Miguel Hidalgo y Costilla, 
publicado el 15 de septiembre del 2009 en Letranías, click aquí.

jueves, 24 de enero de 2013

Nuestra sombra



Oliverio Girondo. Escritor argentino.
Tomado del libro “Espantapájaros”.

¿Nos olvidamos, a veces, de nuestra sombra o es que nuestra sombra nos abandona de vez en cuando?

Hemos abierto las ventanas de siempre. Hemos encendido las mismas lámparas. Hemos subido las escaleras de cada noche, y sin embargo han pasado las horas, las semanas enteras, sin que notemos su presencia.

Una tarde, al atravesar una plaza, nos sentamos en algún banco. Sobre las piedritas del camino describimos, con el regatón de nuestro paraguas, la mitad de una circunferencia. ¿Pensamos en alguien que está ausente? ¿Buscamos, en nuestra memoria, un recuerdo perdido? En todo caso, nuestra atención se encuentra en todas partes y en ninguna, hasta que, de repente advertimos un estremecimiento a nuestros pies, y al averiguar de qué proviene, nos encontramos con nuestra sombra.

¿Será posible que hayamos vivido junto a ella sin habernos dado cuenta de su existencia? ¿La habremos extraviado al doblar una esquina, al atravesar una multitud? ¿O fue ella quien nos abandonó, para olfatear todas las otras sombras de la calle?





La ternura que nos infunde su presencia es demasiado grande para que nos preocupe la contestación a esas preguntas.

Quisiéramos acariciarla como a un perro, quisiéramos cargarla para que durmiera en nuestros brazos, y es tal la satisfacción de que nos acompañe al regresar a nuestra casa, que todas las preocupaciones que tomamos con ella nos parecen insuficientes.

Antes de atravesar las bocacalles esperamos que no circule ninguna clase de vehículo. En vez de subir las escaleras, tomamos el ascensor, para impedir que los escalones le fracturen el espinazo. Al circular de un cuarto a otro, evitamos que se lastime en las aristas de los muebles, y cuando llega la hora de acostarnos, la cubrimos como si fuese una mujer, para sentirla bien cerca de nosotros, para que duerma toda la noche a nuestro lado.

*

Es 24 de enero del 2013 y se cumplen 46 años de la muerte del poeta argentino que la película “El lado oscuro del corazón” ha hecho eterno, reeditable, repetido en voz alta e inolvidable.

miércoles, 23 de enero de 2013

La fatiga

"Sol y sombra" de Winslow Homer (1836-1910), pintor estadounidense.


Luego de doce horas de vuelo, el viejo cerró su libro y se bajó de la hamaca.

Jorge F. Hernández (1962)
Escritor mexicano.

martes, 22 de enero de 2013

Elegía para decirme




Carilda Oliver Labra.
Poeta (¡y qué poeta!) cubana.

Yo le recuerdo aquí: donde me duele
el color que le trajo a mi esperanza;
y le recuerdo aquí porque soy triste
y ya no puedo echarme entre sus lágrimas.

¿Qué corazón saldría de este insomnio
si yo supiera ser una muchacha;
si no me pareciera tanto a mis ojeras,
ni a esta tarde de invierno, así doblada?

Pero me acuerdo aquí de que anda lejos
el que vivió a la vuelta de mi espalda.
Me acuerdo de su nombre perezoso
que casi no quería ser palabra.
Me acuerdo de su risa mal abierta
riñéndole por dentro a la mirada,
y de su frente que crecía;
y de su voz inútil como el alba
y de un secreto que quedó inconcluso
aquel domingo en que amó la nada.

¿Qué corazón saldría de este insomnio
si yo supiera ser una muchacha!
Pero me duele aquí, donde me canso, 
aquel hombre agobiado por crisálidas. 
Pero me duele aquí, donde soy sola,
esta verdad metida entre dos alas.
Qué corazón saldría de este insomnio...

Pero soy todo el blanco que se acaba,
y no me porto bien con la alegría
por lo que traigo al sur de mi garganta.

viernes, 18 de enero de 2013

¿Por qué nos gusta ver leer?

Fotografía de Steve McCurry´s 

... la cara de un lector es una suerte de ventana al mundo creado por el libro.

Por Cristian Vázquez
Tomado de Letras Libres


1

¿Por qué nos gusta ver leer? Iba a formular la pregunta de otra manera: ¿Por qué a quienes nos gusta leer también nos gusta ver leer? Un fragmento de No leer, el libro de crónicas literarias de Alejandro Zambra, me disuadió: “Hay belleza, para nosotros, en la imagen del lector solitario. Recuerdo a un compañero de curso que iba en las tardes a la Biblioteca Nacional no para leer sino para mirar a los demás leyendo. A él, de hecho, no le gustaba leer, y usaba los libros solamente como antifaces para mirar sin ser visto”.

Quiere decir que el placer de ver leer no es exclusivo de los lectores. ¿A quiénes incluye el “nosotros” al que alude Zambra? Intuyo que a “nosotros, los voyeristas”. Todos los lectores somos, por definición, voyeurs, pero no somos los únicos, por supuesto. “Voyeur: persona que disfruta contemplando actitudes íntimas o eróticas de otros”, dice la RAE.

Zambra completa la imagen explicando que su compañero “de vez en cuando bosquejaba en su croquera [bloc de apuntes] los gestos de los lectores, de las lectoras fundamentalmente, pues le parecía que una mujer bella se veía todavía más bella cuando leía”. Todo esto nos remite indefectiblemente a esa frasecita tan de moda: Reading is sexy. ¿Leer es sexy? ¿De verdad? ¿Será que la definición de la RAE se aplica y cambia el nexo disyuntivo por el (nunca más apropiado) copulativo, o sea, que la lectura es una actitud íntima y erótica?

2

La idea de que leer es sexy viene de la mano de una hermana mayor: Smart is the new sexy (algo así como que ser inteligente es la nueva característica de la sensualidad). Esta frase fue incluso utilizada como eslogan por la Newspaper Association of America para la promoción de la lectura de periódicos en Estados Unidos. Ahora bien, como siempre que una afirmación se repite tanto hasta convertirse en una frase hecha, conviene detenerse a analizar cuánto hay de cierto en ella.

Podemos estar de acuerdo con el compañero de Zambra en que las personas bellas cuando leen se ven más bellas aún. Es decir, que la lectura realza el atractivo. Pero la inteligencia sigue siendo la inteligencia y lo sexy sigue siendo lo sexy. Aunque la mona lea muchos libros, mona se queda.

  3

Underground New York Public Library (UNYPL) es un proyecto de Ourit Ben-Haïm, una chica marroquí que vive en Nueva York. Se trata de un espacio multiredes sociales (Tumblr, Facebook, Twitter) que reúne fotos de gente anónima que lee en los andenes o el interior de los vagones del metro neoyorkino. “Estoy fascinada por ver cómo nos aplicamos a los relatos y los textos —dice Ben-Haïm—. Al hacerlo, damos forma a quienes entendemos que somos”.

Esta explicación suena mucho más convincente: la fascinación de la que habla Ben-Haïm tiene más sentido. Sobre todo para quienes sí leemos. Porque nos gusta ver leer no solo a personas bellas, sino a toda clase de gente: mujeres y hombres, jóvenes y viejos, gordos y flacos, blancos y negros. Puede que Marilyn Monroe o Paul Newman sean sexies leyendo el Ulises o el New York Times, pero no necesitan de la lectura para serlo. Lo que nos gusta de una persona que lee es verla sumida en un mundo extraño, que no tiene nada que ver con el entorno que la rodea, mundo del que apenas podemos obtener mínimos indicios a través de su cara, sus expresiones, sus microgestos. Es decir, la cara de un lector es una suerte de ventana al mundo creado por el libro. Mejor dicho: el mundo creado por la conexión entre el libro y él.

4

A quienes leemos, además, nos gusta saber qué se lee a nuestro alrededor. A veces nos sorprende o incluso nos emociona descubrir que tal persona está metida en tal libro. Y si no los descubrimos, nos carcome la curiosidad: cada viernes, UNYPL postea la imagen de alguien que lee un libro cuyo título y autor no se alcanzan a ver. Ben-Haïm pide a la comunidad de Tumblr que la ayude a determinar qué libro es. Y siempre, siempre la comunidad responde.

Eduardo Berti apunta que, además, “al ver a alguien con una obra que leímos nos tienta, por ejemplo, evaluar si ha alcanzado ya esa escena que nuestra memoria atesora tal vez algo trastocada”. Nos da ganas de interrumpirlo, de tocarle el hombro para preguntarle: “¿Y? ¿Qué tal?”.

Quizá la primera descripción de la fascinación que ejerce la imagen de un lector es la que detalló San Agustín en el siglo IV, asombrado por el ejercicio silencioso en una época en que todas las lecturas eran en voz alta: “Cuando Ambrosio leía, pasaba la vista sobre las páginas penetrando su alma, en el sentido, sin proferir una palabra ni mover la lengua. Muchas veces […] lo vimos leer calladamente y nunca de otro modo…”. Hoy, cuando lo normal es leer en silencio, Alejandro Zambra destaca el placer opuesto, “el momento repentino en que alguien deletrea o repite un pasaje en voz baja, como descubriendo los sonidos que duermen en la página, como queriendo memorizar, de una vez, los versos o las escenas preferidas”.

En cualquier caso, en voz alta o en silencio, en el metro o en cualquier otra parte, seguiremos gozando al observar con fascinación y placer a la gente que lee. Salvo que vayamos leyendo, claro, en cuyo caso nos convertiremos nosotros mismos en objetos de la fascinación y el placer ajenos. Aunque —si todo va bien— eso no tendrá importancia: iremos demasiado metidos en nuestro mundo como para darnos cuenta.


Cristian Vázquez
Buenos Aires, 1978.

Periodista y escritor. Ha publicado la novela breve
Támesis y otros cuentos (Universidad de La Plata, 2007)
y el libro de cuentos Partidas (Bubok, 2009).

miércoles, 16 de enero de 2013

Maculí en flor

Maculí en flor


Por Addy Góngora Basterra. 

Ayer salí del banco y me subí al coche pensando en contar dinero. Di la vuelta y frente a mi surgió el deseo de contar la rosa seducción de un maculí en flor.

Detuve el auto. Me bajé.

De estar sentada en la silla acojinada del banco esperando mi turno en ventanilla, me fui a sentar a los tablones de un banco verde bajo el árbol, sin nada que esperar y con mucho por disfrutar, porque la tarde estaba hermosa y porque la banca y yo estábamos solas.

Me senté y miré hacia arriba, flores rosas en racimos me alegraron las pupilas; olvidé la prisa. Vi a gente pasar; tras el cristal de sus vehículos algunos miraban el árbol. Pocos pueden ser indiferentes a su belleza. Mientras veía la copa desde abajo, pensé en cómo sería la ciudad y él ánimo de quienes la habitamos si hubiera más árboles como éste en banquetas y avenidas. En cómo la vida sería distinta si tuviéramos más cuidado, si no podáramos por mero capricho, si amorosamente procuráramos. Creo que seríamos un poco más felices con la alegría gratuita de la vegetación: la naturaleza puede ser un espectáculo.

El Maculí es una sirena vegetal que canta en todo su color. Cuenta “La Odisea” que Ulises sólo resistió el canto de las sirenas sin arrojarse a las aguas porque estaba atado al mástil. Nosotros llevamos el cinturón de seguridad cuando vamos al volante; atados a nuestros asientos llevamos prisa o dinero por entregar o hijos que apresuran el trayecto o responsabilidades que no pueden esperar o besos urgentes de besos. Y no nos bajamos. Y dejamos pasar de largo un momento que no vuelve.  

Pero ahí, tras el cinturón de seguridad, con seguridad puedo decir que quienes miran ese árbol no pueden evitar un pensamiento de hermosura: “Vi un árbol precioso”, tal vez escriba un conductor por mensaje de texto... o se lo diga por la tarde a su amor… o lo publique en Facebook con todo y foto… o lo mande por email… o lo escriba en un blog: Vi un árbol precioso.  

Y nos llevamos en la memoria —como se lleva un olor, el estribillo de una canción, un nombre amado repetidamente pronunciado— esos pétalos que luego son alfombra…  el estallido rosa que, con paciencia de años, nos comparte en dosis de florida belleza,  el árbol.  

Mi vecino...

hoy llueve mucho, mucho,
y pareciera que están lavando el mundo
mi vecino de al lado mira la lluvia
y piensa escribir una carta de amor/
una carta a la mujer que vive con él
y le cocina y le lava la ropa y hace el amor con él
y se parece a su sombra/
mi vecino nunca le dice palabras de amor a la
mujer/
entra a la casa por la ventana y no por la puerta/
por una puerta se entra a muchos sitios/
al trabajo, al cuartel, a la cárcel,
a todos los edificios del mundo/ pero no al mundo/
ni a una mujer/ni al alma/
es decir/a ese cajón o nave o lluvia que llamamos así/
como hoy/que llueve mucho/
y me cuesta escribir la palabra amor/
porque el amor es una cosa y la palabra amor es otra cosa/
y sólo el alma sabe dónde las dos se encuentran/
y cuándo/y cómo/
pero el alma qué puede explicar/
por eso mi vecino tiene tormentas en la boca/
palabras que naufragan/
palabras que no saben que hay sol porque nacen y
mueren la misma noche en que amó/
y dejan cartas en el pensamiento que él nunca
escribirá/
como el silencio que hay entre dos rosas/
o como yo/que escribo palabras para volver
a mi vecino que mira la lluvia/
a la lluvia/

a mi corazón desterrado/

Juan Gelman, poeta argentino.

Y hoy está en Mérida.

Anoche, cuando lo escuché leer en voz alta, recordé el acento de mis amigos en Buenos Aires, las conversaciones, las botellas de vino, los umbrales donde nos abrazamos, los reencuentros prometidos.

Hoy miércoles 16 de enero, a las 20:00 horas, Gelman presentará un libro en el auditorio "Dr. Silvio Zavala Vallado" del Centro Cultural Olimpo. Desde hace unos días se pasea por las calles de la ciudad pues es uno de los invitados y protagonistas del "Mérida Fest".

Ayer en la noche leyó este poema que comparto deseando que llegue a muchos, como también deseo que muchas personas detengan la mirada, unos instantes, en los versos escritos en una barda que está en Prolongación Montejo, cerca del semáforo donde está el Seven Eleven de Villas La Hacienda. Un poeta y una cómplice se han asociado para llevar a las calles algo más que publicidad y campañas políticas: literatura, poesía, palabras vivas.

martes, 8 de enero de 2013

Cuando él la miró por primera vez

Esta es la primera entrada del año en Letranías. No me había dado cuenta del tiempo que dejé pasar sin venir a compartir algo.

En octubre empecé un trabajo nuevo. Llevo unos meses en un empleo que disfruto mucho, vinculado al arte y a la cultura. Eso, aunado a otros compromisos y pasiones, me ha tenido ausente y por eso he tenido tan pocas entradas. Sin embargo todos los días pienso en Letranías: ya son cinco años del blog, ya es hora de algo diferente, ya es momento —incluso— de llevar Letranías a un espacio real, trasgredir el mundo virtual. Voy a hacerlo, la idea me hace feliz, lo deseo.

Mi vida está llena de vida. Hay personas, momentos y situaciones extraordinarias que se me antoja compartir a través de relatos. Mis días están llenos de historias. Quiero contarlas. Quiero compartirlas. Mientras configuro una nueva casa con domicilio en www.letranias.com seguiré escribiendo.

De hoy, por ejemplo, tengo esta historia.

A la hora de la comida vi a mi abuelo. Le pregunté cómo fue eso de que tenías dos nombres cuando era niño. Me contó que, si bien en su acta de nacimiento escribieron "Rubén Góngora y Castillo", a los pocos años mi bisabuela —que se llamaba Aída y que yo conocí como Dita— se casó con otro hombre y por eso mi abuelo fue a la primaria bajo el nombre y apellido de otro señor, Renán Negrón Castillo. Por eso Rubén Góngora no fue a la escuela ni hay boletas que acrediten su educación.

Cuando mi abuelo conoció a la mujer de quien nació mi padre, su nombre ya no era Renán y estaba enfermo de sarampión. Alguien le dijo que la Pipirina —así llamaban en el barrio a quien sería mi abuela, apodo derivado de Pipirín González, mi bisabuelo— estaba en el vecindario, allá por El Aguacate, en la calle cincuenta y ocho de Mérida. Que era guapa y piernuda.

Una tarde, cuando ya el sarampión le había devuelto la libertad y estando en las calles del barrio con la palomilla que lideraba, alguien aviso: “Áista, áista, ya salió la Pipirina a tomar el fresco”. Mi abuelo le daba la espalda al lugar donde ella estaba. Giró el cuerpo y entonces vio lo que únicamente podía ver, una falda haciéndole marea a un par de rodillas, las piernas saliendo del umbral de la puerta, extendidas sobre la banqueta; la otra mitad de su cuerpo —las caderas, el torso, los gestos— estaban dentro de la casa.

No me dijo mi abuelo si en esa ocasión se hablaron; cuando le pregunté cómo se conocieron me contó que en una de las tantas bachatas que se armaban con cualquier pretexto en las casas, posterior a ese avistamiento. A mi abuela le gustaba bailar. Nos lo heredó a mis hermanas y a mí; y por supuesto, a mi papá.

Mi abuela ya no está para contarme su versión de cómo conoció a mi abuelo. ¿Le habrán hablado a ella de Renán o de Rubén? Sólo tengo la historia de sus piernas y de cuando mi abuelo la vio por primera vez.