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domingo, 24 de noviembre de 2013

Persiguiendo el destino

Escrito por Addy Góngora Basterra.
Publicado en el Diario de Yucatán.


Vuelo demorado. Eso anuncian las pantallas en el aeropuerto de la ciudad de México. –Genial –pienso. Y lo digo sin ironía, porque así tendré tiempo para escribir. Dos puntos.

Hasta ahora nunca me ha disgustado pasar tiempo de más en los aeropuertos. Recuerdo un viaje que Lichi –mi hermana– y yo hicimos cuando éramos niñas. Mis papás nos regalaron unas vacaciones en Veracruz para visitar a nuestros primos y abuelos. Nos fuimos felices, solas y con un brillo en la mirada por experimentar la aventura y la sensación de independencia a corta edad.

Hace un par de semanas, Lichi y yo abordamos un avión que nos llevó a Houston, donde nos separamos para continuar cada quien su travesía. En el punto donde se bifurcaban nuestros caminos nos despedimos con un abrazo. Sentí algo en el corazón, ese algo que se siente cuando una hermana se va lejos, cuando la sangre se aparta llevándose algo suyo-mío-nuestro. Al verla ir pensé lo anterior y me dije… “No exageres, Lichi sólo se va 10 días”… pero el pensamiento no era sólo por mí, sino por todas las personas que se abrazan en aeropuertos sin saber cuándo volverán a estar cerca de quien quieren ni cuándo podrán volver a asirse, a reír juntos y compartir momentos. Hablo de lo físico, de aquello que toda la tecnología, con sus magníficos aparatos, nunca podrá sustituir.

En el vuelo Mérida-México tras el que espero conexión, junto a mí se sentó una mujer con rostro coreano (y resultó ser rusa) que me contó lo desconfiada que es con personas desconocidas. –¿Tú has hecho vínculos cuando viajas? –me preguntó. Y así empezamos una conversación que ahora me llena de curiosidad ya que si desconfía de las personas, ¿por qué entonces me hizo esa confesión? Misterio ruso. Su pregunta me hizo recordar el primer “vínculo” de avión, que fue en el viaje que hice con Lichi a Veracruz, con un niño que también viajaba solo. La azafata nos sentó a los tres juntos. Se llamaba Jesús y con una camarita amarilla Kodak, de esas que usaban rollo de cuernito (110 mm), le tomamos una foto que en algún álbum debe andar.

Recuerdo haberlo conocido tal como recuerdo a una colombiana veinteañera cuya historia fue mi compañía durante horas de vuelo: se enamoró de un hombre que le doblaba la edad, un motociclista gringo con el que se fue sin permiso de sus padres a recorrer América del Sur abrazada a su cuerpo y con la cabeza metida en el casco por el que se vio obligada a cortar, frente al espejo de una gasolinera, el largo cabello pelirrojo que se le enredaba como una pesadilla diaria. Su historia no tuvo un final feliz: huía del novio con dinero que un doctor argentino le prestó tras conocer su historia de terror –que ella durante meses pensó que era de amor– al atenderla en el hospital al que llegó por una infección terrible: “Si un día tengo un hijo le voy a poner Daniel, como el doctor que me salvó”, me dijo antes de aterrizar.

Cuando llegó el momento de separarnos, la pelirroja y yo nos abrazamos con la extraña complicidad de dos desconocidas que comparten fragmentos de vida que pocos conocidos saben. No supe su nombre ni ella el mío, ni su email ni nada, no hubo intercambio de coordenadas. Muchas veces he pensado en ella preguntándome cómo estará y si se acuerda de mí.

Ahora, en la Terminal 2 del Aeropuerto Internacional Benito Juárez, con paso veloz transitan frente a mí personas de las que tampoco sabré su nombre ni a dónde van ni de dónde vienen ni por quién corren. Miro a quienes están a mi alrededor y pienso que si fueran Jesús o la colombiana no los reconocería, porque él siempre tendrá para mí nueve años y ella el rostro que le he inventado porque lo he olvidado con los años.

Miro el reloj. En palabras y recuerdos se me ha ido el tiempo. Sigo en tránsito por el aeropuerto, anónima e incógnita, como lo somos todos en esta tierra de nadie donde cada quien, literalmente, persigue su destino.- Mérida, Yucatán.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Letranías en "El Sillón de la Lectura"




miércoles, 20 de noviembre de 2013

No moriré del todo

Contradiciendo lo anterior,
esa nota y el poema que se leerá a continuación, pertenecen al libro "Encicloferia".
Antología poética de Luis Rogelio Nogueras (La Habana, 1944). Ediciones Mucuglifo.

No moriré del todo

Luis Rogelio Nogueras

Yo, Oremoh Naisso,
que compuse baladas que aprendieron
labriegos, gimnastas y guerreros,
no tuve tierra que arar,
nunca corrí en el gimnasio porque mi pierna
                derecha
                                               renqueaba,
jamás fui admitido en el ejército, a causa de mi ceguera;
yo, Oremoh Naisso,
que inventé fábulas
que los ricos mandaban a grabar en planchas de oro,
viví en la miseria;
yo,
que con mis versos
sembré suspiros en los labios de las más hermosas
muchachas
                de Bjöor,
nunca tuve entre mis brazos a una mujer.
Pero
lentamente aprendí el arte de las palabras,
y ellas, llevadas de generación en generación,
me harán eterno.
Otros imitarán mis cantos
más allá del polvo de los años.
De modo que nadie me compadezca,
porque
el tuerto,
el cojo,
el pobre,
el solo Oremoh Naisso
lanzará su venablo
lejos,
dejará huella indeleble.

viernes, 15 de noviembre de 2013

Cielo recortado


Testigos de mis pasos, todos los días.
"Cielo recortado" © Addy Góngora Basterra, 2013


jueves, 14 de noviembre de 2013

Pierre y Marie

Por Rosa Montero. Escritora española.
Fragmento del libro “La ridícula idea de no volver a verte”

En julio de 1895, un año después de conocerse, Pierre y Marie (Curie) se casaron en París por lo civil; con el dinero que les regalaron en la boda compraron dos bicicletas y su luna de miel consistió en irse pedaleando por media Francia. Marie había pedido que su traje de novia, que fue un regalo de la madre de Pierre, fuera “oscuro y práctico para poder usarlo después en el laboratorio, ya que sólo poseo el traje que me pongo cada día”.

(...)

Pierre y Marie en 1895.
Pierre le dijo a Marie que, si había permanecido soltero hasta los treinta y seis años, era porque no creía en la posibilidad de un matrimonio que respetara lo que para él era su prioridad absoluta, la entrega a la Ciencia. Con ella, en cambio, había encontrado a su alma gemela. De hecho, al principio de su relación, en vez de mandarle un ramo de flores o bombones, Pierre le envió una copia de su último trabajo titulado Sobre la simetría de los fenómenos físicos. Simetría de una zona eléctrica y de una zona magnética, que habrás de convenir que no es un tema que todas las chicas encuentran fascinante.

Pero a Marie sí le gustaba, aún más ¡lo entendía! Lo cual ya era a todas luces portentoso.
Siempre me han maravillado esas armonías, esas extraordinarias #Coincidencias del destino que de cuando en cuando la vida nos otorga cuando se pone magnánima, y que hacen que, en la enormidad del mundo, se junten con provecho dos seres de difícil adaptabilidad, como en este caso: dos mentes superdotadas, dos personas #Raras, solitarias, de ardiente entrega utópica, apasionadas por la ciencia, de edades semejantes, del sexo opuesto siendo heterosexuales, los dos sentimentalmente libres en el momento de encontrarse, ambos en la edad justa (porque podían haberse conocido de viejos o de niños) y encima, ¡atrayéndose sexualmente el uno al otro! ¿No te parece un milagro? Pues, además de los horrores que tanto nos llaman la atención, la vida también está llena de estos prodigios.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Llueve

Fotografía: © Pulse/Corbis


Llueve otra vez. Llueve de nuevo. Llueve:
siempre el amor me llega con la lluvia.
Sobre la calle una llovizna breve
y aquí en mi corazón, cómo diluvia...

Llueve. Y el agua cae sin relieve
sobre las piedras, ávidas de lluvia.
Aquí en mi corazón, cómo remueve;
aquí en mi corazón, cómo diluvia.

Siempre el amor me llega así. Sin ruido,
con silencioso paso estremecido:
niebla menuda que después diluvia.

Siempre el amor me llega así, callado,
con silencioso andar desesperado...
Y no sé dónde estás. Y está la lluvia.


Julia Prilutzky Farny
Poeta Argentina

lunes, 11 de noviembre de 2013

Suerte de charrería




Fragmento del texto leído en el XVI Coloquio de Literatura Mexicana
“Huellas del tiempo” en la Universidad de California, Santa Barbara.

Escrito por Addy Góngora Basterra.
Publicado en el Diario de Yucatán.

Un espejo es objeto misterioso que duplica lo que somos… excepto en pensamiento y memoria. La superficie de cristal puede ser testigo del nacimiento de una persona, acompañarla todos sus años y reflejar el momento de su muerte, en la vejez, sin dejar rastro ni huella del paso de esa vida. Para salvarnos del olvido hemos inventado otro espejo que nos devuelve de un modo magnífico: la palabra escrita.

¿Qué es el pasaje de un diario, una carta de amor, las páginas de un libro, una carta entre amigos, el post de un blog, la actualización de un estado en Facebook y un “tweet” si no las huellas, vueltas letra, de nuestro paso? Vuelvo al sur como se vuelve siempre al amor, canta Roberto Goyeneche. Vuelvo al blog, como se vuelve siempre al amor, pienso a veces, porque basta un clic para retornar a episodios que parecen detenidos en el tiempo, como si un poema o un relato fueran como esas burbujas de cristal a las que se les da vuelta para llenarse de nieve o de escarcha, animando lo que parecía inerte. Los espejos no tienen memoria, pero las páginas de un diario y las entradas de un blog, sí.

¿De qué manera el diario ha sido bitácora de andanzas? ¿Verdaderamente el blog, Facebook y Twitter rompen esa intimidad o son aliados? ¿Qué es hoy lo público y lo privado? Recuerdo las palabras de la cantante Concha Buika en una entrevista: “Debes tener en cuenta que de los artistas no se sabe lo que hacen, se sabe lo que publican”. Mismo caso el de los escritores, cuyos años están marcados por palabras, noble cicatriz, espejo de vida, memoria que se baraja con todo lo vivido y todo lo leído.

A saber: hay gente que lleva el registro de su vida por los perfumes que usa, los vehículos que ha tenido, por el tiempo invertido en amores, por películas y canciones que marcaron una época. Saben lo que pasó en sus vidas por el recuerdo que esto les trae. Pero también hay personas que tenemos registro del pasado por los libros que hemos leído, por las anotaciones en cuadernos, por lo publicado en un blog y lo compartido en redes sociales: ¿para cuántos las huellas del tiempo, más que arrugas y cicatrices visibles, son fragmentos de libros, versos inolvidables, personajes entrañables que se antojan como amantes o amigos? ¿A cuántos nos ha marcado de por vida el fascinante ejercicio de leer? Me pregunto quiénes recordarán el momento en el que se volvieron lectores. Tal vez para muchos no existe el registro, tal como yo no recuerdo haber visto el mar por primera vez porque nací cerca de él y porque lo he procurado siempre. Sin embargo, descubrir la lectura en la adolescencia fue ver el mar por primera vez, sorprenderme por su grandeza y hermosura con su vaivén de siglos.

Leer es aprender otro idioma. Es conocer nuevas posibilidades para comunicarnos a través del vocabulario, es pensar nuevas maneras para nombrar, porque en la lectura se nos presentan otras formas para entender y vivir la vida. Así como al estudiar inglés, francés o portugués se tiene un cuaderno para anotar palabras, frases, citas e ideas, así también hay cuadernos con los que algunos acompañamos nuestras lecturas. Palabras con las que se puede viajar en el tiempo, basta releerlas para recordar lo que estaba viviendo. Páginas repletas de transcripciones, fragmentos de historias que nos sedujeron, líneas y líneas de versos predilectos.

Del papel al mundo virtual, de una columna en el periódico al post del blog, de un telegrama a un “tweet”, de un círculo de lectura a una “Fan Page” en Facebook, lo que prevalece es la palabra, la necesidad de contarnos unos a otros, la urgencia de escribir y deletrear.

Para no desvanecernos en el tiempo como las huellas de una playa en la marea, tenemos la escritura… esa suerte de charrería con la que lazamos la memoria y nos robamos un pedacito de eternidad.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Hasta en la sepultura

Autel dias de Muertos - Altar en San Angel.:



Por Addy Góngora Basterra
Publicado en el Diario de Yucatán.

Hasta hace tres años sólo había vivido el Día de Muertos en Yucatán, pero un buen destino me llevó a la algarabía por la muerte en el cementerio de Tzintzuntzan: qué derroche de vida pude atestiguar en la conmemoración de los fieles difuntos en Michoacán.

Recuerdo cientos de velas encendidas; tantas que el cementerio era incendio controlado que iba del amarillo al anaranjado, lenguas de fuego que hacían juego con pétalos de cempasúchil, intensificando el ambiente en olores y colores. Un espectáculo que merecía ser visto de lejos y ante el cual era imposible quedar al margen: había que adentrarse. Aquella noche, vivos y muertos compartimos la misma tierra. Fui parte de la muchedumbre que —ahora lo pienso— dejó sus pisadas en la superficie bajo la que estaban personas enterradas. A tan poca distancia de mis latidos, había cientos de muertos queridos cuyas familias llenaron de flores, recuerdos y canciones, invirtiendo el ahorro de meses de trabajo en el adorno de sus tumbas.

Hubo algo que no olvido: un niño. Iba a cierta distancia de quienes supuse eran sus padres, parecía divertido; iba turisteando y ajeno a lo que lo rodeaba. Lo recuerdo porque me llamó la atención su hiperactividad: caminaba a saltos. Hasta que de pronto algo lo detuvo: un ataúd negro y pequeño. Dejó sus brincos y se quedó serio, mirando esa cajita pequeña. Tenía la boca apretada y los ojos bien abiertos, quietecito. Pensé entonces en la fugacidad del tiempo y en cómo, durante la niñez, se cree la vida como una garantía y la muerte como algo lejano.

Ese niño —estuvo unos segundos y después se fue como si nada— me recordó al personaje del cortometraje “Hasta los huesos” de René Castillo, animación mexicana hecha con plastilina: una obra de arte. En ella, en menos de diez minutos, se representa el culto a la muerte a través de íconos de la cultura popular mexicana. ¿Por qué relacioné al chiquillo del cementerio de Tzintzuntzan con el de “Hasta los huesos”? Click aquí y sabrán:  Ahí está la famosa creación de José Guadalupe Posada, “La Calavera Garbancera” que conocemos como “La Catrina”, pues Diego Rivera así la renombró al pintarla con ropa en el mural “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”.

Posada retrató al pueblo mexicano a través de esqueletos en fiestas populares, calaveras de clase alta, calaveras con bigotes y sombreros revolucionarios. Se sabe que al morir Posada nadie reclamó su cuerpo, por lo que sus restos fueron arrojados a una fosa común en compañía de anónimas calaveras. Cómo es paradójico el destino: estuvo sitiado en su muerte por lo que dibujó en vida.

Todos estos personajes del grabador mexicano están en el cortometraje que tiene como protagonista a La Catrina, representación festiva y alegre, una muerte viva y, como podemos ver en la animación de René Castillo, seductora hasta el delirio al entonar las coplas de “La Llorona” en la voz de Eugenia León, primero a capela y luego acompañada por un trío.

—Recuerdo el impacto de ver a un trío en el tianguis, en el puesto de una señora que había muerto y la familia le regalaba su canción preferida— me escribe Marily Pugno por Whatsapp desde el sur del continente. La leo con curiosidad y alegría. Primero porque me gusta saber lo que sintió como extranjera al vivir un festejo que para muchos puede ser desconcertante; segundo, porque está al otro lado del mundo y sus mensajes me llegan en fracción de segundos. Viva la tecnología. Viva está la tradición de siglos donde la muerte luce de manera festiva y colorida.

Aquella noche en Michoacán, al ver al pueblo volcado en sus muertos y presenciar la explosión de vida para conmemorar a quienes se fueron —como también lo he visto en Yucatán— me enamoré un poco más de México y admiré este país con ingenio y hermosura… hasta en la sepultura.