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jueves, 31 de octubre de 2013

F y D



«Diego mi Diego,
Diego mi amor,
¿por qué pienso que eres mío
si eres sólo tuyo, Diego,
si eres sólo tuyo?»

Pedro Guerra.
Inspirado en el Diario de Frida Kahlo.

sábado, 26 de octubre de 2013

De viajes, migraciones y nostalgias

Le Grand Van Ghogh.
De la serie "Les Voyageurs"
del escultor francés Bruno Catalono (1960).


Escrito por Addy Góngora Basterra.
Publicado en el Diario de Yucatán.


Para Pachi y sus papás

I

Pachi aún no ha cumplido un año de edad y ya ha estado en tres países distintos. Nació en España y es hijo de padre colombiano y madre mexicana. A él le gusta bailar; a ella le gusta leer. Y viceversa. Ambos se atreven a crecer y a desafiar lo que otros temen. Jóvenes y valientes, amigos entrañables que quiero y echo de menos todos los días, como si se hubieran ido ayer. 
Me pregunto qué conversaré con Pachi cuando podamos platicar. Sus ideas, su realidad e imaginación están conformadas por diversidad. Lo digo con certeza porque conozco a sus padres y porque sé lo que pueden ofrecerle en enseñanzas y experiencias, pero también porque son peregrinos de cosas buenas. Dos personas que a millas de su mundo de confort se encontraron, se hicieron amigos y se quisieron; se abrazaron, se enamoraron y decidieron unir sus diferencias y culturas. Son una pareja con un hijo pequeño que no le teme a maletas ni equipaje, a romper esquemas para construir un presente en otra tierra. Y recomenzar.

II

Las entradas te marcan. Eso me enseñaron Pedro Lewin y Estela Guzmán Ayala una noche vuelta madrugada en su casa, mientras hablábamos de viajes, migraciones y nostalgias. Las entradas te marcan. Esas cuatro palabras estuvieron presentes cada día de los meses vueltos años que pasé en Argentina, geografía de la que soy eterna enamorada. 
Al llegar ahí solamente tenía conmigo una maleta gigante con ropa, libros queridos y una guitarra. Entré a otro país llevando equipaje muy pesado. Yo sola no podía con él. Aunque la patria, el amor, la familia y la añoranza no se empacan, aquello pesaba como si todo lo anterior ahí se resguardara. Cuando el momento de volver definitivamente a México llegó, había aprendido a viajar ligera. Y así volví… pero llena de todo lo que las personas que quise y conocí me dieron. Eso es exactamente lo que menciona Rosa Beltrán al referirse a los aeropuertos “Siempre se dan cuenta de lo que traigo. En cambio, nunca son capaces de ver lo que me llevo”.
III

Van Gogh sostiene una maleta con la mano izquierda. Está en marcha, dando un paso al frente, detenido en bronce para siempre. Por la ubicación que tiene la escultura a la que me refiero, pareciera que el mar y cielo de Francia han borrado su cuerpo. Esta obra, forjada en bronce por Bruno Catalono (Francia, 1960) como parte de la serie “Les Voyageurs”, nos hace parpadear como quien se aclara la vista, a modo de quien ajusta el lente de una cámara fotográfica. Lo que uno encuentra en la escultura, por paradójico que se lea, es lo que no está: el arte de la ausencia donde lo que nos admira y sorprende es la carencia. 
“Los Viajeros” de Catalono lucen incompletos, parecen devorados por algo, como si un hachazo invisible hubiera eliminado parte del torso, desconectándolos de sí mismos. Lo interesante es el objeto que cumple la función de nexo para el bulto escultórico: una maleta. Estos seres de metal tienen un aire de migrantes o exiliados, personas que al dejar atrás una parte de sí mismos van tomando la forma del lugar por donde pasan. Gente de viento, gente de agua, gente que se adapta, camaleones del tiempo y de las circunstancias. Gente llevándose a sí misma, gente llevando —tal vez— lo único que tiene: un cuerpo para reinventar, un hijo, un sombrero, una pareja, una guitarra, personas que van reconfigurándose a pedazos, obras de arte y vida hechas paso a paso. 
Por eso, la primera vez que vi las esculturas de Bruno Catalono, me vi a mí misma aferrada a las asas de mis valijas, tal como ahora imagino a Pachi con sus papás, viajando de un continente a otro, solos con su amor y sus maletas, viajeros incansables migrando al porvenir, con las esperanzas puestas en todas las promesas que están por vivir. 


Esculturas de Bruno Catalono en Letranías: 

viernes, 25 de octubre de 2013

Nunca hablar de amor fue tan sencillo


Escrito por Addy Góngora Basterra
Publicado en Nexos Cultura.

Hubo mucho calor el día que la ciudad amaneció cobijada por neblina. Relatos vueltos leyenda han inmortalizado esa mañana en la que todo parecía un espejismo: las personas, el asfalto, las palabras. Palabras que se derretían. Palabras que tan pronto empezaban a gotear se evaporaban tras ser dichas.

Tanto, pero tanto era el calor, tan implacable el sol, que vocales y consonantes encharcaron calles y avenidas llenando de vapor gentil el aire a respirar. Inolvidablemente, las fosas nasales aspiraron voces, pasiones, nomenclaturas; entraron por la nariz piropos, reclamos, halagos; órdenes de jefes y de restaurant; mentiras, bienvenidas, cantos, rezos y vocablos; palabras que sólo cobraron significado y sentido al revelarse al olfato.De tanto respirar lo nunca antes respirado, los cuerpos se hincharon de lenguaje dando de qué hablar según el modo de caminar, delatándose en cada paso y cada abrazo.

Entonces ocurrió lo inesperado, lo imposible, lo soñado: del abecedario evaporado y del bochorno incontenible empezó una lluvia inolvidable e increíble, porque cada palabra fue cobrando forma al caer el agua. Por la ciudad se desplegó una cortina de letras como si la tarde fuera una película con subtítulos verticales, espectáculo de palabras que apenas duraban un instante.

La gente miró por las ventanas y salió a las calles a leer lo que pasaba; letra por gota, gota por letra, todos encontraron palabras que les faltaban, nombres amados que en rumor de agua la lluvia pronunciaba.

Todos recobraron algo querido. Esa lluvia devolvió lo extrañado y perdido,como si el destino obsequiara cierta bonanza a todo aquel que la necesitara, a través de lo leído.

La voz corrió, escurrió y ocurrió que buenas palabras lavaron paredes, escalones y pupilas; tejas, espaldas y avenidas; terrazas, talones y mejillas. No hubo quien no leyera la lluvia de aquella tarde en la que tanto calor desbarató palabras frías; tarde en la que sólo pudieron decirse palabras cálidas, palabras en deshielo.

Por eso nadie olvida aquel aguacero.

Porque nunca hablar de amor fue tan sencillo ni sincero.

jueves, 24 de octubre de 2013

No basta


«La literatura, como el arte en general, es la demostración de que la vida no basta»

—Fernando Pessoa (1888 - 1935).
Poeta portugués.

martes, 22 de octubre de 2013

Aplastamiento de las gotas

Fotografía de Stephen Maka.

Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelta majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol. Pero las hay que se suicidan y se entregan en seguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.

Julio Cortázar
Escritor argentino.

lunes, 21 de octubre de 2013

Migrante de mí misma

Aztecas migrando al valle de México.
Fotografía de © Gianni Dagli Orti
Por Rosa Beltrán
Publicado en La Jornada Semanal
Ir al sitio dando click aquí

Uno. Recuerdo una mujer joven, de unos treinta y cinco años, montada en la parte de atrás de una motocicleta, abrazada a un hombre. Está peinada con una cola de caballo y me dice adiós con la mano. El hombre es su amante. Ella se va con él de México a Guatemala. Yo los observo, pensando en la palabra amante; la conozco en teoría pero no en la práctica. Tengo catorce años; la última imagen de esa mujer es la cola de caballo agitándose al viento. Una vez que los veo partir entro en mi casa y me ocupo de revisar las tareas de mis hermanos. A veces, pienso en la mujer que se fue. Esa mujer es mi madre.

Dos. Cuando el otro se va ¿uno inmigra o emigra? Mi padre se había ido ya de la casa y con su partida se acabó la migra. Siendo muy niños mis hermanos y yo, cada vez que hacíamos un estropicio, mi mamá nos decía: “ya verán cuando llegue su papá”. Él entraba a la casa chiflando tan campante y de pronto, al ver la expresión de mi madre, abandonaba su gesto despreocupado y fruncía el ceño. Se convertía en la migra. Hacía reclamos sobre lo que introducíamos en el hogar. Por qué traes (el mal ejemplo, una mala nota, pleitos, majaderías, un gato recogido en la calle), qué sé yo, las posibilidades eran infinitas. Nosotros, en cambio, nunca le reclamamos lo que se llevó. Por ejemplo, a nosotros mismos. Los que éramos, antes de su partida.

Tres. A veces, me da migraña. Al cruzar los aeropuertos, por ejemplo. Tanto revisar maletas, bolsas, portafolios, zapatos, cuerpos a través del arco magnético. Siempre se dan cuenta de lo que traigo. En cambio, nunca son capaces de ver lo que me llevo. Porque es un hecho, cuando regreso nunca soy la misma. Lo veo claramente en las fotografías.

Lo que estoy haciendo aquí es comprobar hasta qué punto están muertas esas otras que me habitan. Me doy cuenta de que lo están y no. Y es que todos somos migrantes de nosotros mismos.

Rosa Beltrán, escritora mexicana.

sábado, 19 de octubre de 2013

Breve historia del pasaporte que me llevó al pasado

Ligia Cámara, pianista yucateca.

Escrito por Addy Góngora Basterra.
Publicado en el Diario de Yucatán.

2023. Qué cifra escandalosa. Eso pensé cuando vi el año de caducidad del pasaporte que renové hace unos días. Seguramente lo mismo pensé cuando renové el anterior... y aquí estoy con diez años de más, con los años de ahora… ¿en dónde estaré en los que están por venir cuando el tiempo plasmado en mi nuevo pasaporte pierda validez? Me muero de curiosidad, no de incertidumbre. Son dos maneras diferentes de vivir el futuro. Opto la primera y me pregunto: ¿qué recordaré en diez años y qué recuerdo de diez años atrás? … … … me quedo pensando por un momento y me sorprendo porque, de entre todos los recuerdos, brilla un nombre de mujer… ha de ser porque lo traigo a flor de piel.

De diez años atrás recuerdo a Ligia Cámara.

Hace una década trabajé en la Dirección de Cultura del Ayuntamiento de Mérida. Cierta ocasión se organizó una noche de música cubana y contraté a Ligia para que con su Roland inseparable —que sólo un buen piano podía suplir— y Julián López en los bongos, hicieran de una velada al aire libre una noche inolvidable. Y así fue. Ligia tenía una buena cantidad de fans, gente que continuará admirándola y queriendo, porque seguiremos disfrutando su son y el fulgor que del piano sus manos destilaban. No hubo quien pudiera escapar de su algarabía ni quien no quisiera bailar al escucharla.

Pasaron los días y salió el cheque con el que se le pagaría a la artista y le llamé para avisarle. Me dijo que estaba por salir a ver unas cosas y que tan pronto acabara pasaría por el cheque a la Dirección de Cultura. Recuerdo que la esperé en la banqueta para que no tuviera que estacionarse ni bajar. Cuando llegó, detuvo el auto, bajó la ventanilla y en vez de sacar la mano para que le entregara el cheque, sacó su vozarrón y me dijo “Súbete chiquita, vamos a dar una vuelta”. Y la vuelta se convirtió en dos horas. Fuimos a su casa, donde Soco, su hermana, nos esperaba con sandwiches, refrescos y conversación para prodigar sin ton ni son a quien prestara oídos.

—Toca algo, chiquita— me dijo Ligia, que seguramente me vio los ojos llenos de antojo al ver el piano en la sala de su casa. Me senté e hice sonar lo poco que sé. —Pero si aquí la pianista eres tú— seguramente le habré dicho, porque lo siguiente que recuerdo es a Ligia tocando el piano. Tras un par de canciones anunció: "Ahora voy a cantar una mía"... y empezó una melodía que yo no conocía y que ahora, diez años después, escucho perfectamente: "Nunca pensé que yo faltara a mis principios de mujer... nunca creí enamorarme así de ti…" y ahora, mientras esto escribo, veo a Ligia claramente en ese momento… cuando de pronto, sin aviso ni contención, se echó a llorar sin poder continuar la canción.

Esa mañana conocí a una Ligia Cámara viva de amor por alguien a quien conoció de improviso y de quien se enamoró “desde el instante en que te vi frente de mí… me cautivó esa mirada y el sonido de tu voz, mi corazón volvió a latir…”. Ahí estaba la señora del jazz conmovida hasta el llanto por una historia de amor vuelta música.

Tras releer lo anterior, me doy cuenta de las tretas que nos juega la memoria cuando se mezcla con el corazón, porque en realidad quería escribir sobre la nostalgia que me invade cuando hojeo mis pasaportes y veo los sellos, entradas y salidas de mundos, personas y momentos a los que ya no puedo volver porque el tiempo me lo impide, porque hay cosas que una vez que suceden no vuelven a repetirse, como aquel secuestro express musical con el que fui afortunada. Mi pasaporte renovado me llevó al pasado; a revivir un momento que ya no registraba, un encuentro que en sueños deseo tener de vez en cuando: estar cerca de Ligia mientras toca el piano.

viernes, 18 de octubre de 2013

Poemánticos

                                                            A Juan Duch

No. 42
Hoy me bañé con música
de pájaros
y quedé profundamente claro.

Clemente López Trujillo
Poeta Yucateco



jueves, 17 de octubre de 2013

Me voy a hacer el favor de amarte



José María Zonta
Poeta Costarricense. 
Me voy a hacer el favor de amarte
yo
que nunca me traté con amabilidad
que no me quejé si las botas me apretaban
ni protesté por los millones de desayunos fríos

a partir de ahora
me haré el dulce regalo de besarte

tal vez eso no signifique
que duelan menos las palabras que duelen
ni dejar de cortarme al afeitarme el alma

no importa

yo con mis favores me alcanzo
me pongo una mano en el hombro
un abrigo si llueve
y me ofrezco así a los demás

sin el apoyo del gobierno
pero con el aplauso de las flores

voy a hacerme el favor
de bajar del tren
encender el fuego
y amarte.


Para leer más de él en Letranías, click aquí.

martes, 15 de octubre de 2013

De dónde es la cantante. ¿Será de Santiago?

♫♪ A una le dio por el piano
por el jazz y por el blues:
a la otra por el mesabanco,
por la monja De la Cruz.

La una es artista; la otra mexicanista
Una mira al norte/ otra mira al sur/ Una vive en el norte/ la otra en el sur.

Una toca
La otra baila
Una escribe
La otra canta.

Una es Bloom (Blum)
La otra Poot (Put) ♫♪
La pianista y cantante yucateca Ligia Cámara Blum ha tomado un camino diferente. 
Letranías atesora cada momento compartido con ella, cada canción, cada gesto suyo, 
cada carcajada, su música y su vozarrón. 
Mi corazón solidario para su hermana Lía y para su vecina-hermana Sara Poot-Herrera. 
Hoy por la mañana encontré en mi correo electrónico estas palabras 
que con permiso de su autora reproduzco.
Fotografía de © Richard Hamilton Smith.



Para Ligia Cámara

Por Sara Poot-Herrera

Son las 10:34 de la noche de hoy sábado 12 de octubre. Reviso un escrito, largo tiempo guardado y que había hecho a pedido de Carlos Peniche Ponce. Cuando lo leí en aquella ocasión, de pronto un compañero de mesa (un profesor cubano de apellido ruso) me invitó a bailar y lo hicimos al ritmo del “Son de la loma”, tocado por Ligia Cámara, ¡música, mi maestra! (¿no que era un congreso?, ¡cómo han cambiado las cosas!).

Reviso, cambio, actualizo el escrito y lo mando a Maggie Shrimpton y a Raúl Moarquech (sábado, dije, 10:37 pm de Santa Bárbara, y ya domingo en México). Se trata de “La Habana-Mérida: odas de ida y vuelta”. Va dedicado a Ligia Cámara.

Sin esperar respuesta, hoy de nuevo les escribo y les digo: “Podemos quitar todo…, pero no la dedicatoria”.



Allí hablo de Ligia Cámara y de sus hermanas Soco y Lía Genny. Comento lo que nuestro barrio de Santiago, la calle 61 les debe a ellas tres. Unas líneas de lo que he escrito dicen:

Cuánta vida cubana ha discurrido por este barrio, y hay que dar las gracias sobre todo a las hermanas Cámara Blum. Lía Genni y Fidel se conocieron —lo contó ya Joaquín Tamayo— en una “gua gua” yucateca que venía de Valladolid, y después Fidel (¿Alejandro González?) no salía de la casa de mis hermanas las Cámara. 
Pero Cuba ha estado aquí desde “siempre” y ha hecho cubana a Ligia Cámara (yo creo que ya lo era y desde antes de nacer y lo será también en su próxima vida, a donde irá empujando su piano con su piecito y el movimiento maravilloso de sus manos y abriendo olas con su gran voz). En mis recuerdos veo a Ligia y a su hermana Soco en una fotografía con Celia Cruz. Creo que también tienen una con Olga Guillot y que Ligia ha cantado con la Sonora Matancera. Incontables músicos y compositores cubanos han pasado por Ligia Vista Social Club.

Eso lo dije hace dos noches. ¿Ya tan pronto “la próxima vida”? No puedo no mencionar “Cuando tú te hayas ido”. Ay, Rosario Sansores, “me envolverán las sombras”. La oíamos de un modo en voz de Ligia Cámara, y de otro modo la oigo hoy (pero no, no la quiero oír; no, al menos no hoy).

Mejor reviso aquello de “Por divertir mis tristezas”, de nuestro congreso Armonía en las Artes de 2011 en Mérida, estando allí Ligia presente, como también lo estuvo en la otra ocasión, la de La Habana en Mérida. Y resumo (y me asumo):

Por divertir mis tristezas me dio por esta armonía. Y hoy en este encuentro de literatura, música y baile, puedo decir que tuve el privilegio de tenerlos y trenzaditos los tres desde el momento de brincar la cuerdita del cordón umbilical y de empezar a caminar con el pie quebrado, si no de la poesía sí de la música que de la casa de Ligia Cámara cruzaba a la mía.




Todo esto ocurrió en la calle 61, donde tuve la fortuna de conocer desde siempre a quien, manos y voz, amistad y generosidad, es punto de partida de mi memoria en cuanto a la armonía en las artes: Ligia Cámara, mi amiga, mi hermana. Yo siempre creí —y lo sigo creyendo—  que sus diez dedos se multiplican en las teclas blancas y negras de su piano; el dedito gordo del pie, impulsor de su ritmo nato; y su voz, profunda como su idea de la amistad. Vecinas ambas —puerta frente a puerta—, somos “las de la 61”, y me gusta pensarnos como “la letra y la música” que algún día podríamos ser. Y hoy comenzamos.

Es ésta mi propuesta de lectura, una conversación de letra y música con mi musa de la infancia; yo, su muñeca fea, bailaba no en los rincones sino en su jardín cual golondrina (“Golondrinita, golondrinita”), mientras ella tocaba y metía a la 61 el ritmo cubano de la infancia, el mexicano de la adolescencia, el cubano yucateco, el maya de la sabiduría en tiempos modernos. Hablo de la esquina de nuestras casas —El Kiuik Dzotz—, una esquina que es un palíndromo —kiuik kiuik—, plaza de los murciélagos a quienes saludo en día de fiesta en Austin, Texas, donde cada año les dan la bienvenida todos vestidos de Batman, de mujeres maravilla, como lo es la artista que, leal al barrio de Santiago, allí está frente a su gran piano de cola con el que noches y días nos recuerda y adelanta el “cuando tú te hayas ido”.

Ligia es mi infancia y con ella viene la memoria de lo que ella y sus dos hermanas grabaron en el disco suave y duro de la niñez: las ondas de ida y vuelta de la cultura musical cubana. Ligia es mi adolescencia: con ella entró en mi imaginario musical la letra y la tonada del rock mexicano, traído expresamente a su casa desde la ciudad de México. Con Ligia en Mérida me pregunto si Yucatán es o era parte de Cuba o de México.

¿Dónde queda Yucatán, ventana del templo de las siete muñecas donde entra el sol más temprano que en el resto de la república? ¿Dónde nos queda el resto de México que sin esta península no levantaría la cara hacia el mar que nos conecta con otras culturas?

La nuestra, la peninsular, está entre aguas y tierra firme. De tierra adentro nos llegaron, y con Ligia en el piano, “Presumida”, “Popotitos”, “Agujetas de color de rosa”. Yo en la radio diciendo que Manolo Muñoz llegaba a Mérida. Y llegó y no se movía de ¿dónde? De la casa de Ligia Cámara, desde donde ella y él (¿somos novios?) hacían levantar el pavimento con el Rock de la cárcel que muchos años después Ligia tocó en la cárcel de Mérida a donde la invitó Verónica García para amenizar una tarde de alegría fugaz (les pedí permiso para tocarlo, dijo Ligia, no podía no hacerlo, “todo el mundo en la prisión corrieron a bailar el rock”).

¿Quién tocará ahora a ritmo de jazz “Puruxón Cahuich? Quien se fue hoy con “las azules horas”. Las veo, las recuerdo, hermana una, hermanita la otra. Ellas, “Las de la 61”:

A una la cuidó su abuela
a la otra su chichí;
una es hija de Sara Herrera
la otra de doña Tití.

A una le dio por el piano
por el jazz y por el blues:
a la otra por el mesabanco,
por la monja De la Cruz.



La una es artista; la otra mexicanista
Una mira al norte/ otra mira al sur/ Una vive en el norte/ la otra en el sur.

Una toca
La otra baila
Una escribe
La otra canta.

Una es Bloom (Blum)
La otra Poot (Put).

La una es iPot
La otra le hace al rock.

Viven en el kiuik Dzotz, en el kiuik, en el kihuik, en el kiuik.

Tienen que hacer la letra y ponerle la música al rock del kiuik dzotz. Ellas, las de la 61; ellas, letra y música de una misma canción: “Adoro la calle en que nacimos”. Como hace un rato me recordó Oswaldo Estrada (y ustedes son testigos): “sé que le seguirás cantando ‘adoro la calle en que crecimos’”.

Hoy 14 de octubre, día en que se fue también Molly, mi única prima, y que nunca supimos cómo fue y por qué. Mes de octubre, cuando yo creía que la luna era más hermosa. Y lo es. Tanto, que ilumina el camino por donde Ligia Cámara se fue para ser ya y para siempre una estrella más del coro celestial.


Sara Poot-Herrera
Doctora en Literatura Hispánica por El Colegio de México y profesora del Departamento de Español y Portugués de la Universidad de California en Santa Bárbara.  Es autora de más de un centenar de publicaciones. Ha recibido numerosos reconocimientos, entre otros, el nombramiento como Mujer del Año por la Mexican American Opportunity Foundation (Los Ángeles, California, 1997). En el año 2000 recibió la Medalla Literaria Antonio Mediz Bolio (Mérida Yucatán) y en 2009 el Gobierno de su estado le otorgó la Medalla Yucatán. Es cofundadora de UC-Mexicanistas (asociación de especialistas en estudios mexicanos del sistema de la Universidad de California).


Santa Teresa

Este 15 de octubre 
Letranías recuerda a Santa Teresa 
con esta breve selección de su poesía.

"Éxtasis de Santa Teresa"
Escultura en mármol de Gian Lorenzo Bernini.
Se encuentra en Roma en la Iglesia de Santa María de la Victoria.


"¡Oh hermosura que excedéis
a todas las hermosuras!
Sin herir dolor hacéis,
y sin dolor deshacéis,
el amor de las criaturas".

Del poema: ¡Oh hermosura que excedéis!

*

"Fuera de ti no hay buscarme,
porque para hallarme a Mí,
bastará sólo llamarme,
que a ti iré sin tardarme
y a Mí buscarme has en ti".

Del poema: Alma, buscarte has en mí.

*

"Vivo sin vivir en mí
y tan alta vida espero,
que muero porque no muero.

(...) 

Quiero muriendo alcanzarle,
pues tanto a mi Amado quiero,
que muero porque no muero".

Del poema: Vivo sin vivir en mí

sábado, 12 de octubre de 2013

Vivir en Manoa

Monumento a Rodrigo de Triana en Sevilla.
Escultura realizada por José Lemus en 1973. 

Por Addy Góngora Basterra.
Publicado en el Diario de Yucatán.

I


Un día de estos voy a memorizar algunos párrafos del escritor italiano Alessandro Baricco. Así podré repetírselo a quien se deje como las veces que involuntariamente me pongo a cantar —sin permiso de los presentes— en horas de oficina, ante amigos, familia e incluso desconocidos. Me aprendería, por ejemplo, tramos como este:

“Siempre sucedía lo mismo: en un momento determinado, alguien levantaba la cabeza… y la veía. Es algo difícil de comprender. Es decir… éramos más de mil en aquel barco, entre ricachones de viaje, y emigrantes, y gente rara, y nosotros… Y, sin embargo, siempre había uno, uno solo, uno que era el primero… en verla (…) El primero en ver América. En cada barco hay uno (…) Son gente que desde siempre tuvieron ese instante impreso en su vida. Y cuando eran niños, podías mirarlos a los ojos y, si te fijabas bien, ya veías América preparada para saltar, para deslizarse por los nervios y la sangre y yo qué sé, hasta el cerebro y desde allí a la lengua, hasta dentro de aquel grito (gritando), AMÉRICA, ya estaba allí, en aquellos ojos, desde niño, toda entera, América. Allí, esperando”.

Ese es el inicio de “Novecento. La leyenda del pianista en el océano” monólogo teatral que habita en un libro flaquito que me llena de gozo cada vez que lo recuerdo.


II


Érase una vez la inmensidad del mar y días de travesía. Érase una vez el horizonte y nada más que el horizonte… hasta que el doce de octubre de mil cuatrocientos noventa y dos la tierra fue posible en las pupilas del vigía. Y entonces, entre la monotonía y el vaivén de las olas que tanto prometían, surgió la voz afirmando la utopía: ¡Tierra! La proa estaba próxima a la nueva maravilla. ¡Tierra! ¿Qué grito de la historia puede competir con la garganta del tripulante de “La Pinta”? Rodrigo de Triana era su nombre, el muchacho a quien —con protagónica mentira— Cristóbal Colón arrebató los diez mil maravedís anuales y de por vida que los Reyes prometieron para quien fuera el primero en vislumbrar otra orilla… tierra que no fue el continente en sí, sino una pequeña isla de Bahamas: San Salvador. El arte le ha hecho justicia al centinela de la carabela: hay una escultura suya realizada por José Lemus en el barrio de Triana, Sevilla, donde está el grito de Rodrigo inmortalizado en piedra, la vista clavada en la distancia y la mano extendida señalando la antesala del Nuevo Mundo.


III


Para quienes surcaron el océano durante la conquista, la búsqueda de riquezas era una obsesión. Uno de los mitos en el imaginario europeo sobre aquello que podía encontrarse al otro lado del mar, era una ciudad de oro. Y ésta es Manoa, la legendaria ciudad también conocida como “El Dorado”, motivo de seducción y expediciones detonadas por la laguna de Guatavita, en Colombia; aguas convertidas en leyenda tras el hallazgo de la “Balsa Muisca”, una de las piezas más hermosas de la orfebrería precolombina.



Manoa nunca se ha encontrado, siempre está un paso adelante de todo aquel que desee llegar… cumpliendo su destino de ciudad perdida. Tal vez sea porque “Manoa no es un lugar / sino un sentimiento”, como escribiera el poeta venezolano Eugenio Montejo. Me gusta creerlo, porque eso significaría que muchos de nosotros no tendríamos que aventurarnos en su búsqueda por la exuberante vegetación selvática, porque probablemente ya vivamos en Manoa o, sin saberlo, estemos muy cerca de su suelo: 

"Toda mujer que amamos se vuelve Manoa
sin darnos cuenta.
Manoa es la otra luz del horizonte,
quien sueña puede divisarla, va en camino,
pero quien ama ya llegó, ya vive en ella".

Bien lo dijo un arriero: “Que no hay que llegar primero, sino hay que saber llegar”. Qué buen momento será el día en el que descubramos esa ciudad-persona para habitar; qué buen momento cuando nuestros ojos reconozcan eso esperado sin que nadie nos arrebate la recompensa ni la dicha de encontrar lo deseado: vivir en Manoa… y descubrir que eso es lo que somos para alguien más.

Link al poema “Manoa” de Eugenio Montejo en Letranías:

viernes, 11 de octubre de 2013

Radiografía del amor


La libertad guiando al pueblo
Eugène Delacroix, 1830.


Óscar de la Borbolla. Escritor mexicano.
Tomado del libro "Dios sí juega a los dados".

Cuando nos conocimos, yo andaba muy tomado: la vida me parecía insípida, insufrible y vergonzosa: un asco, y estaba convencido de que debía matarme a más tardar esa misma noche. Recuerdo que te dije: Mucho gusto y con permiso, nada más me suicido y continuamos este magnífico romance. Estábamos en una galería y te explicaba la técnica del pintor Francis Bacon. Giré sobre mis tacones para irme, pero sentí que me mandabas un mensaje inalámbrico: algo así como no te vayas, te amo o qué tal si en mi casa tomas un café y me sigues hablando de los cuadros de Francis. Yo te miré a través de la copa bamboleante, sube y baja, como a bordo de un barco en mar picado, y estuve de acuerdo en postergar mi suicidio, en tomar el café que me invitabas y en prolongar esa caminata hacia el infierno, que los demás llaman vida, a condición de que me acompañaras en la cuesta empinada de lo que restaba del año: Tres meses con catorce días, dijiste con la seguridad de quien se trae el tiempo al dedillo y con sólo una ojeada a las constelaciones es capaz de saber la hora exacta y las coordenadas precisas de su ubicación en el mundo: estamos abajo del Trópico de Cáncer, 18 grados de latitud norte y 97 de longitud oeste. Carajo, es verdad, estamos en México y de nada sirve pegarse un balazo: en el más allá de este país no pagan prima vacacional a quienes se adelantan, ni les toca un cuarto con vista al mar, porque en nuestro más allá no hay vista al mar ni vista ni cuarto ni una chingada. Empezaste a reír. Te burlabas sin recato de lo que yo consideraba el macizo de la muerte, la verdad decantada, el gran desenlace, y lo hacías con una risa contagiosa que volvía la muerte una tonta película de chistes gastados, y entre risa y risa te deslicé la mano por la espalda, por debajo del blusón vaporoso que ocultaba tu piel lisa, tibia, perfectamente torneada. Tú te acercaste, porque al buen entendedor pocas caricias y, con un beso que se prolongó por quince minutos, me adormeció los labios y por poco y me asfixia, sellamos el pacto: De aquí al final del año, ¿estás de acuerdo? Asentiste con un nuevo beso del que tuve que zafarme empujándote, pues luego de otro cuarto de hora amenazabas con mantenerte prendida los tres meses catorce días que abarcaban nuestro incipiente trato. Ya párate, te dije, pues en mi borrachera sospeché la carretada de dinero que ibas a cobrarme por tus ansias. Perdóname, pero en aquel momento te confundí con una mesalina de lujo, con una comerciante en carne curva. ¿Cómo podía imaginar, entonces, tu estado civil, tu carro de ocho cilindros, tu suite en el Paseo de la Reforma? Me golpeaban la cara tu perfume y el fresco de la noche. Cómo soñar, entonces, que ibas gratuita, samaritana, dulce y conmisericordiosamente a sumirme en tu cama, en ti y en ese amor desde el que desperté al jugo de naranja, al pan tostado y al jarrito de miel que volqué sobre las sábanas, cuando dijiste buenos días metida en un negligé blanco por el que se transparentaba tu cuerpo.

¿Qué día es hoy?, te pregunté con aquella costumbre de asalariado culpable de confundir los lunes con los domingos; pero era día de asueto general, nada menos que 16 de septiembre, día de la Independencia, del desfile por Reforma, de los batallones de soldados pasando de veinte en fondo con sus arcabuces, sus obuses, sus morteros, sus tanques blindados, sus piezas de artillería y sus perros dóberman. Era el día de las motocicletas recién lustradas y de las bandas de guerra tocando el himno nacional y de las multitudes aplaudiendo y chupando raspados de grosella, guayaba o tamarindo. Ya llegaron los primeros contingentes, dijiste con la frente apoyada en el ventanal. ¿Los primeros contingentes de qué?, pregunté yo que ni siquiera sabía que tu departamento quedaba en la calle Oslo esquina con el Paseo de Reforma. Los primeros contingentes del desfile, mira, asómate, y estábamos en un octavo piso y los uniformes gallardos, verde olivo y verde hoja y verde manchado de café campo cruzaban allá abajo entre las vallas y la algarabía y los globos y los rehiletes y los huevos llenos de harina que volaban de un lado a otro. Era un día patriótico y yo no sabía ni siquiera tu nombre: Me llamo Mara, dijiste desprendiéndote del negligé para amarrarte a la cintura nuestra bandera tricolor a media asta. Y llevándote el puño a la boca comenzaste una música de trompetillas, remedo de cornetas y de los tambores militares que subían con su repiquetear de banqueta tensada hasta la habitación. Tenías el pecho descubierto como la heroína del cuadro de Delacroix, ése en el que la libertad guía al pueblo, sólo que tus senos más erguidos y pronunciados, más como los fanales de un automóvil último modelo iluminando estrábicos la niebla, no eran una imagen ni una metáfora de la revolución, sino una realidad maleable, dúctil y duplicada o para decirlo de una vez: tus pechos formidables que me hicieron olvidar el desfile, mi devoción a la bandera, mi curiosidad infantil y la cruda espantosa que sentía con su dolor de cabeza y sus náuseas, y que me obligaron a abalanzarme sobre ti como un apátrida que no deseaba otra cosa que nacionalizarse como habitante tuyo, ciudadano de tu país profundo o hijo pródigo de tus ingles abandonadas al amanecer. Rodamos por el piso y sólo de reojo, estirando el cuello y muy sesgados, logramos ver apenas el pelotón de los bomberos, los charros a caballo y el voluntariado de la Cruz Roja que recorrían Reforma con sus estandartes en alto. Cuando los levantamos, los colectores de basura cerraban la marcha barriendo el tiradero de confeti, la boñiga, los cascarones de huevo y los envases de poliuretano.

Así te conocí, así empezamos. Yo entonces no sabía que ese departamento era tu escondite: una guarida de primera a la que te mudabas cada que tu marido salía de viaje y no resistías la soledad de tu caserón de San Ángel, ni el cuidado servil de tu ordenadora tropa de domésticas que iban detrás de ti restañando la hecatombe que producías con tu presencia. Yo entonces sólo sabía tu nombre, Mara, y tu cuerpo: ese cuerpo rostizado durante veintisiete años y amasado por medio centenar de amantes que igual te habían perfeccionado el gusto y moldeado la silueta, que hastiado hasta el extremo de hacerte acudir a galerías a rescatar suicidas falsos que te hablaran de Francis Bacon y de infiernos sin mar y sin vista que, ciertamente, no justifican la prisa de adelantar finales que de cualquier forma habrán de llegar. Sabía de ti lo indispensable: tan poco, que en aquel momento cualquier rubia como tú habría podido suplantarte sin que yo lo notara. Y sin embargo, los dos sabíamos más que lo suficiente: que cada cual tenía sus compromisos, sus costumbres y su vida demasiado hecha, y que lo nuestro iba a durar sólo tres meses con catorce días y que ninguno de los dos debía pretender alargar ese tiempo de gracia, ese romance a plazo fijo, porque a la menor provocación, a la primera que alguno comenzara a mezclar la eternidad con el amor, a la primera que alguno intentara traicionar la muerte con aquello de te quiero para toda la vida, o quédate siempre junto a mí, nos hundiríamos en el carajo, en el caldo doméstico de los fermentos consuetudinarios que descomponen todo retroactivamente, hasta los mejores recuerdos. Cada quien su vida, dijiste y nos prendimos en uno de esos besos que duraban más de quince minutos y en los que nos mascábamos los labios como si fuesen chicles de orozuz a los que hubiera que arrancar todo el sabor. Cómo te penetré esa vez: te sujeté de las caderas y empujé con fuerza hasta hacerte crujir, hasta arrinconarte en el fondo de ti misma; parecía un asesino, un hombre sanguinario que huía del mundo por la ranura de tu cuerpo hacia dentro de ti, un loco que te sofocaba, que te llenaba como nunca. Y volviste a decir cada quien su vida, pero esta vez gritando con un tono de libertad que se me pirograbó en el alma y fue como una sacudida de conciencia que me hizo comprender que no existe nada más que el instante. Me vacié en ti, porque de eso se trataba, porque habría sido una necedad contenerme y erigir un templo de caricias que procuraran por ti, que buscaran también tu placer. Y fue eso, precisamente eso: mi pasión egoísta, mi satisfacción personal, lo que te devolvió a ti misma y a un orgasmo tuyo, completamente tuyo y de nadie más. Te quedaste dormida sin decir nada, sin preocuparte por mí, yen aquella total indiferencia, en aquel ofrecerme la espalda desnuda, encontré más amor que el que había hallado en toda mi puñetera vida de arrumacos y de mujercitas piadosas que me abullonaban las almohadas y me cubrían de colchas con su cariño maternal. Esa noche me acuclillé a tu lado, me acomodé hecho un ovillo y estuve tiritando de frío con la cara a poca distancia de tu sexo. Al cabo de una hora comprobé cómo se acedaba nuestro amor, cómo se secaba en tus piernas dejando un rastro blanco de barniz quebradizo, hasta que yo también, aburrido de contemplar tu piel, pero queriéndote, me perdí por las nebulosas de unos sueños en los que nadie te conocía, en los que nadie había oído de ti, y en los que sólo habitaban seres huecos, tinacos huecos, que repetían tu nombre con reverberación.

En el inicio cualquier cosa nos llenaba de sorpresa: ¿Cómo, eres casada, preguntaba yo muerto de risa, y tu marido, un millonario liberal que te consiente y cumple todos tus caprichos? ¿Y tú, un crítico de arte? Sí, y además soy tenista y espadachín y gladiador y los miércoles me alquilo de chivo expiatorio para algún ritual pagano falto de mártires; pero ahora estoy decidido a fundar una ciencia nueva: tú serás el objeto de estudio; quiero descubrir las claves fisiológicas de tu cuerpo y los teoremas que se derivan del axioma de que eres una rubia, joven y rica. Y me ponía a medirte con una regla, pero tu vientre irracional crecía y decrecía por tu risa arbitraria, y entonces nos arrancábamos la ropa y a nadie le interesaba ya la naciente “maralogía”, ni la magnitud flexible de tu manera de gemir, ni el número promedio de entradas y salidas que era necesario para arrancarte el grito de cada quien su vida. Pero a veces también, te escabullías con la blusa desabotonada, porque esa tarde te reclamaba tu marido para ir a una reunión de sociedad a la que te resultaba imposible asistir con los labios mordidos e inflamados como los de una negra. Una negra perfectamente blanca y perfectamente rubia, me decías mientras te aplicabas un cubito de hielo envuelto en la mascada que habías sacado del bolso y con las llaves del auto en la mano me mandabas un beso volador desde la puerta y te ibas. Yo bajaba Reforma, tomaba un camión y, cuando me sentaba en mi casa a escribir la reseña de Francis Bacon y de la galería donde te conocí, me venía el deseo de recordarte: hundía la nariz en mis palmas para hallar tu perfume; pero ya no olían a ti, olían a pasamanos de camión y a cigarro y, entonces, no me quedaba otro recurso que imaginar dónde estarías, “entre qué gente, diciendo qué palabras”; emborronada cientos de cuartillas hasta que por fin conseguía hacer de la literatura un pasaporte para colarme en tu mundo: y ahí estabas, Mara, en tu reunión selecta, vestida de negro toda, con una gargantilla de diamantes y con el bonachón de tu marido colgado de ti como un tosco brazalete. Hablabas sin parar ante un grupo de personas acerca de Francis Bacon: de la desolación de sus óleos, de las calidades en las que atrapa las distintas texturas de las crisis del alma y de la manera como retuerce las figuras hasta conseguir que sangren. Los tenías a todos embebidos, pendientes de tu disertación, fascinados con tus opiniones. A cada tanto, tu marido lleno de orgullo te daba discretos apretones en el brazo; eras el centro de la fiesta, tu éxito te animaba a seguir; incluso yo te veía maravillado a través de mi copa: mi admiración por ti aumentaba a cada segundo: desarrollabas las categorías estéticas exactas al hablar de Bacon, usabas los adjetivos precisos hasta que, sin poder contenerme más, dejé mi mazmorra de silencio y levantando mi copa propuse un brindis. Tus amigos voltearon sorprendidos y yo repetí: Brindemos por Mara. Todos sin excepción alzaron su copa y de un trago me bebí tu desconcierto, tus ojos redondeados por la incredulidad. Quisiste preguntarme qué hacía allí, cómo había llegado; pero una ráfaga de viento reacomodó las sílabas de tus palabras y todos escuchamos un turbado les presento a… mi maestro de historia del arte, y no mencionaste mi nombre, porque a pesar de haber hablado tanto habíamos callado demasiado y todavía no sabías cómo llamarme. Pablo Reyes, dije, y tu marido me estranguló los dedos de tal fuerza que en el aire se extendió el aroma inconfundible de tu perfume y el olor agrio de un tubo de camión.

No me gusta que me espíen, dijiste cuando nos encontramos en el departamento de Reforma. Yo quise explicarte mi trabajo de crítico, mi rol de intelectual, me permitían el acceso a ciertas esferas sociales; pero no tenías ganas de aclaraciones: según tú, yo había aparecido en la reunión a causa de unos impulsos posesivos que violentaban el cada quien con su vida que era la base de los tres meses con catorce días que habría de durar nuestro convenio; pero a mí me habían contratado para que no faltaran temas de conversación, por si alguien necesitaba un dato o una idea divertida. Comprendí que era absurdo insistir en los pormenores de mi profesión y acepté ese disfraz de amante celoso que me ofrecías: me pareció romántico y por eso inventé la historia en la que había saltado bardas, envenenado perros y forzado ventanas para llegar a la escena en la que tu marido casi me fractura los dedos: te los mostré y el moretón te enterneció. El fin de semana va a ser nuestro, dijiste, y al menos ya sabías que me llamaba Pablo.

Desde entonces procuré encontrarme contigo fuera del departamento: ya que de por sí eran muchos los disfraces que debía ponerme para incrementar mi vestuario con esos trajes de Otelo que salían del guardarropa de tu pasado de amantes convencionales y celosos. Me iba más bien por otros rumbos, allá donde materialmente fueras imposible: los túneles del Metro, los barrios suburbanos; comía en fondas, me encerraba en el cuarto de algún hotelucho o me pasaba la tarde metido en mi casa haciendo esfuerzos para no pensar en ti, para no violentar los estratos de la realidad apareciendo, de pronto, en la mesa de tu comedor como un intruso caído del cielo o en la mitad de tu cama entre tu marido y tú; porque si te asaltaba mi recuerdo en la hora de la cena o en el momento de dormir era porque yo te acosaba, porque no admitía la independencia de tu vida ni la privacidad de tus asuntos. Yo no debía asomar en ninguna parte en que tú no quisieras, para eso estaba el departamento, para vernos ahí, lejos de tu marido y a ocho pisos del mundo. Defendías tu libertad, te chocaba la idea de estar enamorándote y a mí, en cambio, me resultaba espléndido dormirme con la promesa de los tres meses catorce días, pues aunque ya había pasado un mes y el tiempo iba a agotarse, podíamos prorrogarlo, colgarle el anexo que se nos diera la gana, ¿por qué atenernos a lo establecido? No para siempre, nunca para siempre; pero sí hasta donde llegara, hasta donde pudiera ir sin muletas, sin tropiezos: un año o dos, lo que alcanzara. Ya no sigas hablando, me dijiste, mejor acércate, y esa vez, como si sólo la muerte pudiera desprendernos, supe todo tu fundo, tu canto de mujer sin palabras, tu cuerpo sin recovecos prohibidos, y lo supe más allá de la naturaleza y el orden, en ese lugar de transgresión donde la sangre se funde con el semen y el espíritu se sacude como un animal enfurecido el que unas manos invisibles ahorcan. Nunca fuimos más lejos ni jamás volviste a demostrar ese coraje, esas ansias suicidas de rasgarte la piel, de abrirte el cuerpo de par en par para guardarme, porque ya no éramos un par de amantes copulando, sino un revoltijo de seres mutilados que para completarse se injertaban: era un acoplamiento de siameses con las venas y las respiraciones enredadas. Nunca fuimos más lejos. Y tal vez porque todas las cosas tienen una cima, un pináculo, un vértice superior e irrebasable, fue que para seguir más allá tuvimos que iniciar el descenso: tus abrazos se debilitaron, tu manera de apretarme menguó, y tu necesidad de verme a cualquier hora se fue aminorando.

Yo hacía todo con tal de mantenerte emocionada; pero al segundo mes ya parecía imposible atajar tu fastidio: mirabas el reloj, llegabas tarde, te dolía la cabeza, estabas menstruando o necesitabas escribir unas cartas. Y yo, en cambio, planeaba lo que habría de decirte, la forma de llenar cada minuto que me concedías; buscaba las mentiras más grandes, las parafernalias eróticas más eficaces y un itinerario de ocurrencias inéditas para cada ocasión. La novedad, sin embargo, entraba en órbita de lo reductible y se deslizaba por el óvalo de los círculos viciosos que eras capaz de descubrir en todo. Yo sentía la obligación de divertirte: si te asaltaba la idea de que algún día habrías de envejecer, redactaba una iniciativa para las Cámaras exigiendo que se te declarase zona de desastre y a mí, damnificado tuyo; si querías un orgasmo a distancia, me sentaba en la orilla de la cama a improvisar un cuento excitante en el que ajustaba la duración de las escenas a tu propio ritmo: e igual conducía tu imaginación a través de tus perversidades favoritas que inventaban otras, con las que luego suspendíamos la literatura y el mundo: llegabas a la cima, en el interior de tu cuerpo se condensaban unas gotas que salían con violencia sin salir de ti; pero te aburrías; te aburrían los viajes, las caminatas a caballo, la percepción desgarrada por los estimulantes, pues ni el haz estrellado de los colores imposibles, ni la espiral veloz que de pronto se tensa en un disparo hacia el abismo, ni la música que se vuelve tangible y se unta como una pomada refrescante sobre el tímpano, ni nada, ni siquiera el peyote que te hizo otra frente a ti y te permitió ser ubicua lograron distraerte.

No era yo, ni tu vida conmigo. Tú eres lo menos detestable del mundo, me dijiste. Eran, quizá, Francis Bacon, el desfile monótono de los soldados o los cuadros, la sucesión de los instantes parejos, cortados por la misma tijera: todos únicos pero idénticos: era el tiempo.

Pero hasta el tiempo se acabó: un día los tres meses catorce días llegaron a su fin y, como hacía dos semanas que no nos veíamos, creí que eso me daba una justificación para volver a tu departamento: abrí la puerta, me senté a esperarte, me serví una copa, vi a través de ella hacia la calle, entré a la recámara, recordé tu cuerpo, tu frase predilecta: cada quien su vida; llené un cenicero de colillas, miré la hora, camine de un lado a otro, volví a mirar el reloj, la calle, la recámara. Anocheció y amaneció. En la madrugada parecía un borracho que se alejaba por Reforma.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Del absurdo cotidiano

¡Feliz cumpleaños Ángeles Mastretta!

Y a todos sus lectores, un comunicado: la semana pasada Ángeles estrenó el blog "Del absurdo cotidiano" en la revista Nexos, así que aquí les compartimos el enlace para los que quieran leerla y seguirla... y ¡oh sorpresa! escucharla cantar un bolero.

Click en la foto para acceder al blog:


martes, 8 de octubre de 2013

La Despedida

• Recordando a la pintora Remedios Varo 
que murió un 8 de octubre hace cincuenta años •



"La Despedida" de Remedios Varo es uno de mis-sus cuadros favoritos:
dos cuerpos se alejan, dos cuerpos se desgajan mientras sus sombras se alargan
para poderse besar. Un gato observa. Tal vez recordará ese desencuentro
en sus siete vidas, si es verdad que los gatos tienen siete vidas,
si es que los gatos pueden recordar.

¿Por qué nos gusta Remedios Varo?

Quizá por los momentos surrealistas que nos da en sus cuadros como una metáfora de lo que sentimos en determinadas situaciones. Por ejemplo, el cuadro «Mujer saliendo del psicoanalista» donde la mujer pintada lleva una cara oculta y otra colgando de la mano... o «La Tejedora de Verona», obra preciosa y elocuente en la que vemos a una mujer tejiendo a otra.

Tal vez muchos nos identificamos con "La Despedida" porque...
¿a quién no se le ha escapado la sombra buscando un beso más en el adiós?... 

Addy Góngora Basterra
@letranias

lunes, 7 de octubre de 2013

Triángulo

Fotografía de la película "The Dreamers",
dirigida por Bernardo Bertolucci (2003).


El prefería la lluvia. Ella, el sol. Yo, la nieve.
Ella miraba todas las telenovelas. Él, los partidos de fútbol. Yo, las noticias.
Él, hablaba lo necesario. Ella bastante más. Yo, demasiado menos.
Ella amaba a Dios por sobre todas las cosas. Él era ateo. Yo, agnóstico.
A él le gustaba ir a bailar. A ella, los conciertos. A mí, el cine.
Ella lucía un premeditado desaliño. Él estaba siempre impecable. Yo, no tanto.
Éramos buenos amigos pero ella estaba enamorada de él. El problema era que él estaba enamorado de mi. Y yo, claro, la amaba a ella.

Fabián Vique
Escritor argentino (1966)

sábado, 5 de octubre de 2013

El podólogo de Carilda

“Pues me han salido en la cara tus ojos
y a ti en el rostro mi boca,
y no sé cuando te miro si eres tú quien me mira
ni cuando tú me besas
si soy yo quien te ha besado”.

—Carilda Oliver Labra.




Por Addy Góngora Basterra.


"Me desordeno, amor, me desordeno”… fueron los versos con los que entré al festín de la palabra que es la poesía de Carilda Oliver Labra, poetisa cubana que al sol de hoy tiene noventa y un años, una corte de gatos y probablemente algún novio treinta o cuarenta años menor que ella.

Tengo un libro suyo que el Capitán Basterra me trajo de La Habana. Si me voy de viaje, va conmigo, como va siempre en mi memoria por fragmentos: “Hugo Ania Mercier: yo te quería”… … “Pero me acuerdo aquí de que anda lejos / el que vivió a la vuelta de mi espalda”… … “Juana Inés de la Cruz, / blanda y sutil como el estambre, / casta como la luz, dúctil como el alambre”… … me aprendo sus versos como una canción, de tanto leerlos, porque su voz poética tiene la cadencia del caribe, es música, frescura, sonoridad que se tatúa al recuerdo. Carilda juega con el lenguaje de manera tal que mezcla la cotidianeidad, el erotismo, el amor y el desamor de una forma que no solamente nos hace identificarnos con ella, sino que también la vuelve inolvidable: “Éramos dos que se besaban mucho / metidos en el cielo o la cocina”… … “Te extraño, / ¿sabes? / como a mí misma / o a los milagros que no pasan”.

Hace un par de años, una madrugada de julio —en ese mes nació Carilda— tropecé con un mueble y… oh dolor, oh dedo gordo, qué larga la noche fue sintiendo en la uña los latidos del corazón que pensé se me saldría por el pie. Al día siguiente fui a primera hora con el podólogo.

—¡Ay hija, pero qué te hicijte! —preguntó con acento trágico y cubano el Doctor Horta al verme. 

Me acuerdo y siento escalofríos. Ahí estaba yo, cobarde, con el dedo anestesiado y usando una revista como cortina para no ver lo que me hacía, cuando no sé cómo salió a la conversación que durante años, y a domicilio, él fue podólogo de Carilda. 

—Calzada de Tirry 81—dije a quemarropa.
—Hija, ¿pero tú cómo sabej eso?

… porque esa es la dirección de la casa de Carilda en Matanzas. Siempre me he dicho que un día tocaré su puerta para saludarla. Me tengo que apurar.

Desde entonces, cuando por algo voy a consulta —los pies son mi punto débil— le pregunto al Dr. Horta “¿qué me cuentas de Carilda?” y él me responde como si la hubiera visto el día anterior. Platicamos del color de sus ojos y su melena, de sus pretendientes mucho más jóvenes que ella, de su gato favorito y de quien fuera su esposo y también poeta, Hugo Ania Mercier.

Un año antes de accidentarme el dedo gordo, publiqué en el blog Letranías el poema “En vez de lágrima” que Carilda dedica a Hugo tras haberse suicidado en 1976. Al día siguiente de enterarme de la singular paciente de mi podólogo, me llevé una enorme sorpresa al recibir este comentario: “Ese era mi tío abuelo. Cumplía nueve años de edad cuando mi madre se acercó a mi hermano y a mí y nos dice que debemos irnos (…) no entendía lo que pasaba hasta que supe que el hermano de mi abuelo se había matado”.

Que un poema fuera anzuelo para un integrante de la familia de aquel del “nombre perezoso / que casi no quería ser palabra” me pareció fascinante.

A la gente que me dice que no le gusta leer poesía, siempre le sugiero los versos de Carilda. Ella, como Jaime Sabines o Vinicius de Moraes, tiene el don de transformar pasiones, emociones y la vida diaria en simples y bellas formas de nombrar.

¿No es, acaso, la poesía un espejo de palabras donde nos hallamos reflejados como no logra reflejarnos un espejo de cristal?

@letranias


Enlaces a la poesía de Carilda Oliver Labra en Letranías:


Poema “Guárdame el tiempo”

Poema: “Discurso de Eva”

Poema: “Cuento”

Poema: “Le conocí cuando acababa enero”

Poema: “Como una mujer de absorto”

Poema: “En vez de lágrima”

Poema: “Esta memoria”

Poema: “Elegía para decirme”




Entrevista del cantautor cubano Amary Pérez Vidal a la poetisa Carilda Oliver Labra.