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miércoles, 26 de junio de 2013

Hormigas



De Ramón López Velarde
Poeta Mexicano


A la cálida vida que transcurre canora
con garbo de mujer sin letras ni antifaces,
a la invicta belleza que salva y que enamora,
responde, en la embriaguez de la encantada hora,
un encono de hormigas en mis venas voraces.

Fustigan el desmán del perenne hormigueo
el pozo del silencio y el enjambre del ruido,
la harina rebanada como doble trofeo
en los fértiles bustos, el Infierno en que creo,
el estertor final y el preludio del nido.

Mas luego mis hormigas me negarán su abrazo
y han de huir de mis pobres y trabajados dedos
cual se olvida en la arena un gélido bagazo;
y tu boca, que es cifra de eróticos denuedos,
tu boca, que es mi rúbrica, mi manjar y mi adorno,
tu boca, en que la lengua vibra asomada al mundo
como réproba llama saliéndose de un horno,
en una turbia fecha de cierzo gemebundo
en que ronde la luna porque robarte quiera,
ha de oler a sudario y a hierba machacada,
a droga y a responso, a pabilo y a cera.

Antes de que deserten mis hormigas, Amada,
déjalas caminar camino de tu boca
a que apuren los viáticos del sanguinario fruto
que desde sarracenos oasis me provoca.

Antes de que tus labios mueran, para mi luto,
dámelos en el crítico umbral del cementerio
como perfume y pan y tósigo y cauterio.

lunes, 17 de junio de 2013

Suhrid



La otra noche invité a una amiga a cenar a mi casa. 

En la sala hay un librero, así que entre conversación y conversación, en una de esas se puso de pie frente a él para pasear los ojos y las yemas por el lomo de mis libros. Eligió uno. Yo elegí otro que andaba por ahí y que antes de irse me pidió prestado. Le dije que sí… aunque después le dije que no, porque en ese momento lo abrí y empecé a leer párrafos al azar. Es un libro que no he leído. Esa ojeada (sin h) me hizo querer leerlo. Este es uno de los fragmentos que leí:

La primera vez que vi a Wittgenstein fue cuando un lunes de octubre de 1930 entró a la conferencia de la Escuela de Artes a las doce del día. Llevaba puesta una toga de doctor, un saco deportivo oscuro y los convencionales pantalones grises, con una discreta camisa de lino abierta en el cuello: nunca lo vi usar una corbata. Jamás variaba su manera de vestir, aunque el color de sus camisas variaba del gris al verde (…) Cuando iba a buscarlo para ir a comer o ver una película, invariablemente lo encontraba trabajando en la carpeta en que escribía sus notas o sus ideas, y continuaba trabajando hasta que terminaba lo que hacía; después se lavaba las manos y salíamos.

 No puedo recordar cuándo ocurrió nuestro primer encuentro social, y de hecho ni siquiera sé por qué nos conocimos, pero la iniciativa vino de parte suya (…) Como decía S. K. Bose, quien asistió a sus conferencias conmigo, en una carta que me escribió muchos años después: “Aunque aprendí muy poco de él como filósofo, Wittgenstein fue muy buen amigo mío. Existe en sánscrito una hermosa palabra para amigo, suhrid, que traducida libremente significaría “quien nos hace constantemente el bien sin ninguna razón específica”.

Eso relata John King sobre el filósofo austríaco Ludwig Wittgenstein.

Me quedo esa palabra, suhrid, como un amuleto para iniciar la semana. La traigo como obsequio para todo aquel que lea estas palabras y que tenga, a su vez, un amigo a quién regalársela. 

martes, 11 de junio de 2013

Lo que uno ve

Ilustración de la portada del libro "Castillos de cartón" de Almudena Grandes.
Detalle de Un instante perfecto (2003), de Javier de Juan,
mural efímero, 285 x 450 cm, Casal Solleric del Ayuntamiento de Palma.

(Fragmento)

Él me dijo algo distinto, pinta lo que veas, y al principio no entendí.

—Pero lo que veo es lo que hay, ¿no? Quiero decir las cosas son como las vemos, esta mesa, esas sillas, la ventana…

—A lo mejor sí —fingió darme la razón al principio—, a lo mejor tienes razón. Pero figúrate que yo odio esta habitación. Por lo que sea, por alguna razón que ni siquiera te puedo explicar. No me gusta la mesa, no me gustan las sillas, no me gusta lo que se ve por esa ventana, no estoy a gusto en esta habitación, no quiero estar aquí. Si me pasara eso, daría igual que lo que me rodea fuera bonito o no, porque para mí este cuarto sería como una cárcel… intenta imaginártelo. Entonces no pintaría lo que hay, ¿no?, pintaría lo que siento, y seguramente lo haría en blanco y negro, como si esta habitación fuera un calabozo, y le pondría alguna telaraña, sombras misteriosas en las paredes, muebles con las patas torcidas, a punto de romperse…

Me eché a reír, me parecía tan raro lo que me contaba, él sonrió conmigo, pero volvió a insistir.

—De eso se trata, de que pintes lo que tú sientes, de que dibujes las cosas como tú las ves.

Almudena Grandes (1960), escritora española. 
Fragmento de la novela “Castillos de cartón”

lunes, 10 de junio de 2013

Elogio de la literatura

¡A la calle!
El 16 de junio concluye en el Parque El Retiro la Feria del Libro en Madrid!

Anoche terminé de leer el libro que empecé por la mañana y que sólo interrumpí para salir a comer con mi familia, "Castillos de cartón" de Almudena Grandes. Cómo me gusta su narrativa, su manera de enhebrar palabras, el erotismo de sus párrafos, las historias que los personajes entretejen.

Compré el ejemplar durante el mes de marzo, en la FILEY 2013, pero hasta ayer tuve oportunidad de leerlo. Siempre me pasa que cuando acabo con algún libro que me gustó hasta el delirio, necesito más del autor. Sé que Almudena Grandes es columnista del periódico español El País, así que sedienta todavía busqué sus textos y me encontré con el siguiente, que traigo a este espacio a modo de invitación para que todos aquellos que están en Madrid puedan darse una vuelta por esta fiesta del libro.

Y a los que no puedan por motivos geográficos, les dejo el texto Elogio de la literatura de Almudena, publicado el día dos de junio.

 *

Parecen lo mismo, pero no lo son.

No es lo mismo tragar agua que beber una copa de buen vino, no es lo mismo engullir una hamburguesa que paladear despacio un morteruelo hecho a mano, no es lo mismo pasar cinco minutos en una cabina de rayos UVA que disfrutar de una tarde de pereza en una playa desierta. No es lo mismo.

Un año más, comienza la Feria del Libro de Madrid. Lo que siempre ha sido difícil, este año parece insuperable. El empobrecimiento de las clases medias, vivero tradicional de los buenos lectores españoles; la asquerosa competencia de los piratas que campan a sus anchas en la impunidad que les ha garantizado la cobardía de sucesivos Gobiernos; la depresión general que induce a la gente a no salir de casa, a no gastar, a guardar sus pocas reservas por si les toca el próximo ERE… Siempre ha sido difícil, pero esa es también la buena noticia. Si ­hemos salido de otras, saldremos de esta, y un libro puede ser la mejor munición, una sólida trinchera donde resistir. Por eso es importante aclarar que no todos los libros son iguales.

Todo el mundo tiene derecho a escribir, a publicar lo que escribe. Desde luego, pues no faltaría más. Todo el mundo tiene derecho a planear una historia, a contarla con palabras y a decir que ha escrito una novela. Por supuesto que también, nadie puede arrogarse el título de juez supremo que decide qué es una novela y qué no lo es. Pero existe un plano más profundo, una vocación que desafía a las etiquetas y subyace bajo las estrategias de marketing de las editoriales. Una ambición, una pasión, un oficio. La voluntad de mirar el mundo y contarlo desde la propia mirada. La necesidad de formular preguntas sin buscar ni ofrecer respuestas. La aventura de inventar una isla desierta, un minúsculo punto capaz de modificar los mapas conocidos para invocar el amoroso naufragio de los lectores. Y eso, sólo eso, es ser novelista.

Hablo de mis semejantes, mis hermanos. Exigentes, perfeccionistas, obsesivos, capaces de dejarse arrebatar por una ficción originada en ellos mismos, de vivir dentro y fuera de su propia vida durante años, persiguiendo una imagen, una idea, el exacto significado de una palabra. No salen en la televisión, no son famosos, no tienen más presencia pública que las fotos de las solapas de sus libros. Pero son los guardianes del tesoro, los depositarios de una herencia ancestral, los héroes de estos tiempos de chichinabo, donde cada día más necios confunden valor y precio. Y encima, tienen que aguantar que tantos famosos de medio pelo, periodistas, estrellas de la televisión, seudoaristócratas y demás aparezcan en los telediarios exhibiendo esos libros que, dicen ellos, son sus novelas.

No se dejen engañar, escojan la literatura. Atrévanse a dejarse seducir por los autores que se juegan la vida en lo que escriben, acepten esa apuesta preciosa, solemne, y no caigan en la trampa de lo que parece igual pero es distinto. Este año tengo la suerte de poder recomendar con el corazón en la mano, sin trampa ni cartón, tres novelas escritas por mujeres. Nada se opone a la noche, de Delphine du Vigan; Las poseídas, de Betina González; Daniela Astor y la caja negra, de Marta Sanz. Tres miradas diferentes, desde París, desde Buenos Aires, desde Madrid, sobre el universo de las mujeres erróneas, esas que nunca acertamos a ser lo que se espera de nosotras. Tres desgarradores relatos sobre la amistad, la relación entre madres e hijas, y la confusión compartida, amores dolorosos, muy diferentes entre sí, pero capaces de inspirar libros espléndidos.

No olvidemos a los hombres. Insisto en Lobisón, de Ginés Sánchez, una asombrosa historia de hombres-lobo situada en la España contemporánea, una primera novela valiente, conmovedora, originalísima. Intemperie, la ópera prima de Jesús Carrasco, ha logrado la proeza de dar que hablar en un territorio, el de la información cultural de ahora mismo, tan hostil como el escenario donde sitúa a su desvalido protagonista. Tenemos además la ocasión de celebrar el retorno a la narrativa de un escritor extraordinario, Felipe Benítez Reyes, que acaba de publicar un excelente libro de relatos, Cada cual y lo extraño.

La literatura es el sudario que la reina Penélope teje de día y desteje de noche desde hace muchos siglos. Desde que ella ideó esa estratagema, mucho antes de que se inventara la televisión, muchos hombres y mujeres han consagrado sus vidas a continuar su labor, tejiendo y destejiendo un relato universal, imprescindible.

Ese tejido está ahora en sus manos.

Por favor, no corten los hilos.







sábado, 8 de junio de 2013

La carreta literaria

Porque hay libros que se merecen tener el mar enfrente para leerlos en toda su inmensidad.

¡Síguenos en Twitter! 
@letranias




viernes, 7 de junio de 2013

El Globo

Mientras subía y subía, el globo lloraba al ver que se le escapaba al niño.

Miguel Saiz Álvarez


jueves, 6 de junio de 2013

The lute player

Hermosura de luz y sombras en
"The lute player"
del pintor francés Valentin de Boulogne,
seguidor de Caravaggio.



El otro paraíso


Fragmento del mural hallado en Teotihuacán donde se describe lo que era y significaba el Tlalocan para los antiguos mexicanos. Según Bernandino de Sahagun, el Tlalocan (o "el paraíso de Tláloc") se describía como un lugar lleno de felicidad y donde había toda clase de árboles frutales, maíz, frijoles y chía.

Sara Sefchovich, escritora mexicana.
Fragmento de la novela "Demasiado amor".

"Me hiciste leer el Popol Vuh y el Chilam Balam de Chumayel. Me hablaste de Sahagún, Quiroga y Las Casas. Me llevaste a ver una obra de teatro que hacían los campesinos de Tabasco y una representación del Rabinal Achí en la que llevaban en sacrificio al héroe que aparecía desnudo. Me contaste que los aztecas fueron poderosos y cobraban tributos en sacos de sal. Me contaste que los chichimecas fueron peleoneros, que los lacandones no conocían el dinero, que los tarahumaras tenían veinte palabras para denominar el maíz, una para el ruido que hacen los cerdos al masticar y ninguna para decir familia o paz. Me enseñaste los baños prehispánicos en Molino de Flores, me hablaste de un rey poeta y de sus palabras:

Aunque sea de jade se quiebra,
aunque sea de oro se rompe,
aunque sea de pluma de quetzal se desgarra,
no para siempre en la tierra, solo un poco aquí.

Sabías de un diccionario que se escribió en el siglo XVI para el matlazinca-español y de otro que se escribió en el siglo XX para el tzotzil-inglés. Lo que no sabías es quién leía esas obras tan prodigiosas. Me contaste que en Guerrero la gente se abraza de un árbol para contarle sus penas y que si éste se seca, la persona se alivia; que en San Luis Potosí se las cuentan a una piedra y en Chiapas a unos muñequitos hechos de estambre que se guardan en una cajita.

Y lo que saqué en claro de todas tus historias tan sagradas, de todas tus peregrinaciones, ofrendas, bendiciones, rezos y adoraciones, es que yo quiero vivir en Tlallocan, el paraíso hecho de agua, quiero que me ames tanto que por mí arriesgues todo como el señor de Chichén, como el señor del Popocatépetl, quiero que seamos toltecas para saber dialogar con nuestro corazón y teotihuacanos para saber convertirnos en Dios y mayas para saber adorar al Sol. Quiero que renovemos una y otra vez nuestro amor como Xipe Totec, que busquemos una y otra vez nuestro placer como Xochipilli.

Pero lo que también saqué en claro, y eso lo entendí mucho después, es que no se puede cambiar el destino ni siquiera con un espejo de obsidiana y que tampoco se puede provocar a los dioses con demasiada felicidad. Y eso era lo que estábamos haciendo".

Para saber más sobre los murales teotihuacanos, sugiero visitar el siguiente enlace de la revista México Desconocido, click aquí




martes, 4 de junio de 2013

Machu Picchu



Machu Picchu: el sueño Inca
Una de las Siete Maravillas del Mundo Moderno
 
Viento sureño, atrapado eternamente en el árbol de Ollantaytambo,
cuéntale al mundo que existe este lugar en la tierra.
Disemina la semilla de aquella historia que en esta vida no pudo ser,
pero se prometió amor eterno más allá de los tiempos.
Río Urubamba, fluye con la misión de comunicar a los viajeros
que existe un coloso esperando para deslumbrarlos hasta lo inimaginable.
Piedra ceremonial de Machu Picchu, permanece inmóvil , por toda la
eternidad, para dar testimonio de un pueblo que dejó grabado en tí,
su destino de grandeza.
Cielo cusqueño, descarga lluvias sonoras que les cuenten a los mortales,
que aquí, la capacidad de asombro, no tiene límites.
Tierra generosa, madre eterna de todo cuanto vive en este planeta,
impregna de sabiduría a todos aquellos que pisen tu venerado suelo...
Y si quieres, a mí, quítamelo todo,
pero nunca la memoria de haber renacido , a los cincuenta y dos años,
en las alturas donde el cóndor custodia atento,
la inmensidad de la cordillera de los Andes.
Bendito Cusco, permítele a los peregrinos llevarte en el corazón
para hacer suya la energía sabia y paciente, de esta América india.
Y déjame decirle, a quien esté dispuesto a escucharme,
que si no es en ésta, en otra vida, la asignatura con la nación inca,
ha de saldarse.

Cecilia Silva Bastarrica



Vista panorámica de Machu Picchu