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lunes, 22 de abril de 2013

Haroldo de Campos, uno de los grandes poetas.



Haroldo de Campos
Poeta brasileño



Por Guillermo Cabrera Infante.
Publicado el 29 de agosto del 2003 en El País

Me entero por el diario EL PAÍS de que ha muerto Haroldo, el único Haroldo posible. Nadie me dijo que estaba tan enfermo. Sí, sabía que tenía diabetes y vivía con sobrepeso. Pero para mí, Haroldo era uno de los inmortales. Le conocí hace años, aquí, en Londres, cuando visitaba con gran recocijo la colonia cultural que tenían Caetano Veloso y Gilberto Gil. Nos reíamos mucho a pesar de que tenía una pierna enyesada y se movía con dificultad. Fuimos a visitar a "los muchachos" en su guarida de Chelsea y allí Haroldo estaba a sus anchas, y aunque no era Navidad, Haroldo parecía una versión brasileña de Santa Claus, y es que era el regalo de sí mismo.

Luego vino a visitarme varias veces y hablamos de un tema inagotable entre nosotros: la traducción y sus consecuencias. Hablamos de lo poco y lo mucho del interés por las traducciones y me aseguró que no le interesaban los best sellers. "¿Estaría más cómodo con un worst seller?". Lo cierto es que nos reíamos bastante. Pero a mí ya me preocupaba mucho la gordura creciente de Haroldo. También le preocupaba a Emir Rodríguez Monegal, el crítico uruguayo, un amigo común de entonces, que hace años que está muerto. Haroldo era un inmortal. Es así que he recibido con sorpresa la noticia de su muerte.

La última vez que nos vimos fue en São Paulo, en un homenaje que organizaron -¿con quién si no?- Caetano Veloso y Gilberto Gil. Haroldo, de animador de la cultura, estaba regocijado y al mismo tiempo asombrado de lo que él calificaba como su poder de convocatoria: había en el auditorio más de dos mil jóvenes que venían, estaba claro, por Caetano y por Gilberto, pero que estaban pendientes del discurso, siempre generoso y bilingüe, de Haroldo.

Ahora, la noticia de su muerte me coge desprevenido y como huérfano: será difícil encontrar a otro hombre tan generoso en su conversación y tan sabio y trascendental en su cultura. Mi homenaje, aunque tardío, no debe ser menos sentido. La cultura de São Paulo, la cultura de Brasil, la cultura en general, no será la misma sin la presencia de Haroldo, voluminoso y sensible y dadivoso. El recuerdo es, por vivo, doloroso y permanente.

Pero hay que recordarlo vivo y con risas, como las que le asaltaban cada vez que me hacía leerle el principio de Tres tristes tigres, ése que habla de un Brasil digno de Carmen Miranda. Nada lo hacía reírse tanto.


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