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martes, 31 de diciembre de 2013

Actitud


La escritora española Rosa Montero, bajo el nombre de @BrunaHusky, escribió en Twitter: "Mi artículo de hoy en EL PAÍS. ¡Último día del año! Mucha actitud y un 2014 maravilloso para todos". 

Así que tomo prestadas sus palabras para cerrar este año impar en las publicaciones de Letranías. 

¡Un abrazo y muchas cosas buenas para el 2014 a todos los lectores!

«Ya sabemos que estas celebraciones de fin de año son una pura convención, pero, ¿no es magnífico que un viejo ritual nos ayude a parar por un instante la velocidad aturdidora del tiempo y a reflexionar siquiera un poco sobre nuestro pasado y nuestro porvenir? O sea, a replantearnos la existencia.

Yo, que ya he vivido lo bastante como para aprender que la felicidad es la ausencia de dolor, me deseo y os deseo eso: un futuro sin demasiados mordiscos. Pero en realidad somos capaces de hacer más, mucho más. Porque no podemos controlar lo que nos sucede, pero sí la manera en que respondemos a lo que nos sucede. Hay que vivir con panache (literalmente, penacho, pluma), como Cyrano de Bergerac, cuyas últimas palabras antes de morir son, precisamente, “mon panache”, un término que representa la virtud de la bravura modesta, de la vitalidad y el sentido del humor ante la adversidad. Tengo un amigo que suele decir, citando a Viktor Frank: “Lo único que no te pueden quitar es la actitud”. Nadie te puede quitar la belleza de los árboles desnudos que se estiran por las mañanas rechinantes de escarcha; la emoción y el orgullo de saber que, si te sucede algo a media noche, siempre habrá un amigo o una amiga dispuesto a ayudar; los momentos de risa y bienestar con la gente que quieres, esas carcajadas tontas y niñas que te dejan sin fuerza en los costados; la pasión de leer, de aprender, de escuchar música, de ver un cuadro hermoso, una película, de pasear por una ciudad, una playa, un monte. La gloriosa sensualidad del cuerpo, de sentirte lo suficientemente sano, de oler y acariciar a un hijo pequeño o a un animal querido, de oler y disfrutar el cuerpo de tu amante. Me deseo y os deseo todo esto en 2014. Mucho panache, mucha actitud y serenidad para saber gozar de la indudable belleza de la vida».

Link a la fuente original: aquí

jueves, 26 de diciembre de 2013

La camisa que nunca abracé

Instalación de Elena Martínez Bolio 
en el Centro Cultural Olimpo. 
Forma parte de la exposición colectiva 
“Detrás de las fachadas. Ciertos espacios interiores”. 







Comparto esta nota: 

martes, 24 de diciembre de 2013

¡Feliz navidad!



martes, 17 de diciembre de 2013

Lejos, en el andén


domingo, 8 de diciembre de 2013

Rusia: Catedral de la Resurrección de Cristo



Alfred Parland fue el arquitecto de esta hermosura rusa en San Petersburgo. Está a orillas del canal Griboyédova.

Esto dice de ella Wikipedia:

«El nombre oficial en ruso es Собор Воскресения Христова, que significa Catedral de la resurrección de Cristo, y fue construida sobre el lugar donde el zar Alejandro II de Rusia fue asesinado, víctima de un atentado el 13 de marzo de 1881 (1 de marzo para el calendario juliano, en vigor en esa época). Durante la Segunda Guerra Mundial y el bloqueo de la ciudad, una bomba cayó encima de la cúpula más alta de la iglesia. La bomba no explotó y se encontró dentro de la cúpula de la iglesia durante 19 años. Sólo cuando los obreros subieron a la cúpula para remendar las goteras la bomba fue encontrada y retirada. Entonces se decidió comenzar la restauración de la Iglesia de la sangre derramada. Después de 27 años de restauración la Iglesia de la sangre derramada fue inaugurada como museo estatal donde los visitantes pueden conocer la historia del asesinato de Alejandro II».

Dan ganas de leer y conocer más al respecto, ¿o no?

viernes, 6 de diciembre de 2013

Persistencia del olvido

Fotografía de Bruno Ehrs.

Felipe Benítez Reyes
Poeta español nacido en 1960.

Recuerdo una ciudad como recuerdo un cuerpo.

Caía ya la luz sobre las calles
ya caía en tu cuerpo
—en un hotel oscuro, o en no sé
qué habitación sin muebles de no sé
qué ciudad— la luz agonizante
de velas encendidas.

Un temblor
de velas, o un temblor de árboles,
en el otoño sucedía —no lo sé—
en la ciudad que no recuerdo
—ya esa desmemoriada sensación
de haber estado allí, ignoro adónde,
con alguien que no sé,
quizás en la ciudad que siempre olvido.

Tal vez era la lluvia: mi pasado
ocupa un escenario de calles desoladas.
Sin duda era la lluvia golpeando
los cristales de un taxi, con alguien a mi lado,
con alguien que ha perdido
sus rasgos con el tiempo.

O era yo
—no lo sé—, tal vez yo mismo
reflejado en cristales mojados por la lluvia.
Quizás era en verano, no recuerdo,
y era otra ciudad la que ahora olvido.
Una ciudad con bares junto al mar,
donde tú nunca estabas.

No sé bien
qué ciudad era aquélla en que la luz
tenía la apariencia de una flor abrasada,
pero tus manos frías estaban en mis manos,
tal vez en algún cine con palcos de oro viejo,
en su caliente oscuridad.

Una ciudad
se vive como un cuerpo,
se olvida como él.

Posiblemente
ahora evoco ciudades que existieron
al lado de esos cuerpos que existieron
en ciudades que existen tal vez en el olvido.
Que deben existir, pero no sé.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Algo tiene el aire de noviembre que enamora

Escrito por Addy Góngora Basterra
Publicado en el Diario de Yucatán.

I

Las páginas adelgazadas de mi agenda me anuncian la fugacidad de este año impar.

—Se fue Noviembre —pienso en voz alta.
Me escucha una de mis compañeras de trabajo, Azucena Vargas, cuyo escritorio está cerca del mío.
—Nunca más regresa un día —dice sin mirarme continuando de manera automática la frase.

Me le quedo viendo sin que ella lo sepa, porque está sentada de espaldas a mí. Después miro las páginas de mi agenda 2013. Barajo una de sus esquinas. En tres segundos hago transcurrir por mi mano derecha todo el año en un brevísimo aleteo de papel. Tomo de mi escritorio el cuaderno verde que en la portada tiene un mandala. Escribo las palabras de Azucena: “Nunca más regresa un día”. En seguida, en otro lugar de la página, anoto: “Se fue Noviembre. Me quedas tú. Dúrame mucho”.

II

Cuántos noviembres se han ido, noviembres que ya no son, personas que estuvieron ya no están, queda de ellas el recuerdo del recuerdo, nombres que no tendrán olvido. Y sin embargo, de algún modo, están presentes en cada vuelco del corazón, en fechas indelebles, en la brizna de la tarde y el color del amanecer; en una carta a puño y letra, en una fotografía, el estribillo de una canción y el círculo perfecto de un anillo. Pero no todo es pérdida y nostalgia en Noviembre, también es ilusión y renovación, mes de encuentros y pasión. Y si no lo creen, pregúntele a los nacidos bajo el signo de Escorpión.

III

Algo tiene el aire de noviembre que enamora.

Ha de ser por el ambiente otoñal del hemisferio norte. Algo se nos desprende, se desvanece, nos dice adiós para transformarse en algo diferente. Hojas de árbol que caen. Días del año que no vuelven. Algo se fragua y no es un final, sino un comienzo que tiene como pista de despegue los treinta y un días de diciembre.

Lo digo porque lo siento: algo tiene el aire de noviembre que enamora. Pero no es cualquier amor. No. Porque uno puede enamorarse y vivir en el idilio de pensar en el otro sin que el sujeto del delirio lo sepa. Ahí anda uno, como alma en pena, sin tregua ni cuartel suspirando por quien ni lo sospecha. Los amores de noviembre tienen un brillo distinto, un sabor pacífico, el milagro que a todos debería ocurrirnos: amor correspondido.

Tal vez sea el ambiente decembrino que se anuncia en esquinas, árboles y en la ropa que por estas fechas usamos. Quizá sea porque anochece más temprano y las estrellas atestiguan más horas nuestros pasos. No sé a qué se deba… pero tal vez haya quien sí lo sepa y esté de acuerdo conmigo cuando digo que algo tiene el aire de noviembre que enamora. Alguien que tenga o haya tenido la urgencia por vivir todo lo que no se pudo en otros meses, esa prisa misteriosa que se instala en emociones, afanes y deseos, aquello innombrable que se apodera de la voluntad y nos hace mejores personas, par y complemento. En este mes, penúltimo peldaño, algo tiene el aire de noviembre que enamora: triquiñuela del calendario que nos deja lo mejor para el final del año.

domingo, 24 de noviembre de 2013

Persiguiendo el destino

Escrito por Addy Góngora Basterra.
Publicado en el Diario de Yucatán.


Vuelo demorado. Eso anuncian las pantallas en el aeropuerto de la ciudad de México. –Genial –pienso. Y lo digo sin ironía, porque así tendré tiempo para escribir. Dos puntos.

Hasta ahora nunca me ha disgustado pasar tiempo de más en los aeropuertos. Recuerdo un viaje que Lichi –mi hermana– y yo hicimos cuando éramos niñas. Mis papás nos regalaron unas vacaciones en Veracruz para visitar a nuestros primos y abuelos. Nos fuimos felices, solas y con un brillo en la mirada por experimentar la aventura y la sensación de independencia a corta edad.

Hace un par de semanas, Lichi y yo abordamos un avión que nos llevó a Houston, donde nos separamos para continuar cada quien su travesía. En el punto donde se bifurcaban nuestros caminos nos despedimos con un abrazo. Sentí algo en el corazón, ese algo que se siente cuando una hermana se va lejos, cuando la sangre se aparta llevándose algo suyo-mío-nuestro. Al verla ir pensé lo anterior y me dije… “No exageres, Lichi sólo se va 10 días”… pero el pensamiento no era sólo por mí, sino por todas las personas que se abrazan en aeropuertos sin saber cuándo volverán a estar cerca de quien quieren ni cuándo podrán volver a asirse, a reír juntos y compartir momentos. Hablo de lo físico, de aquello que toda la tecnología, con sus magníficos aparatos, nunca podrá sustituir.

En el vuelo Mérida-México tras el que espero conexión, junto a mí se sentó una mujer con rostro coreano (y resultó ser rusa) que me contó lo desconfiada que es con personas desconocidas. –¿Tú has hecho vínculos cuando viajas? –me preguntó. Y así empezamos una conversación que ahora me llena de curiosidad ya que si desconfía de las personas, ¿por qué entonces me hizo esa confesión? Misterio ruso. Su pregunta me hizo recordar el primer “vínculo” de avión, que fue en el viaje que hice con Lichi a Veracruz, con un niño que también viajaba solo. La azafata nos sentó a los tres juntos. Se llamaba Jesús y con una camarita amarilla Kodak, de esas que usaban rollo de cuernito (110 mm), le tomamos una foto que en algún álbum debe andar.

Recuerdo haberlo conocido tal como recuerdo a una colombiana veinteañera cuya historia fue mi compañía durante horas de vuelo: se enamoró de un hombre que le doblaba la edad, un motociclista gringo con el que se fue sin permiso de sus padres a recorrer América del Sur abrazada a su cuerpo y con la cabeza metida en el casco por el que se vio obligada a cortar, frente al espejo de una gasolinera, el largo cabello pelirrojo que se le enredaba como una pesadilla diaria. Su historia no tuvo un final feliz: huía del novio con dinero que un doctor argentino le prestó tras conocer su historia de terror –que ella durante meses pensó que era de amor– al atenderla en el hospital al que llegó por una infección terrible: “Si un día tengo un hijo le voy a poner Daniel, como el doctor que me salvó”, me dijo antes de aterrizar.

Cuando llegó el momento de separarnos, la pelirroja y yo nos abrazamos con la extraña complicidad de dos desconocidas que comparten fragmentos de vida que pocos conocidos saben. No supe su nombre ni ella el mío, ni su email ni nada, no hubo intercambio de coordenadas. Muchas veces he pensado en ella preguntándome cómo estará y si se acuerda de mí.

Ahora, en la Terminal 2 del Aeropuerto Internacional Benito Juárez, con paso veloz transitan frente a mí personas de las que tampoco sabré su nombre ni a dónde van ni de dónde vienen ni por quién corren. Miro a quienes están a mi alrededor y pienso que si fueran Jesús o la colombiana no los reconocería, porque él siempre tendrá para mí nueve años y ella el rostro que le he inventado porque lo he olvidado con los años.

Miro el reloj. En palabras y recuerdos se me ha ido el tiempo. Sigo en tránsito por el aeropuerto, anónima e incógnita, como lo somos todos en esta tierra de nadie donde cada quien, literalmente, persigue su destino.- Mérida, Yucatán.

jueves, 21 de noviembre de 2013

Letranías en "El Sillón de la Lectura"




miércoles, 20 de noviembre de 2013

No moriré del todo

Contradiciendo lo anterior,
esa nota y el poema que se leerá a continuación, pertenecen al libro "Encicloferia".
Antología poética de Luis Rogelio Nogueras (La Habana, 1944). Ediciones Mucuglifo.

No moriré del todo

Luis Rogelio Nogueras

Yo, Oremoh Naisso,
que compuse baladas que aprendieron
labriegos, gimnastas y guerreros,
no tuve tierra que arar,
nunca corrí en el gimnasio porque mi pierna
                derecha
                                               renqueaba,
jamás fui admitido en el ejército, a causa de mi ceguera;
yo, Oremoh Naisso,
que inventé fábulas
que los ricos mandaban a grabar en planchas de oro,
viví en la miseria;
yo,
que con mis versos
sembré suspiros en los labios de las más hermosas
muchachas
                de Bjöor,
nunca tuve entre mis brazos a una mujer.
Pero
lentamente aprendí el arte de las palabras,
y ellas, llevadas de generación en generación,
me harán eterno.
Otros imitarán mis cantos
más allá del polvo de los años.
De modo que nadie me compadezca,
porque
el tuerto,
el cojo,
el pobre,
el solo Oremoh Naisso
lanzará su venablo
lejos,
dejará huella indeleble.

viernes, 15 de noviembre de 2013

Cielo recortado


Testigos de mis pasos, todos los días.
"Cielo recortado" © Addy Góngora Basterra, 2013


jueves, 14 de noviembre de 2013

Pierre y Marie

Por Rosa Montero. Escritora española.
Fragmento del libro “La ridícula idea de no volver a verte”

En julio de 1895, un año después de conocerse, Pierre y Marie (Curie) se casaron en París por lo civil; con el dinero que les regalaron en la boda compraron dos bicicletas y su luna de miel consistió en irse pedaleando por media Francia. Marie había pedido que su traje de novia, que fue un regalo de la madre de Pierre, fuera “oscuro y práctico para poder usarlo después en el laboratorio, ya que sólo poseo el traje que me pongo cada día”.

(...)

Pierre y Marie en 1895.
Pierre le dijo a Marie que, si había permanecido soltero hasta los treinta y seis años, era porque no creía en la posibilidad de un matrimonio que respetara lo que para él era su prioridad absoluta, la entrega a la Ciencia. Con ella, en cambio, había encontrado a su alma gemela. De hecho, al principio de su relación, en vez de mandarle un ramo de flores o bombones, Pierre le envió una copia de su último trabajo titulado Sobre la simetría de los fenómenos físicos. Simetría de una zona eléctrica y de una zona magnética, que habrás de convenir que no es un tema que todas las chicas encuentran fascinante.

Pero a Marie sí le gustaba, aún más ¡lo entendía! Lo cual ya era a todas luces portentoso.
Siempre me han maravillado esas armonías, esas extraordinarias #Coincidencias del destino que de cuando en cuando la vida nos otorga cuando se pone magnánima, y que hacen que, en la enormidad del mundo, se junten con provecho dos seres de difícil adaptabilidad, como en este caso: dos mentes superdotadas, dos personas #Raras, solitarias, de ardiente entrega utópica, apasionadas por la ciencia, de edades semejantes, del sexo opuesto siendo heterosexuales, los dos sentimentalmente libres en el momento de encontrarse, ambos en la edad justa (porque podían haberse conocido de viejos o de niños) y encima, ¡atrayéndose sexualmente el uno al otro! ¿No te parece un milagro? Pues, además de los horrores que tanto nos llaman la atención, la vida también está llena de estos prodigios.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Llueve

Fotografía: © Pulse/Corbis


Llueve otra vez. Llueve de nuevo. Llueve:
siempre el amor me llega con la lluvia.
Sobre la calle una llovizna breve
y aquí en mi corazón, cómo diluvia...

Llueve. Y el agua cae sin relieve
sobre las piedras, ávidas de lluvia.
Aquí en mi corazón, cómo remueve;
aquí en mi corazón, cómo diluvia.

Siempre el amor me llega así. Sin ruido,
con silencioso paso estremecido:
niebla menuda que después diluvia.

Siempre el amor me llega así, callado,
con silencioso andar desesperado...
Y no sé dónde estás. Y está la lluvia.


Julia Prilutzky Farny
Poeta Argentina

lunes, 11 de noviembre de 2013

Suerte de charrería




Fragmento del texto leído en el XVI Coloquio de Literatura Mexicana
“Huellas del tiempo” en la Universidad de California, Santa Barbara.

Escrito por Addy Góngora Basterra.
Publicado en el Diario de Yucatán.

Un espejo es objeto misterioso que duplica lo que somos… excepto en pensamiento y memoria. La superficie de cristal puede ser testigo del nacimiento de una persona, acompañarla todos sus años y reflejar el momento de su muerte, en la vejez, sin dejar rastro ni huella del paso de esa vida. Para salvarnos del olvido hemos inventado otro espejo que nos devuelve de un modo magnífico: la palabra escrita.

¿Qué es el pasaje de un diario, una carta de amor, las páginas de un libro, una carta entre amigos, el post de un blog, la actualización de un estado en Facebook y un “tweet” si no las huellas, vueltas letra, de nuestro paso? Vuelvo al sur como se vuelve siempre al amor, canta Roberto Goyeneche. Vuelvo al blog, como se vuelve siempre al amor, pienso a veces, porque basta un clic para retornar a episodios que parecen detenidos en el tiempo, como si un poema o un relato fueran como esas burbujas de cristal a las que se les da vuelta para llenarse de nieve o de escarcha, animando lo que parecía inerte. Los espejos no tienen memoria, pero las páginas de un diario y las entradas de un blog, sí.

¿De qué manera el diario ha sido bitácora de andanzas? ¿Verdaderamente el blog, Facebook y Twitter rompen esa intimidad o son aliados? ¿Qué es hoy lo público y lo privado? Recuerdo las palabras de la cantante Concha Buika en una entrevista: “Debes tener en cuenta que de los artistas no se sabe lo que hacen, se sabe lo que publican”. Mismo caso el de los escritores, cuyos años están marcados por palabras, noble cicatriz, espejo de vida, memoria que se baraja con todo lo vivido y todo lo leído.

A saber: hay gente que lleva el registro de su vida por los perfumes que usa, los vehículos que ha tenido, por el tiempo invertido en amores, por películas y canciones que marcaron una época. Saben lo que pasó en sus vidas por el recuerdo que esto les trae. Pero también hay personas que tenemos registro del pasado por los libros que hemos leído, por las anotaciones en cuadernos, por lo publicado en un blog y lo compartido en redes sociales: ¿para cuántos las huellas del tiempo, más que arrugas y cicatrices visibles, son fragmentos de libros, versos inolvidables, personajes entrañables que se antojan como amantes o amigos? ¿A cuántos nos ha marcado de por vida el fascinante ejercicio de leer? Me pregunto quiénes recordarán el momento en el que se volvieron lectores. Tal vez para muchos no existe el registro, tal como yo no recuerdo haber visto el mar por primera vez porque nací cerca de él y porque lo he procurado siempre. Sin embargo, descubrir la lectura en la adolescencia fue ver el mar por primera vez, sorprenderme por su grandeza y hermosura con su vaivén de siglos.

Leer es aprender otro idioma. Es conocer nuevas posibilidades para comunicarnos a través del vocabulario, es pensar nuevas maneras para nombrar, porque en la lectura se nos presentan otras formas para entender y vivir la vida. Así como al estudiar inglés, francés o portugués se tiene un cuaderno para anotar palabras, frases, citas e ideas, así también hay cuadernos con los que algunos acompañamos nuestras lecturas. Palabras con las que se puede viajar en el tiempo, basta releerlas para recordar lo que estaba viviendo. Páginas repletas de transcripciones, fragmentos de historias que nos sedujeron, líneas y líneas de versos predilectos.

Del papel al mundo virtual, de una columna en el periódico al post del blog, de un telegrama a un “tweet”, de un círculo de lectura a una “Fan Page” en Facebook, lo que prevalece es la palabra, la necesidad de contarnos unos a otros, la urgencia de escribir y deletrear.

Para no desvanecernos en el tiempo como las huellas de una playa en la marea, tenemos la escritura… esa suerte de charrería con la que lazamos la memoria y nos robamos un pedacito de eternidad.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Hasta en la sepultura

Autel dias de Muertos - Altar en San Angel.:



Por Addy Góngora Basterra
Publicado en el Diario de Yucatán.

Hasta hace tres años sólo había vivido el Día de Muertos en Yucatán, pero un buen destino me llevó a la algarabía por la muerte en el cementerio de Tzintzuntzan: qué derroche de vida pude atestiguar en la conmemoración de los fieles difuntos en Michoacán.

Recuerdo cientos de velas encendidas; tantas que el cementerio era incendio controlado que iba del amarillo al anaranjado, lenguas de fuego que hacían juego con pétalos de cempasúchil, intensificando el ambiente en olores y colores. Un espectáculo que merecía ser visto de lejos y ante el cual era imposible quedar al margen: había que adentrarse. Aquella noche, vivos y muertos compartimos la misma tierra. Fui parte de la muchedumbre que —ahora lo pienso— dejó sus pisadas en la superficie bajo la que estaban personas enterradas. A tan poca distancia de mis latidos, había cientos de muertos queridos cuyas familias llenaron de flores, recuerdos y canciones, invirtiendo el ahorro de meses de trabajo en el adorno de sus tumbas.

Hubo algo que no olvido: un niño. Iba a cierta distancia de quienes supuse eran sus padres, parecía divertido; iba turisteando y ajeno a lo que lo rodeaba. Lo recuerdo porque me llamó la atención su hiperactividad: caminaba a saltos. Hasta que de pronto algo lo detuvo: un ataúd negro y pequeño. Dejó sus brincos y se quedó serio, mirando esa cajita pequeña. Tenía la boca apretada y los ojos bien abiertos, quietecito. Pensé entonces en la fugacidad del tiempo y en cómo, durante la niñez, se cree la vida como una garantía y la muerte como algo lejano.

Ese niño —estuvo unos segundos y después se fue como si nada— me recordó al personaje del cortometraje “Hasta los huesos” de René Castillo, animación mexicana hecha con plastilina: una obra de arte. En ella, en menos de diez minutos, se representa el culto a la muerte a través de íconos de la cultura popular mexicana. ¿Por qué relacioné al chiquillo del cementerio de Tzintzuntzan con el de “Hasta los huesos”? Click aquí y sabrán:  Ahí está la famosa creación de José Guadalupe Posada, “La Calavera Garbancera” que conocemos como “La Catrina”, pues Diego Rivera así la renombró al pintarla con ropa en el mural “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”.

Posada retrató al pueblo mexicano a través de esqueletos en fiestas populares, calaveras de clase alta, calaveras con bigotes y sombreros revolucionarios. Se sabe que al morir Posada nadie reclamó su cuerpo, por lo que sus restos fueron arrojados a una fosa común en compañía de anónimas calaveras. Cómo es paradójico el destino: estuvo sitiado en su muerte por lo que dibujó en vida.

Todos estos personajes del grabador mexicano están en el cortometraje que tiene como protagonista a La Catrina, representación festiva y alegre, una muerte viva y, como podemos ver en la animación de René Castillo, seductora hasta el delirio al entonar las coplas de “La Llorona” en la voz de Eugenia León, primero a capela y luego acompañada por un trío.

—Recuerdo el impacto de ver a un trío en el tianguis, en el puesto de una señora que había muerto y la familia le regalaba su canción preferida— me escribe Marily Pugno por Whatsapp desde el sur del continente. La leo con curiosidad y alegría. Primero porque me gusta saber lo que sintió como extranjera al vivir un festejo que para muchos puede ser desconcertante; segundo, porque está al otro lado del mundo y sus mensajes me llegan en fracción de segundos. Viva la tecnología. Viva está la tradición de siglos donde la muerte luce de manera festiva y colorida.

Aquella noche en Michoacán, al ver al pueblo volcado en sus muertos y presenciar la explosión de vida para conmemorar a quienes se fueron —como también lo he visto en Yucatán— me enamoré un poco más de México y admiré este país con ingenio y hermosura… hasta en la sepultura.


jueves, 31 de octubre de 2013

F y D



«Diego mi Diego,
Diego mi amor,
¿por qué pienso que eres mío
si eres sólo tuyo, Diego,
si eres sólo tuyo?»

Pedro Guerra.
Inspirado en el Diario de Frida Kahlo.

sábado, 26 de octubre de 2013

De viajes, migraciones y nostalgias

Le Grand Van Ghogh.
De la serie "Les Voyageurs"
del escultor francés Bruno Catalono (1960).


Escrito por Addy Góngora Basterra.
Publicado en el Diario de Yucatán.


Para Pachi y sus papás

I

Pachi aún no ha cumplido un año de edad y ya ha estado en tres países distintos. Nació en España y es hijo de padre colombiano y madre mexicana. A él le gusta bailar; a ella le gusta leer. Y viceversa. Ambos se atreven a crecer y a desafiar lo que otros temen. Jóvenes y valientes, amigos entrañables que quiero y echo de menos todos los días, como si se hubieran ido ayer. 
Me pregunto qué conversaré con Pachi cuando podamos platicar. Sus ideas, su realidad e imaginación están conformadas por diversidad. Lo digo con certeza porque conozco a sus padres y porque sé lo que pueden ofrecerle en enseñanzas y experiencias, pero también porque son peregrinos de cosas buenas. Dos personas que a millas de su mundo de confort se encontraron, se hicieron amigos y se quisieron; se abrazaron, se enamoraron y decidieron unir sus diferencias y culturas. Son una pareja con un hijo pequeño que no le teme a maletas ni equipaje, a romper esquemas para construir un presente en otra tierra. Y recomenzar.

II

Las entradas te marcan. Eso me enseñaron Pedro Lewin y Estela Guzmán Ayala una noche vuelta madrugada en su casa, mientras hablábamos de viajes, migraciones y nostalgias. Las entradas te marcan. Esas cuatro palabras estuvieron presentes cada día de los meses vueltos años que pasé en Argentina, geografía de la que soy eterna enamorada. 
Al llegar ahí solamente tenía conmigo una maleta gigante con ropa, libros queridos y una guitarra. Entré a otro país llevando equipaje muy pesado. Yo sola no podía con él. Aunque la patria, el amor, la familia y la añoranza no se empacan, aquello pesaba como si todo lo anterior ahí se resguardara. Cuando el momento de volver definitivamente a México llegó, había aprendido a viajar ligera. Y así volví… pero llena de todo lo que las personas que quise y conocí me dieron. Eso es exactamente lo que menciona Rosa Beltrán al referirse a los aeropuertos “Siempre se dan cuenta de lo que traigo. En cambio, nunca son capaces de ver lo que me llevo”.
III

Van Gogh sostiene una maleta con la mano izquierda. Está en marcha, dando un paso al frente, detenido en bronce para siempre. Por la ubicación que tiene la escultura a la que me refiero, pareciera que el mar y cielo de Francia han borrado su cuerpo. Esta obra, forjada en bronce por Bruno Catalono (Francia, 1960) como parte de la serie “Les Voyageurs”, nos hace parpadear como quien se aclara la vista, a modo de quien ajusta el lente de una cámara fotográfica. Lo que uno encuentra en la escultura, por paradójico que se lea, es lo que no está: el arte de la ausencia donde lo que nos admira y sorprende es la carencia. 
“Los Viajeros” de Catalono lucen incompletos, parecen devorados por algo, como si un hachazo invisible hubiera eliminado parte del torso, desconectándolos de sí mismos. Lo interesante es el objeto que cumple la función de nexo para el bulto escultórico: una maleta. Estos seres de metal tienen un aire de migrantes o exiliados, personas que al dejar atrás una parte de sí mismos van tomando la forma del lugar por donde pasan. Gente de viento, gente de agua, gente que se adapta, camaleones del tiempo y de las circunstancias. Gente llevándose a sí misma, gente llevando —tal vez— lo único que tiene: un cuerpo para reinventar, un hijo, un sombrero, una pareja, una guitarra, personas que van reconfigurándose a pedazos, obras de arte y vida hechas paso a paso. 
Por eso, la primera vez que vi las esculturas de Bruno Catalono, me vi a mí misma aferrada a las asas de mis valijas, tal como ahora imagino a Pachi con sus papás, viajando de un continente a otro, solos con su amor y sus maletas, viajeros incansables migrando al porvenir, con las esperanzas puestas en todas las promesas que están por vivir. 


Esculturas de Bruno Catalono en Letranías: 

viernes, 25 de octubre de 2013

Nunca hablar de amor fue tan sencillo


Escrito por Addy Góngora Basterra
Publicado en Nexos Cultura.

Hubo mucho calor el día que la ciudad amaneció cobijada por neblina. Relatos vueltos leyenda han inmortalizado esa mañana en la que todo parecía un espejismo: las personas, el asfalto, las palabras. Palabras que se derretían. Palabras que tan pronto empezaban a gotear se evaporaban tras ser dichas.

Tanto, pero tanto era el calor, tan implacable el sol, que vocales y consonantes encharcaron calles y avenidas llenando de vapor gentil el aire a respirar. Inolvidablemente, las fosas nasales aspiraron voces, pasiones, nomenclaturas; entraron por la nariz piropos, reclamos, halagos; órdenes de jefes y de restaurant; mentiras, bienvenidas, cantos, rezos y vocablos; palabras que sólo cobraron significado y sentido al revelarse al olfato.De tanto respirar lo nunca antes respirado, los cuerpos se hincharon de lenguaje dando de qué hablar según el modo de caminar, delatándose en cada paso y cada abrazo.

Entonces ocurrió lo inesperado, lo imposible, lo soñado: del abecedario evaporado y del bochorno incontenible empezó una lluvia inolvidable e increíble, porque cada palabra fue cobrando forma al caer el agua. Por la ciudad se desplegó una cortina de letras como si la tarde fuera una película con subtítulos verticales, espectáculo de palabras que apenas duraban un instante.

La gente miró por las ventanas y salió a las calles a leer lo que pasaba; letra por gota, gota por letra, todos encontraron palabras que les faltaban, nombres amados que en rumor de agua la lluvia pronunciaba.

Todos recobraron algo querido. Esa lluvia devolvió lo extrañado y perdido,como si el destino obsequiara cierta bonanza a todo aquel que la necesitara, a través de lo leído.

La voz corrió, escurrió y ocurrió que buenas palabras lavaron paredes, escalones y pupilas; tejas, espaldas y avenidas; terrazas, talones y mejillas. No hubo quien no leyera la lluvia de aquella tarde en la que tanto calor desbarató palabras frías; tarde en la que sólo pudieron decirse palabras cálidas, palabras en deshielo.

Por eso nadie olvida aquel aguacero.

Porque nunca hablar de amor fue tan sencillo ni sincero.

jueves, 24 de octubre de 2013

No basta


«La literatura, como el arte en general, es la demostración de que la vida no basta»

—Fernando Pessoa (1888 - 1935).
Poeta portugués.

martes, 22 de octubre de 2013

Aplastamiento de las gotas

Fotografía de Stephen Maka.

Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelta majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol. Pero las hay que se suicidan y se entregan en seguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.

Julio Cortázar
Escritor argentino.

lunes, 21 de octubre de 2013

Migrante de mí misma

Aztecas migrando al valle de México.
Fotografía de © Gianni Dagli Orti
Por Rosa Beltrán
Publicado en La Jornada Semanal
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Uno. Recuerdo una mujer joven, de unos treinta y cinco años, montada en la parte de atrás de una motocicleta, abrazada a un hombre. Está peinada con una cola de caballo y me dice adiós con la mano. El hombre es su amante. Ella se va con él de México a Guatemala. Yo los observo, pensando en la palabra amante; la conozco en teoría pero no en la práctica. Tengo catorce años; la última imagen de esa mujer es la cola de caballo agitándose al viento. Una vez que los veo partir entro en mi casa y me ocupo de revisar las tareas de mis hermanos. A veces, pienso en la mujer que se fue. Esa mujer es mi madre.

Dos. Cuando el otro se va ¿uno inmigra o emigra? Mi padre se había ido ya de la casa y con su partida se acabó la migra. Siendo muy niños mis hermanos y yo, cada vez que hacíamos un estropicio, mi mamá nos decía: “ya verán cuando llegue su papá”. Él entraba a la casa chiflando tan campante y de pronto, al ver la expresión de mi madre, abandonaba su gesto despreocupado y fruncía el ceño. Se convertía en la migra. Hacía reclamos sobre lo que introducíamos en el hogar. Por qué traes (el mal ejemplo, una mala nota, pleitos, majaderías, un gato recogido en la calle), qué sé yo, las posibilidades eran infinitas. Nosotros, en cambio, nunca le reclamamos lo que se llevó. Por ejemplo, a nosotros mismos. Los que éramos, antes de su partida.

Tres. A veces, me da migraña. Al cruzar los aeropuertos, por ejemplo. Tanto revisar maletas, bolsas, portafolios, zapatos, cuerpos a través del arco magnético. Siempre se dan cuenta de lo que traigo. En cambio, nunca son capaces de ver lo que me llevo. Porque es un hecho, cuando regreso nunca soy la misma. Lo veo claramente en las fotografías.

Lo que estoy haciendo aquí es comprobar hasta qué punto están muertas esas otras que me habitan. Me doy cuenta de que lo están y no. Y es que todos somos migrantes de nosotros mismos.

Rosa Beltrán, escritora mexicana.

sábado, 19 de octubre de 2013

Breve historia del pasaporte que me llevó al pasado

Ligia Cámara, pianista yucateca.

Escrito por Addy Góngora Basterra.
Publicado en el Diario de Yucatán.

2023. Qué cifra escandalosa. Eso pensé cuando vi el año de caducidad del pasaporte que renové hace unos días. Seguramente lo mismo pensé cuando renové el anterior... y aquí estoy con diez años de más, con los años de ahora… ¿en dónde estaré en los que están por venir cuando el tiempo plasmado en mi nuevo pasaporte pierda validez? Me muero de curiosidad, no de incertidumbre. Son dos maneras diferentes de vivir el futuro. Opto la primera y me pregunto: ¿qué recordaré en diez años y qué recuerdo de diez años atrás? … … … me quedo pensando por un momento y me sorprendo porque, de entre todos los recuerdos, brilla un nombre de mujer… ha de ser porque lo traigo a flor de piel.

De diez años atrás recuerdo a Ligia Cámara.

Hace una década trabajé en la Dirección de Cultura del Ayuntamiento de Mérida. Cierta ocasión se organizó una noche de música cubana y contraté a Ligia para que con su Roland inseparable —que sólo un buen piano podía suplir— y Julián López en los bongos, hicieran de una velada al aire libre una noche inolvidable. Y así fue. Ligia tenía una buena cantidad de fans, gente que continuará admirándola y queriendo, porque seguiremos disfrutando su son y el fulgor que del piano sus manos destilaban. No hubo quien pudiera escapar de su algarabía ni quien no quisiera bailar al escucharla.

Pasaron los días y salió el cheque con el que se le pagaría a la artista y le llamé para avisarle. Me dijo que estaba por salir a ver unas cosas y que tan pronto acabara pasaría por el cheque a la Dirección de Cultura. Recuerdo que la esperé en la banqueta para que no tuviera que estacionarse ni bajar. Cuando llegó, detuvo el auto, bajó la ventanilla y en vez de sacar la mano para que le entregara el cheque, sacó su vozarrón y me dijo “Súbete chiquita, vamos a dar una vuelta”. Y la vuelta se convirtió en dos horas. Fuimos a su casa, donde Soco, su hermana, nos esperaba con sandwiches, refrescos y conversación para prodigar sin ton ni son a quien prestara oídos.

—Toca algo, chiquita— me dijo Ligia, que seguramente me vio los ojos llenos de antojo al ver el piano en la sala de su casa. Me senté e hice sonar lo poco que sé. —Pero si aquí la pianista eres tú— seguramente le habré dicho, porque lo siguiente que recuerdo es a Ligia tocando el piano. Tras un par de canciones anunció: "Ahora voy a cantar una mía"... y empezó una melodía que yo no conocía y que ahora, diez años después, escucho perfectamente: "Nunca pensé que yo faltara a mis principios de mujer... nunca creí enamorarme así de ti…" y ahora, mientras esto escribo, veo a Ligia claramente en ese momento… cuando de pronto, sin aviso ni contención, se echó a llorar sin poder continuar la canción.

Esa mañana conocí a una Ligia Cámara viva de amor por alguien a quien conoció de improviso y de quien se enamoró “desde el instante en que te vi frente de mí… me cautivó esa mirada y el sonido de tu voz, mi corazón volvió a latir…”. Ahí estaba la señora del jazz conmovida hasta el llanto por una historia de amor vuelta música.

Tras releer lo anterior, me doy cuenta de las tretas que nos juega la memoria cuando se mezcla con el corazón, porque en realidad quería escribir sobre la nostalgia que me invade cuando hojeo mis pasaportes y veo los sellos, entradas y salidas de mundos, personas y momentos a los que ya no puedo volver porque el tiempo me lo impide, porque hay cosas que una vez que suceden no vuelven a repetirse, como aquel secuestro express musical con el que fui afortunada. Mi pasaporte renovado me llevó al pasado; a revivir un momento que ya no registraba, un encuentro que en sueños deseo tener de vez en cuando: estar cerca de Ligia mientras toca el piano.

viernes, 18 de octubre de 2013

Poemánticos

                                                            A Juan Duch

No. 42
Hoy me bañé con música
de pájaros
y quedé profundamente claro.

Clemente López Trujillo
Poeta Yucateco



jueves, 17 de octubre de 2013

Me voy a hacer el favor de amarte



José María Zonta
Poeta Costarricense. 
Me voy a hacer el favor de amarte
yo
que nunca me traté con amabilidad
que no me quejé si las botas me apretaban
ni protesté por los millones de desayunos fríos

a partir de ahora
me haré el dulce regalo de besarte

tal vez eso no signifique
que duelan menos las palabras que duelen
ni dejar de cortarme al afeitarme el alma

no importa

yo con mis favores me alcanzo
me pongo una mano en el hombro
un abrigo si llueve
y me ofrezco así a los demás

sin el apoyo del gobierno
pero con el aplauso de las flores

voy a hacerme el favor
de bajar del tren
encender el fuego
y amarte.


Para leer más de él en Letranías, click aquí.

martes, 15 de octubre de 2013

De dónde es la cantante. ¿Será de Santiago?

♫♪ A una le dio por el piano
por el jazz y por el blues:
a la otra por el mesabanco,
por la monja De la Cruz.

La una es artista; la otra mexicanista
Una mira al norte/ otra mira al sur/ Una vive en el norte/ la otra en el sur.

Una toca
La otra baila
Una escribe
La otra canta.

Una es Bloom (Blum)
La otra Poot (Put) ♫♪
La pianista y cantante yucateca Ligia Cámara Blum ha tomado un camino diferente. 
Letranías atesora cada momento compartido con ella, cada canción, cada gesto suyo, 
cada carcajada, su música y su vozarrón. 
Mi corazón solidario para su hermana Lía y para su vecina-hermana Sara Poot-Herrera. 
Hoy por la mañana encontré en mi correo electrónico estas palabras 
que con permiso de su autora reproduzco.
Fotografía de © Richard Hamilton Smith.



Para Ligia Cámara

Por Sara Poot-Herrera

Son las 10:34 de la noche de hoy sábado 12 de octubre. Reviso un escrito, largo tiempo guardado y que había hecho a pedido de Carlos Peniche Ponce. Cuando lo leí en aquella ocasión, de pronto un compañero de mesa (un profesor cubano de apellido ruso) me invitó a bailar y lo hicimos al ritmo del “Son de la loma”, tocado por Ligia Cámara, ¡música, mi maestra! (¿no que era un congreso?, ¡cómo han cambiado las cosas!).

Reviso, cambio, actualizo el escrito y lo mando a Maggie Shrimpton y a Raúl Moarquech (sábado, dije, 10:37 pm de Santa Bárbara, y ya domingo en México). Se trata de “La Habana-Mérida: odas de ida y vuelta”. Va dedicado a Ligia Cámara.

Sin esperar respuesta, hoy de nuevo les escribo y les digo: “Podemos quitar todo…, pero no la dedicatoria”.



Allí hablo de Ligia Cámara y de sus hermanas Soco y Lía Genny. Comento lo que nuestro barrio de Santiago, la calle 61 les debe a ellas tres. Unas líneas de lo que he escrito dicen:

Cuánta vida cubana ha discurrido por este barrio, y hay que dar las gracias sobre todo a las hermanas Cámara Blum. Lía Genni y Fidel se conocieron —lo contó ya Joaquín Tamayo— en una “gua gua” yucateca que venía de Valladolid, y después Fidel (¿Alejandro González?) no salía de la casa de mis hermanas las Cámara. 
Pero Cuba ha estado aquí desde “siempre” y ha hecho cubana a Ligia Cámara (yo creo que ya lo era y desde antes de nacer y lo será también en su próxima vida, a donde irá empujando su piano con su piecito y el movimiento maravilloso de sus manos y abriendo olas con su gran voz). En mis recuerdos veo a Ligia y a su hermana Soco en una fotografía con Celia Cruz. Creo que también tienen una con Olga Guillot y que Ligia ha cantado con la Sonora Matancera. Incontables músicos y compositores cubanos han pasado por Ligia Vista Social Club.

Eso lo dije hace dos noches. ¿Ya tan pronto “la próxima vida”? No puedo no mencionar “Cuando tú te hayas ido”. Ay, Rosario Sansores, “me envolverán las sombras”. La oíamos de un modo en voz de Ligia Cámara, y de otro modo la oigo hoy (pero no, no la quiero oír; no, al menos no hoy).

Mejor reviso aquello de “Por divertir mis tristezas”, de nuestro congreso Armonía en las Artes de 2011 en Mérida, estando allí Ligia presente, como también lo estuvo en la otra ocasión, la de La Habana en Mérida. Y resumo (y me asumo):

Por divertir mis tristezas me dio por esta armonía. Y hoy en este encuentro de literatura, música y baile, puedo decir que tuve el privilegio de tenerlos y trenzaditos los tres desde el momento de brincar la cuerdita del cordón umbilical y de empezar a caminar con el pie quebrado, si no de la poesía sí de la música que de la casa de Ligia Cámara cruzaba a la mía.




Todo esto ocurrió en la calle 61, donde tuve la fortuna de conocer desde siempre a quien, manos y voz, amistad y generosidad, es punto de partida de mi memoria en cuanto a la armonía en las artes: Ligia Cámara, mi amiga, mi hermana. Yo siempre creí —y lo sigo creyendo—  que sus diez dedos se multiplican en las teclas blancas y negras de su piano; el dedito gordo del pie, impulsor de su ritmo nato; y su voz, profunda como su idea de la amistad. Vecinas ambas —puerta frente a puerta—, somos “las de la 61”, y me gusta pensarnos como “la letra y la música” que algún día podríamos ser. Y hoy comenzamos.

Es ésta mi propuesta de lectura, una conversación de letra y música con mi musa de la infancia; yo, su muñeca fea, bailaba no en los rincones sino en su jardín cual golondrina (“Golondrinita, golondrinita”), mientras ella tocaba y metía a la 61 el ritmo cubano de la infancia, el mexicano de la adolescencia, el cubano yucateco, el maya de la sabiduría en tiempos modernos. Hablo de la esquina de nuestras casas —El Kiuik Dzotz—, una esquina que es un palíndromo —kiuik kiuik—, plaza de los murciélagos a quienes saludo en día de fiesta en Austin, Texas, donde cada año les dan la bienvenida todos vestidos de Batman, de mujeres maravilla, como lo es la artista que, leal al barrio de Santiago, allí está frente a su gran piano de cola con el que noches y días nos recuerda y adelanta el “cuando tú te hayas ido”.

Ligia es mi infancia y con ella viene la memoria de lo que ella y sus dos hermanas grabaron en el disco suave y duro de la niñez: las ondas de ida y vuelta de la cultura musical cubana. Ligia es mi adolescencia: con ella entró en mi imaginario musical la letra y la tonada del rock mexicano, traído expresamente a su casa desde la ciudad de México. Con Ligia en Mérida me pregunto si Yucatán es o era parte de Cuba o de México.

¿Dónde queda Yucatán, ventana del templo de las siete muñecas donde entra el sol más temprano que en el resto de la república? ¿Dónde nos queda el resto de México que sin esta península no levantaría la cara hacia el mar que nos conecta con otras culturas?

La nuestra, la peninsular, está entre aguas y tierra firme. De tierra adentro nos llegaron, y con Ligia en el piano, “Presumida”, “Popotitos”, “Agujetas de color de rosa”. Yo en la radio diciendo que Manolo Muñoz llegaba a Mérida. Y llegó y no se movía de ¿dónde? De la casa de Ligia Cámara, desde donde ella y él (¿somos novios?) hacían levantar el pavimento con el Rock de la cárcel que muchos años después Ligia tocó en la cárcel de Mérida a donde la invitó Verónica García para amenizar una tarde de alegría fugaz (les pedí permiso para tocarlo, dijo Ligia, no podía no hacerlo, “todo el mundo en la prisión corrieron a bailar el rock”).

¿Quién tocará ahora a ritmo de jazz “Puruxón Cahuich? Quien se fue hoy con “las azules horas”. Las veo, las recuerdo, hermana una, hermanita la otra. Ellas, “Las de la 61”:

A una la cuidó su abuela
a la otra su chichí;
una es hija de Sara Herrera
la otra de doña Tití.

A una le dio por el piano
por el jazz y por el blues:
a la otra por el mesabanco,
por la monja De la Cruz.



La una es artista; la otra mexicanista
Una mira al norte/ otra mira al sur/ Una vive en el norte/ la otra en el sur.

Una toca
La otra baila
Una escribe
La otra canta.

Una es Bloom (Blum)
La otra Poot (Put).

La una es iPot
La otra le hace al rock.

Viven en el kiuik Dzotz, en el kiuik, en el kihuik, en el kiuik.

Tienen que hacer la letra y ponerle la música al rock del kiuik dzotz. Ellas, las de la 61; ellas, letra y música de una misma canción: “Adoro la calle en que nacimos”. Como hace un rato me recordó Oswaldo Estrada (y ustedes son testigos): “sé que le seguirás cantando ‘adoro la calle en que crecimos’”.

Hoy 14 de octubre, día en que se fue también Molly, mi única prima, y que nunca supimos cómo fue y por qué. Mes de octubre, cuando yo creía que la luna era más hermosa. Y lo es. Tanto, que ilumina el camino por donde Ligia Cámara se fue para ser ya y para siempre una estrella más del coro celestial.


Sara Poot-Herrera
Doctora en Literatura Hispánica por El Colegio de México y profesora del Departamento de Español y Portugués de la Universidad de California en Santa Bárbara.  Es autora de más de un centenar de publicaciones. Ha recibido numerosos reconocimientos, entre otros, el nombramiento como Mujer del Año por la Mexican American Opportunity Foundation (Los Ángeles, California, 1997). En el año 2000 recibió la Medalla Literaria Antonio Mediz Bolio (Mérida Yucatán) y en 2009 el Gobierno de su estado le otorgó la Medalla Yucatán. Es cofundadora de UC-Mexicanistas (asociación de especialistas en estudios mexicanos del sistema de la Universidad de California).