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miércoles, 11 de enero de 2012

La Divina

La historia de un niño que quiere aprender a besar... 

Fotografía de Tetra Images



Áurea O. León*

Sus miradas lo han petrificado. Todas ellas son parte de la misma medusa. Ojos negros, marrones, verdes; pestañas muy largas, casi como las piernas, como esos tacones que andan.

Risas: carcajadas de burla, se están mofando de la inocencia. El pequeño trae las mejillas coloradas (de pellizcos, está de más la vergüenza). Sus hombros delgados se contraen al cuello, intentan protegerlo, guardarle la cara.
‘‘¡Ya dejen al niño!’’

Una voz ha imperado. Tan ingrávida que se vuelve parte del ambiente. El aire recompone su circuito, el niño siente los pulmones. Se infla de aire lo suficiente como para abandonar el encogimiento del que fue presa, pero no demasiado como para ser nube y levitar lejos de aquel hervidero. El silencio se quiebra, las mil cabezas de medusa se petrifican, rompe el silencio un paso en agujas.
‘‘¡Dios!’’

La gravedad del asunto desvanece el silencio. Se hacen las risotadas. ¿Lo dije o lo pensé? Consternado levanta la cabeza, la vergüenza lo empuja a esconderla de nuevo. Mira las grietas del suelo, barre con la mirada lo bajo hasta dar con los tacones que quebraron todo, hasta las burlas.

Los chismes no son cojos, ojalá lo fueran; la mujer de tacones que quiebran todo sabe el atrevimiento del mocoso, el niño también lo sabe y si levantara la mirada se daría cuenta que la mujer no lo mira con desagrado ni disgusto.

Poco a poco el niño incorpora la mirada. La va deslizando por la cintura, luego el busto colocado en el escote, el cuello largo, los labios delgados, la nariz pequeña, los pómulos… ¡la mirada estancada en su rostro! y que regresa la mirada al suelo. Le apena verse observado, no por las cabezas de medusa, ellas sólo lo molestan con sus mofas, no comprenden su necesidad.

‘‘Tranquilo’’

Un susurro perfecto le reventó los oídos. No perciben nada más. Ni el sonido de los tacones rompiendo distancias entre él y la Divina. Con un parpadeo comprueba que los tacones están más cerca. No logra comprender si él caminó a ella o viceversa. Elude que el valor lo tuvo él, después de todo, aún niño es hombre.

Un escalofrío le ha erizado la piel al pequeño. Consecuencia de una mano sosteniéndole la barbilla. Un contacto inesperado y frío. Porque la mano de la Divina es nieve, e inesperado parece todo. Como cuando se está aprendiendo a ser ciego, o a vivir; jugar gallinita ciega (juego en el que, a un niño, se le vendan los ojos y se le dan vueltas para marearlo, luego tiene que ir sin saber por dónde anda en busca de sus compañeros. Algo muy similar a la vida diaria). Pero eso un niño apenas se lo imagina, para los chiquillos no hay ceguera que lo borre todo.

Un pensamiento aborda al chiquillo: ‘‘Le gusto’’. La Divina lo mira y sonríe. El niño no alcanza a controlar los latidos de su corazón que van en aumento, el bombeo de sangre cada vez ejerce más presión. El niño abre gigante los ojos, el pánico se le ha subido a la espalda para jorobarlo. Las risas de las serpientes no son un buen augurio. Tiene las mejillas coloradas y el pene erecto.

‘‘¡El mocoso siente, mira como lo has levantado, Divina!’’

El pequeño al verse descubierto intenta ocultar lo obvio con las manos.

‘‘¡Silencio!’’

Una voz gruesa ha imperado nuevamente sobre las mil cabezas de medusa. El niño ha dado un respingo y levantado la mirada que había tirado al suelo. La voz le sonó muy cerca de los oídos y en su capacidad no cabía pensar que aquella voz hubiese salido de los labios de la Divina. Pero si en lugar de haber agachado la vista por vergüenza, hubiese estado mirando a la mujer que le sostuvo la barbilla, ahora estaría consiente que los labios de la Divina se abrieron para dar paso a la orden que acalló burlas. Pero como no fue así, el niño había comenzado a girar el rostro intentando dar con aquel que lo había defendido ya dos veces.

‘‘¿Cuál es tu nombre?’’

Un susurro sale como respiro de su dulce pesadilla. Tras un esfuerzo sobre humano por no tartamudear, el niño entrega su nombre de manera completa, sin pausas trémulas ni accesos de aire no deseado. La Divina saborea el nombre repitiéndolo por lo bajo: ‘‘Octavio’’.

‘‘Sólo cierras los ojos’’

Con suavidad la Divina pasa su mano sobre los ojos del niño para que sus párpados caigan, junto con sus palabras.

‘‘Te relajas’’

Octavio frunce ligeramente el ceño. Siente como la mano de la Divina le da unos golpecitos para en suavizarlo. Luego los golpecitos se repiten en cada hombro. El silencio es sorprendente. Octavio jamás había estado en un silencio tan cómodo.

‘‘Levanta el pico’’

La Divina posa un dedo sobre los labios del niño después de dar la última orden. Octavio tiene los labios en posición de beso cuando el dedo los abandona. La espera jamás será corta, ni aunque sean sólo un par de segundos.

La Divina mira a toda la bola de arpías que se burló del pequeño al llegar con una bolsa de moneditas, pidiendo desesperado a una vendedora de amor que lo enseñara a besar.

‘‘Ya vendrá alguna a pedirme centavitos para sus chicles, y ya verán lo que les daré’’

Los labios de la Divina apenas acarician los labios de Octavio y lo siente sonreír. Entonces ella sonríe y se aleja. Toma la bolsa de moneditas del suelo y da unas palmadas a la cabeza de Octavio

‘‘No necesitabas que te enseñara a besar, pero negocio es negocio, y el dinero ahora es mío’’.


*Aurea O. León vive en Mérida, Yucatán., y escribe cada día mejor.
Ornella Vanoni figura en su repertorio. Lee a Murakami, a Cristina Peri Rossi y a quien le dé la oportunidad. Síguela en twitter @ajaa_ajaa
 

martes, 10 de enero de 2012

Pero qué poco nos enseñan de amor...


Ayer empezaron las clases en la universidad.


Entre ayer y hoy conocí a los nuevos alumnos que tendré en la materia de Historia del Arte y me reencontré con los que ahora estarán en segundo semestre. La primera clase la hemos dedicado a conversar, a conocernos, a reconocernos. Admiro a mis alumnos por su valentía y por su constancia, por su voluntad de aprender, por su talento; muchos de ellos han tenido que enfrentar a quienes les cuestionan con desaliento por qué estudiar Artes Visuales, tanto como muchas veces yo me enfrento a quienes me dicen que dar clase paga poco y apenas alcanza para vivir.


Es cierto, en México ser maestro no es un trabajo bien pagado, no alcanza para vivir, pero si no doy esta clase, me muero. Las horas que tengo en la universidad son un pretexto para hablar de la vida, de lo que siento (¿quién habla, verdaderamente, de sentir hoy en los salones?), de pasión, de la belleza que otros nos han legado, son un pretexto para hablar de lo que me apasiona, son una manera de conocer a personas que, como yo, los mueve el arte para vivir. O como diría "Mal Bicho", la canción de Los Fabulosos Cadillac: "En la escuela nos enseñan a memorizar fechas de batallas, pero qué poco nos enseñan de amor". De ese sentir del que hablaba hace un momento.


En estos dos días he hablado con mis alumnos de cosas importantes que tenemos en común y cosas importantes que cada uno vive. Ellos hacen por mí lo que no hace nadie, porque las cosas que pasan en un salón de clase son muy diferentes a las que suceden fuera de él. Así que estoy llena de gratitud -¡y apenas hemos tenido una clase!- por las conversaciones que hemos tenido. Es triste darse cuenta de que las personas cada vez van olvidando lo que es conversar, el arte de hablar, de hablar bien, sin quedarse en lo superficial. Hoy hubo varios momentos en los que logramos conversar y escucharnos unos a otros con profundidad.


Por eso quiero compartir este video que habla de la gratitud, de cuando hacemos algo por alguien o de cuando alguien hace algo por nosotros. Hay un mundo mejor y ese mundo mejor lo tiene cada uno dentro de sí mismo. Este video es muestra de ello; nos asombra lo que otros pueden hacer por nosotros porque poco a poco nos olvidamos de cómo saber recibir gratuitamente algo que alguien hace por nosotros por la mera voluntad de hacerlo.


Todas las personas tenemos la vida de otras personas a la mano, por lo tanto creo que todos podemos ejercer un cambio, sembrar una voluntad, hacer crecer algo. Hacer que alguien quiera hacer algo por los demás. En mi caso, hablar de Historia del Arte por las mañanas es sembrar algo, es una alegría que comparto con quienes me acompañan cumpliendo con una matrícula de universidad... porque a la larga, lo que se ve en una materia, termina siendo algo que te acompaña de por vida.


Lo que no nace, no crece, así que deseo un nuevos brotes en este semestre.


Addy

lunes, 9 de enero de 2012

Centímetro a centímetro


Fotografía de Silvestre Machado


Rubén Bonifaz Nuño. 
Poeta veracruzano. 

—Piel cabello, ternura, olor, palabras—
mi amor te va tocando.
Voy descubriendo a diario, convenciéndome
de que estás junto a mí, de que es posible
y cierto; que no eres,
ya, la felicidad imaginada,
sino la dicha permanente,
hallada, concretísima; el abierto
aire total en que me pierdo y gano.

Y después, qué delicia
la de ponerme lejos nuevamente.
Mirarte como antes
y llamarte de "usted", para que sientas
que no es verdad que te haya conseguido;
que sigues siendo tú, la inalcanzada;
que hay muchas cosas tuyas
que no puedo tener.

Qué delicia delgada, incomprensible,
la de verte lejos,
y soportar los golpes de alegría
que de mi corazón ascienden
al acercarse a ti por vez primera;
siempre por primera, a cada instante.
Y al mismo tiempo, así, juego a perderte
y a descubrirte, y sé que te descubro
siempre mejor de como te he perdido.

Es como si dijeras:
"Cuenta hasta diez, y búscame", y a oscuras
yo empezara a buscarte, y torpemente
te preguntara: ¿estás allí?", y salieras
riendo del escondite,
tú misma, sí, en el fondo; pero envuelta
en una luz distinta, en un aroma
nuevo, con un vestido diferente.