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jueves, 28 de junio de 2012

Para nacer...

Todos habitamos mundos particulares que nos desafían, mundos íntimos, mundos sólo nuestros. Siempre nos está naciendo algo. Pero... ¿lo sabemos ver? ¿lo permitimos? ¿Y si nos dejáramos nacer, si nos dejáramos ser?

Esa es la opción privada que cada uno de nosotros tiene: ir más allá de nosotros mismos. Por eso elijo estas palabras del escritor alemán Premio Nobel de Literatura en 1946, Herman Hesse.

Enchy aletua bare

jueves, 21 de junio de 2012

Literatura, Arte y Sexualidad

Comparto un link sobre una entrevista que salió en la revista "+QSexo" del Centro de Estudios Superiores en Sexualidad.

Link al texto de la entrevista: aquí


Link a la Revista:


miércoles, 20 de junio de 2012

Novecento: El pianista en la tormenta



Alessandro Baricco  (Turín, 1958).
Fragmento del libro “Novecento”


Y, en fin, si alguien que toca la trompeta en un barco se encuentra en mitad de una tormenta a alguien que le dice “Ven”, el que toca la trompeta sólo puede hacer una cosa: ir. Y me fui tras él. Él caminaba. Yo… era un poco diferente, no tenía aquella compostura, pero en fin…, llegamos al salón de baile, y después, rebotando de una punta a otra, yo, obviamente, porque él parecía que tuviera raíles debajo de los pies, llegamos hasta cerca del piano. No había nadie por allí. Estaba casi a oscuras, sólo se veía alguna lucecita, aquí y allá. Novecento me señaló las patas del piano.
            “Quítale los topes”, dijo. El barco bailaba que era una maravilla, costaba dios y ayuda permanecer de pie, desbloquear aquellas ruedecillas no tenía sentido.
            “Si te fías de mí, quítaselos.”
            Este hombre está loco, pensé. Y se los quité.
            “Y ahora ven y siéntate aquí”, me dijo en ese momento Novecento.
            No entendía adónde quería ir a parar, de veras, no lo entendía. Estaba allí, intentando mantener quieto aquel piano que empezaba a deslizarse como una inmensa pastilla de jabón de color negro… era una situación verdaderamente asquerosa, lo juro, metidos hasta el cuello en la tormenta y, por si no bastara, aquel loco, sentado en su taburete —otro hermoso jabón— y las manos en el teclado, quietas.
            “Si no te subes ahora, ya no podrás subir”, dijo el loco sonriendo. “Vale. Lo mandaremos todo a la mierda, ¿vale? Total, qué vamos a perder con subir, de acuerdo, venga, ya me he subido a tu estúpido taburete, y ahora, ¿qué?”
            “Y, ahora, no tengas miedo.”
            Y se puso a tocar.
(Empieza una música para piano solo. Es una especie de danza, vals, tranquilo y dulce)
            Vale, vale, nadie está obligado a creerlo y yo, a decir verdad, nunca me lo creería si me lo contaran, pero la verdad de los hechos es que aquel piano empezó a deslizarse sobre la madera del salón de baile, y nosotros detrás de él, con Novecento tocando, y no levantaba la vista de las teclas, parecía en otra parte, y el piano seguía las olas, e iba y venía, y giraba sobre sí mismo, se lanzaba directamente hacia los cristales, y cuando casi tocaba se paraba y caía dulcemente hacia atrás, ya digo, parecía que el mar lo acunara, y nos acunara a nosotros, y yo no entendía un carajo, y Novecento tocaba, no paraba de tocar, y parecía claro que no tocaba simplemente, estaba conduciendo aquel piano, ¿de acuerdo?, con las teclas, con las notas, no lo sé, lo llevaba a donde quería, era absurdo, pero así era. Y mientras dábamos vueltas y revueltas entre las mesas, rozando las lámparas y las butacas, comprendí que lo que estábamos haciendo en aquel momento, lo que de verdad estábamos haciendo, era bailar con el océano, nosotros y él, locos bailarines, y perfectos, abrazados en un vals turbulento, sobre el dorado parquet de la noche.
Oh yes. 

miércoles, 13 de junio de 2012

Si con todo lo que tienes...

lunes, 11 de junio de 2012

La virtud del ojo que mira


Arte Urbano:
La virtud del ojo que mira

Alguien observa más allá de lo que muchos ven: una cicatriz del tiempo en la pared.

¿Tú qué miras cuando miras?

La ciudad, las paredes, las hojas, todo está lleno de seres esperando surgir de la imaginación de alguien.

¿La mirada nos delata? ¿Cómo somos? ¿Qué nos dice de nosotros lo que observamos según como observamos?

¿Cómo se aprende a mirar distinto?
¿Qué hay que tener tras los párpados para ver en los ladrillos de una pared a un animal de cuatro patas con un jinete?

Vuelvo, una vez más, al Talmud: "No vemos las cosas como son, las vemos como somos".

¿Qué hallaríamos en nuestro entorno si tan sólo miráramos, por un ratito, diferente?

jueves, 7 de junio de 2012

Hombro(e) con Hombro(e)



Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951).

Nunca antes me había fijado en la cantidad de parejas homosexuales que se ven paseando por Venecia. Los encuentras caminado por los puentes, a la orilla de los canales, cenando en los pequeños restaurantes del casco viejo. No suele tratarse de dúos espectaculares, sino todo lo contrario: gente discreta, tranquila, a menudo con aspecto educado.
Mirando a los demás aprendes cantidad de cosas, y en el caso de estas parejas siempre me encanta sorprender sus gestos comedidos de confianza o afecto, el reparto convencional de roles que suele darse entre uno y otro, la ternura contenida que a menudo sientes flotar entre ellos, en su inmovilidad, en sus silencios.
Pensaba en todo eso el otro día, a bordo del vaporetto que cubre el trayecto de San Marcos al Lido. Sobre la laguna soplaba un viento helado, los pasajeros íbamos encogidos de frío, y en un banco de la embarcación había una pareja, hombre y hombre, cuarentones, tranquilos.
Se sentaban muy juntos, apoyado discretamente un hombro en el del compañero, en un intento de darse calor. Iban quietos y callados, mirando el agua verdegris y el cielo color ceniza. Y en un momento determinado, cuando el barco hizo un movimiento y la luz y la gama de grises del paisaje se combinaron de pronto con extraordinaria belleza, los vi cambiar una sonrisa rápida, fugaz, parecida a un beso o una caricia.
Parecían felices. Dos tipos con suerte, pensé. Aunque sea dentro de lo que cabe. Porque viéndolos allí, en aquella tarde glacial, a bordo del vaporetto que los llevaba a través de la laguna de esa ciudad cosmopolita, tolerante y sabia, pensé cuántas horas amargas no estarían siendo vengadas en ese momento por aquella sonrisa.
Largas adolescencias dando vueltas por los parques o los cines para descubrir el sexo, mientras otros jóvenes se enamoraban, escribían poemas o bailaban abrazados en las fiestas del Instituto. Noches de echarse a la calle soñando con un príncipe azul de la misma edad, para volver de madrugada, hechos una mierda, llenos de asco y de soledad.
La imposibilidad de decirle a un hombre que tiene los ojos bonitos, o una hermosa voz, porque, en vez de dar las gracias o sonreír, lo más probable es que le parta a uno la cara.
Y cuando apetece salir, conocer, hablar, enamorarse o lo que sea, en vez de un café o un bar, verse condenado de por vida a los locales de ambiente, las madrugadas entre cuerpos Danone empastillados, reinonas escandalosas y drag queens de vía estrecha. Salvo que alguno —muchos—lo tenga mal asumido y se autoconfine a la alternativa cutre de la sauna, la sala X, la revista de contactos y la sordidez del urinario público.
A veces pienso en lo afortunado, o lo sólido, o lo entero, que debe de ser un homosexual que consigue llegar a los cuarenta sin odiar desaforadamente a esta sociedad hipócrita, obsesionada por averiguar, juzgar y condenar con quién se mete, o no se mete, en la cama.
Envidio la ecuanimidad, la sangre fría, de quien puede mantenerse sereno y seguir viviendo como si tal cosa, sin rencor, a lo suyo, en vez de echarse a la calle a volarle los huevos a la gente que por activa o por pasiva ha destrozado su vida, y sigue destrozando la de los chicos de catorce o quince años que a diario, todavía hoy, siguen teniéndolo igual que él lo tuvo: las mismas angustias, los mismos chistes de maricones en la tele, el mismo desprecio alrededor, la misma soledad y la misma amargura.
Envidio la lucidez y la calma de quienes, a pesar de todo, se mantienen fieles a sí mismos, sin estridencias pero también sin complejos, seres humanos por encima de todo.
Gente que en tiempos como éstos, cuando todo el mundo, partidos, comunidades, grupos sociales, reivindica sus correspondientes deudas históricas, podría argumentar, con más derecho que muchos, la deuda impagada de tantos años de adolescencia perdidos, tantos golpes y vejaciones sufridas sin haber cometido jamás delito alguno, tanta rechifla y tanta afrenta grosera infligida por gentuza que, no ya en lo intelectual, sino en lo puramente humano, se encuentra a un nivel abyecto, muy por debajo del suyo.
Pensaba en todo eso mientras el barquito cruzaba la laguna y la pareja se mantenía inmóvil, el uno contra el otro, hombro con hombro. Y antes de volver a lo mío y olvidarlos, me pregunté cuantos fantasmas atormentados, cuántas infelices almas errantes no habrían dado cualquier cosa, incluso la vida, por estar en su lugar. Por estar allí, en Venecia, dándose calor en aquella fría tarde de sus vidas.

miércoles, 6 de junio de 2012

Con otros ojos


La esperanza

lunes, 4 de junio de 2012

Kafka enamorado

viernes, 1 de junio de 2012

Julio para empezar Junio



Después de las fiestas

Y cuando todo el mundo se iba
y nos quedábamos los dos
entre vasos vacíos y ceniceros sucios,

qué hermoso era saber que estabas
ahí como un remanso,
sola conmigo al borde de la noche,
y que durabas, eras más que el tiempo,

eras la que no se iba
porque una misma almohada
y una misma tibieza
iba a llamarnos otra vez
a despertar al nuevo día,
juntos, riendo, despeinados.


*


Te amo por ceja, por cabello, te debato en corredores
blanquísimos donde se juegan las fuentes de la luz,
te discuto a cada nombre, te arranco con delicadeza de cicatriz,
voy poniéndote en el pelo cenizas de relámpago
y cintas que dormían en la lluvia.
No quiero que tengas una forma, que seas
precisamente lo que viene detrás de tu mano,
porque el agua, considera el agua, y los leones
cuando se disuelven en el azúcar de la fábula,
y los gestos, esa arquitectura de la nada,
encendiendo sus lámparas a mitad del encuentro.
Todo mañana es la pizarra donde te invento y te dibujo,
pronto a borrarte, así no eres, ni tampoco
con ese pelo lacio, esa sonrisa.
Busco tu suma, el borde de la copa donde el vino
es también la luna y el espejo,
busco esa línea que hace temblar a un hombre
en una galería de museo.
Además te quiero, y hace tiempo y frío.


Julio Cortázar
Escritor argentino.
De los primeros amores de Letranías.
Para leer más de él en el blog, click aquí


¡Feliz Junio!
¡Y muchas cosas buenas para la mitad del año restante:
buena música, buenos amigos, buenos libros, buenos rumbos!

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