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sábado, 24 de diciembre de 2011

Navidad a la Prehispánica: cuando Quetzalcóatl fue Santa Claus


“Ayer tuve el honor de comer con el señor Presidente de la República [Pascual Ortiz Rubio]
y durante la comida acordamos la conveniencia de substituir el símbolo de Santa Claus
por el de Quetzalcóatl, divinidad que sí es mexicana”. Pero ––preguntaron los periodistas––
“¿Qué se busca con este cambio?”, a lo que el funcionario contestó:
“engendrar en el corazón del niño amor por nuestra cultura y nuestra raza”.

Declaración a la prensa mexicana del entonces Secretario de Educación Pública
Carlos Trejo Lerdo de Tejada, publicada el 27 de noviembre de 1930.



Una de las cosas que más me gusta de la historia, son sus chismes. Y sí de chismes se trata, nuestra historia mexicana tiene uno buenísimo que tiene que ver con lo que celebramos hoy en distintos lugares de nuestro mundo, un mundo muchas veces caótico pero por más de mil razones, encantador. Un mundo que dan ganas de vivirlo, ¿cómo no?

Navidad a la prehispánica. Lean no´mas:

Resulta ser que en 1930, Carlos Trejo Lerdo de Tejada era el Secretario de Educación Pública en los años que la historia de nuestro país tuvo como gobernante a Pascual Ortiz Rubio. Así que Don Carlos Trejo propuso que fuera Quetzalcóatl el nuevo símbolo de la navidad en México porque… ¿qué tenía que ver la imagen de Santa Claus con nuestros niños mexicanos? No, no no, había que darle identidad a nuestra cultura, a nuestra raza, aprovechar la gloria y herencia de nuestro imperio azteca. Esto salió en la prensa y podrán imaginarse la de habladurías que levantó semejante oleada en pro de nuestra identidad. En el periódico salió una caricatura donde dos culebritas salen platicando:

 ––¿No te respondió la serpiente ésa?
––No, mi hermano; ora se ha puesto reteorgullosa con eso de que en la Navidad le van a dar la chamba del “Santa Claus mexicano”.

Por supuesto, Lerdo de Tejada tuvo de su lado a muchas personas que defendieron su idea para sustituir al señor gordito enfundado en traje rojo, con lentes redondos y barba blanca para que Quetzalcóatl, con todas sus virtudes, ocupara su lugar. Para muchos sonaba lógico. Imagínense en México, sobretodo en lugares como Yucatán donde nuestro invierno es el verano para muchos, un trineo por los aires tirado por renitos. ¿A quién se le ocurre? Qué barbaridad.

Entonces la SEP anunció que Quetzalcóatl estaría representado como lo indican los códices antiguos: un hombre rubio, eso sí, con barba, vestido elegante. ¿Y cuál iba a ser la sede del acontecimiento donde éste Santa Mexicano iba a entregar sus regalos? El Estadio Nacional. ¿La fecha? El 23 de diciembre.

Así que ni chimeneas ni trineos. Siguiendo órdenes, se construyó una réplica del templo donde se rendía culto a Quetzalcóatl. Unos 15 mil niños mexicanos estuvieron ahí puntualitos, a las cuatro de la tarde, y tras cantar el Himno Nacional subieron al templo a recibir obsequios, dulces y suéteres rojos.

¿Qué pasó en años posteriores? Se los dejo a la imaginación. O a la realidad. O bueno, qué más da, se los digo: no pasó nada. Seguimos en el imaginario con un Santa Claus guiado por renos, porque ya no hubieron más réplicas del templo ni niños reclutados para ser testigos y beneficiarios de la metamorfosis que volvió a Santa Claus en culebrita prehispánica.

Tras compartir éste breve relato a modo de regalito inusual, deseo a cada una de las personas que de forma fugaz, ocasional o permanente rondan Letranías ––y ¿por qué no? también a los que no–– una feliz mañana-tarde-noche-madrugada navideña, llena de cosas buenas, llena de buenas historias y sobretodo, de ganas de contarlas y mucha vida para renarrarlas. ¿Qué sería de la vida sin las historias? Triste, sin duda, sin color, como un arbolito de navidad con los foquitos fundidos. Dicho en otras palabras, sin chiste (hablando de chistes). Así que a conversar y a brillar. A escuchar y a encenderse con las luces de otros. 

Un abrazo amoroso y bailarín.

Addy Góngora Basterra
¡Jo jo jo!



viernes, 23 de diciembre de 2011

Un libro, una granada y un fragmento.

Fotografía de Nick Daly


¿Te fijas? En una rebanada, sueña con ser caleidoscopio la granada.Yo te regalé un libro y tú me regalaste una granada. Me han regalado muchas historias engrapadas o cosidas por la mitad de la hoja, pero nunca una fruta que se desgrana con las manos para luego dármela a cucharadas, como a un bebé de brazos o un amante que cuida sus pasos. Al poco rato, releí una historia. Y volví a creer en el destino, en la extraña maravilla de abrir al azar, caer en una página y encontrar en ella palabras que son anillos exactos a lo que vivo. Historias que nos atraen, misteriosos magnetos que nos leen a nosotros cuando nosotros las leemos...
–Addy Góngora Basterra.


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Fragmento de:
Los Jardines secretos de Mogador
del escritor mexicano Alberto Ruy Sánchez.

Jassiba sacó de una pequeña caja de maderas incrustadas un cuaderno rojo, forrado de tela, donde su abuela anotaba pensamientos, recetas, poemas, cuentos populares: todo lo que tuviera que ver con la granada. Había hecho de esa fruta su emblema personal. Lo título Mis granadas y abajo, con letra más pequeña, escribió El jardín de mis caprichos. Me leyó, al azar, un par de párrafos:

“La granada es antigua como los sueños de las cabras jóvenes y de los poetas viejos. Tiene el color lleno de destellos de las sedas de Samarkanda. Mancha la ropa como los restos de una batalla sobre campo abierto y deja en los ojos de quien la come el brillo de fuego de los enamorados. Es una fruta oasis, jardín cultivado en secreto dentro de una cáscara. Como la intimidad compartida en el cuerpo de quien se ama. Es la fruta de Los Sonámbulos. En ella está la voz de tierra del deseo. Esa voz que sembramos y hacemos crecer en nuestros cuerpos y en aquellos que amamos”.

Le pregunté a qué se refería su abuela cuando hablaba de Los Sonámbulos. Jassiba me habló de personas que, sin saberlo tal vez, tienen en su cuerpo una cualidad extraña que los hace desear con intensidad absoluta a otras personas de su misma condición. Algo así como una Casta Secreta con un apetito sensual desmesurado. No una sociedad secreta sino una manera de ser que se hereda y se cultiva. Gente que comenzó a tener conciencia de su diferencia hace muchos años y cuyos miembros se reconocen, sin haberse visto nunca antes, aunque los demás alrededor de ellos no se den cuenta. Me habló de una condición física que afecta a los sueños y hasta los movimientos. Me describió entonces cada una de las ocasiones en que, casi sin vernos, una atracción descomunal había guiado nuestros cuerpos uno hacia el otro. Como si algo más allá de nuestra conciencia actuara por nosotros.

—Ser Sonámbulo es vivir como tú y como yo bajo la ley del deseo —me dijo Jassiba—, vivir bajo el dominio de lo invisible en el amor. Es escuchar y ver algo en el otro que nadie más puede. Es entender y obedecer, por ejemplo, las órdenes de las magnolias, como acabamos de hacerlo.

Fue hacia un librero que estaba al fondo y sacó un volumen delgado como un libro de poemas. Tenía forros de papel azul agua, lleno de caligrafías por dentro y por fuera. Encontró rápidamente lo que quería leerme. Era evidente que conocía muy bien ese volumen:

“Los Sonámbulos no distinguen entre la realidad y el deseo. Su realidad más amplia, más tangible, más corporal, es el deseo. Me muevo porque deseo. La vida en sociedad es un espejo tejido de deseos. El hogar una casa de deseos. La alcoba y la biblioteca son jardines de deseos. Mi jardín es la trenza de mis deseos con la naturaleza. Pero el Sonámbulo no se confunde completamente y sabe muy bien que desear no es igual a haber alcanzado lo que se desea. Sabe que el deseo es siempre una búsqueda. También sabe que al buscar no siempre encontrará lo mismo que anhela. Más de una vez la vida del Sonámbulo le da peras en vez de manzanas. Pero el Sonámbulo descubre con gran placer que ahora le gustan las peras.”

Interrumpió su lectura para decirme: “Los Sonámbulos son enemigos de las certezas. Saben que todo cambia, como un caleidoscopio, porque el deseo nos moldea.”


martes, 20 de diciembre de 2011

Pasando el tiempo

El árbol de la vida, 1909.
Gustav Klimt. Pintor austríaco.


Estoy en casa de mis padres. Son las cinco de la tarde. En la lavadora giran como peces extraños unas sábanas de color marino. Espero que el tiempo pase en el estudio. A mi derecha, un librero. En él, libros que me acompañaron en la universidad. Elijo un lomo gordo: Darío. Abro al azar y me encuentro subrayado en verde: 


Amor, en fin, que todo diga y cante,
amor que encante y deje sorprendida
a la serpiente de ojos de diamante
que está enroscada al árbol de la vida.


Ámame así, fatal, cosmopolita,
universal, inmensa, única, sola
y todas; misteriosa y erudita;
ámame mar y nube, espuma y ola. 


Sé mi reina de Saba, mi tesoro;
descansa en mis palacios solitarios.
Duerme. Yo encenderé los incensarios. 


Y junto a mi unicornio cuerno de oro,
tendrán rosas y miel tus dromedarios. 




... ay, esas lecturas de salones universitarios. Mañana es 21 de diciembre. Eso significa que Anna cumpliría años, Anna la que leyó esos versos de Darío conmigo y que igual que yo se quedaba fascinada. Anna mi amiga. Mi compañera de clases. Rubia. Bonita. Cantarina. Qué bonita recordarla en estas líneas. 


Mañana es 21 de diciembre...


Alma Mía

Alma mía, perdura en tu idea divina;
todo está bajo el signo de un destino supremo;
sigue en tu rumbo, sigue hasta el ocaso extremo
por el camino que hacia la Esfinge te encamina. 

Corta la flor al paso, deja la dura espina;
en el río de oro lleva a compás el remo;
saluda el rudo arado del rudo Triptolemo,
y sigue como un dios que sus sueños destina...

Y sigue como un dios que la dicha estimula,
y mientras la retórica del pájaro te adula
y los astros del cielo te acompañen, y los

ramos de la Esperanza surgen primaverales,
atraviesa impertérrita por el bosque de males
sin temer las serpientes; y sigue, como un dios...


Rubén Darío


... sigue como una diosa...



lunes, 19 de diciembre de 2011

Una rosa es una rosa es una rosa


Una rosa que es tu rosa que es mi rosa nuestra rosa
y que en esta foto nunca se va a marchitar
mas si lo hará entre algún libro o tu diario.

 AGB. 19|12|11

Veo una flor que tengo en la entrada de mi casa y pienso: Una rosa es una rosa es una rosa. Luego me pongo a cantar... ♫ que una rosa es una rosa es una rosa ♫  (Y con tonito aflamencao: ¡pero que ponte los zapatos de tacón y taconea!


Gertrude Stein y Mecano caminan conmigo de la puerta principal a la reja de la terraza. Salimos a la calle. Mientras giro la llave en la cerradura miro la rosa rosa que sobre el tallo saca la cabeza del cuerpo de una botella de vino tinto. La botella está puesta sobre una silla pequeña; silla en la que hoy soy una versión de Gulliver si me siento en ella; silla que ha estado conmigo desde que llegué a vivir a Mérida a los tres años de edad. 


Veo la rosa y entonces recuerdo a mi hermana menor. Tere, un domingo por la mañana de hace cinco años, me leyó el final de un libro que tenía en el buró que separaba nuestras camas y que había terminado de leer la noche anterior: "De la rosa nos queda únicamente el nombre". Umberto Eco. ¿El libro? El nombre de la rosa. Yo no había leído libro. Todavía no lo he hecho. Pero recuerdo esas palabras de Tere porque las usó para consolarme y fueron muy acertadas. No sé si alguna vez se lo agradecí. 


La rosa de Umberto Eco a la que mi hermana le quitó un pétalo para darme ( ♫ que no te vendan amor sin espinas ♫, canta Sabina) es una rosa que de significar tantas cosas ha perdido todo significado, y no es más que eso: una rosa. La rosa de Gertrude Stein tiene que ver con aquello que se nombra para imaginarlo. Para darle realidad: yo nombro, tú imaginas: algo existe. Tal vez también tenga que ver con identidad. Y como soy cursi y estoy hablando de rosas, estoy pensando en otra. En la rosa que aprende a amar un niño rubio, una flor tan parecida a otras y al mismo tiempo, única en el mundo, una rosa por la cual morir. Eterno Principito. Y pienso también en otro tipo de rosa, la de los vientos, esa que usan en la navegación y en las estrellas para marcar el rumbo, algo mucho más que puntos cardinales, algo para tener en el horizonte, Rosa dos Ventos en la voz de nuestra Diosa Bethânia ♫ E do amor gritou-se o escândalo... ♫... pero mejor nos quedamos con la canción que empecé a cantar cuando salía de mi casa, una rumba flamenca pa palmear, porque además, cualquier parecido con la realidad...