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jueves, 27 de octubre de 2011

Hasta siempre, Wilberth Herrera

Chereque y Lela

WILBERTH

¿Crees que nos esté viendo ahora, Lela?
Como nunca, mi Chereque, atento a lo que decimos, como que suya era nuestra voz.
¿Qué hacemos ahora?
La vida sigue, niño. ¿No ves mis naranjas? Se gasta el cesto, voy por más porque la mata está ahí, grande y bonita.
Eso era don Wilberth, el árbol del que todos tomamos protección, sombra y ejemplo.
Nomás no hables en pasado, Chereque, porque el será nuestro amigo y aliado en tanto conservemos su fe, su alegría de vivir, su gusto por la palabra.
A cada uno de nosotros nos dio la expresión exacta, el acento propio, creo atmosferas con nuestros gestos y actitudes.
No te me pongas a chillar, gatito. Hay muchas cosas que hacer. Avísale a todos. Daremos una función especial, con lo mejor de nuestras rutinas. Que todo el público suelte la risa y comprenda la gracia. Que nadie lo extrañe porque estamos con el, salidos de sus manos.

Mira, hay te traje este rebozo nuevo.
Mare, Chereque, no cambias, tu siempre tan coqueto, chiquito.

Jorge Álvarez Rendón.


Wilberth acompañando a Lela en una entrevista
que le hicieron a nuestra diva en el 2008.

Por tu oficio milenario de titiritero.
Por la boca de Lela y porque quisiera hallarla en el mercado.
Por el copetito rosa de Chereque, eterno enamorado.
Por el sol que fuiste al darles calor humano.
Por las voces inconfundibles con las que nos siguen hablando.
Por las veces que nos hiciste olvidar que eran ficticios, fascinados.
Por la destreza de tus manos por la que tus hijos te siguieron y amaron.
Por tu imaginación que estuvo en escena por más de cincuenta años.
Por tu invaluable legado…

Gracias Wilberth Herrera… mi más sentido pésame a todos los que te amaron.

Addy Góngora Basterra




miércoles, 26 de octubre de 2011

Sputnik, mi amor

Una de las escenas más bellas de los cortometrajes
con los que está hecha la película Paris, je t'aime (2006).

Fragmento de la novela "Sputnik, mi amor", 1999.
Del escritor japonés Haruki Murakami.

En China, antiguamente, las ciudades estaban rodeadas de altas murallas donde se abrían grandes y magníficas puertas —expliqué tras reflexionar unos instantes—. Esas puertas tenían un gran significado. No sólo servían para entrar y salir, sino que se creía que era allí donde moraban los espíritus de la ciudad. O el lugar donde debían morar. Exactamente igual que en la Europa medieval, donde la gente consideraba la iglesia y la plaza como el corazón de la ciudad. Por eso, aún hoy, quedan en China muchas puertas maravillosas. ¿Sabes cómo construían las puertas los chinos de la antigüedad?

—Ni idea —dijo Sumire.

—La gente se dirigía a los antiguos campos de batalla tirando de carretas, y allí recogía todos los huesos desparramados o enterrados que podía encontrar. Al ser un país de tan larga historia, no faltaban campos de batalla. Luego construían una enorme puerta a la entrada de la ciudad incrustando todos esos huesos. Esperaban que, honrando de ese modo sus almas, los guerreros muertos protegieran la ciudad. Pero ¿sabes?, no bastaba con eso. Cuando la puerta estaba terminada, llevaban hasta allá unos cuantos perros vivos y, con una daga, los degollaban. Después regaban la puerta con la sangre aún caliente de los perros. De esa forma, los huesos resecos se empapaban de sangre fresca y las viejas almas adquirían un poder mágico. Al menos eso es lo que creían. —Sumire aguardaba en silencio a que prosiguiera—. Escribir una novela es algo parecido. Por más huesos que reúnas, por magnífica que sea la puerta que construyas, sólo con eso no tendrás una novela viva. Una historia, en algún sentido, no es algo de este mundo. Una verdadera historia requiere un bautismo mágico que conecte este mundo con el otro.

—O sea que tengo que agenciarme unos cuántos perros, ¿no? —Asentí—. Y hacer correr la sangre caliente.

—Tal vez.

Sumire reflexionó unos instantes mordiéndose los labios. Volvió a arrojar al estanque unas cuantas desafortunadas piedrecillas más.

—Preferiría no matar ningún animal.

—Evidentemente, sólo era una metáfora —dije—. No se trata de matar ningún perro.





Ayer, en el blog de José Santana Filho "Crônicas e Reflexões", que nutre diariamente desde São Paulo, leí el fragmento anterior de Murakami. Me encantó y lo subí al blog... en portugués, tal como lo tomé del blog. Por eso hoy lo comparto en español. Anoche, empujada por Santana, de forma irresistible llegué a la librería cinco minutos antes de que la cerraran y compré un ejemplar. Ese fragmento y la sinopsis me hicieron querer leer más. Si a alguien le sucediera lo mismo, el costo del libro es $99.00 en una edición y $199 en la otra, lo pueden conseguir en Librerías Gandhi, de quien por cierto, me encantó el último anuncio espectacular que está camino a mi casa: 

Lee las películas que van a salir en tres años. 

martes, 25 de octubre de 2011

Entrada prestada de Murakami

Tomo esta entrada del blog de José Santana Filho, "Crônicas e Reflexões", sitio que recomiendo ampliamente. Hoy tiene un breve fragmento del libro "Sputnik, mi amor" del escritor japonés Haruki Murakami, publicada en 1999. Lo hago no sin antes confesar que no he leído el libro, pero que ahora pronto compraré gracias por esta recomendación que me llega desde Brasil. Se aceptan comentarios de quien haya leído la novela y también de quien, como yo, ahora tenga ganas de leerla.


haruki murakami

Em Minha Querida Sputnik:
Muito tempo atrás, na China, havia cidades circundadas por muros altos, com portões enormes, suntuosos. Os portões não eram apenas portas que permitiam a entrada ou saída das pessoas. Eles tinham uma grande importância. As pessoas acreditavam que a alma da cidade residia nos portões. Por isso, até hoje, na China, há uma porção de portões maravilhosos ainda de pé.
As pessoas levavam carretas aos campos em que se travaram batalhas  e coletavam os ossos descorados que haviam sido enterrados ou que se espalhavam por ali. A China é uma bonita região, um monte de antigos campos de batalhas, por isso nunca precisaram buscar muito longe. Na entrada da cidade, construíam um portão imenso e o vedavam com os ossos dentro. Esperavam que, homenageando-os dessa maneira, os soldados mortos continuariam a proteger a sua cidade.
Quando o portão era concluído, levavam vários cachorros, cortavam suas gargantas e borrifavam o portão com seu sangue. Somente misturando sangue fresco com ossos exangues, a alma antiga dos mortos reviveria magicamente.
Escrever romances é a mesma coisa. Juntam-se os ossos e faz-se o portão, porém não importa o quão maravilhoso se torne, só isso não o torna um romance vivo, que respira. Uma história não é algo deste mundo. Uma verdadeira história requer uma espécie de batismo mágico para ligar o mundo deste lado ao mundo do outro lado.
- O que está querendo dizer é que devo partir sozinha e encontrar o meu próprio cachorro?
Concordei com um movimento da cabeça.
- E derramar sangue fresco?
Sumire mordeu o lábio e refletiu.
- Eu realmente não quero matar um animal, se puder evitá-lo.
- É uma metáfora – disse eu – Não precisa matar de verdade coisa nenhuma.

Tomado del sitio: 
http://cronicasereflexoes.wordpress.com/2011/10/25/haruki-murakami/

Dejo aquí una breve nota del libro tomada de un sitio que acabo de descubrir que se llama Ambiente G.
A los veintidós años, en primavera, Sumire se enamoró por primera vez. Fue un amor violento como un tornado que barre en línea recta una vasta llanura. Un amor que derribó todo a su paso, que lo succionó todo hacia el cielo en su torbellino, que lo descuartizó todo en un arranque de locura, que lo machacó todo por completo (…) Fue un amor curioso, monumental. La persona de quien Sumire se enamoró era diecisieta años mayor que ella, estaba casada. Y debo añadir que era mujer. Aquí empezó todo y aquí acabó (casi) todo.
Así, de esta forma tan pasional y tan hermosa comienza Sputnik, mi amor. Una novela que narra el amor entre dos mujeres de Haruki Murakami, el escritor japonés más prestigioso del momento.
En Sputnik, mi amor, el escritor nos cuenta como se conocieron Sumire, una joven japonesa cuyo máximo y único objetivo en la vida es convertirse en escritora, y Myû, una mujer de mediana edad, casada, y empresaria, que contrata a Sumire para que trabaje para ella, tras un encuentro casual y fortuito, de esos que a veces te regala la vida.
Y para cerrar el trío, Murakami introduce al narrador de la historia, un joven profesor de primera que está profundamente enamorado de Sumire.
Una novela llena de sensualidad y de detalles, con el estilo tan particular de Murakami.








lunes, 24 de octubre de 2011

El atardecer que la mecanografía me dejó



Con tres dedos de la mano izquierda tecleo la palabra "atardecer".
No necesito la derecha y lo puedo hacer sin ver el teclado.  


Un verano, mi madre y mi tío se aliaron para meter a la chiquillada Basterra a un curso de verano donde nos enseñaran a escribir a máquina. Fuimos a fuerza todos los días, rabiando. Pero aprendimos... y puedo hablar en plural al decir que si bien en su momento fue fatal, ahora todos estamos agradecidos.


Con las yemas de los dedos recorríamos en diagonal el teclado... qaz wsx edc rfv tgb... tgb... hasta tgb (son las iniciales de mi hermana menor) fue a clase, con sus manos pequeñitas y sus pocos años.


Y ahora, años después, vengo a darme cuenta de la virtud solar que la mecanografía me dejó: 
una puesta de sol para deletrearla con la mano del corazón que es la mano de la clave de fa.


Escribo casi con una caricia la palabra "atardecer" y al hacerlo me acuerdo de mi piano, porque es el mismo movimiento que haría si las letras en negrita de la palabra que vuelvo a teclear: atardecer --por la posición alta en el teclado de la e, la r y la t-- fueran las teclas bemoles en ese otro teclado que es como el Cine de Oro Mexicano: a blanco y negro.


¿Cómo sonará la palabra atardecer en el piano? 


Para quienes amamos el sonido, el clap clap clap de la máquina de escribir suena como un buen recuerdo. Hoy las teclas se escuchan como chasquidos bajo el peso de las yemas, porque ahora se trata de hacer cada vez menos ruidosos los teclados... o mudos por completo con la tecnología "touch" de ipads y teléfonos, donde basta tan solo un leve roce por encima del alfabeto...

Fotografía de Anton Senkou.
"Mujer y máquina de escribir".

Este hombre...


Fotografía de Colin Anderson


Este hombre que ahora cerca mi cuello
con su sabia muralla de labios
quizá abandone de pronto la almena,
quizá desaparezca para siempre.


Porque tiene un tacto en la mirada
que recuerda las plumas de los pájaros.


Almudena Guzmán
(España, 1964)