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viernes, 3 de junio de 2011

Sal con una chica que lee


Fotografía de Francesca Cambi


Por Rosemary Urquico

Tomado de la edición electrónica
de la revista www.elmalpensante.com
Mayo de 2011 - Nº 119 | Bogotá, Colombia.

Sal con alguien que se gasta todo su dinero en libros y no en ropa, y que tiene problemas de espacio en el clóset porque ha comprado demasiados. Invita a salir a una chica que tiene una lista de libros por leer y que desde los doce años ha tenido una tarjeta de suscripción a una biblioteca.

Encuentra una chica que lee. Sabrás que es una ávida lectora porque en su maleta siempre llevará un libro que aún no ha comenzado a leer. Es la que siempre mira amorosamente los estantes de las librerías, la que grita en silencio cuando encuentra el libro que quería. ¿Ves a esa chica un tanto extraña oliendo las páginas de un libro viejo en una librería de segunda mano? Es la lectora. Nunca puede resistirse a oler las páginas de un libro, y más si están amarillas.

Es la chica que está sentada en el café del final de la calle, leyendo mientras espera. Si le echas una mirada a su taza, la crema deslactosada ha adquirido una textura un tanto natosa y flota encima del café porque ella está absorta en la lectura, perdida en el mundo que el autor ha creado. Siéntate a su lado. Es posible que te eche una mirada llena de indignación porque la mayoría de las lectoras odian ser interrumpidas. Pregúntale si le ha gustado el libro que tiene entre las manos.

Invítala a otra taza de café y dile qué opinas de Murakami. Averigua si fue capaz de terminar el primer capítulo de Fellowship y sé consciente de que si te dice que entendió el Ulises de Joyce lo hace solo para parecer inteligente. Pregúntale si le encanta Alicia o si quisiera ser ella.

Es fácil salir con una chica que lee. Regálale libros en su cumpleaños, de Navidad y en cada aniversario. Dale un regalo de palabras, bien sea en poesía o en una canción. Dale a Neruda, a Pound, a Sexton, a Cummings y hazle saber que entiendes que las palabras son amor. Comprende que ella es consciente de la diferencia entre realidad y ficción pero que de todas maneras va a buscar que su vida se asemeje a su libro favorito. No será culpa tuya si lo hace.

Por lo menos tiene que intentarlo.

Miéntele, si entiende de sintaxis también comprenderá tu necesidad de mentirle. Detrás de las palabras hay otras cosas: motivación, valor, matiz, diálogo; no será el fin del mundo.

Fállale. La lectora sabe que el fracaso lleva al clímax y que todo tiene un final, pero también entiende que siempre existe la posibilidad de escribirle una segunda parte a la historia y que se puede volver a empezar una y otra vez y aun así seguir siendo el héroe. También es consciente de que durante la vida habrá que toparse con uno o dos villanos.

¿Por qué tener miedo de lo que no eres? Las chicas que leen saben que las personas maduran, lo mismo que los personajes de un cuento o una novela, excepción hecha de los protagonistas de la saga Crepúsculo.

Si te llegas a encontrar una chica que lee mantenla cerca, y cuando a las dos de la mañana la pilles llorando y abrazando el libro contra su pecho, prepárale una taza de té y consiéntela. Es probable que la pierdas durante un par de horas pero siempre va a regresar a ti. Hablará de los protagonistas del libro como si fueran reales y es que, por un tiempo, siempre lo son.

Le propondrás matrimonio durante un viaje en globo o en medio de un concierto de rock, o quizás formularás la pregunta por absoluta casualidad la próxima vez que se enferme; puede que hasta sea por Skype.

Sonreirás con tal fuerza que te preguntarás por qué tu corazón no ha estallado todavía haciendo que la sangre ruede por tu pecho. Escribirás la historia de ustedes, tendrán hijos con nombres extraños y gustos aún más raros. Ella les leerá a tus hijos The Cat in the Hat y Aslan, e incluso puede que lo haga el mismo día. Caminarán juntos los inviernos de la vejez y ella recitará los poemas de Keats en un susurro mientras tú sacudes la nieve de tus botas.

Sal con una chica que lee porque te lo mereces. Te mereces una mujer capaz de darte la vida más colorida que puedas imaginar. Si solo tienes para darle monotonía, horas trilladas y propuestas a medio cocinar, te vendrá mejor estar solo. Pero si quieres el mundo y los mundos que hay más allá, invita a salir a una chica que lee.

O mejor aún, a una que escriba.


Tomado de aquí

Sal con una chica que no lee


Tomado de la edición electrónica
de la revista www.elmalpensante.com
Mayo de 2011 - Nº 119 | Bogotá, Colombia.

Por Charles Warnke.

Sal con una chica que no lee. Encuéntrala en medio de la fastidiosa mugre de un bar del medio oeste. Encuéntrala en medio del humo, del sudor de borracho y de las luces multicolores de una discoteca de lujo. Donde la encuentres, descúbrela sonriendo y asegúrate de que la sonrisa permanezca incluso cuando su interlocutor le haya quitado la mirada. Cautívala con trivialidades poco sentimentales; usa las típicas frases de conquista y ríe para tus adentros. Sácala a la calle cuando los bares y las discotecas hayan dado por concluida la velada; ignora el peso de la fatiga. Bésala bajo la lluvia y deja que la tenue luz de un farol de la calle los ilumine, así como has visto que ocurre en las películas. Haz un comentario sobre el poco significado que todo eso tiene. Llévatela a tu apartamento y despáchala luego de hacerle el amor. Tíratela.

Deja que la especie de contrato que sin darte cuenta has celebrado con ella se convierta poco a poco, incómodamente, en una relación. Descubre intereses y gustos comunes como el sushi o la música country, y construye un muro impenetrable alrededor de ellos. Haz del espacio común un espacio sagrado y regresa a él cada vez que el aire se torne pesado o las veladas parezcan demasiado largas. Háblale de cosas sin importancia y piensa poco. Deja que pasen los meses sin que te des cuenta. Proponle que se mude a vivir contigo y déjala que decore. Peléale por cosas insignificantes como que la maldita cortina de la ducha debe permanecer cerrada para que no se llene de ese maldito moho. Deja que pase un año sin que te des cuenta. Comienza a darte cuenta.

Concluye que probablemente deberían casarse porque de lo contrario habrías perdido mucho tiempo de tu vida. Invítala a cenar a un restaurante que se salga de tu presupuesto en el piso cuarenta y cinco de un edificio y asegúrate de que tenga una vista hermosa de la ciudad. Tímidamente pídele al mesero que le traiga la copa de champaña con el modesto anillo adentro. Apenas se dé cuenta, proponle matrimonio con todo el entusiasmo y la sinceridad de los que puedas hacer acopio. No te preocupes si sientes que tu corazón está a punto de atravesarte el pecho, y si no sientes nada, tampoco le des mucha importancia. Si hay aplausos, deja que terminen. Si llora, sonríe como si nunca hubieras estado tan feliz, y si no lo hace, igual sonríe.

Deja que pasen los años sin que te des cuenta. Construye una carrera en vez de conseguir un trabajo. Compra una casa y ten dos hermosos hijos. Trata de criarlos bien. Falla a menudo. Cae en una aburrida indiferencia y luego en una tristeza de la misma naturaleza. Sufre la típica crisis de los cincuenta. Envejece. Sorpréndete por tu falta de logros. En ocasiones siéntete satisfecho pero vacío y etéreo la mayor parte del tiempo. Durante las caminatas, ten la sensación de que nunca vas regresar, o de que el viento puede llevarte consigo. Contrae una enfermedad terminal. Muere, pero solo después de haberte dado cuenta de que la chica que no lee jamás hizo vibrar tu corazón con una pasión que tuviera significado; que nadie va a contar la historia de sus vidas, y que ella también morirá arrepentida porque nada provino nunca de su capacidad de amar.

Haz todas estas cosas, maldita sea, porque no hay nada peor que una chica que lee. Hazlo, te digo, porque una vida en el purgatorio es mejor que una en el infierno. Hazlo porque una chica que lee posee un vocabulario capaz de describir el descontento de una vida insatisfecha. Un vocabulario que analiza la belleza innata del mundo y la convierte en una alcanzable necesidad, en vez de algo maravilloso pero extraño a ti. Una chica que lee hace alarde de un vocabulario que puede identificar lo espacioso y desalmado de la retórica de quien no puede amarla, y la inarticulación causada por el desespero del que la ama en demasía. Un vocabulario, maldita sea, que hace de mi sofística vacía un truco barato.

Hazlo porque la chica que lee entiende de sintaxis. La literatura le ha enseñado que los momentos de ternura llegan en intervalos esporádicos pero predecibles y que la vida no es plana. Sabe y exige, como corresponde, que el flujo de la vida venga con una corriente de decepción. Una chica que ha leído sobre las reglas de la sintaxis conoce las pausas irregulares –la vacilación en la respiración– que acompañan a la mentira. Sabe cuál es la diferencia entre un episodio de rabia aislado y los hábitos a los que se aferra alguien cuyo amargo cinismo countinuará, sin razón y sin propósito, después de que ella haya empacado sus maletas y pronunciado un inseguro adiós. Tiene claro que en su vida no seré más que unos puntos suspensivos y no una etapa, y por eso sigue su camino, porque la sintaxis le permite reconocer el ritmo y la cadencia de una vida bien vivida.

Sal con una chica que no lee porque la que sí lo hace sabe de la importancia de la trama y puede rastrear los límites del prólogo y los agudos picos del clímax; los siente en la piel. Será paciente en caso de que haya pausas o intermedios, e intentará acelerar el desenlace. Pero sobre todo, la chica que lee conoce el inevitable significado de un final y se siente cómoda en ellos, pues se ha despedido ya de miles de héroes con apenas una pizca de tristeza.

No salgas con una chica que lee porque ellas han aprendido a contar historias. Tú con la Joyce, con la Nabokov, con la Woolf; tú en una biblioteca, o parado en la estación del metro, tal vez sentado en la mesa de la esquina de un café, o mirando por la ventana de tu cuarto. Tú, el que me ha hecho la vida tan difícil. La lectora se ha convertido en una espectadora más de su vida y la ha llenado de significado. Insiste en que la narrativa de su historia es magnífica, variada, completa; en que los personajes secundarios son coloridos y el estilo atrevido. Tú, la chica que lee, me hace querer ser todo lo que no soy. Pero soy débil y te fallaré porque tú has soñado, como corresponde, con alguien mejor que yo y no aceptarás la vida que te describí al comienzo de este escrito. No te resignarás a vivir sin pasión, sin perfección, a llevar una vida que no sea digna de ser narrada. Por eso, largo de aquí, chica que lee; coge el siguiente tren que te lleve al sur y llévate a tu Hemingway contigo. Te odio, de verdad te odio.

Tomado de aquí

jueves, 2 de junio de 2011

Historia de la bugambilia bicolor y un limonero hecho taco


Esta es la historia de una bugambilia bicolor que floreció sin riego, rosa fusionada con hojas color lengüita de encendedor, hija del calor y brote terco. Esta es también la historia de un árbol de limón, desterrado de mangueras, con hojitas tímidas y plegadas como si tuvieran pena.


El patio de mi casa (♫ es particular ♫) ha tenido algunas bajas en lo que a macetas se refiere debido al calor que en los últimos veinte días ha sido superior a los 40 grados. En vez de jardín tengo grava y eso, para las plantitas, es fatal. Así que no ha sido extraño encontrar una que otra en sepia. Y sin embargo, una bugambilia que no sabía que existía, ha florecido. Ayer vi un atisbo naranja, pero como no llevaba los lentes puestos, pensé que eran hojas marchitas. Mi madre se ríe porque un día le confesé que lo que ella cree que tengo de creatividad, en realidad es miopía: como no veo de lejos me imagino cosas. Así que no creo mucho en lo que veo sin lentes y por lo tanto, desde hace dos días, sentencié como algo moribundo lo que en realidad es el prólogo de una bugambilia que presume a dos voces sus colores.


Además de la nueva integrante, tengo otras plantas. Algunas de ellas están sobre el pozo, disputándose la sombra que el árbol de caimito pone a temblar, como tratando de repartir un poco de tregua ante el sol implacable de Yucatán. Estoicamente una maceta con Chiles Parados se ha defendido y sigue ahí, con los chiles pidiendo agua como esos peces que están a ras de la superficie dando bocanadas, confesando algún misterio de ondas concéntricas. No me sorprende que el redondel del pozo esté florido porque a las macetas con Mañanitas, las riego todos los días, flores silvestres que en las horas más soleadas son un carnaval y que pienso que son como los gremlins pero de las flores: se reproducen cuando se mojan. Tengo en el refri agua especial para ellas y para Petri (que es cuna de Moisés y vive adentro de la casa) porque con el calor protagónico del que todo mundo habla, por las tuberías corre agua caliente —aún por la noche— y regar las macetas o darse un baño con agua indeseable es poco grato.


El árbol de Caimito y la reciente bugambilia comparten terreno con dos árboles más. Un naranjo y un limonero. Pero de quien quiero hablar es del limonero y de sus ramas de las que cuelgan taquitos verdes, porque así están hechas las hojas, taco. Por lo tanto he decidido meter otro garrafón al refrigerador para que cuando llegue su momento, haya jugo adentro de cada limón y así mis querencias vengan y cosechen los frutitos de la perdición para acompañar con gotas de felicidad clamatos, vodkas, tequilas, cheladas, micheladas, mangos, historias y canciones. Con esa agua fría se regará también la bugambilia, cuyo color reflejo del calor es bienvenido en mi ventana. Veremos cuánto me dura el gusto, porque no tarda en llegar Godzilla (gran tolok villano de mi patio) a devorar de un bocado —como es su incontenible costumbre— cada intento de color en las macetas, en las plantas, en las ramas.


O tal vez habría que cantar letras que hablen de aguaceros, poner a coro a los cenzontles que en estas ramas tienen su casa y pentagrama, para invocar a Chaac —dios maya de la lluvia— para que en alianza con Tláloc nos den el gustoso olor a tierra mojada; para que la ciudad respire perfumada y todo se llene de agua, hasta ahí, donde no llegan cubetas, garrafones, regadores ni mangueras… tal vez así dejemos de tener los talones cuarteados, plantas de los pies mimetizadas, solidarias con la tierra, por esa lluvia que tanto necesitamos y no llega.

martes, 31 de mayo de 2011

Libro Doble | Doble Libro


Tus pulgares conquistaron imperios,
dirigiste ejércitos y equipos de futbol.
(Press Start)
Mataste extraterrestres y zombis,
y monstruos,
y nazis,
tortugas aladas y metroids.

¿Qué se siente vivir a través de tus dedos?
(Choose character)

Conociste la amistad de las hadas
y enfrentaste al mal puro en Ganondorf.
Amaste a Samus, a Zelda y a Lara,
pero ellas, etéreas, no oyeron tus ruegos,
Poeta que jugó videojuegos.

Tú comprendes la vida porque has muerto mil veces;
(Game Over)
(Y Reset)
(Y Start otra vez)
viviste la muerte después de la muerte.

Fragmento de la poesía
 Poeta que jugó videojuegos
de Miguel Ángel Civeira González

__________________________

III

cada tarde te evaporas
como un secreto traicionado en mis ojeras
y yo no sé mentir

por eso digo de ti las horas amarillas
por eso eres pez
gaviota en vilo para cada espuma

yo no sé contar las rosas
cuando tu pelo está quieto
pero sé de tu destreza para sembrar fantasmas
y de la agonía del sol ante tus ojos
por eso a veces lloro

cada noche es un pregón de loco
que me repito en sueños
para ver si me apuñalas cualquier beso en la cintura
o aquí
en el borde del suspiro
donde callo

Fragmento del poema De la espera de Karla Marrufo.



* Karla y Miguel Ángel son egresados de la Escuela de Humanidades de la Universidad Modelo.


domingo, 29 de mayo de 2011

Cuerpo de guitarra

"El Paraíso" de Ariel Guzmán. 60 x 70 cm. 2010. Digital photo and acrylic on canvas.


Cuerpo de guitarra



Al abrazarme por la espalda
fina alfarería pretendías.

Hecha para la música
estoy confinada
a sonar bajo tu tacto.


Addy Góngora Basterra