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viernes, 4 de marzo de 2011

La Ilusionista



Inga Savitskaya, bailarina ilusionista, maga del tango: ella sola es dos, hombre y mujer, paso que guía y paso que obedece, mano derecha y mano izquierda para bailar cuerpo a cuerpo... baile que así como esas palabras desordenadas y mal escritas, podemos entender porque nuestro cerebro organiza de manera automática:

Sgeun etsduios raleziaods por una Uivenrsdiad Ignlsea, no ipmotra el odren en el que las ltears etsen ecsritas,la uicna csoa ipormtnate es que la pmrirea y la utlima ltera esetn ecsritas en la psiocion cocrreta.

El retso peuden etsar ttaolmntee mal y aun pordas lerelo sin pobrleams, pquore no lemeos cada ltera en si msima snio cdaa paalbra en un contxetso.


En la lectura de estas palabras desordenadas, el hemisferio izquierdo interpreta las letras y lee propiamente dicha, pero el hemisferio derecho reconoce las palabras como un todo, como una imagen, por lo que impide que el desorden en las letras entorpezca la lectura. Los niños aprenden la palabra escrita como un todo, al igual que aprenden la palabra hablada sin distinguir cuántas letras la conforman o cuántos sonidos se combinan al pronunciarla. Por eso el momento en el que el niño aprende a hablar es el momento idóneo para aprender a leer.

La bailarina rusa Inga Savitskaya combina el tango con una de sus habilidades: la magia, que no solo practica entre truco y truco, sino que también comparte con su esposo, mago a través del cual ella incursiona en el mundo de la ilusión mezclando música, baile, mímica, magia y fantasía, deleitando nuestra imaginación y nuestros sentidos.


Inga es algo así como las palabras desordenadas porque así como podemos comprender la palabra incompleta o mal escrita, así también podemos admirar su aparente baile incompleto y dejarnos fascinar por la ilusión que nos ofrece.


¡Disfrútenla y feliz fin de semana, feliz carnaval, feliz marzo!

Addy

lunes, 28 de febrero de 2011

Otro más de "Cantos a Berenice"

Fotografía de Celeste Romero Cano.

El siguiente poema es de Olga Orozco y del amor-dolor tras la muerte de su gata Berenice.

II

No estabas en mi umbral
ni yo salí a buscarte para colmar los huecos que fragua la nostalgia
y que presagian niños o animales hechos con la sustancia de la frustración.
Viniste paso a paso por los aires,
pequeña equilibrista en el tablón flotante sobre un foso de lobos
enmascarado por los andrajos radiantes de febrero.
Venías condensádote desde la encandilada transparencia,
probándote otros cuerpos como fantasmas al revés,
como anticipaciones de tu eléctrica envoltura
-el erizo de la niebla,
el globo de lustrosos vilanos encendidos,
la piedra imán que absorbe su fatal alimento,
la ráfaga emplumada que gira y se detiene alrededor de un ascua,
en torno de un temblor-.
Y ya habías aparecido en este mundo,
intacta en tu negrura inmaculada desde la cara hasta la cola,
más prodigiosa aún que el gato de Cheshire,
con tu porción de vida como una perla roja brillando entre los dientes.

Miau miau, Berenice

Fotografía de Peter Anderson.



Olga Orozco, tras la muerte de su gata Berenice, escribió el libro "Cantos a Berenice", reafirmando la seducción que tantos artistas, escritores y poetas han tenido por los felinos, tan misteriosos y enigmáticos. Este es el canto XIV del libro.


Jugabas a esconderte entre los utensilios de cocina
como un extraño objeto tormentoso entre indecibles faunas,
o a desaparecer en las complicidades del follaje
con un manto de dríada dormida bajo los velos de la tarde,
y eras sustancia yerta debajo de un papel que se levanta y anda.
Henchías los armarios con organismos palpitantes
o poblabas los vestidos vacíos con criaturas decapitadas o fantasmas.
Fuiste pájaro y grillo, musgo ciego y topacios errantes.
Ahora sé que tratabas de despistar a tu perseguidora con efímeras máscaras.
No era mentira el túnel con orejas de liebre
ni aquella cacería de invisibles mariposas nocturnas.
Te alcanzó tu enemiga poco a poco
y te envolvió en sus telas como un disfraz e lluviosos andrajos.
Saliste victoriosa en el irreversible juego de no estar.
Sin embargo, aún ahora, cierta respiración desliza un vidrio frío por mi espalda.
Y entonces ese insecto radiante que tiembla entre las flores,
la fuga inexplicable de las pequeñas cosas,
un hocico de sombra pegado noche a noche a la ventana, no sé, podría ser,
¿quién me asegura acaso que no juegas a estar, a que te atrapen?

Olga Orozco.
Nació en La Pampa (1920) y murió en Buenos Aires (1999).

Fotografía de Hulya Ozkok.

Recomiendo, a un click de distancia, el libro "Obra poética" de Olga Orozco (Editorial Ayacucho) en google libros. Para ir, click aquí.