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lunes, 28 de febrero de 2011

Otro más de "Cantos a Berenice"

Fotografía de Celeste Romero Cano.

El siguiente poema es de Olga Orozco y del amor-dolor tras la muerte de su gata Berenice.

II

No estabas en mi umbral
ni yo salí a buscarte para colmar los huecos que fragua la nostalgia
y que presagian niños o animales hechos con la sustancia de la frustración.
Viniste paso a paso por los aires,
pequeña equilibrista en el tablón flotante sobre un foso de lobos
enmascarado por los andrajos radiantes de febrero.
Venías condensádote desde la encandilada transparencia,
probándote otros cuerpos como fantasmas al revés,
como anticipaciones de tu eléctrica envoltura
-el erizo de la niebla,
el globo de lustrosos vilanos encendidos,
la piedra imán que absorbe su fatal alimento,
la ráfaga emplumada que gira y se detiene alrededor de un ascua,
en torno de un temblor-.
Y ya habías aparecido en este mundo,
intacta en tu negrura inmaculada desde la cara hasta la cola,
más prodigiosa aún que el gato de Cheshire,
con tu porción de vida como una perla roja brillando entre los dientes.

Miau miau, Berenice

Fotografía de Peter Anderson.



Olga Orozco, tras la muerte de su gata Berenice, escribió el libro "Cantos a Berenice", reafirmando la seducción que tantos artistas, escritores y poetas han tenido por los felinos, tan misteriosos y enigmáticos. Este es el canto XIV del libro.


Jugabas a esconderte entre los utensilios de cocina
como un extraño objeto tormentoso entre indecibles faunas,
o a desaparecer en las complicidades del follaje
con un manto de dríada dormida bajo los velos de la tarde,
y eras sustancia yerta debajo de un papel que se levanta y anda.
Henchías los armarios con organismos palpitantes
o poblabas los vestidos vacíos con criaturas decapitadas o fantasmas.
Fuiste pájaro y grillo, musgo ciego y topacios errantes.
Ahora sé que tratabas de despistar a tu perseguidora con efímeras máscaras.
No era mentira el túnel con orejas de liebre
ni aquella cacería de invisibles mariposas nocturnas.
Te alcanzó tu enemiga poco a poco
y te envolvió en sus telas como un disfraz e lluviosos andrajos.
Saliste victoriosa en el irreversible juego de no estar.
Sin embargo, aún ahora, cierta respiración desliza un vidrio frío por mi espalda.
Y entonces ese insecto radiante que tiembla entre las flores,
la fuga inexplicable de las pequeñas cosas,
un hocico de sombra pegado noche a noche a la ventana, no sé, podría ser,
¿quién me asegura acaso que no juegas a estar, a que te atrapen?

Olga Orozco.
Nació en La Pampa (1920) y murió en Buenos Aires (1999).

Fotografía de Hulya Ozkok.

Recomiendo, a un click de distancia, el libro "Obra poética" de Olga Orozco (Editorial Ayacucho) en google libros. Para ir, click aquí.

sábado, 26 de febrero de 2011

El castillo del ángel

Varias estrellas te pedían que las rastrearas. Se alzaba
en el pasado una ola hacia ti, o cuando pasabas
por una ventana abierta, se te entregaba un violín.
Todo esto era una misión, ¿pero fuiste capaz de cumplirla?
¿No estabas siempre distraído por la esperanza, como
si todo ello te anunciara a una amada?
Rainer Maria Rilke.
(Fragmento de la Primera Elegía. "Las Elegías de Duino", 1922)


Quintaesencia de la melancolía, el castillo de Duino, en Italia,
una de las moradas de Rilke, da pie a la reflexión sobre
el nomadismo y el arte del poeta.


Por: Rafael Argullol, filósofo y escritor español.

Lo que más llama la atención de la escalera de Palladio, observada desde el último piso, es que la caracola parece zambullirse en el fondo marino: la alfombra roja, bastante gastada, desciende en una espiral vertiginosa, como arrastrando a los eventuales huéspedes del castillo hacia el pozo sin fondo.

Escalera de Andrea Palladio en el Castillo de Duino,
propiedad de la aristócrata María Thurn Taxis,
mecenas y amiga de Rainer Maria Rilke.

Pese a la suntuosidad palladiana el efecto es inquietante, adecuado a la atmósfera turbadora del entero castillo de Duino, una fortaleza volcada sobre el Adriático a una treintena de kilómetros de Trieste. Si esta ciudad goza de una justa fama de melancolía, Duino parece la quintaesencia de esa melancolía cincelada por la bruma. De un modo particular en invierno, cuando los visitantes escasean y el frío húmedo cala los huesos. El propio castillo, si exceptuamos la espléndida escalera, es de una sobriedad desazonadora. Desde las ventanas se divisan, sobre las rocas, los restos del antiguo castillo medieval, negros y azotados por las olas. Dos de los pisos están ocupados por una colección de instrumentos musicales, sobre todo violines. En las otras estancias hay múltiples vitrinas con testimonios y fotografías de Rainer Maria Rilke y de su protectora, la princesa Marie von Thurn und Taxis, a la que se alude con frecuencia con el nombre italianizado: Maria della Torre e del Tasso.


Y no puedes dejar de preguntarte cómo debían de ser las estancias del poeta de Praga en este castillo que daría nombre a uno de los libros fundamentales de la poesía moderna, las Elegías de Duino. Naturalmente era muy distinto si estaban o no la princesa y su familia. En el primer caso, según los testimonios de la época, se organizaban brillantes veladas musicales y, es de suponer, otras actividades sociales. Pero a menudo Rilke pasaba temporadas solitarias en el castillo. Si lo juzgamos con los ojos del visitante actual esa soledad podía ser muy dura, y no cuesta mucho imaginar al poeta contemplando la última luz del día hundiéndose tras las piedras negras del antiguo castillo y enfrentándose una vez más al hermoso abismo concebido por Palladio.


En realidad, las Elegías de Duino reflejan los altibajos de un espíritu sometido a una tensión excepcional. Al contrario de lo que sucedió con los posteriores Sonetos a Orfeo , escritos en un tiempo muy breve, las Elegías fueron una obra de difícil y dilatada concepción, cien veces abandonadas y reiniciadas, mientras Rilke saltaba de país en país, o, más bien, escapaba de refugio en refugio. Es difícil encontrar otro escritor en el que una frontera tan nítida separara períodos de asombrosa creatividad de otros períodos vividos bajo la permanente amenaza de un presente apático y un futuro estéril. Rilke construía magníficos edificios de la imaginación mientras se reconocía incapaz de establecerse en ninguna morada estable.

Rainer Maria Rilke (Praga, 1875 - Suiza, 1926)

Esto contribuye a explicar el extraño nomadismo del poeta: habitó decenas de casas prestadas y nunca tuvo un domicilio propio. Recorrió Europa de un extremo a otro, desde Rusia –a donde viajó con Lou Andreas Salomé y se entrevistó con Tolstoi– hasta España, en la que la decepción por la ansiada Toledo se vio recompensada por la sorpresa espiritual de Ronda, el lugar de su “reinicio” como poeta. Entre ambos extremos, Rilke visitó casi todos los países de Europa, hasta el punto de que es imposible encontrar un escritor más “europeo” que él. Incluso en la lengua: era praguense pero escribía en alemán; escribía en alemán pero declaraba preferir el francés; prefería la lengua francesa pero fantaseaba con la idea de convertirse en un escritor “en ruso”, como le comunicó al director de un periódico de San Petersburgo. Rilke apostaba por la trashumancia a través de países y de idiomas. Tenía en la cabeza el ideal cosmopolita de Europa. Por eso sufrió con espanto moral el estallido de la Primera Guerra Mundial, acontecimiento que agudizó esa tendencia suya a considerarse un refugiado; un refugiado de lujo, si se quiere, de castillo en castillo.

El de Duino fue muy importante para él, de creer sus palabras. La pregunta, sin embargo, es: ¿cómo lo vivió?, ¿cómo debían de ser las noches y los días en el castillo abruptamente cortado sobre el acantilado? Lo que vemos ahora pertenece a nuestro tiempo y a nuestras trampas: la colección de instrumentos, la pequeña tienda de recuerdos, el café regentado por un tipo malhumorado, la amplia terraza con vistas al mar Adriático donde, en verano, según reza un cartel, se celebran convites de bodas y bautizos, seguramente para subsanar las penurias presupuestarias del que fue feudo de la poderosa familia Thurn und Taxis. El propio Rilke está fosilizado en forma de documentos, autógrafos y fotografías sobre los almohadones de color verde botella encerrados en las vitrinas para la contemplación de los turistas ligeramente ilustrados.


Pero, ¿cómo era para él entonces? ¿Cuánto hubo de realidad y cuánto de sueño en aquellas horas solitarias, si es que se le puede pedir a alguien que conteste a esta pregunta? ¿Dónde, en qué instante se topó la imaginación de Rilke con el maravilloso ángel de las Elegías de Duino? ¿Fue en la boca abismal de Palladio o fue al mirar por la noche los rastros de la negra fortaleza medieval o fue en cualquier otro lugar del castillo? Imposible saberlo. No obstante, curiosamente, en medio de la fantasmagoría, si algo parece verdad en Duino es el vuelo del ángel. Sus alas rozan levemente el aire, y ese sonido es el mismo que encontramos en un verso de Rilke: “Tú has de cambiar tu vida”.

Rafael Argullol (Barcelona, 1949) es narrador, poeta y ensayista.
Catedrático de Estética y Teoría de las Artes en la Facultad de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra. Ha escrito 25 libros. Este artículo fue tomado de la Revista Ñ.

*

Realmente es extraño ya no habitar la tierra,
ya no ejercitar las costumbres apenas aprendidas;
a las rosas, y a otras cosas particularmente promisorias,
ya no darles el significado del futuro humano; ya no ser
aquél que uno fue en interminables manos angustiadas
y hasta hacer a un lado el propio nombre, como un juguete
roto. Extraño, ya no seguir deseando los deseos. Extraño,
ver todo lo que tenía sus propias relaciones, aletear
tan suelto en el espacio. Y estar muerto es doloroso,
y lleno de recuperación, de modo que uno rastree
lentamente un poco de eternidad. Pero todos los vivos
cometen el mismo error de diferenciar demasiado
tajantemente. Los ángeles (se dice) con frecuencia no
sabrían si andan entre los vivos o entre los muertos.
La corriente eterna arrastra siempre consigo todas
las edades a través de las dos zonas y atruena sobre ambas.
(Fragmento de la Primera Elegía)


Para leer completas Las Elegías de Duino de Rainer María Rilke en versión y notas de José Joaquín Blanco, click aquí.

viernes, 25 de febrero de 2011

Patricia Medina

50

En estos días me purifica
la costumbre de cortejar fantasmas
la justicia, señora de espejismos
la verdad, sangre fría
la lealtad, camaleón
el amor, sistema Braille.

Hay un cielo en el mundo
donde los sueños del que creé, caminan.

En estos días andamos
poniéndonos a prueba
yo y mi alma.

Del poemario Azúcar limpio.
Patricia Medina (1947) es mexicana.
Nació en Guadalajara, Jalisco.

jueves, 17 de febrero de 2011

Los Amantes


¿Quién los ve andar por la ciudad
si todos están ciegos?
Ellos se toman de la mano:
algo habla entre sus dedos,
lenguas dulces lamen la húmeda palma,
corren por las falanges,
y arriba está la noche llena de ojos.


Son los amantes,
su isla flota a la deriva
hacia muertes de césped, hacia puertos
que se abren entre sábanas.
Todo se desordena a través de ellos,
todo encuentra su cifra escamoteada;
pero ellos ni siquiera saben
que mientras ruedan en su amarga arena
hay una pausa en la obra de la nada,
el tigre es un jardín que juega.


Amanece en los carros de basura,
empiezan a salir los ciegos,
el ministerio abre sus puertas.
Los amantes rendidos se miran y se tocan
una vez más antes de oler el día.


Ya están vestidos,
ya se van por la calle.
Y es sólo entonces
cuando están muertos,
cuando están vestidos,
que la ciudad los recupera hipócrita
y les impone los deberes cotidianos.


Julio Cortázar.


Las fotografías son escenas de la película L´Amant (El Amante),
adaptación cinematográfica de la novela de Marguerite Duras.
Indudablemente, una de las películas más bellas que he visto.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Medio pan y un libro



Por Federico García Lorca, al inaugurarse la biblioteca de su pueblo.

Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. ‘Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre', piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.

Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada.

No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.

Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?

¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: "amor, amor", y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: "¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!". Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.

Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: ‘Cultura'. Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz.

Federico García Lorca.
Septiembre de 1931.
Locución al Pueblo de Fuente de Vaqueros, Granada.

D´Ors

‎Decía Federico Nietzsche que Avergonzarnos de nuestros vicios es el primer paso para avergonzarnos de nuestras virtudes. Porque, entre lo uno y lo otro, lo que se desarrolla es la vergüenza de nuestra personalidad.

Eugenio D´Ors.
"Nueva Grafología".
Glosas publicadas en ABC, 1929.

sábado, 5 de febrero de 2011

Nosotros somos | EICAI

Addy Góngora Basterra

Nosotros somos quienes hacemos tangible el misterio, volvemos real lo inexistente haciéndole cobrar vida en nuestro lienzo. Nosotros creamos para expresar, no para adornar; nosotros somos los perseguidos por ideas que se apoderan de nuestra creatividad, ideas que echamos a rodar hasta retenerlas en la obra que hoy es nuestra voz y nuestra identidad.

Alma Domínguez

Nosotros somos el afán que se revela, la fuga que desafía, somos magia y profecía, el umbral que divide lo posible y lo irreal, somos la confección de las mentiras que construyen una verdad. Somos lo que los colores eligen que seamos, somos lo que las formas nos exigen, y no al contrario.

Aurora Díaz

Nosotros somos los creadores de objetos sin inventario, los padres y madres de hombres sin rostro ni apellido ni feliz cumpleaños. Nosotros somos la tierra, somos patria y bandera, somos pueblos ancestrales, ruinas, dioses, mitologías, nosotros somos artistas latinoamericanos, somos barro y arcilla, somos hispanohablantes, venimos de otra orilla en un barco, somos los que habitan papeles en blanco, los marcos, somos lo que creamos, lo que nadie más dice, somos herida y cicatriz de un pasado que hoy nos delata, revela y define.

José Luis García

Nosotros somos los que llenamos vacíos apareciendo realidades donde nadie lo creería: somos alquimistas del color, de las formas, del movimiento, con bocetos o sin ellos, por herencia o por convicción, con series temáticas o sin ellas, somos creativos desde la pasión, desde la ilusión, el dolor, desde el recuerdo que enardece nuestro origen, desde la concepción, desde el concepto, desde la sinrazón.

Guillermo Cabrera

Nosotros somos el espectador: somos los que miramos lo que tú miras, somos los que se dejan fascinar por la visión, los que viajan en el tiempo al perderse en los colores que acompañaron la niñez, la entrañable geografía, somos la conjugación de experiencias que se reúnen en esta exposición.

Mirta Toledo

Nostros somos la convergencia de razas y voces, piel clara, piel bronce, somos el testimonio de mundos fantásticos, somos la semilla y el árbol, somos la flecha y el arco: somos el blanco. Nosotros somos creadores latinoamericanos, cleptómanos de lo que estás dejando caer por la mirada viendo estos cuadros, nosotros somos los que están siempre distraídos porque estamos siempre atentos: nosotros somos los que le robamos el arte a la vida, porque ella nos ha robado todo lo demás.

*

En Guadalajara, hoy sábado 5 de febrero se inaugura en el Museo del Periodismo y las Artes Gráficas la EXPOSICIÓN INTINERANTE DE LA COMUNIDAD ARTISTICA IBEROAMERICANA (EICAI) con obra de:

Alma Domínguez (Mexicana radicado en Chicago, EU)
Mirta Toledo (Buenos Aires, Argentina)
Aurora Díaz (Guadalajara, México)
José Luis García (México)
Guillermo Cabrera (Argentino reside en España)
Alejandro Quijano (México)
Addy Góngora Basterra - Textos (México)
Andrés Tinoco - Música (México)
Gabriel Ortiz - Video (México)

jueves, 3 de febrero de 2011

Fragmento tanguero


Fragmento de la obra de teatro-tango
El miedo enorme de morir lejos de ti (2006)
de Addy Góngora Basterra | México

Mujer
Somos el castigo de los dioses por pensar que lo nuestro sería eterno. ¿Por qué tendría que serlo? Si no dura la risa, ni el llanto, ni los días, ni las noches, ni mi canto. Ni el mar, que es lo más antiguo. Segundo a segundo se renueva, se rompe en sí mismo, se fragmenta, se vuelve a levantar.

Somos el castigo de los dioses. Hemos descubierto la carencia. Reniego a un ser superior porque nos prometió el amor y nos lo quitó todo. No es eterno el goce, ni el dolor, ni la dicha.

Podía explicar la realidad a partir de vos, aún cuando fuiste agua, fuiste música, fuiste magia. Por vos creí en lo eterno. Habrá sido por mi edad, tan llena de promesas. Con vos estuvo siempre todo en su lugar. Estaba el árbol, las flores, las semillas. La sombra, el trigo, las espinas. Estaba la casa, las ventanas, la comida.

Pero somos un castigo. Un juego de azar con el que otros se divierten. Unen, cosen, separan, desbaratan. Nos han utilizado desde siempre. Con nosotros, ellos hacen la eternidad.

Fuimos capricho de los dioses cuando tan sólo queríamos amar.


Hombre
Cuántas veces quise llamarte y decir: Mi amor, está lloviendo. Pienso en vos, ¿por qué no venís? Y no me atreví a escribirte, ni a llamarte ni a decirte: Cómo me hacés falta en esta tarde, en este día, en esta lluvia que cae en la ciudad donde vos no estás. Llovía, mi amor, y me daba por imaginar que jugábamos a perseguirnos, a que te mojaba y vos me mojabas, a que yo era ciego y vos mi guía, a que de pronto no tenías brazos y yo, que soy de manos videntes, te descubría, te improvisaba, te desvestía. Te besé tantas veces bajo la lluvia. Jamás te enfermaste. Jamás tuviste frío. Bastaban mis manos para crearte cobijo. Mi cuerpo tu refugio. Encontraste en mí tu nido. Cuántas veces deseé romper la distancia para hacer del mapa una cicatriz.

Y ahora, ya no llueve. Vení, volvé a enamorarte, crece en mi deseo, en mis manos, en mi voz. En lo que te digo, en lo que me callo. Aprenderemos a reinventar el amor, a hacerlo, a dárnoslo. Y a no agotarlo.


Mujer
Decíme qué es éste imán que vuelve a unirnos. Después de tantos años vuelvo a encontrarte y siento que no podré volver a separarme de vos.


Hombre
Amor mío, no quiero volver a cometer el mismo error. Te perdí una vez, te dí años de ausencia. Ahora sólo quiero darte la certeza de vivir el amor.


Mujer
¡Ah! qué es esta hoguera que me empieza en los pies y me llega a la cabeza, ¡ah! qué es este sabor a vos que hace perder la mirada entre tus cejas. Pensaba que a esta edad se podía tener todo, menos promesas.


Hombre
Vengo de lejos. He andado caminos. Yo también pensé que el amor no volvería a mi puerta. Pero encontré tu cara, y en ella los gestos que me hacían temblar cada vez que te acomodabas el cabello, el movimiento de tus rodillas al cruzar la pierna, el tono de tu voz, esa que ha cambiado, pero que igual me sigue conmoviendo si tan sólo dijeras… mi amor.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Para no olvidar...

Dibujaba ventanas

Fotografía de Carlos Gotay

Roberto Juarroz (1925-1995).
Poeta argentino.

Dibujaba ventanas en todas partes.
En los muros demasiado altos,
en los muros demasiado bajos,
en las paredes obtusas, en los rincones,
en el aire y hasta en los techos.
Dibujaba ventanas como si dibujara pájaros.
En el piso, en las noches,
en las miradas palpablemente sordas,
en los alrededores de la muerte,
en las tumbas, en los árboles.
Dibujaba ventanas hasta en las puertas.
Pero nunca dibujó una puerta.
No quería entrar ni salir.
Sabía que no se puede.
Solamente quería ver: ver.
Dibujaba ventanas.
En todas partes.