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viernes, 21 de enero de 2011

Beckham y el Arte


“La finalidad de esta imagen es reflexionar
sobre los ídolos del siglo XXI
y sobre la vida de la sociedad actual”.

El cuadro titulado “Escucharme a mí, no a ellos”
se expone en la galería del pintor Johnny Cotter en Londres.


Londres.- El jugador de Los Ángeles Galaxy, David Beckham, se encuentra de nuevo en el punto de mira. En esta ocasión, el pintor inglés, Johnny Cotter, ha causado un gran escándalo por exponer en su galería de arte al conocido futbolista crucificado y torturado en un lienzo que lleva por título: "Escucharme a mí, no a ellos". La finalidad, según el artista, es reflexionar sobre los ídolos del siglo XXI y sobre la vida de la sociedad actual.


Los niños y jóvenes en la actualidad, crecen inmersos en una era en la que sus mayores ídolos se encuentran exclusivamente en el mundo del espectáculo. De ahí, que muchos quieran parecerse a sus actores, cantantes y futbolistas favoritos. En el caso de David Beckham, el deportista se ha convertido en un icono global, marcando tendencia en ropa, en su lenguaje e incluso en la manera de vivir. Un seguimiento completamente excesivo que la obra de Cotter pretende manifestar.


Sin embargo, el mensaje principal no ha llegado a los católicos, que se han mostrado completamente ofendidos por la pintura de la estrella, considerándola como una gran provocación y una idea del peor gusto posible. La polémica ha llegado a tal punto que la policía quiso visitar el lugar donde está el controvertido cuadro de David Beckham crucificado e interrogar al autor sobre la intención de dicho retrato.


Tomado de: Lavozlibre

miércoles, 19 de enero de 2011

Los Amantes


Fotografía: © 2009 Jeff Hutton

Los amantes
sólo tienen sus manos
manos que son pies y alas sobre los cuerpos
manos que buscan incesantes
el animal palpitante de ojos enterrados
dedos que son leños en que los cuerpos se incendian
que son ramas en que florecen las caricias
flores que son aves que son llamas que son manos
manos que se pierden tras su escritura de rayos
manos que recorren la carne de los cuerpos
como estrellas de dedos que en el tacto amanecen como soles
que nacen como joyas fugaces
como dioses secretos que dibujan la noche.

Verónica Volkow
(Mexicana, 1955.)

lunes, 17 de enero de 2011

Dos mujeres que se querían: Sara Facio y María Elena Walsh

Nota e imagen tomada de la Revista Ñ
ESCENARIOS Música 11/01/11 - 08:50

Con Sara Facio se conocían desde hacía 60 años, convivían hacía poco más de 30. Recién hace dos años, en su último libro, Walsh se animó a hablar de su relación con la fotógrafa. “Ella es más que una parte de mi vida”, escribió Facio el año pasado, a pedido de “Clarín”. Pintura de un vínculo cuidado que no necesitó estridencias públicas.


Retrato de María Elena Walsh, según la mirada y el talento de su compañera Sara Facio.
Sobre su fotografía intervino la imagen con pintura.

De haberlo leído alguna vez, nada le debe haber gustado, seguramente. Por la dureza sonora de la palabra, por la privacidad innecesariamente ventilada. Lo cierto es que la Wikipedia -esa suerte de radiografía de obra y alma que informa desde Internet- anuncia, en una ficha técnica, que María Elena Walsh era “conyuge” de Sara Facio, entre 1978 y 2011. Lo mísmo, pero invertido, detalla en la página sobre Facio, sintetizando un vínculo que ellas supieron construir al margen de los rótulos.


Sesenta años de conocidas, más de 30 de convivencia. Una vida compartida. Una elección que jamás ameritó que nadie explicara nada. Se mostraban juntas cuando querían, como querían. Se querían.


Y fue María Elena quien, hace poco más de dos años, decidió correrle el velo a la relación, más en un gesto de compartir que de develar, casi un agradecimiento a voces por la lealtad y el cuidado de los últimos años. O simplemente por tanto amor. Y entonces escribió en su novela autobiográfica, ‘Fantasmas en el parque’ -su último libro, publicado en 2008-, que la fotógrafa era “ese amor que no se desgasta, sino que se transforma en perfecta compañía”.


La confirmación, de puño y letra, provocó un movimiento en el medio, generado sin embargo lejos de la provocación. Y la llevó a tener que hablar sobre el tema en entrevistas previas y posteriores al lanzamiento del libro, con el peso de cuánto ella detestaba dar entrevistas. Y hacer pública su vida privada.


No solía hacerlo ni una ni la otra. Se sabía que vivían juntas en un precioso departamento de Barrio Norte, en el que oficiaban de grandes anfitrionas, rodeadas de los libros de una, de las imágenes de la otra. Y casi como una amalgama perfecta de las dos cosas, ahí estaba, está, ‘Retrato(s) de una artista libre’, el libro que editó Facio sobre su compañera, ésa a la que sólo ella sabía -o podía, en una especie de condición aceptada- retratar. Un síntoma del cuidado del otro, sin más palabras que el silencio de una foto. O lo mucho que dice una foto.
“Ella es más que una parte de mi vida. Todo en ella es poesía, hasta cuando habla es poesía, es de una ocurrencia sin parangón. Como artista creo que es un ser único”, escribió Facio el año pasado, a pedido de Clarín (publicado el 31 de enero), a cuento de los 80 años que estaba por cumplir María Elena. Y compartió, a modo de testigo de su cotidianidad, que “tiene momentos melancólicos, que son parte una personalidad sensible, pero vive leyendo y escuchando música, desde que se levanta hasta que se acuesta (...) Siempre fue muy ajena al autobombo. Es la única persona que conozco de todas las esferas del arte a la que no le gusta promocionarse. Me costó mucho trabajo convencerla para hacer su biografía fotográfica”.


Honda conocedora del juego de las palabras, María Elena Walsh se ufanaba, como en una sutil carta de presentación, de que “el secreto es un estilo”. Y se definía como “inglesa y pudorosa”, secretos y pudores que uno sólo comparte con alguien que es mucho más que un cónyuge.

domingo, 16 de enero de 2011

Nocturno

De Oliverio Girondo
(Argentino, 1891-1967)


Las fotografías son fragmentos del río de la Plata visto desde los ventanales del quinto piso de la Biblioteca Nacional en Buenos Aires. En esos ventanales se leía en hilera versos del siguiente texto. Fue en octubre del 2007. Empezaban a florecer jacarandas.


Frescor de los vidrios al apoyar la frente en la ventana.
Luces trasnochadas que al apagarse nos dejan todavía más solos.
Telaraña que los alambres tejen sobre las azoteas.
Trote hueco de los jamelgos que pasan y nos emocionan sin razón.
¿A qué nos hace recordar el aullido de los gatos en celo,
y cuál será la intención de los papeles
que se arrastran en los patios vacíos?
Hora en que los muebles viejos aprovechan para sacarse las mentiras,
y en que las cañerías tienen gritos estrangulados,
como si se asfixiaran dentro de las paredes.
A veces se piensa,
al dar vuelta la llave de la electricidad,
en el espanto que sentirán las sombras,
y quisiéramos avisarles
para que tuvieran tiempo de acurrucarse en los rincones.
Y a veces las cruces de los postes telefónicos,
sobre las azoteas,
tienen algo de siniestro
y uno quisiera rozarse a las paredes,
como un gato o como un ladrón.
Noches en las que desearíamos
que nos pasaran la mano por el lomo,
y en las que súbitamente se comprende
que no hay ternura comparable
a la de acariciar algo que duerme.